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| EL
ARTE DE HACER EL RIDÍCULO. Entrevista al Dr. Jorge Alonso Gil
Henao |
Jorge Gil Henao acababa
de terminar su carrera de médico cirujano
cuando se quedó completamente ciego. Tal circunstancia
cambió por completo su vida y provocó en él
una transformación interior que le llevó a
estudiar Medicina Bioenergética y Medicina
Tradicional China y a interesarse por la curación
chamánica. Imposibilitado para ejercer la
medicina tal y como le había sido enseñada,
buscó otras formas de practicarla y, hoy,
este médico invidente se dedica a enseñar
a ver con otros ojos a la gente y a tratar
con sorprendente éxito numerosas patologías
mentales mediante una terapia que él mismo
llama "el arte de hacer el ridículo".
"Quedarme ciego fue comenzar a
ver al plantearme cómo latía en mi corazón
un anhelo incesante por la sanación y la auto-sanación.
No pretendía recuperar mi vista sino que me
inquietaba saber cómo adaptarme a esa nueva
modalidad de existencia que la vida me ofrecía.
Descubrí entonces que estar sano es vivir
en el 'así viene, así conviene´".
Quien así se expresaba ante mí es el doctor
Jorge Alonso Gil Henao, un hombre cuya
primera intención vital fue consagrarse al
sacerdocio misionero pero al que la propia
vida acabó convirtiendo en médico cirujano,
especialidad en la que se graduaría en 1988
por la Universidad de Antioquía.
Unos cinco años antes de obtener el título
de médico le fue diagnosticado un glaucoma
bilateral congénito que le hizo perder la
visión paulatinamente. De hecho, en el momento
de su graduación sólo veía sombras y seis
meses después, con tan sólo 30 años, la ceguera
ya era total.
Sin embargo, aquel período de shock por la
ceguera, la angustia y el dolor que se supone
causan tal pérdida permitieron a nuestro interlocutor
descubrir -según sus propias palabras- que
"toda pérdida puede convertirse en una
ganancia". Al menos, este hombre nos diría
que "comenzó a ganar sensibilidad y visión
con las manos" y a percibir cómo la vida
le iba "introduciendo en el camino de la
polaridad y la sanación espiritual". Y
así, superando los límites que le imponía
su ceguera, se dedicó a investigar por su
cuenta todo tema relacionado con las energías,
el aura humana, el cosmos y el sentido universal
de la existencia adentrándose en otras realidades
a través del mundo del chamanismo.
CIMENTANDO UNA FILOSOFÍA
Hoy, este incansable
buscador de una forma alternativa de ejercer
su profesión no duda en asegurar que el ser
humano enferma "porque se mueve en lo rígido,
lo dogmático, lo esquemático. Piensa que el
mundo sólo puede ser como él quiere que sea
y no se ha dado cuenta de que la vida nunca
es como él quiere sino como debe ser. Por
eso en mis talleres, por ejemplo, intento
rescatar el sentido del humor ya que quien
no tiene sentido del humor, como mínimo tendrá
un tumor. Se trata, simplemente, de descubrir
que nuestro paso por este planeta es una gozada
y lo menos que podemos hacer es recorrerlo
cantando, danzando y gozando. Si la humanidad
está enferma es porque vive en un eterno combate,
porque convierte la vida en una acción reaccionaria,
porque siempre está 'luchando' por mejorar
algo. Si se quiere estar sano no hay que ofrecer
resistencia a la vida, hay que reírse y comenzar
a burlarse de uno mismo".
A pesar de su ceguera, Gil Henao viajaría
por muchos y distintos países desde su Colombia
natal hasta la India, pasando por Europa.
Periplo en el que tuvo la oportunidad de conocer
diferentes estilos de vida y pensamiento,
de aprender y desaprender con todo tipo de
gurus, maestros y chamanes. Y sería en tales
ires y venires cuando aparecería en su vida
la Escuela Neijin, una escuela de Medicina
Tradicional China orientada básicamente en
los principios del humanismo sanador. Cautivado,
iniciaría entonces el camino para ir "fundamentando
mi labor y ampliando mis conceptos, buscando
y rebuscando qué hay de universal en el ser
humano".
APRENDIENDO A MANEJAR
LA ENERGÍA
Aquel rico bagaje
de conocimientos le terminaría llevando a
desarrollar su actividad sanadora manejando
energías en su consulta privada. Paralelamente,
desde hace ya once años imparte cursos-taller
con una orientación clara: "La toma de
conciencia de que la humanidad entera vive
un proceso de dolor, sufrimiento, enfermedad
y muerte porque se toma la vida demasiado
en serio y cree que permanentemente está siendo
castigada, lo que le hace experimentarse a
sí misma en un inaguantable valle de lágrimas.
Se vive en la curiosa y absurda creencia de
que desde que se nace uno es culpable y pecador".
Gil Henao entiende a los seres humanos como
"espíritus que viven una experiencia humana
transitoria". Y afirma que buena parte
de nuestra angustia surge porque siempre tratamos
de controlar cualquier cosa que "poseemos"
(ideas, pensamientos, creencias, propiedades...).
