La simplicidad voluntaria: un camino a la salud

Desde la más remota antigüedad grupos como los estoicos o los epicúreos y personajes históricos como AbrahamBuda Jesús practicaron y postularon modos de vida sencillos que posteriormente contribuyeron a divulgar y desarrollar filósofos y pensadores modernos como Ivan Illich o Jacques Ellul. Fue en cualquier caso en la última década del siglo XX cuando surgirían en Estados Unidos grupos que se organizaron para experimentar y explicar esta filosofía de vida que propone al ser humano centrarse en lo esencial, buscar el enriquecimiento interior y no el exterior, conectar con nuestros semejantes desde el corazón, prescindir de lo superfluo y no vivir obsesionados por la riqueza material y el desaforado consumismo de nuestra sociedad. Un camino que lejos de ser sencillo requiere compromiso, saber cómo emprenderlo y perseverar en él. ¿El premio? El equilibrio personal, la armonía y una buena salud.

CENTRARSE-EN-LO-ESENCIAL

Olmo está preparando una vez más su mochila. Han terminado los pocos días que se había concedido para una visita relámpago y mañana se pondrá en camino de nuevo. Todo lo que posee viaja con él. O dicho de otro modo: sus únicas posesiones –dejando aparte la guitarra- caben en su mochila: unos pocos kilos que pueda llevar siempre consigo allá donde vaya. Su verdadera riqueza es su mundo interior que crece cuando viaja y renuncia a la multitud de cosas materiales que algunos consideran imprescindibles en un mundo casi totalmente dominado por el consumo, el deseo de tener, el cambio incesante de artefactos tecnológicos que sustituyen placeres y emociones aparentemente más simples pero en realidad mucho más profundas y complejas, más reales.

¿Se puede hoy vivir así? ¿Es posible una renuncia tan radical a todo lo que nos ata en este mundo regido por el dinero, las posesiones y el éxito? Pues es evidente que sí porque hay cada vez más viajeros que, como Olmo, siguen a rajatabla la máxima de Lao Tsé: “Un buen viajero no tiene planes fijos ni la intención de llegar”. Ciertamente se trata de una opción asumida aún por una minoría pero ello no quiere decir que el resto, por muy apegados que estemos a nuestras posesiones y dependamos de las trampas del mundo hiper-tecnológico, no podamos hacer nada. Podemos. Y lo singular es que cualquier avance en esa dirección aporta una mayor conciencia de uno mismo y del mundo en el que vivimos, una salud integral, un mayor desarrollo personal y una felicidad interna constatable.

HISTORIA DE LA SIMPLICIDAD

Y no hablamos de entelequias. Tal propuesta se conoce hoy como el camino de la simplicidad voluntaria y ha ido desarrollándose a lo largo del siglo XX hasta incardinarse en los numerosos movimientos espirituales, ecologistas y de justicia social que ya actúan en el mundo. Pues bien, vamos a dar unas directrices para poder iniciar ese camino -siquiera sea comenzando con decisiones y pequeños cambios al alcance de cualquiera con un mínimo de disposición y sensibilidad cooperativa- que permita anteponer a lo más superficial lo más profundo, la esencia de la vida y la existencia. Algo en verdad necesario porque la vida occidental moderna nos ha llevado a romper la conexión con nuestro propio interior y con los que nos rodean, a olvidar nuestras raíces y a sentir a menudo una profunda sensación de vacío y angustia que tratamos de llenar acumulando objetos que nos mantienen en una especie de distracción virtual permanente que nos aleja cada vez más de nuestra esencia y nos impide construir una sociedad equilibrada y armónica.

