Amor es sinónimo de salud

En el pasado número de Diciembre comenté que había tenido el honor de ser invitado para dictar la conferencia inaugural del curso académico 1999–2000 de la Universidad Internacional de la Experiencia, en su sede de Valencia. Y hoy quiero compartir con el lector algunas de las cosas que tuve entonces ocasión de transmitir.
Empecé mi charla explicándoles que ya en el año 1991, después del primer documental que la BBC emitió sobre mi trabajo -una hora de programa en la serie científica “Your life in their hands»- recibí una invitación del “Council of Management of the New Era Centre” del que eran patronos el Arzobispo de Canterbury, monseñor Robert Runcie, Sir Yehudy Menuhin y Raimond Paniker.

Acepté gustoso la invitación. Se trataba de pasar un fin de semana en “The Abbey”, a orillas del Támesis, en Oxon, cerca de Oxford. Seríamos quince personas de diferentes países del mundo para intercambiar conocimientos sobre la verdadera naturaleza del hombre total y sobre curación. Teólogos de diferentes religiones, sanadores y médicos.

Luego les mostré un vídeo con operaciones y partos con anestesia psicológica. Y al terminar la proyección me hicieron estas dos preguntas: qué había enseñado a un perro bóxer al que habían visto cómo le sacaba del intestino delgado una escobilla de limpiar inodoros sin anestesia química y sin ponerle ni siquiera un bozal; y qué pasaría en el mundo si el conocimiento sobre el ser humano que me permitía practicar la cirugía sin anestesia química se difundiera durante una centuria.

Mostré a los asistentes a aquel acto académico un vídeo similar al de Oxon y después les conté lo que les había contestado. A la primera pregunta respondí que al perro no había tenido que enseñarle nada porque pertenecía a una especie animal que no había sufrido «las consecuencias del pecado original», tal como yo lo entendía. Que el animal, guiado por su instinto, tiene la capacidad y la habilidad de distinguir entre ayuda y agresión; entre lo que es bueno o malo para él. Que a quienes tenía que enseñar era a mis pacientes humanos, que durante la evolución de su especie, creyendo que progresaban, habían ido perdiendo la habilidad de usar sus mejores capacidades naturales. Y que mis pacientes demostraban que esas capacidades seguían estando a disposición de los seres humanos… a poco que les volviéramos a enseñar cómo usarlas. En especial, el poder creador del pensamiento, con el que se genera tanto el bien como el mal en nuestras vidas y en nuestro entorno.

Y les expliqué que el pecado original, tal como yo lo entendía, fue un pecado de orgullo. Que el hombre sabía que el mal, por esencia, le estaba vedado a Dios… pero que él podía, pues su libertad se lo permitía, pensar en el mal. Y que con el poder creador de su pensamiento el hombre generó efectivamente el mal en su vida, con todas sus consecuencias. Y como cada pensamiento -de alguna manera- deja huella en el cerebro es por eso por lo que sus consecuencias se transmiten a la descendencia: por vía genética primero y cultural después. Y lo que fue pecado original en principio se convirtió en pecado actual…

Porque hoy se sigue usando el poder creador del pensamiento para generar el mal en nuestras vidas y en nuestro entorno. Entendiendo el «pecado» como el uso inadecuado de las capacidades humanas que apartan al hombre del camino de la armonía con él mismo y con su entorno, haciéndole colisionar con las leyes que rigen el universo y acercándole a la enfermedad, al dolor y al sufrimiento.

«Porque -les decía- a mi Dios nada ni nadie puede ofenderle. Nos ofendemos, nos castigamos -sin ser conscientes de ello-nosotros mismos”.

También expliqué que a la segunda pregunta les había contestado que si los fundamentos de la Noesiología (ciencia que estudia los efectos del pensamiento en la vida) se difundieran durante una centuria con los medios de que hoy dispone nuestra sociedad el hombre se encontraría en el camino de regreso al Paraíso, entendido éste no como un lugar en la Tierra sino como una situación de privilegio a partir de la cual iniciar la evolución, que nunca fue en sentido positivo. Este conocimiento permitiría a la maltrecha y desgraciada especie humana desandar el camino equivocado de su evolución negativa y emprender el de la búsqueda del BIEN INFINITO, que fue su principio, su origen y al que el alma humana tiende de manera irresistible… y que no es otra cosa que el ansia de felicidad que todos sentimos. Felicidad que nuestra civilización ve cada vez más lejos porque al buscarla equivocó el camino.

¡Y, sin embargo, hay medios más que suficientes para cambiar el rumbo de nuestra civilización! ¡Sólo hay que usarlos inteligentemente y sin demora!

Les conté también que en una ocasión, mientras esperaba que me llamaran por teléfono para una entrevista en una emisora de radio de Valencia, sintonicé con ella para saber de qué estaban hablando. Y pude oír las noticias del Vaticano. El Papa hablaba de la conversión al amor. Eso me dio pie, al empezar mi entrevista, para decir que cuando el Papa habla del amor -considerado desde un punto de vista religioso-, hay mucha gente que no le entiende o que, por no ser creyentes, simplemente no aceptan sus palabras. Y yo le decía a la audiencia de aquella emisora que del amor había que hablar desde el punto de vista biológico, que el amor es una necesidad biológica. El amor significa amabilidad, tolerancia, entrega, esfuerzo en beneficio de otro, perdón, devolver bien por mal… Pero resulta que el primer beneficiario del amor es quien lo practica: él mismo es su mejor regalo. El amor produce tanto en el que lo practica como en el que lo recibe lo mismo que cualquier pensamiento positivo: una respuesta biológica global armónica positivaque le acerca a la armonía, al bienestar, a la felicidad y a la salud.

Que el odio, el rencor y el miedo son los responsables de que el hombre de nuestro tiempo viva crispado y en respuesta biológica negativa, lo que le lleva de manera irremisible a la disarmonía, a la infelicidad y a la enfermedad. Nuestra civilización vive enferma a causa del desamor.

Es claro que el remedio para todos los males del hombre pasa por comprender que los llamados en religión Mandamientos tienenuna finalidad biológica: hacer que el hombre pueda vivir en armonía con él mismo y con su entorno. Y ese es el principio y fundamento de la mejor de las medicinas, la medicina preventiva. No en vano escribo al comienzo de mi libro “Curación por el pensamiento. Noesiterapia”:“La enfermedad es, de ordinario, un vacío de amor en la vida de las personas que se traduce en una desarmonía psicosomática. Psicológica y físicamente, la enfermedad es una demanda de amor.”

También les conté a mis amigos de la Universidad de la Experiencia que uno de mis seguidores me dijo hace algún tiempo que para que nuestra sociedad se beneficiara adecuadamente de la Noesiterapia no eran suficientes los documentales que las mejores televisiones del mundo han hecho y siguen haciendo -en estos momentos la BBC va por el cuarto de los documentales dedicados a mi trabajo-, que era necesario hacer una gran película -material hay para hacer guiones impresionantes-, una gran superproducción al estilo de Spielberg a fin de que en todo el mundo los niños puedan hablar, además de dinosaurios, de para qué sirve el poder creador del pensamiento y aprendieran a usarlo inteligentemente. ¡Qué cambios se producirían!

Quiero, finalmente, dejar constancia de mi simpatía hacia esa magnífica realidad creciente que es la Universidad de la Experiencia y agradecer públicamente el honor que me han hecho ofreciéndome formar parte de su Patronato en Valencia. Sé que han entendido mis razones para declinar tal honor. Y, sin embargo, mi pensamiento y mi corazón están con ellos.

Este reportaje aparece en
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Febrero 2000
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