Buena parte de las “enfermedades” las provocan los alimentos industriales

Actualmente varias páginas web y blogs ofrecen en internet artículos ilustrados con fotografías que muestran hamburguesas que se han mantenido intactas a pesar de los meses o años transcurridos desde el día de su adquisición… y es cierto, no se trata de un fraude. Solo que ese fenómeno no es excepcional y se debe a los mismos factores que impiden que una pata de jamón, un bacalao o un pescado ahumado se conserven inalterados largo tiempo. Y es que la clave de este tema no está en el hecho de si la hamburguesa se pudre o no sino en lo perjudicial que resulta su consumo para nuestra salud. De hecho tanto la “comida rápida” como la “comida basura” no son sino la punta de iceberg de la gran masa de alimentos industrializados que consumimos diariamente y no son más que víveres desprovistos de nutrientes. Siendo esas carencias las que nos llevan en muchos casos a la obesidad y a padecer gran número de patologías que desaparecerían simplemente cambiando nuestra dieta y aumentando la proporción de alimentos naturales y frescos.

Hace ya unos años a una periodista neoyorquina llamada Sally Davies se le ocurrió comprar en su barrio un Happy Meal -nombre que recibe el menú infantil de McDonald’s y que habitualmente consiste en una hamburguesa, una hamburguesa con queso o un McNuggets de pollo (a elegir) que se acompaña de unas patatas fritas y un refresco y se sirve dentro de una pequeña caja con un pequeño juguete-,llevárselo a casa, extender el contenido sobre una mesa y luego, diariamente, sacarle una foto. Lo que hizo durante los siguientes ¡145 días! Fotos que fue colgando en Internet. Pues bien, pudo así comprobar que durante todo ese tiempo tanto el aspecto exterior de la hamburguesa como el de las patatas fritas permanecía con el mismo aspecto del primer día (aunque a partir del segundo día su perro dejó de interesarse por esos productos). Cualquiera que vea las fotos detalladamente comprobará que es difícil encontrar diferencias entre las obtenidas los primeros días y las sacadas ¡cinco meses después!

Solo que no se trata de un caso único. Hay otros aún más sorprendentes. Como el de Julia Harvey que montó una secuencia fotográfica a lo largo de cinco años comparando la evolución entre un plato de patatas normales y otro de patatas McDonald’s. O el de la nutricionista Karen Hanrahan que guarda incorrupta una hamburguesa desde 1996 sin que su aspecto difiera del de una hamburguesa fresca. De hecho la utiliza desde hace 16 años como ejemplo para mostrársela a los niños y jóvenes de los colegios que visita cuando les da charlas sobre alimentación sana a fin de explicarles las desventajas de la “comida rápida”. Aunque quizás lo más famoso e impactante se vea en el video http://bionicburger.com en el que Len Foley muestra una colección de hamburguesas que se mantienen “frescas” transcurridos casi ¡20 años!

Ahora bien, esto no pasa sólo con la comida de McDonald’s. Resultados similares se obtienen con productos de otras cadenas de “comida rápida” como Burger King, Kentucky Fry Chicken (KFC) y otras. De hecho son ya innumerables las páginas de internet en las que se exponen espectaculares fotografías de hamburguesas y patatas que permanecen inalteradas varios años después de su compra.

Lo singular es que hay otras muchas páginas en Internet que muestran hamburguesas enmohecidas o en avanzado estado de putrefacción… a los pocos días de ser adquiridas. ¿Por qué? ¿Cuál es la diferencia? Pues una de las razones es que hoy las hamburguesas y patatas no se dejan al aire libre sino que se guardan en contenedores de vidrio o plástico o, simplemente, se envuelven en una bolsa plástica. Y cuando se hace así se produce un rápido enmohecimiento del contenido. Incluso se observa cómo el agua se condensa en las paredes del recipiente.

En realidad esto no debería sorprendernos ya que nos pasa en casa cuando dejamos el pan expuesto al aire ambiente y éste se deshidrata y endurece. En cambio si lo guardamos en una bolsa plástica desarrollará mohos, rápidamente en climas húmedos -al día siguiente-, en 3 o 4 días si vivimos en una zona más seca. Con lo que la polémica está servida. ¿Quiénes son los que engañan? ¿Los de McDonald’s o los que cuelgan las fotos en internet? ¿O es que hay hamburguesas y hamburguesas?

