Cómo afrontar el dolor

Pocas veces los seres humanos nos sentimos tan impotentes como cuando nos enfrentamos ante el dolor, sea este físico, emocional o mental. Es probablemente uno de los aspectos de la vida que peor soportamos y uno de los pocos que puede llevarnos en nuestra desesperación a desear incluso la muerte. Entender su funcionamiento y saber controlarlo puede, pues, ayudarnos a ser más felices. Especialmente cuando podemos hacerlo sin otra ayuda que la de nuestra propia mente.

Hoy día, sobre todo en el mundo civilizado, la mayoría de las personas manifiestan un miedo terrible al sufrimiento físico lo que es curioso porque si volvemos la vista atrás, a hace apenas cuatrocientos o quinientos años, ese miedo era muchísimo menor. ¿Por qué? Pues posiblemente porque la vida y la muerte estaban muy a flor de piel y el dolor físico formaba parte de lo cotidiano.

Además, en las últimas décadas se ha observado un incremento alarmante del miedo al sufrimiento mental o emocional, llegando a convertirse en un auténtico estigma del siglo XX. Y es que ante un dolor físico tenemos analgésicos a los que podemos recurrir y que suponen una solución al menos momentánea pero para ese otro dolor aún no hemos descubierto la solución apropiada.

¿DÓNDE EMPIEZA EL DOLOR? 

El dolor suele definirse como un fenómeno subjetivo que consiste en una sensación desagradable que indica una lesión real o potencial del cuerpo.

También es conocido que, precisamente para reflejarlo, por todo nuestro organismo están repartidos una especie de sensores o receptores que transmiten información a la médula espinal a través de las vías nerviosas y que desde ella llega hasta el cerebro. En ocasiones, sin embargo, la señal del dolor, cuando llega a la médula, provoca ya desde ella una reacción de respuesta refleja inmediata que pone automáticamente en marcha los nervios motores haciendo reaccionar a los músculos, que se contraen. Siendo más tarde cuando la información -el dolor- llega al cerebro. Así ocurre cuando tocamos algo demasiado caliente. En otras ocasiones, sin embargo, la señal llega primero hasta el cerebro, que la decodifica y la interpreta como dolor, momento a partir del cual interviene ya la consciencia de la persona a la hora de reaccionar ante él.

E igualmente sabemos que a veces la sensación de dolor no se experimenta en un órgano concreto sino en una zona refleja; por ejemplo, el dolor provocado por un ataque cardiaco se puede sentir en el cuello, en los brazos, etc.

LA TOLERANCIA AL DOLOR 

No todas las personas tenemos la misma resistencia al dolor. De hecho, mientras unas apenas toleran pequeños golpes o heridas otras son capaces de soportar grandes traumatismos. En ese sentido, hay que decir que está comprobado que la actitud, el estado de ánimo, la personalidad e incluso las circunstancias influyen sobremanera a la hora de tolerar el dolor. Por ejemplo, son muchos los deportistas que sufren una lesión durante el juego y que sin embargo son capaces de continuar -sobre todo si ellos o su equipo van ganando- sin que apenas sientan dolor mientras éste dura. Dolor que aparecerá con toda su intensidad después. Algo que es extrapolable a muchos casos y circunstancias y demuestra que efectivamente es posible controlar el dolor con la mente.

Sin embargo, ¿cómo superamos normalmente las situaciones de dolor? Nuestra Medicina nos recomienda para combatir el dolor físico, al igual que para el sufrimiento mental, una amplia gama de analgésicos. En definitiva, toda una serie de sustancias químicas destinadas a contrarrestar las señales de alarma que representan los síntomas de una enfermedad cuando, en realidad, el dolor no suele ser en la mayoría de las ocasiones sino la punta del iceberg. Soluciones tendentes todas a separar el dolor del ser humano y que, la mayor parte de las veces, crean psicodependencias.

