Según
los investigadores James y Peter D'Adamo la
buena o mala asimilación de los alimentos
está condicionada por nuestro grupo sanguíneo.
Hasta el punto de que en cada grupo -A, B,
AB y O- hay alimentos que son perjudiciales,
otros beneficiosos y otros neutros. Es más,
aseguran que muchas enfermedades pueden deberse
al mero consumo de alimentos no adecuados
para nuestro grupo sanguíneo. Otros, en cambio,
nos ayudarían a sanar. Incluso afirman que
en ello está la razón de que muchas personas
no consigan adelgazar cuando se ponen a dieta.
¿Tiene
algún sentido que el tipo de sangre que corre
por nuestras venas pueda condicionar nuestra
alimentación? Pues aunque a primera vista
pueda parecer increíble parece que es así.
Los primeros experimentos que llevaron a determinar
esa posibilidad se remontan a las investigaciones
del médico austriaco nacionalizado estadounidense
Karl Landsteiner (1868-1943), profesor
de Anatomía Patológica en la Universidad de
Viena, quien durante uno de sus experimentos
-efectuado en 1901- observó que al mezclar
la sangre de dos personas había ocasiones
en que los glóbulos rojos -o hematíes- se
aglutinaban formando grumos visibles. Y quiso
saber por qué. Así que decidió analizar la
sangre de 22 personas separando el suero de
la sangre, lavando los glóbulos rojos y sumergiéndolos
luego en una solución de suero salino fisiológico.
Pues bien, tras diversos ensayos descubriría
que había tres tipos distintos de glóbulos
rojos -a los que denominó A, B y O (léase
cero)- que daban lugar a esas reacciones de
aglutinación. Dos años más tarde, dos discípulos
suyos -Alfredo de Castello y Adriano
Sturli- descubrirían un cuarto tipo que
carecía de poder aglutinante al que llamarían
AB.
Llegados a este punto debo explicar que toda
molécula ajena al organismo -virus, bacterias,
esporas, químicos, toxinas....- posee un antígeno
propio, es decir, un indicador que le identifica
de forma que cuando el organismo se percata
de su presencia activa inmediatamente el sistema
inmunitario para generar rápidamente anticuerpos
que procedan a su destrucción por entender
que puede ser potencialmente dañina. Anticuerpos
que no son sino proteínas. Pues bien, parece
que cada molécula -a la que identifica su
propio y exclusivo antígeno- precisa para
ser combatida de la creación de anticuerpos
específicos. ¿Y qué hacen los anticuerpos?
Pues básicamente aglutinar todas las
moléculas extrañas que quiere eliminar en
grupos -es decir, actúan como si fueran pegamento-
y poder así destruirlas más fácilmente.
En suma, se descubriría que las razones de
que se formaran "grumos" -es decir, se produjera
el fenómeno de la aglutinación- al mezclar
a veces dos tipos de sangre se debía al hecho
de que determinados glóbulos rojos poseen
también antígenos y, por consiguiente, provocan
la reacción de los anticuerpos del otro organismo.
Esa es la razón de que personas con determinados
tipos de sangre no puedan recibir transfusiones
de otro tipo distinto: su sistema inmune detecta
los antígenos de los nuevos glóbulos rojos
y envía sus anticuerpos a agruparlos para
luego proceder a su destrucción.
En suma, el doctor Landsteiner descubrió la
razón de por qué unas personas fallecían después
de una transfusión de sangre y otras no: sus
sangres no eran compatibles. Desde entonces
sabemos que:
-Las personas con sangre
del tipo 0 son "donadoras universales".
Es decir, pueden donar sangre a cualquiera
de las que tienen otros tipos de sangre pero
sólo pueden recibir la suya propia.
-Las
personas del tipo AB son "receptoras
universales", es decir, pueden recibir sangre
de
todos los demás pero sólo pueden donar a los
de su propio tipo.
-Las personas del tipo A pueden recibir
sangre de su mismo tipo y del grupo 0 pero
no de las
de los tipos B y AB. Y puede donar a los de
su mismo tipo y a las de tipo AB. Y,
-Las personas del tipo B pueden recibir
sangre de su mismo tipo y del grupo 0 pero
no de las
de los tipos A y AB. Y puede donar a los de
su mismo tipo y a las de tipo AB.
