Adulteración y contaminación intencionada del agua y los alimentos

Algunas multinacionales están adulterando y contaminando alimentos y suministros de agua amparadas por leyes que permiten incluso encarcelar a quienes se atrevan a criticar sus productos una vez los han aprobado los gobiernos. Así lo denuncia al menos el microbiólogo Shiv Chopra asegurando que son ya 76 millones de personas en Estados Unidos las que padecen cada año infecciones de origen alimentario de las que 5.000 mueren; añadiendo que en Canadá la tercera parte de la población sufre asimismo patologías originadas por la alimentación. De hecho cada vez más científicos son perseguidos por denunciar un peligro que solo se explica porque la corrupción alcanza ya a la judicatura.

El control de la cadena alimentaria por grandes corporaciones está causando problemas descomunales: enfermedades, destrucción del medio ambiente y de la biodiversidad agrícola, contaminación de aguas y suelos, medicalización masiva, despoblamiento del campo y hacinamiento en ciudades, desarraigo, desnutrición, hambre, esclavitud laboral y pobreza. Pero como decía Machadonada es impeorable” y es la propia ONU la que ha dado la voz de alarma: las malas cosechas de cereales en los principales países exportadores -debido a las sequías y olas de calor- han llevado a las reservas a su nivel más bajo en los últimos cuarenta años lo que podría provocar una importante crisis alimentaria. Según Abdolreza Abbassian, economista de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación -FAO por sus siglas en inglés-, “los suministros están en una situación crítica en todo el mundo y las reservas a un nivel mínimo de modo que no existe posibilidad de acudir a ellas ante situaciones inesperadas”.

Entre tanto los precios siguen subiendo -en sólo dos años, entre 2006 y 2008, ¡el aumento promedio fue de un 57%!-, los especuladores continúan acaparando tierras cultivables en todo el planeta, la agricultura química moderna -con su arsenal de insecticidas, plaguicidas, fungicidas y herbicidas- no cesa de producir comida envenenada y a ello debemos añadir la contaminación transgénica y radiactiva de los alimentos. El Big Food se ha convertido pues en una amenaza aún mayor que el Big Pharma aunque la distinción es casi metafórica porque en el fondo detrás de uno y otro están los mismos. Según Lester Brown, Presidente del Centro de Investigaciones Políticas de la Tierra, “la geopolítica de los alimentos está eclipsando a la geopolítica del petróleo”.

SEGURIDAD ALIMENTARIA: UNA BURLA

Mientras en los países pobres del planeta existen -según estimaciones de la FAO– 868 millones de personas que sufren hambre y desnutrición la Organización Mundial de la Salud (OMS) cifra en 1.400 millones los adultos mayores de 20 años que tienen exceso de peso -500 millones de los cuales son obesos- asegurando que casi tres millones de personas mueren cada año debido a enfermedades relacionadas con ese problema. En España el sobrepeso afecta ya al 26,3% de la población adulta; es decir, a más de una cuarta parte, muy por encima de la media mundial que está en uno de cada diez. Y es que si bien los problemas de sobrepeso y obesidad se localizaban hasta hace poco de forma casi exclusiva en los países ricos la tendencia de los últimos años es un crecimiento de ambos problemas en los países en vías de desarrollo, especialmente en las grandes urbes. Hemos creado y puesto en marcha pues un sistema de alimentación global que enferma y mata a millones de personas en parte del mundo por falta de comida mientras en otra enferma y mata a millones por exceso de comida y mala calidad de la misma. ¿Cómo es posible tamaño despropósito?

La FAO y la OMS definen “seguridad alimentaria” como “el acceso físico y económico de todas las personas y en todo momento a suficientes alimentos inocuos y nutritivos para satisfacer sus necesidades alimenticias y sus preferencias en cuanto a alimentación a fin de llevar una vida activa y sana”. Bueno, pues como muy pronto podrá deducir el lector no sólo no existe “seguridad alimentaria” en la mayor parte de nuestro planeta sino que son esas mismas organizaciones internacionales en connivencia con las grandes corporaciones que han tomado al asalto toda la cadena alimentaria -con la complicidad más o menos forzada de muchos gobiernos a través de sus múltiples organismos reguladores estatales, comunitarios e internacionales- las que en mayor medida contribuyen a que así sea.

Un drama del que pocos se han ocupado hasta que tras treinta años de trabajo e investigación ha aparecido alguien que ha decidido denunciar la corrupción generalizada existente en el negocio de la alimentación mundial: el microbiólogo canadiense de origen indio Shiv Chopra, autor de dos libros clave sobre este asunto. Uno sobre los fundamentos de la seguridad alimentaria y otro sobre los detalles del entramado de presión formado por empresas biotecnológicas, gobiernos, instituciones públicas, medios de comunicación y numerosas universidades y científicos.

