El esperpento en el ámbito de la salud es tal que hay compañías
farmacéuticas cuya estrategia es inventarse enfermedades para luego
tratarlas con medicamentos preparados a la carta. El hecho ya ha
sido denunciado ampliamente pero ahora dos científicos de la Universidad
de Newcastle (Australia), David Henry y Ray Moynihan, acaban
de publicar en Public Library of Science Medicine una investigación
donde denuncian que actualmente se presentan ya como enfermedades
a tratar con fármacos desde la menopausia al exceso de colesterol
pasando por las disfunciones sexuales temporales, el llamado síndrome
de piernas inquietas, el síndrome del intestino irritado... En suma,
exagerando problemas menores para darles la categoría de enfermedades
y se traten con fármacos.
La salud enferma. Nuestra obsesión por revivir
el mito de Fausto y conseguir la eterna juventud eludiendo
además la enfermedad a toda costa ha terminado por convertir nuestra
salud en un puro objeto comercial en manos de las grandes corporaciones
farmacéuticas que, con la misma lógica con la que hoy nos venden
un móvil de tercera generación o un ordenador más potente, nos venden
un nuevo medicamento. Es decir, primero crean la necesidad en el
consumidor y después le ofrecen satisfacerla. Pues bien, teniendo
en cuenta esa estrategia hoy algunas farmacéuticas buscan "conjuntos
de síntomas" -bautizados como "síndromes"- para luego
etiquetarlos como "enfermedades". Y a continuación se desarrolla
el tratamiento "específico" para cada una de esas "nuevas"
enfermedades "descubiertas" -tratamiento al que llaman "protocolo"-,
normalmente un fármaco o serie de fármacos que en realidad sólo
palian o alivian algunos de los síntomas elegidos para cada síndrome.
Fármacos que inevitablemente provocan efectos secundarios adversos
que no se tenían antes y que normalmente terminan convirtiendo al
paciente -¿por qué cree usted que se llama a los enfermos pacientes?-
en un consumidor crónico de los mismos. Efectos adversos negativos
que se califican de inevitables para tratar la enfermedad principal
y que dan lugar a la ingesta de nuevos fármacos que los palien...
con el riesgo de provocar nuevos problemas. Problemas que... Se
entra así en un círculo vicioso en el que una vez se entra es difícil
salir. Y el negocio está asegurado.
Y quede bien claro -en ello coinciden todos los que denuncian este
problema- que en el extremo de cada situación siempre habrá alguien
cuyos padecimientos quizás sí hagan necesaria la atención especializada
y farmacológica. Dicho lo cual no es menos cierto que la necesaria
atención de unos pocos no justifica la medicalización a que se está
sometiendo hoy a la mayoría de la sociedad.
Hace una década Lynn Payer -periodista científica preocupada
por las distintas soluciones que sobre los mismos problemas médicos
había en diferentes países desarrollados y que estaban en función
de sus distintas visiones culturales y sociales- escribió un libro
titulado Disease Mongering. Acuñaba así públicamente por
primera vez una expresión que podríamos traducir como Tráfico
de enfermedades y que sirve en la actualidad para definir -todavía
con cierta ambigüedad- uno de los principales problemas que hoy
-y aumentarán en el futuro- deben afrontar las personas de nuestra
sociedad.
Payer describía muy bien en ese libro la confluencia de intereses
entre las compañías farmacéuticas y los medios de comunicación para
exagerar la severidad de las enfermedades y la capacidad de los
medicamentos para curarlas. "Dado que la enfermedad es un concepto
social -escribió- los proveedores pueden crear su propia
demanda, esencialmente ensanchando las definiciones de enfermedades
de tal manera que incluyan el mayor número de personas e hilando
nuevas enfermedades". Desde entonces las evidencias de que ya
está pasando así no han hecho más que crecer. En la misma medida,
paradójicamente, en que se hace cada vez más difícil encontrar soluciones
para las dolencias realmente preocupantes. Ser mujer, por ejemplo,
es ya hoy -desde el punto de vista de los grandes laboratorios y,
por ende, de los médicos, básicamente "formados" por las
multinacionales una vez salen de las facultades de Medicina- una
especie de "enfermedad continua". Toda mujer es hoy candidata a
alguna de las muchas y nuevas patologías psiquiátricas de la niñez,
víctima propiciatoria de la anorexia y la bulimia en la adolescencia
o persona sufriente de "problemas menstruales" o de los derivados
de la concepción en la etapa adulta. En suma, ha sido convertida
en objetivo fácil de toda clase de "padecimientos" en la premenopausia,
en la menopausia y en la postmenopausia. Sin contar las posibles
"disfunciones sexuales" que muchos están empeñados en generalizar.
