Dolor de muerte

El pasado 25 de Noviembre, mientras realizábamos el primer número de Cuerpos y Almas, inmersos en la frenética dinámica que conlleva todo lanzamiento de una nueva publicación al mercado, nuestro compañero y amigo Luis Arribas, Director de Publicidad y Marketing, sufría un infarto de miocardio. La misma tarde, estando en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), volvió a sufrir una crisis cardiaca. A la mañana siguiente fue necesario hacerle una angioplastia con urgencia. Su mujer, María Pinar Merino, Jefe de Redacción de la revista, estuvo lógicamente a su lado. Mientras, sus amigos y compañeros nos debatíamos en la incertidumbre y teníamos el corazón partido entre nuestra obligación de dedicar el tiempo al trabajo que se acumulaba y nuestro deseo de confortarle en el hospital. Una experiencia singular y significativa si tenemos en cuenta el contenido de la revista. Por eso no queremos dejar de compartirla con nuestros lectores en la narración de su protagonista. A fin de cuentas, el fallecimiento por enfermedades cardiovasculares es la primera causa de muerte en el mundo.

Todos los momentos de la vida son importantes. Sin embargo, hay algunos que por su trascendencia son más significativos que otros: cuando nacemos, cuando viene al mundo un hijo, cuando nos casamos o cuando nos enfrentamos a la muerte, sea la de alguien cercano o la nuestra propia. Cada uno de esos momentos es una experiencia irrepetible que marca de forma indeleble nuestro camino. Pero probablemente sea la muerte el momento más temido. Porque nadie sabe –salvo los suicidas, y no siempre- cuándo y cómo morirá.

En cualquier caso, la vida nos presenta en ocasiones momentos en los que se pone en juego nuestra supervivencia sin que podamos hacer prácticamente nada por remediarlo. Es el caso, por ejemplo, de los ataques al corazón, los conocidos infartos de miocardio. Y es que unos minutos antes podemos estar leyendo tranquilamente el periódico, viendo la televisión o jugando un partido de tenis. Aunque lo habitual, ciertamente, es que el cuerpo te dé antes algunos «toques» advirtiéndote de que algo no funciona bien. Y afortunadamente, ese fue mi caso. Llevaba dos o tres días sintiendo una cierta presión en el pecho que me obligaba a tener que tomar alguna que otra respiración profunda y me tenía un poco preocupado ya que hace un par de años tuve un infarto de miocardio que afortunadamente no me dejó secuelas. En cualquier caso, esa noche, al irme a la cama, me puse bajo la lengua una pastilla de nitroglicerina intentando ver si remitía la molestia. Pero ésta no desapareció y preferí, por si acaso, averiguar a qué podía deberse. Así que por la mañana, en compañía de mi mujer, fui al servicio de urgencias del hospital Puerta de Hierro de Madrid. Allí expliqué lo que me ocurría y que como ya había sufrido un infarto hacía dos años estaba preocupado no fuera a tratarse del preludio de un segundo.

El caso es que me realizaron las consabidas pruebas de control (análisis de sangre, radiografías, electrocardiograma, etc.) y un par de horas después me dieron los resultados: no se detectaba nada anormal. Con lo que me recetaron un analgésico para aliviar el dolor del pecho y me dijeron que esperara unos minutos que me iban a dar el informe.

Bueno, pues no habían transcurrido ni dos minutos de tan tranquilizadora noticia cuando de pronto sentí un fortísimo dolor en el pecho, como si una mano invisible me estuviera estrujando el corazón. E inmediatamente noté que me abandonan las fuerzas y comenzaba a sudar copiosamente, con un sudor frío que al parecer es típico del proceso. Excuso decir que mi mujer, alarmada, se levantó de inmediato para pedir ayuda. Unos segundos después estaba tumbado en una camilla y alguien se dedicaba a quitarme la ropa mientras la camilla emprendía una veloz carrera. Lo que no me impidió ver cómo mi mujer, de pie en el servicio de urgencias, veía cómo me alejaba, supongo que con el alma en vilo…

A partir de ese momento empecé a vivir en primera persona la escena tantas veces repetida en las películas en las que se ven pasar rápidamente las luces del techo de los pasillos del hospital, mientras una voz intentaba tranquilizarme. Pero el dolor en el pecho era tan fuerte y mi respiración tan agitada que traté de levantar un poco la cabeza e incorporarme para intentar mitigar el dolor… sin conseguirlo. Ni siquiera tenía fuerzas para eso.

