El cáncer sí se cura… Pero no con quimioterapia y radioterapia

por José Antonio Campoy

El «I Congreso Internacional sobre Tratamientos Complementarios y Alternativos en Cáncer» que acaba de celebrarse en mayo en Madrid constituye sin lugar a dudas un hito en la historia de la Medicina. No sólo porque en él ha quedado meridianamente claro que hay que revisar el abordaje tradicional de esta enfermedad sino porque desde ahora sólo un ignorante indocumentado puede defender que la Radioterapia y la Quimioterapia sean los tratamientos de referencia en cáncer. Es más, empiezan a oírse voces que exigen la inmediata retirada de tantos productos quimioterápicos que no sólo son caros e inútiles para superar la enfermedad sino que en muchos casos acortan la vida de los enfermos empeorando encima su calidad de vida. Es más, muchos de ellos, al igual que la Radioterapia, son cancerígenos. No sólo no curan el cáncer sino que pueden provocarlo o extenderlo. Es indignante que a millones de personas se les oculte algo tan simple como el hecho de que ningún laboratorio farmacéutico se atreve a decir que sus productos curan el cáncer… por la sencilla razón de que no lo hacen. Jamás ningún gran laboratorio farmacéutico ha afirmado tal cosa por la mera razón de que mentiría: no hay ningún producto quimioterápico usado por los oncólogos que cure el cáncer. Absolutamente ninguno. Que algo tan sencillo no les entre en el cabeza a nuestros representantes políticos y sanitarios, a los médicos y a los periodistas es incomprensible. El lavado de cerebro al que les han sometido los especialistas en marketing de las grandes multinacionales farmacéuticas es realmente increíble. Les basta con que sus figurines adiestrados utilicen un «lenguaje científico» incomprensible para quienes les oyen -no hay como un lenguaje deliberadamente esotérico para dar apariencia de profundo conocimiento inaccesible-, hablar de forma disciplente y desde la distancia, dar apariencia de seriedad y serenidad, presentar como insignes figuras internacionales de enorme conocimiento y ascendencia a personajes a los que durante años se les adorna el currículo con cargos rimbombantes en centros de «prestigio» y a los que se otorgan premios y honores -aunque no hayan logrado una sola curación en su vida-, presumir de gigantescos laboratorios llenos de sofisticados aparatos, afirmar que se gastan enormes sumas de dinero en investigación y obtener el apoyo simbólico de altas figuras del Estado para que semejante puesta en escena, tamaña representación teatral surta efecto entre las personas más fácilmente impresionables ante las demostraciones de poder: los políticos, los periodistas y los médicos. La manipulación de los ensayos -hay muchas maneras de hacerlo-, la inversión en el alquiler o compra de conciencias y la falta de escrúpulos hacen el resto. Luego sólo tienen que esperar a que los nuevos conversos evangelicen al resto de la sociedad… y los estados dediquen ingentes sumas a sus inútiles tratamientos. Así se enriquecen. Mientras, los estados, poco a poco, ante sus inagotables ansias de dinero, empiezan a colapsarse. La financiación estatal de fármacos que no curan nada alcanza ya -y no sólo en cáncer- cifras mareantes. E insistimos: se trata de fármacos que no curan nada. ¿Hasta cuándo tamaño dislate? ¿Tan profundamente estúpidos son nuestros representantes? ¿Qué necesitan para despertar del letargo en el que se hallan? Y no hablemos ya del engaño que se perpetra con los enfermos de cáncer. A muchos, tras «prepararles» diciéndoles que apenas hay «nada que hacer» en sus casos se les ofrece la posibilidad de «entrar a formar parte de un protocolo sobre un nuevo producto anticancerígeno muy esperanzador». Luego se les jalea: «¡Ha tenido usted suerte, si no estuviera en este hospital no habría tenido la oportunidad!». Y claro, a ver qué enfermo, tras decirle su oncólogo que apenas hay esperanza de sobrevivir, se niega a lo que sea. Pero, ¿a cuántos de ellos se les dice claramente que su aceptación no implica que se les vaya a dar el nuevo fármaco sino que igual pasan sólo a integrar el «grupo de control», es decir, de aquellos a los que no se les va a dar el nuevo producto? Aunque lo más sangrante es que a ellos se les oculta que sí existen tratamientos alternativos que todos ellos han demostrado su eficacia. Entre otros muchos, los dados a conocer en el congreso que acaba de terminar. Si está usted interesado en conocerlos los tendrá a su disposición en un libro en septiembre. Y, por supuesto, luego decida. Hay quien sigue convencido de que tratamientos tan caros como los oncológicos que son ofrecidos en hospitales públicos, los sufraga el estado, los avalan las grandes multinacionales, los bendicen nuestros representantes públicos y los alaban periodistas de «prestigio» tienen que ser eficaces. Aunque no sea verdad.