Afortunadamente desde que Payer escribió su obra ha habido cada
vez más voces que denuncian la medicalización de nuestra sociedad.
Es el caso de Kalman Applbaum, profesor de Antropología Médica
en la Universidad de Wisconsin y estudioso del tema: "En
nuestra persecución de la promesa utópica de una perfecta salud
hemos dado libertad a las corporaciones industriales para tomar
el control de los verdaderos instrumentos de nuestra libertad: la
objetividad en la ciencia, la ética y la honestidad en el cuidado
de la salud, y el privilegio para dotar a la Medicina de autonomía
para cumplir su juramento de trabajar en beneficio del enfermo".
ESTRATEGIAS Y ALIANZAS
Pues bien, hay que decir que con el congreso internacional celebrado
en Newcastle (Australia) los pasados días 11 y 13 de abril
el problema comienza a mostrar su verdadera dimensión y proyección
mundial. Y es que el Programa encabezaba su presentación
con el siguiente titular: "Un provocativo simposium sobre la
venta de enfermedades". No dejando dudas sobre la trascendencia
del problema: "La capacidad de la industria para la innovación,
esencial para sostener una alta rentabilidad, se ha extendido discutiblemente
más allá de la invención de nuevos productos a la creación de nuevas
enfermedades, desórdenes y trastornos; y a la expansión de las ya
conocidas. Mediante alianzas informales con médicos y grupos de
pacientes, y la ayuda de expertos en relaciones públicas, las compañías
farmacéuticas fabrican las condiciones de las nuevas enfermedades
de la misma manera que fabrican las medicinas. Los ejemplos de desórdenes
que se han representado de esa manera son tan diversos como las
disfunciones sexuales en el hombre y la mujer, el desorden de ansiedad
social o la alopecia" .
El periodista Ray Moynihan y el profesor del Farmacología
Clínica David Henry -autores del libro Selling Sickness:
How the World's Biggest Pharmaceutical Companies Are Turning Us
All into Patients (Vendiendo enfermedades: cómo las compañías farmacéuticas
más grandes del mundo están convirtiéndonos a todos en pacientes)-
se encargaron de abrir el congreso añadiendo nuevas "enfermedades"
a las reflejadas a modo de ejemplo en el programa: "Aspectos
de la vida ordinaria como la menopausia -denunciaron- están
siendo medicalizados. Problemas benignos están siendo tratados como
enfermedades graves como ha ocurrido en la promoción financiada
por una compañía farmacéutica del síndrome del colón irritable.
Y meros factores de riesgo como el nivel alto de colesterol en sangre
o el bajo nivel de densidad de los huesos se presentan ya como enfermedades.
Hay una confluencia de intereses tras la presentación de ciertos
problemas de salud como severos y tratables con píldoras, como ha
pasado recientemente con el desorden de ansiedad social".
