El poder regenerativo del cerebro adulto

Las neuronas del cerebro se regeneran –aunque durante siglos se negó- y además hay formas de estimular esa regeneración. Es más, es posible prevenir el deterioro neuronal ya que todo indica que la principal causa está en los glucocorticoides que genera el estrés crónico. Lo singular es que ha sido constatado ya por centenares de investigadores de muy diferentes países a lo largo de los últimos años pero los prebostes del sistema sanitario se resisten a admitirlo porque siguen postulando que las patologías neurodegenerativas cerebrales -y en general todas las que involucran al sistema nervioso central- se deben en su mayor parte al envejecimiento o a factores genéticos. Y es que les resulta difícil admitir que se trata de un dogma de fe que asumieron hace décadas cuando hoy, sencillamente, no se sostiene. Especialmente porque hay quienes han constatado que el cerebro puede ¡autorregenerarse!

NEURONAS

No hay palabra más detestada y tabú para muchos médicos y laboratorios farmacéuticos que la de “autocuración”. Y es que el hecho de que el cuerpo humano sea capaz de autorregenerarse sin necesidad de auxilio profesional les parece un anatema. A fin de cuentas el pilar básico sobre el que asienta el sistema sanitario actual es la imposición de la idea de que ante cualquier dolencia -por nimia que sea- debemos acudir al médico para que éste nos recete alguna droga de síntesis patentada. Es la base de un negocio que mueve miles de millones de euros al año. Por eso la industria lleva décadas potenciando el mito de que los médicos –y los tratamientos farmacológicos que les han proporcionado en “protocolos” específicamente diseñados para que a ninguno se le ocurra pensar por sí mismo- son la única solución a las “enfermedades”. Cuando lo cierto es que en el último medio siglo se han inventado MILES de enfermedades inexistentes cuya causa o etiología reconocen por eso ignorar y para las que además dicen que no hay cura, solo tratamientos paliativos.

Pues bien, uno de los ámbitos en los que tal falacia está más extendida es el de las patologías cerebrales que por ello califican de “neurodegenerativas” y aseguran ser “incurables” obviando el hecho de que en el cerebro –incluido el de los adultos- hay numerosas células-madre neuronales -especialmente en el hipocampo- que periódicamente y merced a determinadas hormonas, neurotransmisores y factores de crecimiento dan lugar a nuevas neuronas.

Dicho de manera más clara: el cerebro de un adulto sano -incluso el de un anciano- no pierde neuronas de forma natural o programada; de hecho es posible que con el tiempo aumente su número y, con ello, el de las sinapsis. Obviamente hablamos de un adulto sano ya que el cerebro puede dañarse -como cualquier otro órgano- y perder entonces neuronas y funciones.

Y es así aunque hasta hace pocos años se postulara lo contrario y se asumiera la firme creencia de que el cerebro se desarrolla hasta la pubertad y a partir de los 15-16 años el proceso se detiene quedando la configuración neuronal fija y estable. Es más, aun hoy se postula que a partir de los 25 años el proceso se revierte, empezamos a perder neuronas y nos encaminamos hacia una ineludible senectud. Es decir, se impuso la creencia de que el deterioro cerebral y cognitivo es inevitable y se debe básicamente al envejecimiento, que con el tiempo muchas neuronas se deterioran e incluso mueren siendo eso lo que lleva a patologías neurodegenerativas como el parkinson o el alzheimer que serían, pues, incurables. “Cosas de la edad”, dicen todavía los médicos cuando se les pregunta por familiares que padecen esos problemas. Y lo siguen diciendo a pesar de que ahora se sabe que es falso y de que incluso existen sencillos mecanismos que permiten la neogénesis neuronal.

Así lo postulan ya científicos de primera talla -considerados por ello “herejes” de la verdad oficial- como el neurobiólogo del Instituto Pasteur de París (Francia) Pierre Marie Lledo para quien el poder regenerativo y autocurativo del cerebro no es ya discutible. Y de hecho afirma que se logra de forma sencilla mediante:

1) La constante adquisición de nuevos conocimientos; desde aprender un nuevo juego de naipes o un novedoso ritmo de baile hasta un idioma. Debemos seguir siempre interesándonos e indagando, sorprendiéndonos ante lo desconocido, haciéndonos constantes preguntas sobre el mundo y buscando respuestas. La curiosidad debería ser nuestra guía vital.

