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NÚMERO 184 / JULIO-AGOSTO / 2015

EL IGNORADO PELIGRO DE LOS SULFITOS


Los sulfitos son unos derivados químicos del azufre que se emplean como conservantes alimentarios para evitar el crecimiento de bacterias, mohos y levaduras, prevenir la oxidación de aceites y grasas y evitar la decoloración o el oscurecimiento de los alimentos -principalmente de vinos, cervezas, cavas, sidras, vegetales y crustáceos- estando identificados en las etiquetas con las siglas que van de la E-220 a la E-228. Pues bien a pesar de su uso común y de que son presentados prácticamente como inocuos la realidad es que pueden dar lugar a numerosas reacciones indeseables; sobre todo de tipo alérgico. Resultando especialmente peligrosos para quienes padecen asma ya que en tales casos pueden incluso poner en riesgo su vida. Es pues inconcebible su uso masivo, especialmente en el caso de los vinos que por eso sientan cada vez peor a muchas personas.

Del 3% al 7% de los adultos y del 5% al 10 % de los niños padecen asma en España, enfermedad crónica respiratoria que cursa con episodios de tos, falta de aire y ruidos respiratorios provocados por obstrucción bronquial que en casos extremos puede provocar crisis capaces de poner en peligro la vida. Siendo de origen alérgico la causa en al menos el 50% de los adultos y en el 80% de los niños. Así lo asevera al menos la Asociación Española de Alergología e Inmunología Clínica (SEAIC) cuyo coordinador del Comité de Asma, el doctor Julio Delgado, afirma: “Aunque el concepto de que un paciente sea alérgico incluye implícitamente que el individuo afectado es consciente de ser sensible a algún agente para muchos alérgenos relevantes en el asma, especialmente perennes, esta relación no es obvia. Muchos pacientes asmáticos no conocen el papel causa-efecto que estos alérgenos juegan en su enfermedad. Sin embargo la inhalación de pequeñas cantidades diarias de estos agentes es la forma ordinaria por la que aumenta tanto la inflamación como la hiperrespuesta bronquial que son las bases de la enfermedad asmática”. Alérgenos que no sólo se inhalan pues muchos los ingerimos con los alimentos y son causa de la aparición o agravamiento de la enfermedad asmática; especialmente los conservantes, colorantes, aromatizantes, espesantes, acidulantes, edulcorantes, potenciadores del sabor, gluten, lácteos, frutos secos, mariscos, anisakis, hongos, gusanos, amebas, ácaros y restos de pesticidas, herbicidas, fungicidas, insecticidas, abonos químicos, antibióticos y hormonas presentes en ellos así como en los recubrimiento de las latas -especialmente por el bisfenol A-, las pinturas, los barnices, los tejidos sintéticos, los productos de higiene y limpieza y los aparatos que emiten radiaciones electromagnéticas. Según dicen es el "precio" que hay que pagar por el "avance de la civilización", una absoluta falacia que sin embargo ha calado en nuestra sociedad.

Pues bien, en esta ocasión nos ocupamos de uno de los que cada vez se utilizan más, los sulfitos, sustancias derivadas del azufre que si bien se encuentran presentes de forma natural en algunos alimentos han sido sintetizados para evitar el crecimiento de ciertas bacterias, mohos y levaduras, prevenir la oxidación de aceites y grasas y evitar la decoloración o el oscurecimiento de muchos alimentos -principalmente de vegetales y crustáceos- así como para mantener la potencia de algunos fármacos. Sulfitos que se están hoy agregando a numerosos productos a pesar de que se sabe desde hace al menos tres décadas que si bien para la mayoría de la población no suponen -aparentemente- peligro -al menos a corto plazo- a muchas otras personas sí les afectan negativamente. A menudo sin que se den cuenta porque suele tratarse de reacciones de intolerancia y no alérgicas (éstas se caracterizan por la inmediatez y contundencia de la respuesta autoinmune).