Obviamente no son las compañías farmacéuticas las únicas responsables
de lo que está sucediendo. Nada podrían hacer sin otros personajes
imprescindibles en este juego de intereses ocultos. "Las compañías
farmacéuticas -señalaron Moynihan y Henry- no son los únicos
actores de este drama. A través de nuestro trabajo como periodistas
de investigación hemos aprendido cómo las alianzas informales de
corporaciones farmacéuticas, compañías de relaciones públicas, grupos
de médicos y organizaciones de pacientes promueven sus intereses
ante el público y los diseñadores de las políticas sanitarias utilizando
a menudo a los medios de comunicación de masas para presionar sobre
su particular visión de los problemas. Y está ocurriendo en un momento
en el que las compañías farmacéuticas tienen problemas para construir
y mantener mercados para sus productos más vendidos y cuando las
perspectivas de obtener nuevas y genuinamente innovadoras medicinas
son débiles".
En resumen, la herramienta básica de esta estrategia es crear estados
de opinión capaces de dirigir la política sanitaria y farmacéutica.
"Una estrategia importante de las alianzas -contaron Moynihan
y Henry en su conferencia- es suministrar a los medios de comunicación
historias diseñadas para crear miedo sobre una condición o enfermedad
y atraer la atención sobre el último tratamiento. La compañía se
encarga para ello de suministrar paneles asesores de 'expertos independientes'
que avalan tales historias, crean o patrocinan grupos de enfermos
que proporcionan las 'víctimas' y, finalmente, las empresas de relaciones
públicas se ocupan de garantizar el giro positivo hacia sus puntos
de vista de los medios de comunicación sobre los últimos 'medicamentos
descubiertos'".
JÖRG BLECH Y "LOS INVENTORES DE ENFERMEDADES"
Jörg Blech, periodista científico especializado en Medicina
y que no está considerado alguien contrario al sistema ha escrito
sin embargo una obra titulada Los inventores de enfermedades
en la que aborda precisamente cómo se lleva a cabo la creación de
nuevas enfermedades. Y en la introducción de su libro escribe: "Lo
que me une a los médicos críticos -a aquellos a los que disgusta
la actual transformación de sus consultas en locales de venta de
medicinas- es que no estoy en absoluto contra la industria farmacéutica
ni contra la medicina moderna. Me vacuno contra la gripe y cumplo
las pautas de prevención contra el cáncer. El dilema radica en que
la Medicina ha ampliado su radio de acción de tal forma que se hace
cada vez más difícil identificar la propia salud. Escribí este libro
porque quiero seguir siendo una persona sana".
Pues bien, Blech ofrece numerosos ejemplos en su libro de cómo se
fabrican las enfermedades. Explicando por ejemplo cómo hasta
¡la timidez! pasó un día a convertirse en "enfermedad". Porque aunque
el lector lo ignore resulta que en 1980 la FDA la introdujo en el
manual de enfermedades como trastorno de ansiedad social
clasificándola como de muy rara aparición. Y cuenta cómo
en 1998 la empresa SmithKline Beecham solicitó autorización
para tratarla poniendo en el mercado un fármaco, el Páxil,
indicado para tratar "la fobia social". "Cuando el fármaco se
encontraba en pleno proceso de admisión -escribe Blech- la
empresa farmacéutica empezó a dar a conocer el potencial patológico
de la timidez. La misión de establecer el trastorno de ansiedad
social como 'estado patológico serio', según la revista del sector
PR News, le fue encomendada a la agencia de comunicación
Cohn & Wolf. Un poco más tarde la empresa encontró un eslogan
que aludía a que algunas personas reaccionan alérgicamente a otras
personas: 'Imagine Being Allergic to People' (Imagina que
fueras alérgico a las personas)".
Diseñada la estrategia en las paradas de autobús empezaron entonces
a aparecer carteles en los que se veía a un hombre joven deprimido
y junto a él una leyenda: "Te pones rojo, sudas, tiemblas, hasta
te cuesta respirar. Eso es lo que produce el trastorno de ansiedad
social". Con esa simplificación de unos síntomas comunes a millones
de personas sanas pretendía conducirlas a identificarse con una
condición patológica, hasta ese momento "de muy rara aparición".
Es decir, se estaba "ensanchando" el campo de la "enfermedad" y
con ello el número de potenciales clientes. Sutilmente, en los anuncios
no se hacía referencia a ningún medicamento psicotrópico pero sí
a una Asociación contra el trastorno de la ansiedad social
compuesta por tres grupos aparentemente de utilidad pública y una
asociación de pacientes.
