Aprendiendo a actuar armónicamente

Todos nos movemos en la vida atendiendo a lo que nos dictan nuestro cuerpo, nuestros pensamientos y nuestras emociones. Pero, ¿sabía que esos tres parámetros se agudizan en la adolescencia y que los jóvenes, especialmente cuando van al colegio, se expresan muchas veces de una manera casi unilateral, es decir, sólo con el cuerpo, sólo con las emociones o sólo con la mente? El problema está más extendido de lo que se piensa. Hay, pues, que recuperar la armonía. Un artículo de Luis Emilio Oliver.

JULIA 

A sus 18 años, Julia, estudiante de COU, tenía una anatomía realmente llamativa que hacía resaltar constantemente por su forma de vestir, pintarse y moverse. Además tenía por costumbre llegar tarde a clase todos los días y, de manera dulce y melosa, pedir permiso para entrar; a continuación recorría lentamente el espacio que le separaba de su sitio con unos movimientos tan poco naturales que recordaban más a una modelo en una pasarela que a una estudiante en un aula de enseñanza media. Su aparición provocaba siempre comentarios, risitas y algunas bromas que ella rechazaba con una aparente dignidad poco creíble pero que hacía que el ritmo natural de la clase no se recuperase hasta pasados unos minutos.

Todos los meses faltaba de uno a tres días a consecuencia de sus dolores menstruales. De hecho, el ciclo ovular de Julia era algo muy bien conocido en clase y dio mucho juego a la hora de explicar el capítulo de la Fisiología de la reproducción.

A esas ausencias solía añadir otras ocasionadas por cefaleas, frecuentes accidentes (estuvo escayolada una vez en el curso y en otras dos ocasiones hubo que darle puntos de sutura en sendas heridas), además de gripe, infecciones de las vías respiratorias, etc. Sus ausencias -debidamente justificadas- supusieron dos meses de los ocho que duraba el curso. Además, se quejaba con frecuencia de algún dolor o de lo aburrida que era la clase mostrando, sin embargo, una exagerada alegría ante cualquiera de mis “gracias” como profesor.

Obviamente, cualquiera podría pensar con estos datos que Julia era ñoña, coqueta, algo hipocondríaca, un poco simple y, para muchos chicos, una buscadora de líos amorosos. Sin embargo, lo único obvio es que todo en ella apuntaba a una exagerada preocupación por su cuerpo, su principal «instrumento de comunicación» interpersonal. ¿O acaso no era a través de él como manifestaba sus inseguridades y necesidades en forma de somatizaciones, dolores, enfermedades, accidentes, etc.? Obviamente, sí: Julia expresaba principalmente a través del cuerpo su protagonismo en la vida.

ÁNGEL 

Ángel, de 17 años y también estudiante de COU, se caracterizaba por intervenir constantemente en clase con preguntas, muchas de ellas sin sentido o sin venir a cuento, además de gastar bromas inoportunas; en definitiva, formas de llamar la atención poco soportables no sólo por el profesor sino incluso por sus compañeros. Actitud que, lógicamente, le había llevado a frecuentes enfrentamientos y, dada su enorme agresividad, a numerosas peleas con otros alumnos e incluso con alguna compañera harta de sus bromas pesadas. Nada de extrañar, por tanto, que hubiese sido expulsado de clase varias veces.
Se dio parte a sus padres en repetidas ocasiones y éstos siempre manifestaban su impotencia para controlar sus prontos, aunque me transmitieron una y otra vez su enorme alegría y lo cariñoso que era con ellos cuando no se le contrariaba; lo que, dicho sea de paso, le había llevado a salirse con la suya casi siempre.
En suma, todo indicaba que Ángel era un muchacho visceral, incontrolado e impulsivo que podía pasar en cuestión de minutos del cariño a la agresión, según le favoreciesen o incomodasen las circunstancias. Obviamente, meditaba poco sus acciones y las consecuencias que se derivaban de ellas. En suma, utilizaba su mundo afectivo -sobre todo sus emociones– como principal forma de comunicación y consecución de sus metas.

SILVIA 

Silvia tenía 16 años y estudiaba 3º de B.U.P.. Era la estudiante ideal para muchos profesores: callada -casi hermética-, aunque siempre atenta. No hacía ningún otro movimiento que no fuera para tomar nota de todo lo que se decía en clase. No preguntaba nunca y los exámenes eran un ejemplo de claridad, lógica y capacidad de correlación.

Su rostro no solía manifestar ningún estado de ánimo, manteniendo siempre una atención distante que impedía cualquier acercamiento. Sólo hacía pequeños gestos de contrariedad cuando un alumno interrumpía con alguna gracia o impertinencia pero en ningún momento manifestaba la contrariedad ni el enfado con claridad. Tampoco mostraba signos de alegría cuando contestaba con enorme precisión cualquier pregunta que se le hacía o era recompensada con matrículas examen tras examen.