Chopra dirigía en 1988 la División de Seguridad Humana en el Canadian Bureu of Veterinary Drugs -la agencia canadiense que gestiona los medicamentos veterinarios- cuando Elanco -una subsidiaria de la farmacéutica Eli Lilly- desarrollaba la hormona que inicialmente se conocería como recombinant Bovine Growth Hormone (rBGH) –es decir, Hormona del Crecimiento Bovino recombinante- posteriormente bautizada para camuflar sus efectos y no alarmar al consumidor como recombinant Bovine Somatotrophin (rBST) –o sea, Somatotropina Bovina recombinante-, hormona producida mediante modificación genética para inducir un aumento en la producción de leche. Según cuenta Chopra en aquellos momentos la mayoría de las agencias reguladoras no consideraron necesario llevar a cabo análisis de productos modificados genéticamente… pero él no opinaba igual. Así que pidió a la compañía que hiciera los experimentos pertinentes con ratas de laboratorio para demostrar que su producto no afectaría a otras hormonas. La petición debió gustar poco porque de hecho nueve años después Elanco no había realizado los experimentos aunque, junto con Monsanto, no cesó de ejercer presión para que la hormona se aprobase.

De hecho Chopra sufriría las consecuencias de su atrevimiento y tuvo que ver cómo a pesar de llevar 28 años trabajando en el servicio de salud se promocionaba a otros empleados de su departamento y a él se le arrinconaba por lo que optaría por demandar a la Administración por “discriminación racial” –es de origen indio- ganando en los tribunales. Designado tras ese proceso director de la División de Seguridad Animal fue de nuevo pues quien había de decidir sobre la rBST y otras hormonas por lo que comenzó otra vez a recibir presiones ¡de sus propios superiores! para que aprobase las solicitudes de las compañías encontrándose con numerosas dificultades al negarse a ello. Al punto de que terminaría siendo despedido en 2004 junto a otros dos colegas que osaron apoyarlo y a los que se acusó de “insubordinación”: la Dra. Margaret Haydon y el Dr. Gerald Lambert. Según Chopra la presión fue tal y la situación se hizo tan angustiosa que los tres cayeron enfermos pero consiguieron que el caso llegara al Senado y la hormona no se autorizara. Lo que sin duda influyó decisivamente para que el Parlamento Europeo tomase la misma decisión. En 2011 el Dr. Lambert sería finalmente readmitido tras celebrar y ganar una dura batalla legal. Y ese mismo año, junto a Chopra y Haydon, recibirían ex aequo el premio a la integridad que concede la Asociación de periodistas canadienses por la libertad de expresión.

En suma, el único país que autorizó la Somatotropina Bovina recombinanterBST por sus siglas en inglés- fue Estados Unidos en 1993 aunque no para Elanco sino para Monsanto, la compañía que poseía la patente y que llegó a un acuerdo con Eli Lilly para mantener su monopolio en Estados Unidos y repartirse el mercado exterior. Lo vergonzoso es que la FDA dio su aprobación basándose en un estudio de la propia Monsanto realizado con 30 ratas durante sólo 90 días ¡que nunca fue publicado! Y para que el lector sepa cómo se las gasta la FDA le diremos que un año después de la autorización ésta prohibió a las industrias lácteas alegar que la leche de las vacas no tratadas con la hormona era diferente. De hecho gracias a ello Monsanto demandó a una gran productora de leche, Oakhurst Dairy, para obligarla a retirar de sus etiquetas la leyenda de que su leche estaba “libre de rBST.

CORRUPTOS HASTA LAS ENTRAÑAS

Debemos decir en cualquier caso que las presiones sobre Chopra no sólo se debieron a su oposición a la rBST sino al cuestionamiento de la seguridad de los productos de origen animal debido a cinco grupos de sustancias. Los analiza en su primer libro –Los cinco pilares de la seguridad alimentaria- y se trata de hormonas, antibióticos, residuos de mataderos, organismos genéticamente modificados y pesticidas (los tres primeros prohibidos en la Unión Europea y en multitud de países más pero no en Estados Unidos y Canadá).