Este descubrimiento le sería recompensado
a Karl Landsteiner con el Premio Nobel de
Medicina y Fisiología en 1930.
Cabe añadir que Landsteiner descubrió tres
antígenos más (M, N y P) similares a los antígenos
de los grupos A y B pero, a diferencia de
éstos, su presencia en los glóbulos rojos
no supone la existencia en la sangre humana
normal de aglutininas naturales. Y posteriormente
otro en 1940 -junto a Alexander Salomon
Wiener- que bautizaría como antígeno D
o factor Rh (llamado así porque lo encontró
en el suero de conejos inmunizados con sangre
procedente de un mono de la especie Macacus
Rhesus). Este antígeno tiene su importancia
cuando la madre no tiene el antígeno y el
padre sí ya que en el segundo embarazo los
anticuerpos específicos anti-Rh que desarrolla
la madre pueden atravesar la placenta y provocar
el aborto o una enfermedad hemolítica en el
recién nacido que cursa con ictericia: la
temible eritroblastosis fetal. Finalizo
diciendo que posteriormente se llegarían a
descubrir hasta 42 antígenos distintos en
los glóbulos rojos si bien su incidencia es
al parecer notablemente menor y no vamos por
tanto a entrar a profundizar en ello.
Agregaré, por último, que los datos disponibles
indican -de forma aproximada- que el 40% de
los europeos posee sangre del tipo 0, otro
40% del tipo A, el 15% del tipo B y alrededor
del 5% del tipo AB.
LA
APORTACIÓN DE JAMES D'ADAMO
Como el lector habrá apreciado, la importancia
de los antígenos es evidente ya que provoca
reacciones inmediatas en el organismo. Pues
bien, hace casi tres décadas un naturópata
llamado James D´Adamo se dio cuenta
de que los tratamientos dietéticos que aconsejaba
a sus pacientes no obtenían siempre los mismos
resultados y se preguntó a qué podría deberse.
Formado en la escuela naturista, su experiencia
con los pacientes le llevaría a percatarse
sobre todo de que mientras la dieta vegetariana
le sentaba estupendamente a algunas personas
y su salud mejoraba a otras no parecía hacerles
apenas efecto y a algunas incluso les sentaba
mal y empeoraban. Aquello le sorprendió llevándole
a la conclusión evidente de que no a todas
las personas les sienta bien el mismo tipo
de alimentación. E intuyó que como la sangre
era la fuente principal de nutrición del organismo
la respuesta podía estar en ella. Decidió
pues investigarlo y a lo largo de muchos años
tomó notas para poder luego cotejarlas y buscar
posibles pautas comunes. Y sería de tan sencilla
pero perseverante manera como llegaría a darse
cuenta de que el tipo de alimentación estaba
relacionado con los distintos tipos sanguíneos.
Observó, por ejemplo, que las personas de
sangre tipo A responden mal a las dietas generosas
en proteínas cárnicas pero muy bien a las
ricas en proteínas vegetales. Y que a esas
mismas personas ni la leche ni sus derivados
les iban bien. Es más, también mejoraban con
ejercicios leves como el yoga mientras los
duros y dinámicos les producían malestar.
En cambio, a las personas de sangre tipo 0
les sentaba estupendamente la carne y los
ejercicios más intensos. Y llegó a la conclusión
de que, en efecto, el refrán que dice "lo
que es alimento para un hombre puede ser veneno
para otro" encerraba una gran verdad.
Todas aquellas observaciones las recogería
James D'Adamo en una obra titulada El alimento
de un hombre (One Man´s Food) que vería
la luz en 1980.
Sería sin embargo su hijo Peter -quien estudiaría
también Naturopatía si bien en el John
Bastar College de Seatle (EEUU)- el que
establecería ya esa conexión. Y lo hizo descubriendo
en primer lugar que dos de las principales
afecciones del estómago -la úlcera séptica
y el cáncer de estómago- se daba más en grupos
sanguíneos concretos. La úlcera en las personas
del tipo 0 y el cáncer en las del tipo A.