En la web http://aht.seriouseats.com/archives/2010/10/the-burger-lab se describe un test bastante completo y bien diseñado que el autor hizo utilizando tanto hamburguesas de McDonald’s como caseras. Y puede observarse que al cabo de dos semanas no hay ningún signo de putrefacción ni en las caseras ni en las de la multinacional siempre que se encuentren al aire libre. En cambio las hamburguesas introducidas en bolsas de plástico herméticas, tanto las caseras como las de McDonald’s, mostraron el mismo grado de formación de moho. Y la razón es simple: en condiciones normales las hamburguesas expuestas al aire libre –incluso en el interior de una habitación o sala- se deshidratan rápidamente perdiendo la mayor parte de su agua -en los tres primeros días- y eso imposibilita la formación de moho. En cambio las que se guardan en bolsas de plástico no se deshidratan y por eso al cabo de una semana muestran ya signos de enmohecimiento.

DEJEMOS DE LADO LA HAMBURGUESA INMORTAL

En suma, la discusión de si las hamburguesas se pudren o se mantienen incorruptas durante años no es la clave de todo esto. La clave está en las sustancias que se agregan a las carnes, las patatas, el pan o el queso para hacerlas más apetitosas, visualmente atractivas y químicamente estables durante al menos el tiempo que transcurre desde su elaboración hasta su consumo.

Pero vayamos por partes y analicemos primero el típico pan de las hamburguesas. Para empezar sepa que tanto ése como cualquiera de los panes que se compran envasados en el supermercado -el clásico pan de molde y otros- contienen “conservantes”. Fundamentalmente propionato de sodio y propionato de calcio, ambos inhibidores del moho que el Codex Alimentarius europeo ha renombrado respectivamente con los números E-281 y E-282. Y asimismo se utilizan el sorbato potásico (E-202) y el ácido sórbico (E-200). Estos aditivos se utilizan en una proporción que va del 0,1% al 0,4% en la mayoría de los panes que se confeccionan industrialmente; y si bien a veces están presentes en los panes de barrio o artesanos lo están en una cantidad mucho menor. Cabe destacar que los propionatos están presentes de forma natural en muchos alimentos -como los quesos, las manzanas o las fresas- donde cumplen la misma función: protegerse  de mohos y bacterias patógenas. Y es que tienen la facultad de inhibir el desarrollo de la gran mayoría de mohos y bacterias peligrosas; es decir, no las mata pero impiden su desarrollo y multiplicación. Por eso se añaden a otros productos.

En cuanto a las hamburguesas que se venden en los locales de “comida rápida” suelen haber sido preparadas con carne triturada procedente de mataderos en los que ciertamente se mantienen cuidadosas medidas sanitarias a fin de evitar la contaminación microbiana. Carne que primero se congela durante varios días –impidiendo el posible desarrollo de bacterias- y finalmente se somete a alta temperatura para matar cualquier posible microbio patógeno que haya sobrevivido. Y por si fuera poco a las hamburguesas se les añade además un 1% de sal, lo que también es un factor antimicrobiano. Es más, se les agregan nitratos bactericidas (la ley permite hasta 150 ppm o partes por millón). Un estudio sobre la calidad de las hamburguesas de los restaurantes de comida rápida efectuado no hace mucho por Eroski Consumer detectó en todo caso contenidos mínimos de E. coli y Staphilococcus aureus que probablemente provenían del queso o de los vegetales más que de la propia carne.

Dicho esto recordemos que la deshidratación es el método más universal y antiguo que existe para evitar que las bacterias y mohos puedan colonizar un alimento siendo el fundamento de las arcaicas técnicas de salazón y ahumado para poder conservar las carnes sin que se pudran. Y que tal es la razón de que una hamburguesa calentada -y, por tanto, deshidratada- pueda conservarse durante varios años al aire (no en bolsas).