Chopra considera por ello la comida producida en esos dos países como “la más peligrosa del mundo”. Y es que su descripción de los procesos industriales para obtener en Estados Unidos y Canadá alimentos de origen animal es escalofriante. Para empezar la mayoría de los animales son criados en mega-granjas en condiciones insalubres e intolerables de masificación y posteriormente son transportados cientos de millas hasta enormes mataderos sin que durante las horas que dura el trayecto puedan comer ni beber con lo que deshidratados y cubiertos de heces y orina la mitad llegan muy magullados -en ocasiones muchos casi congelados- y la otra mitad muertos. Claro que en el matadero se aprovecha todo, incluyendo los desechos: sangre, huesos, piel, heces, orejas, cartílagos, sistema nervioso… Todo. Incluyendo según Chopra animales encontrados muertos en las carreteras. Todo eso se muele, se hierve, se deseca y una vez convertido en polvo ¡se utiliza para alimentar a otros animales! Y finalmente el agua de desecho de los mataderos va a parar ¡a los campos, ríos, lagos y pozos de la zona!

Es más, para prevenir infecciones se utilizan en esos animales dosis masivas de antibióticos. Según Chopra el 70% de los antibióticos consumidos en Estados Unidos son de hecho para uso animal. Solo que esos antibióticos, además de destruir muchos microbios inofensivos, están contribuyendo a crear microbios súper-resistentes cada vez más peligrosos.

Según Chopra todas estas aberraciones son posibles debido “a la corrupción generalizada en el sistema alimentario, en el de medicamentos, en el de productos sanitarios y entre los profesionales de la salud”, lo que controlan unos cuantos bancos con la participación del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Chopra explica también que las propias agencias reguladoras así como numerosos científicos están en manos de lobistas que velan por los intereses de la industria utilizando la coacción o la compra de voluntades asegurando que las agencias que deberían proteger al público a quienes realmente protegen es a las grandes corporaciones. Es más, la corrupción según Chopra llega a todos los departamentos del Gobierno estadounidense e, incluso, a las instancias judiciales. En su libro Corrupt to the core (Corruptos hasta las entrañas) muestra de hecho con minucioso detalle las intrigas y manipulaciones de los responsables públicos; en particular del Departamento de Salud de Canadá al que acusa de violar la Food and Drugs Act (Ley de Alimentos y Medicamentos) e ignorar, apartar y/o atacar a todo científico que se resiste a las presiones ejercidas para legalizar sustancias sin la permitente evidencia de seguridad, aprobar de forma arbitraria medicamentos veterinarios con fuertes impactos sobre la salud, negarse a revisar medicamentos ya aprobados sobre los que han aparecido nuevas evidencias de peligrosidad, favorecer la promoción de quienes se muestran dispuestos a llevar a la práctica las irregularidades descritas mientras se discrimina a quienes respetan la ley, distorsionar, manipular o ignorar informes sobre los riesgos de ciertos medicamentos y amordazar a científicos cuyos hallazgos resultan inconvenientes prohibiéndoles hablar sobre su trabajo. Desgraciadamente, como veremos enseguida, las presiones y la censura no se limitan a Canadá y Estados Unidos.

PUSZTAI Y EL CASO DE LAS PATATAS MODIFICADAS

En 1995 el Departamento de Agricultura, Medio Ambiente y Pesca escocés decidió realizar un estudio para evaluar la seguridad de los alimentos transgénicos algo que, por increíble que pueda parecer, no se había hecho nunca hasta ese momento. Se destinaron 1,6 millones de libras para una investigación de tres años sobre la seguridad de patatas genéticamente modificadas por Monsanto de la variedad Desireé Red y se convocó un concurso al que se presentaron 28 propuestas entre las que fue elegido el Rowett Research Institute de Aberdeen de modo que un equipo de científicos de éste junto con otros del Scottish Crop Research Institute (SCRI) y del Departamento de Biología de la Universidad de Durham comenzó la investigación que estuvo dirigida por el prestigioso bioquímico y nutricionista húngaro Arpad Pusztai que trabajaba para el citado Rowet Research Institute desde 1963. Bueno, pues los primeros resultados fueron alarmantes: las ratas alimentadas con las patatas de Monsanto mostraban un hígado, un cerebro y un corazón más pequeños además de un sistema inmunitario más débil. En junio de 1998 Pusztai hablaría de esos hallazgos en el programa World in Action (Mundo en Acción) de Granada Television y los apenas 150 segundos de la entrevista -que se había realizado con el permiso del director del Rowett Research Institute, Philip James- desataron la guerra contra él. En su propio instituto se le tildó de “persona confusa y senil” y se le negaron los fondos necesarios para continuar la investigación. Asimismo se producirían ataques por parte de Monsanto tanto contra Pusztai como contra el programa en el que salió. El paripé continuó con el nombramiento en el Rowett Research Institute de un comité científico que evaluara el trabajo de Pusztai que, como era de esperar, fue obviamente desfavorable. Y a continuación tanto él como su esposa, que también trabajaba como investigadora en el Rowett Research Institute, fueron despedidos amenazándose a Pusztai con perder la jubilación si no guardaba silencio.

