¿Tiene sentido lo que se dice del sistema inmunitario?

Como complemento de la Teoría Microbiana de la Enfermedad durante el siglo XIX se desarrolló la idea de que todo organismo vivo posee un sistema inmunitario dedicado a neutralizar o destruir a todo invasor patógeno causante de enfermedades: parásitos, virus, bacterias, hongos, toxinas… Sin embargo descubrimientos recientes en el campo de la Inmunología demuestran que ese modelo es una simplificación que ignora los complejos procesos de equilibrio y reciclaje que tienen lugar en nuestro organismo. Procesos que pueden explicar numerosos problemas de salud cuya causa la medicina convencional ignora o atribuye erróneamente a microbios patógenos. Así como abrir la puerta a tratamientos eficaces no agresivos y adecuadas estrategias de prevención.

Si consultamos Medline Plus -web estadounidense elaborada por la Biblioteca Nacional de Medicina en colaboración con los Institutos Nacionales de Salud– comprobaremos que define la “respuesta inmunitaria” como“la forma como el cuerpo reconoce y se defiende a sí mismo contra bacterias, virus y sustancias que parecen extrañas y dañinas”. Y continúa explicando: “El sistema inmunitario protege al organismo de sustancias potencialmente nocivas al reconocer y responder a los antígenos que son moléculas (usualmente proteínas) que se encuentran en la superficie de las células, los virus, los hongos o las bacterias”. Por su parte, la Enciclopedia Británica explica que el sistema inmunitario consiste en “células, productos celulares, órganos y estructuras del cuerpo implicados en la detección y destrucción de invasores extraños como bacterias, virus y células cancerosas”.

La idea de inmunidad nació junto con el desarrollo de la Teoría Microbiana de la Enfermedad lo que quiere decir que sus inicios y las etapas fundamentales de su desarrollo estuvieron netamente influenciados por los planteamientos de Louis Pasteur, Robert Koch y otros creadores y defensores de esa teoría sobre la que hablamos ampliamente en la primera parte de este análisis de la concepción militarista de la salud (lea en nuestra web –www.dsalud.com– el artículo que con el título ¿Se justifica la teoría microbiana de la enfermedad? publicamos en el nº 129).

Obviamente una vez se impuso esa visión todo lo que no encajaba con ella se dejó automáticamente apartado, fuera del campo de atención de una “comunidad científico-médica” que desde entonces avanza con paso decidido por la senda autodestructiva que ha conducido a la situación actual de deshumanización de la salud. Aunque lo peor es que esa visión simplista de la salud y la enfermedad está asentada en los planteamientos del mecanicismo que considera que la vida no puede ser explicada más que desde un punto de vista puramente material. Recordemos que para los mecanicistas la naturaleza es como una gigantesca máquina que puede ser conocida mediante aproximación científica y, por tanto, controlada y manipulada. Sin embargo la gran contradicción del mecanicismo es que el modo de conocimiento que propugna exige de la observación y ello implica una relación estrecha con los fenómenos que se pretenden observar lo cual irremediablemente tiene como consecuencia alguna clase de modificación. Hoy se sabe que cuanto más exhaustivo quiere ser un conocimiento experimental mayor modificación produce en el objeto que observa de forma que lo que se termina conociendo no son sus propiedades naturales sino una reacción artificial provocada por el propio observador.

Los descubrimientos sobre la inmunidad fueron por ello interpretados a la luz de la concepción militarista reinante y se vieron relegados al papel de “un sistema defensivo” en la “guerra contra los microbios” decretada por los seguidores de Pasteur. Y ello a pesar de que al mismo tiempo se iban produciendo otros hallazgos de importancia crucial que fueron inmediatamente arrumbados en los cajones del olvido porque no encajaban con la teoría que estaba destina a convertirse en uno de los dogmas fundamentales del actual Modelo Médico Hegemónico.

Y ahí permanecieron hasta que investigaciones publicadas en los últimos quince años han recuperado esos descubrimientos y explorado esos caminos interesadamente olvidados aportando una visión totalmente distinta de la inmunidad y de la Biología en general; visión que sustituye la lógica militarista decimonónica por la lógica de la cooperación y la simbiosis, la vetusta obcecación mecanicista por una visión holística que considera que un ser vivo es algo más que la suma de sus partes.

