Entre el dolor y el gozo

 Todos hemos oído muchas veces a filósofos, poetas y pensadores comparar la vida con un río. Un ejemplo perfecto que nos sirve para reflexionar sobre el recorrido que el agua tiene que salvar desde su origen (fuente o manantial del que partió) hasta llegar a su destino (el inmenso mar) y hacer un paralelismo con el discurrir de la vida. “Nuestras vidas son los ríos que van a parar al mar, que es el morir” -decía el poeta Jorge Manrique en sus “Coplas a la muerte de su padre”.

Durante su recorrido, el río ha de salvar toda clase de obstáculos y dificultades simultaneando periodos de tranquilidad y remanso con otros tumultuosos donde el agua se precipita en cascadas y rápidos. Sin embargo, los seres humanos tendemos a pensar que todo el río es igual al trozo que estamos contemplando en un momento preciso olvidándonos de que cambia muy rápidamente y de que de la belleza pasa a la suciedad, de la calma a la vorágine, del estancamiento a las fuertes corrientes.

Bueno, pues la vida, al igual que el río, sufre variaciones notables. Y así, coleccionamos una sucesión de momentos donde el dolor y el gozo se van alternando constantemente. Sólo que a veces, cuando estamos sumidos en el dolor, somos incapaces de ver la salida a la crisis, al problema o a la enfermedad. Y cuando disfrutamos de momentos de felicidad nos aferramos a ella y tendemos a pensar que así será siempre. Empero, ninguna de las dos premisas es cierta y el curso del tiempo nos lo demostrará de forma inexorable.

¿Cuándo gozamos? Pues cuando la vida nos compensa los esfuerzos realizados. ¿Cuándo sufrimos? Cuando nos dominan la incomprensión y la ignorancia.

Ya hemos hablado de la necesidad de tomarnos la vida como una escuela de aprendizaje y experimentación que nos permita incorporar siempre algo nuevo para, después, ofrecernos la posibilidad de ponerlo en práctica. Si la vida es una escuela, los acontecimientos, las situaciones que vivamos van a tener carácter de lecciones; y en ese supuesto no cabe el castigo, el infortunio.

¿Cuántas veces hemos considerado algo como un error y nos hemos lamentado? Muchas. ¿Cuántas hemos culpado a las circunstancias o a las personas cercanas de nuestro sufrimiento? Muchas también. ¿Y cuándo ha cambiado esa percepción dolorosa por otra más placentera? Cuando hemos dejado de considerar el conflicto como un error o un castigo y nos hemos centrado en la enseñanza que nos ha aportado. Es decir, un error cambia de signo cuando es asimilado como una experiencia valiosa de aprendizaje porque en ese momento pasa a ser conocimiento, bagaje para la persona, algo que no habría atesorado sin esa coyuntura.

A veces decimos: “Tengo que aprender pronto qué quiere decirme esta situación, qué está enseñándome este problema para que pueda superarlo y no vuelva a presentarse nunca más”.

Y así, como el río de hoy, que nunca será el de mañana, tampoco nuestro dolor de hoy será el dolor de mañana sino que puede convertirse en gozo si hemos aprendido la lección que nos ofrecía.

Uno de nuestros mecanismos de defensa más ancestrales es alejarnos de las situaciones que nos puedan causar dolor. En ocasiones, ese miedo al dolor nos lleva a evitarlo pero por un camino ficticio: decidimos quedarnos al margen o, llevándolo a nuestro ejemplo, quedarnos en una de los márgenes del río. Es decir, apartándonos para no implicarnos en los procesos, para pasar de puntillas por la vida sin profundizar del todo, sin abrirnos por completo, sin amar plenamente, sin entregarnos sin reservas, sin entrar en la corriente del río de la vida.

Sin embargo, esa actitud mantenida, aunque nos preserve del dolor probablemente nos impedirá –en igual medida- disfrutar. No en vano se dice que la capacidad de sufrimiento de una persona está en relación directa con su capacidad para gozar.

El ser humano está sometido a riesgos constantes. Una ley natural le hace poner en práctica lo que sabe, lo que cree, lo que siente… y el dolor surge cuando el resultado no es el esperado.

No obstante, toda experiencia dolorosa puede “capitalizarse” y un primer paso es mirar hacia dentro y observar nuestro momento. Lo que más daño puede hacernos es asumir el papel de víctimas, de que estamos a merced de las circunstancias y de los demás, de que no tenemos capacidades para salir de esa situación por nosotros mismos… Es, en definitiva, entregar nuestra fuerza interior a los demás, sean estos personas o circunstancias.

En cambio, ser consciente de lo que sabemos, de lo que sentimos, de nuestras creencias y también de nuestros limites al día de hoy, nos hace “sentir” el río de otra forma. Tal vez haya que echar la vista atrás para encontrar el hilo conductor. Seguramente lo que hoy vivimos es consecuencia lógica de los tramos recorridos antes y la vida, el gran río de la vida, nos da una oportunidad inestimable, nos brinda lo que necesitamos para enfrentarnos a algún aspecto desarmónico o, simplemente, desconocido por nosotros de nuestra personalidad. Algo que debe aflorar tarde o temprano y que representa un hito, un paso adelante, en nuestro camino de evolución.

Es como el río cuando a veces en su recorrido se esconde en la tierra, se sumerge para aflorar algunos metros más allá. En ese periodo de interiorización, de reflexión obligada a causa de la orografía del terreno (circunstancias), el agua recoge del corazón de la tierra ricas substancias minerales, nutrientes que la enriquecen. Así la persona, con cada etapa superada, con cada crisis, sale enriquecida, reforzada, más madura… Es el camino de la consciencia.

Hagámonos de vez en cuando esta pregunta: ¿A qué he venido aquí? Y para respondernos recorramos el cauce de nuestra existencia a fin de encontrar ese hilo conductor que le da sentido y coherencia al momento presente. Porque somos el río cuando salta alegre y juguetón entre las rocas por la pendiente pero también lo somos cuando el agua se remansa y se estanca. Somos el río que brilla al sol fluyendo imparable pero también lo somos cuando nos vamos cargando de pequeñas cosas que se van acumulando y, sin darnos cuenta, forman una pequeña represa que nos impide avanzar. Somos el río de aguas cristalinas donde la vida late imparable y también ese otro que atraviesa lugares oscuros, tenebrosos y sucios. Somos ese río fuerte y atrevido que arrastra a su paso los obstáculos pero también somos aquél que fluye buscando el camino más fácil y cómodo.

Tomar consciencia de ese recorrido puede ayudarnos a vivir el tramo del río -o, lo que es lo mismo, de la vida- de otra manera, a colocarnos en otra posición. En definitiva, a adquirir un enfoque más amplio.

Sólo se trata de ser sinceros con nosotros mismos para poder llegar a conocernos en profundidad, algo que sólo podemos hacer recorriendo nuestro cauce hasta el final. Ser lo suficientemente honestos para reconocer tres cosas fundamentales: lo que sabemos, lo que sentimos y los límites a los que nos enfrentamos en ese momento. Sin olvidar nunca que, mañana, ni nosotros ni el río seremos los mismos.

María Pinar Merino

Este reportaje aparece en
39
Mayo 2002
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