El peligro de las bebidas industriales

El consumo abusivo de bebidas “refrescantes” con gas -a menudo azucaradas y con cafeína- es ya causa de sobrepeso, obesidad, diabetes, inquietud, ansiedad, insomnio, problemas de memoria, trastornos musculares, descalcificación ósea y problemas cardiovasculares además de provocar la acidificación del organismo lo que puede llevar a sufrir numerosas patologías más. Y eso que su valor nutricional es casi nulo. Hace tan sólo unas semanas un estudio presentado ante la Asociación Americana del Corazón concluía de hecho que los refrescos con gas causan al año en el mundo unas ¡180.000 muertes! Y aunque en esta revista explicamos ampliamente su peligro hace ya años volvemos a hacerlo con motivo de la denuncia pública que en ese sentido acaba de hacer la doctora Pilar Martín Vaquero, especialista en Endocrinología y Nutrición, alertando de que muchos jóvenes consumen ya ¡más de dos litros diarios! de este tipo de bebidas; sobre todo de colas. Luego, ¿qué esperan las autoridades para informar adecuadamente a la población del peligro que ello implica y tomar medidas?

Natasha Harris, neozelandesa, murió con 30 años porque consumía ¡9 litros diarios de Coca-Cola! Otros muchos, aun siendo conscientes del peligro de las muchas bebidas carbonatadas y azucaradas que como ésa existen, aguantan más la adicción que provocan y han optado por enfermar lentamente bebiendo menos pero a diario al acidificar así su organismo. Lo grotesco es que hablamos de bebidas -“refrescos”, “sodas” o “colas”- que no llevan sino agua, gas (anhídrido carbónico), azúcares o edulcorantes artificiales, agentes “aromáticos” y otros aditivos como la cafeína, el ácido fosfórico y, en algunos casos, glutamato monosódico (peligroso “potenciador del sabor” del que ya hablamos extensamente en el nº 89 en el artículo titulado Los peligros del potenciador de sabor más usado: el glutamato monosódico (E-621) que puede leer en nuestra web: www.dsalud.com). Es decir, no aportan beneficio nutricional alguno a quien las consume ya que no contienen ni proteínas, ni enzimas, ni ácidos grasos esenciales, ni vitaminas, ni minerales, ni oligoelementos útiles.

Oficialmente Natasha murió -en 2010- por una arritmia cardiaca pero hace sólo unas semanas el juez David Crear ha dejado meridianamente claro su parecer “Considerando toda la evidencia disponible si no hubiese sido por el consumo de altas cantidades de Coca-Cola es muy improbable que Natasha Harris hubiera muerto de esa forma”. Harris presentaba todos los síntomas de una adicción grave. “Se volvía loca si se le acababa la Coca-Cola –explicaría su suegra-. Le daban temblores, presentaba síndrome de abstinencia, se enojaba y se volvía irritable”. Lo lamentable es que el juez exoneró luego de cualquier responsabilidad a la empresa Coca-Cola por el insano hábito de Natasha de consumir 9 litros diarios… porque no entró a valorar el impacto de las sustancias que esa bebida lleva y provocan adicción. «La empresa–afirma simplemente en su resolución- no puede ser responsabilizada por la salud de los consumidores que beben cantidades insalubres de ese producto». Una polémica decisión judicial que resulta más significativa aún al saberse que a continuación el juez envió una copia de sus conclusiones al Ministerio de Salud de Nueva Zelanda recomendando que se incluyan advertencias en los envases de esas bebidas sobre los peligros de ingerir grandes cantidades de azúcar y cafeína así como que se revisen los niveles “recomendables” de consumo de tales productos.

El fallo se conoce pocas semanas después de que concluyera en Gran Bretaña otro proceso judicial según el cual la muerte de un joven de 19 años que trabajó noventa minutos a 40º centígrados se debió a la pérdida brutal de líquidos que le supuso trabajar consumiendo bebidas refrescantes en lugar de agua. Claro que ese joven ignoraba -entre otras cosas- que ese tipo de bebidas no hidratan sino deshidratan llevando el calor a la rápida pérdida de todo tipo de nutrientes y minerales (lea en nuestra web –www.dsalud.com– el artículo que con el título El abuso de bebidas con gas –sobre todo de colas- perjudica seriamente la salud publicamos en el nº 91).

