¿Se pueden curar las adicciones?

¿Cuál es el origen de las adicciones? ¿Cómo trata la Psicología este trastorno de la mente humana? ¿Por qué unas personas sufren dependencias emocionales y otras materiales? ¿Se pueden curar las adicciones? ¿Cuál sería entonces la terapia recomendada? Son muchas las preguntas que plantea este asunto. El doctor Rodríguez Alarcón nos introduce en este inquietante problema, dándonos la visión de la Psicología convencional al respecto.

Como en los icebergs, el problema de las adicciones es mucho mayor de lo que parece a simple vista. De hecho, casi la mitad de los seres humanos, independientemente de su nacionalidad, cultura, color o religión, son adictos a algo: heroína, cannabis, coca, alcohol, compras, tabaco, juego, trabajo, personas… que condicionan su vida. Y tan difícil es desengancharse de la heroína como de una relación personal patológica.

LOS ORÍGENES DE LA ADICCIÓN 

El cerebro humano es el más perfecto ordenador conocido. No sólo regula las funciones básicas de nuestro cuerpo -como la respiración, el movimiento de los músculos o la digestión- sino que posee una serie de centros y circuitos que regulan funciones superiores y además se encargan de proporcionarnos satisfacción a través de los llamados “circuitos de recompensa” -presentes en todos los animales y relacionados con ciertas estructuras como la amígdala cerebral, el hipocampo y la corteza cerebral frontal- mediante la producción de sustancias neurotransmisoras que se diluyen en la sangre -como la dopamina, la serotonina o las endorfinas- y cuya concentración produce sensaciones de placer. Porque no sólo las drogas convencionales sino también una gran cantidad de actividades de la vida son capaces de poner en marcha esos “circuitos de recompensa”.

El problema es que cuando esos circuitos se activan repetidamente se pierde capacidad de respuesta poco a poco y hace falta aumentar cada vez más los estímulos externos para conseguir la “recompensa” bioquímica del cerebro. Y eso es lo que, según los expertos, lleva a la adicción. Por eso el drogadicto necesita en cada ocasión más droga… para conseguir cada vez menos placer.

EL DESARROLLO DE LA ADICCIÓN 

Y el adicto, ¿nace o se hace? Los científicos aún no se han puesto de acuerdo. Se barajan factores genéticos y factores psicológicos de personalidad, inseguridad y angustia. Paralelamente, no faltan las explicaciones de otros estamentos sociales, religiosos y políticos que aseguran que el aumento de las adicciones es producto de determinados factores sociales; claro que cada uno alega unos distintos, según su peculiar visión del problema.

En cualquier caso, toda dependencia -a una droga, al juego, a una relación o al trabajo- comienza al encontrar algún tipo de satisfacción que nos permite escapar del problema que nos aqueja. Y así, en unos casos uno se dedica al trabajo cuando en casa no encuentra compensaciones mientras otros -especialmente entre los más jóvenes- se intentan evadir de la familia o muestran así su rechazo al medio social. Otros más buscan en las compras compulsivas o en la ludopatía (la adicción patológica a los juegos de azar) la satisfacción de la que carecen en otras actividades de su vida. Sin mencionar, claro, las formas auténticamente patológicas de adicción que se presentan en las formas hipomaniacas de algunas enfermedades psicológicas que la ciencia actual reputa como de causa orgánica. Y, por supuesto, las adicciones “de compensación”, como las que juegan con la comida, sea anorexia, bulimia o la obesidad mórbida.

Es decir, cada persona desarrolla un tipo u otro de adicción en función del entorno social en el que se desenvuelve. Es más, casi cualquier actividad de la vida diaria puede ser objeto de una adicción. Pero, en definitiva, e independientemente de la causa que la originara, el adicto lo es como consecuencia de un desorden bioquímico, psicológico o espiritual.

Veamos a continuación las más frecuentes y sus posibilidades de tratamiento.