SOLUCIONES NO FARMACOLÓGICAS 

Afortunadamente, en las últimas décadas se han extendido toda una serie de técnicas mentales -la relajación, la visualización, la meditación, la sugestión, la hipnosis en sus diferentes grados, el control mental, etc.- que consiguen “derivar” el dolor sin interferir en el proceso, lo que permite un análisis posterior de las causas de la dolencia y que el enfermo pueda atacar directamente el origen de la enfermedad sin enmascarar los efectos. Porque, a fin de cuentas, el dolor es sólo un síntoma, una señal que indica que algo no va bien. No el problema.Ciertamente, el dolor –sea físico o emocional- es a veces paralizante; invalida a las personas, las deja sin recursos. Por eso es un área que debería ser investigada más profundamente, en especial con la idea de incorporar todas las terapias y técnicas no agresivas que han demostrado su validez desde hace milenios. Es el caso de la acupuntura, utilizada a veces como método anestésico, así como de multitud de terapias energéticas avaladas por la tradición de los pueblos orientales.

EL SUFRIMIENTO MENTAL 

El sufrimiento mental es peor porque invalida aún más que el físico. Cuando es profundo, la persona puede llegar a inhibirse, a dejar de participar de la vida y de las circunstancias esperando que éstas cambien por sí solas. En otros casos produce irritabilidad, vehemencia, desorden y alteraciones de conducta. En los casos más agudos -por ejemplo cuando alguien sufre de paranoia-, se producen tales alteraciones en los procesos racionales que quien lo sufre entra en una espiral de desaciertos y de reconvenciones tanto propias como ajenas.

¿Y qué podemos hacer en esos casos si no queremos limitarnos a ingerir fármacos? Pues un ejemplo claro de “sanación del dolor emocional” lo tenemos en las terapias regresivas que se están imponiendo en los últimos años debido tanto a su efectividad como a la corta duración de los tratamientos. La técnica estriba precisamente en superar los bloqueos emocionales volviendo atrás en el tiempo; es decir, reviviendo la situación que provocó el conflicto emocional e incorporando la lógica y el razonamiento al proceso a fin de recolocar las piezas desajustadas del pasado que estaban creando un problema en el presente. De tal manera que cuando se revive conscientemente y con toda su intensidad la emoción de un daño se da el primer paso para la sanación.

En cualquier caso, en nuestros días es muy difícil mantenerse equilibrado psíquicamente y a salvo de molestias físicas pues nuestros umbrales de resistencia a la frustración están muy bajos. Tal vez sea consecuencia de lo fácil que en general nos resulta desde pequeños conseguir todo lo que deseamos. Y, sin embargo, paradójicamente, es acercándonos a la mentalidad infantil como podemos salir de situaciones problemáticas que nos hacen sufrir. Porque los niños son verdaderos expertos en «sustituir» los avatares emocionales por el juego en cuanto se les da la oportunidad. Y en cuanto al dolor físico, siempre lo viven de forma más pasajera, menos traumática que los adultos.

Lo que viene a demostrar que las células reaccionan en función de la posición mental del individuo. Es decir, que tal como apunta hoy la moderna Psicoinmunología, nuestra mente tiene la capacidad de segregar sustancias capaces de contrarrestar cualquier sensación física. Hoy se sabe que los estados de felicidad, alegría, entusiasmo, etc., producen un inmediato aumento de nuestra capacidad de defensa ante la enfermedad o el dolor porque nuestro sistema inmunológico dispara mecanismos de compensación que lo potencian.

EL PRÓXIMO PASO 

Probablemente en los próximos años nuestros avances nos lleven a identificar el sistema por el cual el dolor asciende al cerebro y podamos así establecer mecanismos para controlar el dolor físico sin usar la química, que siempre tiene efectos secundarios nocivos. De hecho, si las investigaciones que se están llevando a cabo se confirman podría suceder que en el futuro los impulsos bioeléctricos responsables del dolor sean identificados, aislados y hasta puedan ser derivados y almacenados en “cargadores externos”, en aparatos adecuados para recibir ese potencial. ¿Por qué no? Al fin y al cabo estamos hablando de impulsos bioeléctricos.

Es más, algunos investigadores apuntan incluso la posibilidad de que esos cargadores o acumuladores de impulsos puedan posteriormente utilizarse como bioestimuladores en personas que padezcan algún tipo de atrofia o distrofia muscular o nerviosa.

Tal vez a mucha gente esto le parezca ciencia ficción pero lo cierto es que a la velocidad con que avanzan la informática y la tecnología es muy posible que en pocos años lo que hoy aún parece una utopía se convierta en realidad. Es lo que ha ocurrido en otros campos relacionados con el diagnóstico precoz de enfermedades mediante tomógrafos y aparatos de resonancia magnética nuclear, impensables hace escasos años.

