Muchos de los productos elaborados para bebés y niños son insanos

La asociación Justicia Alimentaria acaba de presentar un demoledor informe sobre alimentación infantil con el expresivo y significativo título de Mi primer veneno en el que denuncian que unas pocas empresas -con Nestlé y Hero a la cabeza y la complicidad de la Asociación Española de Pediatría- se reparten un fabuloso negocio de 500 millones de euros tras hacer creer a la sociedad que producen alimentos sanos, adaptados y especializados para bebés y niños cuando en realidad son insanos -responsables de obesidad y de numerosas patologías- estando de hecho desaconsejados en gran parte de Europa y Estados Unidos. Nos lo ha explicado Javier Guzmán, uno de los responsables de la investigación.

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Hasta los años veinte del pasado siglo no existía lo que ahora denominamos «alimentación infantil» pues una vez destetados los niños comían simplemente lo mismo que los adultos con algunas adaptaciones dictadas por el sentido común. Sin embargo, esta «categoría» de alimentos se ha introducido de tal modo en nuestras vidas que pocas personas conocen la verdad que se esconde tras ella. Pues bien, la organización Justicia Alimentaria lleva ya tres décadas luchando por cambiar el sistema y lograr la «soberanía alimentaria» mediante campañas, investigaciones y publicaciones que informan al público de los peligros, abusos, riesgos y negocios que se ocultan tras el actual entramado alimentario estando su último trabajo –Mi primer veneno- dedicado a desvelar los entresijos del fabuloso negocio montado en torno a la alimentación infantil.

Trabajo recientemente publicado que hemos querido dar a conocer entrevistando a uno de sus investigadores, Javier Guzmán, licenciado en Ciencias Políticas así como en Sociología, especialista en políticas agroalimentarias y activista de muy diferentes organizaciones no gubernamentales relacionadas con la solidaridad internacional en países de América y África que es desde hace siete años Director de Justicia Alimentaria y participa en las juntas directivas de la Plataforma Rural y de Ágora Nord-Sud así como promotor de la Alianza por la Salud Alimentaria.

-Nuestra primera pregunta tras conocer su informe es obvia: ¿de verdad puede afirmarse que estamos alimentando a nuestros hijos con «venenos»?

Todos los ciudadanos estamos consumiendo una gran cantidad de alimentos insanos, fundamentalmente los procesados; niños incluidos. En España más del 70% de lo que consumimos son alimentos procesados y es ahí donde está el principal peligro ya que son el vehículo de elementos críticos que están relacionados con la aparición de enfermedades; como el azúcar, la grasa y la sal. Solo que el tipo de alimentos procesados destinados al mercado infantil tiene unos perfiles nutricionales aún peores que el de la población adulta.

-¿Hasta el punto de afirmar que la alimentación infantil es «un timo»?

-Fundamentalmente porque no es necesaria. Se ha creado toda una industria que para vender sus productos ha generado una narrativa con la que nos hacen creer que la dieta de la población de 0 a 3 años es asimilable a una dieta blanda, especial, como si fueran enfermos. Además sus perfiles nutricionales, especialmente papillas, leches de crecimiento, zumos, etc., son insanos. Y para colmo son más caros que una alimentación normal y lo que genera en realidad es una dificultad y retraso a la hora de masticar y una dependencia enorme de sabores muy dulces que dificultan la adaptación a la incorporación de nuevos sabores y texturas.

-La deformación de las palabras de la que hablan en el informe llega al extremo de que en la reciente propuesta de Unidos Podemos sobre permisos maternales registrada el pasado 7 de mayo y aprobada por unanimidad se dice literalmente que “toda vez que más allá de los primeros meses es una exigua minoría la que continúa en régimen de lactancia materna en exclusiva -régimen éste, el de lactancia materna como única alimentación que según la Organización Mundial de la Salud- no debe en ningún caso prolongarse más allá de los 6 meses de edad de la criatura”. ¿Qué posición tienen ustedes respecto a los permisos?