Evidentemente ambas noticias podrían considerarse “anecdóticas” si no revelaran un doble y grave problema que los médicos y las autoridades están vergonzosamente obviando: que tales bebidas son adictivas -lo que provoca la industria añadiendo en ellas sustancias de ese tipo para así ganar más dinero- y que la sociedad en general ignora los riesgos de consumirlas a menudo y/o en exceso porque nadie les ha informado de ello (no es el caso de esta revista).

Y no se trata de especulaciones. Los datos aparecidos en las últimas semanas en torno al consumo de bebidas refrescantes son dramáticos. Según un estudio presentado en las Sesiones Científicas 2013 sobre Prevención, Nutrición, Actividad Física y Metabolismo de la Asociación Americana del Corazón 183.000 muertes al año en todo el mundo las causan las bebidas refrescantes gaseosas, las bebidas deportivas y los zumos de fruta. Los datos del informe -obtenidos a partir del 2010 Global Burden of Diseases Study, el mayor estudio epidemiológico del mundo destinado a cuantificar la distribución global y las causas de las principales enfermedades- muestran que las bebidas azucaradas estarían relacionadas con 133.000 muertes asociadas a la diabetes, 44.000 con la enfermedad cardiovascular y 6.000 con el cáncer. De las que el 78% se producen en los países en vías de desarrollo.

Los investigadores calcularon las cantidades de ingesta de bebidas endulzadas con azúcar en todo el mundo por edad y sexo, los efectos de ese consumo sobre la obesidad y la diabetes, y el impacto de la obesidad y las muertes relacionadas con la diabetes. Así ha podido saberse que entre los 15 países más poblados del mundo México -uno de los de mayor consumo per cápita en el mundo- tuvo el mayor índice de mortalidad con 318 muertes por cada millón de adultos. Y que Japón, uno de los países con menor consumo per cápita de bebidas azucaradas del mundo, tuvo la tasa más baja de mortalidad asociada con el consumo de bebidas azucaradas: unas 10 muertes por cada millón de adultos.

Casi al mismo tiempo se conocieron en España los resultados de la Encuesta Nacional de Salud y el dato más destacado fue el aumento creciente de la obesidad: se ha pasado de un 7,4% a un 17% en los últimos 25 años. Además de cada 10 niños y adolescentes de entre 2 y 17 años dos tienen ya sobrepeso y uno obesidad. Y de cada 100 adultos de 18 o más años 17 padecen obesidad y 37 presentan sobrepeso. Los datos revelan asimismo que ha aumentado el número de patologías crónicas desde 1993: la hipertensión arterial ha pasado del 11% al 18, el colesterol alto del 8% al 16% y la diabetes del 4% al 7%; factores de riesgo vinculados todos ellos en mayor o menor medida a la bebidas refrescantes.

Y no son los únicos datos preocupantes. Un estudio realizado en 2012 por Y. Claire Wang -profesor de Política y Gestión Sanitaria de la Escuela Mailman de Salud Pública de la Universidad de Columbia en Nueva York (EEUU) publicado en Journal Affairs con el título A Penny-Per-Ounce Tax On Sugar-Sweetened Beverages Would Cut Health And Cost Burdens Of Diabetes (Una tasa de un centavo por onza en bebidas endulzadas con azúcar reduciría los problemas de salud y los costes de la diabetes)– sobre el impacto en la salud de gravar con una tasa el consumo de estas bebidas llegó a una impactante conclusión: “El impuesto reduciría el consumo de estas bebidas un 15% entre los adultos de 25 a 64 años. Y calculamos que en el período de 2010 a 2020 el impuesto prevendría 2,4 millones de casos de diabetes al año, 95.000 eventos cardíacos, 8.000 accidentes cerebrovasculares y 26.000 muertes prematuras evitando al tiempo más de 17.000 millones de dólares en gastos médicos; además de generar unos ingresos fiscales de 13.000 millones de dólares al año. Ese modesto impuesto sobre las bebidas azucaradas podría pues reducir las consecuencias sanitarias y los costes que suponen para la Sanidad la obesidad, la diabetes y las enfermedades cardiovasculares” (la negrita y el subrayado son nuestros). Dicho de otra forma: según ese trabajo de investigación la simple reducción de un 15% en el consumo de tales brebajes insanos haría que sólo en Estados Unidos hubiese cada año 9.500 eventos cardiacos, 800 accidentes cerebrovasculares y 2.600 muertes prematuras menos. Y, como es obvio, muchos menos casos de diabetes. A fin de cuentas en el país que se considera “modelo de Occidente” se diagnostican ¡2.400.000 nuevos casos de diabetes al año!