Recuerdo que en aquel momento mis pensamientos se superponían; por una parte, intentaba tranquilizarme diciéndome que estaba en un hospital, que me habían cogido inmediatamente, que soy un hombre fuerte… pero, por otra, me sentía desvalido y me daba cuenta de la fragilidad de la vida. De pronto, sentí miedo y pasó por mi cabeza la idea de la muerte. Había leído en más de una ocasión que en momentos tan cruciales hay personas que ven desfilar ante sus ojos toda la vida en una especie de repaso de todo lo que han hecho hasta ese instante y se plantean lo que les queda por hacer. Yo, sin embargo, sólo era capaz de pensar en los míos, en mi mujer y en mis hijos. La verdad es que no estoy acostumbrado a perder el control y ese hecho, que se estaba produciendo, me producía cierto desasosiego; aunque no tanto como la posibilidad de no superar el infarto.

La camilla, al fin, se detuvo, y entre dos o tres personas me colocaron sobre una cama. Y en ese momento comenzó una escena realmente impresionante: seis o siete personas -tal vez más- me rodearon y, siguiendo las instrucciones precisas de un médico coordinador, comenzaron a inyectarme en vena todo tipo de cosas (trombolíticos, anticoagulantes, sedantes…). Los brazos empezaron a dolerme. Los sentía como si los tuviera enchufados a la corriente eléctrica. Muy poco después me hallaba conectado a unas cuantas máquinas que determinaban cómo estaba respondiendo mi cuerpo. Y es curioso, pero mi natural predisposición hacia todo lo relacionado con la Medicina y la Salud me llevó a centrar la atención en las manipulaciones de las que estaba siendo objeto, como si quisiera aprenderme de memoria todo el proceso. Y eso y el ver la profesionalidad del equipo que me estaba tratando hizo que me distrajera un poco de mis preocupaciones y dolores.

Unos minutos después, sin embargo, el fuerte sedante que me habían administrado empezó a surtir efecto y el dolor fue remitiendo mientras la respiración se hacía menos agitada y comenzaba a invadirme una cierta «modorra». Aunque no tan profunda que me impidiera preguntar por mi mujer, que -pensé- debía estar pasando unos momentos angustiosos. Quería que supiera que aún seguía en este mundo.

A partir de entonces me sentí más tranquilo y pensé que el peligro había pasado, al menos por el momento; aunque, la verdad, aún no las tenía todas conmigo. Y en ello estaba pensando cuando mi mujer entró en la habitación y entendí, en toda su dimensión, por la expresión de su cara, lo que debió vivir durante la media hora aproximada que duró el proceso. Así que intenté tranquilizarla como pude mientras ella intentaba hacer lo mismo conmigo comunicándome que los médicos le habían dado buenas perspectivas.

Sin embargo, la presión y las molestias que sentía en el pecho cuando llegué al hospital no habían remitido, así que se lo dije a los médicos, que siguieron inyectándome anticoagulantes para eliminar cualquier posible trombo que hubiera y pudiera producirme otro infarto. Sin suerte: tres horas después, inesperadamente, estando en la propia Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), se desencadenaba una nueva crisis cardiaca. Y vuelta a empezar con los sedantes mientras el equipo médico comprobaba que las dosis de trombolíticos (sustancias químicas que disuelven instantáneamente los coágulos de sangre) y anticoagulantes (heparina) eran las correctas. Y de nuevo la remisión del dolor y la «modorra», esta vez con más intensidad. Y un inmenso cansancio y unas ganas enormes de dormir se adueñaron de mí. Sólo que yo no quería dormirme. Era demasiado fuerte lo que me estaba pasando y no quería perderme ni un momento de la experiencia, no quería olvidar nada… para tener bien presente lo sucedido de ahí en adelante.

Treinta y seis horas después, como el dolor en el pecho proseguía, decidieron hacerme un cateterismo. La verdad es que yo le tenía pánico al tema porque aunque había oído decir que no era ni doloroso ni peligroso, otros decían todo lo contrario. Temor que se vio aumentado cuando al ver el papel que hay que firmar, fui informado de que un determinado porcentaje de personas han fallecido en el proceso. En fin, el caso es que algo en mi interior me dijo que yo no iba a aumentar el porcentaje de «damnificados» y firmé.