-Lo que realmente dice la Organización Mundial de la Salud es que hay que asegurar la lactancia materna durante al menos los seis primeros meses y que luego es beneficioso continuarla y más adelante complementarla; por tanto necesitamos medidas de conciliación que ayuden justamente a que la lactancia pueda continuar más allá de los 6 primeros meses.

-¿No es paradójico que la población acepte como garantía lo que sobre esto diga un pediatra que no ha estudiado prácticamente nada sobre alimentación?

-Uno de los principales objetivos de la estrategia de marketing de las grandes industrias fue conseguir que el personal sanitario prescribiera este tipo de alimentos. Y para ello financiaron estudios, jornadas, seminarios y congresos ya que necesitaban aval médico y científico. Afortunadamente hay administraciones públicas -como la Agencia de Salud Catalana- que ha publicado una guía de recomendaciones para la alimentación infantil en la que se promociona el uso de alimentos frescos y naturales. En cualquier caso nuestro sistema de salud pública no ha incorporado nutricionistas como en otros países y eso es un déficit enorme porque no se puede pedir que todos los médicos sean especialistas en Nutrición.

-Hablemos un poco del negocio que hay detrás de este «timo». ¿Tienen cifras concretas?

-El negocio de la alimentación infantil es mayúsculo. Con 1,6 millones de «bocas-target» a las que dirigirse y la incorporación anual de 425.000 nuevos «clientes» la alimentación infantil es un botín suculento. En concreto un botín de 500 millones de euros y 60.000 toneladas de productos divididos en tres grandes sectores: los derivados lácteos de sustitución, las harinas y cereales (las papillas) y los alimentos sólidos texturizados (los «potitos»). A ellos hay que añadir el nuevo invento y potencial gran fuente de ingresos donde las empresas están volcando sus esfuerzos recientemente: las chucherías «baby» (postres industriales, galletas, snacks, chocolates, etc.). Eso significa que cada familia se gasta más de 300 euros anuales por bebé en alimentación industrial y cada uno consume -por poner un producto ejemplo- 94 potitos anuales.

-Hablemos de papillas, leches de crecimiento y sucedáneos…

-Para que se haga una idea de conjunto le diré que en este sector el 60% de las ventas lo acaparan los potitos, otro 20% las comidas industriales, un 20% las leches de sustitución y el 10% restante las harinas y cereales.

-¿Y por qué los consideran insanos?

-Porque la inmensa mayoría de la población alimenta hoy a sus hijos, total o parcialmente, con alimentación industrial. Se ha convertido en un elemento hegemónico asumiéndose como natural y rutinario. Que cada bebé de menos de 3 años consuma de promedio cada día 65 gramos de potitos y 14 de cereales significa que para buena parte de ellos se trata de su dieta principal.

En cuanto a los cereales específicos para papillas son prácticamente un monopolio. El 97% de los bebés consumen este tipo de productos, bien directamente, bien mezclados con biberón o zumos de fruta. Y el gran problema de este tipo de productos es que su nivel de azúcar es muy alto. Hemos analizados todos los productos de las dos primeras marcas y las papillas tienen ¡más de un 20% de azúcar! Y eso significa que si un bebé toma esas papillas durante 4 meses solo con ellas va a ingerir ¡casi kilo y medio de azúcar! cuando la OMS recomienda encarecidamente que no se dé azúcar ni sal a esas edades.

-Pues son productos que indican en sus etiquetas no llevar azúcar añadido…

-Porque legalmente se permite a la industria alimentaria etiquetarlos como «0% azúcares añadidos» aunque sean productos que están hasta los topes de azúcar. El truco está en el proceso de hidrólisis al que se somete a los cereales infantiles consistente en romper los carbohidratos de cadena larga que hay en ellos -básicamente almidón- obteniendo así carbohidratos de cadena corta y, sobre todo, azúcares. Es decir, se mezclan las harinas de los cereales con agua y enzimas, éstas hacen su trabajo y el cereal original se transforma en una mezcla de azúcar y carbohidratos de cadena corta. Después, se añaden algunas vitaminas y minerales a los azúcares y listo.