En cuanto a las patatas fritas industriales –que contienen un alto porcentaje de grasas- se fríen a muy altas temperaturas -a unos 200º C- y luego se congelan inmediatamente. Y eso hace que se deshidraten completamente y el alto calor que no quede ninguna bacteria viva. Además se les agrega importantes cantidades de sal que, como todo el mundo sabe, es uno de los conservantes básicos de los alimentos por su capacidad de deshidratar. Por último se les agrega una ínfima cantidad de acido cítrico que también actúa como bactericida. Y todo ello explica por qué esas patatas fritas se mantienen incorruptas e inalterables: están casi totalmente deshidratadas y la escasa cantidad de agua que contienen se evapora a la atmosfera en condiciones normales por lo que la deshidratación es total. Es pues imposible que algún moho o bacteria se asiente y reproduzca en ellas ya que carecen de agua, sustancia vital para la vida. A veces la deshidratación llega a ser tan alta que las patatas se comportan como si fueran trozos de madera, casi imposibles de romper dado su alto grado de solidificación.

Bueno, pues en el caso McDonald’s y otros establecimientos similares se emplean patatas industriales que han sido sometidas primero a una etapa de vapor de agua que elimina azúcares y bacterias, luego se fríen a 150º C y finalmente se congelan para distribuirlas por los restaurantes. Y una vez en los locales de consumo se someten a una fritura rápida a 200º C lo que elimina casi toda el agua libre contenida manteniéndose sólo una pequeña cantidad de agua molecular asociada a los almidones interiores que no puede acceder a la superficie. Esas patatas tienen una sección o grosor especifico de un centímetro cuadrado y todo ha sido calculado -el tipo de aceite, la temperatura y los tiempos para la primera y segunda frituras- de tal manera que es imposible que quede algo de agua superficial y alguna bacteria.

Hay que añadir que al aceite donde se fríen las patatas se le agrega una pequeña cantidad de dimetilpolisiloxano -una especie de silicona, aditivo regulado y autorizado- que no sólo impide la formación de espuma durante la fritura sino que se generen acrilamidas –sustancias potencialmente cancerígenas- al freírlas.

COMIDA RÁPIDA Y ALIMENTOS RÁPIDOS

Hace varios años el periodista Michael Pollan escribió un libro titulado El dilema del omnívoro que se hizo famoso en Estados Unidos por poner el dedo en la llaga de la cultura fast food explicando en él que la cuestión no radica tanto en la “comida rápida” como en los “alimentos rápidos”. Es decir, que más que analizar cómo se encuentran las hamburguesas, las patatas y las bebidas que nos ponen en la bandeja de un McDonald’s lo más importante es saber cómo y en qué condiciones han llegado hasta allí. Y es que la poderosa industria agroalimentaria sabe que la clave para obtener mayores beneficios está en apurar al máximo la cadena de producción; es decir, en producir la máxima cantidad de lo que sea -trigo, maíz, pollos, cerdos, terneros- en el menor tiempo posible. Lo que en el caso de los animales comestibles esa política está meridianamente clara: si se puede conseguir que un huevo se transforme en un pollo en 15 días en lugar de en 30 los costes derivados del crecimiento, desarrollo y engorde del animal serán mucho menores y eso redundará en mayores beneficios.

Y como resultado de esa ecuación básica en el caso de los pollos la industria acelera su crecimiento mediante los siguientes métodos:

-los inmoviliza al máximo para que no pierdan calorías moviéndose.

-les somete a ciclos artificiales de luz y oscuridad para que los días duren 20 horas en lugar de 24 y así se acelere el biorritmo metabólico.

-les dan hormonas de crecimiento.

-les proveen de una dieta mucho más alta en proteínas que una dieta natural.

-los tratan con antibióticos y todo tipo de antiparasitarios para evitar las enfermedades que asolan a unas criaturas de endeble sistema inmunitario que viven hacinadas e inmovilizadas desde que nacen hasta que mueren.

Y los pollos no son la excepción pues también el ganado vacuno es sometido a un tratamiento similar. Vacas y novillos son a menudo inmovilizados en corrales mínimos donde jamás ven la luz del sol, son alimentados con granos de alto contenido proteico -fundamentalmente maíz y soja- a fin de que engorden y crezcan más rápido y, como a los pollos, se les administran ingentes cantidades de antibióticos -para evitar las enfermedades resultantes de una alimentación antinatural-, fármacos para disminuir la acidez del rumen y evitar las diarreas, y antiparasitarios para contrarrestar su debilitado sistema inmunitario. Y, por supuesto, los terneros son destetados apenas nacidos y alimentados con leche en polvo hasta que son capaces de comer grano.