Ante el escándalo se montaría otra “evaluación” a la que se prestó la Real Sociedad de Londres para el Avance de la Ciencia Natural que también condenó a Pusztai. Una condena que sería luego tildada por la prestigiosa revista The Lancet como “gesto de impresionante impertinencia”. Pusztai, por su parte, contraatacaría enviando su investigación a 24 científicos independientes ¡que confirmaron que todo se había realizado con absoluta corrección!

En 2003 el libro Don´t worry, it´s safe to eat (No se preocupe, es seguro para comer) del periodista Andrew Rowell aportaría más datos sobre el origen de la persecución al desvelar el testimonio del profesor Robert Orskov -quien trabajaba también en el Rowett Research Institute– según el cual se habría producido una llamada del entonces presidente Bill Clinton a su colega británico Tony Blair quien a su vez llamó a Philip James -el ya mencionado director de ese instituto para transmitirle una orden clara y concisa: había que silenciar a Pusztai.

CHAPELA Y EL CASO DEL MAÍZ CONTAMINADO

En 1988 una jugosa propuesta de Novartis a la Universidad de California en Berkeley abriría el camino a la multinacional farmacéutica para influenciar más allá de lo aceptable a la Facultad de Ciencias Ambientales de la que era profesor de Ecología Microbiana Ignacio Chapela quien de inmediato mostró su firme oposición siendo ésta la primera de las muchas críticas que haría a las relaciones de esa universidad con la industria biotecnológica en los años que siguieron.

En 2001 Chapela y un estudiante graduado, David Quist, descubrieron que el maíz mexicano criollo se hallaba contaminado con maíz transgénico y dieron la voz de alarma. Comenzaron entonces de inmediato las presiones al más alto nivel y funcionarios del Gobierno del presidente Vicente Fox les pidieron que no publicasen en Nature –como estaba previsto- el informe de su descubrimiento algo a lo que ellos, por supuesto, no accedieron. ¿La respuesta?  Dos años después se negó a Chapela la plaza de profesor titular que por derecho le correspondía en Berkeley a lo que éste respondió con una demanda interna en la universidad consiguiendo en 2005 que su derecho se reconociese. Pues bien, en una entrevista reciente Chapela afirma que sabía perfectamente quiénes estaban detrás de esas presiones y de la campaña de difamación que se orquestó contra él: las mismas empresas que presionan para conseguir que se apruebe una ley que abra México a los transgénicos.

Una investigación llevada a cabo por los periodistas Jonathan Mathews -fundador de GMWatch– y Andy Rowell -de Spinwatch– revelaría finalmente que la campaña de presión y difamación contra Chapela había sido orquestada por el grupo de presión AgBioWorld y por Jay Byrne que entonces dirigía para Monsanto la empresa de “comunicación” Bivings la cual utilizó identidades falsas –Mary Murphy y Andura Smetacek– para hablar en nombre de la “comunidad científica” y descalificar a Chapela tratándolo de “activista relacionado con ambientalistas, terroristas y vándalos”. Bivings desaparecería en 2011 tras un ciber-ataque de Anonymous durante su Operation End Monsanto aunque Byrne continuaría operando con otra empresa, V-fluence, con base en Saint Louis (Illinois, EEUU) donde Monsanto tiene su cuartel general.

CARRASCO Y EL CASO DEL GLIFOSATO MORTAL

Andrés Carrasco, jefe del Laboratorio de Embriología Molecular de la Universidad de Buenos Aires (Argentina), investigador principal del Consejo Nacional de Investigación Científica y Técnica (CONICET) y Subsecretario de Investigación Científica y Tecnológica del Ministerio de Defensa hizo público en abril de 2009 un avance de investigación en el que se mostraban los efectos del glifosato -principio activo del herbicida que Monsanto fabrica y comercializa con el nombre Roundup- sobre embriones anfibios. Según explicaría Carrasco el glifosato interviene en el metabolismo enzimático de todos los mamíferos que comparten el mismo mecanismo de desarrollo embrionario -incluidos los humanos- y al ser inhalado pasa a la sangre llegando al embrión. Incluso en cantidades mínimas -los estudios se han realizado con dosis inferiores a las utilizadas en los campos de cultivos transgénicos- existen serias posibilidades de que aumente el ácido retinoico que interviene en el desarrollo embrionario produciendo malformaciones.