"Sólo que las partes interesadas -escribe Blech- no se
habían reunido espontáneamente. La coalición había sido financiada
por el laboratorio SmithKline Beecham. Y la empresa de relaciones
públicas Cohn & Wolf fue la encargada de contestar a los
medios por encargo de esa coalición". Luego, a través de la
agencia, emitieron una nota oficial afirmando que el trastorno
de ansiedad social "afectaba" al 13'3 % de la población. Es
decir que de repente el "trastorno de ansiedad social" se
había convertido en la tercera enfermedad psiquiátrica
en Estados Unidos -tras la depresión y el alcoholismo- cuando poco
antes los psiquiatras hablaban de un 3% de "afectados" como máximo.
¿Cómo era posible? De forma muy simple: un pequeño grupo de psiquiatras
había convertido la timidez en una enfermedad social que afectaba
a millones de personas eliminando un criterio restrictivo del diagnóstico
-"el deseo imperioso de evitar algo"- y creando un nuevo
subtipo general.
¿Y cómo se tragaron algo así los medios de comunicación y la sociedad?
Pues para que los medios de comunicación "entendieran" la importancia
del recién descubierto trastorno usaron la opinión de un psiquiatra
autorizado: Jack Gorman. Psiquiatra que según las investigaciones
del diario británico The Guardian resultó que trabajaba para
SmithKline Beecham y un mínimo de doce empresas farmacéuticas
más como asesor a sueldo.
La campaña fue todo un éxito. En los dos años anteriores a la autorización
del Paxil sólo medio centenar de informes sobre el "trastorno
de ansiedad social" habían llegado a los medios. Pero en mayo
de 1999, cuando el medicamento llegó al mercado, llegaron centenares.
Y a finales del 2001 el Paxil, el nuevo remedio contra la
fobia generalizada y social, se había puesto en ventas a la altura
del antidepresivo más conocido y consumido de Estados Unidos: el
Prozac.
En resumen, una enfermedad inexistente, inventada, ha hecho ganar
una gigantesca fortuna a sus inventores. Sobre ello cuenta Blech
en otro capítulo del libro: "Para poder mantener el enorme crecimiento
de los años anteriores la industria de la salud tiene que tratar
cada vez a más personas que en realidad están sanas. Los grupos
farmacéuticos que operan globalmente y las asociaciones de médicos
conectadas internacionalmente definen de nuevo nuestra salud: los
altibajos naturales de la vida y los comportamientos normales son
tergiversados de forma sistemática y convertidos en estados patológicos.
Las empresas farmacéuticas patrocinan la invención de cuadros clínicos
completos y consiguen así nuevos mercados".
UN PLAN PERFECTO
Otro ejemplo que nos permite entender cómo se gesta y desarrolla
este nuevo tráfico de enfermedades nos lo proporcionan los antes
mencionados Ray Moynihan y David Henry quienes junto a Iona Health
publicaron un artículo contándolo en la revista British Medical
Journal. El objetivo en este caso era aumentar la venta del
Lotronex, un fármaco de GlaxoSmithKline. Y el medio
consistía en crear otra enfermedad: el "síndrome de colon irritable".
"Lo que para muchas personas es un desorden funcional menor -explican
en el artículo- que requiere poco más que la certeza sobre su
curso natural benigno está siendo actualmente reestructurado como
una enfermedad seria que requiere una etiqueta y un medicamento
con todos los costes y daños asociados". En su trabajo de investigación
los autores accedieron al proyecto concebido por una compañía de
comunicaciones médica -In Vivo Communications- especializada
en proporcionar educación médica. Y ésta, en lo que eufemísticamente
describe como "programa de educación médica", definió una
estrategia a tres años para crear una nueva percepción del síndrome
de colon irritable como "una enfermedad creíble, común y concreta".