LA DEPENDENCIA EMOCIONAL 

Es, posiblemente, una de las adicciones más frecuentes; y no sólo entre las mujeres. Cualquier ser humano necesita un marco de referencia emocional para mantener ese equilibrio “físico, mental y social” que propugna la Organización Mundial de la Salud en su célebre definición de Salud. Referencia emocional básica que, por supuesto, se encuentra -y no sólo educativamente- en esas figuras parentales del padre y madre que tan fundamentales son para el normal desarrollo de cualquier ser humano y que se adquieren en la primera infancia.

Por eso es fácil encontrar “adictos a las relaciones” y “adictos al romance“. Personas que se “enganchan” en un vínculo emocional a ultranza y viven únicamente para esa relación. De ahí que cuando la relación termina, busque compulsivamente renovarla en otro persona, que volverá a convertirse para ella en un auténtico “objeto” sentimental.

Otro tanto ocurre con la adicción que causan determinados personajes, muchos de ellos gurus que terminan llevando a sus adeptos admiradores, a falta de otras oportunidades de encontrar su equilibrio emocional, a ser consolados en su secta. Y no nos referimos sólo a las sectas religiosas.

LA LUDOPATÍA, LA OBESIDAD MÓRBIDA Y EL ESTRÉS LABORAL 

Las tres son, posiblemente, las adicciones más extendidas en nuestra sociedad occidental judeocristiana. Probablemente porque nuestro sistema de vida, competitivo hasta el extremo, impone una imagen arquetípica del “triunfador” como aquel que tiene éxito en el trabajo y logra la recompensa económica que conlleva (“Tanto tienes, tanto vales”). Pero, claro, el éxito social y económico sólo puede ser conseguido por algunas personas. Pues bien, en un alto porcentaje (algunos estudios recientes lo fijan en casi un 10% de la población global de los países desarrollados), la reacción de frustración ante la falta de éxito se concreta en el desarrollo de adicción al juego y más de un 20% presentan obesidad por exceso de comida, medios a través de los cuales se intenta “compensar” de alguna manera esa falta de éxito.

Con el estrés laboral y el comedor compulsivo pasa algo parecido. Ambos consiguen su recompensa, como cualquier otro adicto, por el estímulo de sus circuitos de recompensa cerebrales y la consiguiente superproducción de endorfinas -opiáceos de producción propia- y el resto de las drogas neurotransmisoras, que pueden acabar produciendo una auténtica dependencia bioquímica del mismo tipo que la de las drogas externas. Hablemos de ellas.

LA ADICCIÓN A LAS DROGAS 

Entre las adicciones, las producidas por drogas son las más, digamos, espectaculares, y alguna de ellas, como el alcohol, tienen gran implantación en nuestra sociedad. Obviamente, no todas las drogas son iguales, ni en sus efectos ni en el daño que pueden hacer al organismo. Pero, en principio, todas tienen algo en común: desinhiben, disminuyendo las barreras de represión. Y, desde luego, tampoco las drogas son malas per se, sino por la forma y cantidad de consumo. La coca, utilizada tradicionalmente en las regiones andinas como estimulante suave y para quitar la sensación de hambre, no tiene nada que ver con su principio activo, la cocaína, que destruye las neuronas cerebrales y produce importantes alteraciones mentales y de relación si se consume habitual y frecuentemente. Tan es así que una cantidad similar de cafeína -principio activo del café- aspirada por la nariz produce la muerte inmediata por parálisis respiratoria; y, sin embargo, tomada en infusión es la bebida que más se consume en el mundo.

Por otra parte, el alcohol, cuyo consumo está ampliamente extendido en nuestra sociedad como droga legal (y hasta santificada en la religión cristiana) llega a producir drogadicción -alcoholismo- hasta en un 10% de la población occidental, con las conocidas consecuencias de destrucción del hígado y del cerebro. En cambio, las drogas ilegales, que afectan a un porcentaje muy inferior de la sociedad, tienen una enorme proyección social y tanto su tráfico como la represión del mismo mueven miles de millones al año en todo el planeta. ¿Por qué esa discriminación injustificada?

Pero vayamos con los posibles tratamientos de estos problemas.

EL TRATAMIENTO DE LAS ADICCIONES 

El primer paso para tratar una adicción de cualquier tipo es que el propio paciente tome consciencia de su dependencia. La Psicología tradicional utiliza para ello las llamadas terapias cognitivas, encaminadas a poner al paciente frente a su problema y que lo reconozca como tal para plantear posteriormente soluciones viables. Este grupo de técnicas es el más utilizado en la actualidad en la clínica del problema de las adicciones.