Bueno, pues ante tal revelación se desataría de inmediato una virulenta campaña mediática contra Andrés Carrasco y el propio Ministro de Ciencia y Tecnología mexicano, Lino Barañao, intentó que el CONICET lo sancionase. Sin embargo en agosto de 2010 la investigación de Carrasco se publicaría en Chemical Research in Toxicology –la revista de la Sociedad Americana de Química– sumándose así a la documentación que con grandes y dolorosos esfuerzos viene acumulándose en todo el mundo contra los cultivos transgénicos (véase el recuadro adjunto).

Lo determinante, en opinión de Carrasco, es que el estudio realizado encaja con los cuadros médicos que vienen registrándose en las zonas de cultivo de soja transgénica en Argentina: Santiago del Estero, Chaco, Entre Ríos, Córdoba y Santa Fe donde las cifras oficiales sobre malformaciones en bebés son entre un 300% y un 400% superiores a la media. Algo que Carrasco califica de “experimento masivo desde el punto de vista eco-toxicológico”.

SERALINI Y EL CASO DEL FRAUDE DE LAS RATAS

Si hay un científico que aúna honestidad e independencia en este campo minado por la gigantesca influencia de la industria biotecnológica y alimentaria, con el rigor necesario para evaluar los chapuceros estudios presentados por las empresas para conseguir la aprobación de sus productos, la capacidad para realizar estudios propios que pasen los filtros oficiales y se publiquen en revistas de prestigio y la entereza para defender ese trabajo contra viento y marea (que son muchas) incluso pasando de posiciones pasivas a iniciativas en el terreno judicial en las que ha conseguido una aplastante victoria legal y moral que refuerza sus posiciones estrictamente científicas ése es Gilles-Eric Seralini, profesor de Biología Molecular en la Universidad de Caen (Francia) y presidente del Consejo Científico de Investigación Independiente en Ingeniería Genética (CRIIGEN por sus siglas en francés de Comité de Recherche et d’Information Independantes sur le Génie Génétique). Y es que el trabajo de Seralini está resultando devastador para los intereses de la industria biotecnológica y dejando en evidencia a todos aquellos que se han dejado comprar por ella. Aunque lo más sorprendente es que la guerra brutal que se ha desatado contra él -siguiendo las pautas que ya hemos repetido en otros casos similares- no ha conseguido arrebatarle esa sonrisa que parece mezclar absoluta seguridad en sí mismo y la satisfacción de estar poniendo contra las cuerdas a las más poderosas compañías transnacionales y agencias gubernamentales.

Para empezar, entre 2007 y 2009 el equipo de Seralini revisó concienzudamente los estudios que Monsanto había presentado al solicitar la autorización en Europa de tres líneas de su maíz transgénico –MON863, MON810 y NK603– accediendo a los documentos gracias a la decisión favorable de una iniciativa judicial en Alemania y sus hallazgos fueron concluyentes: fue la metodología adoptada y el corto tiempo de duración del estudio, entre otros factores, lo que permitió a Monsanto afirmar que no había peligro de toxicidad en el maíz y obtener en 2005 la aprobación de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA, por sus siglas en inglés: European Food Safety Authority).

Sin embargo el equipo de Seralini repitió los experimentos aplicando una metodología correcta y corrigiendo los parámetros estadísticos obteniendo como resultado señales de toxicidad hepato-renal y otras alteraciones bioquímicas en hígado, riñón, páncreas y médula ósea que podrían dar lugar a diversas patologías. En otras palabras: el estudio era un fraude perpetrado por Monsanto con la complicidad de la EFSA y, como consecuencia, se puso en el mercado un producto potencialmente peligroso para la salud.

Como el lector supondrá los ataques contra Seralini comenzaron inmediatamente. Y fueron dirigidos por investigadores “reconocidos” como Claude Allegre, Kahn Axel y Marc Fellous, éste último profesor de Genética, expresidente de la Comisión de Ingeniería Biomolecular -organismo encargado en Francia de evaluar la seguridad de la Biotecnología- y presidente de la Asociación Francesa de Biotecnología Vegetal (AFBV por sus siglas en francés), organización no gubernamental creada para apoyar y alentar los cultivos transgénicos. De hecho esta última organización emitió un comunicado de prensa en diciembre de 2009 en el que se decía: “El trabajo de Seralini siempre ha sido invalidado por la comunidad científica”. Una afirmación absolutamente falsa ya que sus trabajos se han publicado en revistas reconocidas y revisadas por pares sin que en ningún caso se rechazara o invalidara uno solo de ellos.

EL INCANSABLE EQUIPO DE SERALINI

Cabe añadir que entre 2009 y 2010 Seralini llevó a cabo estudios para la Corte Suprema y el Gobierno de la India sobre los datos aportados por Mahyco –empresa asociada de Monsanto– para comercializar una berenjena modificada tratada con un nuevo insecticida llevando los resultados del análisis a declarar una moratoria. Lo que hizo que los ataques contra él se recrudecieran… pero también las campañas de apoyo por parte de numerosos científicos y otros miembros de la sociedad civil.

