El sentido de la vida

 Cada día nos damos cuenta más claramente de que el único modo de sobrevivir es aumentar nuestra capacidad de adaptación, fomentar nuestra flexibilidad y potenciar la disposición al cambio.

Y todo ello porque en los últimos años nuestra vida se ha ido haciendo más y más compleja. Nadie puede negar que el progreso nos ha traído mayor comodidad pero eso ha dado como consecuencia que el tiempo que hemos ganado lo empleemos en enredarnos en mil y una actividades, muchas veces antagónicas y otras casi absurdas. La psicosis por llenar nuestra vida de “contenidos apasionantes” puede hacernos perder el norte.

La mayoría tenemos más libros de los que podemos leer, más cosas de las que podemos usar, más estímulos de los que podemos absorber, más actividad de la que podemos desarrollar, más trabajo del que podemos realizar o más compromisos de los que podemos atender.

Normalmente, cuando tenemos la atención dispersa entre tantos focos se genera, más tarde o más temprano, una sensación de desconexión, de incoherencia, de descontrol.

Los síntomas son múltiples: depresión, angustia, estrés, desubicación… y todo un abanico de problemas emocionales y psicológicos que acechan a nuestra sociedad civilizada.

En buena medida eso se produce por el tremendo desequilibrio existente entre lo que vivimos y lo que “realmente” necesitamos. Así, la mayoría de nuestras actividades están enfocadas a la búsqueda en el exterior y, en cambio, hemos abandonado todas aquellas que supondrían un alimento equilibrador para nuestra psique emocional.

No adecuamos nuestro ritmo al de la naturaleza, ni adaptamos nuestra alimentación a los productos propios de la temporada en la que estamos, ni programamos nuestras actividades en función de los ciclos naturales. Es como si la carrera de la superproducción que prima en el mundo llamado civilizado nos hubiese “pillado” también a nosotros.

Porque incluso aquellas actividades que podrían ser gratificantes, como estar con los amigos, viajar, las vacaciones, los hobbies, etc., tienen un carácter de urgencia, de premura porque hay poco tiempo y hay que aprovecharlo bien. Y todo ello nos impide disfrutarlas realmente.

¿Quién no se ha sorprendido pensando en lo que tiene que hacer más tarde sin prestar atención a lo que está haciendo en ese momento? ¿Cuántas veces respondemos a lo que tenemos en la cabeza –proyectada hacia el futuro- sin escuchar lo que nos están diciendo en ese instante? ¿Cuántas oímos decir eso de “Perdona, estaba pensando en otra cosa”?

Cada vez se hace más necesario parar ese ritmo ajetreado en el que nos hemos subido y buscar momentos de soledad para poder hacernos preguntas que nos sitúen realmente: ¿estoy haciendo lo que quiero?, ¿qué necesito?, ¿qué me falta?, ¿qué echo de menos?, ¿me siento bien con lo que hago?, ¿me siento bien con mi forma de ser?, ¿qué me gustaría cambiar?, ¿qué querría conseguir?, ¿cuáles son mis objetivos más cercanos?, ¿y después?, ¿me siento útil para mi entorno?, ¿soy feliz?, ¿en qué o con quién me siento comprometido?, ¿tengo paz interior?, ¿estoy haciendo todo lo que quiero hacer?, ¿estoy siendo la persona que quiero ser?, ¿comparto mi verdadero yo con alguien? Tal vez nos haga falta también ser conscientes de las cosas que hemos ido dejando en el camino porque había otras prioridades y preguntarnos qué nos ha pasado.

Seguramente, al hacernos esas preguntas tendremos que echar mano de nuestra escala de valores y ser conscientes de lo que pensamos sobre los grandes temas de la vida: el amor, el trabajo, la familia, la sociedad, las etapas de la vida, la enfermedad, la muerte, la trascendencia… y cualquier otra cosa que consideremos esencial.

Todo ello para acercarnos a la gran pregunta: ¿qué sentido tiene mi vida?

Cada uno de nosotros debemos encontrar nuestra propia respuesta y observar si en esa carrera en la que estamos enfrascados no estamos persiguiendo cosas equivocadas, cosas que tal vez la cultura imperante nos ha vendido como ejemplos a seguir.

Intentar ser más consciente es como despertar de un sueño y, con los ojos abiertos, ver si estamos haciendo realmente lo que queremos y, si no es así, descubrir el precio que estamos pagando por ello. Incluso después podemos decidir seguir haciéndolo pero ya sin engaños, sabiendo a lo que hemos tenido que renunciar.

En la mayoría de las ocasiones estas preguntas surgen como consecuencia de una crisis: la pérdida de la salud, de la seguridad económica, del poder que ostentamos, de un fracaso afectivo, tener que afrontar la muerte… Pero, ¿por qué hay que esperar a que suceda algo así para hacerlo?

Los seres humanos tendemos a “cultivar” apenas algunas de nuestras facultades y, sin embargo, contamos con muchas más capacidades: la de apreciar la música, el baile, la poesía, el dibujo o la pintura, la de escribir, interpretar, recitar, mantener una buena conversación, leer, soñar despierto, dejar volar la imaginación, crear a partir de lo que ves o de lo que intuyes, llorar, reír, relacionarse con los demás, aprender una filosofía propia de vida… Contamos, además, con el sentido del humor, el afecto, la ternura, la meditación, el silencio, la riqueza de las emociones… Y, aunque es más difícil, tenemos la facultad de abrir el corazón, la oportunidad de mostrar el alma a los demás.

Esas son algunas de las cosas que podrían hacernos sentir bien en el terreno individual. Después habría que involucrarse en algo que mejorara nuestro entorno, que nos permitiera sentirnos útiles para la comunidad en que vivimos. El espíritu de servicio es algo innato en los seres humanos y ese impulso siempre busca la forma de manifestarse en el exterior pero nosotros debemos dejarle el camino libre.

Así pues, podríamos decir que los dos grandes pilares en los que nos asentamos serían el amor y el servicio. Ambos apoyos satisfarían dos de las tres necesidades del ser humano: el amor cubriría la necesidad afectiva, el servicio lo haría con la necesidad de inclusión, de sentirse parte activa de la comunidad, y quedaría por cubrir la necesidad de saber a qué se está jugando, de qué va esta aventura que es la vida. Podríamos llamarla necesidad de control y nos abriría la puerta del mundo trascendente en el que cada cuál puede colocar sus creencias espirituales.

María Pinar Merino

Este reportaje aparece en
49
Abril 2003
Ver número