-O sea, que no llevan azúcares añadidos pero sí contienen azúcar producido por el proceso al que se les somete…

-Exactamente. La realidad incuestionable es que esos productos tienen entre un 20% y un 30% de azúcar y que a nivel de consumo poco importa si se ha añadido directamente o se ha creado a través de un proceso industrial. Luego la industria alimentaria está dando toneladas de azúcar a la población infantil y, encima, se le permite publicitarlos diciendo que no llevan azúcares «añadidos». Tenga en cuenta que las enfermedades relacionadas con la alimentación insana son el primer problema de salud pública en España; de hecho el sobrepeso y la obesidad tienen una alta prevalencia en la población infantil. Eso sin mencionar que el azúcar puede afectar negativamente a la lactancia materna que es el pilar fundamental de la alimentación infantil y, posteriormente, a las preferencias alimentarias de los niños haciéndoles más proclives a consumir alimentos insanos en el futuro.

-Ciertamente vergonzoso. ¿Y las papillas cumplen la normativa actual?

-Actualmente hay dos normas que regulan este tema y una tercera en vías de ser aplicada. La primera es el Real Decreto 490/1998 y la segunda es la Directiva 2006/125/CE. Recordemos que una directiva es una norma que establece un marco regulatorio común para los estados miembros de la Unión Europea que han de incorporar a su propio ordenamiento jurídico. De hecho el mencionado RD 490/1998 es la traslación a la normativa estatal de una directiva anterior, concretamente de la Directiva 96/5/CE. El problema es que la Directiva 2006/125/CE no se ha trasladado al marco normativo estatal y, lo que es peor, esa norma ha sido sustituida en la regulación europea por un Reglamento (UE 609/2013) que será plenamente efectivo en 2020. Es decir, que la de 2006 se ha quedado en el limbo legal, existe y es vigente como Marco Común Europeo pero no se ha trasladado a una norma estatal española propia. Y ahora, de hacerse alguna traslación, se hará sobre la nueva normativa de 2013.

-¿Y qué dice esta nueva directiva?

-Pues fija unas cantidades máximas para la adición de sacarosa, fructosa o glucosa a los alimentos llamados «de continuación» pero no dice absolutamente nada sobre la composición final de ese producto. Es decir, existe una confusión terminológica -y puede que no sea casual ni inocente- en la legislación relativa a la presencia de azúcares en los alimentos infantiles. Y esta confusión forma parte del tinglado. Enorme laguna legal que es aprovechada por la industria alimentaria. Cuando la definición de azúcares libres de la OMS no incorpora la posibilidad de que existan azúcares en los alimentos que, pese a no haber sido añadidos directamente, sí se liberan gracias a un proceso tecnológico.

-Y en cuanto a las llamadas «leches de crecimiento», denominación claramente tramposa aparte, ¿qué problemas plantean?

-En los últimos años se ha popularizado un producto llamado «leches de crecimiento» que se podría definir como «preparados lácteos para bebés de más de 12 meses» (incluso menos en algunos productos). Pues bien, deberíamos recordar que la Unión Europa ya dijo en el 2003 que las llamadas leches de crecimiento no son necesarias; lo que en lenguaje común significa que no hace falta darlas. De hecho, para empezar a corregir las cosas vamos a dejar de llamar a esos productos leches de crecimiento. Son preparados lácteos de escasa utilidad. Si analizamos las principales marcas veremos que esos productos aportan la misma energía que la leche de vaca pero menos proteínas y menos calcio. Y además son mucho más caras porque el precio medio de un litro de leche de vaca está entre 71 céntimos y 1 euro y el de las de crecimiento llega a los 2,2 euros.

-¿Por qué calificáis de «tinglado» la comercialización de potitos o tarritos?

Porque el nombre y etiquetado de los potitos no reflejan lo que realmente contienen. En general la cantidad del producto central -pollo, verdura, pescado, arroz, etc.- que es lo que se destaca en letras rutilantes en la etiqueta es más bien escasa. Sugiero a quienes los compran que busquen en el etiquetado el porcentaje de esos alimentos… y puede que ni aparezca. Su principal contenido es almidón y agua; en muchas ocasiones sobrepasando el 50% del contenido del potito.