2) Ejercer una actividad física moderada a diario. El simple hecho de caminar a diario una hora a buen paso activa el organismo y lo mantiene en forma sin necesidad de comprometer la musculatura o el sistema cardiovascular con ejercicios extenuantes.

3) Potenciar la participación social. Es importante ser sociables y mantener relaciones amistosas y fructíferas con la pareja, la familia, los amigos, los colegas y los vecinos. Deberíamos entablar nuevas amistades, conocer gentes de otras culturas, participar en voluntariados…

4) Huir del estrés del medio urbano y adaptarse a las presiones ambientales. Se trata de contactar con la naturaleza y comprender la verdadera dimensión del ser.

5) Evitar los psicotrópicos; tanto las drogas “recreativas” que alteran la conciencia como toda la parafernalia farmacéutica: desde los analgésicos, somníferos y ansiolíticos hasta los llamados reguladores del humor y los antidepresivos pasando por todo fármaco de síntesis recetado por un psiquiatra.

LA EVOLUCIÓN HUMANA VISTA COMO EVOLUCIÓN CEREBRAL

Aunque el mayor volumen craneal del cerebro es el principal rasgo físico que nos distingue de nuestros parientes homínidos -con quienes compartimos el 99% del genoma, no lo olvidemos- hay un rasgo importante que podría ser la clave que explique por qué desde hace 3 millones de años los simios se han mantenido sin cambios mientras los hombres hemos progresado evolutivamente desde el Homo habilis de hace 1,7 millones de años al Homo erectus de hace 200.000. El cerebro de los simios al nacer está ya conformado entre un 50% y un 75% y su volumen solo aumenta en los dos primeros años de vida estabilizándose en unos 350 centímetros cúbicos que es precisamente el que tiene el cerebro de los humanos al nacer solo que en nuestro caso sigue creciendo hasta la pubertad de forma que a los 15 años alcanzamos una media de 1.350 cc.

Se sabe que el Homo erectus que emergió hace 200.000 años dio un salto evolutivo cuántico cuando adquirió la capacidad de ponerse de pie y caminar erguido, hecho que entre otras cosas le facilitó su desplazamiento hacia distintos entornos naturales de muy diversos climas. Siendo eso según Lledó lo que activó tres de los mecanismos antes citados que potencian el desarrollo de nuevas neuronas: caminar -ejercicio físico moderado por excelencia-, aprender -ya que al estar en novedosos entornos geográficos debió adaptarse a otras fuentes de alimentación y a nuevos métodos para protegerse de las agresiones, tanto climáticas como biológicas- y socializarse –al encontrarse con otras tribus y culturas-. Es más, caminar erguido limitó en la mujer las dimensiones de su canal de parto haciendo que al nacer el volumen craneal de su bebé fuera mínimo postergándose así el desarrollo completo de su cerebro, algo que al final sería muy positivo. Y es que a diferencia de los simios y otros animales que nacen con el cerebro desarrollado el 75% del nuestro termina desarrollándose 15 años después de nacer estando ya en contacto con el mundo externo. Y es esa riqueza de vivencias, experiencias y aprendizajes lo que potenció –y potencia hoy- un mayor desarrollo neuronal.

Nuestro desarrollo cerebral no es por tanto resultado estricto de la genética sino, mayoritariamente, de la epigenética. De hecho los genes de un niño, de un adulto y de alguien que sufre alzheimer son los mismos. Los genes nos proveen pues de la infraestructura neuronal básica -incluidas las células-madre necesarias- pero es la interacción con el medio lo que condiciona el desarrollo cerebral y cognitivo de cada persona. De ahí la importancia de dónde se vive, cómo y con qué posibilidades sociales y de aprendizaje. Y por qué el intelecto y la personalidad dependen mucho de cómo nos relacionamos de bebés, niños y adolescentes, de si nos sumergirnos en el aislamiento y la rutina o nos relacionamos alegremente con los demás. Porque hasta la neurogénesis depende de ello.

Y he aquí otro dato a tener en cuenta: el neuroanatomista Chet Sherwood dirigió en la George Washington University un equipo que comparó mediante escáner los cerebros de 99 chimpancés de entre 10 y 51 años (no suelen superar los 60) con los de 87 humanos sanos de entre 22 y 88 años constatando que entre los primeros no se produce nunca con la edad disminución del volumen cerebral mientras que entre los humanos encontraron disminuciones de hasta un 25% a los 80 años. El trabajo se publicó en 2011 en Proceedings of the National Academy of Sciences.