Los datos y los estudios de investigación son ya tantos y tan contundentes que un personaje tan popular y carismático como el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, decidido a mejorar la salud de los neoyorquinos y detener la epidemia de obesidad que asola hoy a la población infantil norteamericana, propuso recientemente prohibir la venta de los recipientes de medio litro (aunque no de las consideradas “light”). Y como era de esperar se topó de inmediato con la “Justicia”. El juez de la Corte Suprema estatal Milton Tingling, asumiendo la demanda interpuesta por la Asociación Americana de Bebidas así como de otros grupos empresariales, consideró que tal norma debía anularse por ser «arbitraria y caprichosa». Entrevistado en el popular programa Late Show with David Letterman Michael Bloomberg anunciaría que recurriría el fallo. “Si queremos ser serios en la lucha contra la obesidad –declararía- debemos ser honestos respecto a sus causas. Mientras otros se cruzan de brazos en Nueva York estamos haciendo algo al respecto. Sería irresponsable no hacer lo que esté a nuestro alcance para salvar vidas“. Palabras que apoyaría el Comisionado de Salud de la ciudad de Nueva York (quién es) afirmando: “Sin restringir las bebidas azucaradas será más difícil luchar contra la epidemia que mata a más neoyorquinos que cualquier otra causa después del tabaquismo y provoca una vida miserable para muchos que terminan sufriendo diabetes o patologías coronarias que les restan calidad de vida. Las bebidas azucaradas son la causa principal de esa epidemia. Se trata pues de algo que afecta a la salud de los neoyorquinos, vamos a apelar y confiamos en ganar “.

DINERO FRENTE A SALUD

Lo inaudito es que estas bebidas representan un gigantesco negocio –al igual que en el caso de los fármacos cuestan unos céntimos fabricarlas y se piden, comparativamente, precios astronómicos por ellas- porque nuestras autoridades son cómplices de la industria. Durante 2010 los españoles consumieron 2.095 millones de litros de gaseosas y bebidas refrescantes gastándose en ellas 1.627,2 millones de euros; lo que suponen 45,62 litros al año por persona. De ellos 20,85 litros en “bebidas de cola”.

¿Y todo esto pasa por desconocimiento de las autoridades? En absoluto. Ya en 1942 el Consejo de Alimentación y Nutrición de la American Medical Association advirtió de los peligros del consumo de refrescos: “Desde un punto de vista sanitario es conveniente ante todo restringir el uso del azúcar que hay en las bebidas gaseosas endulzadas y otras formas de dulces de bajo valor nutricional. El consejo entiende de interés para la salud pública la adopción de todas las medidas prácticas necesarias para limitar el consumo de azúcar en cualquier forma que no sea combinada con proporciones significativas de otros alimentos de alta calidad nutritiva».

“Calidad nutritiva”. Y es que, ¿cuáles son los principales ingredientes de esas bebidas que se anuncian falsamente como “refrescantes”? Pues éstos:

-Agua. Pocos dicen de dónde la obtienen y como en esta revista hemos explicado varias veces pueden contener “informaciones” patógenas (lea los numerosos artículos que hemos publicado sobre el agua y que están a su alcance en www.dsalud.com/index.php?pagina=agua).

-Anhídrido carbónico. El anhídrido carbónico es el gas que aporta las burbujas que producen la supuesta sensación “refrescante” de todas las bebidas “gaseosas”. Lo que los fabricantes no explican es que cuando un “refresco con gas” se ingiere frío la temperatura interior sube al menos 15 grados y entonces el anhídrido carbónico se libera produciendo un aumento de la presión en el estómago y los intestinos que el cuerpo trata de liberar de inmediato por el dolor que produce. Es más, la presión del gas infla el abdomen como un globo y el organismo debe expulsarlo lo antes posible porque nuestro sistema digestivo produce ya a diario por sí mismo unos 14 litros de gas en los procesos biológicos. Y hay más: el gas puede provocar gastritis y se sabe que acidifica las bebidas a las que se agrega; de hecho tienen un pH promedio de ¡3,4! Un nivel ácido tan fuerte que puede afectar negativamente no sólo al esmalte de los dientes si la bebida permanece en la boca demasiado tiempo sino a todo el organismo. Y recordemos que la acidificación extracelular se ha relacionado ya científicamente con numerosas patologías. Las células cancerosas, por ejemplo, sólo se desarrollan en medios ácidos y anaeróbicos (faltos de oxígeno).

