Ser optimista en la vida es magnífico para la salud

Los trabajos de investigación más recientes no dejan lugar a dudas: las personas optimistas, aquellas que afrontan con alegría la vida, sufren muchas menos enfermedades. Y no sólo eso: disfrutan también más. El problema es que nuestra visión de la vida está marcada por nuestras emociones y éstas dependen en buena medida de cómo nos hayan marcado en el pasado, especialmente durante el embarazo y la infancia.

Seamos o no conscientes de ello, nuestro comportamiento está condicionado por nuestras emociones. Es más, las emociones constituyen la base de nuestras acciones.

Pero, ¿qué son realmente las emociones? Pues podríamos definirlas como “estados excitadores del organismo”. Y, en este sentido, es obvio que son muchos y muy diversos los acontecimientos que nos puede despertar una emoción que nos mueva hacia una conducta determinada. Ahora bien, hay dos tipos claramente diferenciadas de conductas o comportamientos a las que siempre se asocian emociones: las innatas -las que se hallan en nuestros genes, aquellas que son propias de la especie y de forma automática aparecen al activar el llamado cerebro de reptil (el tallo encefálico, en la parte superior de la médula espinal)- y las aprendidas.

Las innatas son, pues, formas de actuar instintivas, que aparecen desde que el cerebro se conforma estando aún en el útero materno. Son las que se relacionan con reacciones de supervivencia, la sexualidad y con lo que podríamos denominar reacciones incontroladas a las que hemos unido emociones básicas como el miedo, la rabia, la ira, etc. Es decir, las conductas innatas de la especie que todos poseemos y que no están teñidas por matiz racional alguno ya que provocan en nosotros reacciones no elaboradas conscientemente. Por ejemplo, las que nos hacen actuar ante una acción completamente inesperada, en especial si ésta comporta un peligro inmediato (por ejemplo, cuando retiramos la mano al acercarla sin darnos cuenta a una llama).

Las aprendidas, sin embargo, son las que están relacionadas con lo que nos ha ocurrido durante la vida. Hoy sabemos que todos los hechos significativos que nos ocurren los vamos almacenando en la memoria pero siempre “acompañados” de una emoción. Y de ahí que la fuerza de nuestros recuerdos dependa de la intensidad de esa emoción. Por eso nos cuesta tanto recordar las cosas en las que la emoción ha sido prácticamente inexistente. Es lo que se conoce como aprendizaje emocional.

Pues bien, al inicio de nuestra existencia el aprendizaje es exclusivamente emocional, tanto durante la vida intrauterina como durante los primeros años (depende de cada niño, pero generalmente hasta los siete). Es una época en que la capacidad de análisis racional está muy limitada ya que el cerebro aún no es capaz de trabajar de forma constante en ondas beta, propias de los adultos a partir de esa edad. Es por ello una etapa en la que los recuerdos que almacenamos están prácticamente siempre asociados a una emoción no analizada racionalmente. Y eso implica que, de adultos, cualquier emoción similar nos retrotraiga a ese momento. Es decir, es la carga emocional quien moviliza la memoria. En suma, se trata de una memoria analógica.

Luego, con el desarrollo completo de la corteza cerebral al final de la niñez, se va añadiendo paulatinamente al aprendizaje emocional el elemento analítico que nos va dando la consciencia de nuestro pasado.

En esta fase, a los hechos y a la emoción asociada se les une la lógica -las razones, justificaciones, excusas, etc.- con que interpretamos lo ocurrido. Nos abrimos a una nueva dimensión: la consciencia. Es la llamada memoria analítica.

Ahora bien, la memoria emocional primaria, analógica, no queda grabada sólo a nivel mental sino a todos los niveles, incluido el físico. Y de ahí que las emociones sean determinantes de nuestra salud a lo largo de la vida.

Obviamente, con esto no estamos diciendo que las emociones sean el único factor que determina nuestra salud ya que uno puede enfermar por muchas otras causas: gérmenes, herencia, malos hábitos, factores ambientales, etc. Pero sí que probablemente el desencadenante primero de la enfermedad o de la propensión a ella sea un mundo emocional distorsionado.