El paso estaba dado. Y aunque no las tenía todas conmigo, me tranquilizó ver la profesionalidad y humanidad de los médicos y enfermeras que atendían ese servicio médico. Además, reconforta comprobar cuánto ha avanzado la tecnología en los últimos años. Porque parece inverosímil que a través de un catéter -que no es otra cosa que un tubo fino, largo y estrecho de fibra óptica que te introducen en la arteria desde la ingle o el brazo- te puedan limpiar una arteria coronaria, como fue mi caso, ya que el origen del dolor pectoral resultó ser una obstrucción arterial producida por una placa de ateroma. Algo que hace unos años sólo se podía resolver mediante un by-pass, es decir, haciendo una especie de puente que una dos partes limpias de la arteria a fin de salvar la parte obstruida. Luego supe que para ello utilizan un trozo de arteria que te sacan habitualmente de una pierna. En fin, la angioplastia -que así se llama la operación que realizan a través del catéter -consiste en introducir en la arteria un cable hueco en cuya punta va un pequeño globo desinflado que se hincha posteriormente para aplastar contra las paredes de la arteria la placa de ateroma, desatascando de esa manera el vaso obstruido y dejándote el «circuito coronario» como nuevo. Para lo cual te dejan instalado en la parte afectada de la arteria un muellecito -técnicamente llamado «stent«- que se «agarra» a la arteria e impide que se vuelva a obstruir. Una labor de «biofontanería» que requiere mucha destreza y un gran equipamiento técnico y humano.

Luego, una vez hecha la «reparación», fue sólo cuestión de ir cogiendo el fondo físico suficiente para poder irme a casa andando por mi propio pie, lo que sucedió sólo ¡ocho días! después del infarto.

En cualquier caso, mi estancia en el hospital me permitió comprobar -una vez más- que el mundo cotidiano no tiene nada que ver con lo que sucede dentro de un centro sanitario. En mis paseos arriba y abajo por el pasillo de la planta de Cardiología tuve ocasión de observar a otros enfermos, para cada uno de los cuales su experiencia era, obviamente, la más «importante» de todas. En la misma planta, además de la unidad coronaria, estaba también la de trasplantes. Y eso sí que me impresionó. Porque, ¿cómo no pensar en la angustia y desesperación de aquellos que están esperando un órgano que les permita superar su estado y que, de no aparecer, les podría llevar a la muerte en poco tiempo? «No quisiera llegar yo a ese extremo –recuerdo que pensé-, así que tendré que ocuparme un poco más de mí mismo de ahora en adelante».

De vuelta a casa pensé también en lo «afortunado» que había sido. Porque, ¿y si no hubiera estado en ese momento en el servicio de urgencias del hospital sino, diez minutos más tarde, conduciendo camino de casa? ¿Y ello, ironías del destino, con un informe médico en el bolsillo diciendo que todo en mi corazón estaba normal?

A fin de cuentas, no siempre es posible atajar a tiempo una crisis cardíaca. Durante el tiempo que permanecí en el hospital pude comprobar que los infartos, las anginas de pecho y cualquier otro proceso cardíaco están a la orden del día y puede tener lugar a cualquier edad. En mi caso, la falta de ejercicio y el estrés acumulado en el último año fueron determinantes para que diera con mis huesos en la UCI de la unidad coronaria de un hospital. Y he comprendido que está en mis manos que ello no vuelva a ocurrir. Sólo me resta decir que he escrito estas líneas para que jamás se me olvide y para compartir mi experiencia con los lectores por si a alguno pueden servirle de aviso si está en circunstancias similares.

Mi vida –y supongo que la de todos aquellos que han pasado por el mismo trance que yo- ha tenido que cambiar radicalmente desde el momento en que recibí el alta hospitalaria, sobre todo en el tema de la alimentación, el ejercicio y en el de tomarme las cosas con mucha más tranquilidad de lo que lo hacía hasta ahora. Los problemas tienen solución, la muerte no. Y no se trata de hacer comparaciones, pero entre un problema laboral, económico o de cualquier otra índole y la vida humana, siempre hay que dar prioridad a esta última… o se habrán acabado todos los problemas.