-Azúcar refinado. Es un hecho probado que el exceso de azúcar aumenta la acidificación del organismo y los niveles de insulina y ello puede conducir al sobrepeso y la obesidad -especialmente en niños-, la diabetes, la hipertensión, los problemas articulares, óseos y cardiovasculares, el envejecimiento prematuro, el cáncer y otras muchas patologías. Y la mayoría de esas bebidas ya llevan más azúcar de la dosis diaria recomendada en una sola lata o botella. Según la propia página web de Coca Cola España 250 ml de Coca-Cola contienen aproximadamente 27 gramos de azúcar lo que equivale a 4 o 5 cucharadas pequeñas. La Base de Datos Nacional del Departamento de Agricultura de Estados Unidos señala que por su parte que una lata des e 330 ml de cola tiene 33 gramos de azúcar y 136 calorías. Entiéndase bien esto: en una sola lata de 33º ml hay la misma cantidad de azúcar que en ocho o nueve terrones de azúcar blanco refinado. Por eso los especialistas estiman que su ingesta habitual multiplica por seis el riesgo de desarrollar obesidad. Y conviene recordar que el azúcar es un “ladrón “de vitaminas A, C y B (especialmente agota las B1, B2 y B3).

-Edulcorantes. Sabedoras del peligro que comporta el exceso de azúcar muchas empresas optaron hace unos años por sustituirla por edulcorantes artificiales solo que muchos de éstos están también sujetos a controversia científica. En la actualidad la Food and Drug Administration (FDA) tiene aprobados cinco edulcorantes artifíciales para su uso en las bebidas refrescantes: la sacarina, la sucralosa, el acesulfamo potásico, el neotamo y el aspartamo; siendo éste último el más discutible porque muchas investigaciones lo han asociado ya con la aparición de diabetes, trastornos emocionales, epilepsia y convulsiones, tumores cerebrales y malformaciones congénitas. Piénsese además que cuando el aspartamo se almacena durante largos períodos de tiempo o se mantiene en zonas cálidas cambia a metanol, alcohol que a su vez se convierte en formaldehído y ácido fórmico, dos conocidos carcinógenos.

Y en Europa hay permitido otro polémico edulcorante, el ciclamato –técnicamente ciclohexilsulfamato- (E-952) que sin embargo se halla presente en la Coca-Cola Zero distribuida en España –no en otros países- cuando en Estados Unidos la FDA lo prohibió en 1970 por considerarlo “posiblemente cancerígeno”.

Ácido fosfórico. De entre los acidulantes añadidos a este tipo de bebidas –como el ácido cítrico, el ácido málico o el ácido fumárico- el ácido ortofosfórico o fosfórico es el más controvertido porque se sabe que interfiere en la asimilación del calcio por el organismo lo que puede llevar al ablandamiento de dientes y huesos e, incluso, a la osteoporosis; lo mismo por cierto que hacen la leche y sus derivados (lea en nuestra web –www.dsalud.com– el artículo que con el título ¿Es la leche animal adecuada para el consumo humano? publicamos en el nº 84). Es tan fuerte que los odontólogos utilizan de hecho el ácido fosfórico para desgastar los dientes sobre los que se va a hacer algún empaste. Y precisamente esa capacidad lo convierte –al igual que el azúcar- en un “ladrón de minerales” (como el calcio, el hierro, el magnesio y el sodio, entre otros). En el 2000 Archives of Pediatric and Adolescent Medicine publicaría los resultados de una investigación llevada a cabo por la doctora Grace Wyshak en la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard (Estados Unidos) en los que puede leerse: “En las adolescentes que ingieren bebidas con gas el riesgo de sufrir una fractura ósea se multiplica por tres; riesgo que es hasta 4,95 veces mayor entre las que practican algún deporte e ingieren bebidas de cola (ricas en ácido ortofosfórico) en comparación con las que no consumen estos refrescos”. Cabe añadir que el ácido fosfórico también neutraliza el ácido clorhídrico en el estómago lo que puede interferir con la digestión y, por tanto, con la adecuada obtención de nutrientes.