Algunos autores consideran que el cambio trascendental de la “cultura de la necesidad” a la “cultura del deseo” se dio en la década de los treinta del pasado siglo XX cuando un asesor de relaciones públicas llamado Paul Mazer propuso que los productos se vendieran apelando al ego del consumidor y no a sus necesidades vitales: “Debemos cambiar América desde una cultura basada en las necesidades a una cultura basada en el deseo. La gente debe ser entrenada para desear, para querer nuevas cosas, incluso antes de que las cosas viejas hayan sido totalmente consumidas (…) Los deseos del hombre deben eclipsar sus necesidades”. Y sorprendentemente así se hizo cambiando por completo el mundo con la llamada “era del consumo” que, lejos de servir a las necesidades humanas, ha distorsionado las relaciones personales y sociales a todos los niveles, amenaza con destruir el planeta y ha llevado a la humanidad al esperpento de padecer miles de “enfermedades” en lugar de unas decenas. El hecho de que hoy haya miles de hospitales y fármacos más que hace apenas un siglo no es representativo de un gran avance sino de un brutal retroceso: antes la enfermedad era la excepción y hoy es la norma. Sin duda porque se ha llevado hasta el paroxismo la adoración por lo material y la humanidad padece un profundo desarraigo emocional y espiritual, claves para tener la armonía y equilibrio que aportan la auténtica felicidad y, por ende, una buena salud.

Y todo ello es lo que intenta recuperar el movimiento de la “vida simple”, la “simplicidad voluntaria” o, más recientemente, el “decrecimiento”. Algo que por otra parte no es nuevo pues ya Noé, Abraham, Moisés, Buda, Juan el Bautista, Jesús, Mahoma y otros muchos personajes conocidos de la antigüedad vivieron sus vidas buscando la simplicidad exterior y predicando -de una forma u otra- la riqueza interior. E igualmente lo harían luego muchos más -desde Francisco de Asís hasta el líder pacifista Mahatma Gandhi pasando por el poeta, músico y filósofo bengalí Rabindranath Tagore– desarrollando sus propias doctrinas a partir de las enseñanzas de quienes antes que ellos abogaron por la simplicidad. Y hablamos de un movimiento que ha dado lugar a numerosos planteamientos complementarios como los del pedagogo y pensador austriaco Ivan Illich, el filósofo, sociólogo y teólogo anarquista francés Jacques Ellul -uno de los padres de la idea de “decrecimiento” asociada a la simplicidad en el marco de la ecología política-, Pierre Rabi -agricultor, escritor y filósofo francés de origen argelino y uno de los fundadores de la denominada Agro-Ecología que postula el regreso a la tierra y a formas de vida más simples- o Duane Elgin -educador y activista mediático estadounidense que en 1976 publicó junto a Arnold Mitchell un artículo sobre la simplicidad voluntaria que se convertiría en obra clave para el impulso internacional de este movimiento que hoy se ramifica influyendo en la espiritualidad, el ecologismo, la protección de la salud, la lucha por la justicia social o el rechazo al consumismo y que, en definitiva, supone un enfrentamiento radical con el orden establecido. Ramificaciones que dieron lugar a iniciativas tan organizadas como el Círculo de la Felicidad de Cecile Andrews, el Instituto de la Simplicidad y numerosos grupos que impulsan ese estilo de vida (véase el recuadro final).

Agregaremos que se llama “decrecimiento” a la propuesta del ya citado Jacques Ellul quien denomina Sistema Técnico a la sociedad orientada hacia la tecnología y la eficacia capaz para lograr sus fines de menospreciar o arrinconar las dimensiones espirituales del ser humano. De ahí que proponga una ética del no-poder, de un “puedo pero no quiero” que consiste en dejar de colaborar con el Sistema Técnico.

Otro libro fundamental de este movimiento -centrado en las implicaciones sociales y globales- es Lo pequeño es hermoso del economista alemán Ernst Friedrich Schumacher aparecido en 1973 y considerado por el suplemento literario de The Times uno de los cien libros más influyentes desde la II Guerra Mundial. Schumacher aboga por una tecnología adecuada a las necesidades humanas en un contexto de economía basada en aldeas que denominó “Economía Budista” y se enfoca en el desarrollo sostenible con una finalidad última: la obtención del máximo bienestar con el mínimo consumo.