Cabe añadir que la parte más maleable del cerebro, donde más influyen los factores externos, es el córtex. El cerebro basal interno o reptiliano es menos influenciable a los estímulos epigenéticos. Por eso entre los vertebrados –muy especialmente entre los mamíferos- no hay individuos iguales: la impronta epigenética suele imponerse a la genética. En cambio en los invertebrados -en especial entre los insectos- todo está definido por los genes y los individuos son prácticamente clones de los demás (aunque haya ciertas variables epigenéticas notables como acaece entre las abejas con las “reinas madre”).

Pero centrémonos en las disfunciones mentales ya que son el objeto de este artículo. Pierre Marie Lledo explica en el libro Un cerebro a medida (Anagrama, 2013) que escribió junto al Dr. Jean Didier Vincent que entre los 800 millones de europeos hay actualmente unos 6 millones de enfermos de alzheimer, 2,5 millones de epilépticos y 2 millones que sufren las secuelas de accidentes cerebro-vasculares o ictus a los que hay que añadir cerca de 50 millones con trastornos severos diversos como depresión, ansiedad e insomnio y casi 5 millones con problemas psicóticos como esquizofrenia, trastorno obsesivo compulsivo, delirios… Y lo dramático es que la única “solución” que se propone a tantos millones de “enfermos mentales” es la de atiborrarles con drogas sedantes o recluirlos en centros especiales donde mantenerlos químicamente sedados.

A todo lo cual hay que sumar el hecho de que en Europa hay unos 5 millones de personas con lesiones en la médula espinal y que si bien no se trata de una disfunción cerebral estricta el problema está vinculado al encéfalo por afectar a la transmisión y recepción de las fibras nerviosas motoras.

LO QUE SABEMOS SOBRE LA DENOMINADA PLASTICIDAD CEREBRAL

Llegados a este punto seamos claros: el cerebro humano no deja nunca de desarrollarse. Se calcula que al nacer tenemos entre 20.000 y 30.000 millones de neuronas y que a los 6 años alcanzamos el 90% de los 100.000 millones que al cumplir 15 tendremos. Y ese número se mantendrá, disminuirá o incluso aumentará en función de nuestro tipo de vida. Es eso lo que determinará si perdemos o no neuronas e incluso si las conexiones entre ellas, las sinapsis, son más o menos numerosas. Asunto muy importante el de las células gliales porque se calcula que cada neurona tiene una media de 10.000 sinapsis y que en un cerebro activo éstas están formándose constantemente.

Es más, la plasticidad cerebral no se limita a la continua regeneración de neuronas, células gliales y sinapsis. Hay también un fenómeno muy interesante como es la sustitución “geográfica” de las áreas cerebrales. Estudios experimentales han demostrado por ejemplo que en ratones cegados las neuronas del córtex visual encargadas de procesar la información procedente de los ojos son reprogramadas para recibir información procedente del olfato o el tacto permitiendo así un aumento de la sensibilidad de esos sentidos como compensación de la pérdida de la información visual. Está confirmado por miles de casos de ciegos que utilizan el sonido para dibujar la imagen acústica del terreno que están recorriendo en reemplazo de la información visual. Es decir, las neuronas del córtex visual no quedan ociosas o bloqueadas sino que se reorganizan para procesar información proveniente de un canal distinto al de los ojos pero no por ello menos eficaz. Y se ha demostrado asimismo que en los ciegos se activan zonas del córtex visual occipital durante el aprendizaje del método Braille. Incluso se encontró que el área dedicada a la información táctil de la mano es mucho mayor en los ciegos capaces de leer Braille utilizando 3 dedos que en aquellos que usan solo uno; y, por supuesto, mayor que en las personas de visión normal.

NUEVAS NEURONAS EN EL CEREBRO ADULTO

¿Y por qué entonces los médicos han creído siempre que el cerebro no puede regenerarse? Pues probablemente porque han extrapolado incorrectamente sus conocimientos en ratones y monos a los humanos, un sinsentido del que se hablado ampliamente en la revista. Y así lo sigue haciendo el Dr. Pasko Rakic director del Departamento de Neurobiología de la estadounidense Universidad de Yale, quien tras realizar hace décadas una serie de experimentos con monos Rhesus adultos a los que luego sometió a autopsias cerebrales y mediciones con radionucleidos no encontró en ellos ninguna neurona nueva a las formadas en su primer año de vida. Concluyendo por ello que si nuestros parientes más próximos no generan nuevas neuronas en la edad adulta… nosotros tampoco; obviando que el cerebro humano sigue desarrollándose durante unos 15 años tras el nacimiento.