Pero, ¿qué hacer entretanto? Pues mientras se desarrollan estos nuevos ingenios tenemos a nuestra disposición una herramienta poco explorada: nuestro cerebro. Un medio del que hacemos poco -y a veces inadecuado- uso y que podemos utilizar para trabajar con técnicas terapéuticas como, por ejemplo, la autosugestión o, en su defecto, si nos vemos incapaces de practicarla, la sugestión (inducida por otro). Una herramienta que, bien utilizada, puede resultar un analgésico poderosísimo ya que el cerebro es capaz de seleccionar y aislar el tipo de señal que no quiere recibir, manteniendo sin embargo intactas el resto de las sensaciones táctiles y sensoriales. Un ejemplo perfecto de ello es la Noesiterapia creada por el doctorÁngel Escudero y que fue tratada en un amplio reportaje del nº 6 de nuestra revista.

Otro mecanismo contra el dolor al alcance de cualquiera es el de dormir. Cuando dormimos se desconectan nuestros procesos conscientes y los impulsos dolorosos no son registrados y decodificados. Por supuesto, siempre que hablemos de dolores moderados pues, si no, el propio dolor será el que nos impida conciliar el sueño.

¿CUÁLES SON LOS DOLORES MÁS FUERTES? 

Dicen los expertos que el dolor de parto sólo es superado por el del cáncer pero también hay otros dolores que alcanzan altos niveles como -entre otros- el de oídos, el de muelas, el del infarto o el de la úlcera de estómago. Pues bien, todos ellos son reducibles en gran medida por la acción de las endorfinas -anestésicos naturales producidos por el propio organismo- si se sabe activarlas. Para ello basta con recurrir a los ejercicios de visualización y meditación. No olvidemos lo que dice el Dr. Deepak Chopra: “Donde quiera que va un pensamiento, un proceso químico le acompaña”. Es decir, nuestros pensamientos y nuestros estados anímicos son capaces de activar nuestro sistema autónomo.

Podemos, por tanto, recurrir a estas sencillas técnicas mentales que nos permitan, por ejemplo, visualizar tanto el órgano enfermo o dolorido como el cerebro y cómo entre ellos se crea un puente o canal por donde discurre la energía analgésica.

¿Y en qué zona concreta del cerebro se generan las endorfinas? Pues es en el hipotálamo donde surge la orden que viaja después al neocórtex, siendo ahí donde se producen los neurotransmisores –morfina, dopamina, serotonina, etc.- que se distribuyen por el torrente sanguíneo y producen los efectos analgésicos esperados.

Por otra parte, también existen en nuestro cuerpo determinados puntos que pueden ser estimulados para mitigar o eliminar el dolor. Por ejemplo, un ejercicio sencillo pero que suele dar buenos resultados es colocar el dedo índice de la mano derecha sobre la coronilla y hacer presión sobre ella ya que se trata de un punto de distribución de impulsos neurológicos. Al cabo de un rato se notarán los efectos calmantes. Lo mismo sucede si se aprieta con fuerza el punto de unión carnosa de la mano donde se unen los dedos gordo y pulgar. Es fácil identificarlo porque, al apretar, duele.

¿QUÉ SIGNIFICA EL DOLOR? 

Nuestros ancestros primitivos consideraban el dolor y la enfermedad como un castigo de los espíritus o de los dioses. Y, de alguna manera, esa concepción ha anidado en la mente inconsciente de muchas personas que tienden a mirar los problemas físicos como la consecuencia merecida de un comportamiento incorrecto.

Es pues importante -muy importante- revisar esas viejas ideas para poder tener una actitud coherente y madura ante las disfunciones -físicas o psicológicas- y entender que el dolor es un avisador necesario de que algo va mal y nos permite ser conscientes y buscar las causas para poner el remedio adecuado. Pero no es menos cierto que una vez se detecta lo que va mal no tiene sentido tener que soportar el dolor; al menos, con la misma potencia. Por eso es importante conocer sus mecanismos de funcionamiento a fin de saber mitigarlo.

