Jayne Donegan, la doctora que demostró la solidez de sus argumentos contra las vacunas

La doctora británica Jayne Donegan es hoy internacionalmente conocida porque tras apoyar activamente la vacunación infantil masiva -de hecho vacunó a sus hijos- pasó no solo a estar en contra sino a actuar como perito en los tribunales defendiendo el derecho de las madres a no vacunar a los suyos. Denunciada por sus críticas a las vacunas fue obligada a comparecer ante el Consejo General de Médicos del Reino Unido acusada de falta grave y amenazada con retirarle la licencia pero fue capaz de rebatir todos los argumentos de los vacunólogos y conseguir que el Panel que vio su caso reconociera que sus afirmaciones contra el sistema de vacunación se basaban en argumentos sólidos y se apoyaban en trabajos publicados en revistas médicas de referencia. Lo contamos en detalle.

 

VACUNAS

Dos son los argumentos básicos de quienes cuestionan -en todo o en parte- las actuales políticas de vacunación masiva. El primero que no es cierto que el descenso de la mortalidad infantil por enfermedades infecciosas durante el siglo XX se debiera a la introducción de las vacunas y, por tanto, que éstas no son ni un método eficaz para prevenirlas ni la solución a muchas de las «enfermedades» actuales… o por inventar. El segundo, que se están exagerando sus beneficios minimizando u ocultando los potenciales daños que pueden provocar e incluso negando cualquier relación de las mismas con todo problema serio de salud que surge tras su inoculación. A partir de lo cual hay quienes se centran en criticar los componentes que se utilizan como adyuvantes de las vacunas industriales -como el hidróxido de aluminio, el mercurio del timerosal o el escualeno-, quienes ponen en tela de juicio la cantidad de vacunas que un niño recibe obligatoriamente antes de los dos años, quien critica algunas controvertidas vacunas en concreto -como la de la hepatitis B, la triple vírica o la del virus del papiloma humano- y quiénes consideran que algunas patologías infantiles pueden deberse a ellas porque el auge de la vacunación coincide con un crecimiento exponencial de casos de autismo, hiperactividad y sarampión, entre otras patologías. Denominando despectivamente a todos ellos los defensores a ultranza de las vacunas -los «vacunólogos»- como «antivacunas» -aunque algunos ni siquiera las rechazan-, calificando a los padres que las rechazan de «ignorantes» y amenazando directamente a los médicos, biólogos, farmacéuticos o naturópatas que hacen lo mismo con desprestigiarles, destruir su imagen e incluso impedir que sigan ejerciendo profesionalmente. Es más, se dedican a “crucificarles” a diario en muchos de los grandes medios de comunicación de masas en los que ni se les permite defenderse ni responder con argumentos científicos y médicos.

Algo ciertamente explicable porque cuando algunos han podido cuestionar el sistema o simplemente exponer sus argumentos, razonarlos y debatirlos -generalmente ante tribunales médicos o judiciales- acaban demostrando tener razón. Solo que entonces la respuesta de los medios de comunicación, los colegios médicos y los ministerios de Sanidad es ¡el silencio!

Pues bien, tal es la principal razón de que traigamos a nuestras páginas la historia de la doctora británica Jayne Donegan habiendo ya transcurrido once años de su caso. Hablamos de una doctora que fue acusada de «falta grave» por el propio Consejo General de Médicos (CGM) de Reino Unido por cuestionar la política de vacunaciones a la que directamente se amenazó con la pérdida de la licencia y se la “enfrentó” a un súper-especialista del sistema vacunal que fue designado por el propio órgano que iba a juzgarla. ¿El resultado? Logró que ese consejo reconociera que tenía razones médicas y científicas bien fundamentadas para su postura y no procedía retirarle la licencia. Un éxito que fue ignorado por los principales medios de comunicación como cuenta ella misma en su web –www.jayne-donegan.co.uk– pero se refleja en las actas de la audiencia celebrada. Pues bien, es hora de recordar en detalle lo acaecido ahora que se amenaza con llevar ante las comisiones deontológicas de los colegios de médicos españoles -y de otros países- a todo aquel que se atreva a discrepar no ya de las vacunas -que también- sino del modelo farmacológico de tratamiento de las enfermedades impuesto por quienes han hecho de la enfermedad un vergonzoso negocio. Y es que Donegan ha demostrado que actuando con inteligencia se puede llevar al sistema a enfrentarse a sus numerosas contradicciones y falsedades.

