La salud consiste en encontrar la armonía perdida

La enfermedad no es sino el lenguaje del cuerpo. La manera que nuestro organismo tiene de decirnos que algo no marcha bien. Una forma, en suma, de transmitirnos información. Como información es lo que nos llega a través de una sonrisa, un guiño, una lágrima, un gesto airado o una mirada de odio. Como información es lo que transmitimos con un abrazo, una palmada, un apretón de manos o un beso. Como información es lo que transmite al organismo un masaje, una infusión, una cataplasma o una pastilla. ¿Puede extrañarnos, en consecuencia, que el bloqueo de información, el enquistamiento inconsciente en nuestra mente de información que no nos gusta pueda llevarnos a caer enfermos? Créalo porque muchas veces esa es la causa de nuestras dolencias. Desde la diabetes hasta el cáncer.

Tenía 22 años pero sus reacciones e índice de inteligencia eran los de un niño de no más de siete. Su madre lo gestó teniendo el llamado Síndrome Tóxico supuestamente provocado por aceite de colza adulterado y cuando el joven-niño -al que llamaré Andrés– llegó a mí había sido operado de un tumor cerebral en el área pineal y sometido a tratamiento con quimioterapia. Entre otros daños, mostraba hidrocefalia -con implantación en el cerebro de una válvula-, epilepsia, diabetes, alteraciones hidroeléctricas con parálisis en zonas localizadas e hipercaptación en las envolturas meníngeas. Además había sufrido dos comas profundos de larga duración de los que ningún médico se explicaba cómo había salido.

Pero de todo ello y de otras patologías más lo importante para mí era que vivía prácticamente inmovilizado y que cuando andaba era casi siempre para situarse ante la puerta acristalada de la casa que daba al jardín, puerta que no cruzaba. Y también que cuando hablaba era para mostrar preocupación por su madre diciendo que ella se iba a morir.

Naturalmente, dado su estado no pude llevarle -cuando le sometí a la terapia anatheorética que utilizo- a un estado de relajación adecuada pero sí conseguí que entrara en juegos dialécticos basados en correlaciones simbólicas. Y si yo conseguí eso él consiguió despertar en mí una profunda ternura que nos unió en perfecta empatía. A fin de cuentas, sabía que lo primero que debía lograr era establecer el adecuado diálogo entre ambos.

La medicina convencional ya había hecho su trabajo: había inyectado, sajado e implantado un cuerpo metálico en el cráneo del paciente… convencida de que no había nada más que hacer. Sin embargo, Andrés permanecía inmóvil, Andrés no atendía a las palabras, Andrés entraba en múltiples epilepsias todos los días. Andrés buscaba la luz -también el fuego- y por eso en una de sus caídas en coma se había quemado gravemente. Andrés, en definitiva, empezaba y terminaba en su válvula metálica craneal. Porque Andrés -un náufrago amniótico- se iba ahogando en su agua cerebral.

Así que empecé a trabajar con sus signos y símbolos. Ese detenerse ante la puerta que dejaba entrar la luz del jardín y que, al menos para mí, no era sino la expresión clara de su inmovilidad en el canal de nacimiento. Es decir, Andrés “no había nacido”. Y no había nacido porque no tenía conciencia de su nacimiento. Así, comprobé que sus ataques epilépticos eran una mimetización de las contracciones que debieron haberle llevado a nacer y que mantenía vivas porque él estuvo muerto -sin conciencia fetal- en el conducto vaginal, absorbiendo esas contracciones sin dar respuesta a las mismas. Andrés, pues, seguía intentando nacer, sólo que nacer, para él, era entrar en la muerte. En la muerte que le transmitió su madre, enferma de muerte por el síndrome tóxico. Y Andrés, que no nació, tuvo que ser sacado con ventosa. Y como la conciencia se retira -o, al menos, debilita su presencia energética- de los lugares en los que se somatiza el sufrimiento, el tumor de Andrés surgió justo en el lugar en que se había aplicado la ventosa. Andrés, en definitiva, seguía –aún de adulto- viviendo en la oscuridad del coma profundo de una matriz cuya información global era “muerte” y que por ser muerte no podía establecer una adecuada comunicación. En suma, Andrés no había conocido la dulzura de un útero amoroso. Y por eso Andrés era diabético.

