Una crema restarura la piel envejecida o dañada por el sol y palia las quemaduras y las radiaciones

El número de cremas que hoy día se venden en el mundo para tratar los distintos problemas de la piel es enorme. Cremas que, sin embargo, en muchas ocasiones no sirven en modo alguno para lo que pregonan. Paradójicamente, existe en España una sustancia excepcional que, salvo los especialistas en Dermatología, muy pocas personas conocen. Hablamos de Endocare, nombre con el que se comercializa la crema inventada por un médico español que lo mismo restaura la piel envejecida o dañada por el sol que palia los problemas generados por las quemaduras, las lesiones por radiación o el exceso de rayos UVA.

El Endocare, crema que se basa en la cryptosina, sustancia extraída de un modesto caracol -el Cryptomphalus Aspersa– que la segrega para protegerse de cualquier agresión externa sobre su piel (quemaduras, radiaciones solares o de otro tipo y cualquier tipo de herida), al ser aplicada en el ser humano facilita la producción del famoso colágeno maduro que es la materia básica de la organización de los fibroblastos responsables de la regeneración, tersura e integridad de nuestra piel.

En suma, un revolucionario tratamiento obtenido tras toda una vida dedicada sin ayuda oficial a la investigación por el doctor Abad Iglesias, oncólogo radioterapeuta del hospital Gregorio Marañón de Madrid, quien no tuvo inconveniente en hablarnos de ello.

-¿Cómo se le ocurrió que la sustancia generada por un caracol podía ser útil en la regeneración de la piel humana?

-Como muchas otras cosas, casi por pura casualidad. Hace años, estando en Francia, el profesor Lejeune, con el que estudié Genética, me encargó que buscara un animal apropiado para estudiar las alteraciones cromosómicas de las radiaciones. Y mi sorpresa fue que al someter a las radiaciones de rayos X y rayos gamma producidas por el cobalto-60 a un pequeño molusco encontré que no sólo las reconocía retrayendo las antenas sino que segregaba por la piel una sustancia especial, completamente distinta de la que utilizaba para deslizarse y que podía diferenciarse mediante métodos especiales de tinción.

-O sea, que además de producir una sustancia protectora el animal venía a ser como un detector de radiaciones vivo.

-Exactamente. Y no sólo eso. Al mantener las radiaciones sobre el caracol -un Cryptomphalus-, se producían pequeñas lesiones en la piel que el bicho curaba con sorprendente rapidez. Eso me llevó a plantearme que si conseguía pasar al ser humano la misma reacción defensiva y curativa conseguiría una auténtica protección contra las radiaciones que hoy día, ya sabe, es uno de los problemas secundarios más importantes de los tratamientos radioterápicos del cáncer.

Este caracol sufrió un detenimiento de su evolución durante el Periodo Cámbrico, hace millones de años, desarrollando un producto restaurador que segrega ante cualquier agente dañino, no sólo ante las radiaciones. De hecho, es un animal que no sufre infecciones.

-¿Y cómo actúa el producto en la piel humana?

-Fundamentalmente, como hace el propio caracol en la naturaleza, reorganiza los fibroblastos de la piel -esas células que “fabrican” piel sana- e induce la producción de sustancia colágena madura que facilita su regeneración.
Pero aún más. Piense que el tejido cerebral se forma de las mismas células embrionarias de la piel y tiene muchos puntos en común con ella. Por eso, es posible que en el futuro la acción regeneradora pueda aplicarse también al sistema nervioso central, con todas las consecuencias beneficiosas que ello supondría.

-Así contado parece muy simple.

-No lo fue tanto; ni mucho menos. Uno de los problemas de la investigación es que hay superar muchos fracasos. Al principio encontré que la sustancia natural obtenida por la estimulación de las radiaciones se desnaturalizaba rápidamente y para encontrar un método alternativo tardé más de tres años. Además, muchos de los aparatos que necesitaba en el proceso los tuve que construir artesanalmente ya que no tenía dinero para importarlos. No olvide que estamos hablando de los años 60, cuando a España no llegaba – y mucho menos producía- la tecnología de vanguardia necesaria para un trabajo de este tipo.

Entre unas cosas y otras pasaron casi diez años, hasta que pude empezar con la fase de experimentación animal y unos cuantos más hasta que lo apliqué por primera en un ser humano.

-¿Cómo fue eso?

-Lo recuerdo como si fuera hoy mismo. A un compañero, médico del hospital donde yo trabajaba entonces, tenían que extirparle una pequeña verruga en la espalda y la ayudante de quirófano, inexperta, empapó por equivocación con alcohol los paños de quirófano. Y al aplicar el cirujano el bisturí eléctrico, el pobre paciente se prendió como una tea. Yo estaba muy cerca, en mi laboratorio de Radiobiología, y casi inmediatamente pude aplicar la crema protectora. Bueno, pues pocas horas después mi amigo estaba haciendo vida normal.