ESTADOS EMOCIONALES 

Podría decirse que básicamente hay dos tipos de estados emocionales: los estados de rechazo -como la ira, la depresión o el estrés, que deprimen el sistema inmunológico, endurecen las arterias y nos hacen más propensos a todo tipo de enfermedades- y los estados de aceptación -como la calma, el optimismo, la alegría o la bondad -que disminuyen la obstrucción arterial y potencian el sistema inmunitario mejorando nuestra salud.

Ciertamente, el hecho de que los estados emocionales y mentales afectan a la salud es algo que ha sido aceptado de manera muy reciente en el mundo científico pero, afortunadamente, los nuevos laboratorios de Psiconeuroinmunología están apareciendo en cada vez mayor número de universidades y hospitales.

Trabajos sobre la ira -como los realizados por los doctores J. Barefoot y R. Williams– confirman, tanto en animales como en personas, que existe una mayor propensión a las enfermedades cardíacas y al cáncer en las personas coléricas, especialmente entre quienes tienen una visión negativa de la vida y desconfían de los demás. Además, al estudiar sus muestras de sangre se comprobó que tienen menos linfocitos y menos células anticancerígenas al tener el sistema inmune igualmente deprimido.

Pero son muchos más aún los estudios realizados sobre la influencia negativa del estrés en la salud, resultando ser uno de los principales factores del endurecimiento arterial y, por tanto, de enfermedades cardiovasculares. También, se ha demostrado que el estrés es el principal depresor emocional del sistema inmune facilitando infecciones, el cáncer, el asma, las úlceras de estómago, etc.

Es interesante destacar que sobre el estrés se han realizado incluso estudios de aprendizaje intrauterino. Así, ratas y monos hembras sometidos durante la gestación a un fuerte estrés dan a luz crías que durante toda su vida son muy poco resistentes a las tensiones, es decir, muy propensas a sufrirlo ante cualquier circunstancia que les altere. Esto hace suponer que comportamientos como la resistencia al estrés pueden no estar determinados por los genes heredados de los padres sino por el efecto de la conducta de la madre durante la gestación y en los primeros momentos de vida extrauterina.

Estos estudios han llegado a confirmar que aquellas ratas que durante un embarazo padecen fuerte estrés tienen crías que presentan sobreactivado el gen que produce la hormona desencadenante manifestando respuestas exageradas ante cualquier estímulo así como unos niveles de corticoides en sangre muy altos. El mismo resultado se obtiene cuando las crías son separadas de la madre repetidamente en los primeros días después de nacer.

Es deducible, por tanto, que el estado emocional de estrés es capaz de provocar no sólo alteraciones vasculares y del sistema inmune sino incluso, en fases tempranas de la vida, alterar el contenido genético.

Cuando se analiza el líquido cefalorraquídeo de las personas deprimidas se observa también un nivel muy alto de la hormona desencadenante de los estados de estrés. Una vez controlada la depresión, los niveles de dicha hormona vuelven a su nivel normal.

Todos estos datos han llevado a un sector de científicos a afirmar que, tanto en los animales como en el hombre, además de la influencia genética el aprendizaje emocional que tiene lugar al comienzo de la vida -incluso en fase intrauterina- puede provocar nuevas formas no sólo mentales sino también genéticas, celulares y fisiológicas que nos hagan resistentes o vulnerables al estrés, a la depresión y a cualquier forma emocional de rechazo en general.

¿QUÉ OCURRE CON LAS EMOCIONES DE ACEPTACIÓN?    

Al estudiar los estados emocionales de calma, alegría o bondad observamos que ocurre lo contrario. Se han realizado estudios -sobre todo en personas que practican asiduamente ejercicios de relajación- que demuestran que las personas que afrontan con optimismo todas las circunstancias de la vida tienen muy potenciado el sistema inmune y resisten muy bien el estrés.

Es más, está constatado que la amistad -entendida como el apoyo afectivo que nos proporcionan otras personas- ayuda a superar los problemas a quienes los sufren. Por ejemplo, en un estudio efectuado con mujeres que sufrían cáncer de mama se comprobó que las que tenían apoyo humano presentaban un 30% más de células anticancerosas que las que carecían de esas amistades.