Según los documentos el principal objetivo del "programa de educación"
quedaba perfectamente definido: "El SCI (síndrome del colon irritable)
debe establecerse en las mentes de los doctores como un significativo
estado de enfermedad". Por supuesto, no se olvidaron de los
pacientes: "Deben ser convencidos de que el SCI es un desorden
médico común y reconocido". El otro objetivo del plan consistía
en promover la "nueva terapia clínica probada": el Lotronex.
Paso fundamental para todo esto era preparar un panel asesor con
un líder de opinión de cada estado de Australia a fin de conocer
su opinión y "las posibilidades para formarla". La estrategia
pasaba después por convencer al mercado especializado de que el
SCI es una "enfermedad seria y creíble".
La agencia In Vivo recomendaba para convencer a los médicos publicar
una serie de anuncios en las principales revistas médicas ofreciendo
también entrevistas con miembros del panel asesor de la compañía
ya que "la credibilidad de los miembros del panel es inestimable
para tranquilizar a los médicos generales de que el material que
reciben es clínicamente válido". Otros grupos destinados a recibir
el material promocional incluían farmacéuticos, enfermeras, pacientes
y una fundación médica a la que se la reconocía una "relación
cercana" con In Vivo.
"Más allá de la integridad o competencia de los profesionales
-escriben los autores del artículo- o de los grupos de pacientes
involucrados, y sin buscar minimizar la importancia del desorden
para algunos individuos, este plan muestra que personal y organizaciones
financiadas por una compañía de medicamentos están ayudando a formar
a la opinión médica y pública sobre una condición que la compañía
considera objetivo comercial para su nuevo producto. Aunque GlaxoSmithKline
ha defendido que su patrocinio de la educación puede mejorar los
hábitos de prescripción de los doctores (comunicación de 7 de marzo
del 2002) el conflicto de interés es obvio y potencialmente peligroso".
Finalmente la campaña propuesta se detuvo debido a que el Lotronex
fue retirado del mercado cuando la FDA constató sus graves efectos
secundarios (en algunos casos mortales).
LA ALOPECIA Y EL "PROPECIA"
Un proceso similar se siguió para tratar de vender un producto de
los laboratorios Merck para el crecimiento del pelo: Propecia.
¿Cómo? Pues convirtiendo un proceso ordinario y sin ninguna importancia
médica como es la falta de pelo en poco menos que un problema médico
de graves consecuencias. La estrategia ya la conocemos: coincidiendo
con el momento de la puesta en el mercado del producto comenzaron
a aparecer en los medios de comunicación informes sobre los traumas
emocionales asociados con la pérdida de pelo. Y en un artículo de
cuatro páginas dedicado al tema se ofrecían los datos de un "estudio"
que sugería que un tercio de los hombres experimentaba algún grado
de pérdida de cabello sugiriendo a continuación que ello podía llevarles
al pánico y a otros problemas emocionales. Incluso tener un impacto
en su búsqueda de trabajo y en su bienestar mental. Y para apoyar
la credibilidad de lo que se decía se hablaba de la reciente creación
del International Hair Study Institute. Lo que en el artículo
no se decía es que tanto el "estudio" como el instituto estaban
financiados por los ya mencionados laboratorios y que los expertos
citados habían sido proporcionados por la agencia de relaciones
públicas Edelman De más está decir que la compañía justificó
su actuación en el derecho de las personas a ser conscientes de
las opciones existentes para detener la pérdida del cabello. Lo
que no justifica en modo alguno, sin embargo, que asociaran descaradamente
paro, pánico, traumas y otros problemas emocionales con la pérdida
del cabello hasta hacer aparecer la alopecia como una patología.
HAY MUCHAS ENFERMEDADES INVENTADAS
Y no crea el lector que se trata de unos pocos ejemplos no significativos.
