La necesidad de pararse en el camino de su vida

¿Ha aprovechado las vacaciones veraniegas para hacer un alto en su vida o las ha convertido en otra etapa más de la rutina diaria que, generalmente, nos condiciona a lo largo de todo el año? Porque si normalmente cualquier cambio que se produce en nuestra vida nos coloca ante la posibilidad de dar un paso adelante en el camino de la autoconsciencia, las vacaciones deberían ser siempre ese lapsus que nos haga romper con nuestra actividad diaria, con el ambiente, los horarios, las personas y la actividad que normalmente desarrollamos para proporcionarnos nuevos decorados que trastoquen el orden establecido. Ello nos permite dos cosas importantes: la primera, que al alejarnos del núcleo en el que estamos habitualmente metidos y colocarnos en una órbita más alejada tenemos una mayor perspectiva de lo que estamos viviendo; y la segunda, que ante el reto de las nuevas situaciones el cerebro se ve estimulado y se abre para contemplar soluciones más creativas que antes ni siquiera habíamos vislumbrado.

Si así lo hacemos adquiriremos la posibilidad de retomar nuevamente el pulso a la vida familiar intentando estrechar lazos, acercar posturas, reactivar los vínculos de comunicación, hacer cosas juntos, tomar consciencia de los cambios que se han producido en las personas cercanas y que no habíamos podido observar por estar imbuidos en la rutina de la actividad diaria, descubrir la imagen que proyectamos al exterior y que los que están al lado nos devuelven como un espejo -a veces a nuestro pesar-, volver a disfrutar de la playa o la montaña, tomar contacto con la naturaleza -que, aunque siempre estuvo ahí, en lo cotidiano nos resulta difícil encontrar-, olvidarse de la velocidad con que las manecillas del reloj aprisionan nuestro tiempo, romper con los horarios establecidos, pasar de los hábitos y las normas caducas para intentar reencontrar el sentido de cada minuto que vivimos, volver a conectar con el silencio, con el valor de las cosas pequeñas que se han ido quedando rezagadas y ya no nos acompañan en la vida diaria, recorrer las calles de la infancia volviendo a sentirse niños y pasearse por los recuerdos y por las emociones que estos arrastran…

En definitiva, pararse y respirar. Porque cuando uno se para y respira se siente más vivo. Y, al mirar alrededor, puede apreciar mejor la vida y observar con ojos nuevos, descubrir que puede despertar una sensación de gozo que dormita dentro aburrida de no tener un claro quehacer en nuestro día a día. Y así, uno disfruta hasta con las torpezas de ese camarero inexperto pero simpático que nos arranca una sonrisa cuando días antes hubiéramos montado una bronca por el mal servicio recibido; y se queda extasiado mirando cómo las gaviotas revolotean tras los barcos siguiendo su estela a la espera de la comida fácil; y escucha a la hora de la siesta –cuando todo se para– que las chicharras siguen cantando; y vuelve a buscar formas en las nubes que, por arte de magia, dejan de ser vapor de agua condensado y se convierten en grandes dinosaurios o animales mitológicos; y, al entornar los ojos, ve un cielo de estrellas luminosas que ha descendido a la tierra y se ha posado sobre el mar; y al mirar al horizonte descubre barcos y deja rienda suelta a su imaginación para que se transformen en bajeles piratas buscando eternamente tesoros ocultos; y uno no puede dejar de mirar las conchas amontonadas por las olas en la playa buscando esa tan especial que nos diga algo; o ve una pareja de animales o unos árboles entrelazados y piensa en plural por primera vez desde hacía mucho tiempo…

A ese deleite del presente en el que los sentidos se imponen sobre las planificaciones se une el que, al alejarnos de las actividades que normalmente llevamos a cabo, se nos presenta una oportunidad inestimable para conectar con nuestros deseos y objetivos más actuales, con la posibilidad de revisar si lo que estamos viviendo es lo que queremos, si estamos siguiendo una escala de valores marcada por esos deseos o nos hemos “acomodado” a las circunstancias. Porque desde lejos resulta más fácil observar qué hemos perdido o qué cosas necesitan ser reactivadas. Es como esos ejercicios que nos proponen algunas escuelas de crecimiento personal en el que nos recomiendan periódicamente echar un vistazo a nuestro armario, comprobar lo que tenemos y deshacernos de aquello que ya no nos sirve o no deseamos conservar; o las que nos hablan de la importancia de revisar nuestra casa y decidir si queremos las cosas como están o necesitamos hacer algunos cambios recolocando muebles o incorporando elementos nuevos…

Es la imagen simbólica que nos habla de iluminar los rincones oscuros de nuestra mente para ver qué se esconde ahí, sacarlo a la luz y hacer una labor de limpieza soltando las viejas ideas y dejando espacios vacíos que puedan ser ocupados por otras nuevas.