DE “VACUNÓLOGA” A «ANTIVACUNAS»

En suma, Jayne Donegan fue defensora de los programas de vacunación desde que se licenció en la Facultad de Medicina en 1983 al igual que la mayoría de los estudiantes que acaban de graduarse  y de los médicos más jóvenes y menos experimentados. Ella misma reconoce que en la década de los ochenta aconsejó a numerosos padres preocupados por los potenciales efectos secundarios adversos asociados con las vacunas que se las inocularan a sus hijos. De hecho los suyos -nacidos en 1991 y 1993- recibieron todas las vacunas previstas en el calendario vacunal… ¡a pesar de que el mayor sufrió una reacción severa a la vacuna de la tuberculosis! De hecho consideraba a los padres que no querían vacunar a sus hijos “desorientados y socialmente irresponsables”. No fue hasta que el Gobierno británico decidió vacunar a siete millones de escolares poniendo en marcha una campaña masiva contra el sarampión en 1994 cuando empezó a cuestionarse la “información” que recibía de las autoridades sanitarias.

Cuando se introdujo la vacuna MMR (sarampión, paperas y rubeola) en 1988 -cuenta Donegan- muchos niños habían recibido ya la dosis única de la vacuna contra el sarampión pero aún así se aconsejó a los médicos que les pusieran la MMR, supuestamente para inmunizarlos contra las paperas y la  rubeola y aumentar su inmunidad contra el sarampión. Sin embargo después, en vísperas de una probable epidemia, nos dijeron que las dos dosis serían insuficientes. Así que había estado diciendo a los padres que efectivamente había efectos secundarios asociados a las vacunas pero que protegerían a sus hijos contra esas enfermedades y ahora me encontraba con que, al parecer, no era el caso. Que ni siquiera bastaban DOS dosis cuando hasta entonces las vacunas requerían una sola”.

Donegan decidió entonces pedir explicaciones al ministerio pero fue tan inconsistente la información recibida que optó por investigar por su cuenta y fiarse sólo de los fríos datos objetivos que pudiera conseguir personalmente rechazando los argumentos esgrimidos en revistas y libros por defensores y críticos de las vacunas. Y decidió comenzar acudiendo a la Oficina de Estadísticas Nacionales para consultar todos los registros públicos desde 1837 y anotar las cifras de muertes provocadas por las enfermedades contra las que entonces se vacunaba.

Me sorprendió descubrir -explica Donegan- que las vacunas no habían tenido en la salud de las personas el gran impacto que me habían hecho creer. Generalmente los gráficos comenzaban unos años antes de que se introdujeran las vacunas en lugar de mostrar las cifras de cincuenta o cien años antes que demostraban una reducción de fallecimientos por sarampión y tosferina del 95-99% ¡antes de que fueran introducidas masivamente!”

Atónita por lo descubierto Donegan continuaría buscando más información: “Decidí leer revistas científicas y médicas revisadas pero con una visión distinta, más crítica. Y comencé a darme cuenta pronto de que lo que se sostiene como ‘Ciencia’ no es una búsqueda veraz del conocimiento: se obtiene solo la Ciencia que se paga. Así es como funciona: para investigar tienes que conseguir a alguien que pague el estudio y eso solo ocurre si se trata de algo que le gusta. Y luego debes obtener resultados que le gusten o corres el riesgo de que el trabajo se archive y no vea nunca la luz. A continuación hay que conseguir donde publicarlo y eso tampoco se hará si los resultados son contrarios a los esperados por quien lo financia (…) En suma, la ‘Ciencia’ que admiramos y los ‘científicos’ en los que confiamos son solo personas que tratan de ganarse la vida para pagar sus hipotecas. Luego se obtiene la Ciencia que se paga… y el que paga al gaitero es el que elige la melodía».

Evidentemente Jayne Donegan había cruzado la línea y a partir de ese momento dejó de creer en el sistema. Y ante los datos obtenidos dejó asimismo de creer en las vacunas. “Mi propia familia -cuenta- me preguntaba cómo diablos habían logrado convencerme para vacunar a mis hijos contra el sarampión, la parotiditis y la rubeola, enfermedades que yo y mis contemporáneos habíamos pasado de niños y nuestras madres consideraban normales en la infancia hasta el punto de que si oían que un niño la padecía se apresuraban a que le visitáramos para, con suerte, contagiarnos también. Y aun así no siempre funcionaba; puedes dormir en la misma cama de alguien con una de esas infecciones y no contagiarte”.