-Cafeína. Se trata de una de las sustancias psicoestimulantes más poderosas y adictivas; de hecho se encuentra dentro del grupo de los alcaloides xánticos junto con la nicotina, la teína y la cocaína, entre otras. Pues bien, la mayoría de los refrescos de cola la contienen en cantidad considerable. Y eso que las bebidas con cafeína pueden causar -entre otros muchos efectos- nerviosismo, insomnio, hipertensión, latido irregular del corazón, exceso de colesterol en sangre y hasta cáncer. Además inhibe la absorción de algunos minerales y los receptores de vitamina D, puede reducir la concentración de la vitamina C y las del grupo B al ser diurética y actúa como supresor del apetito lo que puede impedir la adecuada alimentación de los niños y, por tanto, producir retrasos en su desarrollo.

Bueno, pues a pesar de ello las empresas no están obligadas a incluir en sus productos la cantidad de cafeína que contienen sus bebidas. Según algunos cálculos la cantidad oscila entre 35 y 60 miligramos por lata de 33 cl según las marcas pero pocos saben que en las colas light hay a veces más cafeína que en las normales. Según la página web de Coca Cola en el Reino Unido en un litro de Coca Cola Zero o Coca Cola normal hay 96 mg de cafeína; y 128 mg en un litro de Coca Light lo que equivale a 32 mg en una lata de 33 cl y de 42 mg en una lata de Coca Cola Light.

UNA EPIDEMIA EN MARCHA

En fin, quizás en España no haya quien consuma a diario varios litros de Coca-Cola como Natasha Harris pero multitud de niños han sustituido ya el agua por bebidas refrescantes -debido a la ignorancia de sus padres- y muchos consumen más de dos litros de refrescos y colas al día. Una auténtica burrada. De ahí que el trabajo recientemente dado a conocer por la doctora Pilar Martín Vaquero, especialista en Nutrición con 26 años de experiencia en el Servicio de Endocrinología del madrileño Hospital Universitario La Paz y actualmente Directora Médica de la Clínica d-médical -centro orientado al tratamiento integral de la diabetes-, cobre trascendencia. Quisimos por ello conocer su opinión.

-Díganos, ¿se está minusvalorando el cada vez mayor consumo de bebidas refrescantes gaseosas en nuestro país?

-Sin duda. Quizás porque su consumo pertenece a eso que llamamos “la sociedad del bienestar” cuando en realidad lo que están contribuyendo es a lo que ya se define como “enfermedades de la civilización”. Por eso cuanto más “ricos” son los países ¡mayor es su índice de obesidad, diabetes, hipertensión y enfermedades cardiovasculares! Es preciso explicar suficientemente a la sociedad que las llamadas bebidas refrescantes contienen una cantidad de azúcares tremenda y que en el caso de las denominadas light generan ansiedad y un aumento de su consumo. Contamos ya con varios estudios que indican que a pesar de ser calificadas como light, con cero calorías, la realidad es que llevan a una ingesta excesiva y a mayor obesidad. De hecho hemos encontrado mayores índices de obesidad entre quienes consumen bebidas light que entre quienes no las consumen.

-¿Se trata entonces de un problema grave?

-Sí. Porque estamos a las puertas de una epidemia de enfermedades metabólicas; es evidente y así lo ha reconocido ya la Organización Mundial de la Salud (OMS). Obviamente las bebidas refrescantes no son la única razón pero contribuyen decisivamente a ello. Principalmente porque empiezan a ingerirlas masivamente niños cada vez más pequeños. Hoy muchos padres recurren lamentablemente al chantaje emocional con sus hijos pequeños intentando condicionar su comportamiento con el “premio” de una bebida refrescante, especialmente colas. Con lo que su consumo pasa a formar parte de la vida del niño que lo acaba convirtiendo en habitual cuando llega a la adolescencia. Solo que entonces ya no las consumen como una como gratificación, como “premio” por haber sido buenos, sino por costumbre al punto de que muchos acaban eliminando el agua de su vida. Y eso lleva inevitablemente, antes o después, a enfermar.