En suma, poca gente lo sabe pero la mayor parte de la carne que consumimos procede de animales permanentemente enfermos por el simple hecho de que su alimentación natural -pastos en el caso de los vacunos y plantas, insectos, larvas y vermes en el caso de las aves- ha sido sustituida por granos de cereales que no consiguen digerir de forma eficiente.

Afortunadamente McDonald’s y demás restaurantes de comida rápida están exigiendo ahora a los productores y mataderos unas mínimas condiciones de salubridad. Lo que redunda en su propio beneficio ya que, aunque excepcionales, los pocos casos de intoxicaciones y muertes por contaminación con Salmonella y/o E. coli provocaron fuertes caídas de ventas que pusieron el negocio de la comida rápida al borde de la ruina. Es curioso pues que haya que agradecer a McDonald’s haber impuesto a los criadores de carne y pollos fuertes limitaciones al empleo de “proteínas recicladas” en la alimentación animal.

Porque es verdad que los casos de Encefalopatía Espongiforme Bovina o mal de las vacas locas forzaron a las autoridades sanitarias a prohibir la inclusión de restos de carne o entrañas de vacunos procedentes de los mataderos en la alimentación del ganado y las aves pero no es menos cierto que los criadores hacían caso omiso y los controles eran poco eficientes. Las exigencias de las cadenas de comida rápida imponiendo sus propios controles para lograr eliminar estas prácticas antinaturales parecen sin embargo haber funcionado.

LLEVA A TU ABUELA AL SUPER

En otro de sus entretenidos libros, El detective en el supermercado, M. Pollan aconseja ir a la compra acompañado de la abuela; o mejor aún, de la bisabuela. Porque nadie debería comprar nada que ellas no reconozcan como comida. De hecho a ninguna de ellas se le ocurriría comer en un restaurante de comida rápida.

En suma, todo lo que se ve en la clásica hamburguesería procede de una central industrial que la entrega siempre congelada y precocinada -hamburguesas, pollo, patatas fritas…- o preparada -pan, ensaladas, etc.-. En cuanto a las gaseosas y colas se sirven siempre en dispensadores especiales que mezclan misteriosos extractos patentados con agua, gas carbónico, edulcorantes y diversos aditivos en los que absolutamente nada es natural (bueno, algunas franquicias sirven zumo de naranja).

Dicho de otra forma: detrás del mostrador de ese tipo de restaurantes no hay ni cocina propiamente dicha, ni cocineros, ni nadie que vaya al mercado a comprar la comida. Los que preparan el pedido son generalmente jóvenes sin formación en hostelería que simplemente siguen las instrucciones de máquinas semiautomáticas que calientan alimentos precocinados y congelados. Y que de higiene saben normalmente muy poco.

Todos los alimentos que se preparan en las hamburgueserías -hasta las ensaladas- vienen congelados, enlatados o deshidratados y, por lo general, cocinados o semicocinados. Se trata pues de “comestibles”, no de alimentos. Lo que se sirve en un McDonald’s ha sufrido más cambios en el último medio siglo que en los 10.000 años transcurridos desde que el ser humano dejó de cazar y recolectar granos y plantas para empezar a cultivar cereales y domesticar animales.

LA DIETA OCCIDENTAL MODERNA Y LA SALUD

Morgan Spurlock, el periodista y director de cine que hace unos años sorprendió al mundo con su famoso documental Super Size Me, se sometió personalmente durante un mes a una dieta basada exclusivamente en la ingesta diaria de hamburguesas, patatas fritas y Coca-Cola en los locales de un McDonald’s. Y como cabía esperar su salud se resintió de forma notable; afortunadamente los efectos fueron reversibles.