Es más, si sólo necesitamos el dolor como señal de alarma, ¿por qué se hace crónico? ¿Qué sentido tiene que se mantenga? Pues es sencillo: cuando el dolor se mantiene es porque el problema es de cierta gravedad y requiere solución. Y el organismo no va a parar de avisar hasta que se resuelva el problema. A fin de cuentas, si el dolor fuese solo puntual, intermitente y poco intenso, relegaríamos la búsqueda de la solución a tener tiempo (algo que nunca parecemos tener). Así que el cuerpo se encarga de decirnos: «Ahora, no luego.» Por supuesto, obviando los casos en que ese mensaje de dolor que recibe el cerebro no se deba a una disfunción de los nervios.

En definitiva, busquemos en la vida el equilibrio tratando de que nuestro cuerpo reciba siempre los cuidados que precisa para su buen funcionamiento, hagamos un uso correcto de las energías de que disponemos, mantengamos el orden y la armonía en nuestros procesos mentales, generemos emociones y sentimientos de signo positivo -no sólo para nosotros sino para los que nos rodean- y tendremos garantía de salud y bienestar.

En cualquier caso, mientras no seamos capaces de vivir armonizados y sepamos hacer el uso adecuado del inmenso potencial de la mente bien está que conozcamos el arsenal terapéutico que la farmacología pone hoy día a nuestra disposición para aliviar el dolor físico. Y para conocerlo, nada mejor que preguntar a uno de los mayores expertos de España.

LA UNIDAD DEL DOLOR 

Presidente de la Sociedad Española del Dolor -cargo que deja el próximo mes de Octubre-, el Dr. Enrique Reig es desde 1981 jefe de la Unidad del Dolor del Hospital Puerta de Hierro de Madrid. Cuenta pues con una formación y experiencia únicas que le convierten en la persona idónea para hablar de un asunto del que solamente solemos acordarnos cuando nos afecta personal o familiarmente. Un asunto que, sin embargo, es de vital importancia.

-¿Cuándo empezó a tratarse el dolor como algo aparte en los hospitales?

-La historia comenzó a principios de la década de los años cincuenta cuando un médico llamado John Bonica tuvo que ver sufrir mucho a su mujer durante un parto difícil, lo que le llevó a estudiar la manera de que nadie más tuviera que pasar por aquello. Resultado de lo cual fue la anestesia epidural que se sigue aplicando con éxito hoy día.

-¿Y qué tipo de dolencias se tratan hoy en la unidades del dolor?

-Fundamentalmente, el dolor crónico. El dolor agudo se suele tratar en los servicios de anestesia. Hay incluso Unidades del Dolor Agudo.

En cuanto a los dolores crónicos, se consideran básicamente dos: el dolor oncológico, es decir, el dolor provocado por el cáncer, que en los últimos años tratamos menos porque ya los mismos oncólogos lo tratan inicialmente y que puede provenir bien de la propia enfermedad, bien de los tratamientos aplicados (quimioterapia, radioterapia, cirugía…). Estos últimos representan entre un 20% y un 30% del total del dolor oncológico. Y en segundo lugar, el dolor crónico no maligno –dolor después de las operaciones, dolor de traumatismos, dolor de las neuropatías -por ejemplo, el herpes-, la diabetes, dolor por falta de riego en los miembros, dolor de la angina cardiaca mantenida en aquellos enfermos que no pueden ser operados de corazón…

-¿Y cómo se tratan los dolores?

-Tenemos cinco métodos:

  • Tratamientos farmacológicos mediante medicamentos analgésicos u otros, que aunque no tienen un efecto calmante directo sí quitan el dolor en algunas situaciones, como en el caso de los antidepresivos o los de la epilepsia.
  • Los bloqueos, inyecciones o agujas, que van directamente a los nervios o haces nerviosos y en donde se inyectan asteroides, morfina o anestésicos locales. También se induce el bloqueo calentando los nervios a la temperatura adecuada. Estos métodos consiguen la remisión del dolor durante bastante tiempo.
  • La estimulación eléctrica sobre la piel (tens) o incluso sobre la médula (estimulación medular).
  • Las técnicas psicológicas, que lamentablemente no se pueden aplicar aquí porque no tenemos personal suficiente a pesar de que los psicólogos podrían tener una participación muy importante en estos casos, sobre todo en aquellos pacientes con dolor crónico de muchos años de evolución ya que la mayoría tienen a lo largo del proceso alteraciones psicológicas que deberían ser tratadas a la vez que el dolor físico. Y,
  • La infusión continua. Se trata de introducir en el cuerpo del paciente un aparato lleno de cierta cantidad de analgésico –generalmente morfina o alguno de sus derivados- que va directamente al sistema nervioso, a la médula y produce un efecto analgésico muy potente. Es una especie de gota a gota que se va soltando de forma pautada. Supone el método más potente y eficaz con que contamos y se aplica cuando todo lo demás ha fallado.