De hecho en esa misma época trabajaba en una tesis doctoral sobre la influencia del estrés en la degeneración neuronal Elizabeth Gould -lo que hacía básicamente era examinar diariamente con el microscopio decenas de cerebros de ratones que habían sido sometidos a distintos grados de estrés a lo largo de variados períodos- y si bien al principio observó que el número de neuronas era menor en los cerebros de los roedores que habían sufrido un fuerte estrés pronto empezó a encontrar que en algunos no había disminuido. Y alarmada ante la idea de que podía estar cometiendo algún error experimental decidió revisar las publicaciones científicas para comprobar si alguien había observado algún fenómeno similar anteriormente. ¡Y cuál fue su sorpresa! Encontró varias publicaciones de un investigador del Instituto Tecnológico de Massachusetts, Joseph Altman, que casi 30 años antes había constatado que ratones, cobayas y gatos forman nuevas neuronas cerebrales a lo largo de toda su vida. Y lo singular es que lo demostró ¡utilizando las mismas técnicas de radionucleidos del Dr. Pasko Rakic! El problema es que nadie le hizo caso porque el dogma de fe de la no regeneración cerebral estaba ya muy arraigado. Como no se hizo caso al Dr. Michael Kaplan, investigador de la Universidad de Nuevo México que obtuvo con su microscopio imágenes de la formación de nuevas neuronas en los cerebros de varios mamíferos cuyas pruebas visuales también se ignoraron.

Pues bien al tener conocimiento de todo esto Elisabeth Gould decidió estudiar cerebros de monos titi del Amazonas en su laboratorio de la Universidad de Princeton y tras varios años pudo demostrar que en situaciones de estrés intenso y prolongado los cerebros pierden neuronas y pueden efectivamente quedar dañados irreversiblemente pero ¡porque deja de funcionar el mecanismo de la neurogénesis!

LA NEUROGÉNESIS EN EL CEREBRO ADULTO PUEDE ESTIMULARSE

 Los médicos han estado más de medio siglo afirmando que los antidepresivos tipo Prozac funcionan porque reequilibran el déficit de serotonina en las uniones sinápticas pero hace unos años un psiquiatra de la Escuela de Medicina de la Universidad de Yale, Ronald Duman, se hizo dos preguntas: por qué el efecto no es inmediato -a veces hace falta tomar el fármaco uno o dos meses- y por qué solo funciona en una de cada tres personas. Los interrogantes pondrían en marcha numerosos estudios experimentales concluyéndose que los antidepresivos ¡no tienen en realidad ningún efecto sobre la serotonina encefálica! Lo que hacen es potenciar los factores neurotróficos. Es decir que la fluoxetina del Prozac aumenta la producción por las propias neuronas del factor neurotrófico derivado del cerebro conocido como BDNF por sus siglas en inglés y éste activa las células-madre encefálicas dando lugar a nuevas neuronas, proceso que tarda precisamente de uno a dos meses.

Lo dio a conocer en el 2000 en un trabajo publicado en Journal of Neurosciences titulado Chronic antidepresant treatment increases neurognesis in adult rat hippocampus (El tratamiento prolongado con antidepresivos incrementa la neurogénesis en el hipocampo de las ratas maduras) en el que se constata que los roedores sometidos a estrés intenso ven disminuir el número de neuronas en el hipocampo y que al administrarles distintos tipos de antidepresivos -inhibidores de la MAO, inhibidores de la recaptación de serotonina e inhibidores de la recaptación de noradrenalina- éste se recupera. No inmediatamente sino tras varios días como se había observado en humanos.

Pues bien, la proteína BDNF es codificada por el gen BDNF que además de expresarse en las neuronas lo hace asimismo en la retina, los intestinos, los riñones, la saliva y la próstata. Solo que eso mismo lo promueven los butiratos que produce una flora intestinal sana (lea en nuestra web –www.dsalud.com- el artículo que con el título Psicobióticos para las enfermedades nerviosas y mentales apareció en el nº 198). En cuanto al papel que juega en otros órganos este factor neurotrófico -en realidad una hormona del crecimiento- se sabe muy poco; solo que se halla también en la saliva probablemente porque la lengua es el órgano más inervado del cuerpo.

