El Instituto de Salud Carlos III hará de Tribunal de la Inquisición

por José Antonio Campoy.

El Ministro de Ciencia, Innovación y Universidades Pedro Duque y la Ministra de Sanidad, Consumo y Bienestar Social María Luisa Carcedo han llegado a un acuerdo para que el Instituto de Salud Carlos III haga de nuevo Tribunal de la Inquisición y determine quiénes son los “herejes” que deben ser llevados a la hoguera de las “pseudoterapias”. Aunque será luego el Ministerio de Sanidad -según declaró el ex astronauta al diario El País el pasado 4 de noviembre- el organismo encargado de “los castigos y medidas legislativas”. Según Pedro Duque lo que ese instituto va a realizar es “una evaluación científica de las diferentes áreas en las que se están haciendo promesas que no son válidas” agregando que en diciembre pondrán en marcha “una campaña para que la gente entienda lo que es ciencia y lo que no lo es”. Añadiendo en el colmo de la sinrazón que “si la gente tiene más conocimiento entenderá mejor que si una terapia no está en el Sistema Nacional de Salud con el 99% de probabilidades es porque no funciona“. Y se quedó tan ancho. En otras palabras: nuestro flamante Ministro de Ciencia postula que sean los políticos y funcionarios de dos organismos públicos españoles los que decidan lo que es o no “científico” en el ámbito de la salud y lo que es o no terapéuticamente admisible. Como si tal decisión no excediese con mucho sus competencias y capacidades y no correspondiesen éstas a organismos superiores como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y otros. Y es que ni Pedro Duque ni María Luisa Carcedo ni quienes están detrás del acoso a las estúpidamente llamadas “pseudoterapias” parecen entender y asumir algo de perogrullo: la Medicina no es una ciencia. Es una disciplina que utiliza los conocimientos científicos actuales para intentar prevenir y afrontar los problemas de salud. Con tan poco éxito que reconoce ignorar las causas del 95% de las llamadas “enfermedades” -es por tanto incapaz tanto de prevenirlas como de curarlas- y de ahí que la inmensa mayoría de sus protocolos -intervenciones quirúrgicas aparte- sean solo paliativos; es decir, basados en fármacos que solo palian los síntomas y encima son iatrogénicos. Afirmar pues que la Medicina que se enseña hoy en las facultades universitarias es “científica” y no así las demás formas de afrontar los problemas de salud es una auténtica falacia. Lo único realmente “científico” de la Medicina son los métodos y dispositivos que otras disciplinas han puesto a su disposición, tanto en el ámbito diagnóstico como terapéutico: análisis clínicos de orina y sangre, pruebas genéticas, ecografías, radiografías, resonancias, TACs, electrocardiogramas, electroencefalogramas, angiografías, angiometrías, angiofluoresceingrafías, mamografías, artroscopias, citologías, cistoscopias, colonoscopias, exámenes otoscópicos, gastroscopias, laparoscopias, cultivos, pruebas de alergia e intolerancia, sigmoidoscopias, urografías, biopsias, densitometrías óseas… Solo que todo ello no es producto de la Medicina sino de la Biología, la Genética, la Ingeniería, la Mecánica, la Química, la Física, la Nutrición, la Informática, la Óptica, las Matemáticas y otras muchas disciplinas. Arsenal diagnóstico y terapéutico que si se pusiese en manos de cualquier otra disciplina de salud daría a ésta el mismo “empaque” que a la Medicina convencional farmacológica. En pocas palabras: si a los médicos se les privara hoy de todas esas aportaciones serían incapaces de tratar con eficacia a los enfermos. Sin embargo hay otras muchas disciplinas que aun careciendo de todo ello saben tratar a sus pacientes… y sin hacerles daño. Luego son más eficaces y recomendables. Dicho lo cual es hora de volver a recordar que el propio British Medical Journal –revista médica semanal de la Asociación Médica Británica– decidió hace unos años averiguar la eficacia real de los tratamientos convencionales poniendo en marcha una iniciativa denominada Clinical Evidence para responder básicamente a tres cuestiones: cuántos de los tratamientos comúnmente utilizados se apoya en evidencias de peso, cuántos no deberían utilizarse o hacerlo sólo con mucha precaución y cuáles son las principales lagunas del conocimiento médico. Y para responder a esas preguntas analizaron uno a uno los 2.500 principales tratamientos médicos convencionales, estudio que posteriormente ampliarían hasta los 3.000. ¿El resultado? Que solo el 11% son claramente beneficiosos, el 24% pueden ser “algo” beneficiosos, el 7% están entre beneficiosos y dañinos, el 5% es poco probable que sean beneficiosos y el 3% pueden ser ineficaces y/o dañinos. Del otro 50% no se sabe ¡nada! Añádase a ello el hecho de que según las frías cifras del Instituto Nacional de Estadística (INE) en España mueren mientras son tratadas en los hospitales más de 200.000 personas AL AÑO -unas 110.000 de ellas de cáncer- y concluiremos que la iniciativa de los dos ministros es PATËTICA.