Y que es así no es a estas alturas discutible. Hay numerosos trabajos que lo avalan. La Australian Society of Clinical Inmunology and Allergy afirma por ejemplo en un documento titulado Sulfite sensitivity (Sensibilidad a los sulfitos) lo siguiente: “Los sulfitos pueden causar reacciones de intolerancia similares a las de la alergia; especialmente síntomas de asma, rinitis alérgica o fiebre del heno, urticaria (ronchas) y, muy raramente, anafilaxia (reacción alérgica grave). Las reacciones adversas más comunes -como sibilancias, opresión en el pecho y tos- afectan del 5 al 10% de las personas asmáticas dándose más a menudo cuando el asma no está controlada pero también entre las que nunca han tenido síntomas de esa patología. Reacciones que van de leves a potencialmente mortales”.

Advertencia que corrobora un documento gubernamental canadiense titulado Sulphites, one of the ten priority food allergens (Los sulfitos, uno de los diez principales alérgenos alimentarios) en el que puede leerse: “Los diez principales alérgenos alimentarios son los cacahuetes, los frutos secos (almendras, nueces de brasil, anacardos, avellanas, nueces de macadamia, pacanas, piñones, pistachos y nueces), las semillas de sésamo, la leche, los huevos, los mariscos (pescados, crustáceos y mariscos), la soja, el trigo, la mostaza y los sulfitos (aditivo alimentario)". Añadiendo: "Aunque los sulfitos no siempre causan una reacción alérgica las personas sensibles a ellos pueden experimentar reacciones similares a las que sufren alergias a los alimentos. Siendo mayor el riesgo entre quienes padecen asma”. Cabe aclarar respecto a esta lista que de los productos considerados alergénicos graves los sulfitos son los únicos que están presentes en multitud de alimentos.

La Asociación Española de Personas con Alergia a Alimentos y al Látex afirma por su parte en el apartado Principales causantes de las reacciones alérgicas de su web lo siguiente: “Entre los conservantes se ha demostrado que los sulfitos (comidas preparadas, deshidratados) pueden producir cuadros asmáticos, cuadros anafilácticos y eritema”.

En suma, se sabe sobradamente. Y por eso el Reglamento de la Unión Europea nº 1169/2011 exige que todo alimento que contenga sulfitos lo indique obligatoriamente en su etiqueta. Algo que solo se exige a 14 sustancias (vea el recuadro adjunto). ¡Por algo será!

 

UNA REGULACIÓN POCO ÚTIL

 

En España el uso de sulfitos se permite -en determinadas condiciones- en una amplia variedad de alimentos y pueden identificarse porque aparecen en las etiquetas con las siglas que van de la E-220 a la E-228. Son concretamente éstos: dióxido de azufre (E220), sulfito sódico (E221), sulfito ácido de sodio (E222), metabisulfito sódico (E223), metabisulfito potásico (E224), sulfito cálcico (E226), sulfito ácido de calcio (E227) y sulfito ácido de potasio (E228). La reglamentación española aplicable es el Real Decreto 142/2002 -parcialmente modificado por el Real Decreto 1118/2007- referente a los aditivos distintos de los colorantes y edulcorantes con las posteriores adaptaciones hechas por la Unión Europea. Y según la misma los fabricantes están obligados a informar de su uso en las etiquetas de sus productos pero solo cuando contienen más de 10 mg de sulfitos por kilo o litro. Luego si añaden 9,9 mg por litro o kilo no tienen que declararlo. Siendo la Ingesta Diaria Admisible (IDA) de sulfitos de 0,7 mg por kilo de peso corporal y día, cantidad que si se supera puede ya provocar una reacción adversa. El problema es que los sulfitos están hoy presentes en tantos productos que es difícil saber si esa cantidad se sobrepasa. Afortunadamente en España no se permite añadirlos a las carnes, pescados y crustáceos frescos porque se sabe que destruyen su vitamina B1 pero se encuentran en las conservas en general, los vinos -tanto tintos como blancos y rosados-, los vinos aromatizados y las bebidas hechas a base de ellos, los cócteles aromatizados de productos vitivinícolas, el cava y el champán, la cerveza -con y sin alcohol-, la sidra, el vinagre de vino, las uvas frescas, las uvas pasas, las frutas y verduras secas así como las enlatadas y congeladas, las frutas glaseadas, las mermeladas, las jaleas, la melaza, los zumos de frutas y hortalizas embotellados y concentrados, los cereales, las harinas y almidones, las galletas, el muesli, la salsa de tomate, la mostaza, los pepinillos, el chucrut, las patatas deshidratadas, peladas, en puré, pre-cortadas, fritas y congeladas las hierbas secas, los tés, las especias, el azúcar glasé y los sucedáneos de carne... entre otros. ¿Cómo va a pues poder alguien calcular si ingiere "demasiados" sulfitos?