-¿Hasta qué punto se ingieren hoy tales bebidas?

-Entre las personas que he tratado había un paciente que padecía diabetes tipo I y consumía entre 6 y 7 litros diarios de colas. Obviamente padecía diabetes tipo 1. Era ingeniero informático y debido a la cafeína ya no pegaba ojo. Pero he tratado otra media docena al menos que consumían entre 5 y 6 litros diarios. Y que ingiriesen dos o tres litros diarios ¡decenas! Por eso forma parte de nuestra anamnesis (historia clínica del paciente) preguntar qué bebidas refrescantes consumen cuando vienen; especialmente colas que son las que más adicción producen.

-¿Cómo se puede llegar a ese punto de dependencia?

Porque es un proceso que suele empezar en la niñez y condiciona el futuro. Muchos relacionan esas bebidas con los “premios”. Por otra parte, hay quien consume colas light pensando que no hay problema en ello ya que carece de calorías obviando que contienen cafeína y le va a generar ansiedad y una liberación de hormonas suprarrenales que le despertará las ganas de consumir otra en un breve espacio de tiempo. Ahora bien, ¿qué hace que alguien pase de tomarse una cola diaria a 2 o 3 litros? Pues está claro que la personalidad de cada uno también influye. Y el ambiente familiar. Y los hábitos inculcados desde niños. Y las posibilidades económicas. Y probablemente otros factores. Pero no cabe olvidar la necesidad compulsiva que provoca el propio consumo de la bebida. Hay gente que deja de fumar y, para compensar, se pasa al consumo de colas. Y quien nos cuenta que ha dejado el café… y ahora toma colas. Mire, que las colas producen dependencia está clarísimo. Quien se liga a este tipo de bebidas es fácil que se convierta en un adicto.

ANSIEDAD + ALTO CONSUMO = ADICIÓN

-¿Puede afirmarse que las bebidas de cola más conocidas del mercado son adictivas?

-Estoy absolutamente segura. Mire, a diario no se debería consumir ninguna otra bebida salvo agua,, infusiones aparte. Quizás un vasito de vino en las comidas pero nada más. Otra cosa es la ingesta puntual y esporádica porque en tal caso cualquier bebida puede ser gratificante; lo que es anómalo es su ingesta excesiva.

-¿Hay cifras límites de referencia sobre el consumo de estas bebidas?

-No. Lo que sí se sabe seguro por ejemplo es que el consumo por una embarazada de más de 200 mg diarios de cafeína resulta nocivo para el feto. Luego la ingesta diaria de dos latas de colas no es recomendable; puede provocar daños en el feto y hasta ser causa de malformaciones, de un parto prematuro e, incluso, de un aborto. Por otra parte la cafeína puede producir en la madre vasoconstricciones –un estrechamiento de los vasos sanguíneos- y ello dificultar la circulación de madre a hijo a través de la placenta.

-¿Qué otras consecuencias fisiológicas puede tener, especialmente en niños y adolescentes, el consumo excesivo de estas bebidas?

-Como le digo la ingesta de cafeína origina vasoconstricción y por tanto disminución del flujo sanguíneo lo que puede producir cefalea, dolor de cabeza, gastritis, temblor fino distal, palpitaciones, insomnio y, sobre todo, ansiedad. Ansiedad e insomnio que conllevan falta de concentración para el estudio y el trabajo además de la necesidad de volver a consumir. Y puede que esa ansiedad conduzca al consumo de otras sustancias que la aplaquen como el alcohol o el tabaco. Y aun cabe citar otros efectos indeseables sobre los dientes y sobre el sistema gástrico pero, sobre todo, alteraciones cardiacas importantes en caso de ingestas excesivas y continuas. En los niños se pueden producir los mismos efectos que en los adultos pero dada su falta de madurez pueden suceder antes y dada su proyección vital tener una incidencia más grave. Un niño es mucho más sensible y por tanto el daño mayor. Luego se trata de algo aberrante porque a un adulto se le supone capacidad de discernir pero a un niño no y generar en él hábitos tan perversos me parece inadmisible.

