¿Son seguros los productos lácteos?

¿Pueden la leche y sus productos derivados contagiar el llamado “mal de las vacas locas”? ¿Qué indican los estudios científicos efectuados hasta la fecha? ¿Podemos los consumidores estar tranquilos y tener la certeza de que no contraeremos la enfermedad tomando hoy leche, queso, yogur, flan, natillas, cuajada, crema, nata, polos, helados, batidos, bollería, pasteles, tartas, caramelos, galletas, bombones, etc.?

Se habla tan poco ya en los medios de comunicación del llamado mal de las “vacas locas” -o Encefalopatía Espongiforme Bovina (EEB)- y de su variante humana –la enfermedad de Creutzfeldt-Jacob- que pareciera que el problema estuviera ya resuelto y la posibilidad de contagiarse fuera nula. Y nada más alejado de la realidad. El problema continúa existiendo y el riesgo de contagio no ha desaparecido aunque haya disminuido. Es más, sigue investigándose el origen de la enfermedad porque ni siquiera se conoce eso. Aunque lo que, al parecer, no se está investigando oficialmente -a pesar de ser una de las hipótesis más plausibles entre numerosos expertos- es la versión según la cual el llamado “mal de las vacas locas” se originó cuando el Ministerio de Agricultura británico obligó en 1980 a los propietarios de ganado a tratar a sus animales con un insecticida organofosforado -denominado en Inglaterra Phosmet– con el fin de eliminar una epidemia de miasis (ver el nº 25 de Discovery DSALUD). Al parecer, ese producto, al ser aplicado sobre la columna vertebral del animal y pasar al interior del organismo, “secuestra” el cobre de las proteínas de los priones siendo ese mineral sustituido por el manganeso, lo que hace que la proteína se distorsione, pierda su función y lleve a la vaca a enfermar. ¿Y cómo habría acaecido eso? Pues porque, paralelamente, se estuvo dando a algunas partidas de vacas suplementos de harinas animales que contenían restos de gallinas alimentadas con altas dosis de manganeso, lo que se hace para aumentar su producción de huevos. Todo lo cual explicaría, por otra parte, la similitud de síntomas entre la Encefalopatía Espongiforme Bovina y la intoxicación por organofosforados.

Volvamos, en cualquier caso, a la cuestión que nos ocupa en esta ocasión: si la leche puede o no transmitir la enfermedad. 

INFORMES TRANQUILIZADORES 

Hay que empezar diciendo que en España no se ha hecho ningún estudio sobre este asunto. Seguimos dependiendo en esto -como en muchas otras cosas, incomprensiblemente- de lo que nos digan otros a los que transferimos nuestra responsabilidad. Por eso no puede extrañar que ni el Ministerio de Sanidad ni el de Agricultura tengan más información que la que cualquier ciudadano puede obtener de Internet. De hecho, los gabinetes de prensa de ambas instituciones públicas reconocen que carecen de otros datos que los que les transmiten la Comisión Europea, la OMS y otros organismos internacionales.

Werner Ulrich, inspector veterinario, investigador y autor del informe que publicamos el pasado mes de febrero sobre el mal de las vacas locas en esta revista, nos adelantaría que “las pruebas efectuadas hasta ahora, si bien no son taxativas, parecen indicar que no existe riesgo de contagio a través de la leche”. Y de la misma opinión es Miguel Ángel Vázquez de Prada, Director General de la Federación Nacional de Industrias Lácteas (FENIL) -entidad que agrupa a 121 empresas que elaboran y distribuyen leche y productos derivados-, para quien la seguridad de la leche y de los productos lácteos está fuera de toda duda. Para corroborarlo nos haría llegar varios documentos internacionales, entre otros:

  • Un informe del Departamento de Ciencias Animales de la Universidad de Illinois (EE.UU.) realizado en 1996 en el que se asevera que el agente que provoca el “mal de las vacas locas” no se transmite a través de la leche.
  • Un informe de la Organización Mundial de la Salud publicado en Marzo de 1997 en el que se afirma -en relación con este asunto- que “en la leche la infecciosidad es indetectable”.
  • El Código Internacional Zoosanitario de la Organización Internacional de Epizootías (OIE) editado en Noviembre del 2000 en el que se dice que “sea cual sea el estatus del país exportador respecto de la Encefalopatía Espongiforme Bovina, las administraciones veterinarias deben autorizar, sin restricción, la importación y el tránsito por su territorio de las siguientes mercancías: leche y productos, semen, sebo desproteinado…” por considerar que no hay riesgo de infección.
  • Un informe de la Agencia de Seguridad Alimentaria del Reino Unido sobre la revisión de los controles de la BSE del 6 de Noviembre del 2000 que dice que “los estudios realizados no han revelado evidencias de infecciosidad en la leche”. Y,
  • Una nueva comunicación de la Organización Mundial de la Salud (OMS) a la Organización Mundial de Comercio en el marco del Comité de medidas sanitarias y fitosanitarias sobre la Encefalopatía Espongiforme Bovina (BSE) de fecha 5 de Diciembre del 2000 en el que puede leerse que “la leche y sus productos derivados son considerados seguros”.

LA COMISIÓN EUROPEA SE PRONUNCIA 

Posteriormente, el pasado 16 de enero, se pronunciaría la Comisión Europea -máximo órgano de la Comunidad- emitiendo un comunicado en el que se aseguraba que no había indicio alguno de que la leche pudiese transmitir la Encelopatía Espongiforme Bovina. Un mensaje que se creía reflejo de una clara unidad de criterio y que, sin embargo, originó un auténtico revuelo que fue lo que llevó a esta revista a informarse del tema en profundidad. Porque dos ministros europeos implicados en el asunto pusieron en duda lo afirmado en él. Fue el caso de la ministra alemana de Agricultura, Heinz Franke, quien declaró tras el mismo que ella no descartaba que los productos lácteos procedentes de reses afectadas pudieran constituir un peligro para el consumidor. “Nadie puede excluir que la Encefalopatía Espongiforme Bovina pase a la leche del animal enfermo pues la investigación realizada hasta ahora no ha sido exhaustiva”, dijo la ministra alemana “dimitiendo” a los pocos días de hacer estas declaraciones. El otro ministro disidente fue el italiano Alfonso Pecoraro Scanio, responsable de Políticas Agrarias, quien aseguró que no ponía “la mano en el fuego por la inocuidad de la leche procedente de vacas afectadas por la Encefalopatía Espongiforme”.

Lo cierto es que aquel revuelo dio lugar a una nueva reunión de la Comisión Europea y a un nuevo comunicado que lleva fecha 29-30 de Marzo del 2001. Comunicado que se elaboró para responder expresamente a la interrogante planteada de si la leche –y, por ende, sus productos derivados- pueden o no ser una posible fuente de contagio del mal de las vacas locas. Y ello –como la propia Comisión reconoce- atendiendo las advertencias efectuadas por algunos científicos de que se había subestimado la posibilidad de contagio entre especies y ante la crítica de que tampoco se había tenido en cuenta adecuadamente que en la leche hay una significativa cantidad de leucocitos que quizás pudieran transmitir el mal.

Pues bien, la Comisión Europea, tras estudiar los informes de los distintos comités científicos que la asesoran y trabajan sobre este tema, declaró de nuevo que no hay riesgo de infección. A pesar de lo cual, y como medida extra para ampliar aún más el margen de seguridad, decidía que ni la leche ni el calostro de las vacas sobre las que existiera la simple sospecha de que pudieran estar infectadas puedan comercializarse.

La Comisión Europea termina su informe dando cuenta de la opinión de los distintos comités y ofreciendo la relación de las diversas investigaciones sobre las que se basan los mismos. 

EL “INFORME TAYLOR” 

Bien, hay que decir que entre las investigaciones efectuadas que menciona la Comisión Europea –cuyo informe sí nos facilitó diligentemente su gabinete de prensa en España- destaca la realizada en 1995 por un equipo integrado por D. M. Taylor, C. E. Ferguson, C. J. Bostock y M. Dawson. Se trata de un trabajo que, básicamente, consistió en dar de beber a 275 ratones leche procedente de vacas enfermas además de inyectarles esa misma leche intraperitoneal e intracranealmente. Ninguna resultó infectada. Y hay que explicar, para entender la importancia del experimento, que cuando se hizo eso mismo con tejido infectado de vacas enfermas los ratones sí enfermaron. Lo que elimina el argumento –en este caso, al menos- de que la barrera biológica entre especies podría invalidar el experimento.