Agregaremos que en torno al vino existe hoy un amplio debate ya que muchos consumidores achacan a la imposición legal de agregarle sulfitos sus jaquecas, migrañas, mareos, malestar intestinal, hinchazón y dolor abdominal. Ciertamente no hay estudios que lo confirmen -¡quién iba a financiarlos!-pero los testimonios personales empiezan a proliferar por doquier. En la web www.enoarquía.com puede leerse por ejemplo este texto: “Yo también soy intolerante a los llamados conservantes que llevan los números E220 a E228, sulfitos incluidos en vinos, mariscos, etc. Me dan picores y me salen eccemas en cara y cuerpo después de una sola copa. He tenido pues que dejar de beber vino por culpa de los sulfitos. Hay muchísima gente intolerante a ellos. Sería bueno pues que saquen vinos naturales sin sulfitos”. Y este otro: “Beber vino tinto en una comida copiosa me provoca mareos, dolores de cabeza, síncope vasovagal, desmayos….¡Vaya espectáculo! Y es en parte culpa de los sulfitos (…) Es un rollo pero he tenido que quitar el vino de mi vida”.

Lo grotesco es que la información que se proporciona en las etiquetas es en buena medida inútil porque en ellas solo se exige al fabricante indicar que "contiene sulfitos" -si lleva más de 10 mg por kilo o litro-

¡PERO NO LA CANTIDAD EXACTA! Y eso hace imposible para el consumidor calcular qué cantidad de ellos consume. En el caso del vino por ejemplo lo único seguro es que cuánto más dulce es más sulfitos tiene; conteniendo por litro los blancos y rosados una media de 210 mg y los tintos 160. Además si uno no puede saber qué cantidades consume con cada alimento, ¿qué sentido tiene fijar una Ingesta Diaria Admisible (IDA)?

Por otra parte no siempre la cantidad declarada de sulfitos se corresponde con la real. En 2005 la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), tras realizar un análisis de 100 alimentos, denunció que los niveles detectados en varios sobrepasaban los límites legales. Entre ellos el 36% de las muestras de productos cárnicos y un tercio de los mariscos analizados. De ahí que la OCU recomendara ya entonces a quienes hubieran experimentado alguna reacción a los sulfitos así como a las personas asmáticas o propensas a alergias que evitaran especialmente consumir salchichas, hamburguesas y carme picada preparada, crustáceos, frutas secas, patatas peladas preparadas... y vino, uno de los productos con sulfitos más consumido. Y al resto de los consumidores abstenerse de combinar varios de esos alimentos en una misma comida a fin de no superar la dosis diaria recomendada solo que, ¿cómo hacerlo si no se sabe cuántos sulfitos se ingieren con cada uno?