DESCUBRIMIENTOS OLVIDADOS 

En 1860 el eminente médico, anestesista y fisiólogo inglés Benjamin Ward Richardson descubriría los efectos del nitrito de amilo y de la nitroglicerina sobre los seres vivos aunque desaconsejó su uso medicinal porque sus efectos eran demasiado potentes y por tanto peligrosos. Sin embargo siete años más tarde el médico y farmacólogo escocés Thomas Lauder Bruton mostró por primera vez su eficacia terapéutica para prevenir la angina de pecho al constatar que dilata los capilares sanguíneos y hace bajar la presión de la sangre. Unos años después -en 1916- el bioquímico H. H. Mitchell llevaría a cabo observaciones que le hicieron sospechar que los organismos vivos producían de forma natural óxido nítrico lo cual indicaba que debía tener alguna función en el organismo. El interrogante quedó abierto durante más de un siglo. Entretanto, todos los descubrimientos relacionados con los nitritos y nitratos se relacionaban con su toxicidad. En los años cincuenta del pasado siglo XX se llevaron a cabo de hecho numerosas investigaciones que pusieron de manifiesto el carácter carcinogénico de más de doscientas cincuenta sustancias con componentes nitrosos, entre ellos las nitrosaminas que pueden originarse a partir de los nitritos en determinadas condiciones, como una fuerte acidez o altas temperaturas (por ejemplo las que se producen al freír alimentos). En los años setenta también se demostró que tanto los analgésicos como los antibióticos y quimioterápicos que se supone se dan a los enfermos para ayudarles provocan la producción de nitrosaminas. Es más, están presentes en una gran cantidad de productos cotidianos: cigarrillos, alimentos, bebidas, cosméticos, leche en polvo, productos de la industria metalúrgica y del caucho… ¿Cómo es posible que una sustancia tan peligrosa pueda ser fabricada por el organismo e incluso cumplir funciones cruciales en los procesos vitales? Por el hecho de que una sustancia –es el caso del óxido nítrico– por sí misma no es ni “buena” ni “mala”. Puede ser beneficiosa y perjudicial a la vez. Sencillamente depende del uso que el organismo hace de ella y de que seamos capaces de comprender su funcionamiento para poder actuar a favor de la naturaleza y no en su contra.

DEMASIADAS COSAS QUE NO ENCAJAN 

A pesar de haber sido aceptada casi unánimemente la teoría de la inmunidad no explica una gran cantidad de fenómenos y procesos biológicos. Por ejemplo, oficialmente se considera que los macrófagos son células especializadas en digerir microbios pero desde hace mucho tiempo se sabe que en su interior viven ¡multitud de bacterias!

La misma palabra “inmunidad” significa que podemos evitar sufrir daño, algo contradictorio con el simple hecho de vivir. La vida es movimiento o, como decía Wilhelm Reich, “pulsación”. Desde las contracciones de una ameba hasta las tormentas pasando por la contracción y expansión de los pulmones y el corazón en los animales hasta el propio universo. El movimiento implica desequilibrio. Y la salud no es en realidad sino la capacidad que tiene todo ser vivo para recuperar el equilibrio perdido.

Otro de los pilares de la versión oficial es el de que nuestro cuerpo produce “anticuerpos específicos” contra determinados “antígenos”. Tanto es así que los llamados “tests de anticuerpos” precisamente detectan anticuerpos formados contra bacterias o virus y se utilizan para diagnosticar la presencia -o al menos el paso por el organismo- de un microbio en particular. Sin embargo los más recientes hallazgos echan por tierra esa visión simplista del funcionamiento del cuerpo. Hoy sabemos que de hecho existen anti-anticuerpos y anti-anti-anticuerpos… y así sucesivamente. La complejidad de las interacciones desborda la visión lineal de la teoría oficial.

