Descubren dos genes que podrían ser la clave para vivir muchos más años

El alto consumo de carbohidratos de la dieta moderna afecta directamente a dos genes claves relacionados directamente con el envejecimiento y la longevidad; y en su control podría estar la clave para conseguir una vida más larga y saludable. Así lo afirma al menos la genetista norteamericana Cynthia Kenyon -especializada en envejecimiento celular- que con su descubrimiento ha causado un profundo impacto en la comunidad científica. La investigación de vanguardia viene a dar la razón pues a quienes desde hace décadas -como esta revista viene explicando y su director, José Antonio Campoy, cuenta en su obra La Dieta definitiva– consideran el consumo abusivo de carbohidratos refinados -harinas, pastas, pan, cereales, azúcar blanca, bollería industrial, dulces, pasteles, tartas, caramelos, chuches, refrescos y colas azucaradas, etc.- un auténtico problema de salud y el origen del sobrepeso, la obesidad, la diabetes, el Síndrome Metabólico y buena parte de las enfermedades degenerativas crónicas.

Hasta el momento los principales impactos conocidos sobre la salud del exceso de azúcares y carbohidratos refinados en la alimentación se traducían en aumento de peso, obesidad, alta incidencia de glucosa en sangre -y, por tanto, aumento descontrolado de la insulina con posible aparición de diabetes- y, finalmente, dificultad de absorción de sus macromoléculas que el organismo suele terminar expulsando del intestino llevándolo hasta la circulación sanguínea lo que puede dar lugar a problemas de alergia y diversas patologías. Sin embargo un reciente estudio de la genetista norteamericana Cynthia Kenyon -especializada en envejecimiento celular- añade un nuevo elemento a la ecuación: el consumo de carbohidratos refinados afecta directamente a dos genes claves relacionados directamente con el envejecimiento y la longevidad. Y aunque todavía no se sabe la relación entre todos esos procesos es fácil percibir que una mala salud deriva siempre en un envejecimiento prematuro.

En su trabajo –titulado Glucose Shortens the Life Span of C. elegans by Downregulating DAF-16/FOXO Activity and Aquaporin Gene Expression– el equipo de Cynthia Kenyon concluye afirmando: “(…) Estos hallazgos plantean la posibilidad de que una dieta baja en azúcar pueda tener efectos beneficiosos en la esperanza de vida de los organismos superiores”. Dicho de otra forma: seguir una dieta baja en azúcares y carbohidratos refinados -principales responsables del exceso de glucosa en sangre- podría permitir vivir más tiempo y de forma más saludable.

Lo singular es que Kenyon ha realizado su descubrimiento estudiando la Caenorhabditis elegans, una lombriz de apenas un milímetro de tamaño que ocupa por derecho propio un lugar en la historia de la ciencia ya que fue el primer organismo multicelular cuyo genoma pudo secuenciarse completo y su estudio, junto a los realizados sobre la mosca Drosophilamelanogaster, permitió a los científicos comprender los procesos de desarrollo temprano y diferenciación celular así como la presencia de posibles genes maestros implicados en esos procesos. Su estudio sirvió además como base para secuenciar el genoma de otros animales e, incluso, el genoma humano. De hecho todo lo investigado sobre ella ha llevado a la comunidad científica a asumir que los genes implicados en el control del envejecimiento de estos gusanos cumplen la misma función en ratas, ratones, monos e, incluso, en los seres humanos. De ahí la importancia que le dan al descubrimiento.

Hace diez años -explica Jeff Holly, profesor de Ciencias en la Universidad de Bristolpensábamos que el envejecimiento era probablemente el resultado de una lenta decadencia, una especie de oxidación, pero la profesora Kenyon ha demostrado que no se trata de desgaste sino que es algo controlado por los genes”. ¿Y esto qué implica? Pues que una vez más comprobamos la realidad de la Epigenética, es decir, que la respuesta genética está condicionada por el medio ambiente; en este caso de la nutrición aunque ya haya quien piense -¡cómo no!- en las posibilidades que esto ofrece a la farmacología.