ACUSADA DE FALTA GRAVE

Sería a partir de ese momento cuando Donegan comenzaría a escribir artículos para varias organizaciones dedicadas a proporcionar información a los padres sobre las vacunas recibiendo en 2002 una petición para actuar como testigo en un procedimiento legal en el que un padre que no convivía ya con su hija había llevado a los tribunales a la madre para que su hija fuera inoculada con todas las vacunas del calendario oficial. Caso al que se uniría el de otra madre en situación similar que también se negaba a vacunar a sus hijos. Donegan se mostraría reacia a ello pero finalmente accedió para tratar de convencer al tribunal de que hay formas más naturales y mejores de abordar las enfermedades infantiles. Pues bien, tanto en los procedimientos previos como durante la vista oral tuvo que enfrentarse a dos pesos pesados de la Vacunología: el Dr. Stephen Conway y el doctor Simon Kroll, miembros ambos del Comité Conjunto de Vacunación e Inmunización (JCVI) y, por tanto, corresponsables de las políticas de vacunación del Reino Unido.

“Ni el Dr. Conway ni el profesor Kroll -recuerda en su relato Donegan- ofrecieron una exposición equilibrada de los riesgos y beneficios de la vacunación. Ninguno de ellos trató adecuadamente los efectos adversos de la vacunación y los problemas asociados. Sus informes se centraron en la posible gravedad de las enfermedades infantiles y minimizaron los efectos secundarios de las vacunas. Ambos sostuvieron que los beneficios para la salud logrados en el siglo XX se deben a las vacunaciones. Sin embargo es una visión errónea a pesar de que se trate de una opinión muy arraigada en toda la profesión médica. Y asimismo cometieron el error de no reconocer que en general las mejoras en la salud durante el último siglo son atribuibles principalmente a factores que poco tienen que ver con la vacunación. Ninguno de los dos apoyó la opinión de que un niño del siglo XXI bien alimentado puede sobrellevar bien o fácilmente las enfermedades comunes de la infancia. Y tanto el Dr. Conway como el profesor Kroll dieron poca importancia a la capacidad de un niño sano de ser adecuadamente asistido mientras pasa las enfermedades infecciosas ordinarias de la infancia ni tuvieron en cuenta ninguna otra medida de promoción de la salud que no fuera la vacunación”.

Donegan, sin embargo, presentó ante el tribunal pruebas de que las vacunas no son ni tan seguras ni tan eficaces como aseguraban ambos. Evidencias apoyadas con informes oficiales y estudios publicados en revistas médicas. Es más, explicó al tribunal los criterios de selección de las investigaciones, cómo se obtienen los resultados, cuáles son los métodos de análisis de datos y cómo se hacen los resúmenes y conclusiones. Demostrando que muchas veces se apuesta por acciones que van contra los propios resultados obtenidos. Agregando en cuanto a las vacunas: “El análisis de los datos plantea serias dudas sobre la seguridad y eficacia de la vacunación. Sin embargo los autores de los artículos, casi sin excepción, concluyen instando siempre a vacunar y a repetir la dosis”. Agregaremos que aunque Donegan no lo sugiere en su escrito es obvio que hay investigadores que aunque temen manifestarse abiertamente en las conclusiones que aparecen en sus trabajos revelan la verdad a través de los fríos datos publicados en ellos.

¿El resultado? Sumner, juez del Tribunal Supremo, dio crédito a Conway y Kroll. Apelado el fallo ante el Tribunal de Apelaciones el lord de Justicia Sedley rechazó el recurso permitiéndose calificar los informes de Donegan de inapropiados y «ciencia basura«. Y ordenó que se inocularan a las dos niñas todas las vacunas recomendadas.