Hasta que los datos acumulados le llevarían
finalmente a concluir que el tipo de sangre
predispone a las personas a un tipo de alimentación
concreto y distinto en buena medida a las
de otros tipos. E, incluso, que predispone
más a unas enfermedades que a otras. Y no
sólo eso: también descubriría que la salud
depende, en mucha mayor medida de lo que la
gente imagina, de la alimentación. Es decir,
que hay alimentos que actúan positivamente
en los organismos de las personas con un determinado
tipo de sangre mientras en las personas de
otros tipos son perjudiciales. Y no sólo eso:
a su juicio una alimentación no acorde con
el tipo de sangre que se tiene es una de las
principales causas del sobrepeso u obesidad
de muchas personas... y la causa de que no
logren adelgazar cuando lo intentan. Algo
que sí conseguirían si dejaran de ingerir
los alimentos perjudiciales para su tipo de
sangre (recuerde el lector que hemos publicado
ya en la revista varios reportajes sobre la
dificultad que para adelgazar supone ingerir
alimentos a los que uno es sensible o intolerante
y que hoy ello puede determinarse con bastante
exactitud mediante analíticas. Entre, si no
los ha leído, en el apartado Reportajes
de nuestra web: www.dsalud.com).
Dicho lo cual hay que aclarar desde ya que
el propio autor deja claro que esas conexiones
no son radicales. Es decir, no todos los organismos
de las personas del mismo tipo son intolerantes
a todos los alimentos ni el grado de sensibilidad
es igual en todos al alimento al que son intolerantes.
Las pautas generales que ofrece tras sus años
de estudio clínico son pues sólo orientativas.
Téngalo en cuenta. En todo caso, si desea
profundizar en este tema sepa que encontrará
las conclusiones de Peter D'Adamo publicadas
en su obra Los grupos sanguíneos y la alimentación
(Ed. J. Vergara).
¿Y
POR QUÉ OCURRE ASÍ?
Padre e hijo, obviamente, se preguntarían
por qué reacciona de forma tan diferente la
sangre de unas personas con respecto a la
de otras y a qué se debe la incompatibilidad
manifiesta entre ellas en algunos casos. Su
conclusión -que puede ser discutida- es la
de que cada grupo sanguíneo es el resultado
de un momento de la propia evolución humana.
Según ellos, el grupo sanguíneo del tipo 0
-el más antiguo y extendido- tendría más de
40.000 años de existencia y procedería de
los hombres del Cro-Magnon, cuya alimentación
se basaba en la caza y, por ende, en las proteínas
de la carne.
El siguiente en aparecer habría sido el tipo
A -entre 25.000 y 10.000 años- y apareció
con las primeras sociedades agrícolas cuya
alimentación se basaba en el consumo de cereales
y vegetales, procediendo especialmente de
Asia y Oriente Medio.
El tipo B procedería de las montañas del Himalaya
surgiendo hace aproximadamente entre 15.000
y 10.000 años siendo propio de los habitantes
nómadas de las estepas asiáticas.
En cuanto al tipo AB habría surgido de la
mezcla entre caucasianos (A) y mongoles (B).
Pues bien, para los D'Adamo la reacción de
cada uno de los tipos sanguíneos se debería
a que la sangre guarda una especie de "memoria
celular" que "recuerda" su ancestral tipo
de alimentación.
Ahora bien, ¿por qué reacciona la sangre ante
ciertos alimentos como si éstos fueran peligrosos
enemigos a batir? Peter D'Adamo asegura que
se debe a las lectinas de los alimentos. ¿Y
qué son las lectinas? Pues un tipo de proteínas
cuyos antígenos también producen la activación
del sistema inmune y, consecuentemente, el
fenómeno de aglutinación en sangre del que
hemos hablado al principio. Algunas hasta
pueden producir la muerte instantánea en presencia
de cantidades infinitesimales al convertir
los glóbulos rojos en coágulos que obstruyen
las arterias. Es el caso de la ricina que
contienen las semillas de castor (Ricinus
communis) aunque afortunadamente la mayoría
de las lectinas de nuestra dieta no
son tan peligrosas.