En un estudio posterior efectuado en 2013 sobre hamburguesas frescas envasadas comercializadas en supermercados españoles la OCU detectó de nuevo un uso irregular de los sulfitos indicando que alguna de las muestras analizadas contenía 126 mg y eso supone ¡el 90% de la dosis diaria aconsejada para un niño de 40 kg que es de 140 mg (se calcula multiplicando el número de kilos por 0,35) .

Lo que implicaba que ese mismo día los chavales ya no hubieran podido añadir en su comida ni mostaza, ni kétchup, ni patatas fritas procedentes de congelados, ni conservas...

Y ya en 2015 publicó un nuevo estudio sobre 22 marcas de carne picada adquiridas en supermercados e hipermercados denunciando que en algunas hay -una vez más- exceso de sulfitos; algo que se hace para intentar que su aspecto sea bueno aunque estén a punto de caducar o se hallen ya caducadas.

Los datos proporcionados por la OCU a lo largo de los últimos años invitan pues al escepticismo sobre la realidad de lo declarado y, sobre todo, a colegir que nuestras autoridades no se toman en serio la salud de los consumidores. Y todo lo dicho se refiere a los sulfitos presentes en los alimentos que compramos para el hogar porque, ¿cómo calcular los que consumimos al acudir a un bar, una cafetería o un restaurante?

 

SERIOS PROBLEMAS DE SALUD

 

En definitiva, los sulfitos son alergénicos y a pesar de que se haya establecido una dosis máxima diaria que se supone segura lo cierto es que con los daros actuales es imposible saber si la sobrepasamos y, lo que es más grave, si tal dosis es realmente inocua. Porque nadie puede asegurar si la dosis considerada segura para la mayoría no es tóxica para una minoría. Entre otras cosas porque las reacciones pueden manifestarse mucho tiempo después y acabar siendo causa de la aparición o agravamiento de asma y otras patologías. Entiéndase que entre la primera toma y la crisis de salud pueden transcurrir días pero también meses o años llevando ello a situaciones de incapacidad física y laboral.

En pocas palabras, los sulfitos pueden dar lugar a una anafilaxia brusca -es decir, a una reacción inmunitaria generalizada del organismo que afecte a dos o más órganos- o a una lenta pero que termine llevando al bloqueo de los sistemas respiratorio y cardiovascular. Siendo síntomas del primer caso el enrojecimiento de la cara, una urticaria o erupción roja con picazón de la piel, la inflamación de ojos, cara, labios, garganta o lengua, la dificultad para respirar, hablar o tragar, calambres, diarrea, vómitos, ansiedad, angustia, sensación de ahogo y desmayo, palidez, debilidad, caída de la presión arterial, ritmo cardíaco acelerado y hasta pérdida de conciencia.

Cuando se trata de un caso de intolerancia los síntomas aparecen notablemente más tarde pero pueden ser asimismo muchos: estornudos, mucosidad y secreción nasal, rinitis crónica, congestión nasal, ojos llorosos, dificultad para respirar, cefaleas, urticaria, problemas en la piel, calambres, fatiga inexplicable, trastornos digestivos, hinchazón abdominal... Despistando a menudo el tiempo que pasa entre el consumo y la aparición de los síntomas la razón de que no siempre se interrelacionen.

Y encima, para dificultar más la situación, debemos decir que los síntomas varían en función del tipo de los sulfitos ingeridos porque son diferentes unos de otros. Es más, el pH de la persona puede modificar también la metabolización del aditivo.

Obviamente lo dicho explica por qué tantos médicos no relacionan los síntomas antes descritos con la intolerancia a unos sulfitos ingeridos días, semanas o meses antes. Y por qué muchos pacientes tratados con corticosteroides no resuelven su problema y encima terminan siendo dependientes de ellos, especialmente en el caso de los asmáticos.