Obviamente el Consejo General de Médicos del Reino Unido quiso aprovechar la ocasión y espoleado por la repercusión mediática que tuvo la decisión de Sedley y el calificativo de ciencia basura en el que según él se apoyan los “antivacunas” decidió en julio de 2004 acusar a Donegan de mala praxis. Necesitó sin embargo dos años para presentar los cargos contra ella y los basó en que había intentado engañar al tribunal al citar de forma sesgada investigaciones, informes y publicaciones omitiendo además información relevante. Una actitud que –decían- había causado un grave desprestigio a la Medicina. Se abriría así un procedimiento que pretendía acabar con la expulsión de la profesión de Donegan retirándole la licencia. Y para asegurarse de ello el Consejo General de Médicos eligió al conocido Dr. David Elliman -consultor del Community Child Health y experto en vacunación infantil- para sostener los cargos ante el Panel de tres personas que se constituyó al efecto. 

VACUNAR NO ES SIEMPRE LA MEJOR OPCIÓN

Los dos primeros problemas que Donegan tuvo que afrontar fueron el alto coste económico de un procedimiento legal de este tipo -del que afortunadamente se hizo cargo su seguro- y un sospechoso giro en el comportamiento de sus abogados que acabaron dejándola tirada pocas semanas antes del inicio de la audiencia al no conseguir que desistiera de su actitud. “Me dijeron -explica Donegan- que se había llegado a un acuerdo con el abogado del Consejo General de Médicos y que si admitía los cargos era poco probable que me detuvieran. Todo lo que tenía que hacer era admitir los cargos de afirmaciones selectivas, omitir información relevante, ser engañosa y dejar que el Panel leyera el informe del Dr. Elliman sin que yo lo refutara. Además me dijeron que sería peligroso para mí que subiera al estrado como testigo ya que el Panel quedaría impresionado al ser consultor del Great Ormond Street Hospital, muy crítico con mis informes. Actitud extraña porque había dejado claro desde el principio que me preocupaba más mi reputación que mi licencia; les había explicado que preferiría que me detuvieran y poder decir que había dicho la verdad que mantener mi licencia y ser ‘ese médico que engañó a la Corte’”.

En suma, el enfrentamiento de Dogenan con su equipo legal hizo que solo dos semanas antes de la vista se quedara sin defensa. Una suerte porque acabó encontrando a un letrado mucho más competente, Clifford Miller, abogado con amplios conocimientos sobre estadísticas de salud de todo el mundo que además es Licenciado en Física y posee pues un profundo conocimiento del método científico. “Analizó los hechos tal como eran, se dio cuenta de todo y, a diferencia de mi abogado anterior, sabía que además de la versión oficial sobre la salud, la enfermedad y la vacunación hay otras y mucho material en revistas médicas revisadas así como estadísticas oficiales para demostrarlo”.

El 7 de agosto de 2007 Tom Kark, en nombre del Consejo General de Médicos del Reino Unido, comenzaría la vista enumerando los delitos de los que se acusaba a Donegan afirmando luego mientras se dirigía a ella: «Verá, voy a sugerir que su objetivo fue persuadir al juez de que no ordenara la vacunación de las niñas y para ello maquilló casi todas las páginas que escribió y en algunas áreas citó incorrectamente material o dejó de hacerlo de forma bastante sutil ya que en otros aspectos fue más evidente”. Acusaciones de Kark que serían de nuevo ampliamente recogidas por los medios con titulares como: “Doctora acusada de engañar a la Corte sobre el peligro de la vacuna triple vírica”.

Damos a conocer a continuación -extraída de las actas de la audiencia- parte del interrogatorio al que fue sometida Donegan por su abogado para dejar clara su postura ante el tribunal:

-¿Podría ayudarnos a entender en pocas palabras cuál es su punto de vista sobre la vacunación universal?

-La vacunación universal se basa en el enfoque de “una talla para todos» pero creo que hay casos en lo que se necesita tener en cuenta las particularidades y constitución de cada persona, No creo en mismo un enfoque para todos. En cuanto a la vacunación universal, ¿lo que quiere es que hable del efecto de las vacunas en la salud y la enfermedad?

-Vamos a analizarlo en detalle ya que quiero ayudar al Panel a entenderlo al no estar todos médicamente cualificados. Dígame en un par de frases cuáles son sus puntos de vista y por qué los mantiene?

-La vacunación se considera generalmente en los círculos médicos y otros como la principal razón de la gran caída de la mortalidad –muerte- y morbilidad –enfermedad- en muchas patologías infantiles importantes del siglo XX. Y es por cierto el punto de vista que yo misma abracé porque es lo que me enseñaron en la Facultad de Medicina.