Debo decir aquí que desde que empecé a practicar la terapia anatheóretica soy consciente de que es “debajo” de ese cuerpo con el que dialoga bélicamente el bisturí donde está la auténtica medicina. Que es buceando hasta la fuente de información vital personal para disolver las interferencias -ese “ruido” comunicativo que son las raíces de los daños que nos aquejan- como se ayuda a alguien a sanar. Pues bien, yo hice eso y logré restablecer una más armónica comunicación integral en el cuerpo y mente de Andrés.

¿El resultado? Cuando los neurólogos decidieron quitarle la válvula Andrés hablaba por los codos, sus teóricos “ataques epilépticos” eran escasos, se movilizaba y hasta jugaba al golf. Claro que lo de jugar al golf era simplemente darle a una pelota con un palo pero ya acertaba con el palo en la pelota. Y Andrés reía y no era ya el muerto viviente que había llegado hasta mí con sus múltiples patologías.

Al quitarle la válvula Andrés murió. Y esta frase no es una crítica a la medicina convencional. Esa medicina, con sus medios, hizo lo que pudo por Andrés. Y a su manera lo hizo bien. Pero olvidó que no puede dar vida quien no se comunica. Por eso -según me dijeron los padres de Andrés-, cuando éste estaba a punto de expirar me nombró a mí (recordó a su amigo, al “hombre con barba”) y lo hizo con una sonrisa.

TODO ES INFORMACIÓN  

Los lectores saben que nuestro cerebro se divide en dos hemisferios. Y que esos dos hemisferios están lateralizados; o sea, que están poco menos que enfrentados entre sí. Porque -y estoy generalizando- el hemisferio derecho es básicamente emocional y el izquierdo es, por el contrario, racional. Pues bien, la ciencia, nuestra ciencia reduccionista, es sólo la ciencia de este último cerebro. O sea, es dual, actúa enfrentando un extremo al otro. Es una ciencia bélica que cree que dominar, extirpar, matar… es vencer; y que intenta obtener la salud propia mediante la muerte del otro sin comprender que el otro somos también nosotros. Y así actúa nuestra ciencia médica alopática: en el vacío, sin escuchar. Y no hay ciencia integral donde no hay comunicación. Porque no hay medicina donde el mensaje es destruir. De hecho, ni siquiera hay ciencia. Nuestra ciencia, pues, no será tal hasta que comprenda que todo es información y que esa información generalizada que es el reservorio que llamamos vida tiene su expresión en la comunicación. No destruyamos al otro: escuchémosle. Porque escuchar al otro es, simbólica y realmente, escuchar uno de nuestros hemisferios cerebrales con el otro. Es, en definitiva, escucharnos a nosotros mismos. Y sincronizar, comunicar los dos hemisferios cerebrales -o sea, comprendernos a nosotros mismos- es la única medicina, la única ciencia.