En un segundo paso se trata de cambiar las conductas resultantes de la adicción a través de terapias conductistas, es decir, de modificación de conducta. Básicamente consisten en ofrecer alternativas a la conducta adictiva que compensen al paciente. Las terapias conductistas de grupo aportan, además de las alternativas habituales en este tipo de tratamiento, el apoyo del grupo, constituido por personas que tienen el mismo problema, con lo que se refuerza el cambio de actitud que plantean.

Sin embargo, la verdad es que este tipo de actuaciones psicoterapéuticas precisan de mucho tiempo para ser efectivas y además resultan caras. Y ello sin tener seguridad alguna de éxito si se siguen.

Claro que también son innumerables las terapias alternativas que prometen deshabituar de todo tipo de adicciones: la acupuntura, la homeopatía, las dietas, el ayuno, la meditación, la hipnosis… Desgraciadamente, la mayor parte de ellas no han demostrado que tengan una actuación decisiva, aunque sí pueden ser armas complementarias del tratamiento en fases avanzadas del cambio de conducta.

En definitiva, para la Psicología convencional el problema no tiene hoy fácil solución. Sin embargo, son cada vez más numerosos los psicólogos de vanguardia que, inmersos en una comprensión del problema y de lo que le origina completamente nueva, plantean otras alternativas curativas sugerentes y, al parecer, eficaces en muchos casos. Lo contamos en el siguiente reportaje.

Andrés Rodríguez Alarcón

Recuadro:


LAS ADICIONES PUEDEN CURARSE

Una vez más, la Psicología de vanguardia camina un peldaño por delante de la convencional y no duda en afirmar que el origen de las adicciones hay que buscarlo en la infancia. Es decir, que las causas de las dependencias que sufren tantas personas de adultos están motivadas por las carencias afectivas y materiales que sufrieron cuando eran niños. ¿Y en qué se basan para hacer tal afirmación? Pues en algo muy simple: en que todos, durante los siete primeros años de vida, almacenamos en el subconsciente todas las experiencias que vivimos; en especial, las traumáticas. Sabido lo cual, no podemos obviar otro hecho evidente: que son muchos los niños a los que les falta el necesario amor por parte de sus padres, carencia que se suma a veces al de sus hermanos y al de las personas que están más en contacto directo con ellos. Además, en muchas ocasiones esa ausencia de afecto va unida a una falta de recursos económicos motivada por una situación de paro o cualquier otro tipo de vicisitud. Con lo cual, el niño no sólo se enfrenta a una falta de cariño sino a una serie de necesidades materiales motivadas por esa precariedad económica.

De ahí la importancia que tiene que los padres sean conscientes de que una situación así -cuando no es algo puntual y esporádico, por supuesto- puede producir un conflicto que puede llegar a tener graves consecuencias cuando el niño se haga adulto. Y no estamos refiriéndonos a un problema que afecta sólo a niños pobres o maltratados. En absoluto. Estamos hablando de una situación que han vivido y siguen viviendo muchos niños a causa  -en la mayoría de los casos- del propio desarrollo de la sociedad que hace creer y sentir a gente que es necesario poseer muchas o determinadas cosas materiales para ser feliz.

LAS NECESIDADES AFECTIVAS Y MATERIALES DEL NIÑO 

No podemos olvidar, ciertamente, que hoy la inmensa mayoría de los  padres tienen que trabajar y atender a sus hijos, lo que les obliga a contar con poco tiempo para estar con ellos. Tiempo que, además, suele ser de poca calidad pues están cansados y no cuentan con la energía necesaria para ofrecerles esa entrega que muchas veces reclaman los pequeños de la casa. Y aunque ésta es una situación que se suele valorar muy poco, no por ello deja de ser muy importante para el crecimiento y maduración mental del niño. No olvidemos que el pequeño a esa edad no entiende todavía por qué sus padres están tan poco tiempo a su lado o no le dan todo ese amor que está pidiendo, un sentimiento que no suele expresar con palabras sino con actitudes o gestos.