¿QUÉ PRODUCE UN INFARTO DE MIOCARDIO?

Decimos comúnmente que se sabe cómo empiezan las cosas, pero no cómo acaban. Y eso es verdad, salvo en el caso del infarto de miocardio. Porque no avisa, no delata sus intenciones. Aparece de improviso. Y más vale que no te dé muy fuerte o sólo los demás sabrán como acaba el episodio.

Efectivamente, el infarto agudo de miocardio –que así se denomina a esta dolencia- no sólo constituye una de las principales causas de mortalidad en el mundo occidental, sino que, además, para quienes logran superarlo supone un cambio bastante notable en sus hábitos de vida si uno no quiere volver a padecerlo; y quizás esa vez no con tanta suerte como la anterior.

Las causas que generan esta enfermedad son muy variadas, casi tanto como las personas que la han padecido. Sin embargo, a tenor de la experiencia acumulada en las consultas de los cardiólogos y, sobre todo, en las unidades coronarias de los hospitales, podemos hacer una pequeña relación de ellas.

En primer lugar, nos encontramos con los fumadores. El riesgo de infarto está directamente relacionado con la cantidad de cigarrillos consumidos y el tiempo en que se ha sido fumador. Al parecer, el riesgo no desaparece hasta pasados al menos cinco años desde que se dejó de fumar. Como es sabido, el tabaco produce arteriosclerosis, es decir, el endurecimiento y rigidez de las arterias y, en general, de todos los vasos sanguíneos, ya que facilita que en las paredes internas de los vasos se acumulen depósitos de grasa, reduciéndose la capacidad de circulación sanguínea por ellos y el consiguiente transporte de oxígeno a las células. Esta acumulación de grasa o ateroma, al impedir un flujo correcto de la sangre genera la formación de trombos o coágulos, que son a su vez los causantes de las anginas de pecho y de los infartos de miocardio.

En segundo lugar está el colesterol, elemento imprescindible para el buen funcionamiento del sistema circulatorio pero siempre que se mantenga dentro de unos límites. Como todo el mundo sabe, hay -simplificando la explicación- dos clases de colesterol: el «bueno» y el «malo». El colesterol bueno, es decir, el que es benéfico para el organismo, está compuesto fundamentalmente por lípidos de alta densidad (HDL) que se encuentran principalmente en los vegetales, el pescado azul, el aceite de oliva, etc. El colesterol malo, por su parte, está compuesto por lípidos de baja densidad (LDL) presentes en las carnes rojas, los huevos, los lácteos, los embutidos, etc. Por eso es aconsejable que periódicamente se comprueben los niveles de colesterol en sangre. Control que se puede hacer fácilmente ya que en las farmacias suele haber máquinas que analizan la sangre con un par de gotas. Hay que tener en cuenta que un exceso de colesterol supone un estrechamiento de los vasos sanguíneos con el consiguiente riesgo de formación de trombos.

La falta de ejercicio es otra de las causas que pueden llevarnos a padecer una enfermedad cardiaca. Seguramente el lector recordará aquel eslogan tan acertado que decía «Quien mueve las piernas mueve el corazón». Pues bien, el tipo de vida que llevamos hace que no encontremos tiempo para hacer el ejercicio necesario para mantener todo nuestro cuerpo en buen estado. Y no se trata de que después de cinco días sin andar ni hacer otro tipo de ejercicio nos vayamos el fin de semana y nos demos la “gran paliza”… porque corremos el riesgo de sufrir algún percance cardiaco. Además, el ejercicio cotidiano no sólo hará que “quememos” la grasa acumulada sino que reducirá la tasa de colesterol y de azúcar en sangre, este último otro de los motivos que pueden llevar al infarto de miocardio. Tasa de azúcar en sangre que se puede controlar también a través de un sencillo análisis de sangre en las máquinas antes mencionadas.

Por último, hay que hablar del estrés, ese anglicismo que hemos incorporado para definir la ansiedad, el agobio, el nerviosismo o la tensión producidas por el trabajo o la vida diaria. Pues bien, el estrés es uno de los principales causantes de muerte por infarto en los países industrializados, sobre todo en personas de entre 40 y 55 años, generalmente hombres. Desencadenante que es de origen psicológico. Y es que la ansiedad, el miedo al futuro, los problemas económicos o familiares, la pérdida de referencias sociales o espirituales hacen que muchas personas traten de «compensarse» abusando del alcohol, los dulces, el café, el tabaco o cualquier otro tipo de drogas, mientras ni se alimentan de forma sana ni compensada ni hacen ejercicio, realizando jornadas laborales de 10 ó 12 horas sometidos a presión.