La comparación de las reacciones “antígeno-anticuerpo” con la metáfora “llave-cerradura” es engañosa. La realidad biológica demuestra que no existen anticuerpos específicos: los anticuerpos son un tipo particular de proteínas compuestas por unos mil aminoácidos con forma tridimensional dinámica, es decir, sujeta a cambios. Para hacernos una idea imaginemos un collar de cuentas recogido con la mano de modo que determinadas cuentas quedan en la superficie y otras en el interior del conjunto. Pues bien, de esas cuentas sólo unas pocas pueden unirse con otra agrupación similar en determinadas condiciones. Basta que removamos un poco el collar para que las cuentas que estaban en el exterior queden ocultas y el collar ya no se unirá sino con otras agrupaciones totalmente distintas. Y eso es lo que sucede con los anticuerpos: sólo cinco de su millar de aminoácidos se unen con otra proteína. Y bastan mínimos cambios en la temperatura o en las condiciones del medio en el que se encuentran para que se produzcan modificaciones en la superficie y hacer que un anticuerpo ya no se una con determinado antígeno sino con otro totalmente distinto. De hecho esas reacciones se pueden forzar voluntariamente alterando la temperatura y otros muchos factores, y conseguir unas condiciones en las que reaccionen proteínas que de modo natural nunca se unirían.

Esto supone un serio conflicto en la interpretación de los test de anticuerpos puesto que estas pruebas se hacen a menudo en condiciones totalmente alteradas; muchas muestras, por ejemplo, se congelan y descongelan para transportarlas. Pues bien, ello implica que los resultados de las reacciones obtenidas ¡no pueden aplicarse al ser vivo del que se extrajo la muestra!

Pero hay muchas más preguntas sin respuesta: ¿cómo se explica por ejemplo que el sistema inmunitario no ataque el embrión en una embarazada cuando se trata de un elemento “extraño”? ¿Cómo se explica que las células T ataquen a veces –es el caso de las llamadas enfermedades autoinmunes- a las propias células del organismo del que forman parte? ¿Por qué las bacterias intestinales o las células cancerosas no son consideradas “extrañas” y eliminadas por las defensas del sistema inmune? ¿Cómo es posible que si el VIH -que se supone da lugar al SIDA- destruye las células T los enfermos continúen produciendo anticuerpos cuando en esa labor éstas tienen un papel fundamental?

Es obvio que el hecho de que una teoría no pueda explicar los fenómenos para los que se desarrolló obliga a replantearla y buscar otras explicaciones pero la misma comunidad científica que enarbola el tan cacareado “método científico” para descalificar planteamientos alternativos o tradiciones provenientes de culturas ancestrales se aferra a posiciones de vergonzoso fundamentalismo científico cuando se trata de revisar sus propias creencias y dogmas. Afortunadamente hay científicos honestos que nos permiten tener otra visión de la naturaleza; y conviene escucharles.

PERSPECTIVA MICROECOLÓGICA 

Si introducimos en Google el término óxido nítrico –también llamado óxido de nitrógeno y monóxido de nitrógeno– el primero de casi un millón y medio de resultados nos llevará a la página de Wikipedia en la que nos explicarán que se trata de “un gas incoloro y poco soluble en agua presente en pequeñas cantidades en los mamíferos” agregando que se trata de “un agente tóxico”. Sin embargo luego, en el epígrafe dedicado a las funciones biológicas, al hablar de la angina de pecho habla de su papel como “neurotransmisor y conservante”. ¿Por qué no se aclara esta aparente contradicción? Porque ni siquiera en la versión inglesa -mucho más amplia- se explican las funciones cruciales de este gas en el terreno que estamos analizando.

Vamos pues a verlas con la ayuda del enciclopédico trabajo de investigación llevado a cabo por el Dr. Heinrich Kremer en su libro La revolución silenciosa en la medicina del cáncer y el SIDA: nuevas investigaciones fundamentales sobre las causas reales de enfermedad y muerte confirman la efectividad de la terapia de compensación biológica en el que cuenta cómo entre 1973 y 1998 se llevaron a cabo descubrimientos cruciales a partir de los cuales numerosos equipos de científicos, médicos y terapeutas vienen transitando la senda abierta por la Biología de la Evolución y la Teoría de la Estructura Dinámica de los Seres Vivos.

En la primera parte de este artículo –publicado en el número anterior- ya propusimos adoptar una perspectiva microecológica que lejos de las ideas darwinistas de azar, competencia y lucha permanente contempla a los seres vivos en relaciones de simbiosis y cooperación. De hecho al introducir el concepto de simbiosis deja de tener sentido la distinción oficial de la Inmunología entre “propio” y “extraño”; es más, de inmediato cobra lógica el hecho de que las células que se consideran de “defensa” respeten a los simbiontes -es decir, a las bacterias y otros microbios que viven en el interior de nuestro cuerpo en simbiosis- puesto que han recorrido juntos el camino de la evolución. Y no sólo eso: esos microorganismos son parte integral de los procesos que vamos a describir.