A menudo se trata pues de un daño diario y progresivo que acaba provocando daños crónicos ¡sin que la persona sea consciente de ello! Como le ocurrió a una lectora que escribió a nuestra revista contando su caso -la carta apareció el pasado mes de junio- y fue de hecho lo que nos llevó a elaborar este artículo: “Sr. Director: he decidido contactar con ustedes -nos contaría- a fin de contarles mi caso para que lo publiquen si lo consideran oportuno y poder ayudar a que otras personas afectadas de asma intrínseco como yo puedan beneficiarse y recuperar la salud sin fármaco alguno. Verá, soy asmática desde hace 20 años, me he estado tratando con Urbasón e inhaladores y tuve que dejar de practicar mis aficiones preferidas; como el baile, el senderismo y el deporte. Es más, para llegar a tiempo al trabajo y contrarrestar la asfixia que me provocaba el simple hecho de caminar tenía que adelantar el despertador y salir de casa antes en muchas ocasiones. Y no hablemos ya de lo que me suponía subir unas escaleras. El caso es que cada vez estaba peor; de hecho sufrí también poliposis nasal teniendo que operarme en dos ocasiones a raíz de lo cual perdí el olfato por completo. El caso es que harta de que los médicos me dijeran que el asma es crónico y no hay nada para curarlo decidí probar durante todos esos años distintas disciplinas alternativas -Acupuntura, Homeopatía, Naturopatía etc.- pero tampoco conseguí ningún avance. Y como no estaba dispuesta rendirme buceé por Internet hasta que, por fin, ¡encontré el origen de mi asma! Son los sulfitos... Pues bien, bastó que evitara todo alimento y bebida con sulfitos durante 2 días -han leído bien, DOS DÍAS- para que la vida volviera a mi cuerpo y el aire que respiraba llegara hasta mis pulmones perfectamente. A partir de ese momento dejé de ingerir productos con sulfitos así como todos los fármacos y a día de hoy sigo en perfecto estado de salud. A mi familia y a mí misma aun nos cuesta creerlo pero no hay duda alguna de la relación causa-efecto. Al menos funciona en el llamado 'asma intrínseco"' que es mi caso”.

Y su testimonio es similar al de muchas otras personas que dan cuenta de ello en la red. Es el caso de este testimonio recogido de la web www.healingwell.com/community/default.aspx?f=7&m=948461: “Hola, mi hijo tiene 2 años y acabo de realizarle una prueba cutánea en Londres que con un nuevo test ha dado positivo a alergia a los sulfitos. He quitado los sulfitos de su dieta y no me puedo creer la diferencia. Hoy es un niño diferente. Ha estado con inhaladores para el asma durante toda su vida y ya no los necesita. Es muy difícil eliminar el sulfito de la dieta pero puede hacerse cambiando a una dieta orgánica así que he pasado a cocinarlo todo desde cero!” Y el de este otro recibido en el mismo foro como respuesta: “Mi hijo también se realizó una prueba en Londres que también dio positiva. Le cambiamos su dieta y hoy es un niño diferente. Tenía asma y enfisema pero la eliminación de sulfito le ha cambiado. No ha tosido una sola vez desde que comenzó su nueva dieta”.

En fin, la diversidad de casos y sintomatologías, de tiempo de sufrimiento sin descubrir las causas, resulta realmente increíble.

 

PELIGROS ANTECEDENTES

 

El 5 de septiembre de 1985 el New York Times publicó una noticia titulada Dos nuevas muertes relacionadas con los sulfitos de la comida, bajo investigación que se centraba en la muerte por crisis asmática de una mujer que había ingerido patatas precocinadas y de un abogado que simplemente se había tomado una copa de vino blanco. El periodista fue claro y conciso: “Si los sulfitos se confirman como causa de las muertes serán ya 15 las asociadas a este conservante desde 1983”. En esa época la FDA había recibido ya más de 250 notificaciones de la comunidad médica informando de reacciones adversas que incluían náuseas, diarrea, dolor abdominal, urticaria, angioedema, ataques asmáticos, convulsiones, shock anafiláctico e, incluso, la muerte ante lo cual la FDA pidió a la Federación de Sociedades Americanas de Biología Experimental (FASEB) que valorara el posible vínculo entre los sulfitos y tales problemas. Pues bien, en 1985 ésta concluiría que si bien parecen ser inocuos para la mayoría -lo que coligió sin tener en cuenta que pueden actuar durante semanas, meses o años- en algunas personas provocan efectivamente los síntomas descritos; especialmente opresión en el pecho, dificultad para respirar, urticaria y shock anafiláctico con resultado de muerte. Admitiendo que no deberían ingerirlos ni los asmáticos ni las personas sensibles a ellos.