La primera vez que me entrevisté con su madre me comentó con orgullo la total entrega de su hija al estudio. Se metía en su cuarto y sólo salía para comer o ver algún programa informativo de televisión. Me indicó también que era muy callada y que no había quien la sacara una palabra que no fuera “bien” o “normal”. No era muy cariñosa, aunque sí muy buena y educada. De hecho, sólo se enfadaba cuando su hermano pequeño le desordenaba el cuarto o la querían imponer algo que no comprendía. No salía de casa casi nunca y sólo se relacionaba con una amiga cuatro años mayor que ella y que estudiaba Sociología.

En fin, todo apuntaba a que Silvia era una joven muy analítica y estudiosa con un elevado sentido de la responsabilidad que evitaba cualquier cosa que le pudiera distraer del cumplimiento de sus obligaciones.

Sin embargo, lo que de verdad estaba claro era que Silvia tenía su mundo afectivo totalmente controlado sin permitirse ninguna manifestación emocional que no fuera para defender su «territorio». Es decir, se movía básicamente en el mundo del pensamiento temporal y analítico, dando siempre pasos calculados y programados. En suma, era el Yo mental el principal protagonista de la personalidad de Silvia, lo que constituye el mundo cognitivo del individuo, ese que ve la vida organizada siempre de forma secuencial, es decir, a lo largo del tiempo: primer paso, segundo paso… y que prepara varias respuestas posibles para cada situación. Alguien que normalmente no se decide hasta no haber valorado las consecuencias derivadas de sus decisiones.

TRES CASOS REALES 

Pues bien, debo decir que los tres casos comentados son reales y corresponden a alumnos con los que, como profesor, llegué a tener una gran confianza. Casos que, según he podido constatar a lo largo de mis años de docencia, suelen «repetirse» casi todos los cursos con pequeñas diferencias y que, a mi juicio, nos pueden servir como modelos de identificación de nuestra forma de actuar general o, al menos, de alguna de nuestras facetas vitales ya que son representativos de los tres componentes básicos del ser humano.

¿CÓMO IDENTIFICAR EN NOSOTROS ESTOS TRES COMPONENTES?  

Todos tenemos, en mayor o menor medida, algunas de las características básicas de los tres jóvenes mencionados. Por eso cabe que cada uno de nosotros se haga determinadas preguntas. Como, por ejemplo, ¿en qué ambientes o situaciones “soy” Julia? ¿En mi relación con las personas? ¿Sólo con los hombres o con las mujeres? ¿Ante las enfermedades, los miedos o la muerte? ¿Ante el dolor? ¿Despreciando mi cuerpo o cuidándole?

¿En qué momento “soy” Ángel? ¿Con mis amigos? ¿Con mi familia? ¿En el trabajo? ¿Cuando me divierto? ¿Cuando defiendo mis ideas? ¿Nunca? ¿Siempre? ¿Qué Ángel es más protagonista en mí? ¿El alegre? ¿El agresivo? ¿El triste? ¿El desvalido?

¿Cuándo “soy” Silvia? ¿En el trabajo? ¿En mis conversaciones? ¿En el estudio o en la lectura? ¿Cuando intento divertirme? ¿Cuando defiendo mis posturas? ¿Generalmente? ¿Nunca?

Es más: ¿»soy» casi siempre Julia, Ángel o Silvia? O, ¿»quién» preferiría ser de los tres?

Ante todas estas preguntas y muchas otras que pueden surgir no tenemos normalmente una respuesta demasiado clara. Antes bien, solemos utilizar excusas procedentes de nuestra mente cognitiva que intentan justificar lo que hacemos con nuestro cuerpo o sentimos con nuestra parte afectiva y que no comprendemos racionalmente.

Pues bien, el malestar que nos produce la incomprensión de una situación en nuestra vida cotidiana o los problemas de aceptación de determinada persona suelen ser el resultado de utilizar en nuestra relación con los demás sólo uno o dos de los tres componentes básicos, anulando los otros con el consiguiente desequilibrio en nuestra armonía básica interior.

Así, muchas veces no podemos contener nuestras emociones y actuamos de manera compulsiva anulando nuestro sentido común o control cognitivo, algo que Daniel Goleman -autor de La inteligencia emocional– califica como “secuestro emocional”. Otras, reprimimos nuestras emociones con argumentos aparentemente muy lógicos para que los demás no puedan conocer nuestros sentimientos y poder así sentirnos menos vulnerables.