Tal vez no somos muy conscientes pero igual que cambian las cosas a nuestro alrededor nosotros también cambiamos y lo que hace unos años era uno de los pilares de nuestra vida ahora puede resultar un lastre; y lo que hace meses nos gratificaba o interesaba, ahora no. Y es que nuestra mente es como un viejo baúl que tiende a guardarlo todo, a acumular lo que ha ido consiguiendo con mucho esfuerzo a lo largo del tiempo y tiene ciertas resistencias a desprenderse de ello porque lo valora como una conquista. Sin embargo, es importante tomar consciencia de la necesidad de soltar pesos muertos y andar el camino lo más ligero de equipaje posible. Si la mente está llena y no le queda espacio para absorber lo nuevo estará conduciéndonos a una esclerosis de pensamientos puesto que la energía mental se limitará a recorrer los circuitos ya conocidos sin arriesgarse a establecer nuevas “conexiones” con otras neuronas a través de caminos sin estrenar.

Es necesario, pues, sacar todo el contenido del trastero y hacer un pequeño inventario de lo que en él guardamos decidiendo qué queremos conservar y qué queremos soltar. Porque sabemos que apegarse a lo viejo implica una negación al crecimiento y todo lo que no crece está carente de vida.

Es posible además que, tras esa revisión, surjan nuevos objetivos o se entrevean nuevos cauces o formas de alcanzarlos, que establezcamos una nueva escala de prioridades, que perfilemos los deseos que queremos materializar, los sueños que deseamos alcanzar. Es posible que algunos –los más organizados– incluso escriban una lista que refleje sus propósitos y la conserven en su cartera para leerla de vez en cuando, como mandan los cánones de la proyección del pensamiento. Y eso está bien y es importante hacerlo pero sin olvidar que incluso eso dejará de tener valor si al cabo del tiempo se convierte en un acto rutinario, en un ritual repetitivo y sin fuerza. Porque nuestra mente -que es poderosísima- tenderá nuevamente a adormecerse y a concentrarse en los mecanismos de repetición que tanta seguridad nos proporcionan.

Y es fundamental no perder la energía, la fuerza interior, la convicción personal de que dentro de cada uno está todo lo que necesitamos para superar cualquier situación. Un proceso de reactualización de nuestros esquemas mentales que debiera ser una constante en nuestra vida pues sólo así se evita el estancamiento.

Dicen los físicos modernos que el Universo está en constante búsqueda de equilibrio y para ello la vida nos proporciona la oportunidad de compensarnos con aquellas experiencias de las que tenemos carencia. Así, es posible que en esos días necesitemos incorporar un poco de desorden si es que estamos enmarcados por el control, que precisemos de un espacio y un tiempo para dar rienda suelta a nuestras emociones si es algo que normalmente nos negamos, que asumamos riesgos si el método se ha apoderado de nuestros días, que perdamos los papeles si la agenda se ha convertido en la columna vertebral de nuestra existencia, que rompamos el molde que nos contiene, que exploremos facetas desconocidas de nosotros mismos, que dejemos que el sentido del humor nos enseñe a desdramatizar las cosas que nos suceden, que incorporemos la suficiente confianza en la vida como para que nuestra única preocupación sea la de estar lo suficientemente abiertos, presentes y atentos como para darnos cuenta de las cosas que nos ocurren y del sentido que éstas tienen en nuestra vida…

La seguridad y la confianza no son algo que provengan del exterior, como tampoco lo son la libertad y el desapego, la felicidad y el amor… Todo ello, en definitiva, son estados de consciencia de nuestro Ser y es esa precisamente la conquista que tenemos que realizar: recuperar un territorio invadido por agentes patógenos externos pero que se encuentra dentro de nosotros mismos y que, por tanto, podemos recuperar.

María Pinar Merino

Este reportaje aparece en
31
Septiembre 2001
Ver número