-¿Por qué habláis en el informe de «truco de la homogenización»?

-Los potitos son una masa hiper-triturada y altamente homogenizada en textura e incluso sabores. Los bebés que los consumen se están pues perdiendo la preciosa o e irrepetible experiencia vital de conocer sabores, gustos, texturas, olores… Es en los primeros 12 a 18  meses de vida cuando se impregna la huella alimentaria básica, la que dará lugar a sus hábitos de consumo alimentario. Y la industria está modelando el paladar de los bebés hacia los alimentos dulces. ¿La intención? Que al crecer los sigan prefiriendo para que opten así por los alimentos procesados y no los naturales.

¿Y quiénes están detrás de esta estrategia?

-En España existe un duopolio casi total en el mercado de la alimentación infantil. El pastel se lo reparten Nestlé y Hero que controlan el 75% de las ventas. Hero es líder en volumen y Nestlé en valor. Debido al mayor precio de las leches de sustitución Nestlé gana a Hero que, a su vez, gana en potitos a Nestlé.

Otras empresas destacables son Lactalis -con marcas como Puleva y Sanutri-, el grupo Danone -número uno en ventas de leches en polvo gracia a Almirón, marca de su empresa Nutricia y HiPP; esta última especializada en alimentos infantiles ecológicos, tendencia al alza con mayores expectativas de crecimiento.

Por sectores el oligopolio se mantiene: Hero, Nutricia y Nestlé controlan el 73% de las galletas infantiles, Puleva y Nestlé el 82% de las leches líquidas, Nestlé y Hero el 90% de las leches en polvo, Danone el 90% de los yogures infantiles y, finalmente, Nestlé y Hero el 92% de los cereales infantiles (papillas) y el 77% de los potitos. Como vemos, dos empresas alimentan a la inmensa mayoría de nuestros hijos.

-¿Y si son productos tan insanos por qué la Asociación Española de Pediatría los recomienda?

-Para que el tinglado de la alimentación infantil exista se necesitan avales médicos o científicos. De hecho el 35% de estos productos se venden hoy en farmacias y el 35% de las recomendaciones sobre alimentación infantil los hacen los pediatras. Es lo que explica que en nuestro país existan tantas organizaciones con las palabras «asociación» y «pediatría. Como la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPAP) y la Sociedad Española de Pediatría Extra Hospitalaria y de Atención Primaria, todas ellas integradas en la Asociación Española de Pediatría (AEP). Y todas ponen sus logotipos en algunos de esos productos. ¿Para qué? Para que la gente, al ver en esos productos el logotipo de esas organizaciones, entienda que llevan su aval y a nivel nutricional lo recomiendan. Y lo mismo pasa en los anuncios, especialmente los de televisión.

-¿Y no es así?

-Oficialmente… no. La propia Asociación Española de Pediatría (AEP) emitió en su día  un comunicado en el que decía literalmente: «La AEP mantiene acuerdos de colaboración con empresas de distintos sectores. Estos acuerdos no afectan en ningún caso a productos y si esas empresas quieren hacer pública esta colaboración solo tienen autorización para señalar que son entidad colaboradora con la AEP».

Es decir, la AEP ha autorizado a las empresas alimentarias a usar su nombre y logotipo en los alimentos insanos pero alega que eso no los avala, que solo las autoriza a poner en letra minúscula «colaborador de» y el logotipo. Pero claro, ¿qué ocurre cuando un consumidor tiene el paquete en sus manos? Pues que ve el logotipo de la asociación de pediatría y piensa, lógicamente, que está avalado por ella. Y no digo cuando encima se venden en farmacias… En suma, si la AEP no avala los productos insanos de esas empresas alimentarias, ¿por qué no impide sin más que se use su nombre como reclamo? ¿Y qué contrapartidas económicas recibe por ello? Es más, ¿por qué se permite que se vendan en farmacias?  ¿Y por qué el estado no regula este tipo de relaciones y exige que sean transparentes?