-Pues hoy se sospecha que puede haber muchos otros posibles efectos negativos…

-Cierto. Se sospecha de posibles relaciones entre esas bebidas y otras patologías aún no bien comprendidas que forman parte de las llamadas “enfermedades de la civilización”. Es el caso de las intolerancias y las alergias; hace apenas 30 años el porcentaje de personas con esos problemas era bajísimo pero hoy es cada vez más alto. Siendo llamativo que cuánto más rico es un país mayor es el número de intolerancias y alergias; especialmente las alimentarias. Y no solo ya a la leche o al gluten como hasta hace poco. Y otro tanto puede decirse de la diabetes tipo 1, de las enfermedades del tiroides, de la esclerosis en placa… y de la mayoría de las llamadas “enfermedades autoinmunes”. Y es que a veces parece que estamos ingiriendo sustancias inocuas cuando sin darnos cuenta nuestro sistema inmune responde de manera patológica creando anticuerpos que acaban atacando al propio organismo. ¿Por qué si no se han disparado este tipo de enfermedades en el mundo civilizado? ¿Tiene en ello algo que ver la ingesta de bebidas azucaradas? A mi juicio sí.

Hace unos años se hizo un estudio según el cual los rumanos que venían a España, donde la tasa de diabetes tipo 1 es mayor que en su país, terminaban teniendo la misma incidencia en esa patología a los pocos años de vivir aquí. Luego parece claro que lo que consumían en España influyó en ello.
Otra cosa, obviamente, es que además influyan otros factores; como los productos químicos medioambientales, la polución o el consumo de alimentos foráneos a los que nuestros organismos no están habituados.

-¿Es la sociedad realmente consciente de este problema?

-No, porque se ha hecho creer a la población que esas bebidas son inocuas. La gente no puede entender que haya riesgo en su consumo y sean legales sin que al menos se les advierta de ello. Y como nadie les dice que en exceso son peligrosas asumen que pueden consumirse de forma exagerada, especialmente las bajas en calorías. Me he encontrado con pacientes que en el desayuno toman bebidas de cola y hasta se las dan a sus hijos porque creen que no les hace daño. Y, claro, luego van al médico a contarle que su hijo no duerme, que es incapaz de concentrarse, que es “hiperactivo”….Y yo me pregunto de qué se extrañan con un consumo de colas tan brutal.

En fin, me temo que aún tendrán que pasar años antes de que se entienda que en el ámbito de la alimentación hay muchas cosas tergiversadas. Y no me refiero sólo al impacto de estas bebidas. Por ejemplo, mucha gente piensa que las proteínas son buenas para adelgazar y los hidratos malísimos. Y eso es una auténtica barbaridad. De hecho la gente se ha vuelto obesa cuando se ha puesto a comer proteínas y grasas a mansalva y ha retirado de su dieta los hidratos de carbono. Y es que 100 gramos de patatas cocidas son ochenta y tantas calorías y 100 gramos de las mismas patatas fritas 570. Lo que engorda es la grasa que chupa la patata, no la patata en sí. Hay que aprender nutrición.

NUEVOS HÁBITOS NUTRICIONALES

-Bueno, quizás el problema esté en que a los médicos no se les enseña prácticamente nada sobre Nutrición en las facultades de Medicina…

-Cierto. Yo terminé mi carrera en 1982 y no se estudiaba. Y hoy poco o nada se ha avanzado en ese campo. ¡Pero si hay cardiólogos que recomiendan a personas obesas que tienen la necesidad de adelgazar que desayunen pan con aceite de oliva! Lo que demuestra que no saben nada de nutrición.

-Una última pregunta: ¿por qué cree que tanta gente ha acabado “despreciando” el agua?

-Ahora la gente joven apenas bebe agua cuando sale y tampoco consume fruta. Cuando es una barbaridad pensar que se pueden sustituir con tales bebidas refrescantes. Una cosa es utilizar un refresco como gratificación, algo que debería realizarse de manera muy puntual, y otra que se generalice el consumo diario de bebidas refrescantes. Los padres no deberían consentir a sus hijos que las consuman diariamente. De hecho su ingesta, la comida basura y el sedentarismo son las principales causas de sobrepeso y obesidad.

Antonio F Muro

Este reportaje aparece en
160
Mayo 2013
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