LA COMUNICACIÓN MADRE-HIJO 

La primera vez que utilicé la estrategia de llevar regresivamente a un paciente al útero de su madre me encontré con el hecho de que, con la adecuada relajación regresiva a 4 hertzios, había pasado a ser el embrión que un día fue. Y me encontré con que en ese estado, el paciente, o bien nada sentía o bien el sentimiento que le llegaba era algo difuso, ambiental, algo, en suma, que no le golpeaba con la fuerza de un mensaje emocional. Es decir, cuando alguien me contaba cómo se sentía siendo embrión me decía que era como si hubiera entrado en una cámara de vacío, en una cámara apenas teñida por una pátina de sentimientos gratos o desagradables. En conclusión, era un lugar en el que se sentía vacío de información o un lugar en el que se sentía más o menos repleto de un determinado tipo de información emocional. Pero lo que más me sorprendió fue comprobar que en el mismo instante en el que la madre se hacía consciente de que llevaba un hijo en su seno le llegaba simultáneamente al embrión el sentimiento de agrado, desagrado, preocupación, etc., que manifestaba la madre. Y ese primer estadio de información pasaba a ser el inicio de una constante -grata o no- comunicación madre-hijo. Y no creo deba extenderme aquí -tras mis anteriores artículos en torno a mi terapia Anatheóresis– pero al investigar la realidad de lo ocurrido, la explicación de las madres coincidía siempre con lo que había sentido el paciente en la terapia. Y muchas veces coincidía con la realidad aun en contra de lo que el paciente creía saber antes de someterse a la terapia. Ni creo tampoco que tenga que volver aquí en torno a que la vida intrauterina es subjetiva. O sea, que el embrión, el feto -y también en parte el bebé preverbal- sienten esa comunicación como algo que surge de ellos y vuelve a ellos, como algo, en definitiva, que es ellos, si bien resulta muy difícil explicar aquí, con palabras, la índole subjetiva de esa comunicación.

Luego, en mis muchos años de investigación -siempre contrastada con la realidad- fui comprobando que esa simbiótica comunicación entre madre e hijo intrauterino era la estructura básica sobre la que se edificaba la futura dicha o desdicha del hijo. Una dicha o desdicha que tenía un sentimiento-universo -o sea, un estado informativo- y unos mensajes puntuales -impactos comunicativos- y que ambos tenían su vía regia dialéctica no en un acontecimiento físico sino en la afectividad o no afectividad expresada por la madre. Porque en la vida intrauterina la comunicación mantiene las leyes de la sensitividad primaria característica de la vida vegetal. Que sabido es que una planta -al menos una planta doméstica- se anestesia cuando la agredimos. No en el momento de la agresión -arrancarla, cortar una de sus ramas, etc.- sino cuando ante ella pensamos en agredirla. No se trata, por tanto, de un problema de tijeras sino del mensaje que lanza quien la va a cortar. Bueno, pues lo mismo ocurre con un embrión. Y también con el feto si bien éste posee ya una más compleja respuesta neuronal. Y así, en el útero, lo que inicialmente es una respuesta embrionaria casi vegetal pasa luego a ser ya una comunicación celular (en la que las células que se sienten agredidas lanzan su mensaje informativo a las células contiguas). Un mensaje que es una petición de ayuda pero que incluye también la información básica de cuanto está ocurriendo. Es decir, se trata de dar la adecuada información a las células todavía no agredidas con el fin, por un lado, de que busquen la forma de ayudarlas y con el fin, por el otro, de que las células todavía no agredidas sepan cuál es y cómo actúa su enemigo y puedan con esa información encontrar también la mejor forma de protegerse.
Pues bien, en la terapia anatheórética se comprueba que esos procesos de información-universo y de gratificaciones o daños por impactos comunicativos -sensitivos y emocionales- es algo tan esencial que con ellos se estructura nuestra futura vida.

LA VICTORIA NUNCA ES LA PAZ 

No son pocos los pacientes que en su fase intrauterina se encuentran con un sentimiento-universo -para un embrión o feto el útero es el universo- teñido de dolor debido a los daños de la propia madre -depresión, tristeza, agobio, etc.- o al rechazo de ésta a quedar embarazada. Pero lo peor no es ya esa acogida ambiental sino -y sobre todo- las agresiones que un embrión o feto puede sufrir con comunicaciones de muerte. Y entre los cientos de casos que podría describir aquí, mencionaré el de A. B., un paciente que sufría diabetes y al que iban a operar de las cuerdas bucales y que con la terapia Anatheóresis descubrió -y de esa forma pudo resolver tanto la diabetes como la afección de las cuerdas bucales- que su madre había intentado suicidarse cuando se encontraba embarazada de él de cinco meses. Lógicamente, el paciente nada sabía de esa “agresión” ya que era un secreto muy bien guardado; y no sólo por el escándalo que hubiera supuesto tal acto en una familia socialmente prominente y altamente religiosa sino también porque haberlo hecho público hubiera sido desvelar unas deterioradas relaciones de matrimonio que interesaba también socialmente mantener ocultas.