El rompecabezas comienza a encajar y muchas preguntas que la teoría oficial deja sin respuesta pueden responderse a la luz de los descubrimientos que el Dr. Kremer pone en conexión en su libro.

EQUILIBRIO Y ENERGÍA 

Nuestro cuerpo tiene unos ¡cien billones de células! en cada una de las cuales se producen en cada instante ¡unas diez mil reacciones bioquímicas e innumerables procesos fisiológicos! Y cada día un billón de ellas muere y es repuesto mediante la división celular. Sí, el lector ha leído bien: cada día se nos muere el 1% de nuestras células y son repuestas. Algo que supone un trabajo ingente. Y ésa es precisamente la función básica, indispensable para la vida, que realiza el mal llamado “sistema inmunitario” y que siendo coherente con la visión que aquí estamos explicando habría que denominar Sistema de regulación de flujos de energía, Sistema de compensación del metabolismo o, más sencillamente, Sistema de emergencia antiestrés.

Un sistema de origen arcaico que tiene dos vías de actuación relacionadas con dos grupos de células: las células T (así llamadas porque se producen en el timo) y las células B (por la inicial inglesa de Médula Ósea: Bone Marow). Las primeras, las células T, son las que realizan la labor diaria de reciclaje y limpieza del billón de células que perdemos y tenemos que reponer. Y actúan fijándose a las células en el interior de los tejidos básicos de sostén, el medio interno en el que viven las células y del que toman los nutrientes y el oxígeno. Las células B, por el contrario, realizan una labor puntual de emergencia que consiste en la fabricación de “anticuerpos” cuya misión es neutralizar elementos peligrosos propios o extraños, ya sean microbios, tóxicos o incluso células del propio cuerpo. Para lo cual se desplazan a través de la sangre.

En suma, no existe un sistema inmunitario que lucha contra microbios extraños sino un “sistema de regulación” que en primera instancia recicla células muertas y limpia el organismo… y sólo puntualmente neutraliza elementos nocivos (que no tienen por qué ser externos). La función principal de estos dos grupos de células que trabajan en conjunto en una serie de órganos y tejidos -médula ósea, timo, ganglios linfáticos…- y que en última instancia implican al organismo en su conjunto es pues en realidad la de asegurar el equilibrio en los flujos de energía, clave fundamental para el funcionamiento de la vida.

Y aún hay otra labor fundamental que justifica que califiquemos de Sistema antiestrés a este complejo mecanismo de autorregulación: las tareas que hemos descrito son las que se llevan a cabo diariamente en condiciones normales. Cuando se producen agresiones -que pueden tener un origen tóxico, psíquico, traumático, nutritivo o microbiano- este sistema actúa como un mecanismo de emergencia provocando una serie de reacciones celulares y hormonales que restablezcan el equilibrio perdido.

Tal es la conclusión de las investigaciones que llevó a cabo entre 1995 y 1999 el Grupo de Estudio sobre Inmunidad y Nutrición dirigido por el Dr. Alfred Hässig, especialista en Microbiología y profesor emérito de Inmunología en la Universidad de Berna (Suiza) además de consejero de la Organización Mundial de la Salud (OMS), del Consejo de Europa y de la Liga de Organizaciones de la Cruz Roja que, fallecido en 1999, dejó publicados unos trescientos artículos científicos sobre Inmunología.

SISTEMA DE EMERGENCIA ANTIESTRÉS 

El conjunto de reacciones bioquímicas y procesos físico-químicos que tienen lugar en las células -y, por ende, en el organismo- se denomina metabolismo. Procesos que pueden agruparse en dos categorías opuestas que se complementan: catabolismo y anabolismo. El primero consiste en deshacer moléculas para obtener la energía que se desprende de ello; el segundo en fabricar moléculas a partir de los nutrientes utilizando parte de la energía almacenada.