Pues bien, unos veinte años antes la doctora Kerin O’Dea -hoy directora del Sansom Institute, University of South Australia e inventora del término obesogénico para referirse tanto a las dietas como a los entornos económico-culturales que promueven la obesidad de los humanos- realizó una experiencia similar a la de Spurlock… pero al revés. En su caso decidió poner a prueba las virtudes terapéuticas de los alimentos tradicionales y para ello escogió a diez aborígenes australianos “aclimatados” a la dieta occidental moderna que consumían una alta proporción de carbohidratos refinados, refrescos azucarados y generosas raciones de cerveza, y que vivían desde hacía varios años en la ciudad de Durban (Australia). La edad media del grupo era de 53 años y todos ellos eran obesos e hipertensos que además sufrían diabetes tipo 2 y tenían altos niveles de triglicéridos en sangre. El grupo se trasladó a su aldea natal -situada en un recóndito lugar de la selva en la costa del noroeste australiano- y allí todos ellos volvieron a su dieta tradicional alimentándose de los pequeños animales y aves que ellos mismos cazaban así como de la recolección de larvas, frutos, plantas y raíces comestibles –especialmente mandioca- además de abundantes pescados y mariscos. Los médicos que supervisaron su dieta apuntaron cuidadosamente las cantidades y cualidades de lo que comían diariamente. Pues bien, a lo largo de siete semanas tanto los hombres como las mujeres mostraron una progresiva disminución de peso y de la tensión arterial. Y al final de ese periodo sus niveles de triglicéridos se habían normalizado siendo su respuesta a la glucosa prácticamente normal. Lamentablemente los resultados de esta ilustrativa experiencia fueron publicados en la revista Diabetes en 1984 sin que despertara el menor interés. Y es que en esa época ya se nos intentaba convencer falazmente de que no es necesario comer sano porque se puede controlar el exceso de colesterol ingiriendo simplemente estatinas; cuando eso es un auténtico disparate (lea en nuestra web –www.dsalud.com– los artículos que con los títulos ¿Causan las estatinas recetadas para bajar el colesterol las enfermedades neurodegenerativas?y Las estatinas, además de peligrosas, no sirven para prevenir patologías publicamos en los números 91 y 131 respectivamente).

La verdad es que en Occidente lo de las hamburguesas, la “comida rápida” y la “comida basura” constituye un asunto importante pero no es más que la punta de iceberg de un problema mucho mayor. Algo se salvan los españoles, portugueses, italianos, franceses y griegos que en su mayoría conservan aún un alto porcentaje de sanas costumbres merced a la tan cacareada Dieta Mediterránea con su importante proporción de frutas, verduras, legumbres, pescado y mariscos, tanto en las comidas caseras como en los menús de la mayoría de los restaurantes.

Pero en otros países europeos -y sin lugar a dudas en Estados Unidos- la denominada comida rápida-basura representa una media del 19% de las calorías diarias ingeridas. Y si a ello le sumamos que el 92% de lo que se come en casa son alimentos que han pasado por algún tipo de proceso industrial -es decir, comida envasada, procesada, cocida o pasteurizada- resulta que un americano medio apenas consume un 8% de alimentos frescos y vivos apenas rozados por la industria (salvo un mínimo de transporte, lavado y comercialización). Estando en Europa algo mejor pues todavía hoy entre el 25% y el 30% de la superficie de los supermercados corresponde a estanterías donde brillan las frutas, las verduras frescas, la carne y el pescado (no incluimos los lácteos, prácticamente todos pasteurizados y desvitalizados) y son numerosas las amas de casa que acuden diariamente al mercado a comprar productos naturales frescos.

Lo preocupante es el futuro. Porque en un sistema capitalista la industria agroalimentaria está inexcusablemente abocada al crecimiento y sólo tiene dos maneras de generar más beneficios: producir barato y aumentar las ventas. Y ambas premisas van contra nuestra salud ya que la forma directa de abaratar un producto es mediante la disminución de su calidad; usando por ejemplo nuevos aditivos para prologar su vida en el estante, utilizar materias primas provenientes de producciones masivas poco escrupulosas donde prima la cantidad en detrimento de la calidad, etc.