El caso es que esa madre, que acogió al nuevo ser ya en su útero con un sentimiento de muerte debido a su estado altamente depresivo, al llegar al quinto mes de embarazo –y así lo vivenció y comprobó luego el paciente- decidió morir -para el feto el mensaje era que iban a matarle a él- suicidándose con unos potentes somníferos. La información era, en suma, de muerte. Y si el pensamiento de muerte de la madre era ya sentimiento de muerte para el feto -terrible sentimiento de aniquilación total y definitiva-, con las pastillas pasó a ser además adormecimiento de muerte.

Y es que todo es información susceptible de ser comunicada. Recibir la comunión -o sea, una comunicación unitiva- con fe es un mensaje implícito de vida. Apuntar con un revólver es un mensaje implícito de muerte. Y disparar el revólver es un mensaje explícito de muerte. Todo es información y comunicación. Una sonrisa, una caricia, un premio… son mensajes de vida. Un medicamento es también un mensaje de vida pero es un mensaje de vida que mata (virus, bacterias…). La medicina alopática -insisto en ello y esa insistencia no es una crítica, es sólo una constatación- busca dar vida mediante la confrontación. Es -lo he indicado ya- la medicina de nuestra mente dual. La que opone un hemisferio cerebral a otro. Es una medicina que intenta aniquilar a un supuesto enemigo, que intenta la victoria. Y la victoria nunca es la paz. La victoria es buscar el constante sometimiento del otro. De un otro que en lo que respecta a la salud personal somos nosotros mismos. Y en el caso de A. B. esa hostia química que era la pastilla era portadora de un mensaje de muerte total, no sólo de muerte de una simple colonia de bacterias o de una simple excitación nerviosa. Por eso A. B. sufrió el impacto de un mensaje de muerte en el útero. Y ese impacto que le “mató” -retiró como una planta su percepción de sí mismo- lo somatizó luego como desamor -diabetes- y en la garganta como el grito que su madre, sintiéndose morir, intentó dar, pero no pudo debido a sus cuerdas bucales adormecidas.

Sin embargo, la Anatheóresis (que no crea guerras de hemisferios cerebrales sino que es comprensión por sincronización cerebral y, por tanto, acuerdo, auténtica paz entre supuestos -no reales- enemigos) devolvió a este paciente, por un lado, el conocimiento -la información- de cuanto había ocurrido. Es decir, de un acontecimiento tan terriblemente doloroso que por eso había enterrado en el olvido. Y por otro, le dio la comprensión de por qué su madre había actuado así. En suma, le dio la paz, no la victoria, devolviéndole el amor de una madre que él -cuando feto- creyó no haber tenido.