Es importante en cualquier caso destacar que se han efectuado en los últimos 15 años decenas de trabajos que han asociado el déficit de BDNF en sangre con muy distintos problemas neurológicos, desde el alzheimer hasta la depresión pasando por la esquizofrenia. Y que hay numerosos estudios que asocian el BDNF con la homeostasis de la motilidad y permeabilidad intestinales; ejemplo de ello es el trabajo publicado en octubre de 2016 en Neurogastroenterology & Motility por un equipo de la Universidad de Shandong (China) coordinado por el Dr. Y. B. Yu y titulado BDNF modulates the intestinal barrier integrity through regulating the expression of tight junction proteins (El BDNF modula la integridad de la barrera intestinal regulando la expresión de las proteínas de unión estrecha).

Mención especial merece además la presencia de BDNF en el bulbo olfatorio ya que se trata de un fenómeno muy particular aún no bien comprendido. Las nuevas neuronas desarrolladas en el bulbo olfatorio adulto de muchos mamíferos provienen de la zona cerebral subventricular y de todas las células que migran hasta allí solo unas pocas llegan a madurar como nuevas neuronas olfativas con amplio desarrollo dendrítico dependiendo de ello que la proteína BDNF se exprese en el bulbo. Así lo han confirmado varios investigadores, entre ellos un equipo de la Harvard Medical School dirigido por el Dr. Ti-Fei Yuan que se publicó en 2008 en Journal of Neuroscience.

En fin, sorprende cómo la investigación científica da una y otra vez vueltas a lo mismo pero 16 años después de que el Dr. R. Duncan demostrara que el efecto antidepresivo de la drogas tipo Prozac se deben a que potencian la síntesis y liberación de BDNF y ello dar lugar a la formación de nuevas neuronas los doctores C. Björkholm -del Instituto Karolinska de Estocolmo (Suecia) y L. M. Monteggia -de la Universidad de Texas (EEUU)han demostrado en ensayos murinos que dosis bajas de ketamina también promueven la estimulación de la secreción del BDNF; lo que coligieron porque según explican en un artículo publicado en marzo de 2016 en Neuropharmacology utilizaron ratones desprovistos del gen BNDF y comprobaron que en ellos la ketamina no tiene efecto antidepresivo. Luego la ketamina a dosis bajas –en exceso provoca ansiedad, ataques de pánico, mareos, distorsiones del pensamiento, confusión e ideas delirantes- potencia la síntesis y liberación de BDNF dando ello dar lugar a la formación de nuevas neuronas y siendo más eficaz que la fluoxetina, principio activo de los mal llamados “inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina” como el Prozac. Eso sí, la ketamina es barata, de sencilla producción y no patentable.

Y no es la única sustancia útil; hay otra molécula que juega un importante papel en la estimulación de las células-madre del hipocampo para su transformación en neuronas maduras: la Hormona de Crecimiento Humano (HGH por sus siglas en inglés) que segrega la glándula pituitaria. Algo de lo que saben mucho los doctores de la Fundación Foltra de Santiago de Compostela (España) Jesús y Pablo Devesa (padre e hijo), referencia mundial en este campo con numerosos trabajos científicos publicados; el último de ellos en octubre de 2016 en Clinical Medicine Insights en el que Pablo Devesa plantea la tesis de que la HGH es en realidad una prohormona que se estimula por acción de diversas hormonas. Pues bien, su síntesis la promueven en el organismo tanto el ayuno como el ejercicio físico mientras que su secreción la inhiben los glucocorticoides -sustancias antiinflamatorias, antialérgicas e inmunosupresoras derivadas del cortisol, hormona que produce la corteza adrenal para afrontar el estrés físico o emocional así como el exceso de azúcares (hiperglucemia)- y la dihidrotestosterona (principal metabolito activo de la hormona testosterona).