Apenas un año después -en 1986- la FDA prohibió su uso para mantener el color de las frutas y vegetales destinadas a ser consumidas crudas y obligó a las empresas a etiquetar todos los productos con agentes sulfatantes cuya concentración fuera superior a 10 partes por millón. Y al año siguiente -1987- propuso que no se permitiera agregar sulfitos a las patatas frescas aunque sí a las enlatadas, deshidratadas o congeladas. Llevado el asunto a los tribunales la norma no se aplicaría y los sulfitos se terminarían usando también en las patatas frescas.

Ya en 1999 el Comité de Expertos en Aditivos Alimentarios de la Organización Mundial de la Salud (OMS) se reuniría en Ginebra elaborando un informe sobre el uso como aditivos del dióxido de azufre y otros sulfitos constatando que si bien muchos de los casos con reacciones adversas se daban en personas con asma crónico a los que provocaban básicamente problemas respiratorios existían otros muchos informes que describían reacciones de tipo alérgico en personas no asmáticas y los efectos no siempre eran de tipo respiratorio. El comité terminaría recomendando por ello que "cuando exista un método alternativo adecuado de conservación se fomente su uso, particularmente en aquellas aplicaciones en las que el uso de sulfitos puede llevar a un alto consumo de los mismos".

¿El resultado? En lugar de usarse los sulfitos solo cuando no hay otra alternativa están en todas partes, su consumo es masivo, la regulación es pésima, el control casi inexistente y no se ha hecho campaña alguna advirtiendo de su peligro a los asmáticos y a toda persona que pueda ser intolerante o alérgica. Una omisión sencillamente criminal.

De hecho un grupo de investigadores del Departamento de Alergia del Hospital Puerta de Hierro de Majadahonda (Madrid) coordinado por la doctora Matilde Rodríguez Mosquera que tuvo a Vladimir Marenco como investigador principal publicó en 2011 en Allergologia et inmunopathologia un trabajo titulado Sulfite sensitivity in a patient with allergic asthma, (Sensibilidad al sulfito en un paciente con asma) que avala el peligro de tal silencio. Y es que en él se da cuenta del caso de una mujer de 37 años que acudió al hospital con rinoconjuntivitis y asma permanente cuyo cuadro se agravaba en primavera y que aseguraba haber sufrido ataques agudos de asma tras beber vino tinto de crianza. Es más, en otra ocasión sufrió urticaria y un ataque agudo de asma después de ingerir merluza y bacalao teniendo que ser tratada en el servicio de Urgencias con broncodilatadores, antihistamínicos y corticoides. Reacciones que los médicos no se explicaban hasta que después de diversas pruebas se descubrió que, simplemente, era sensible a los sulfitos. De hecho tras someterse a una dieta libre de sulfitos -suprimiendo especialmente el vino tinto- el asma fue controlada con inmunoterapia y la función pulmonar se recuperó por completo. “Además -señala el trabajo- se realizó una prueba de provocación oral controlada por placebo a simple ciego con sulfito hasta 200 mg de metabisulfito de sodio con un resultado negativo. También tolera hasta 200 cc de vino tinto crianza sin síntomas y con parámetros de espirometría normales. Actualmente el paciente se encuentra asintomático con una dieta libre: incluso tolera el vino. Ella no ha referido síntomas de asma en los últimos dos años”. Y añaden a modo de advertencia: “El vino es la bebida alcohólica más frecuentemente implicada en las reacciones adversas, la mayoría de ellas debidas a los componentes no alcohólicos utilizados como conservantes, tales como los sulfitos”