-La verdad es que todo eso no huele bien…

-Mire, la Asociación Española de Pediatría (AEP) es en realidad un conglomerado que agrupa a 24 entidades pediátricas. Y basta analizar la última memoria económica disponible -la correspondiente a 2016- para observar dos cosas interesantes. La primera es que las cuotas de las personas asociadas representan solo el 4% de los ingresos; el resto lo son por «prestación de servicios» y publicidad. La segunda que la AEP no es transparente en sus cuentas y no detalla qué «servicios» proporcionó para obtener  por ellos medio millón de euros ni por qué ingresó 150.000 en concepto de «publicidad». Y tampoco hace públicos sus acuerdos con las empresas alimentarias.

En cualquier caso, una entidad que depende en un 96% de los ingresos externos -a falta de más detalles, asumiremos que privados- no parece disponer de una buena base para asegurar su independencia. Y si miramos las memorias anteriores encontramos cifras parecidas.

-Pero son todas entidades sin ánimo de lucro…

-Oficialmente, sí. Lo que pasa es que en 2016 el beneficio de la Asociación Española de Pediatría  fue de 197.000 euros. Y para ser una entidad «sin ánimo de lucro» no está nada mal.

-En ese caso la situación huele aún peor…

-Es evidente que las relaciones de la industria de la alimentación infantil con la Asociación Española de Pediatría van más allá de los datos que ofrece la somera memoria económica. Es hora de revisar los convenios existentes entre ella y las empresas.

Sabemos por ejemplo que Hero Baby tiene un convenio de colaboración con la AEP por la que la empresa apoya la investigación, el asesoramiento científico, la dotación de becas y la creación de premios de investigación. En palabras del director de marketing de Hero España y del Instituto de Nutrición Infantil Hero Baby «trabajar codo a codo con la AEP es un aval de seriedad que garantiza un trabajo bien hecho». Pues bien, fruto de ese convenio Hero Baby estuvo presente de manera intensa en el LX congreso de la Asociación Española de Pediatría. Asimismo, las VI Jornadas Nacionales para Residentes de Pediatría estaban auspiciadas por la AEP y la Consejería de Salud de Murcia y presentadas por el Instituto de Nutrición Infantil Hero Baby.

Y hay mucho más: en 2015 y 2016 la industria pagó la jornada de Nutrición organizada por Laboratorios Ordesa (Valencia, 26 de junio de 2015), la Jornada del Comité de Nutrición patrocinada por Hero (Madrid, 19 de noviembre de 2015), la participación en el Libro Blanco de la Nutrición Infantil en España (en colaboración con la Fundación Española de Nutrición, el Consejo General de Colegios Oficiales de Farmacéuticos, la Cátedra Ordesa de Nutrición Infantil de la Universidad de Zaragoza, la Jornada de Nutrición dirigida a pediatras de atención primaria (Córdoba), las XI Jornadas de Formación para pediatras (Murcia), etc. En fin, ejemplos inacabables de lo que no debería estar permitido.

-¿Qué podemos hacer para combatir todo esto?

-Ante todo, estar informados; y luego difundir al máximo la información real e independiente. Pero para que podamos proteger y defender la salud de nuestros hijos e hijas debemos recordar que el estado está obligado a ello. Y no solo a nivel retórico. Han de establecerse regulaciones y políticas públicas que hagan efectivo el derecho a la salud de la población infantil adoptando medidas como las que recomienda la propia Organización Mundial de la Salud y que podemos resumir en las siguientes: prohibir la publicidad de alimentos con perfiles insanos dirigidos a la población infantil así como su venta en farmacias, prohibir su propaganda y difusión en centros médicos, no permitir la participación de empresas con conflictos de intereses en la toma de decisiones sobre salud pública y establecer directrices claras sobre ello para las asociaciones médicas, las universidades y las publicaciones científicas.

Jesús García Blanca

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