En suma, la ya mencionada Dra. E. Gould demostró en sus ensayos con monos titis que bajo una prolongada situación de estrés éstos dejan de producir nuevas neuronas -tanto en el hipocampo como en el bulbo olfatorio- y R. Duman que en situaciones de gran estrés una excesiva presencia de cortisol bloquea la producción del BNDF (como consecuencia de lo cual muchas personas entran en estado depresivo). Pues bien, en un extenso artículo de síntesis publicado en 2008 en Neuropsychopharmacology Reviews los doctores de la Yale University School of Medicine C. Pittenger y R. S. Duman aseveran además que el estrés crónico tiene efectos devastadores tanto sobre las dendritas y sinapsis neuronales como sobre la propia regeneración neuronal a nivel del hipocampo. Lo constataron tanto en ensayos murinos como en estudios clínicos. Destacando en él las similitudes existentes que hay entre los efectos que provoca en las neuronas una administración prologada de glucocorticoides y las neuronas de personas deprimidas (post-mortem). En pocas palabras: altos niveles de glucocorticoides inhiben la secreción de la hormona HGH bloqueando la neurogénesis. Un problema que afortunadamente puede afrontarse restableciendo la homeostasis cerebral de manera simple: ¡mediante una alimentación sana, ejercicio físico y unas buenas relaciones afectivas y sociales! Sin fármaco alguno.

UN PAR DE NARICES

La nariz es junto con la boca el órgano más expuesto al exterior y rara vez controlamos racionalmente su funcionalidad aun cuando el aire que inhalamos -cargado de microorganismos, toxinas y todo tipo de moléculas volátiles- entra automáticamente por las fosas nasales a lo largo de toda nuestra existencia y de ahí que la vida media de las neuronas del bulbo olfatorio sea de apenas unas semanas. Es decir, se requiere una constante formación de nuevas neuronas para no perder su capacidad funcional y el olfato. Pues bien, ensayos murinos realizados por el equipo del ya citado J. M. Lledo permitieron observar que al recibir un estímulo olfativo la zona subventral del cerebro de los ratones se activa y las células-madre producen en ella unas 30.000 neuronas diarias que migran hacia el bulbo olfatorio donde se ramifican formando nuevas neuronas olfativas. Es más, pudieron demostrar que bajo estímulos -ya sean sensoriales u olfativos- los cerebros de los roedores duplican la tasa de producción de nuevas neuronas. Y descubrieron algo aún más llamativo: el mecanismo de renovación celular del epitelio nasal y del bulbo olfatorio es el mismo y las células-madre que se ocupan de ello no están en la nariz sino en la región subventricular del cerebro. Es ahí donde mediante estímulo olfativo se dividen para formar neuroblastomas, protocélulas semidiferenciadas que luego migran durante varios días hasta alcanzar el bulbo olfatorio asentándose en él y adquiriendo sus características neuronales.

Un equipo de la University of Prince Edward Island de Charlottetown (Canadá) coordinado por los doctores C. Song y B. E. Leonard cuenta por su parte en un trabajo sobre depresión animal publicado en 2005 en Neuroscience and Biobehavioural Review que la extirpación del bulbo olfatorio de los ratones provoca en la amígdala y el hipocampo de sus cerebros los mismos cambios estructurales que una depresión severa en los humanos. Y la similitud no es solo fisiológica: los cambios conductuales son también similares a los de los humanos deprimidos.

Lo singular es que si se les provoca en cambio una anosmia química -pérdida de olfato- dejando la estructura del bulbo olfatorio intacto no se observan esos cambios. Infiriendo así que hay algo más que sentido del olfato en el bulbo olfatorio lo que comprobaron administrando a los ratones antidepresivos que corrigieron sus pautas conductuales. Lo que esos investigadores no dicen, probablemente porque ignoran lo explicado en este texto, es que lo que esos antidepresivos hicieron fue potenciar la síntesis de hormonas BDNF y otras hormonas de crecimiento a fin de que las células-madre del hipocampo regeneraran las neuronas perdidas.

PLASTICIDAD CEREBRAL, ALZHEIMER Y 678 MONJAS

¿Demasiada información novedosa a la vez? Resumamos entonces de manera práctica lo antedicho comentando una patología neurodegenerativa concreta, el alzheimer, ya que se trata de la enfermedad cerebral más estudiada. No en vano se han publicado en revistas científicas de todo el mundo en los últimos 50 años ¡más de 100.000 artículos! Es pues la dolencia cuya fisiopatología más se conoce y la mejor para ser analizada bajo la óptica de la regeneración celular ya que es justo su antítesis al achacarse a la progresiva pérdida de neuronas y sinapsis, con especial incidencia en el núcleo de la memoria: el hipocampo. Precisamente donde más claramente se han definido los mecanismos de la neurogénesis en el adulto. Además hay ya siete millones y medio de afectados –seis millones de ellos en Europa- número que la OMS prevé se duplique en 20 años.