Pese a ello, es esta una reclamación que suele ser distinta en cada niño; de ahí que entre hermanos existan marcadas diferencias, siendo en muchas ocasiones el que menos pide el que más satisfecho está en el terreno afectivo. Y dado que esto es sumamente importante, los padres han de tener sumo cuidado a la hora de mostrar su cariño hacia los hijos, pues aun cuando a todos les hay que entregar cariño no siempre necesitan recibirla de igual manera. Hay que tener presente que cada niño cuenta con sus propias necesidades.

Pero esto no es todo. El niño no solamente necesita amor, aunque sea el elemento fundamental de su crecimiento y educación durante los siete primeros años; también necesita y demanda unos medios materiales imprescindibles que, generalmente, suelen estar en función del nivel económico en el que se desenvuelven sus padres. Y es bien cierto que en este aspecto la televisión ha servido para acrecentar el problema pues todos los niños son observadores de la misma “oferta” y, sin embargo, no todos tienen las mismas posibilidades de acceder a una demanda similar. Y es que los medios de comunicación juegan también un papel muy importante en el terreno de las adicciones.

En definitiva, en función de cómo transcurra la infancia de un niño así será de saludable su vida de adulto. Es decir, un niño que no tenga carencias afectivas ni materiales será un adulto que no sufra dependencias.

Pero, claro, una vez más la colocación de las piezas del puzzle depende sobre todo de los padres, que son los responsables finales del proceso vital del pequeño durante ese período fundamental de su vida que son los primeros siete años, una etapa que marcará su futuro. Y eso es así aun cuando ni los psicólogos ni los médicos ortodoxos estén por la labor de reconocer este hecho.

Así pues, los progenitores han de estar muy pendientes de sus hijos. Es más, no deberán de dejar nunca de vigilar sus actuaciones ya que, en ocasiones, hechos que acontecen en la adolescencia, como son el tránsito a la pubertad y las primeras relaciones sexuales, pueden dejar también secuelas que terminen derivando con los años en dependencias. Aunque la verdad es que en este punto discrepan los propios psicólogos vanguardistas, si bien son mayoría los que consideran que sólo “marcan” aquellos conflictos vividos en la infancia. Sin despreciar, por supuesto, otros factores como la idiosincrasia de la persona, el nivel cultural, la posición económica, el lugar geográfico, el estado civil (si está casada o no), si tiene hijos, etc.

LA MANIFESTACIÓN DE LAS ADICCIONES 

Y si las raíces de las adicciones están en los primeros años de vida de la persona -se preguntará el lector-, ¿cuándo emergen? Pues lo hacen cuando el ser humano es ya adulto. Es más, se podría decir que afloran cuando la persona busca llenar huecos en su vida. Unos huecos que suelen ser, una vez más, de carácter emocional o material.

Es decir, el hombre, en muchas ocasiones, se siente solo; y ante esa soledad -muchas veces buscada- intenta hallar en las cosas materiales aquello que no logró alcanzar en el terreno afectivo.

¿Y qué ha de hacer el ser humano para darse cuenta de que debe llenar su ámbito emocional? Pues responder a una pregunta tan aparentemente simple como ésta: ¿Puedo ser autosuficiente para vivir? Porque si es sincero, la respuesta será negativa. Es decir, absolutamente nadie es autosuficiente: todos necesitamos a los demás. Luego lo correcto es que nos relacionemos con la gente, que busquemos acercarnos a las personas de nuestro entorno. Pero, claro, ésa es una tarea difícil cuando se tiene miedo, inseguridad, falta de equilibrio, etc. Y de ahí que muchas personas se sientan -al menos, así lo consideran- “mejor solos y en su mundo que acompañados”.

LAS DEPENDENCIAS MATERIALES 

Bueno, pues son precisamente las personas que dicen ser autosuficientes las que, en lugar de intentar relacionarse con otras, lo que hacen es terminar “refugiándose” en objetos que adquieren con dinero. ¿Y qué significa eso? Sencillamente, que prefieren llenar sus carencias con cosas materiales. Prefieren comprar el coche “x”, el abrigo “y” o los pendientes “b” a verse rodeados y acompañados por otras personas que les proporcionen ese amor que les falta. En suma, cambian el hambre de afecto que tienen por “objetos” sin darse cuenta de que sus dependencias materiales les conducen a un callejón sin salida ya que cada vez necesitarán tener, comprar, jugar, etc., más para sentirse bien consigo mismas. Sin embargo, mientras sigan ese camino no llegarán nunca a sentirse bien porque les seguirá faltando lo esencial: el Amor.

