CARTAS AL DIRECTOR: NÚMERO 206 / JULIO-AGOSTO / 2017

Estimado Sr. Campoy: permítame en primer lugar decirle que es una grata satisfacción adentrarme en los contenidos de una revista con tal cariz crítico, solidez de estudios mostrados y diversidad temática en una sociedad profundamente medicalizada, dominada por un potente marketing farmacéutico, abuso de tratamientos centrados en el fármaco más que en la persona y todo aderezado con un poder mediático que encumbra las “bondades” de las pastillas, minusvalora sus efectos perjudiciales y, por ende, extiende cada vez más nuevas enfermedades hipotecándonos de forma crónica a la dependencia farmacológica. Y es que resulta difícil entender el contexto en el que vivimos si no indagamos en el enfoque médico-biologicista que impera por doquier y contribuye a la  siembra del punto de vista dominante del personal sanitario: médicos, psiquiatras y personal docente, entre otros. Como orientadora, psicóloga e investigadora del TDAH he sentido la “espinita” cuando leí el artículo ¿Provocan autismo y déficit de atención con hiperactividad las vacunas? en alusión al estudio de Andreas Bachmair “según el cual los niños vacunados enferman entre 2 y 5 veces más que los no vacunados” y “en cuanto al llamado TDAH se diagnosticó tal patología al 7,9% de los vacunados”. No es mi intención criticar el contenido de tal estudio.  Mi objetivo es resaltar  el lenguaje empleado en tal investigación referenciada. Como saben el lenguaje crea la realidad y en esta situación está plasmando que el TDAH es una patología, una enfermedad arropada por tal modelo biologicista antes nombrado que la dota de un estatus crónico y padecido por una cifra descabellada de  niños y adolescentes injustamente diagnosticados. Además dicho título y el uso del verbo provocar concierne –supongo que sin pretenderlo- a un estudio de carácter explicativo-causal cuando la investigación citada por Bachmair deja entrever un estudio de corte correlacional. En mi trabajo veo cada vez más niños y adolescentes con déficits y trastornos de todo tipo y, por supuesto, tomando fármacos como el metilfenidato y antipsicóticos. Dicho modelo organicista y biologicista obvia profundizar en el contexto social, familiar, cultural y tecnológico que viven los púberes actualmente. Somos más que meras etiquetas del DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) y el uso indiscriminado de escalas o test que nos  “patologizan” o simplifican en base a síntomas. Dicha “biblia psiquiátrica” no menciona la palabra enfermedad, solo nombra trastornos. Razón: la enfermedad requiere una causa o etiología conocida, una visibilidad de la zona orgánica afectada y unos signos o síntomas. Y ningún trastorno del DSM -incluido el TDAH- cumple tales requisitos. Sin embargo el modelo referenciado y que fagocitamos sin reproche confunde tales términos dotando de cronicidad y alimentándose de estudios de corte “genético-hereditario” que nos sucumben en este tsunami del déficit en el que estamos inmersos. Si estamos rodeados por campañas agresivas farmacéuticas, normalizados por la idea de “tomar la pastilla”, si estamos acostumbrados a la prescripción médica farmacológica, si nos hacen creer que tenemos más enfermedades que nunca y si claudicamos a la preocupación obsesiva por las dolencias nos olvidaremos de que hemos sido los supervivientes de más de 10.000 generaciones tras adaptarnos a las circunstancias más duras. Ahora más que nunca necesitamos mostrar nuestra dignidad, nuestro potencial humano, nuestro derecho a saber y a estar bien informados y ¡cómo no!, a decidir libremente.