Y vamos a analizarlo contando los resultados obtenidos con un estudio longitudinal sobre el envejecimiento y el alzheimer que financió el Instituto Nacional de Envejecimiento de Estados Unidos en el que participaron 678 monjas de entre 75 y 103 años de la congregación religiosa Hermanas de Notre Dame que vivían en ese país. Hablamos de un trabajo conocido hoy como El estudio de las monjas desarrollado por un equipo multidisciplinar de la Universidad de Minnesota que coordinó el Dr. David Snowdon y se puso en marcha en 1986 durando 17 años. Cabe agregar que al comenzar el estudio la edad media de las monjas era de 83 años y que el 85% se dedicó a la enseñanza de niños de Primaria y Secundaria eligiéndoselas por varios motivos, todos ellos fundamentales para efectuar un estudio sobre neurodegeneración:

  1. La homogeneidad del grupo. Llevaban todas sometidas muchos años a rigurosas pautas de vida con una idéntica alimentación -que se detallaba en los archivos diarios de los conventos- y mismos hábitos de vida, entre ellos ausencia total de bebidas alcohólicas y tabaco.
  2. Todas tenían una activa vida social y cultural muy programada y normativa.
  3. Su actividad física era reducida pero constante.
  4. Su longevidad media era notablemente superior a la de las demás estadounidenses.
  5. Mantenían una vida intelectual activa impartiendo la inmensa mayoría clases hasta los 80 años.
  6. Se contaba con archivos bien documentados que detallaban la vida, eventos, enfermedades y problemas físicos o psíquicos de cada una de las monjas. Y,
  7. Tanto las superioras como la mayoría de las monjas accedieron a donar sus cerebros tras la muerte para que se pudiese realizar con ellos estudios científicos.

Queda agregar que durante los 17 años que duró la investigación se sometió a todas a una rigurosa valoración de sus capacidades cognitivas.

En cuanto a los resultados cabe empezar diciendo que algunas monjas fallecieron a edades avanzadas por razones no vinculadas a alteraciones cerebrales ni nerviosas -como infartos de miocardio o fallo renal- y mantuvieron sus actividades habituales hasta prácticamente el lecho de muerte sin que nunca se detectara en ellas anomalía cognitiva alguna durante las pruebas anuales. Pues bien, las autopsias cerebrales de muchas revelaron ¡estados muy avanzados de alzheimer! Lo que dejó perplejos a los investigadores porque nunca se detectaron síntomas de ello.

Una de ellas, María, murió a los 101 años manteniéndose intelectualmente activa hasta el final tras dedicarse desde los 19 a los 77 a impartir clases de Matemáticas durante 8 horas diarias continuando haciéndolo luego hasta los 84 con una pequeña reducción de horas docentes. A partir de ese momento y hasta su muerte 17 años después se mantuvo intelectualmente activa formando compañeras y mostrándose muy interesada en el seguimiento de las noticias y polémicas sobre la situación mundial. Pues bien, en la última batería de test –ocho- que se le hicieron para evaluar su memoria, concentración, lenguaje, habilidades espacio-temporales y orientación en tiempo y espacio obtuvo un resultado de 27 sobre 30 puntos. Murió a causa de un cáncer de colon y lo llamativo es que no podía considerársela una persona especialmente sana ya que a pesar de que nunca se quejó de ninguna dolencia consta en los archivos médicos que sufría polimialgia reumática, anemia crónica, Síndrome de Stokes-Adams y episodios de taquicardia supraventricular. Un cardiograma realizado 16 meses antes de morir reveló fibrilación atrial. Lamentablemente no se dispone de información sobre si llevaba o no una larga temporada tomando medicamentos y de qué tipo. Lo insólito en cualquier caso es que la autopsia cerebral encontró un cerebro de apenas 870 gramos lleno de las placas seniles y neurofibrillas que caracterizan un alzheimer avanzado.