Seralini pasaría entonces al contraataque demandando por calumnias a Marc Fellous y a otros miembros de la AFBV y el 18 de enero de 2011 el Tribunal de Grande Instance de París dictó sentencia a su favor. Marc Fellous fue así declarado culpable de difamación por insinuar, entre otras cosas, que Seralini decía lo que decía porque le financiaba Greenpeace. Es más, el abogado de Seralini demostraría que Fellous posee patentes de productos genéticamente modificados a través de una empresa con base legal en Israel que las vende a transnacionales como Aventis. Y que otros miembros de AFBV mantienen estrechas relaciones con compañías de la agroindustria dejando su integridad e imparcialidad científica y profesional por los suelos. La victoria fue completa. La AFBV tuvo que pagar una multa de mil euros, cuatro mil euros en costas y la simbólica petición hecha por Seralini como “compensación por las injurias vertidas contra él: un euro.

Ese mismo año de 2011 aparecería otro trabajo del equipo de Seralini -en el nº 23 de Environmental Sciences Europe- en el que se revisaron otros 19 estudios concluyéndose que 90 días es un plazo insuficiente para evaluar si los organismos genéticamente modificados pueden provocar toxicidad por lo que se proponen estudios de dos años de duración y una batería de pruebas mucho más completa que las realizadas hasta ahora.

El remate definitivo llegaría el pasado mes de septiembre de 2012 con la publicación en Food and Chemical Toxicology de los resultados obtenidos por el equipo de Seralini tras alimentar con maíz transgénico a 200 ratas durante dos años. Y es que en el grupo alimentado con maíz transgénico o con agua contaminada por glifosato -en niveles detectados en el agua de grifo en lugares donde se utiliza el pesticida Roundup– el 50% de los machos y el 70% de las hembras murieron prematuramente mientras en el grupo de control solo se produjeron un 30% y un 20% -respectivamente- de muertes prematuras. Además se detectaron trastornos hormonales, tumores mamarios y problemas de hipófisis y riñón en las ratas que tomaron el maíz de Monsanto.

Las implicaciones científicas, políticas, mediáticas y éticas de estos resultados son obvias. Como lo es la amenaza que significan para los negocios de las compañías biotecnológicas y fabricantes de pesticidas. Téngase en cuenta que el Roundup de Monsanto es ¡el pesticida más utilizado en el mundo! Por eso -y para evitar intromisiones- el equipo de Seralini montó un estudio “señuelo” y tomó la precaución de comunicarse exclusivamente mediante correos electrónicos cifrados. (Invitamos a los lectores que quieran ampliar información sobre ello a leer en nuestra web –www.dsalud.com– el artículo que apareció en el nº 83 de la revista con el título El 60% de los alimentos elaborados que consumimos en España ¡contienen transgénicos! así como los publicados en el nº 124 con el de ¿Cuántos de nuestros alimentos están contaminados con glifosato? cuyo antetítulo era Presente en productos como Roundup, el pesticida estrella de Monsanto y en el nº 159 con el de Guerra global contra Monsanto).

EL IMPERIO (BIOTECNOLÓGICO) CONTRATACA

El estudio de Seralini fue tan concluyente que apenas 24 horas después de su publicación fue de nuevo ferozmente atacado. Esta vez en la revista Forbes con la firma de Jon Entine, periodista y autor del libro Let Them Eat Precaution (Dejemos que coman precaución), cínico título con el que pretende defender la tesis de que el Principio de Precaución defendido por los grupos de defensa del medio ambiente y muchos otros colectivos sociales en muy diferentes ámbitos está “frenando la revolución biotecnológica” e impidiendo “resolver el problema del hambre mundial”. Una absoluta falacia, evidentemente. Pocos días después, en un segundo artículo, Entine arremetería no ya contra Seralini sino contra todo aquel que ose defender su trabajo.

Paralelamente a estas descalificaciones mediáticas se produciría una campaña de envío de cartas a la revista pidiendo que se retractasen del artículo. Según afirma el periodista Jonathan Mathews de GMWatch -a quien hemos mencionado antes a propósito del caso Chapela- la campaña fue orquestada por Science Media Center (SMC), una organización con base en Londres “sin ánimo de lucro” pero con múltiples conexiones internacionales que preparó y difundió una serie de citas de científicos criticando a Seralini que sirvieron de base “informativa” en numerosos países y llevaron a Reuters y New Scientist a sumarse a la solicitud de retractación así como a la publicación de seis artículos en Forbes contra Seralini uno de los cuales calificaba de “fraude” su investigación y le atribuía “un largo y sórdido historial de activismo”. El caso se llegó a presentar demagógicamente como “un peligroso fallo del sistema de peer review” que ponía en peligro no ya la credibilidad de la revista que lo publicó sino ¡el método científico mismo!