El equipo de Kenyon ha conseguido de hecho, actuando sobre algunos genes relacionados con el consumo de glucosa, ayudar a estos gusanos a vivir ¡hasta seis veces más de lo normal! “Y no sólo eso –explicaría en una audiencia celebrada en la Wellcome Collection de Londres-.También sabemos cómo hacer que se mantengan sanos todo el tiempo”.

Algo que ha demostrado. Se sabe que el promedio de vida de la C. elegans es de 20 días y que unas 48 horas antes del óbito se muestra ya lenta siendo su aspecto débil y arrugado. Pues bien, después de actuar sobre dos de sus genes en lugar de morir en 20 días la primera serie de gusanos experimentales llegaron a vivir ¡más de 40! “Además no eran gusanos lentos y agotados –cuenta Kenyon- sino que se comportaban como los jóvenes. Fue un verdadero shock. En términos humanos es el equivalente de hablar con alguien que pensabas tenía cerca de 30 años y descubrir que en realidad tiene 60”.

Y sólo fue el primer paso. Porque mediante la posterior manipulación de esos genes conseguiría luego unos gusanos que vivieron de media ¡144 días! Luego si esa misma proporción pudiera lograrse en los humanos estaríamos hablando de vivir ¡hasta los 500 años! Obviamente ni la genética ni las condiciones de vida de los gusanos de Kenyon tienen que ver con las nuestras y probablemente todo esto no sea extrapolable pero la posibilidad de que manipulando unos genes pudiéramos vivir entre cinco y siete veces más que ahora no deja de ser muy atractiva. Pero, ¿y puede lograrse vivir más sin manipular nuestros genes? La respuesta es sí y todo indica que está relacionada con la glucosa y la insulina.

LA MUERTE Y LOS DULCES DIECISÉIS 

La investigadora norteamericana había constatado  que la estructura de la insulina de la C. elegans es muy similar a la de la insulina humana, tiene efectos celulares parecidos y se produce de manera análoga. Luego descubriría en la lombriz que actuando sobre el gen que controla la insulina se activa otro gen que es el que funciona como una especie de elixir que permite alargar la vida. El primero es conocido como DAF-2 y codifica un receptor insulínico. Los investigadores ya sabían que las mutaciones en este gen en los gusanos C. elegans aumentaban sus esperanzas de vida al doble de lo normal. Este gen es el encargado de regular el desarrollo reproductivo, el envejecimiento, el estrés oxidativo, la tolerancia a la temperatura, la resistencia a la hipoxia y la resistencia a las bacterias patógenas. El segundo, el DAF-16, es el que está vinculado a la duración de la vida, a la inmunidad y a la resistencia a las enfermedades. El DAF-16 está activo en la mayoría de las células del cuerpo y es muy similar a un grupo de genes humanos llamados FOXO, una familia de factores de transcripción que juegan un papel importante en la regulación de la expresión de genes implicados en el crecimiento,  proliferación, diferenciación  celular  y longevidad.

Llamamos en broma al primer gen Grim Reaper(muerte) –explicaría Kenyon al Daily Mail británico- porque cuando es activado, estimulado, la esperanza de vida se reduce. El segundo gen fue rápidamente bautizado como Sweet Sixteen (dulces dieciséis) ya que permitió a los gusanos comportarse como adolescentes. El gen Sweet Sixteen aumenta los compuestos que aseguran que las proteínas que forman parte de la piel y el edificio muscular funcionen correctamente, que el sistema inmune se vuelva más activo para combatir las infecciones y que los genes que están activos en el cáncer se desconecten”.

Cynthia Kenyon encontró que la adición de una pequeña cantidad de glucosa al medio acortaba el tiempo de vida de la C. elegans mediante la inhibición de la actividad de factores de transcripción que normalmente permiten alargar la vida útil, el gen DAF-16/FOXO y el  factor de transcripción de choque térmico 1 (HSF1), factores que también son inhibidos a través de la señalización de insulina.  “Este efecto –señalan los autores del estudio- implica la regulación a la baja de uncanal acuaporina de transporte de glicerol AQP-1. Mostramos que los cambios en el metabolismo del glicerol es probable que
determinen el efecto de acortamiento del ciclo vital de la glucosa y que el AQP-1 puede actuar como un factor regulador en
el sistema de señalización Insulina/IGF-1. La insulina regula a la baja canales similares de glicerol en los mamíferos lo que sugiere que esta vía de respuesta a la glucosa se habría conservado evolutivamente. En conjunto estos hallazgos plantean la posibilidad de que una dieta baja en azúcar puede tener efectos beneficiosos en la esperanza de vida de los organismos superiores”.