-¿Y cuál es su punto de vista ahora?

-Ahora creo que lo universal, en cierto modo, no es la panacea. No creo que sea tan eficaz como se ha supuesto. Y creo que hay problemas con las vacunas que no están realmente bien investigados. Asimismo creo que en casos de niños individuales, en familias concretas, a veces no es la mejor opción.

-¿Está en contra de que las personas se vacunen?

-No estoy per se “en contra» de nada. Mi interés en la vacunación lo guía mi preocupación por la seguridad de la salud infantil.

-Cuando atiende a pacientes en su consulta de medicina general les dice «no debería usted vacunarse» o alguna expresión similar?

-No.

-En términos generales, ¿cómo se acerca a los pacientes que acuden a hablar de vacunas con usted?

-Cuando vienen y dicen que específicamente quieren hablar de vacunas les digo que hay mucha información disponible en el Departamento de Salud que debería leer a fondo antes de tomar una decisión pero asimismo otras informaciones que debería valorar igualmente. Y una vez haya visto tan amplia variedad de información decida, porque es realmente importante, si vacunar es lo mejor para él, sus hijos y su familia.

-¿Su consejo a los padres es entonces, por así decirlo, que se eduquen ellos mismos en lugar de darles recomendaciones específicas?

-Sí. Realmente soy bastante cuidadosa y prudente; procuro específicamente no hacerlo. No le digo a la gente ni que se vacune ni que no se vacune. De hecho cuando algunas veces unos padres me lo preguntan les digo: «Miren, si les dijera que ‘no vacunen’ estaría haciendo lo mismo que el Departamento de Salud diciendo ‘que vacunen’. Creo que deben ser ustedes quienes deben tomar la decisión basándose en su propia información y en lo que es mejor para su familia». 

VICTORIA POR K.O. 

Concisa y clara. El Dr Elliman, el experto designado para hablar sobre la seguridad y eficacia de la vacunación, tuvo sin embargo numerosas lagunas en su argumentación al ser interpelado por un interrogador experto y no poder refugiarse en medias verdades aplaudidas por los medios. Así lo recuerda Donegan: “Durante el interrogatorio del segundo día el Dr. Elliman se vio obligado a admitir que no se han realizado ensayos aleatorizados controlados con placebo inactivo (agua estéril o solución salina normal) de ninguna de las vacunas utilizadas en los últimos 20 a 30 años al comparar niños vacunados con no vacunados. En el ensayo controlado que citó para la MMR el ‘placebo’ contenía, entre otros ingredientes, neomicina y fenol rojo; cuando la neomicina figura en el Formulario Nacional Británico como ‘demasiado tóxica para uso parenteral’ (por inyección)». Añadiendo: «La evidencia de la seguridad y eficacia de todas las vacunas actuales provienen de estudios epidemiológicos que son controvertidos por naturaleza y no satisfacen los criterios del método científico(las negritas y subrayados son nuestros).

Interrogado Elliman sobre si las enfermedades infecciosas infantiles no serán en realidad algo bueno para los niños ya que así se inmunizan y sobre otros posibles tratamientos de las enfermedades infecciosas infantiles se limitaría a responder que esas cuestiones tenían «poca relevancia para el tema en cuestión«.

La vista fue larga ya que las comparecencias ante el Panel duraron tres semanas y éste necesitó dos días para deliberar a puerta cerrada antes de hacer públicas sus conclusiones pero el jueves 23 de agosto de 2007  su resolución final fue contundente; Donegan fue absuelta de todos los cargos sustanciales.  He aquí algunas de las conclusiones del Panel que se dirige directamente a Donegan:

Usted nos ha demostrado que sus informes no derivan de unos puntos de vista propios profundamente arraigados sino que mostró las evidencias que los apoyan. Usted explicó al Panel que el enfoque de su informe era proporcionar a la Corte una visión alternativa basada en el material recogido en sus referencias; material que extrajo en gran parte de publicaciones que, de hecho, estaban a favor de la inmunización.

-Las evidencias y su propio testimonio dejan claro que su objetivo fue dirigir a los padres a fuentes de información sobre inmunización y seguridad en salud infantil para ayudarles a tomar decisiones informadas.