-Querría saber cuáles son las principales sustancias con las que hoy día se combate el dolor y si es verdad que tienen efectos secundarios. Por ejemplo, se dice que los opiáceos causan daños neuronales… ¿Qué hay de cierto?

-Ningún opiáceo mata neuronas ni produce daños neuronales. Eso es un mito de los opioides, sustancias que se extraen del jugo de la adormidera –opio quiere decir jugo- y que tiene veinte o treinta alcaloides; entre ellos, la morfina y la codeína. Es más, en nuestro cuerpo tenemos unos receptores que aceptan ese alcaloide: son las llamadas endorfinas. Se trata pues de una sustancia natural que nuestro organismo fabrica y destruye continuamente y bajo ningún concepto puede provocar daños neuronales. Se dice también que la morfina produce depresión respiratoria, que quita la respiración, que produce acostumbramiento… y eso sí es cierto pero lo mismo que otros muchos medicamentos si se toman de forma regular. Por eso para suspender su uso hay que hacerlo gradualmente. La morfina y sus derivados son sustancias útiles que producen alivio del dolor en muchos casos importantes y sólo se trata de establecer la dosis adecuada. Gracias a estos medicamentos muchos pacientes están andando, trabajando, desempeñando sus funciones habituales o tienen un aumento de dignidad durante sus últimos días. Es el caso de muchos enfermos de cáncer que van a morir o de aquellos que tienen dolores crónicos. Mediante el consumo regular de estas sustancias consiguen aliviar el dolor y tener una mejor calidad de vida.

-¿Se contemplan otro tipo de técnicas, como la Acupuntura por ejemplo, para el tratamiento de los dolores de artrosis?

-La Acupuntura es una técnica aceptable para ciertos tipos de dolores menores. Los que nos llegan a nosotros son dolores con un umbral muy alto y de hecho muchos de nuestros pacientes nos llegan habiendo sido tratados sin éxito con Acupuntura. No obstante, sabemos que se utiliza en algunas Unidades del Dolor pero desde luego el techo de lo que se puede aliviar con ella es mucho más bajo que con las otras cinco técnicas que antes mencionaba.

-¿Qué es entonces lo último en el tratamiento del dolor? ¿El tratamiento con inyección continua del que hablaba antes?

-Bueno, las bombas de infusión son uno de los últimos descubrimientos pero aquí se aplica desde el año 1984. Hay pacientes que vienen a cargarse cada mes o cada dos o tres meses desde hace quince años y que están adecuadamente aliviados. Hoy se han perfeccionado los aparatos y ha aumentado el número de las sustancias analgésicas que se utilizan pero no podemos decir que sea lo último o más puntero. Sin embargo, sí hay un tratamiento que vamos a implantar dentro de poco y es novedoso. Me refiero a la Radiofrecuencia, técnica que consiste en calentar a una temperatura de entre 40º y 80º ciertos nervios del organismo que conducen el dolor -dependiendo del tipo de nervio- y que lo alivia durante meses. Es una técnica sencilla de aplicar que en la mayoría de los casos no necesitará siquiera ingreso hospitalario. Aunque a veces no se logra quitar todo el dolor, sólo aliviarlo lo suficiente como para que el paciente pueda hacer una vida normal. Esta técnica es el último descubrimiento en el tratamiento del dolor y, aunque no es nueva, sí se ha modernizado y se ha empezado a emplear con éxito en muchos casos.

No se debe confundir con el tratamiento por ondas de choque, que nosotros no utilizamos. Aparentemente, estos aparatos van bien en traumatología, para el tratamiento de ciertas inflamaciones o lesiones ortopédicas que tienen calcificaciones, pero para los casos de dolor crónico puede llegar a ser contraproducente ya que si no existe calcificación se puede dañar algún nervio.