 

MECANISMO DESCONOCIDO PERO EVIDENTE

 

¿Y por qué provocan los sulfitos tales reacciones en el organismo? Pues aun no hay certeza pero un grupo de investigadores del Centro Nacional de Epidemiología y Salud de la Población de la Universidad Nacional de Australia coordinado por H. Vally publicó en 2009 en Clinical and experimental allergy un trabajo titulado Clinical effects of sulphite additives (Efectos clínicos de los sulfitos como aditivos) en el que se asevera: “La mayoría de los estudios informan de una prevalencia de entre el 3% y el 10% de sensibilidad a los sulfitos entre las personas asmáticas variando la gravedad de las reacciones. Los asmáticos dependientes de esteroides, las personas con hiperreactividad bronquial marcada y los niños con asma crónica parecen estar en mayor riesgo. Además de los síntomas episódicos y agudos los sulfitos pueden también contribuir a provocar síntomas dermatológicos y respiratorios crónicos. Los mecanismos subyacentes a la sensibilidad a los sulfitos siguen sin estar claros aunque se hayan propuesto varias posibilidades por lo que los médicos deben ser conscientes de la gran variedad de manifestaciones clínicas y, por ende, de sus posibles fuentes". Añadiendo: "Bastan pequeñas modificaciones en la dieta y en los hábitos para lograr excelentes resultados clínicos entre las personas sensibles a los sulfitos”.

Desconocimiento exacto del mecanismo que se reafirma en el estudio realizado en 2011 por los investigadores ya citados del Hospital Puerta de Hierro de Majadahonda: “No se conoce por completo cómo los sulfitos causan reacciones en ciertas personas. No hay una comprensión clara del mecanismo por el que los sulfitos inhalados provocan broncoespasmo 1o que podría estar relacionado con la incapacidad de algunas personas para metabolizar los sulfitos adecuadamente. Puede ser debido a la formación de dióxido de azufre (SO2) dentro de las vías respiratorias que afecta a la mucosa de las vías respiratorias y que en cierta medida esto active tanto el mecanismo de IgE como el reflejo colinérgico resultante en una broncoconstricción. Las reacciones adversas a los sulfitos, como urticaria, angioedema, dolor abdominal, diarrea y otras, podrían ser debidas a la generación de dióxido de azufre en el estómago. Los gases generados a partir de los sulfitos pueden producir una estimulación colinérgica que aumentaría la motilidad gástrica”. Es decir, se apunta una posible causa: como el dióxido de azufre (SO2) es un gas irritante que al inhalarlo provoca una contracción refleja de las vías respiratorias la rápida aparición de síntomas al ingerir bebidas ricas en sulfitos -como el vino o la cerveza- puede deberse a que los sulfitos se inhalan durante el proceso de deglución.

Otros investigadores apuntan por su parte que la intolerancia o alergia que provoca su ingesta puede deberse al déficit de una enzima, la sulfito oxidasa, que ayuda a descomponer el dióxido de azufre. Y otros que puede deberse a una reacción autoinmune mediada por las inmunoglobulinas E (IgE).

En fin, suponemos que lo que el lector se estará preguntando llegados a este punto es si al margen del evidente malestar físico que provocan existe algún test que permita saber si somos intolerantes o alérgicos a ellos -y en qué grado- y el método propuesto por los médicos es ingerir soluciones de sulfito o cápsulas en concentraciones crecientes y valorar las reacciones aunque en realidad hay un método más simple: ingerir dos vasos de vino blanco, esperar y si transcurridas unas horas se sienten algunos de los síntomas descritos al principio de este texto es que no se toleran (en caso de ser abstemio pueden ingerirse albaricoques secos de color naranja en lugar de vino blanco).