CÓMO EMPEZAR

Si hacemos del viaje una metáfora de la vida podemos ponernos en una situación “límite” que nos ayude a valorar mejor lo que tenemos y lo que estamos dispuestos a “transportar”. Podremos así priorizar y decidir desde otro punto de vista lo que merece la pena conservar y lo que estamos acumulando por pura incapacidad para soltar lastres. Y para empezar recordaremos lo que sabe cualquier viajero, especialmente si viaja por sus propios medios a pie, en bici, en moto o haciendo autostop: es imposible cargar con todo lo que se posee. Hay que sacrificar lo superfluo y eso es todo lo que no es absolutamente útil e imprescindible. De lo contrario uno estará más ocupado -y agobiado- acarreando bultos que disfrutando de los lugares que se visitan.

Pues bien, este ejemplo metafórico es aplicable al viaje de la vida. Porque aunque no seamos muy conscientes de ello mantener nuestras “posesiones” exige mucho esfuerzo, tiempo y energía impidiéndonos con frecuencia disfrutar de lo que de verdad importa. De hecho la mayoría de la gente dedica la mayor parte de su tiempo vital a trabajar para conseguir dinero con el que pagar cosas que luego no suele poder disfrutar ¡por falta de energía y tiempo!

Para mucha gente la riqueza material es lo más importante por lo que representa ante otros ya que miden su “éxito” en función de lo que opinan los demás. Asocian la cantidad y calidad de sus posesiones a su propia identidad creyendo que cuanto más tienen más “realizados” y felices se sentirán. Comprobando luego los que lo logran –una exigua minoría- la verdad de ese dicho popular que asevera que la riqueza no da la felicidad. Lo que la mayoría comprende… cuando está finalizando el viaje de su vida.

Algo que no suele acaecer en los casos de quienes obtienen lo imprescindible para vivir y dedican la mayor parte del viaje a disfrutar de él en compañía de sus seres queridos, de su familia y amigos. De compartir una conversación, una agradable velada, un café, un paseo, una excursión, un viaje, un buen libro, una partida de ajedrez, una obra de teatro, un musical, una película… En suma, a disfrutar de experiencias vitales en lugar de dedicarse a acumular bienes materiales pensando que para todo eso ya tendrán tiempo cuando se jubilen…

Sorprende ver con qué pocas cosas estamos en realidad conectados en la vida a las que, sin embargo, dedicamos grandes dosis de energía, atención y tiempo. Como sorprende comprobar cuánta gente se da cuenta de ello, cuántas veces tiene la sensación de que está dejando pasar la vida de forma absurda sin disfrutarla… y a pesar de ello se resiste a replantearse sus creencias, convicciones y hábitos. Sin duda porque fueron hábilmente programados para aceptarlo sumisamente.

ESTRATEGIAS CONCRETAS PARA “SIMPLIFICAR”

Como antes explicamos son numerosas las obras y artículos dedicados a ofrecer estrategias para simplificar la vida aunque, por razones obvias, todas se centran en algunos aspectos básicos que ofrecemos de forma resumida en unos breves apartados recordando lo que día escribió el famoso autor de El principito, Antoine de Saint-Exupery: “La perfección se alcanza no cuando no hay nada más que añadir sino cuando no hay nada que quitar”. Y en este caso la idea básica es la de identificar lo que no es esencial en nuestra vida y deshacernos de ello. Y no hablamos solo de cosas materiales: pensemos en términos de valores… a todos los niveles.

Reducir al mínimo indispensable las “cosas”. Es preciso buscar un equilibrio entre nuestras necesidades y los avances de la tecnología. Y liberarnos de esa dependencia actual que lleva a buscar el último dispositivo a la venta solo porque añade unas “mejoras” al que compramos pocos meses antes. En todo caso y más allá de la tecnología lo cierto es que todos acumulamos una enorme cantidad de objetos que realmente no necesitamos. Planteémonos pues deshacernos de ellos regalándolos, vendiéndolos o simplemente tirándolos a la basura. Y eso incluye la ropa y el calzado que deberían comprarse con criterios de comodidad y hechos con materiales naturales duraderos.