Y no hablamos de un caso excepcional: unas 200 monjas mayores de 85 años que durante la mayor parte de su vida ejercieron la docencia mantuvieron unos parámetros cognitivos casi perfectos hasta su muerte y sin embargo las autopsias cerebrales de muchas mostraron los daños característicos de distintos grados de alzheimer. Otras monjas en cambio sí manifestaron el deterioro cognitivo típico del alzheimer, deterioro cerebral que confirmaron las autopsias.

La explicación que se dio entonces para esos 200 casos de alzheimer clínico-fisiológico pero mente sana fue que el cerebro humano tiene una “reserva” neuronal que permite mantener en plenitud las funciones fisiológicas aunque las neuronas estén muy afectadas o destruidas. El estudio concluye destacando simplemente que mantener un activo ejercicio intelectual toda la vida garantiza que el cerebro mantenga su funcionalidad y plasticidad y sea capaz de superar los procesos degenerativos, sea cuales sean sus orígenes. Hoy, aunque resulte todavía difícil de explicar, puede inferirse que si ello es posible se debe en realidad a la neurogénesis, a la capacidad del cerebro adulto de crear constantemente nuevas neuronas hasta el día de su muerte.

¿Un “caso anecdótico”? En absoluto. Durante la Reunión Anual de Neurociencias celebrada el pasado mes de noviembre de 2016 en San Diego (California, EEUU) un grupo de neurocientíficos de la Northwestern University de Chicago dirigido por el Dr. Changiz Geula explicó que están estudiando a un grupo de personas de más de 90 años que se caracterizan por poseer una memoria equivalente a la de personas jóvenes -algunas de ellas con una capacidad mental extraordinaria- y que al morir tres de ellas las autopsias de sus cerebros mostraron los daños típicos del alzheimer si bien con áreas del hipocampo apenas afectadas por las placas de amiloide.

En todo caso hay un par de cosas inexplicables en el estudio de las monjas. La primera, que ni en el trabajo de Snowdon ni en los miles de artículos que sobre él se han publicado se dice si alguna de esas 200 excepcionales monjas recibió medicación cuando es un dato fundamental para saber si el alzheimer puede ser en realidad una patología iatrogénica, es decir, provocada por fármacos. Y la segunda es la falta de explicaciones serias por parte de los médicos ya que aunque hay artículos hablando de la importancia de los folatos, la vitamina E y otras moléculas así como de las claves del lenguaje nada de eso explica cómo una persona con alzheimer avanzado, una notable reducción de masa cerebral y la mayor parte de sus neuronas inactivas viva con plenas capacidades cognitivas, intelectuales y físicas hasta más allá de los 100 años. ¿Será porque hay miles de científicos, médicos y empresas que viven de hacer análisis de sangre, orina, líquido cefalorraquídeo y otras sustancias, ecografías, radiografías, fluoroscopias, angiografías, sonografías, resonancias magnéticas, tomografías axiales computarizadas (TACs), tomografías con emisión de positrones (PET), cisternografías, electroencefalografías, electromiografías, mielografías, polisomnogramas, potenciales evocados, biopsias, pruebas genéticas…? Porque la Alzheimer’s Disease International reconoce en su Informe mundial sobre el alzheimer de 2015 que la enfermedad le cuesta al mundo ¡800.000 millones de dólares anuales! y con tal volumen de negocio ¿cómo va a interesarle a quienes se lucran con ello proponer explicaciones y soluciones eficaces y baratas? Pasa como con el cáncer y otras muchas patologías. Porque lo que de verdad indica todo lo aquí mencionado es que basta una alimentación sana y nutritiva, hacer ejercicio físico moderado, dormir suficientemente, relacionarse familiar y socialmente de forma positiva, no consumir tóxicos –alcohol, tabaco, plaguicidas, aditivos alimentarios y fármacos incluidos-, mantener la homeostasis, no estresarse y mantener una actividad intelectual constante a lo largo de la vida para prevenir las patologías cerebrales -y todas las demás- e incluso afrontarlas si ya se ha manifestado deterioro orgánico. Otra cosa es que a esto último puedan contribuir determinadas sustancias naturales de las que el organismo sea deficitario; lo que no puede esperarse es que solo resolviendo tal carencia el problema de salud vaya a resolverse. Hay que hacer lo antes indicado.

Es hora, en suma, de entender y asumir que el organismo es el único que tiene capacidad de autorregenerarse, de autocurarse; incluso en casos de alzheimer y cáncer. Sea consciente de ello.

 

Paula M. Mirre

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PORTADA 201
201
Febrero 2017
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