El terrorismo de la armonía

 La primera vez que oí tal expresión me sorprendió mucho. ¿Cómo era posible conjugar en una misma frase dos conceptos tan opuestos? ¿Qué significaba eso del terrorismo de la armonía?
Según la ontología del lenguaje el hecho de poner nombres a las cosas es muy importante porque es a partir de ese momento cuando empezamos a identificarlas. Es como si el hecho de emitir ese sonido tuviera la capacidad creadora que adjudicamos al “verbo” como un proceso consustancial con la creación.

Adjudicar nombres a lo que nos rodea ha hecho que los seres humanos organicemos el mundo de los conceptos, de las ideas e, incluso, de los símbolos. De hecho, hay culturas que no son capaces de identificar determinadas gamas de colores porque no tienen una palabra para nombrar esos tonos. Es el caso de los tonos rosados que son identificados como más o menos rojos pero que no tienen una palabra propia que los identifique; y de ahí que no sean capaces de “reconocer” ese color al no poder nombrarlo.

Bueno, pues siguiendo ese curioso fenómeno, a partir del momento en que escuché a alguien decir “…y ha vuelto a imponerse el terrorismo de la armonía” he podido identificar en mi vida un buen número de situaciones que reflejan perfectamente esa expresión. Como si el simple hecho de “conocer” esa expresión me hubiera abierto la puerta a experiencias que me iban a permitir identificarlo sin duda alguna a partir de ese instante.

Obviamente, no se trata de un terrorismo como el que llena los titulares de prensa de los periódicos o abre los informativos de los medios de comunicación hablados: no utiliza bombas, no genera víctimas de sangre, no provoca alarma social… y, por supuesto, nunca es una noticia que capte la atención de los medios de comunicación de masas. Y, sin embargo, su efecto es terrible y se extiende como un cáncer social que va invadiendo las relaciones interpersonales sin ningún miramiento. El contagio es rápido y la metástasis está garantizada.

Porque el terrorismo de la armonía no es otra cosa que la negación del propio criterio por mor de mantener una situación alcanzada que cubre nuestros estándares de comodidad, armonía, seguridad, bienestar, equilibrio, afecto, etc.

Dicho así no parece muy grave pero lo cierto es que en muchas ocasiones uno se encuentra -cada vez más- con situaciones ante las que debería plantarse y sin embargo decide dejarlas pasar escudándose además en sentimientos “correctos” como “¡Qué más da! Total, tampoco es tan importante”; o “Debería negarme pero por no provocar ruptura…”;o“Prefiero que se salga con la suya a pasar un mal rato…”

Y así, una y otra vez, la vida -que es tremendamente generosa- nos va presentando situaciones en las que vamos a vernos obligados a guardar silencio, a renunciar a nuestra opinión, a hacer dejación de nuestras responsabilidades, a “tragar” con lo que no queremos… cada vez de forma más clara.

Los motivos de esta actitud tienen que ver con mantener el equilibrio, la calma o la armonía, aunque sean ficticias, con ceñirse a las buenas normas establecidas o con mantener una imagen o un prestigio.

Pues bien, en el discurrir de la vida, cuanto más renunciamos más fuertes son las situaciones a resolver que se nos van presentando. Y no es de extrañar que la presión en el otro platillo de la balanza termine por convertirse en relaciones de dependencia, en chantajes emocionales, en injusticias, en sentirnos sojuzgados… Porque el poder que se ejerce en ese ámbito es cada vez mayor. La fuerza que nosotros no empleamos pasa siempre a engrosar las arcas de los otros con lo que en ocasiones podemos encontrarnos con verdaderos tiranos, no de esos que se imponen a la fuerza sino de los que escudándose en su aparente inseguridad, en su vulnerabilidad o en su sensibilidad consiguen siempre lo que quieren a costa de la renuncia de los demás.