Sin duda porque muchos siguen sin convencerse de que en general lo barato resulta caro y los costes de los productos de calidad implican un precio de venta relativamente alto. Tomemos el ilustrativo ejemplo de los huevos llamados “camperos” que son aparentemente más caros ya que provienen de gallinas que viven y se alimentan al aire libre con una importante fracción de su ingesta constituida por hierbas, insectos, larvas y microorganismos del suelo. Este tipo de alimentación se traduce en huevos ricos en omega 3, vitamina E, betacarotenos y varios minerales. Por contra, las gallinas que viven inmovilizadas en jaulas sin sol, comiendo grano y despojos de otros animales producen huevos más baratos pero con menos nutrientes. Así que al final acabamos pagando la diferencia de precio entre un alimento que apenas nutre y otro rico en nutrientes. Y lo mismo puede decirse de la mayor parte de los alimentos que consumimos: muchos son “comestibles” pero no “alimentos”; son más baratos pero carecen de los mismos nutrientes.

OBESIDAD, ENFERMEDADES Y NUTRIENTES

En uno de los capítulos del ya mencionado libro de M. Pollan se analiza este problema en relación con la epidemia occidental de obesidad. Con un razonamiento muy sencillo: nuestra fisiología es el resultado de millones de años de evolución habiendo derivado en un mecanismo casi perfecto; así, cuando nuestro cuerpo necesita nutrientes manda un aviso al cerebro para que éste ponga en funcionamiento la sensación de hambre. Ahora bien, si lo que comemos para saciarla son simples calorías sin nutrientes el cerebro no se dará por satisfecho puesto que lo que necesitaba no le ha llegado y volverá entonces a enviar un nuevo mensaje de hambre. Y volveremos a comer. Y si de nuevo lo que ingerimos no contiene lo que el cuerpo necesita el cerebro volverá a emitir la señal de que sigamos comiendo. ¿El resultado? Terminaremos siendo obesos y encima estaremos mal nutridos. Luego a menudo la obesidad es el resultado de comer alimentos que carecen de los nutrientes que deberíamos recibir por vía digestiva. Es más, la falta continua de nutrientes suele terminar afectando a la funcionalidad de órganos y células y ésa es la principal razón de que aparezcan muchas de las llamadas enfermedades modernas: la diabetes, los accidentes cardiovasculares, la osteoporosis y un larguísimo etcétera.

Y eso no es todo. Las hamburguesas y patatas fritas de ese tipo de restaurantes contienen un 3% de grasas trans. Hace unos años un equipo dirigido por la Dra. Kylie Kavanagh –el trabajo se publicó en Obesity en 2007- alimentó durante seis años a 51 monos con una dieta baja en calorías solo que una parte recibió una alimentación normal de grasas insaturadas (grasas naturales cis) y el otro una dieta idéntica pero incluyendo un 8% de calorías aportadas por grasas trans (que no son más que grasas cis transformadas por hidrogenación industrial). Bueno, pues al cabo de esos seis años se observó que los alimentados con grasas insaturadas incrementaron su peso un 1,8% y los que tomaron grasas trans un 7,2%; y además éstos tenían un 30% más de grasa abdominal y tendencia a resistencia a la insulina, factores de riesgo para el desarrollo de enfermedades cardiovasculares y diabetes.

Cabe agregar que la doctora continuaría durante años trabajando en la misma línea y hace poco aseguró que había hallado una evidente relación entre los estados pre-diabéticos en las madres gestantes y muertes prematuras neonatales y postnatales (hasta 30 días después del parto).

En cuanto a las calorías debe saberse que un menú McDonald’s de hamburguesa doble, ración grande de patatas fritas y una gaseosa grande contiene 1.430 calorías que es la cantidad que necesita un niño de 15 años y peso normal al día; cubriendo el 70% de las necesidades de un adulto. Además se debe tener en cuenta que el pan que acompaña las hamburguesas suele tener hasta un 5% de lípidos, parte de los cuales son grasas trans.

Y el problema es grave porque la comida basura está presente ya en todo del planeta. En agosto de 2010 Nutrition Research publicó un trabajo de los doctores S. A. Wash y M.B. Ageib según el cual en los adolescentes de Jeddah (Arabia Saudita) ha aumentado en los últimos años el Índice de Masa Corporal (IMC) una media de 27,4 llevando a muchos al sobrepeso y a tener altos niveles de triglicéridos y colesterol; principalmente por la introducción de “snacks”, dulces y bebidas gaseosas en su alimentación.