Y al igual que en el caso de Chapela el grupo de presión AgBioWorld jugó un papel de protagonismo en la ofensiva. Channapatna Prakash, integrante del mismo, era de hecho el primer firmante de la carta y probablemente quien redactó el borrador inicial. La nota de prensa emitida por AgBioWorld incluía una cita de Bruce Chassy, otro de los firmantes y coautor de uno de los artículos aparecidos en Forbes junto con Henry Miller, también relacionado con lobistas y AgBioWorld, y posteriormente autor de otro artículo en el que acusa a quienes se oponen a los organismos genéticamente modificados de “alimentar el miedo”, texto que firmó conjuntamente con Jay Byrne, también citado ya en el caso Chapela y responsable de Relaciones Públicas de Monsanto así como colaborador del libro de Entine. Como puede verse, todo un “comando de intervención rápida” al servicio de la gran industria.

Y no son los únicos “contaminados”. Muchos otros de los firmantes de la carta en la que se pedía la retractación son también personas ligadas a la industria biotecnológica. Son, entre otros, los casos de  Martina Newell-McGloughlin -directora del International Biotech Program de la Universidad de California, programa financiado por Monsanto, Syngenta, DuPont y Bayer-, Kent Bradford -consultor de Monsanto-, Lucía de Souza y Leila Macedo -firmaban en nombre de la Asociación Brasileña de Bioseguridad que también cuenta con sustanciosos fondos de Monsanto, Bayer y DuPont-, Andrew Cockburn -exDirector de Asuntos Científicos de Monsanto-, Val Giddings -exVicepresidente de Biotechnology Industry Organization (BIO)-, Sivramiah Shanzharan -exempleado de Syngenta con un grupo de presión en la India- y, por supuesto, Marc Fellous, ya condenado por difamación como antes hemos explicado.

CORRUPCIÓN EN LA AUTORIDAD EUROPEA PARA LA SEGURIDAD ALIMENTARIA

Obviamente el estudio de Seralini no sólo ha puesto en serios apuros a las empresas de biotecnología sino a las agencias reguladoras que autorizaron productos genéticamente modificados sin asegurarse primero de que eran inocuos; en el caso europeo a la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) que ya acumula un largo historial de corrupción y conflictos de intereses hasta el punto de que recientemente fue objeto de críticas por parte del Tribunal de Cuentas Europeo por “su manejo inadecuado de los conflictos de intereses”.

Claro que hasta 2011 las reglas de la EFSA sobre conflictos de intereses eran casi inexistentes. Hasta que Friends of the Earth Europe denunció que la Directora del Consejo de Administración, Diana Banati, formaba parte del Consejo Directivo europeo del Instituto Internacional de Ciencias de la Vida (ILSI por sus siglas en inglés), entidad fundada por empresas de alimentación y biotecnología que organiza encuentros entre científicos de la industria y de organismos públicos para ¡diseñar metodologías de revisión! Obviamente se pidió la dimisión de Banati de su cargo en EFSA por pertenecer al ILSI pero lo que hizo en octubre de 2010 fue lo contrario: dimitir del ILSI. No obstante -aunque no informó de ello- es evidente que mantuvo sus lazos con esa institución ya que en mayo de 2012 se convirtió en su Director Ejecutivo y Científico lo que finalmente la llevó a dimitir -esta vez sí- de su cargo directivo en la EFSA.

El problema es que que el de Banati no es un caso aislado. Ya en 2010 doce de los veintiún expertos del panel para los organismos genéticamente modificados (OGMs) de la EFSA tenían conflicto de intereses por sus lazos -directos o indirectos- con la industria que debían evaluar. La propia coordinadora de esa unidad desde su creación en 2002, Suzy Renckens, dimitió en 2008 al ser nombrada para un puesto directivo en Syngenta.

