Madre: en tu útero escribes el futuro de tu hijo

Durante mucho tiempo se ha pensado que las emociones y pensamientos de las madres gestantes no influían para nada en el desarrollo del feto. Hoy se sabe, sin embargo, que no sólo influyen decisivamente sino que pueden marcar el futuro del bebé para toda la vida. Al punto de que muchas de las dolencias que sufra siendo adulto pueden tener su origen en algo que le impactó estando en el útero de la madre.

Nada más lejos de mi ánimo que justificar la necesidad de que las mujeres vuelvan a su ya afortunadamente superado papel de simples proveedoras y cuidadoras de hijos. Pero aun no siendo este mi  ánimo eso no impide que tenga que exponer aquí -en éste y otros artículos que seguirán a éste- la terrible responsabilidad que la naturaleza ha puesto en manos de las madres, no tanto de los padres. Y no tanto de los padres por el simple hecho de que son las madres, no los padres, quienes albergan y deben nutrir con su carne, pensamientos y afecto durante nueve meses -una eternidad intrauterina- el proceso de la casi definitiva formación psicológica de su hijo. Y eso, si se quiere hacer bien, exige una forma de ver y entender la maternidad que no es la forma en que se entendía antes, pero que tampoco es la manera como, en general, se entiende ahora. Claro que ante lo hasta aquí expuesto el lector -y de forma especial la lectora- puede objetar que no existen bases científicas definitivas que permitan afirmar que es la madre y casi sólo la madre la gran responsable del futuro de sus hijos. Una objeción totalmente refutable.

¿QUE ES LA PERCEPCIÓN EXTRA-UTERINA? 

El lector sabe ya por cuanto se ha publicado en torno a la técnica terapéutica Anatheóresis -incluida la entrevista que me hizo el director de Cuerpos y Almas, José Antonio Campoy, y apareció aquí el mes pasado- que ésta cuenta con un tipo de relajación especial  al que he dado el nombre de Inducción al Estado Regresivo Anatheóretico (IERA)- que, sin pérdida de conciencia, o sea con una simple relajación profunda, permite a una persona adulta no sólo visualizar, sino también, y de forma especial, vivenciar -ver y sentir- los daños que sufrió cuando estaba en el útero de su madre. Y que permite además a la persona en ese estado visualizar y vivenciar lo que ocurría fuera del útero cuando, siendo embrión o feto, sufría o gozaba los daños o gratificaciones que en ese momento vivía su madre. Un efecto este último al que he denominado Percepción Extra-Uterina (PEU) y que, por fantástico que parezca, da siempre -siempre que la persona esté en perfecto IERA- hechos ciertos. Así, un paciente -y todos somos pacientes, porque todos estamos dañados aun cuando en un momento determinado no mostremos somatizaciones-, un paciente, repito, puede sentir el terrible frío de la muerte que vivenció siendo feto y, al tiempo, comprobar, viéndolo, que en ese mismo momento en que él estaba sintiendo que moría, su madre estaba intentando suicidarse tomando unas pastillas. Pastillas -y estoy hablando de un caso concreto que ilustra todos los demás- que el paciente en la terapia  identificó con su nombre, identificando también al médico -por él tan desconocido como el intento de suicidio de su madre- que logró devolverla a la vida. Y no es preciso un daño tan severo como un intento de suicidio: basta con que una madre no reciba con el afecto necesario al hijo que acaba de saber lleva en su seno para que el embrión reciba emocionalmente ese rechazo y lo grabe en su carne y en su sangre. Que a fin de cuentas eso que llamamos Yo es básicamente el producto de esos daños y también de los momentos gratificantes con que nuestra madre nos va nutriendo desde el momento en que un óvulo es fecundado hasta los más o menos cinco años en que el hijo -niño o niña- empieza a identificarse con el padre. Un proceso que se alarga, aunque de forma menos impactante, hasta la adolescencia.