El razonamiento posterior de Kenyon, la aplicación de la teoría a la práctica, es simple y ya lo ha aplicado a su propia vida reduciendo drásticamente el consumo de azúcares y carbohidratos refinados en el convencimiento de que disminuyendo el nivel de insulina en sangre propiciamos la actividad de Dulces Dieciséis y el silencio de Muerte. O explicado de otra forma: la producción de insulina en un organismo sano viene provocada por la necesidad de éste de absorber el exceso de glucosa en sangre, producto a su vez -en su mayor parte- de la metabolización de los carbohidratos. Por lo que la ingesta continua de carbohidratos –especialmente de los refinados- supone una participación más activa del gen conocido como Muerte lo que, a su vez, provoca una “paralización” del gen Dulces Dieciséis que no se activa en sus funciones de reparación y reconstrucción celular.

Y de hecho, para probar si efectivamente es así, la genetista norteamericana agregó una pequeña cantidad de glucosa a la dieta normal de algunos de los gusanos que tenían sus genes modificados para vivir mucho más tiempo y con vidas más saludables. “El efecto fue notable –señala Kenyon-. La glucosa bloqueó los genes de juventud y perdieron la mayor parte de los beneficios que habíamos obtenido para su salud”.

Lo singular es que hace ya tiempo que se sospechaba que un nivel elevado de insulina provocado por el excesivo consumo de hidratos de carbono podría estar tras algunas de las más importantes causas de mortalidad; entre ellas el cáncer y las enfermedades cardiovasculares.

Recordemos que la insulina es una hormona que produce el páncreas para asegurarse de que la glucosa -la molécula de azúcar más simple- llegue a todas las células del cuerpo a fin de que éstas puedan elaborar las moléculas de energía (ATP) necesarias para sus procesos metabólicos. El problema es que cuando el nivel de glucosa en sangre es demasiado elevado y eso sucede de forma crónica el organismo se ve obligado a estar produciendo insulina constantemente para tratar de eliminarla de la corriente sanguínea y llevarla a las células. Y cuando eso ocurre los tejidos pueden terminar volviéndose insensibles a la hormona. Es lo que sucede cuando alguien come demasiada cantidad o demasiado a menudo alimentos ricos en azúcares. Porque,por una parte,llega un momento en que el páncreas se ve incapaz de segregar tanta insulina de forma constante y, por otra, los músculos -los tejidos metabólicamente más activos del cuerpo- terminan no pudiendo utilizar la glucosa con eficacia. Viéndose obligado el organismo a transformar ese exceso de glucosa en grasa que se termina acumulando.

Aparecen así tanto la llamada diabetes tipo 2 como casos de sobrepeso,obesidad, exceso en sangre de triglicéridos y colesterol,el llamado síndrome metabólico, hipertensión,patologías cardiovasculares y otros síntomas menores pero molestos como dolor de cabeza, sudoración excesiva, temblores, pulso cardiaco irregular, mareos y cambios de humor que suelen atribuirse a otros motivos.

Es evidente que la nueva línea de investigación abierta por la doctora Kenyon sobre el impacto de la glucosa y la insulina en el envejecimiento está en sus inicios pero sus resultados son especialmente significativos. “A pesar de que no se entiende por completo el mecanismo por el cual la glucosa acorta la vida de la C. elegans –señalan los autores del trabajo- el hecho de que los dos canales acuaporina de transporte de glicerol en los mamíferos puedan ser regulados a la baja por la insulina aumenta la posibilidad de que la glucosa pueda tener un efecto en el acortamiento de la duración de la vida de los seres humanos; y, por el contrario, que una dieta con un índice glucémico bajo pueda extender la vida humana”. Baste decir, por citar sólo un ejemplo, que el glicerol configura el núcleo de los fosfolípidos, componente esencial de las membranas celulares y, por tanto, de todas las células.