Otras experiencias similares muestran que las relaciones interactivas, donde la gente comparte sus problemas con otras personas -los llamados grupos de apoyo-, hace que el estrés disminuya sensiblemente entre los participantes.
El conocido doctor David Spiegel estudió dos grupos de mujeres con casos avanzados de cáncer de mama. Ambos recibieron el mismo tratamiento médico habitual pero mientras los miembros de  uno se reunían en terapia una vez a la semana durante un año, el otro no lo hizo. Pues bien, diez años después el índice de muertes era del doble en el grupo que sólo siguió el tratamiento médico.

También se ha comprobado que reír es muy saludable. Entre los muchos experimentos similares realizados en todo el mundo recogemos el realizado por un grupo de investigadores de la Universidad de Harvard en el que se comprobó cómo en las personas a las que se invitó a ver una serie películas realmente divertidas no sólo bajaban sus niveles de las hormonas del estrés sino que aumentaba significativamente el número de células anticancerosas en sangre. Ser alegres, pues, no sólo es divertido: también mejora la salud.

Otros experimentos con enfermos de cáncer indican que la actitud con que afrontan el futuro cuando se les comunica su enfermedad y la asumen -positiva o negativamente- es determinante: los optimistas tienen muchas más esperanza de supervivencia -e, incluso, de no morir de cáncer- que los pesimistas, candidatos claros a la muerte.

También en Harvard se estudió el efecto de la bondad en la salud. Así, a un grupo de personas se les mostró un documental sobre la vida y obras de la madre Teresa de Calcuta cuidando a personas necesitadas al tiempo que a otro grupo se le hizo ver una película sobre las acciones de los nazis en Alemania. El resultado fue que mientras a los primeros se les activaba su sistema inmunitario a los segundos se les deprimía. Incluso se ha visto que con sólo pensar en la bondad, recordando a las personas que nos han ayudando en nuestra vida o sobre los hechos bondadosos que hemos realizado, también se activa nuestro sistema inmunitario.

Todos estos estudios ponen de manifiesto que las emociones ejercen un profundo efecto sobre la salud. Las negativas o de rechazo deprimen el sistema inmunitario y deterioran el sistema cardiovascular favoreciendo el desarrollo de ciertas enfermedades. Por el contrario, las emociones positivas, de aceptación, se manifiestan claramente beneficiosas para la salud al activar ambos sistemas.

Algo que demuestra, en suma, la imperiosa necesidad de que las terapias médicas convencionales sean desde ahora apoyadas por terapias psicológicas.
Los problemas ahora -para quienes investigan en este terreno- es cómo transmitir estas evidencias a las personas que no tienen ningún sentido espiritual ni transcendente y que asocian la asunción de una actitud positiva ante la vida en los casos de desgracia a las creencias religiosas y que por ello, inconscientemente, lo rechazan. Ello ha llevado a algunos pensadores a pensar que quizá la forma adecuada de transmitir estas ideas sea mediante mensajes como éste: ¡Se sabe que ser colérico y negativo perjudica la salud mientras la bondad, la alegría y la amistad la mejoran! Usted decide.

Daniel Goleman -conocido autor de La inteligencia emocional– va todavía más lejos al apuntar que los resultados de estos experimentos parecieran sugerir la existencia de una especie de código ético genético. O, lo que es lo mismo, que quienes piensan y actúan en la vida de acuerdo con la ética interna no somatizan conflicto emocional o psicológico alguno. Otra cosa es que algún agente externo -un virus, un traumatismo, alguna radiación nociva, etc.- le afecte. Pero incluso en ese caso, al tener altas las defensas del sistema inmunitario, la recuperación será más rápida.

En otras palabras, parece claro que el cuerpo nos habla constantemente -la enfermedad no sería sino un lenguaje, una de las formas que el cuerpo tiene de comunicarse con nosotros-, indicándonos que nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestras acciones -positivas o negativas- repercuten siempre en nuestro organismo. Escuchémosle, pues. Sólo necesitamos adentrarnos en el silencio para, en  estado de calma y relajación, entender lo que nos quiere decir con cada dolencia. Para lo cual basta tomarse el tiempo necesario para aprender a estar con uno mismo.

Y, desde luego, el mensaje primordial parece claro: seamos optimistas y actuemos en la vida con ética. Sencillamente, porque es bueno para nuestra salud.

 Luis Emilio Oliver

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