EL PAPEL DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN 

Y es precisamente dentro del terreno de las adicciones materiales donde los medios de comunicación juegan un papel fundamental. ¿Por qué? Pues porque marcan conductas y deciden hasta lo que está bien y mal; y no sólo eso, sino que además señalan qué cosas se pueden hacer, cuándo, cómo y dónde.

En este sentido, primero fue la prensa escrita la que se impuso; luego le siguió la radio, posteriormente la televisión -que no ha perdido un ápice de fuerza- y ahora se ha incorporado al mercado audiovisual la red informática. Y, paradójicamente, cuando estos medios deberían de haberse convertido en los medios de liberación personal de los seres humanos, ayudándoles a allanar el terreno de la intercomunicación y el acercamiento a nuevas fuentes de crecimiento social, grupal, familiar e individual, la realidad nos presenta una cara bien distinta. Al menos en lo que a las redes informáticas se refiere, pues de no establecerse una legislación que las controle y ponga al descubierto el peligro que pueden tener para las mentes dependientes se pueden convertir en la peste de comienzos del nuevo milenio. Hemos de tener presente que el ser humano  necesita un motor que le suministre datos y le alivie sus conflictos, sus actividades diarias y sus obligaciones para consigo mismo. No podemos, pues, convertirnos en prisioneros de estos medios: deben existir para servirnos a nosotros.

LAS DEPENDENCIAS EMOCIONALES 

Y si las adicciones hasta ahora mencionadas afectan a muchas personas y marcan sus conductas y sus relaciones sociales e interpersonales, son posiblemente las dependencias afectivas las que más daño pueden ocasionar a la persona que las sufre, dado que en este caso entran en juego sus sentimientos.

Las dependencias emocionales, por lo general, están causadas por la falta de amor sufrido en la infancia. Como es obvio, todo niño necesita sentirse amado (nos referimos, claro está, al “Amor” con mayúsculas). Amor que, a esa edad, quienes lo proporcionan son los padres. Por tanto, no es raro que una persona que no se haya sentido querida por sus progenitores tenga tendencia de mayor a sufrir dependencias afectivas. Unas dependencias que se pueden traducir en tres patologías.

La primera correspondería a aquellas personas que se entregan plenamente en sus relaciones con el fin de saciar así el ansia de afecto que tienen. Personas que están dispuestas a todo con el fin de obtener una respuesta similar de sus parejas; y que mientras ésta no se produzca, seguirán dando amor hasta que vean que, aunque se entreguen plenamente, no terminan recibiendo jamás lo que esperan. ¿Y por qué no la alcanzan? Sencillamente, porque no sólo buscan una pareja: buscan en la otra persona a los padres, a los hermanos y a los amigos que no tuvieron. Y no se dan cuenta de que la pareja es el complemento que han de tener pero no el remedio al vacío emocional vivido años atrás cuando eran niños.

La segunda patología es la de las personas consideradas como “enfermizas”. Se caracterizan por haber vivido de niños situaciones de tensión emocional muy fuerte, como haber visto pelearse a sus padres de forma periódica o haber vivido graves y largas enfermedades de éstos. O cualquier otra tensión emocional protagonizada por sus progenitores. A consecuencia de lo cual, cuando son adultos se vuelven unos feroces protectores de sus parejas, llegando al extremo de no dejarlas casi ni respirar. Es decir, su pareja se convierte en algo así como un hijo para ellos, olvidándose de algo tan importante como que no es más que la persona con la que han de compartir su vida pero nunca el ser por el que han de vivir.