La otra alternativa es testar el organismo con un dispositivo MORA ya que uno de sus programas es capaz de detectar los sulfitos (lea en nuestra web -www.dsalud.com- los artículos que con los títulos La recuperación de la salud con Moraterapia, El MORA Super Plus permite corregir los bloqueos energéticos, La utilidad del MORA en casos de cáncer y MORA-Color: un paso adelante en la biorresonancia publicamos en los números 68, 81, 119 y 153 respectivamente).

En fin, terminamos este texto preguntándonos cómo es posible que los sulfitos hayan invadido de forma tan masiva los alimentos que ingerimos porque según los datos más recientes afectan gravemente ya al 20% de los asmáticos y a un porcentaje cada vez mayor de los no asmáticos. Le sugerimos pues que deje de tomar las bebidas y alimentos que los contengan; aunque ello implique principalmente dejar de adquirir productos enlatados, envasados, procesados y precocinados.

 

Francisco San Martin
 



entre ellas están los sulfitos...
Son 14 las sustancias alimentarias que causan más reacciones de intolerancia o alergia
 

El anexo II del Reglamento de la Unión Europea nº 1169/2011 especifica claramente cuáles son las sustancias alimentarias que causan más reacciones de intolerancia o alergia y son éstas:

1. Cereales con gluten; a saber: trigo, centeno, cebada, avena, espelta, kamut o sus variedades híbridas y productos derivados salvo:

a) jarabes de glucosa a base de trigo, incluida la dextrosa.

b) maltodextrinas a base de trigo.

c) jarabes de glucosa a base de cebada.

d) cereales utilizados para hacer destilados alcohólicos, incluido el alcohol etílico de origen agrícola.

2. Crustáceos y productos a base de crustáceos.

3. Huevos y productos a base de huevo.

4. Pescado y productos a base de pescado salvo:

a) gelatina de pescado utilizada como soporte de vitaminas o preparados de carotenoides

b) gelatina de pescado o ictiocola utilizada como clarificante en la cerveza y el vino.

5. Cacahuetes y productos a base de cacahuetes.

6. Soja y productos a base de soja salvo:

a) aceite y grasa de semilla de soja totalmente refinados

b) tocoferoles naturales mezclados (E306), d-alfa tocoferol natural, acetato de d-alfa tocoferol natural y succinato de d-alfa tocoferol natural derivados de la soja

c) fitosteroles y ésteres de fitosterol derivados de aceites vegetales de soja

d) ésteres de fitostanol derivados de fitosteroles de aceite de semilla de soja.

7. La leche y sus derivados (incluida la lactosa) salvo:

a) lactosuero utilizado para hacer destilados alcohólicos, incluido el alcohol etílico de origen agrícola.

b) lactitol.

8. Frutos con cáscara; es decir, almendras (Amygdalus communis L.), avellanas (Corylus avellana), nueces (Juglans regia), anacardos (Anacardium occidentale), pacanas (Carya illinoensis), nueces de brasil (Bertholletia excelsa), alfóncigos (Pistacia vera), nueces macadamia o nueces de Australia (Macadamia ternifolia) y productos derivados salvo los frutos con cáscara utilizados para hacer destilados alcohólicos, incluido el alcohol etílico de origen agrícola.

9. Apio y productos derivados.

10. Mostaza y productos derivados.

11. Granos de sésamo y productos a base de granos de sésamo.

12. Dióxido de azufre y sulfitos en concentraciones superiores a 10 mg/kg o 10 mg/litro en términos de SO2 total, para los productos listos para el consumo o reconstituidos conforme a las instrucciones del fabricante.

13. Altramuces y productos a base de altramuces.

14. Moluscos y productos a base de moluscos.
 



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