Evidentemente el trabajo de la profesora Kenyon ha dado lugar a una ola de entusiasmo entre las compañías farmacéuticas dispuestas a investigar sobre nuevas moléculas que atenúen el genMuerte e impulsen aDulces Dieciséis pero está claro que los mismos beneficios pueden obtenerse con una alimentación adecuada como es el caso de La Dieta Definitiva. De lo que no cabe duda en cualquier caso es de que los resultados de Kenyon volverán a alentar la polémica que se mantiene desde hace décadas entre quienes sostienen que la salud pasa por un bajo consumo de grasas y un alto consumo de carbohidratos, y quienes apoyan que es el descontrol en el consumo de los carbohidratos el que está detrás de numerosas patologías crónicas y no sólo del sobrepeso y la obesidad. Por ejemplo, organismos internacionales como la Organización de la Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y la Organización Mundialde la Salud (OMS) aconsejan que en la dieta el 55% de la energía total proceda de una amplia variedad de alimentos ricos en hidratos de carbono.

Por nuestra parte pensamos que posiblemente la solución no esté -una vez más- ni en un extremo ni en otro sino en el justo medio y que tal como señala José Antonio Campoy en su libro La Dieta Definitiva la respuesta esté más en el tipo de carbohidratos que se ingiere, en la velocidad de liberación de esos glúcidos en la sangre y, sobre todo, en las combinaciones alimentarias. “Hay una diferencia básica “–señala Campoy en su libro- entre los glúcidos presentes en los distintos alimentos y que interesa mucho remarcar: que unos provocan un fuerte aumento de azúcar en la sangre (glicemia) por la velocidad a la que son liberados tras su ingesta y otros lo hacen de forma más lenta y en menor cantidad (…) Desde el azúcar hasta el pan, los cereales o el arroz refinados. Todos son glúcidos de liberación rápida y por tanto deben excluirse mientras haga La Dieta Definitiva”.

Y es que es evidente que cuantos más carbohidratos o glúcidos de liberación rápida consumamos más insulina necesitaremos. Por lo que de acuerdo a las conclusiones de la doctora Kenyon menos opciones daremos a nuestro organismo de tener una vida larga y saludable. Y una de las primeras señales de alarma puede ser la tendencia a coger peso. “El exceso de glucosa en sangre –algo que sólo provoca una ingesta de glúcidos de liberación rápida– lleva al organismo a su rápida transformación en glucógeno primero y luego en grasa –explica Campoy en su libro-.Una situación que, por cierto, se agrava cuando se mezclan los glúcidos de liberación rápida con alimentos ricos en lípidos porque la insulina es también una de las hormonas encargadas de transformar las grasas en glucosa. Y toda glucosa en sangre que no se queme inmediatamente –con ejercicio o actividad física intensa– se transforma en glucógeno –una pequeña parte– y, sobre todo, en grasa de reserva. Esa es, pues, la principal razón –junto a la escasa actividad física– de que se acumule la grasa en los órganos, en los tejidos, en los músculos…”Iniciándose así un proceso que conduce a la pérdida de salud, la enfermedad y el envejecimiento acelerado.

Y como no hay mejor maestro que un buen ejemplo Cynthia Kenyon ya se ha puesto manos a la obra. “Los carbohidratos, especialmente los refinados como el azúcar, hacen que se produzca gran cantidad de insulina adicional -cuenta Kenyon por su parte-.He mantenido por ello un consumo muy bajo desde que realicé mi descubrimiento. He dejado todo el almidón en forma de patatas, fideos, arroz, pan y pasta. En lugar de eso como ensaladas -pero no con dulces- y mucho aceite de oliva y frutos secos además de toneladas de verduras de color verde con queso, pollo y huevos. Puedo comerme una hamburguesa pero sin pan. Y el pescado sin pasta o patatas fritas. Puedo comer un poco de fruta cada día pero no demasiada. Y casi ningún alimento procesado. Además me mantengo alejada de los dulces excepto del chocolate puro al 80%”.