Un año después el Corporate Europe Observatory desvelaría en un informe que al menos cuatro miembros del Consejo de Administración de la EFSA -además de Banati- trabajaban asimismo para grupos de presión de la industria biotecnológica o alimentaria: Matthias Horst -Director General del lobby alemán BVE-, Milan Kováè –Director del International Life Sciences Institute Europe-, Jiøí Ruprich –del Danone Institute– y Piet Vanthemsche -de COPA y Agri Investment Fund-. Tras una queja interpuesta por la organización sin ánimo de lucro Testbiotech el Defensor del Pueblo Europeo dio un “toque” a la EFSA recomendándole resolver sus numerosos conflictos de intereses con la industria. Aunque quizás tuvo más peso la amenaza latente de no ver aprobados sus presupuestos si no hacían algo… o al menos aparentaban hacerlo. Así que finalmente cambiaron las reglas en relación con los conflictos de intereses y varios miembros destacados tuvieron que marcharse. Eso sí, su herencia permanece porque los trabajos que llevaron a cabo no se revisaron, incluyendo diseños de estudios para evaluar productos que están hechos a la medida de la industria.

No es de extrañar pues que la actitud de la EFSA para con los trabajos de Seralini haya sido de rechazo argumentando que no cumplen ciertos “criterios científicos estandarizados” que anteriormente la EFSA nunca ha exigido a ningún estudio; claro que se trataba de documentos presentados por las corporaciones para solicitar la aprobación de sus productos: meras formalidades entre socios.

Lo cierto es que la industria de los pesticidas sabe desde 1980 por sus propios estudios que el glifosato -repetimos, el pesticida más utilizado en el planeta- causa malformaciones a altas dosis; y desde 1993 que tiene los mismos efectos a dosis medias y bajas. El Gobierno alemán lo sabe asimismo desde al menos 1998. Y el Panel de expertos de la Unión Europea desde 1999. Y la Comisión Europea desde 2002, ¡el mismo año en que lo aprobaron en la Comunidad Europea!

Y aunque suponemos que el lector debe tener agotada su capacidad para encajar atrocidades debemos decirle que el asunto no acaba aquí: el último trabajo -aún en imprenta- del equipo de Seralini desarrollado en la Universidad de Caen con el apoyo del CRIIGEN y de la Red Europea de Científicos por la Responsabilidad Social y Ambiental acaba de dar la voz de alarma sobre un nuevo aspecto del pesticida Roundup de Monsanto que había pasado inadvertido. Hasta ahora se pensaba que puesto que su principio activo es el glifosato la toxicidad de ese pesticida se debe precisamente a esa sustancia pero resulta que cuando el equipo de Seralini comparó el Roundup con glifosato solo los resultados demostraron que es más tóxico el primero. Lo que implica que tiene que llevar alguna otra sustancia aún más tóxica. Para Seralini tiene que tratarse de un componente “oculto” entre los coadyuvantes -que normalmente no se describen por considerarse inertes- apuntando al denominado POE-15 (amina de sebo polietoxilado), sustancia considerada muy tóxica para las células humanas.

Un inesperado hallazgo que ha llevado a esos investigadores a exigir que se revisen las autorizaciones de Roundup y de todo producto semejante aprobado y además –lo que es muy importante- las normas reguladoras con las que se evalúan y la necesidad de que se pongan a disposición pública los análisis de todos los compuestos que pretendan aprobarse en el futuro.

¿Servirán estos nuevos hallazgos y el resto de trabajos de Seralini, de los autores que hemos rescatado de la censura y del resto de científicos -72 estudios en cinco continentes- que han pasado desapercibidos -y que el lector puede conocer en el enlace que ofrecemos en el recuadro- para promover la prohibición global de los cultivos transgénicos? Está por ver pero de momento la corrupción que invade ya multitud de instituciones favorece la censura política y mediática dejando al público indefenso ante los intereses de una industria que ha demostrado con creces lo poco que le importa la salud y el medio ambiente.

Jesús García Blanca
Recuadro:


 

Evidencia científica contra los transgénicos

-Mapa global: 72 estudios en cinco continentes:

http://gmoevidence.com/

-Caso Chopra:
 www.youtube.com/watch?v=X71F9UCdPN8&feature=player
_embedded&list=PL024246A37000FF12

-Caso Puzstai:
 www.freenetpages.co.uk/hp/A.Pusztai/correspondence.htm

-Caso Carrasco:
 www.youtube.com/watch?v=z2EI9NliNt4
 www.youtube.com/watch?v=roC_yhmEYSs
 www.conadu.org.ar/pdf/Andr%C3%A9s%20Carrasco.pdf

-Caso Chapela:
 www.grain.org/article/entries/367-with-david-quist-the-mexican-maize-scandal
 www.biotech-info.net/mexican_bt_flow.html
www.powerbase.info/index.php/Immoral_Maize:_Extract_from_Don’t_Worry,
_It’s_Safe_to_Eat_by_Andrew_Rowell

-Caso Seralini:
 www.spinwatch.org.uk/-articles-by-category-mainmenu-8/46-gm-industry/
5546-smelling-a-corporate-rat

 

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160
Mayo 2013
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