LAS ZONAS DEL CUERPO INCOMUNICADAS 

Podría contar cientos de casos parecidos. De hecho, eso es lo que hace la terapia anatheorética: resolver por comprensión ese tipo de agresiones. Pero no hay espacio para ello y quien quiera saber más deberá acudir a mi “Tratado Teórico-Práctico de Anatheóresis”. Pero sí me importa dejar constancia de que cuando un mensaje de sufrimiento nos llega y este es emocional, comporte o no un hecho doloroso concreto (el mensaje emocional es la mirada de ira del padre, por ejemplo; el hecho concreto, menos importante, puede ser la bofetada que sigue o no a esa mirada de rechazo), retiramos nuestra conciencia de la parte del cuerpo que sufre. De ahí que si he tenido un nacimiento con inmovilizaciones -algo ahora desdichadamente habitual debido en no pocos casos a los partos programados y con anestesias inadecuadas- seré una persona que mostrará en la vida una retirada de energía vital en las extremidades inferiores o incluso en todas mis actitudes. Pero, y eso es peor, ese mensaje de dolor sufrido en el nacimiento y que retengo como energía dolorosa embalsada, patológica, al margen de mi conciencia -o sea, parcial o totalmente incomunicada del resto de mi cuerpo- es el lugar por donde con casi toda seguridad somatizaré mis enfermedades. De ahí que Anatheóresis haya comprobado que las personas con inmovilizaciones en el canal de nacimiento fueron las más susceptibles de contraer poliomielitis. Por eso ahora, cuando la polio ha sido erradicada, ello no impide que las enfermedades de inmovilización no sólo sigan existiendo sino que hayan aumentado. Aunque ahora tienen otro “nombre”. Como esclerosis lateral amiotrófica. Y es que vencer una enfermedad no es vencer su nombre, que ese sólo lo es de la sintomatología. Vencer una enfermedad es abrir la energía patológica embalsada por un daño -y energía es información- a fin de devolverla al río de la vida. Es decir, devolverla a la conciencia -o sea, restablecer la comunicación integral de nuestro cuerpo- mediante el desbloqueo de un mensaje que, por doloroso, hemos mantenido en la oscuridad de la no conciencia. Bien entendido que al devolverlo a la conciencia ese mensaje se comprende y se disuelve.

LA SOMATIZACIÓN DE UNA ENFERMEDAD ES UN MENSAJE 

No se trata, por tanto, de confundir la enfermedad con su somatización, sea ésta física o mental. Y no se trata por tanto tampoco de intentar resolver una enfermedad tan solo agrediendo -por ejemplo, sajando a golpe de bisturí- la somatización. Una somatización es sólo un mensaje. La forma en que el cuerpo nos dice que hay algo que va mal en nosotros. Y no sólo es un mensaje de advertencia: es también un mensaje dado al propio cuerpo al que le dice lo que en él está ocurriendo y cómo debe combatirlo. Sólo que nosotros, con nuestra mente dual, especializada en enfrentar y destruir, no escuchamos ese mensaje que es, al tiempo, mensajero de su propio mensaje. De nuestro propio mensaje. Y así, una vez más, nos destruimos destruyendo al mensajero. Simplemente, no damos la respuesta más adecuada -más profunda- a la información que nos llega de nosotros mismos. Preferimos la hostia química de la medicina alopática, que supone la comodidad de no asumir nuestra propia vida, a la incomodidad de responder a nuestros propios mensajes internos porque eso supone siempre el esfuerzo de un cambio en nuestra forma de estar y actuar en la vida.

Por ejemplo B.C., que llegó a mi consulta con una psoriasis, entre otras somatizaciones. Todas ellas -al margen de la causa profunda que se trataba de encontrar- claro mensaje del deseo del paciente de rechazar corporalmente a los demás, de afearse para no ser tocado. Básicamente, de evitar las relaciones sexuales.

Por ejemplo, el caso de C. D., quien no podía sentir el orgasmo sexual además de sufrir una casi constante vaginitis. Lo que no era sino -así se vivenció y luego se comprobó- el mensaje de no caer en el incesto porque todos los hombres eran su padre. El padre que cuando ella era una niña intentó insistentemente penetrarla. Algo que ella había “olvidado”.

Por ejemplo, la leucemia de D. E., un paciente que llevaba en la espalda -mental y físicamente- el peso de una madre opresiva.

Por ejemplo, los intentos autodestructivos de E.F., un paciente que nunca, ni en el útero, ni al nacer, ni en la infancia, recibió comunicación afectiva ninguna -ni de amor ni de desamor- de su madre.

Por ejemplo… Cada caso tratado con la terapia Anatheóresis -y son ya innumerables- podrían ser un ejemplo. Si bien esos ejemplos no son tan esquemáticos como aquí los he mostrado. Son más complejos en su patología pero lo que he afirmado del mensaje básico de su somatización es una evidencia.

