Protéjase del sol por fuera… y por dentro

Muchas personas siguen relacionando bronceado y salud aunque esto no siempre es verdad, sobre todo si no se toman las medidas protectoras adecuadas. Unas medidas que pasan, por ejemplo, por la utilización de cremas con factor de protección adecuado a cada tipo de piel pero también por la ingesta de alimentos ricos en sustancias antioxidantes que protejan al organismo de los efectos del exceso de radicales libres que provocan las largas horas de exposición al sol durante los meses de calor. Se trata, en fin, de protegerse por fuera… pero también por dentro para disfrutar del verano sin riesgos innecesarios.

Todos sabemos que el sol es imprescindible para la vida. A fin de cuentas nos proporciona energía y genera innumerables efectos positivos sobre nuestro organismo. Así, entre otras cosas, favorece la circulación sanguínea y la expulsión del ácido úrico, estimula la síntesis de la vitamina D, facilita que el calcio se fije en los huesos, multiplica la producción de glóbulos rojos, estimula el transporte de oxígeno por la sangre, mejora enfermedades de la piel como la psoriasis, la dermatitis atópica o el acné y estimula en ciertos casos la síntesis de algunos neurotransmisores y el metabolismo de las proteínas además de levantar el ánimo decaído. Claro que para llevar a cabo todas estas funciones basta con el sol que recibimos mientras paseamos y, por tanto, las largas exposiciones al sol para broncearse han dejado de justificarse ante los riesgos evidentes que conlleva. Es decir, no tienen mayor sentido que cumplir los requisitos de una moda que prima la imagen sobre la salud. Pero incluso quien así decida no debe olvidar que el sol es una de las fuentes de energía más potentes de la naturaleza y que la reducción de la capa de ozono lo está convirtiendo en un enemigo peligroso si uno no se protege de su radiación. Y sepa también que una adecuada protección frente al sol debe necesariamente combinar el cuidado externo –mediante cremas y “buenas prácticas” para no correr riesgos innecesarios- con el interno, incluyendo en la dieta alimentos que nos ayuden a combatir el exceso de radicales libres generados por la exposición continuada al astro rey durante los meses de verano.