En los próximos meses vamos a ir desgranando las conclusiones más
importantes presentadas durante el congreso que antes mencionamos
sobre las enfermedades que pueden incluirse en la lista de lo que
muchos consideran enfermedades inventadas. Así se presentó
también, por ejemplo, el llamado Trastorno Sexual Femenino
que se afirma padece el 43% de las mujeres norteamericanas. En su
ponencia, Leonore Tiefer -profesora de Psiquiatría en la
Escuela Universitaria de Medicina de Nueva York- la definió
como "un caso de libro de texto de enfermedad inventada por la
industria farmacéutica y otros". "Recientemente -señaló-
la industria farmacéutica ha mostrado un interés agresivo por el
sexo usando agencias de relaciones públicas, anuncios directos al
consumidor, la promoción de prescripciones para usos diferentes
de los aprobados y otras tácticas para crear un sentido de insuficiencia
sexual extendida y así centrar el interés sobre los tratamientos
de nuevos medicamentos".
El llamado Trastorno Eréctil fue otra de las áreas de preocupación
resaltada en la conferencia. Joël Lexchin -de la School
of Health Policy and Management de la Universidad de York
(Toronto)- manifestó su convicción en la eficacia y seguridad del
Viagra para tratar esa patología cuando se debe a causas
como la cirugía de próstata o la diabetes. Sin embargo sostuvo que
su fabricante, Pfizer, había cambiado su estrategia de mercado
ampliando sus objetivos. Y recordó que mientras en sus anuncios
de televisión iniciales la multinacional utilizó la imagen del antiguo
senador y aspirante a la carrera presidencial Bob Dole -de
70 años- en la actualidad utiliza la imagen de un corredor de la
fórmula NASCAR y la de un jugador de béisbol de los Texas
Ranger de 39 años. Para Lexchin la publicidad manda un claro
mensaje: "Todos, a cualquier edad, pueden necesitar alguna vez
un poco de mejoría; y cualquier desviación de una función eréctil
perfecta significa un diagnóstico de Trastorno Eréctil que hay que
tratar con Viagra (…) Cada vez más el perfil de edad de hombres
que usan Viagra refleja un público más joven aunque Pfizer niega
que sea su objetivo. Entre 1998 y 2002 el grupo que más aumento
experimentó en el uso de Viagra fue el de los hombres entre edades
de 18 y 45". Por supuesto, Pfizer ha manifestado reiteradamente
que sólo promueve sus medicamentos de prescripción entre los profesionales
médicos y no se dirige al público en general. Y que tampoco recomienda
o promueve el uso de Viagra más allá de sus indicaciones
terapéuticas. Y hay ingenuos que se lo creen.
También participó David Healy -del Department of Psychological
Medicine de la Universidad de Cardiff en Gales- quien
criticó una campaña de publicidad en televisión que tras reflejar
distintas situaciones de cambio de humor -sin mencionar ningún medicamento-
anima luego a los espectadores a que se dirijan a un centro de ayuda
bipolar patrocinado por los fabricantes de un medicamento antipsicótico
líder de ventas. Healy explicó luego que cada vez más niños menores
de 13 años están siendo diagnosticados en Estados Unidos como maníacos
depresivos. Y denunció que se estaba prescribiendo a niños de preescolar
antidepresivos. "En el caso de los adultos -dijo- hay
ya potencial para crear una 'epidemia' de desorden bipolar porque
se está diagnosticando esa condición a muchas personas con criterios
operacionales que dependen de juicios subjetivos".
También hubo una ponencia sobre el llamado Síndrome de Déficit
de Atención e Hiperactividad del que en este mismo número de
la revista volvemos a ocuparnos. Christine Phillips -de la
Australian National University Medical School- alertó sobre
lo que ella considera "una penetración organizada de la industria
farmacéutica asociada con el SDAH en los ámbitos de la educación".
Phillips criticó que las compañías farmacéuticas no proporcionen
programas de educación sobre autismo y dislexia, otras dos condiciones
que también afectan a la actuación educativa pero que sin embargo
no se tratan con medicamentos.