Y lo importante es que cada grupo sanguíneo
reacciona de manera diferente ante ellas.
Es decir, hay lectinas alimentarias
-hablamos siempre generalizando- que son rechazadas
por las personas de un tipo de sangre mientras
no ocurre así con otros para los que incluso
son beneficiosas.
En suma, ingerir alimentos que contienen lectinas
incompatibles con nuestro grupo sanguíneo
puede ocasionar diversas dolencias e impedirnos
reducir el peso en caso de sobrepeso u obesidad.
¿Y cómo saber a qué alimentos somos intolerantes?
Pues mediante un test de intolerancia alimentaria
(remito al lector a los artículos ya publicados
al respecto) o sometiéndose al denominado
Test del Iindicán. Se trata de un análisis
que permite calcular la eliminación a través
de la orina de indicán, una sustancia del
grupo químico de los índoles que se elimina
por medio de las heces y la orina cuando el
aparato gastrointestinal y el hígado no consiguen
digerir las lectinas de un alimento.
Como es obvio, cuando alguien consume alimentos
ricos en lectinas incompatibles con
su grupo sanguíneo se constatará una mayor
eliminación de indicán al analizar la orina.
Para Peter D'Adamo, si el test da un valor
de 0 ó 1 no hay problema, si marca 2 o 3 hay
algún problema y si la cifra alcanza 3 o 4
la situación puede considerarse crítica.
ALIMENTOS
BENEFICIOSOS, NEUTROS O DESACONSEJADOS
En suma, Peter D'Adamo clasifica los alimentos
en relación con los cuatro grupos sanguíneos
en beneficiosos, neutros y desaconsejados.
Los primeros son -en cada grupo sanguíneo-
los que desarrollan un papel nutricional óptimo
asegurando además una actividad antioxidante,
antimutágena y anticancerígena. Podríamos
decir que son "alimentos medicinales". Los
segundos llevan a cabo un papel meramente
nutritivo. Y los terceros son los que contienen
sustancias no digeribles para los individuos
de un determinado grupo sanguíneo debido a
sus lectinas específicas porque provocan
la reacción defensiva del sistema inmune que
los aglutina para poder luego eliminarlos.
CARACTERÍSTICAS
GENERALES DEL TIPO 0
Según Peter D'Adamo las personas con sangre
del tipo 0 presentan -siempre hablando en
general- un sistema inmunitario potente y
muy activo, tendencia a una actividad tiroidea
lenta, dificultad de adaptación a nuevas condiciones
ambientales y nutricionales, bienestar con
actividad física o deportiva regular e intensa
y un aparato digestivo muy eficiente capaz
de metabolizar dietas ricas en proteínas (carnes
magras, pescado y marisco). En cuanto a los
alimentos que le son muy beneficiosos o perjudiciales
puede encontrarlos el lector en el recuadro.
Los que no figuran son considerados neutros
pero, en general, las personas del tipo 0
deben:
1) Consumir
frutas y verduras en abundancia pero reducir
el consumo de las crucíferas (coliflor, coles
de Bruselas, berzas...) y las hortalizas de
la familia de las solanáceas (berenjenas,
patatas, etc.) excepto los tomates
2) Consumir
carnes magras equilibrando esa aportación
con verdura. Deben evitar sin embargo la carne
de cerdo, los embutidos, las carnes en conserva
y los alimentos en salazón.
3) Consumir
pescado y marisco a excepción de pulpo, salmón
ahumado, arenques en salazón, caviar y pez
gato así como el pescado salado, secado o
en conserva.
4) Limitar
o evitar el consumo de leche, lácteos, quesos
y huevos. Están en cambio permitidos la mantequilla,
los quesos frescos magros y los quesos de
soja.
5) Eliminar
todo producto que contenga trigo y limitar
los que llevan maíz y cereales.
6) Evitar
las bebidas gaseosas, las colas y el café
prefiriendo el té.
7) Practicar
alguna actividad física de forma regular.