-¿Y no ha tenido ninguna ayuda en su investigación a pesar de tan buenos resultados?

-En absoluto. Yo empecé a publicar en revistas técnicas españolas y extranjeras y, cuando pedí ayuda oficial en España, apoyándome en el riguroso trabajo realizado, se me contestó “que no era de interés”.

Las cosas comenzaron a cambiar hace trece años, cuando el terrible accidente de la central nuclear de Chernobyl. El antiguo gobierno de la URSS buscaba desesperadamente alguna manera de tratar los problemas de las quemaduras por radiación y, como los resultados de mis investigaciones estaban publicados en las revistas médicas internacionales, contactaron conmigo y colaboré en el tratamiento de los afectados por aquella tragedia.

Poco tiempo después, y a través de la repercusión que tuvo mi tratamiento en las víctimas de Chernobyl, la embajada norteamericana se puso en contacto conmigo y, como resultado, me invitaron a Estados Unidos a dar un seminario sobre mi investigación en un centro especial del Pentágono.

Estaban muy interesados en conseguir una sustancia para tratar las quemaduras por radiación y se quedaron sorprendidos por la falta de toxicidad de la cryptosina por lo que tuve todo tipo de facilidades para su patente en aquel país y el posterior desarrollo final del producto. Máxime porque en aquel momento la situación era muy tensa en el Golfo Pérsico, tanto que acabó en guerra, y su empleo militar en quemaduras requería la certeza de que el producto no tuviera efectos colaterales indeseables.

Lo que más me impresionó fue el respeto que en ese país muestran al investigador, tanto en los círculos oficiales como en la empresa privada, al que consideran como una fuente de riqueza.

En fin, el caso es que las experiencias duraron más de dos años, al cabo de los cuales empecé el largo proceso para la obtención de la patente y poder pasar la investigación a la industria privada. Pero en aquellos momentos -durante el mandato del presidente Bush– se endurecieron los requisitos científicos, especialmente de los medicamentos, y al final el proceso tardó casi otros siete años durante los que hubo que repetir experimentos que fueron contrastados por otros investigadores.

Y, por supuesto, tuve ayudas. No oficiales, pero sí de mi esposa Carmen, de mi amigo Jaime y, curiosamente, de la Fundación Tabacalera.

Luego han venido los reconocimientos en Europa y, finalmente, como suele suceder, soy algo profeta en mi tierra…

Dimos las gracias al Dr. Abad y nos despedimos de él sin poder dejar de pensar hasta qué punto la investigación científica es un trabajo duro y, en la mayoría de las ocasiones, poco gratificante. Porque como nos comentaría el propio Dr. Abad, se calcula que de cada 5.000 investigadores apenas uno llega a conseguir resultados aplicables. Y de estos, sólo uno de cada cinco ve el producto de su investigación como de utilidad pública.

 Andrés Rodríguez-Alarcón

Recuadro:


LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA EN ESPAÑA

España es uno de los países desarrollados que dedica menos dinero a la investigación. Concretamente, sólo se aplica a este apartado el 0.87% del presupuesto nacional, muy por debajo de la media europea -que actualmente se encuentra en el 2.3%- y más lejos aún de Estados Unidos que dedica a este capítulo el 2.6% de su presupuesto.

En España la investigación oficial está estructurada a través de la Comisión Interministerial de Ciencia y Tecnología, cuya presidencia ostenta el Ministro de Educación y Ciencia. La mayor parte del presupuesto se canaliza a través del Centro Superior de Investigaciones Científicas y sólo una pequeña parte llega a la investigación biológica.

La investigación privada se encuentra en su mayor parte controlada por las multinacionales farmacéuticas y muy poca -el reciente caso de los laboratorios Zeneca en la investigación oncológica es una excepción- y una mínima parte se hace en las Universidades, con muy bajo presupuesto oficial y ocasionales subvenciones de la industria privada.

La investigación individual en solitario es más rara todavía aunque suela ser más rentable. Se calcula que sólo el 12% de los investigadores a sueldo de las empresas obtienen resultados valorables mientras que los investigadores individuales alcanzan un 80%, por lo que suele resultar a la larga más rentable apoyar la investigación de estos últimos como hacen algunas grandes corporaciones norteamericanas como la Rand.

En Europa se empieza a cambiar de mentalidad y recientemente se ha constituido un Instituto Europeo que centralizará la investigación en la Comunidad, organizando los recursos.

Mientras, la realidad es que en nuestro país se investiga poco y con gran descoordinación.

Este reportaje aparece en
7
Julio - Agosto 1999
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