-Usted nos dijo que hay muchos libros de médicos y otros autores, en este y otros países, que cuestionan seriamente la vacunación y dan cuenta de muchos casos, pruebas y documentos médicos que respaldan sus argumentos. Sin embargo no usó ninguna de esas publicaciones al dudar de que el tribunal las considerara soporte satisfactorio o referencia válida para sus recomendaciones. Usó en gran medida lo que estaba disponible en revistas médicas revisadas. Y concluyen diciendo:

-«El Panel está seguro de que en los informes que proporcionó no dejó de ser objetiva, independiente e imparcial; en consecuencia, el Panel determina que usted no es culpable de mala conducta profesional grave».

En definitiva, un jurado designado por el propio Consejo General de Médicos del Reino Unido consideró que Donegan fue objetiva e imparcial al afirmar que existen datos según los cuales el descenso de la mortalidad en las enfermedades infantiles durante el pasado siglo XX no se debió a la introducción de las vacunas ya que había comenzado mucho antes. Y le pareció correcto que animara a los padres a informarse antes de vacunar y no aceptar sin más la información sesgada oficial sobre las vacunas.

Y NO ES LA ÚNICA

Afortunadamente para quienes hoy se ven amenazados con todo tipo de represalias por sostener opiniones contrarias a las vacunas el de Jayne Donegan no es el único caso que les permite reunir argumentos para su defensa. El doctor francés Henri Joyeux, Premio internacional de Oncología en 1985 por sus trabajos sobre la alimentación artificial y su aplicación terapéutica en los casos de cáncer del tubo digestivo, comenzó a ser cuestionado por los dirigentes médicos de su país tras encabezar dos peticiones publicadas en Internet en septiembre de 2014 y mayo de 2015. En la primera se manifestaba en contra de una recomendación del Consejo Superior de Salud Pública -finalmente no aplicada por el Gobierno- abogando por reducir la edad de vacunación contra el virus del papiloma en niñas de 9 a 11 años. En la segunda criticaba el reemplazo de la vacuna DTP trivalente (difteria, tétanos y poliomielitis) por una vacuna hexavalente que calificó de peligrosa para los bebés por la presencia de aluminio como adyuvante, petición que llegó a contar con más de un millón de firmas de apoyo.

Pues bien, a partir de ese momento los medios franceses pasaron a citarle como «un antivacunas». Hasta tal punto llegó la campaña que la División de Disciplina del Consejo Regional de la Orden de Médicos de Languedoc-Roussillon -equivalente a la Organización Médica Colegial de nuestro país- decidió el 8 de julio de 2016 inhabilitarle y prohibirle ejercer como oncólogo. ¿La razón? Hacer manifestaciones «sin evidencia científica alguna» y «difundir mentiras peligrosas para la población al desacreditar el mecanismo de la vacunación preventiva”.

Mientras esperaba el fallo Joyeux envió dos “cartas abiertas” al presidente francés Emmanuel Macron. Una de ellas firmada junto al profesor Jean-Bernard Fourtillan -ingeniero químico y profesor honorario de Química Farmacológica Terapéutica- solicitando la retirada del aluminio no solo de las vacunas sino de todos los medicamentos y otra con el Nobel Luc Montagnier denunciando la dictadura vacunal que se quiere imponer a la sociedad francesa.

Pues bien, el pasado 26 de junio de 2018 la Sala de Disciplina de la Orden Nacional de Médicos anuló su inhabilitación al considerar que la decisión no estaba «suficientemente motivada«. En su fallo la Sala de Disciplina consideró que “los llamamientos lanzados por el profesor Joyeux y los argumentos que desarrolló no violaron la ética médica, particularmente las obligaciones de ejercer probidad y prudencia y de preocuparse por las repercusiones de sus observaciones en el público”. Según el fallo su primera petición pública contra la reducción de la edad de vacunación contra el virus del papiloma a niñas de 9 a 11 años participa “de la libertad que le queda a cualquier individuo en un estado democrático para expresar su opinión sobre un tema que le concierne”. En cuanto a la segunda petición, la eliminación del aluminio y de la vacuna de la hepatitis B, el fallo estuvo lejos del sectarismo científico de quienes niegan cualquier relación del aluminio con patologías neurodegenerativas. “La toxicidad del aluminio -señaló la Sala- como coadyuvante y la peligrosidad de la vacuna contra la hepatitis B han sido motivo de acalorada controversia durante varios años”.