Fonament Oliver

Tiene usted razón. El modelo sanitario actual carece de sentido y su imposición ha sido posible por la prostitución del lenguaje. Empezando por los propios conceptos de salud, enfermedad, tratamiento, medicina, curación, evidencias y un largo etcétera. Lo hemos reiterado muchas veces: no existen las enfermedades sino personas enfermas. No existen “enfermedades” que afecten a órganos específicos sino manifestaciones puntuales en ellos de un estado de salud general deteriorado. Y para afrontarlo hay que hacer lo mismo SIEMPRE. Aunque muchos médicos no lo entiendan: desintoxicarse a fondo, oxigenarse, mantener en perfecto estado la flora intestinal y equilibrar el pH controlando lo que respiramos, bebemos e ingerimos, no usar prendas sintéticas dañinas, evitar las radiaciones electromagnéticas artificiales y las telúricas, aprender a preparar los alimentos, tomar el sol, hacer ejercicio moderado, descansar y dormir suficientemente y afrontar con serenidad nuestros problemas psicoemocionales para no somatizarlos. Y cuando es preciso suplementar la dieta ortomolecularmente. Y poco más. La idea de que las enfermedades –cuando debería hablarse de enfermedad en singular- se solucionan ingiriendo fármacos sintomáticos iatrogénicos es una soberana memez. Hay que equilibrar el organismo a nivel energético, físico, mental y emocional en lugar de buscar pócimas y tratamientos milagrosos. Recuperar la salud perdida depende de ello. El problema es que una filosofía tan sencilla acaba con el gigantesco negocio de la salud y hay que combatirla como sea. Ahora bien, no es menos cierto que vivimos en una sociedad en la que el sistema, con la excusa de protegernos, ¡nos está envenenado! De forma masiva. Con fármacos (siendo ya bebés mediante “vacunas”), con radiaciones (TACs, rayos X, resonancias magnéticas, ecografías, radares, antenas de telefonía, torres de alta tensión, transformadores, etc.), con humos tóxicos, con plaguicidas, con aditivos alimentarios, con productos de limpieza e higiene, con carne de animales enfermos… En fin, con químicos de todo tipo. Jamás en la historia de la humanidad los seres humanos, los animales y la Tierra en su conjunto han estado tan contaminados. Y son esa cantidad ingente de tóxicos los que dan lugar al 99% de las patologías, problemas psicoemocionales aparte. Es más, los problemas neurológicos tienen su principal causa en el deterioro de la flora intestinal como acabamos de explicar en un extenso reportaje. Llevamos muchos años denunciando todo esto en multitud de reportajes; entre otros muchos textos -los tiene a su disposición en nuestra web: www.dsalud.com– en los titulados ¡Estamos todos altamente contaminados! (I y II), ¿Podrá la industria química seguir contaminándonos impunemente?, El enorme peligro de algunos envases de plástico, El agua está contaminada por todo tipo de fármacos y Potencial peligro de biberones, chupetes, tetinas, botellas y otros productos de uso masivo que aparecieron en los números 58, 59, 63, 112, 125 y 131 respectivamente.

 

 

Estimado Sr. Campoy: soy médico, tengo 58 años, llevo practicando 35 la Medicina, jamás he tenido una denuncia en mi ejercicio profesional y me he formado por mi cuenta en Alimentación y Nutrición Ortomolecular porque ninguna de estas dos disciplinas se imparte en las facultades de Medicina cuando sin ellas es prácticamente imposible aconsejar adecuadamente a un enfermo, sea cual sea la patología que padezca. Es más, estudié Naturismo y Homeopatía en Francia y posteriormente Medicina Tradicional en China durante dos años. Y además me he formado en Ozonoterapia, Moraterapia y el Par Biomagnético. Pues bien, desde hace años trato a mis pacientes de manera integral y obtengo mucho mejores resultados que la mayoría de mis colegas del sistema público. Y es que yo opté por la Medicina privada porque me parece aberrante limitarme a someter a los enfermos a pruebas diagnósticas de todo tipo para dar la sensación de “profesionalidad” y luego limitarme a recetarles fármacos paliativos a la vez que iatrogénicos sin ayudarles a afrontar realmente sus problemas. Y, la verdad, me ha ido muy bien y los enfermos a los que he tratado vuelven al cabo de los años cada vez que tienen un problema de salud. Lo que resulta personal y profesionalmente muy satisfactorio, especialmente porque mis colegas les tratan gratuitamente en la Seguridad Social y sin embargo prefieren acudir a mí. ¿Y por qué le cuento todo esto, se estará preguntando? Pues por una simple razón: me han llamado del comité deontológico de mi colegio provincial para exigirme explicaciones sobre lo que hago y dejo de hacer. Porque después de más de tres décadas me dicen ahora que no puedo usar mis conocimientos para tratar a los enfermos y debo atenerme a los protocolos oficiales. Cuando se perfectamente que no funcionan y los ha impuesto la industria farmacéutica. En suma, ¡me amenazan con quitarme la licencia si no les hago caso! Lo que por supuesto no estoy dispuesto a hacer. Antes me voy de España y denuncio fuera lo que está pasando. La verdad es que cuando en años precedentes leí sus denuncias sobre el sistema  -sigo su revista desde hace solo 9 años pero de forma puntual- pensé que tenía mucha razón pero que las cosas terminarían por ponerse solas en su sitio. Y empiezo a entender que me equivoqué, que alguien ha decidido convertir a todos los médicos -al menos en nuestro país- en marionetas al servicio de la gran industria farmacéutica. Así que he decidido ofrecer mi testimonio a sus lectores para que sepan que los médicos españoles no serviles estamos siendo perseguidos por quienes se supone son nuestros representantes y deberían velar por nosotros. Razón por la que nos estamos agrupando y organizando para pasar al contraataque. Solo le pido que no firme esta carta con mi nombre -aunque se lo facilito así como mi número de colegiado- ni mencione mi ciudad porque estoy convencido de que las represalias serían aun mayores y más intensas. Obviamente no hace falta que me conteste porque no quería preguntar nada pero sí que publique la presente si es posible. Y muchas gracias por su honestidad y valentía.

S.R.

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Dsalud 206
206
Julio - Agosto 2017
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