Sé que toda madre desea lo mejor para ese bebé que lleva en su seno. Y sé también que, por esa razón, muchas de ellas se sentirán emotivamente molestas con mi afirmación de que habitualmente  están gestando mal a sus hijos. Ante esto -lo sé por experiencia-, la respuesta en muchos casos es que está por ver si lo que afirmo es cierto. Una objeción que cuantas madres la han hecho han tenido que abandonar al comprobar en sí mismas al entrar en estado de relajación -no durante el embarazo, en que no hay que hacer terapia anatheorética- que cuanto afirmo fue verdad cuando ellas se encontraban en el claustro materno. Y que -insisto- es verdad porque ellas, en ese estado de relajación, reviven sus daños. O sea, vivencian cuándo y cómo esos daños procedentes de sus madres ocurrieron y, lo que más importa, resolvieron sus problemas disolviendo las cargas patológicas que esos daños mantenían vivas y actuantes. Porque Anatheóresis no es una teoría: se basa en hechos comprobables. Anatheóresis es ciencia.

Y precisamente porque es ciencia puedo afirmar que ninguna mujer -gestante o con hijos- debe sentirse culpable ante cuanto afirmo y ante cuanto explicaré en próximos artículos, en los que expondré ya soluciones ante posibles daños. Y no debe sentirse culpable -la culpabilidad es siempre patología- porque, por un lado, sólo ahora se empieza a conocer la gran receptividad de los embrio-fetos; por otro, porque no siempre el sistema sanitario y la estructura social en general permite que la mujer embarazada encuentre respuestas óptimas a sus demandas; y, finalmente, porque los daños que la madre gestante imprime en su futuro bebé no lo son tanto debido a ella sino a la gran receptividad emotiva del ser que está gestando.

¿QUÉ SIENTE EL EMBRIÓN?    

Próximo está todavía el tiempo en que la Medicina concebía al embrión humano algo así como un tumor benigno que se iba formando pasivamente en el interior de la madre y que ésta, transcurridos nueve meses, expulsaría con más o menos esfuerzo y dolor pero sin otras consecuencias, salvo complicaciones que siempre se consideraba eran debidas a causas ajenas a la actitud emocional de la madre ante el futuro hijo. Pero no es así. Y esto empieza a saberlo ya la Medicina convencional. En cuanto a Anatheóresis, la experiencia muestra que el embrión humano -en su fase intrauterina y de nacimiento- recorre unos estadios de percepción que pueden explicarse como sigue. El primer estadio de percepción -EP1- corresponde a la fase inicial embrionaria, en la que el embrión se encuentra en un estado especial de ensoñación que le mantiene en sintonía total con la madre. Y esto sin defensas. O sea, que cuanto goza o sufre la madre lo goza o sufre el embrión y lo goza o sufre sin poderlo evitar y como si fuera algo suyo. Algo que le llega de sí mismo. Si bien lo goza o sufre a un nivel sensorial. Para aquellos lectores que no han vivenciado esa percepción con la técnica Anatheóresis añado que aún antes de que se forme el sistema nervioso hay ya comunicación intercelular. Así, las células del embrión secretan reguladores paracrinos que facilitan información e instrucciones a las células vecinas. Existe ya una especie de memoria celular. Además, es ya dentro del primer mes de gestación cuando empieza a formarse el sistema nervioso y los nervios periféricos.

En este primer estadio de percepción, que se extiende sólo unas pocas semanas a partir de la concepción, es cuando Anatheóresis se encuentra con el primer gran daño -yo lo denomino IAT: Impacto Analógico Traumático- o la primera gran gratificación -IAG: Impacto  Analógico Gratificante- y eso va a marcar a fuego al futuro bebé. Y ese daño o gratificación es la carga emotiva que lanza la madre al saberse embarazada. Si recibe la  noticia como algo no deseado y mantiene esa actitud durante un tiempo, ese rechazo llega al embrión como un impulso de muerte, como algo que se opone a su proceso de crecimiento, como una amenaza. Es el primer sufrimiento de una vida que quiere nacer. Si bien no debo dramatizar porque esto es perfectamente superable.