Es una tremenda trampa a la que nos enfrentamos muchas personas. Una trampa en la que se va cayendo poco a poco, sin apenas darnos cuenta. Un día haces el trabajo del otro porque consideras que el pobrecito no está en condiciones de hacerlo; otro renuncias a pedir explicaciones por su comportamiento o su actitud a alguien porque le consideras vulnerable; otro día dejas que alguien lleve adelante una decisión que consideras equivocada sin exponer tus dudas porque crees que esa persona necesita aumentar su autoestima; en otra ocasión cedes ante una postura de fuerza aunque la consideres injusta porque crees que la reacción por tu parte podría provocar más daño; o no dices lo que piensas para que la otra persona siga siendo feliz; o renuncias a hacer lo que deseas o a expresar lo que sientes para que la relación no se vea perturbada… Y así un día y otro, en una actitud que nos conduce a un gran desgaste personal donde podemos encontrarnos con que cada vez es mayor el precio que tenemos que pagar.

Da la impresión de que la confrontación es algo negativo que hay que evitar a toda costa, quizás porque hemos creído que lo importante es avanzar hacia delante sin importar en qué condiciones. Dando por bien empleado nuestra renuncia a dar una opinión si con ello se evita una posible tensión.

Y, sin embargo, ¿desde cuándo la controversia, los métodos diferentes, la tensión o la duda son algo negativo? Cabría preguntarse: ¿de dónde sale más luz, de una decisión tomada unilateralmente o de una tomada mediante consenso? ¿Qué hace avanzar más, los acuerdos a los que se llegan oyendo todas las opiniones o la aceptación de medidas con las que no estamos de acuerdo?

Somos seres individuales, independientes, únicos e irrepetibles y renunciar a nuestra propia identidad por mor de uniformarnos o uniformizarnos no es sino ser infieles a nuestra esencia.

¿Sería justo que al escuchar una orquesta sinfónica renunciáramos a todos los instrumentos para quedarnos con uno sólo? ¿No estaríamos perdiéndonos una infinita gama de notas que no hacen sino enriquecer la melodía?

El diálogo, la comunicación o el compartir son elementos esenciales en las relaciones interpersonales. En muchas ocasiones nos reconocemos a través de la imagen que nos devuelven los demás cuando nos manifestamos.

Uno de los refranes que guarda la sabiduría popular dice que “Más vale una vez colorado que ciento amarillo”. Y es una buena máxima a tener en cuenta.

La armonía ficticia, el falso equilibrio, el mantenimiento de una relación -sea personal, profesional, de amistad, familiar o de cualquier índole- que no esté asentada en el derecho a la libertad de expresión, a la manifestación de las propias creencias, a defender los criterios… no hará sino construir sobre unas bases inciertas que tarde o temprano darán al traste con las metas que se pretenden alcanzar.

La sinceridad, el respeto, la aceptación y la tolerancia son los pilares básicos para establecer relaciones limpias y sólidas. En cambio, ceder ante el terrorismo de la armonía –algo que unas veces hacemos por cuestiones de imagen y otras por responder a lo que se espera de nosotros, por no perder el prestigio, por aparentar ser buenos, por aceptar la cultura de la represión, por tapar lo que creemos que no es bien aceptado por los demás…- no hará sino debilitar nuestra fuerza interior y conducirnos a situaciones en las que estaremos cada vez más a expensas de la opinión y las decisiones de los demás.

Es importante recuperar el territorio personal y perder el miedo a manifestarse. No renunciemos pues a la confrontación. Procurando, eso sí, hablar desde el corazón para que nuestras opiniones se emitan siempre intentando no ofender. No hacerlo es hacer dejación de nuestra capacidad de decisión. Porque si permitimos que otros elijan siempre por nosotros y nuestro papel queda relegado a aceptar lo que los demás decidan estaremos renunciando a la única herramienta que tenemos para evolucionar: tomar decisiones desde la libertad. En otras palabras, hacer uso de nuestro libre albedrío.

Esa es la única postura que conduce a la autorresponsabilidad y al crecimiento integral.

María Pinar Merino

Este reportaje aparece en
58
Febrero 2004
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