-¿Cuáles son los dolores más fuertes o las enfermedades que producen mayor dolor?

-La valoración del dolor siempre es subjetiva. Sin embargo, dentro de los cánceres, por ejemplo, el de páncreas produce uno de los dolores más intensos. También las metástasis en el hueso de cualquier tipo de cáncer pueden llegar a ser muy dolorosas. Luego destacan las neuropatías. El dolor neuropático se produce cuando un nervio se afecta y se lesiona pudiendo conducir al cerebro una señal de dolor que es anormal; es decir, en vez de informar de que todo está bien, informa de que duele, duele, duele. Las neuropatías producen pues un dolor urgente, como de cuchillada, quemante, discontinuo, que cede mal ante las medicaciones y es muy difícil de tratar. Un ejemplo es la neuralgia post-herpética, muy dolorosa y rebelde de tratar.

-¿Cómo llegan los enfermos a la Unidad del Dolor?

-Los remiten otros servicios del hospital y nos llegan también de toda España, de centros donde no tienen Unidad del Dolor o no disponen de tantos medios técnicos o profesionales. Por supuesto, cada paciente tiene un tratamiento a su medida; no hay reglas estándar pues cada persona responde de una forma distinta a los medicamentos. Unos funcionan muy bien con pequeñas dosis y otros, a pesar de dosis altísimas de cualquier fármaco o tratamiento, no consiguen resultados y hay que buscar otras alternativas pues existen muchos remedios. El problema con el que nos encontramos es que las Unidades del Dolor no pueden atender más que al 20% o 30% de los enfermos que existen en nuestro país con estos problemas. Hay ambiente de agobio físico y psíquico porque las condiciones de trabajo no son las más idóneas. Estamos saturados porque la labor de un médico en un hospital no consiste sólo en ver enfermos de 8 a 3 sin parar sino que hay que sentarse, hacer planes, trabajar con todo un equipo de profesionales que contemplen al enfermo y su dolencia desde distintas áreas. Hay que tener en cuenta que el aspecto humano tiene muchísima importancia y lamentablemente no podemos prestarle la atención adecuada. Y esto no sólo ocurre en esta unidad sino en muchas otras donde hay muchos más pacientes de los que se pueden atender, lo que repercute negativamente en el enfermo y en la sociedad.

Es suma, aunque se ha avanzado mucho en el tratamiento del dolor, desde el punto de vista institucional no se toman las medidas adecuadas. El Ministerio debería estudiar la utilidad de estas unidades y ponerlas en marcha con la dotación de medios tanto técnicos como humanos necesarios.

-¿Qué personal hace falta en una Unidad del Dolor?

-Anestesiólogos y rehabilitadores. También los reumatólogos, neurocirujanos y neurólogos tienen experiencias valiosas en el campo del tratamiento del dolor. En realidad, cualquier especialidad es buena aunque quizás los anestesistas, por su experiencia en el reconocimiento profundo del dolor en quirófano, del dolor agudo y de las técnicas de bloqueo sean los más adecuados. Por eso en un 80% las Unidades del Dolor están dirigidas por ellos.

-¿Y qué me dice de la aplicación de técnicas psicológicas?

-Hay psicólogos que nos vienen a ayudar pero como su intervención no está contemplada por la Seguridad Social lo hacen de forma privada. En mi consulta privada yo cuento con psicólogos que atienden adecuadamente a los pacientes y aplican técnicas de relajación, biofeedback, hipnosis, psicoterapia, diagnóstico psicológico, etc. Está claro que deberían estar incorporados como elementos del equipo de trabajo porque una buena actitud del enfermo favorece el buen resultado de los otros tratamientos pero la trama burocrática del Insalud parece insalvable y se adolece no sólo de estos profesionales sino de las instalaciones, el espacio y los colaboradores para prestar la atención que sería necesario.

-¿Y cree que será posible dotar en el futuro a las Unidades del Dolor de lo que precisan?

-Después de más de veinte años dedicado a esta tarea pongo en duda que las cosas vayan a cambiar.

 María Pinar Merino

Este reportaje aparece en
8
Septiembre 1999
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