Otro grupo a valorar es el de los “papeles”. Mucha gente acumula facturas, documentos, diarios, revistas y folletos en carpetas, cajas y bolsas llenas cada vez más difíciles de organizar y valorar. Lo mejor es prevenir y actuar con rapidez preparando clasificadores con etiquetas claras para lo que de verdad debe guardarse.

El caso particular de los libros hace temblar a mucha gente por entender que se trata de algo “irrenunciable” pero la inmensa mayoría de las personas no vuelve a abrir los libros ya leídos salvo que por razones profesionales se trate de obras habituales de consulta no disponibles gratuitamente en Internet o libros singulares que un día esperamos lean nuestros hijos o nietos. Pero el resto solo ocupan espacio y pueden llevarse a bibliotecas públicas y parroquias con librerías gratuitas o dedicarse a intercambios, préstamos o proyectos de libros libres como bookcrossing y otros. O, sencillamente, entregarlos a ONGs para dotar de libros bibliotecas del tercer Mundo. Lo que no obsta para que podamos conservar algunos de significado especial por la edición, el autor, la dedicatoria, quien nos los regaló o hayan sido puntos de referencia en nuestras vidas.

Sin obviar, en el caso de quienes opten por la simplicidad al máximo, la posibilidad de deshacerse de cualquier otro tipo de objeto superfluo. A fin de cuentas el hogar debería ser un lugar de reposo y una fuente de inspiración casi terapéutica. Dicho esto añadiremos que técnicas como el Feng Shui pueden ayudarnos a organizarla de modo saludable, cómodo y armónico.

Comunicación y relaciones. Como parte de la invasión tecnológica las redes sociales se imponen cada vez más a la hora de comunicarnos y establecer relaciones. Cuesta muy poco añadir un “amigo” con un simple clic pero mucho alimentar una verdadera amistad. Deberíamos dedicar menos tiempo a esas redes sociales virtuales llenas de mensajes que aportan poco o nada. Nos dejará más tiempo para relaciones reales, dedicar espacios a la soledad e incluso -muy recomendable- planificar “retiros” cada cierto tiempo a fin de desconectarnos de todo y reencontrarnos.

Economía: organizarse de modo austero. Es importante no vivir angustiados por compromisos y deudas y ser conscientes de que muchos de nuestros gastos son superfluos. No es más rico el que más tiene sino el que menos necesita. Reduzca pues al máximo sus necesidades: una sola cuenta bancaria y una sola tarjeta simplifica las gestiones y ahorra tiempo. Es más, habitúese a pagar en efectivo y será mucho más consciente de lo que gasta. Y no estamos hablando de ahorrar a toda costa sino de gastar bien y en productos de calidad que suelen durar más y estropearse menos.

Operaciones cotidianas básicas: compras, tareas del hogar, viajes… En la sociedad de consumo la mayoría de la gente dedica mucho tiempo a comprar… pero pocas veces por necesidad real. Replantéeselo. No ahorre en cambio en los productos de alimentación y limpieza: asegúrese de que son de buena calidad y lo más naturales y ecológicos posibles. La salud debe ser prioritaria en la vida. Y si tiene oportunidad vaya a comercios locales, cooperativas y tiendas de precio justo. Y eche una mano a los bancos de alimentos y de tiempo así como a otras alternativas solidarias.

En cuanto a las tareas domésticas use productos no tóxicos y dedique solo el tiempo preciso porque no se trata de vivir en un museo en el que vaya a recibir visitas cada día. Su tiempo es oro y hay mucha gente que dedica absurdamente a diario varias horas a limpiar el hogar.

Salud. Tener buena salud pasa por comer correctamente con alimentos frescos de temporada -crudos o preparados a fuego lento y sin superar los 80º para no desnaturalizarlos- en lugar de envasados o preparados llenos de azúcares, grasas “trans” y aditivos sintéticos. Y, sobre todo, no ingiera medicamentos. En general son solo paliativos, peligrosos y encima caros. El mejor médico es nuestro propio organismo cuando está bien nutrido y en contacto con la naturaleza. Respire pues aire puro, beba agua de manantial muy baja en minerales o en su defecto destilada y activada o hidrogenada, tome el sol, haga ejercicio -pasee a diario al menos una hora si no puede-, duerma suficientemente, aprenda a meditar y relaciónese a menudo con las personas a las que aprecia. Es más, abrace a la gente que quiere: es terapéutico para ambos.