Les van mejor los deportes competitivos que
requieren intenso esfuerzo físico.
8) En
presencia de problemas utilizar productos
fitoterapéuticos o infusiones de diente de
león, menta, olmo, fucus, tila, alholva, regaliz,
lúpulo y rosa canina. Y evitar las de equinácea,
áloe, bardana, genciana, barba de maíz o ruibarbo.
Cabe añadir que los alimentos que favorecen
el aumento de peso en las personas del tipo
0 son el gluten del trigo, el maíz, las judías,
las lentejas y las crucíferas (coles, coliflor
y coles de Bruselas). Por el contrario, favorecen
la pérdida de peso las algas marinas, la sal
yodada (de forma muy moderada), los pescados
y mariscos, la carne de hígado, las espinacas
y el brócoli.
CARACTERÍSTICAS
GENERALES DEL TIPO A
Las personas con sangre del tipo A presentan
según D'Adamo -hablando en general, insistimos-
un sistema inmunitario vulnerable, una buena
adaptación a condiciones ambientales y nutritivas
estables, bienestar con una actividad física
o deportiva relajante, un aparato digestivo
frágil que tolera mal la carne, la harina
de trigo, la leche y los lácteos, y al que
le va mejor una dieta vegetariana rica en
cereales y legumbres.
Las personas del tipo A deberían pues:
1) Basar
su dieta en el consumo de fruta, cereales,
legumbres y verduras.
2) Consumir
pescado sólo en pequeñas cantidades (carpa,
mero, bacalao, merluza, salmón, sardina, trucha)
excluyendo los pescados planos como el lenguado
y la platija.
3) Limitar
o evitar el consumo de carne pero evitando
los embutidos, las carnes -especialmente si
están en conserva- y los alimentos salados
o ahumados (embutidos, carnes en conserva,
alimentos en salazón...).
4) Evitar
el consumo de leche y productos lácteos. En
cambio, la soja y sus derivados le son particularmente
beneficiosos.
5) No
consumir alimentos precocinados.
6) Consumir
de forma habitual semillas oleaginosas y frutos
secos pero evitando las nueces brasileñas
y los pistachos.
7) Reducir
el consumo de productos a base de harina de
trigo.
8) Practicar
actividades físicas relajantes (yoga, Tai-Chi,
bicicleta, natación, excursiones...).
9) Utilizar
en caso de malestar productos fitoterapéuticos
o infusiones de manzanilla, cardo mariano,
equinácea, valeriana, áloe, bardana y espino
albar pero evitar la barba de maíz y el ruibarbo.
Cabe agregar que los alimentos que favorecen
el aumento de peso en las personas del tipo
A son las carnes, los alimentos lácteos, las
habas y el exceso de trigo favoreciendo el
adelgazamiento los vegetales, los aceites
vegetales, la soja y la piña.
CARACTERÍSTICAS
GENERALES DEL TIPO B
Las personas con sangre del tipo B presentan
según D'Adamo un sistema inmunitario activo,
facilidad de adaptación ambiental y nutricional,
bienestar con actividades físicas o deportivas
moderadas y equilibradas, y un aparato digestivo
eficiente que le permite seguir una dieta
variada y equilibrada con leche y lácteos
pero que posee poca tolerancia a los embutidos,
la carne de cerdo, el marisco, las semillas
y los frutos secos.
Las normas generales a seguir por las personas
del tipo B serían:
1) Llevar
una dieta variada y equilibrada.
2) Consumir
abundantes frutas y hortalizas de hoja verde.
3) Consumir
carnes magras pero evitando las de pollo y
cerdo así como los embutidos.
4) Consumir
pescado pero evitar los mariscos. No se recomiendan
las gambas, los cangrejos, la langosta, los
mejillones, las ostras, las almejas, el pulpo,
las anchoas, la anguila y los caracoles.
5) Consumir
huevos, leche y productos lácteos (es el único
que los tolera bien).
6) Limitar
los productos a base de trigo y maíz.
7) Limitar
el consumo de semillas y frutos secos.
8) Practicar
actividades físicas moderadas y equilibradas
como los ejercicios aeróbicos, la bicicleta,
la natación, el yoga o el tenis.