"El día en que aprendamos a no poseer nada
y a no querer controlar nada -asevera-,
despertaremos a la conciencia de que todo
nos pertenece. El pobre de espíritu no es
el pobre de dinero. El pobre de espíritu es
el desposeído, el andariego, el peregrino
de la existencia, el mendigo de amor".
EL ARTE DE HACER
EL RIDÍCULO
En octubre de
1998 Gil Henao participaría en el VII Congreso
de la Sociedad Hispanoamericana de Acupuntura
Beijing presentando un singular trabajo:
"El arte de hacer el ridículo a través de
la irracionalidad y la inconsciencia, como
propuesta sanadora". Un estudio -sustentado
en 7 años de experiencia- con el que quiso
transmitir la idea de que hay una posibilidad
de existencia que va más allá de considerar
la estancia en este planeta como un valle
de lágrimas. "El paraíso -dice- está
aquí y es posible vivirlo. Tan sólo se precisa
un pequeño cambio de actitud mental frente
a la vida". Y añade que es verdad que
habitamos en un planeta que nos hemos encargado
de llenar de envidias, odios, rencores, violencia
y poder... pero defiende que no podemos quedarnos
atrapados en esa visión.
Su propuesta es la de aprender a burlarnos
de todo eso que se considera tan "serio";
algo que debemos iniciar aprendiendo a reírnos
de nosotros mismos. "Debemos burlamos del
dolor y del sufrimiento -dice- porque
no estamos diseñados para sufrir y sólo es
una vía de liberación del espíritu. Del miedo,
porque es un fantasma y nos permite descubrirnos
en nuestra falta de fe. De las envidias, los
rencores y la violencia porque nos muestran
nuestro afán de poder. De los códigos y esquemas
de la sociedad de turno porque nos descubrimos
atrapados y esclavizados en ellos. ¿Y cómo
no burlarse de uno mismo? Gritamos constantemente
que hemos progresado en la civilización y
que nos hemos liberado de los grilletes y
las cadenas de otros tiempos pero ahora esos
grilletes y cadenas son más sutiles y la esclavitud
a determinados hábitos y costumbres es peor".
"En mis cursos-taller -añade- nos
buscamos, nos encontramos y nos definimos
en el amor. Comenzamos con una actividad referida
al cuerpo para reconocerlo y amarlo como el
instrumento útil en ese camino hacia la fe
y la oración. Hacemos gimnasia, estiramiento
y continuamos con una técnica llamada Do-inn,
un automasaje orientado a movilizar la energía
de los cinco sentidos masajeando los diferentes
recorridos de los canales o meridianos de
acupuntura. Hacemos también danza, meditación
y oración. Todo para vivir y experimentar
el carácter unitario de la existencia. Contemplar
la vida desde esta óptica te hace saltar a
la vivencia de lo ridículo y lo burlesco porque,
inevitablemente, todos te dirán que estás
loco; y cuando te lo digan, debes tener la
seguridad de que vas por buen camino".
En este punto de la entrevista pregunté al
doctor Gil Henao cómo es posible vivir eso
en el mundo de hoy, en el mundo del "tanto
tienes, tanto vales", en un mundo que
justifica todo a través de su legalidad y
en el que, a través de la racionalidad, siempre
hay un porqué para todo. Su respuesta fue
rotunda: "Cuando propongo hacer el ridículo
estoy invitando a saltar las normas, a romper
estructuras, códigos de comportamiento y hábitos
morales. Hacer el ridículo va más allá de
tener buen humor. Hacer el ridículo es, por
ejemplo, reírse en un velatorio porque se
comparte la alegría del muerto en su peregrinar
hacia otra existencia. Hacer el ridículo es
asistir a una fiesta elegante con las manos
vacías, preguntar por el anfitrión, hacerle
sentar en el centro de la sala y regalarle
un poema en su honor".
VIVIR EN EL AMOR
Gil Henao me definiría
"el arte de hacer el ridículo" como "el
arte de vivir sin propósitos, el hacer por
el hacer. Es vivir por vivir, no esperar jamás
nada de nada, ni de nadie. Es vivir enamorado,
vivir en el amor y para el amor. Hacer el
ridículo es vivir cada instante como si fuera
el último. Es ver en cada cosa la manifestación
de la voluntad divina. Es vivir el amor como
una experiencia auténticamente liberadora.
En definitiva, hacer el ridículo es vivir
la experiencia de la aniquilación del ego.
Se trata de un arte sólo para personas valientes
y atrevidas porque es un atrevimiento en el
medio en el que uno se mueve".
"Se trata -añadiría- de observar
nuestros miedos y reírnos de ellos. De mirar
nuestros aparentes fracasos y burlarnos. De
mirar nuestros pensamientos obsesivos y entonarles
un canto. De mirar nuestras indecisiones y
cantarlas un poema de amor desbordado. De
mirar nuestras tristezas y llorarles una canción
enamorada. De reírnos de la vida, de nosotros
mismos, de lo que creemos que somos, de nuestras
propias trampas y de nuestras miserias".