UNA ADECUADA RED INFORMATIVA ES SALUD  

Todo es comunicación. Y todo está en la información. Pero no hay que confundir la comunicación en general con nuestra comunicación alfabético-fonética. Antes bien, la comunicación subjetiva de un feto es simbólica; su sintaxis, mitológica. Naturalmente, otra forma de comunicación es la que establecen los delfines y, otra, aquella con la que se comunica la vida vegetal; y otra también la que es propia de la que llamamos vida no orgánica. ¿O no es otra? ¿O no son todas aspectos de una misma forma de comunicación?

Suponga el lector -es una metáfora- que en lugar de ojos tiene dos aparatos de rayos X. ¿Qué vería? Huesos y poco más. Esa sería la realidad de quien percibiera así.

¿Y cuál sería la realidad de quien vivenciara con la percepción de un microscopio? Naturalmente todo dependería de la capacidad de aumentar la visión de cada microscopio. Pero todos tenemos una idea de qué vería.

¿Y si su percepción fuera la propia de una cámara de niebla? Entonces viviría una realidad oscura, siniestra, en la que no encontraría más vida que algún que otro chispazo de luz. O sea, el salto de un electrón.

La razón es simple: la realidad es sólo la realidad de cada forma de percibir. Y así, la realidad del sueño no es la de la vigilia. La realidad es nuestra realidad. Y la verdad es también nuestra verdad. La que sentimos de acuerdo con nuestra biografía de daños. De ahí que en lo que respecta a la medicina no haya verdades absolutas y externas. No hay enfermedades ni nombres de enfermedades. Hay tan sólo enfermos. Seres dolientes con su verdad y su realidad. Y la salud es simplemente estar armonizados. Es decir, haber establecido una adecuada comunicación integral. O sea, una comunicación sin daños. O, si se prefiere, una comunicación en la que se posee toda la información que una adecuada vida requiere. Si bien esa información debe ser veraz. O sea, no estar intoxicada por lo que denomino una Biografía Oculta dañada. O sea, por la biografía de los daños que hemos acumulado desde el cigoto hasta los siete a doce años. Y que luego, al llegar a esa edad, el hemisferio cerebral izquierdo, ya maduro, bloquea y deja en la oscuridad. Y, finalmente, que podamos utilizar toda esa información adecuada.

“AHORA, SÍ” 

Naturalmente, a mayor globalidad de información y comunicación mayor expansión de conciencia, lo que equivale a más salud. El ser intrauterino vive en un universo que es la matriz de su madre. Los aucas -tribu primitiva amazónica- entienden que nada hay más allá de la selva. La selva es su universo. Y nosotros tenemos nuestros límites en la esfera estrellada que llamamos universo. Por eso Dios -el Dios absoluto del hemisferio cerebral izquierdo- entendemos que está en el Cielo. O sea, al otro lado de esa esfera. Al igual que para el feto el Dios-Madre está al otro lado de la matriz.

¿Y qué ocurriría si llegáramos a establecer una comunicación global? No sólo global pero limitada a nuestro cuerpo o a nuestra cultura sino que integrara todo el Cosmos…

Creo recordar que fue Simak quien escribió -y narro de memoria- que un día, en el año 3000 de la Era Cristiana, todos los planetas poseían un ordenador que almacenaba toda la información de cada uno de esos planetas. Una información integral: sentimientos, emociones, hechos concretos, etc. Y llegó el día en que en uno de esos planetas, el sabio más sabio de las galaxias conectó todos esos ordenadores. O sea, comunicó toda la información del universo. Y entonces, hecha la conexión, ese sabio hizo la pregunta que todos los seres inteligentes se seguían haciendo. Y la pregunta fue:

-¿Existe Dios?

Y el ordenador central, el que poseía toda la información, respondió:

-Ahora, sí.

 Joaquín Grau

Este reportaje aparece en
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Julio - Agosto 1999
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