LOS CARBOHIDRATOS Y EL PROBLEMA DEL ALMIDÓN  

En suma, si bien es cierto que el estudio de Kenyon aporta nuevos argumentos a quienes abogan por una presencia controlada de carbohidratos en la dieta no lo es menos que las alarmas sobre su consumo excesivo en la dieta moderna llevan sonando desde hace tiempo, centradas sobre todo en la naturaleza del almidón presente en los mismos. El almidón -un polisacárido constituido por amilosa y amilopectina- es la sustancia con la que las plantas almacenan su alimento en raíces (yuca), tubérculos (patata), frutas y semillas (cereales). La mayor parte de los carbohidratos digeribles de nuestra dieta habitual está formada por el almidón presente en granos, frutos y tubérculos de consumo masivo a los que hay que añadir el que habitualmente se utiliza en la preparación de productos alimenticios y el que se encuentra además presente en las harinas usadas para hacer pan y otros productos de panadería. Siempre se ha afirmado que para los seres humanos tiene una alta importancia energética ya que proporciona en forma de glúcidos gran parte de la energía que conseguimos a través de los alimentos pero esta realidad puede que esconda un lado oscuro menos conocido. “Hace más de 150 años –escribe el profesor O. Prokop de la Humboldt Universitat de Berlín (Alemania) en un artículo titulado The Herbst-Volkheimer effectse establecieron los fundamentos del llamado ‘efecto Herbst’ que luego fue olvidado. En la década de los sesenta fue sin embargo redescubierto por el profesor Volkheimer en el Charite Hospital de Berlín y luego examinado a través de muchos experimentos y publicaciones. ¿Y qué es el ‘efecto Herbst’? Cuando experimentalmente se le da a un animal o a un ser humano una cantidad importante de almidón -maíz, galletas o cualquier otro producto que lo contenga- se podrán encontrar gránulos de almidón en la sangre venosa unos minutos o media hora después de la ingesta; y en la orina tras una hora o algo más. Se ha creado el término ‘persopción’ para describir este interesante fenómeno. Y es sorprendente que se le haya prestado tan poca atención porque constituye la base de nuestra comprensión de la inmunización por vía oral y de las alergias”.

El mismo Volkheimer -citado también en la obra de Nestor Palmetti Intestinos: técnicas caseras para una vida saludable- añadiría lo siguiente: “Micropartículas sólidas y duras como las de los gránulos de almidón -cuyos diámetros están claramente en el rango micrométrico- se incorporan regularmente en número considerable desde el tracto digestivo. Los factores motores desempeñan un papel importante en la penetración paracelular de la capa epitelial de la célula. Desde la región subepitelial las micropartículas son sacadas a través de los vasos linfáticos y sanguíneos. Se pueden detectar en los fluidos corporales usando métodos simples y apenas unos minutos después de la administración oral se las puede encontrar en el sistema sanguíneo periférico. Observamos su paso hacia la orina, bilis, fluido cerebroespinal, la cavidad del peritoneo, la leche materna y a través de la placenta hacia el flujo sanguíneo del feto. Dado que las micropartículas persorbidas pueden embolizar los vasos pequeños es obvio que ello está vinculado a los problemas microangiológicos, especialmente en la región del sistema nervioso central. El depósito a largo plazo de micropartículas embolizantes, formadas por potenciales sustancias alergénicas o contaminantes o que transportan contaminantes, tiene importancia inmunológica y técnico-medioambiental. Y muchos alimentos listos para consumir contienen grandes cantidades de micropartículas que pueden ser persorbidas”.

¿Y por qué llega el almidón intacto a la sangre? Para entenderlo debemos comprender primero que las plantas producen azúcares a través de la fotosíntesis solar, el carbono del aire y el agua que envían las raíces transformando luego esos azúcares solubles en almidón insoluble que se almacena principalmente en las semillas y raíces con el fin de asegurar el ciclo reproductivo. Permanecen pues como sustancia nutritiva de reserva hasta que el germen -dotado de ciertos elementos enzimáticos- invierte el proceso cuando hay necesidad de azúcares.