PROTÉJASE POR FUERA…

Desde mediados de los años 70 el canon de belleza por excelencia es estar morenos todo el año pero, ¡ojo!, porque en nuestro empeño por conseguir el ansiado color bronce podemos dejarnos la salud. Quemaduras, patologías oculares, envejecimiento cutáneo prematuro, insolación o cáncer de piel son sólo algunos de los riesgos a los que –a pesar de las numerosas campañas informativas al respecto- muchas personas se siguen exponiendo por no protegerse convenientemente del sol, cada vez más peligroso por ir reduciéndose verano a verano la protectora capa de ozono. Prueba de que nos protegemos mal es el alarmante aumento de casos de cáncer de piel año tras año. A este respecto se sabe que el 80% de los cánceres de piel que se diagnostican actualmente tiene una relación directa con un exceso de exposición al sol (sólo en los Estados Unidos un millón de nuevos casos cada año).
Esto no quiere decir que no podamos tomar el sol –como hemos mencionado anteriormente nos reporta unas ventajas innegables- sino que debemos hacerlo con moderación y siguiendo una serie de recomendaciones generales y de sentido común que deberán extremarse en el caso de los niños, de las personas con la piel muy blanca y pecosa, de las que sufran varices o de las personas con antecedentes familiares de cáncer de piel. Y lo mismo cabe decir si se está en la montaña –especialmente si hay nieve- y/o en la playa.
Pues bien, la primera de esas recomendaciones es prepararse para exponerse al sol. Así, una semana antes de tomar el sol conviene hacer una limpieza de cutis y una exfoliación del cuerpo para liberar la piel de impurezas y facilitar un bronceado más homogéneo. Además es conveniente reforzar la dieta con un aporte especial de alimentos ricos en betacarotenos o, en general, con propiedades antioxidantes (de ello hablaremos a continuación). Otra medida muy conveniente es ir exponiéndose al sol de manera gradual. Por ejemplo, durante la primera semana se recomienda tomarlo no más de 15 minutos por la mañana y otros 15 por la tarde e ir aumentando sucesivamente el tiempo de exposición hasta llegar a 2 horas como máximo al día. ¡Ah!, y siempre convenientemente protegidos. En este sentido debe prestar especial atención a las zonas más sensibles del cuerpo como son la cabeza, las orejas, la nariz, la calva, el cuello, el escote, los ojos, los pezones, los labios o los empeines.
No en vano los rayos ultravioletas –especialmente los del tipo A- logran alterar una barrera inmune tan eficiente como la piel disminuyendo su capacidad defensiva. Asimismo, esta radiación provoca la formación de radicales libres que pueden alterar el material genético de la persona además de restar elasticidad a la piel o favorecer que aparezcan pigmentaciones irregulares, arañas vasculares, manchas, arrugas, etc. Por tanto, no dude en utilizar sombreros, pañuelos o gafas que le protejan adecuadamente. Por supuesto, sin olvidar las cremas protectoras. En el caso de los adultos el factor de protección ha de ser como mínimo de 25 y en el caso de los niños o de personas con piel muy blanca de 40.
A la hora de decidirse por un producto concreto entre los cientos que existen en el mercado tenga en cuenta que un buen protector solar debe proteger la piel, prevenir los riesgos de quemaduras y deshidratación y evitar el deterioro de la dermis y el riesgo de cáncer cutáneo. Además ha de procurar una amplia fotoprotección y resistencia al agua, al calor y al sudor así como inocuidad y tolerancia y protección antienvejecimiento con el fin de mantener la elasticidad y tonicidad de la piel y luchar contra la aparición precoz de las arrugas. Luego, una vez que se haya decidido por una crema que se ajuste a su tipo de piel, aplíquesela generosamente –en esto no escatime- al menos media hora antes de exponerse al sol y repita la aplicación cada dos horas o tras cada baño. Utilícela incluso en días nublados ya que los rayos ultravioletas atraviesan las nubes y preste especial cuidado a las zonas sensibles que hemos citado anteriormente.
Otra recomendación –ésta obsérvela con especial consideración- es no tomar el sol entre las 12 y las 16 horas porque en ese periodo sus rayos son especialmente nocivos y, por ejemplo en España, la dosis de radiación recibida a esas horas supone el 70% del total. Sencillamente, en ese intervalo el sol no broncea: abrasa.
También se aconseja pasear, correr, bañarse… En definitiva, moverse y no tumbarse inmóvil bajo sus rayos. Para todas estas actividades procúrese gafas de sol o un sombrero con visera y, si sale a pasear, busque sombras o provéase de sombrillas.
Evite usar productos especialmente fotosensibilizantes como jabones, desodorantes, perfumes o after-shaves que contengan alcohol cuando vaya a tomar el sol porque pueden provocar la aparición de manchas en la piel. Lo mismo ocurre con la cera caliente: si utiliza este método para depilarse procure no tomar el sol el mismo día porque favorece la aparición de manchas. Y si está tomando algún medicamento asegúrese de que no tiene ese efecto sensibilizante a los rayos del sol.
Tome también precauciones especiales si padece varices o algún otro problema de circulación sanguínea periférica (vea en nuestra web www.dsalud.com la sección de Salud & Belleza del pasado número de mayo).
Por último, tenga en cuenta que tras una jornada al sol deberá procurar a su piel –y, por extensión, a su cuerpo- unos cuidados especiales para mantenerla sana y protegida. Comience por una ducha tibia o fría y después aplique una capa generosa de crema hidratante –o after sun– rica en sustancias calmantes y refrescantes. Pero si aún así nota la piel enrojecida, seca o tirante aplíquese tras la ducha y con la piel aún mojada una capa de aceite corporal. También cualquier producto que contenga aloe vera será un alivio eficaz e inmediato.

…Y DESDE DENTRO

Poca gente es consciente de que también la alimentación puede convertirse en un eficaz aliado frente al sol ya que muchas de las sustancias presentes en numerosos alimentos ayudan al organismo a protegerse de él e, incluso, a prepararse para el bronceado. Entre estos nutrientes destacan:

-La vitamina C. Se la considera un protector solar ya que su acción antioxidante neutraliza los efectos nocivos de los radicales libres generados por la exposición al sol y que oxidan y envejecen la piel. De ahí que los alimentos ricos en antioxidantes deban primar en la dieta especialmente durante los meses de verano. En el caso de las quemaduras esta vitamina también tiene un papel importante ya que es capaz de acelerar el proceso de recuperación del tejido dañado. Además mejora la producción de colágeno, una proteína que mantiene la piel tersa y sin arrugas. Los alimentos que la contienen en mayor proporción son el brécol, las coles (todas), el tomate, el hinojo, el perejil y el pimiento y frutas como los cítricos, la grosella negra, las fresas, la guayaba, el kiwi y la papaya.

-Los betacarotenos. Por su poder antioxidante los betacarotenos –que cuando el organismo lo necesita los transforma en vitamina A- son básicos para prevenir los daños que causan sobre la piel los rayos ultravioletas y también resultan fundamentales tras una quemadura. Además otorgan a la piel un color similar al bronceado ya que en parte son eliminados a través de ella con lo que la coloración que proporcionan se extiende de manera más uniforme y duradera que con los bronceadores. Se encuentran en vegetales como las zanahorias, los tomates, el maíz, el brócoli, el germen de centeno, la acelga, el berro, el brécol, la col rizada, las endibias, la escarola, la espinaca, la lechuga, el hinojo, las hojas de puerro y el pimiento rojo al igual que en frutas como el albaricoque, las cerezas, el melón, el melocotón, el mango o el caqui. Por otra parte, son ricos en vitamina A –que ejerce un papel esencial en la renovación de la piel y de las mucosas- el hígado de los animales, el aceite de hígado de pescado, la nata, la mantequilla, el queso, la yema de huevo, el atún en aceite, el caviar y los lácteos.