En Inglaterra Donegan, en Francia Joyeux y en Estados Unidos el Dr. Jack Wolfson, cardiólogo de Arizona (EEUU) y médico integrativo que sostiene que la mala alimentación y las toxinas son la causa de los problemas de corazón. Hace tres años alertó de los peligros de las vacunas durante una entrevista que le hicieron en televisión con motivo de un supuesto brote de sarampión en Disneylandia y en ella negó que la vacuna fuera necesaria. Ante el revuelo que se formó redactó una carta abierta titulada ¿Por qué tanta ira? dirigida principalmente a los padres que le criticaban por oponerse a las vacunas y que comenzaba de la siguiente manera:

Quiero abordar tanta rabia errónea para ver si podemos dirigirla hacia donde corresponde:

Enójese con las compañías de alimentos. Los cereales azucarados, donuts, galletas y bizcochos provocan millones de muertes cada año cuando en su peor momento la varicela mató anualmente solo a un centenar. Si esas personas no hubieran comido cereales y donuts podrían estar vivas. Llame pues a Nabisco y Kellogg’s para quejarse. Proteste por sus productos. Envíeles odio electrónico.

Enójese con los restaurantes de comida rápida. Las hamburguesas de carne torturada, las patatas con plaguicidas fritas, las hormonas y los batidos son un problema y no la hepatitis B que no es sino un virus contraído por quienes consumen drogas y/o yacen con prostitutas”.

La carta -que publicamos y puede leer completa en nuestra web (www.dsalud.com) en el artículo titulado Las vacunas no son eficaces ni seguras publicado en el nº 203– continua invitando a los padres a “enojarse” no con quienes critican las vacunas sino con otros responsables del aumento de enfermedades infantiles: las empresas que arrojan contaminantes al medio ambiente, los médicos que no revelan los ingredientes de las vacunas, las empresas farmacéuticas, las de ordenadores que fomentan la pereza y, por supuesto, con ellos mismos como padres “por no abrir los ojos al lavado de cerebro que le han hecho apoderándose de su mente. Usted nunca le ha preguntado al médico todo lo que debiera, nunca le preguntó qué hay en las vacunas y nunca aprendió sobre las infecciones benignas”.

Tras ese escrito la polémica siguió aumentando y no mejoró después de ser entrevistado por la CNN pues refiriéndose al peligro de los adyuvantes manifestó: “Estamos hablando de mercurio, aluminio, formaldehído, antibióticos, tejido fetal humano abortado, tejido animal, etilenglicol, etc. Todo esto para prevenir virus como el sarampión y la varicela. ¡La varicela!”

Interrogado luego sobre si podría vivir en paz consigo mismo si su hijo infectara a otro niño y éste muriera respondió: Como padre, como médico y como ser humano me duele pensar que un niño enferme. Pero no voy a poner en riesgo la vida de mi hijo para salvar teóricamente a otro niño». A lo cual añadió que el niño inmunocomprometido de la pregunta podría haber desarrollado el cáncer como consecuencia de una vacuna ya que el formaldehído, componente de algunas vacunas, se ha relacionado ya con la leucemia.

La polémica acabo convirtiéndose en “escándalo” mediático y treinta y ocho «colegas» le denunciaron ante la Junta Médica de Arizona pidiendo su inhabilitación, algo que ésta se vio obligada a rechazar reconociendo que sus opiniones estaban protegidas por el derecho a la libertad de expresión. Conocido el fallo Wolfson se dirigió públicamente a quienes quieren silenciar a los despectivamente denominados “antivacunas” diciendo: “¿La gente realmente quiere vivir en un país donde los médicos no pueden tener opiniones más allá de las promovidas por las compañías farmacéuticas y los médicos en nómina? ¿Deberían los médicos como yo callar sobre los peligros farmacéuticos y los procedimientos inútiles? ¿Hubiera deseado que la comunidad antitabaco se callara sobre los riesgos del tabaco? ¿O que el plomo de la gasolina todavía estuviera en uso o permitido en los juguetes de los niños y la pintura de las casas? Soy libre de expresar mi opinión y decir la verdad como médico, padre y estadounidense. Insto y exhorto a todos los médicos a salir de las sombras y de debajo de la roca en la que se esconden. Abran los ojos y abran la boca. Hay cientos de nosotros en la línea del frente defendiendo la santidad de los niños. Únase a nosotros”. 

Elena Santos

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