Y, en tercer lugar, nos encontramos con las personas que necesitan amor y que, sin embargo, no quieren que se conozcan sus sentimientos. ¿Y por qué actúan así? Pues posiblemente porque en un momento crucial de sus vidas les señalaron como los responsables de que no quisieran por su culpa a un hermano, por ejemplo. Es decir, buscan el amor pero sin llegar a demostrar o dar a entender su deseo. ¿Y qué deberían hacer estas personas? Sencillamente, llegar a identificarse con su problema y tratar de realizar una introspección interior que les condujera a la esencia del mismo.

OTRAS ADICCIONES 

Ahora bien, el ser humano sufre también otro tipo de adicciones que, en muchas ocasiones, resultan ser destructivas. Es el caso de las drogas y del juego. Las primeras, en opinión de los psicólogos de vanguardia, están motivadas en buena medida por abandonos emocionales sufridos de pequeños y/o en la adolescencia. En cuanto a las segundas, se deben al parecer a la falta de valoración personal o ausencia de autoestima. Luego estarían otras, menos graves pero que están ahí: son las dependencias a la televisión, al cine, al trabajo, al jefe, a la comida, etc. Y, por último, se encontrarían las llamadas dependencias “recurrentes”, o sea, aquellas que afectan a personas que no admiten dejar de ser el gallo en el corral. Es decir, hablamos de esas personas que sienten la necesidad de controlarlo todo al considerar que sólo ellos hacen bien las cosas y que si los demás no las hacen como ellos es porque son unos incompetentes. ¿Y por qué actúan así? Pues, sencillamente, porque tienen miedo a ser superados por los demás y que éstos puedan ocupar su puesto.

¿SE PUEDEN CURAR LAS ADICCIONES? 

Hay que añadir que, aun cuando las adicciones no dejan de ser una dolencia que sufren muchas veces en silencio sus protagonistas, también son en muchas ocasiones un problema social y familiar. Por tanto, es importante no sólo conocerlas sino poder hallar soluciones.

Bien, pues en opinión de los psicólogos de vanguardia, las adicciones se pueden curar a través de la introspección interna,  intentando encontrar el origen del conflicto que las desencadenó. Eso sí, para poder llevar a cabo esa introspección es necesario que la persona que la padece sea consciente de la dependencia que sufre. Y para ello la terapia regresiva es una buena solución. De hecho, con un buen terapeuta pueden bastar un par de sesiones.

También se puede intentar volver a visualizar -uno mismo- su propia infancia e intentar encontrar el conflicto que desencadenó esa dependencia; y aunque es más difícil hacerlo uno sólo, se pueden conseguir resultados óptimos. Para lo cual, estos son los pasos que se deberían seguir:

  • 1) Querer resolver el conflicto.
  • 2) Reconocer el conflicto.
  • 3) Una vez conocida la adicción, saber asumirla.
  • 4) Querer superarla.
  • 5) Comenzar a hablar de ella.
  • 6) Hacer introspección para averiguar la causa.
  • 7) Llegar al conflicto.
  • 8) Hablar del conflicto.
  • 9) Reconocer el conflicto y visualizar de nuevo la situación o situaciones vividas. Y
  • 10) Asumir el conflicto como algo que tuvo sentido en aquel momento pero que no lo tiene en el momento actual.

En definitiva, si realmente se quiere, siempre que uno sea consciente de que sufre una adicción, puede resolver el problema. Eso es, al menos, lo que señalan los psicólogos de vanguardia.


TEST PARA SABER SI TIENE USTED ALGUNA ADICCIÓN 

Las personas con alguna adicción

  • – Se sienten mal cuando están rodeadas porque eso les impide actuar con libertad.
  • – No son capaces de decir lo que hacen y necesitan contar mentiras para justificar determinadas actuaciones.
  • – Prefieren vivir determinadas actividades (como el ocio) a solas.
  • – Fabulan mentalmente en el amor, bien con el ser amado o, simplemente, con la persona que está al lado, de forma constante.
  • – Necesitan salir de compras todos los días o compran de manera compulsiva.
  • – Desean intensamente las cosas que tú otros tienen.
  • – Son incapaces de dar sin esperar nada a cambio.
  • – Son incapaces de dar sin sentirse extremadamente bien por ello.
  • – Buscan en los demás lo que no tienen.
Este reportaje aparece en
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Febrero 1999
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