LA SALUD DE LOS AMERICANOS

Ahora bien,  hoy día un tercio de los ingresos de McDonald’s se siguen generando en Estados Unidos. Y si a ello le sumamos que la mitad de los locales de Burger King y Kentucky Fry Chicken (KFC) están en ese país es fácil deducir que ningún pueblo del planeta consume tanta “comida rápida” como los estadounidenses. Y si le queda alguna duda recuerde que allí se encuentran otras muchas cadenas no menos numerosas y extendidas como Wendy, Pizza Hut o Taco Bell así como cerca de un centenar de cadenas locales (se estima que hay unos 200.000 locales de venta de comida rápida). Y para rematar recordemos que un estadounidense consume de media anual ¡212 litros de gaseosa! Lo que implica tomar unos 25 kilos de azúcar al año ¡sólo en refrescos! De hecho recientemente se publicó un dato alarmante: el 20% de los niños estadounidenses toman gaseosas azucaradas como bebida habitual.

Según cuenta Eric Schlosser en su libro Fast Food Nation los estadounidenses se gastaron en 1970 en comida rápida unos 6.000 millones de dólares pasando ese consumo a 110.000 millones en 2000 y a 200.000 millones en la actualidad. Un auténtico despropósito. Porque esa cifra es mayor que la de todos sus gastos culturales juntos: libros, periódicos, revistas, videos, cine, teatro, música… Es más, supera incluso al presupuesto dedicado a Educación. Y es que uno de cada tres niños consume en ese país comida rápida ¡todos los días!

El resultado de tal locura colectiva es que hoy el 65% de los estadounidenses tiene sobrepeso o es obeso; diez millones de ellos -incluidos niños- con obesidad mórbida. Y el corolario es que a pesar de ser el país del mundo que más dinero dedica a la salud y a las investigaciones médico-farmacológicas sus índices de mortandad y enfermedades metabólicas están entre los más altos del mundo industrializado. Ocupa el puesto nº 32 en el ranking mundial de esperanza de vida, el 9º en muertes por cáncer, el 5º en muertes por accidentes cardiovasculares y está entre los primeros en diabetes.

No cabía esperar otro resultado de las sospechosas relaciones entre la industria agroalimentaria y la farmacéutica.
Las cifras cantan: en 1960 los estadounidenses invertían el 17,5% de sus ingresos en comida y los gastos sanitarios representaban sólo el 5,2% de la renta nacional; en el 2000 gastaron sólo un 10% en comida pero los gastos sanitarios subieron hasta el 16%.

Y no todo es un problema de dinero: como el 92% de lo que ingieren proviene de alimentos procesados industrialmente el tiempo que dedican a preparar y disfrutar de la comida es apenas de hora y media al día, la mitad del que dedican los europeos. Y lo que es peor: el 19% las hacen en el coche, a menudo ¡mientras conducen!

REFLEXIONEMOS UN MINUTO

En nuestra vida cotidiana moderna cometemos dos errores fundamentales: el primero es invertir nuestro tiempo libre en charlar de cosas irrelevantes, ver programas de televisión sin contenido y dedicar horas a ver deportes en la pequeña pantalla; el otro es pensar que nuestra salud es una característica física más -como el color del pelo o de los ojos- y por tanto es “normal” que unas personas estén sanas y otras sean “enfermizas”. Cuando la verdad es que la salud es el resultado del tiempo que invertimos en cuidar nuestro cuerpo; desde mantener una mínima actividad física y dormir suficientemente hasta cuidar la alimentación. El adagio de “somos lo que comemos” es pues en buena medida cierto. Y sin embargo hoy la sociedad occidental empieza a caracterizarse por estar sobrealimentada y, paradójicamente, desnutrida. Hasta los niños se están transformando en obesos desnutridos. Es hora pues de replantearse en serio nuestros hábitos; especialmente los alimentarios. Porque cada vez son menos quienes compran los alimentos de manera inteligente, preparan y cocinan los productos de forma lenta y cuidadosa y disfrutan con los olores, colores y sabores de los ingredientes.

Juan Carlos Mirre

Este reportaje aparece en
152
Septiembre 2012
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