Pero ello no evitaría que muchos investigadores criticaran que el experimento se realizara sólo con ratones y no también con terneros. Así se pronunció, por ejemplo, Malcom Fergusson -profesor de Genética de la prestigiosa Universidad de Cambridge- por entender que la leche tiene suficiente potencial para transmitir la enfermedad a través del sistema linforeticular. Y así lo hizo también el profesor de Microbiología Richard Lacey, para quien si bien el riesgo de infección por consumir leche de animales infectados es menor que el de consumir carne, éste no es nulo ni descartable.

Esto llevaría a la Food Standars Agency –el departamento británico encargado de regular la calidad de la alimentación en el Reino Unido- a iniciar a mediados del pasado mes de enero una nueva investigación que se basa en dar leche de vacas enfermas a terneros sanos a fin de comprobar si alguno resulta afectado. Ahora bien, como quiera que esta enfermedad no se manifiesta en general hasta después de los 30 meses habrá que esperar al menos 2 años más para conocer los resultados. 

LA OPINIÓN DE JUAN JOSÉ BADIOLA 

No quisimos terminar este texto sin consultar con Juan José Badiola, director del Centro Nacional de Referencia de las Encefalopatías Espongiformes Transmisibles con sede en Zaragoza y cuya popularidad en España desde que se iniciara este problema es innegable. Un científico amable, claro y de lenguaje directo nombrado en Abril pasado presidente del Consejo General de los Colegios Veterinarios de España y miembro destacado del Comité Director Científico de la Unión Europea que no dudó el pasado 8 de agosto en interrumpir sus vacaciones para hablar telefónicamente con nosotros durante casi tres cuartos de hora desde su lugar de descanso en un pueblecito de León. Y aunque la conversación fue extensa y sirvió fundamentalmente para aclarar numerosas cuestiones técnicas respecto de las investigaciones efectuadas hasta el momento, no queremos dejar de reflejar algunas de sus respuestas.

-¿Por qué no se ha hecho una investigación en España sobre el posible contagio del llamado “mal de las vacas locas” a través de la leche?

-Sencillamente, porque quienes deben decidir algo así no lo han considerado oportuno.

-Pero, ¿estamos preparados para hacernos cargo aquí de una investigación de estas características?

-Ciertamente, pero insisto en que esa es una decisión que corresponde tomar a otros.

-El Comité Científico Director de la Unión Europea, al que usted pertenece, acaba de dar a conocer a primeros de julio que también algunos tipos de grasa animal pueden transmitir la Encefalopatía Espongiforme Bovina, que deben considerarse también materiales específicos de riesgo los tejidos grasos asociados al intestino. Es el caso, por ejemplo, del sebo que, procedente de diversas partes de la vaca, se sigue usando en la alimentación animal. ¿Puede afirmarse hoy que la “lista” con el llamado “material de riesgo” que puede contagiar el mal de las vacas locas está ya definitivamente cerrado?

-Con los datos y conocimientos que tenemos en estos momentos –y son amplios-, las partes cuyo consumo está hoy autorizado no parecen presentar riesgo. Pero si lo que me pregunta es si se puede afirmar con rotundidad que no van a aparecer mañana evidencias de que otras partes del animal pueden transmitir también la enfermedad, la respuesta es  no. No parece probable pero no puede asegurarse.

-¿Y cuál es su opinión sobre la posibilidad de que la leche y, por ende, los productos lácteos, puedan transmitir la enfermedad?

-En estos momentos, ninguna. Como usted sabrá, hace ya seis años se dio de comer y se inyectó leche de vacas enfermas intraperitoneal e intracranealmente durante casi dos años a ratones y ninguno enfermó. Sin embargo, si a esos mismos ratones se les da de comer o se les inyecta tejido enfermo, se contagian. Lo que parece dejar claro que la leche y, por tanto, los productos que se fabrican con ella no pueden transmitir la enfermedad.

-¿El proceso de pasteurización de la leche aporta en todo caso una seguridad extra como popularmente se cree?

-No. Los priones sólo se destruyen con seguridad si se les somete simultáneamente a una temperatura mínima de 133º y una presión de 3 bares durante al menos veinte minutos.

-En ese caso, permítame una última pregunta. ¿Usted consume productos lácteos?

-Sí. Los consumo.

José Antonio Campoy
 

Este reportaje aparece en
31
Septiembre 2001
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