Sin embargo, las consecuencias de la represión no consciente de alguno de los tres componentes básicos del ser humano produce siempre un desequilibrio que, cuando se mantiene durante un tiempo, se manifiesta bien como enfermedad física o como alteración psíquica.
De ahí que todos necesitemos mantener la armonía interior para estar sanos, algo que se consigue haciendo participar siempre los tres componentes -físico, emocional y mental- en todas nuestras acciones.

Y aunque en ciertas ocasiones podamos considerar beneficiosa la no intervención de alguno de ellos, por ejemplo cuando queremos evitar un enfrentamiento, preservarnos de un peligro o incluso tranquilizarnos a través de una descarga emocional, es absolutamente imprescindible que el elemento reprimido lo comprenda, esté de acuerdo y participe en la vivencia aunque sea de forma pasiva.

¿CÓMO MANTENER LA ARMONÍA? 

Ya decíamos que hay experiencias en las que predomina uno de los elementos inhibiendo a los demás pero eso no tiene por qué representar un problema siempre que la persona sea consciente de lo que está sucediendo. En ese sentido, basten como ejemplo algunas situaciones cotidianas con las que nos podemos identificar fácilmente: callar el pensamiento racional para que se exprese libremente el dolor por la pérdida de un ser querido; explotar de alegría al conseguir un éxito muy deseado o contener la agresividad cediendo el protagonismo al sentido común con el fin de evitar un enfrentamiento.

Por tanto, la armonía entre los tres componentes sólo podemos alcanzarla trabajando desde nuestro interior, sin caer en el error de intentar evitar las circunstancias externas por muy dolorosas que sean.

¿QUÉ SITUACIONES NOS PONEN A PRUEBA? 

No cabe duda de que hay momentos y circunstancias que ponen a prueba nuestro equilibrio interior. En general, podemos dividir esas circunstancias en cuatro tipos:

  1. Aquellas que rechazamos inconscientemente por no sernos significativas.
  2. Aquellas que se arreglan con una simple respuesta rutinaria, casi sin participación consciente, al ser tan cotidianas que tenemos las respuestas automatizadas, como podría ser un saludo de cortesía.
  3. Aquellas que nos aportan un beneficio y que muchas veces entendemos como “suerte” pero que sólo son el resultado de haber sabido aprovechar la oportunidad que la vida nos ha ofrecido y el hecho de habernos esforzado y preparado para ello. Y
  4. Aquellas otras que no podemos evitar y que nos desbordan por su intensidad o nos desequilibran al abrir alguna herida anterior no cerrada.

Estas últimas nos obligan a realizar un esfuerzo de adaptación que si no afrontamos con nuestro “YO COMPLETO”, (cuerpo físico, mente afectiva y mente cognitiva) aumentará la desarmonía dejando en nosotros un desequilibrio cada vez mayor que, si se repite con frecuencia, se fija en nuestra personalidad de manera permanente.

Las fijaciones de las desarmonías se pueden colocar en cualquiera de los tres componentes básicos. Recordemos: Julia, como fijación corporal; Ángel, como fijación afectivo-emocional; y, Silvia, como fijación cognitiva.
Normalmente, los desequilibrios producidos en las partes reprimidas de nuestro “YO” se manifestarán a través de nuestro organismo (somatizaciones) y de nuestra mente afectiva (alteraciones emocionales), empleando nuestra mente cognitiva para buscar justificaciones a los desajustes creados y no asimilados.

Sin embargo, ¿qué ocurre cuando alcanzamos la armonía entre los tres componentes básicos de nuestra persona?:

  • Que no buscamos ser valorados por los demás en todas nuestras acciones ni nos culpabilizamos constantemente por las limitaciones que tenemos y que nos llevan a no poder con todo y a cometer errores.
  • Que podemos pedir perdón porque hemos sido capaces de comprender y aceptar nuestros errores como algo inherente a la naturaleza humana.
  • Que somos capaces de ponernos metas y esforzarnos para conseguirlas aunque a veces sepamos que son inalcanzables y nos tachen de utópicos y soñadores porque sabemos que el camino hacia ellas nos hace más comprensivos.
  • Que no necesitamos de dogmas y leyes donde agarrarnos para sentirnos seguros y, sobre todo, que sólo cuando nuestros tres componentes del “YO BÁSICO” están armonizados nace, libre de miedos y necesidades, un nuevo componente del ser humano: el “YO TRASCENDENTE”, capaz de informarnos más allá del cuerpo, de las emociones y del conocimiento, accediendo a otras dimensiones que nuestra estructura básica no puede alcanzar.

Luis Emilio Oliver Navas

Este reportaje aparece en
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Febrero 1999
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