Empero, no ocurría así antes pues las formas primitivas de los granos y plantas permitían un mayor y correcto aprovechamiento del almidón. Según sostiene el médico francés Jean Seignalet en su obra La Alimentación, la 3ª Medicina” (vea en nuestra web –www.dsalud.com- el artículo que con el título ¿Es el ensuciamiento celular la causa de muchos cánceres? apareció en el nº 78 y el que con el título El régimen ancestral del doctor Jean Seignalet” publicamos en el nº 79) así como muchos otros médicos y nutricionistas la tecnología aplicada a la agricultura ha avanzado más deprisa que la propia adaptación biológica de nuestro organismo a los nuevos granos. Y la domesticación de especies no tradicionales, la hibridación y, finalmente, la alteración genética han dado lugar a la aparición de macromoléculas que el organismo humano no está preparado para asimilar de forma correcta. El resultado es que finalmente no se dan ni en los alimentos que ingerimos ni en la forma de prepararlos las condiciones necesarias para la eficiente conversión del almidón en azúcar simple: una buena hidratación, una cocción apropiada y no ultrarrápida, una correcta masticación e insalivación -que no practicamos-, un adecuado aporte enzimático -del que carecemos porque las enzimas de los alimentos suelen quedar destruidas por los procesos de cocción rápida- y un adecuado equilibrio de la flora intestinal (algo difícil hoy por lo que comemos y cómo lo hacemos).

El resultado es que una parte de los almidones que ingerimos llega crudo -sin descomponer- a nuestro intestino delgado y lo que podría ser un simple problema de desperdicio nutricional se convierte a partir de ese momento en un problema de salud.

Desgraciadamente nuestro intestino no es además la barrera infranqueable que un día se pensó se limitaba a filtrar el agua, las vitaminas, los iones, los aminoácidos y las grasas y azúcares simples. Como muchos procesos alérgicos han demostrado la evolución de nuestros hábitos ha terminado convirtiendo nuestro intestino delgado en una barrera permeable capaz de permitir el paso de moléculas voluminosas hasta la sangre. Problemas de permeabilidad que, tal y como explica Seignalet, se ven agravados por la presencia de algunas bacterias, la ingesta de alimentos como los cereales refinados, la leche de animales en la edad adulta, los alimentos cocinados, los aceites refinados y, por supuesto, el consumo de medicamentos. “Los antiinflamatorios no esteroideos, los salicilatos y los corticoides –escribe Seignalet- tienen efectos negativos sobre la pared del intestino delgado. Estos medicamentos actúan como armas de doble filo cuando se emplean para tratar las enfermedades inflamatorias relacionadas con el paso de macromoléculas bacterianas o alimentarias a través de la barrera intestinal; por una parte calman momentáneamente la inflamación y alivian los dolores de los enfermos pero, por otra, aumentan la permeabilidad del intestino delgado permitiendo que lo atraviesen nuevas macromoléculas que perpetúan la enfermedad”.

En suma, como consecuencia de esta hiperpermeabilidad los residuos bacterianos y alimentarios traspasan en cantidad excesiva la pared del intestino delgado y penetran en la circulación general provocando numerosas enfermedades. “Estas moléculas –continúa Seignalet – van acumulándose progresivamente en el medio extracelular o en el interior de las células produciendo enfermedades de intoxicación: fibromialgia primitiva, psicosis maniacodepresiva, depresión endógena, esquizofrenia, alzheimer, parkinson, diabetes no insulinodependiente, gota, enfermedades hematológicas (anemia, trombocitopenia, poliglobulia, leucopenia, hiperplaquetosis), sarcoidosis, artrosis, osteoporosis, arteriosclerosis, envejecimiento prematuro, cáncer y leucemias. La tarea de eliminación de estas moléculas exógenas es asegurada por los polinucleares neutrófilos y los macrófagos que transportan los desechos a través de los emuntorios pero cuando los glóbulos blancos aumentan excesivamente provocan una inflamación del emuntorio y ello da lugar a patologías de eliminación: colitis, enfermedad de Crohn, acné, eccema, urticaria, psoriasis, bronquitis, asma, infecciones de repetición, alergias, aftas bucales, etc”.