En definitiva, este joven médico -¿ciego?-
y cirujano -del alma- nos ofrece una visión
distinta de la vida y nos exhorta a brindarle
nuestra risa al universo y a atrevernos a
vivir el mayor ridículo posible, a abandonarnos:
"¡Déjate vivir la locura del amor que todo
lo cura! ¿O no te parece muy ridícula la expresión
de un ser enamorado, con los ojos volados
y la baba escurridiza de idiota? Amar es la
mayor ridiculez. No esperas nada. No reclamas
nada. No exiges nada. Sólo sabes que amas
y el resto no te importa. En nuestra cultura
legalista y racionalista el amor no existe;
sólo se vive en la querencia: te quiero para
mí, sólo vivo para ti, no te vayas, quédate..."
Quise saber que tipos de pacientes acudían
a sus consultas y se lo pregunté directamente:
"Bueno, paciente es aquel que está llamado
a sentirse en paz y, como todos pretendemos
eso, cualquier ser humano puede ser atendido.
Incluso aquellos que dicen estar sanos independientemente
de si tienen o no síntomas de enfermedad.
No hay necesariamente que estar 'enfermo'
para recibir una sesión terapéutica".
Entendía a Jorge pero necesitaba saber qué
técnicas o métodos terapéuticos utiliza en
sus consultas. "Trabajo la sanación en
el sentido chamánico y utilizo mucho el sonido
de los tambores, las flautas, las palmas,
la danza y el canto -me respondió-.
Con ello busco fundamentalmente equilibrar
los campos energéticos del paciente puesto
que las enfermedades suelen ser causa de la
despolarización energética del ser humano.
Salvo eso, no utilizo ningún aparato, instrumento
o aditamento distinto de los que estamos acostumbrados
a ver en la medicina tecnológica."
"En este tipo de sanación -me respondería
cuando le pregunté por los resultados- no
se pueden mostrar estadísticas. Para ello
existen otras áreas dentro del vasto campo
de las especialidades médicas. Sí contamos
con muchos testimonios, unos a favor y otros
en contra. Por mi parte, creo que en la sanación
espiritual cualquier resultado es inesperado
y que no se trabaja buscando la aprobación
de nadie: se busca aprender a vivir como Dios
manda, que es el acto más sublime de la sanación.
Se trata de ampliar los estados de conciencia
y llevar al paciente a vivir el sentido chamánico
de la existencia haciéndole tomar conciencia
de que él es un brasero de la luz y brasa
en el sentido de viajero de la luz que viaja
en el sentido del retorno."
Insistí en mi pregunta porque sabía que tenía
resultados sorprendentes con esa técnica tan
sencilla y, sonriente, se limitó a añadir:
"En estas sesiones terapéuticas se vive
el camino de lo siempre posible. Cualquier
posibilidad es probable. Lo que más me ha
sorprendido es ver pacientes a punto de morir,
en cuidados intensivos, que después de una
sola sesión se recuperan como si nada les
estuviera pasando. Y también pacientes a los
que les cuesta vivir el proceso de la muerte
y a los que, después de una sesión, se les
rompen los apegos y se atreven a desencarnar
en paz."
Pensé en ese momento en la enorme diferencia
que existe entre el tratamiento integral que
aplica Jorge y el especializado de nuestra
moderna medicina que trata a los pacientes
como si sus órganos no formaran parte de un
todo y no fueran mucho más que un cuerpo.
Le comenté que su forma de entender la medicina
estaba más cercano al concepto de lo que se
conoce como medicina alternativa. "Ver
a los pacientes de una manera holística -me
respondió- no corresponde a la medicina que
algunos llaman, pienso que no muy acertadamente,
'alternativa' sino a una medicina integral.
Porque es obvio que somos más que una cabeza
que duele o un dolor que limita. Como médicos
debemos ser acompañantes solidarios en ese
recorrido por el tiempo útil del enfermar
que está haciendo el paciente porque lo que
llamamos enfermedad también nos ayuda a encontrar
el camino propio.
Además, el cuerpo físico, el mental, el emocional
y el espiritual son, aquí y ahora, una sola
cosa. Y no es acertado hablar de enfermedades
físicas y de enfermedades mentales por separado.
Así pues, mi manera de enfocar la intervención
terapéutica responde a un paradigma unitario
de la existencia y a una manera integral de
concebir la manifestación de la vida de cada
ser. Cuando esto se comprende así y se actúa
en consecuencia entonces se nos ofrecen múltiples
recursos antes no tenidos en cuenta o desestimados."
Para concluir nuestra conversación le pregunté
si quería añadir algún comentario o reflexión
y no dudó en mencionar unas palabras de los
sufíes, esos "locos ebrios de Dios": "Vende
tu inteligencia y compra la admiración por
Dios. Renuncia a cuanto venga de la razón
pues ahora hemos llegado al tiempo de la locura
y la locura de Dios es mejor que la razón
de los hombres".
Me despedí de Jorge diciéndole "a-Dios"...
porque cuando le decimos eso a alguien le
dirigimos hacia lo más insondable de sí mismo.
Pues bien, amigo lector: vuelve a tu esencia,
a tu hacer, a tu locura de amor por la vida.
Rafael Ubal López
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