9) Utilizar
en caso de malestar productos fitoterapéuticos
o infusiones de salvia, menta, ginseng, eleuterococo
o regaliz pero evitar las de tila, lúpulo,
ruibarbo, áloe, barba de maíz y alholva.
En cuanto a los alimentos que favorecen el
aumento de peso en las personas del tipo B
son el maíz, las lentejas, los cacahuetes,
las semillas de sésamo, el trigo y el trigo
sarraceno favoreciendo el adelgazamiento los
vegetales de hoja verde, el té de palo dulce,
la carne -especialmente la de hígado-, los
huevos y los lácteos.
CARACTERÍSTICAS
GENERALES DEL TIPO AB
Las personas con sangre del tipo AB presentan
según D'Adamo un sistema inmunitario vulnerable,
facilidad de adaptación a las condiciones
de vida modernas, bienestar con una actividad
física o deportiva relajante que exija esfuerzos
moderados y un aparato digestivo frágil que
precisa una dieta mixta moderada y tolera
mal las carnes rojas, la pasta, las alubias
y los frutos secos.
Las normas generales a seguir por las personas
del tipo B serían:
1) Limitar
el consumo de carnes rojas y evitar las carnes
en conserva o ahumadas así como los embutidos.
2) Consumir
pescado y marisco pero evitando la langosta,
las gambas, los cangrejos, las ostras, las
almejas, el pulpo, la lubina, las anchoas
y la anguila.
3) Evitar
el consumo de productos a base de harina de
trigo y limitar el consumo de pasta.
4) Consumir
leche, lácteos y quesos... salvo cuando al
hacerlo haya producción excesiva de moco con
afecciones de las vías altas respiratorias.
En tal caso deben suprimirse.
5) Consumir
frutas -especialmente ciruelas, uvas, piña
y frutas del bosque- y hortalizas en abundancia
-sobre todo tomate-.
6) Preferir
las grasas vegetales -primando el aceite de
oliva- pero evitar el vinagre.
7) Eliminar
los encurtidos y la pimienta.
8) Preferir
las actividades físicas y deportivas relajantes
que exijan sólo esfuerzos moderados.
9) En
caso de malestar utilizar productos fitoterapéuticos
o infusiones de manzanilla, cardo mariano,
equinácea, eleuterococo, regaliz o espino
blanco pero evitar las de tila, lúpulo, áloe,
barba de maíz, alholva y ruibarbo.
Terminamos comentando que los alimentos que
favorecen según Peter D'Adamo el aumento de
peso en las personas del tipo AB son las carnes
rojas, el maíz, el trigo, el trigo sarraceno,
las alubias, las judías y las semillas de
sésamo mientras favorecen el adelgazamiento
las verduras, las algas marinas, los pescados,
los lácteos, la piña y el tofu.
CONCLUSIÓN
Hasta
aquí un breve resumen de lo expuesto por los
D'Adamo -padre e hijo-. Sólo nos resta apuntar
que a nuestro juicio la generalización propuesta
es demasiado amplia y probablemente no responda
a la realidad individual aunque sí pueda reflejar
las "tendencias". Por otra parte, el Test
Indicán permite saber si tenemos problemas
con los alimentos pero no conocer cuáles son
concretamente los que nuestro organismo rechaza
activando las defensas del sistema inmune.
Sin embargo, los actuales tests de intolerancia
o sensibilidad alimentaria sí los detectan
por lo que lo más adecuado es someterse a
ellos. Una posibilidad, por cierto, a la que
debería optar toda aquella persona a la que
se le ha diagnosticado una enfermedad autoinmune.
Es muy posible que mejoren simplemente eliminando
los alimentos a los que su organismo reacciona
con virulencia.
José
Antonio Campoy
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ALIMENTOS "BENEFICIOSOS" Y "PERJUDICIALES"
SEGÚN EL TIPO DE SANGRE
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(Los
que no se mencionan son "neutros" según
Peter D'Adamo)
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Pinche
sobre su tipo de sangre para ver la
tabla de alimentos.
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