Agregaremos que aunque los problemas de tipo sexual y psiquiátricos
son los más proclives a ser convertidos en "enfermedades" también
simples factores de riesgo como la baja densidad de los huesos (osteoporosis)
o el alto nivel de colesterol -entre otros muchos- están incluidos
entre situaciones normales exageradas hasta darlas categoría de
enfermedad. Y de ellas nos iremos ocupando en los próximos
números.
En suma, la gran industria farmacéutica está medicalizando vergonzosamente
a la sociedad instando a la gente a comprar medicamentos para todo.
Fármacos en la inmensa mayoría de los casos innecesarios e ineficaces
-en muchos casos psicotrópicos- que encima provocan efectos secundarios
más o menos graves y que pueden terminar generando la aparición
de enfermedades reales. Y no sólo eso. "La medicalización inadecuada
- señalan Ray Moynihan y David Henry- conduce a situaciones peligrosas,
tratamientos pobres, enfermedades iatrogénicas y pérdidas económicas;
así como otros costes indirectos derivados del desvío de recursos
que hubieran servido para tratar o prevenir enfermedades más serias.
A un nivel más profundo puede ayudar a alimentar obsesiones enfermizas,
a disimular o envolver en el misterio las explicaciones sociológicas
o políticas de los problemas de salud y a enfocar indebidamente
la atención sobre soluciones farmacológicas, individuales o privadas.
Más tangiblemente y de forma inmediata los costes de nuevos fármacos
destinados a personas esencialmente saludables están amenazando
la viabilidad del sistema de seguro de salud universal públicamente
consolidado".
Vivimos pues -al menos quienes tenemos la fortuna de hacerlo en
países desarrollados- en un mundo aparentemente mejor pero del que,
como ocurriera con la Caja de Pandora, no dejan cada año de salir
nuevas enfermedades de las que nuestros abuelos ni siquiera habían
oído hablar o de las que no tienen ni idea en países con menos recursos
porque como allí no son negocio para qué van a promocionarse...
Es tal ya la gravedad del problema que publicaciones como New
Scientist han entrado decididamente en la denuncia. En un concluyente
editorial titulado Parar el tráfico de enfermedades la revista
decía en su número del pasado mes de abril: "Los gobiernos han
permitido a los fabricantes de medicamentos ser los principales
educadores de políticos, médicos y público en general sobre muchos
problemas médicos. Y muchas personas que se sientan en los paneles
oficiales que deciden sobre las enfermedades reciben fondos de la
industria. Grupos de pacientes, desesperados por encontrar soluciones,
a menudo con el apoyo de compañías farmacéuticas, reclaman tratamientos
para los que hay pocas o ninguna evidencia científica. Determinados
pacientes pueden llegar a sus médicos armados con información dudosa
sacada de Internet. Y hay médicos ávidos por probar los tratamientos
con medicamentos de moda aunque no hayan sido probados o se hayan
aprobado para otros desórdenes; o utilizarlos como la manera más
fácil de aplacar a un paciente preocupado. En el centro de esta
tela de araña están las compañías farmacéuticas. Para ellas dedicar
sus esfuerzos a políticos, médicos y consumidores puede ser un camino
más barato para incrementar ventas que crear nuevas medicinas pero
eso no es una excusa. Junto al mantra de la Sala de Juntas de 'incrementar
los dividendos de los accionistas' debería sentarse la conocida
máxima médica 'Ante todo no hacer daño'. El tráfico de enfermedades
está dañando a la gente y a los servicios de salud. Es un monstruo
que necesita ser detenido".
Y tiene razón. Porque, ¿cómo si no es con el calificativo de monstruosos
puede definirse comportamientos como los que describe en su libro
Los inventores de enfermedades Jörg Blech: "El Instituto
de Salud Mental está financiando un estudio clínico en las guarderías
con más de 300 niños que acaban de dejar los pañales. Los sujetos
del ensayo, cuya edad oscila entre tres y cinco años, deberán tomar
metilfenidato -droga, medicamento psicotrópico, estupefaciente en
Alemania, sustancia clasificada junto a la cocaína en Estados Unidos-
durante tres años bajo supervisión científica".
¿Nos hemos vuelto locos?.