Y en ambos procesos tiene una importancia capital el transporte de electrones para la liberación de energía. El paso de electrones de una sustancia a otra se llama reacción Redox -es decir, es una reacción de oxidación y reducción- en las que la sustancia que “suelta” o “cede” electrones aumenta su estado de oxidación mientras la sustancia que los “capta” o “recibe” aumenta su estado de reducción. Pues bien, las células T están constantemente vigilando el equilibrio redox del medio interno para que se produzcan adecuadamente los flujos de energía y sustancias. ¡Y resulta que el óxido nítrico y los simbiontes se encargan de moderar ese equilibro!

Como se sabe la obtención de la energía necesaria para la vida implica una constante oxidación y ello produce radicales libres, es decir, sustancias inestables que han perdido electrones y buscan cómo recuperarlos para equilibrarse. Y eso lo logra el organismo con los llamados antioxidantes. Algo importante porque un exceso de radicales libres puede llegar a dañar las células y los tejidos.

En 1986, Tim Mosmann y Robert F. Coffman identificarían dos subgrupos de células T que denominaron Th1 y Th2 (por las iniciales inglesas de células T-ayudantes: T-helper). A partir de sus hallazgos y de los descubrimientos de otros investigadores sobre el óxido nítrico y el estrés podemos comprender mejor lo que sucede en el organismo cuando sufre alguna agresión: se desata una reacción denominada estrés que provoca en las células T un cambio regulado por el óxido nítrico así como un desequilibrio que afecta a todo el metabolismo de tal modo que…

…las células T cambian su perfil y pasan de Th1 a Th2. Las primeras están conectadas con la inmunidad celular, ponen en movimiento a los macrófagos y producen óxido nítrico para eliminar toda sustancia o microbio potencialmente peligroso; en cuanto a las segundas están conectadas con la inmunidad humoral y activan las células B y la creación de anticuerpos.

…las células T se repliegan; lo que implica que el reciclaje y la limpieza pueden disminuir o cesar.

…las células B son estimuladas; lo que se traduce en un aumento en la producción de anticuerpos.

…el organismo se inclina hacia el catabolismo segregando adrenalina y liberando proteasas y radicales libres, sustancias que se ocupan de “cortar” moléculas que aumentan la oxidación.

…el potencial redox se inclina hacia la oxidación provocando un gasto extra de sustancias antioxidantes.

…se segregan grandes cantidades de cortisol para controlar la inflamación.

Cabe añadir que algunos de los factores que pueden desatar esas reacciones son las lesiones repetidas, las operaciones quirúrgicas, el agua contaminada, las proteínas coagulantes, el esperma en las relaciones anales, los metales pesados (mercurio, aluminio, plomo, arsénico…) presentes en empastes, alimentos, agua, vacunas, antibióticos, quimioterapia, fungicidas, insecticidas, conservantes y aditivos, las reacciones inflamatorias prolongadas, el déficit de sustancias antioxidantes o el abuso de sustancias oxidantes.

Luego, una vez solucionada la emergencia mediante la actuación de los sistemas nervioso y endocrino -que segrega determinadas enzimas- se recupera el equilibrio y se regresa de nuevo al anabolismo. Es decir, el organismo vuelve a recuperar peso y a eliminar los restos celulares acumulados. Este mecanismo de emergencia actúa -a veces sin que seamos conscientes de ello- en el caso de pequeñas agresiones puntuales que tienen incluso su sentido biológico y que son indispensables para la supervivencia. Sin embargo si las agresiones persisten el estrés se convierte en crónico. Lo que tiene consecuencias sobre todo el equilibrio de reacciones que hemos descrito y el organismo se estanca en una situación de catabolismo que bloquea de modo permanente la limpieza y el reciclaje y, al mismo tiempo, activa constantemente la creación de anticuerpos que pueden volverse contra las propias células. En tales casos el cuerpo gasta más energía de la que puede producir y se produce un gasto fatal de antioxidantes mientras los radicales libres actúan sin freno alterando el potencial redox y creando una situación en la que proliferan hongos y gérmenes que habitualmente se mantienen en equilibrio cooperador.

Un principio fundamental de la Biología de la Evolución es que cuanto más complejo es un organismo más reducido es su medio interno. Es decir, que su potencial redox estará más inclinado hacia la reducción que hacia la oxidación. Este mecanismo permite la convivencia en nuestro medio interno de innumerables especies de microbios y también explica por qué si se produce un desequilibrio del potencial redox en el sentido de la oxidación -como en el caso del estrés oxidante- los microbios se activan creando problemas de salud.