No existen estadísticas acerca de otros factores de riesgo de origen psicosomático o emocional pero cada día se hace más patente que nuestro cuerpo está reaccionando constantemente a nuestros procesos psicológicos o emocionales, como lo demuestran la gran cantidad de afecciones -sobre todo del aparato digestivo y cardiaco- que se producen cada día, generalmente en los grandes centros urbanos o industriales donde la presión, el desarraigo, la inseguridad y el miedo al futuro son moneda corriente. Se hace necesaria pues una política que ponga en marcha estudios rigurosos sobre este factor de riesgo, a fin de establecer las terapias adecuadas que rompan esta tendencia autodestructiva que, de forma un tanto inconsciente, se ha introducido en nuestras vidas.

Decir, por último, que existen al parecer causas de origen genético o hereditario, pero no hay aún estadísticas fiables. Aunque tan pronto se tenga completo el mapa del genoma humano encontraremos probablemente solución a ésta y a otras dolencias que se encuentran agazapadas en el ADN esperando su oportunidad para manifestarse.

 Luis Arribas

Recuadro:


LOS SÍNTOMAS DEL INFARTO

El dolor es la característica más frecuente en la primera aparición del infarto. Puede ir desde una simple opresión hasta “el peor dolor que haya sentido en mi vida”, como afirman muchos pacientes. Un dolor profundo, visceral y opresivo. El típico, a diferencia de lo que se suele creer, afecta a la parte central del pecho -en la “zona de la corbata”- y, con mucha menos frecuencia, se transmite hacia el brazo izquierdo (menos del 30% de los casos). También, aunque mucho más raramente, puede irradiarse hacia la espalda, el abdomen -incluido el bajo vientre-, la mandíbula inferior, el cuello e, incluso, la nuca. Y lo peor es que en un porcentaje bastante alto -entre un 15 y un 20% de los casos- el infarto cursa sin dolor (y posiblemente más ya que en ese caso los afectados raramente consultan a un médico), lo que sucede con mayor frecuencia en los diabéticos y en los ancianos. Otros síntomas frecuentes son debilidad, sudor frío, mareo, náuseas y ansiedad.

El infarto de miocardio, como los que se producen en cualquier otro órgano del cuerpo, consiste en la muerte de una extensión mayor o menor del tejido; en este caso muscular, como consecuencia de la falta de oxigenación y alimento que produce la disminución del aporte de sangre de las coronarias afectadas. Eso hace que la evolución sea diferente según la localización y la cantidad de músculo afectado. Si el infarto es muy extenso, se compromete la propia capacidad de contracción cardiaca y, lógicamente, se produce la muerte, lo que sucede en un 35% de los casos, especialmente antes de poder llegar al hospital o en los primeros momentos, bien sea por trastornos del ritmo – generalmente fibrilación ventricular (que es la falta de organización en las contracciones de las fibras)- o por el fallo mecánico de la bomba cardiaca por afectación muy extensa del músculo.

Una vez superada esa fase crítica y aplicados los tratamientos adecuados químicos y quirúrgicos, y dependiendo de la extensión y profundidad de la zona privada de aporte de sangre, el infarto puede complicarse con una insuficiencia cardiaca (el músculo no es capaz de contraerse de la forma necesaria para impulsar la sangre circulante) debido a alteraciones de las válvulas, especialmente la regurgitación de la válvula mitral -que aparece en la cuarta parte de los pacientes- o, incluso, perforación de las paredes, sobre todo del ventrículo derecho, con la consiguiente pérdida de sangre que puede llevar a la muerte. Las complicaciones infecciosas, especialmente por gérmenes nosocomiales (hospitalarios), son desgraciadamente frecuentes y, muchas veces, graves.

Por lo demás, si no aparecen complicaciones inmediatas el futuro del infartado es cada vez más optimista ya que las técnicas actuales de vigilancia y prevención son cada día más sofisticadas y eficaces.

 Andrés Rodríguez Alarcón

Este reportaje aparece en
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Febrero 1999
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