Y si enferma por alguna causa busque el consejo de un profesional de la salud que ejerza la medicina holística y no el de un mero recetador de fármacos sintomáticos como es propio de quienes pasan consulta  en los ambulatorios de la Seguridad Social.

En cuanto a la alimentación añadiremos a lo antes dicho que debe evitar los alimentos industriales pero también los ricos en azúcares –colas y refrescos incluidos- y carbohidratos refinados, las grasas animales saturadas, los lácteos, el alcohol, el tabaco, los aditivos –conservantes, espesantes, potenciadores del sabor, etc.- y los fritos.

Y cuando se sienta mal actúe rápidamente desintoxicándose y sabiendo que lo más eficaz suele ser   ayunar; siendo aun mejor si además proporciona al organismo bacterias benéficas.

Trabajo. Obviamente lo ideal es tener un trabajo que nos guste, nos llene, nos produzca satisfacción, tenga un ambiente agradable, esté cerca de casa para ahorrar tiempo y poder ir a él caminando o en bicicleta y comer a diario en el hogar. Que no sea pues solo una fuente de ingresos. Y si eso no es posible reduzca al máximo el tiempo y energía que le dedica –sin ser por ello ineficaz por supuesto- y desconéctese completamente de él una vez termine su jornada sin aceptar horas extras solo por ganar más.

Vida social. Revise sus compromisos sociales, especialmente si no le agradan y le ocasionan importantes gastos de tiempo y dinero. Hay que aprender a separar las relaciones que nos producen placer y satisfacción de los encuentros forzosos.

Terminamos indicándole que  pueden parecerle consejos obvios, sencillos y fáciles de seguir pero para la inmensa mayoría de la gente no lo son; y sin embargo seguirlos puede cambiar de forma tan drástica como positivamente la vida de una persona.

 

Jesús García Blanca

 


Más información en:

-http://www.simplicitycollective.com/DeclarationOnDegrowth.pdf
-http://simplicitycollective.com
-http://www.cecileandrews.com
-http://www.happycounts.org
-http://simplicityinstitute.org
-http://www.estilodevidaminimalista.com
-http://www.consumehastamorir.org
-http://www.sindinero.org
-http://www.autosuficiencia.com.ar/shop/index.asp
http://www.truequear.com
-http://www.vidasencilla.es
-http://www.sindinero.org/-autosuficiencia-hazlo-tu-mismo
-http://www.sindinero.org/-trueque-bancos-de-tiempo
-Asociación para el desarrollo de los Bancos de Tiempo
-http://adbdt.org
-http://www.sindinero.org/-viajar-gratis
-http://www.vidasencilla.es/iniciativas-ciudadanas-a-tutiplen
-http://www.decrecimiento.info
-https://zenhabits.net
-http://unavidasimple.es
-http://mividasencilla.com
-https://tuvidasencilla.com

 

Decrecimiento: la simplicidad globalizada 

El economista francés Serge Latouche propone un sistema de soluciones que sustituye el prefijo “hiper” (hiperdesarrollo, hiperproducción) por el prefijo “re” para indicar la idea de retorno, repetición o retroceso; es el denominado modelo de las 8R:

-Reevaluar. Sustituir los valores globales individualistas y consumistas por otros humanistas y de cooperación.

-Reconceptualizar. Proponerse un estilo de vida distinto y de mayor calidad.

-Reestructurar: Adaptar el aparato de producción y las relaciones sociales a la nueva escala de valores.

-Relocalizar: Priorizar la autosuficiencia local; haría disminuir por ejemplo el consumo en transporte.

-Redistribuir la riqueza; especialmente entre los países del norte y el sur.

-Reducir. Cambiar el estilo de vida consumista por un estilo de vida sencilla.

-Reutilizar/Reciclar. La idea es alargar el tiempo de vida de los productos para evitar el despilfarro.

 

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Febrero 2017
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