IMPLICACIONES EN EL DIAGNÓSTICO, TRATAMIENTO Y PREVENCIÓN 

En definitiva, el papel de regulación bioenergética del óxido nítrico, la labor de reciclaje y limpieza de las células T, la compleja interacción entre el sistema nervioso y el endocrino en el mantenimiento del equilibrio metabólico (catabolismo-anabolismo y reacciones redox) así como los mecanismos de emergencia presentes en los mamíferos desde los comienzos de la evolución de los seres vivos son conocimientos de crucial importancia para diagnosticar y tratar problemas de salud así como para planificar estilos de vida sanos que permitan prevenir futuros desequilibrios … a condición de cambiar radicalmente el enfoque actual condicionado por los dogmas de la Teoría Microbiana.

Desde esta nueva perspectiva no sólo pueden abordarse con éxito enfermedades que el Modelo Médico Hegemónico considera hoy incurables -problemas de salud que se muestra incapaz siquiera de comprender- sino que se abren nuevas perspectivas a la investigación en campos que van mucho más allá de la Inmunología, el estrés y las enfermedades mal llamadas “infecto-contagiosas”. Campos como la Hematología, la Oncología, la Cardiología, la Hepatología y la comprensión y tratamiento de la tuberculosis, la diabetes, la esclerosis múltiple, los trasplantes de órganos y un largo etcétera.
Dicho esto vamos a dar a conocer algunas de las sustancias que permiten alimentar los tejidos básicos de sostén en los que viven las células a fin de actuar para recuperar o prevenir el desgaste de las mitocondrias en las que se produce la mayor parte de la energía vital. Se trata de tres tipos de sustancias:

-Los polifenoles. Producidos por diversos vegetales equilibran el potencial redox al neutralizar los radicales libres y ayudar a limpiar los desechos celulares. Se encuentran principalmente en el té verde, las uvas, el vino tinto, el extracto de algas azules, la piel interior de la naranja, la cúrcuma, el ginseng y un preparado de hierbas tibetanas conocido como Padma 28.

-Los polianiones. Constituyentes y reguladores del téjido básico protegen la superficie de las células impidiendo la entrada de calcio y otros potentes reductores al mejorar su capacidad de filtro molecular. Se encuentran en el agar-agar, el cartílago de tiburón y el condroitín-sulfato.

-Los recuperadores mitocondriales. Son los ácidos grasos esenciales no saturados omega 3, la coenzima Q10, la carnitina y el aceite de comino negro.

Finalizamos este texto retomando la pregunta que hacíamos al comienzo de nuestro artículo: ¿por qué el sistema inmune no ataca los embriones de las embarazadas? La respuesta es ahora evidente: porque en realidad nuestro organismo no reacciona contra elementos “extraños” o “ajenos” sino sólo contra aquellos que puedan desequilibrar su funcionamiento. De ahí que a veces reaccione contra elementos propios y no lo haga contra microbios que conviven en simbiosis… salvo que se vuelvan peligrosos por romper la convivencia.

Como puede ver el lector las implicaciones de lo aquí someramente explicado van mucho más allá apuntando a un cambio radical en la visión de la salud y la enfermedad: en este caso concreto nos permite comprender que todo bebé nace con un perfil Th2 en sus células T por motivos de protección y seguridad ya que las enzimas responsables de ese perfil segregadas en la zona de la placenta impiden la síntesis y difusión del óxido nítrico, potencialmente tóxico en su caso. Luego, tras el nacimiento, el organismo del bebé tiene que entrenarse para establecer su propio equilibrio Th1-Th2 y ésa es la función que tienen las “enfermedades bacterianas infantiles” que lamentablemente obstaculizan las vacunas y los antibióticos provocando un desequilibrio hacia el perfil Th2 (siendo ello lo que está dando lugar tanto al actual incremento de alergias en la población como a numerosos problemas de inmunodeficiencia).

En suma, es hora de modificar la concepción dogmática de la llamada medicina convencional, alopática, farmacológica o científica por la sencilla razón de que está obsoleta.

Jesús García Blanca

Este reportaje aparece en
130
Septiembre 2010
Ver número