¿QUÉ PIENSA Y SIENTE EL EMBRIO-FETO? 

El segundo estadio de percepción -EP2- incluye la época de madurez embrionaria y también los inicios de la época fetal, en la que el cerebro muestra ya una estructura con circunvalaciones. Este estadio corresponde, por tanto, a una percepción simbólica ya estructurada mitológicamente. Aclaro que esa simbología, que es una simbología arquetípica, es el idioma consustancial al feto. Sigue siendo, por tanto, una percepción sin Yo, sin focalización personal, abierta en consecuencia a todos los impactos, especialmente a los emotivos procedentes de la madre, con la que se mantiene, como en el primer estadio de percepción, en una simbiosis total. Y no olvidemos que simbiosis no significa que el cerebro del bebé sea el de la madre sino la existencia ya de dos cerebros, cada uno de ellos con capacidad para recibir y almacenar información; sólo que en ese trasvase de información el sistema nervioso del feto sigue siendo básicamente receptivo, con una receptividad subjetiva que globaliza todo impacto como si el impacto fuera Él. Así, el feto escribe en su sistema nervioso, en sus células, en su cuerpo todo, cuanto emotivamente la madre lleva escrito y cuanto la madre va escribiendo en su mente. La madre transmite incluso al feto sus sueños altamente emotivos. Y el feto los recibe con la misma fuerza que si fuera algo real. Así, pensar recurrente y seriamente en abortar es tan real para el feto como si esa misma madre se sometiera a un auténtico aborto.

En este segundo estadio, la madre que vive una constante tristeza, irritación, estrés, peleas con su pareja -especialmente las peleas con gritos-, etc., transmite esos sentimientos al feto, que los recibe como suyos. Y que los recibe emocional y físicamente porque una madre triste destila tristeza hormonal y porque una madre que se tensa somete al feto a una presión física insoportable. Y el feto, ese durmiente lúcido, se esfuerza con pies y manos en defenderse del cinturón de dolor que le oprime. Si bien las imágenes que elabora, como ya he indicado, son símbolos arquetípicos. Y así, ese peligro de “ahogo” por presión física y emocional procedente de la madre es para el feto un naufragio en el océano amniótico de su claustro materno.

No olvidemos que los símbolos primigenios elaborados por los ritmos cerebrales lentos -los ritmos rápidos beta, los de vigilia, todavía no han surgido o no han madurado en el feto- son el soporte en que se sustenta nuestra vida adulta. Así, la visión y sentimiento del Paraíso es un útero gratificante cargado de endorfinas. En tanto que el nacimiento lo vivenciamos como un surgir a un mundo nuevo, inhóspito, un mundo que nos agrede y que en consecuencia exige nos defendamos de él. La mitología es nosotros, nuestras experiencias intrauterinas.

¿QUÉ PIENSA Y SIENTE EL FETO? 

El tercer y último estadio intrauterino de percepción -EP3- se  inicia entre el cuarto y sexto mes, momento en que el feto posee un cerebro totalmente estructurado neuralmente y momento ya -en el sexto mes- en que prácticamente podría sobrevivir si naciera. En este estadio, que podemos extender hasta el nacimiento e, incluso, hasta la época preverbal, la percepción se caracteriza por la existencia ya de intensos trenes de ondas cerebrales theta, un ritmo cerebral éste que se caracteriza por su alta emotividad y no menos alta creatividad. Se trata, por tanto, de una percepción analógica -o sea, que establece las relaciones por semejanza, de manera que -por dar un ejemplo fácil de comprender- si un niño rechaza a su padre porque le ha pegado se sentirá impelido también a rechazar a cuantos hombres tengan las manos similares a las de su padre. Será, insisto, una percepción analógica, pero en la que la conciencia muestra ya una notoria focalización. O sea, el proceso de singularización que acabará en la formación de un Yo, es ya más individualizado y, así, el sentimiento de no amor que era sólo sensación cuando se sintió rechazado en el primer estadio ahora toma connotaciones más personales y, según hayan sido los impactos negativos recibidos en su proceso de gestación, ese no amor puede ser sentimiento de rechazo pero también de abandono de o cualquier otro análogo a éstos.