De forma similar contempla el problema el doctor B. J. Freedman en su artículo Persorption of raw starch: a cause of senile dementia? (Medicalhypotheses-1991):Gránulos de almidón intactos de los alimentos pueden atravesar la pared intestinal y entrar en la circulación. Permanecen intactos si no se han cocinado durante el tiempo suficiente en agua. Algunos de estos gránulos embolizan las arteriolas y capilares. En la mayoría de los órganos la circulación colateral es suficiente para mantener la función. En el cerebro, sin embargo, las neuronas pueden perderse. Después de muchas décadas la pérdida de neuronas podría llegar a ser de importancia clínica”.

Este proceso de permeabilidad del intestino delgado podría verse aún más agravado si se extiende al colon ascendente donde una flora bacteriana abundante y variada está encargada de digerir parte de las moléculas que se escapan a la digestión en el intestino delgado. Entre un 5 y un 10% de los nutrientes se absorben en el colon y su limpieza es pues básica para una buena salud, algo que normalmente se olvida en los consultorios de los médicos; de hecho un colon sucio es la base para numerosas patologías. A este respecto Norman W. Walker, especialista en temas relacionados con la nutrición y estricto vegetariano durante la mayor parte de su vida, escribió: “La salud de su colon puede ser un indicador de su salud. Los laxantes no son saludables y sin duda no son la respuesta adecuada a la constipación. Ensaladas de vegetales crudos, frutas frescas, legumbres y granos no procesados junto con mucha agua destilada mantendrán su colon normal y saludable. Unas irrigaciones del colon una o dos veces al año junto con algunos enemas suponen una manera adecuada de asegurar un ambiente limpio y activo, un tracto intestinal saludable. Ser ‘normal’ es tener una evacuación intestinal al menos una vez al día aunque lo ideal sería tenerlas a menudo dos o tres veces. La eliminación de la dieta de la carne roja y de todos los alimentos procesados es igualmente importante. Un colon bien limpio y en perfecto estado de funcionamiento es absolutamente esencial para una vida larga, productiva y activa. Es importante señalar que cuando el colon está saludable y no bloqueado se están evitando innumerables enfermedades”. Walker abogaba por una dieta basada exclusivamente en alimentos crudos y frescos como las verduras, los frutos secos, las frutas y las semillas. Llegó a vivir 99 años según unas fuentes y más de 100 según otras.

Terminamos indicando que Wes Peterson, nutricionista de Wisconsin (EEUU) igualmente citado en la obra antes mencionada de Palmetti, aporta más datos al rompecabezas: “Hace mucho advertí que los almidones crean mucosidad –escribió-.Muchos especialistas han tratado este tema y lo he comprobado con mi experiencia y con la de muchas otras personas. ¿Y por qué forman mucosidad? Un motivo es porque son insolubles en la sangre. Por eso las partículas o gránulos de almidón que pasan del intestino al torrente sanguíneo son tóxicas; el cuerpo no las puede utilizar y resultan perjudiciales. Y obviamente el organismo intenta eliminarlas a través de los principales canales de desintoxicación; entre otros, el sistema linfático y los senos nasales. Es así como el cuerpo busca purgarse a través de la mucosidad. Pero este mecanismo a veces no basta y entonces los almidones congestionan y bloquean el organismo, factor que contribuye a la degeneración del cuerpo y a la enfermedad”.

Está claro, en definitiva, que hay muchas razones para que seamos cuidadosos con la cantidad, calidad y tipo de los carbohidratos que consumimos porque en ello nos va la salud y quién sabe si también una vida más prolongada a pleno rendimiento. En cualquier caso, si quiere tener un buen control no sólo de los carbohidratos que toma sino de todo lo que ingiere lo mejor es que siga las normas de La Dieta Definitiva. Vivirá más sano y durante mucho más tiempo.

Antonio F. Muro

Este reportaje aparece en
137
Abril 2011
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