-La vitamina E. No sólo inhibe la formación de radicales libres sino que además alivia el dolor tras la exposición solar ya que reduce la inflamación. Además evita las quemaduras. Se halla de forma abundante en los aceites vegetales -soja, oliva, girasol, etc.-, las frutas oleaginosas, el germen de trigo, las verduras de hojas verdes, el hígado, los huevos, los cereales integrales, las legumbres y los frutos secos.

-Las vitaminas del grupo B. Estas vitaminas intervienen en los procesos de renovación celular y actúan sobre el estado de la piel, el cabello y las mucosas. Se las encuentra en la mayoría de los alimentos de origen vegetal (frutas, verduras, cereales, legumbres), en carnes y vísceras, en pescados y mariscos, en los huevos y en los productos lácteos.

-El selenio. Este mineral es un potente antioxidante capaz de luchar contra la oxidación celular, reducir la inflamación y aliviar las lesiones asociadas. Además se le relaciona con un menor riesgo de aparición de ciertos tumores, entre ellos el de piel. Está presente en carnes, huevos, cereales (trigo, cebada, soja y semillas de sésamo), vegetales (guisante seco, ajo seco, rábano), pescados (arenque, atún, carpa, sardina, trucha) y marisco.

-El zinc. Actúa como barrera frente a las radiaciones ultravioletas. Favorece la formación de nuevas proteínas (renovación celular) y el buen estado de la piel y de las mucosas. Lo hallamos en la carne, los cereales y sus derivados, los huevos, los pescados, el marisco, la leche y los quesos, los frutos secos y algunas legumbres (sobre todo, garbanzos, guisantes y judías secas) así como en vegetales como el ajo, el brécol, la cebolla, la col de Bruselas, el escaramujo, el diente de león, el mastuerzo, el perejil y la soja.

-Los ácidos grasos insaturados. Como el ácido oleico -presente en el aceite de oliva y el aguacate-, el aceite de semillas de onagra o de borraja, el contenido en los frutos secos oleaginosos o el omega 3 de pescados como el salmón, la caballa, el atún o la sardina.

Polifenoles. Poseen un gran poder antioxidante y ayudan a mantener la elasticidad de la piel. Están presentes de forma abundante, entre otros alimentos, en el té.

Y, por supuesto, ni que decir tiene que exponernos a los rayos solares aumenta la sudoración con la consiguiente pérdida de líquidos y sales minerales. No espere pues a tener sed para beber ya que ese sería un signo de que está empezando a deshidratarse. Beba agua a menudo y refresque su piel con duchas de agua tibia.

PROTEJA SU PIEL. ELLA LE PROTEGE

Sólo nos resta añadir que la Organización Mundial de la Salud (OMS) afirma que las tres cuartas partes de la población mundial se protege insuficientemente del sol a pesar de las campañas alertando de los estragos que puede producir hoy una exposición irresponsable a sus rayos. Por tanto, insistimos: protéjase y enseñe a sus hijos a hacerlo. No olvide que la acción del sol tiene carácter acumulativo y que, según los expertos, cada uno de nosotros nace con un “capital solar”, es decir, con una capacidad natural de defensa que se va agotando y que no es posible renovar. Por tanto, del uso que hagamos de ese “capital” -del que la OMS afirma consumimos el 50% antes de cumplir los 18 años- dependerá nuestro mayor o menor riesgo de padecer problemas dermatológicos, oculares o cancerígenos al llegar a la edad adulta. Sea consciente de que no compensa jugarse la salud por tener un tono de piel más bronceado.

L. J.

Recuadro:


Recomendaciones generales

-Empiece a tomar el sol de forma gradual y nunca más de dos horas diarias.
-No se exponga a él entre las 12 y las 16 horas.
-Utilice crema con un factor de protección alto y aplíquela de forma generosa.
-Emplee el fotoprotector incluso en días nublados.
-Procúrese gafas de sol con lentes de calidad.
-Proteja especialmente las zonas más sensibles de su cuerpo y procure llevar sombrero o pañuelo.
-No permanezca inmóvil bajo el sol.
-Beba mucha agua.
-Incorpore a su dieta alimentos ricos en antioxidantes.


Téngalo en cuenta

En contra de lo que muchos piensan estar bronceado no es estar protegido. El bronceado sólo protege de las quemaduras pero no de los posibles efectos a largo plazo como el cáncer o el envejecimiento prematuro. Ello se debe a que la melanina nos protege de los rayos ultravioleta B pero no de los A por lo que los efectos y los cambios a nivel celular y vascular se producen de igual modo.

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Julio - Agosto 2005
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