No olvidemos que tan sólo al culminar el cuarto estadio de percepción -o sea, entre los siete y doce años- el niño ha alcanzado ritmos cerebrales beta maduros, que son los ritmos de vigilia, los que nos caracterizan y permiten discernir. O sea, en los tres primeros estadios de percepción el embrión o el feto sufre o goza -y lo sufre o goza de distinta manera y con distinta fuerza según cada uno de esos estadios- los impactos que les llegan de la madre, pero aun sufriéndolos no sabe discernir el  porqué de esos impactos ni si le pertenecen o no. Y esto es tan notorio que en la terapéutica Anatheóresis uno de los problemas con más resistencia a la curación es el adulto que ha tenido una gestación teñida por un continuado sentimiento negativo de la madre; por ejemplo, la tristeza crónica de ésta, el desamor hacia el feto o, incluso, la indiferencia hacia éste. Porque, en definitiva, todo se reduce a una no comunicación o a una mala comunicación entre la madre y el fruto que está gestando ya que en estos casos el feto -que carece de la capacidad de discernir, o sea, de comprender qué está ocurriendo- une a su unión con la madre -sin poderla enjuiciar, como si fuera algo consubstancial a sí mismo- esa tristeza, desamor, etc. que está recibiendo. De manera que si el sentimiento que recibe es concretamente de desamor, ese sentimiento lo seguirá viviendo, ya nacido, y creerá recibirlo de cuantas personas sean, actúen, etc. de forma análoga a su madre. Es decir, no necesariamente creerá recibirlo de su madre. A ella la justificará porque necesita -para sobrevivir- una buena -o por lo menos soportable- identificación materna. Pues bien, aun cuando en la terapia el paciente llega a la comprensión de que ese daño lo ha recibido de su madre, aun así se resiste a abandonar ese sentimiento patológico de desamor porque entiende en principio -aunque no conscientemente- que renunciar a ese sentimiento es renunciar a su madre. Y todo humano, para poder vivir, necesita la existencia introyectada de su madre, aun cuando esa imagen le enferme.

UN MAL ÚTERO ES CASI SIEMPRE CAUSA DE UN MAL NACIMIENTO 

Y no olvidemos que un mal útero es casi inevitablemente causa de un mal nacimiento. Porque, en definitiva, el nacimiento forma parte también de la gestación. Son un mismo hecho. Al igual que, si miramos desde la altura, se hace patente también que río y mar son una misma cosa, algo totalmente unido. No puede haber río sin un lugar en que verter las aguas que el río lleva.

Y así, el nacimiento es ese entrar en el mar de una nueva vida, sólo que entramos en ella con el sentimiento de haber perdido otra anterior, de haber muerto a algo previo. Al igual que un día -y eso es una analogía- es de creer que desembocaremos también en otro mar, si bien para eso tendremos que morir a esta vida, a esta nuestra actual percepción cerebral de vigilia. O sea, a lo que ahora llamamos vida.

Creo que con cuanto antecede se habrá hecho claro por qué al empezar este artículo he afirmado la gran responsabilidad que comporta la maternidad. Y por qué he situado en segundo lugar la responsabilidad paterna.

Afortunadamente para toda mujer, ellas son las que albergan en su seno el más preciado de los frutos. Para ellas es el goce de sentir bullir la vida en su interior pero para ellas es también – no toda, pero sí casi toda- la responsabilidad de que ese fruto sea especialmente sano, inteligente y hermoso. ¿Qué hacer para conseguirlo? Lo explicaré en el próximo número.

 Joaquín Grau

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