Nuestros microbios internos no son patógenos así que no se justifica usar contra ellos antibióticos y vacunas

Somos muchos los médicos -aunque se nos silencie- que llevamos décadas afirmando que en nuestro interior no hay microbios patógenos y, por tanto, no se justifica usar contra ellos antibióticos ni prevenir presuntas infecciones con vacunas. De hecho todo indica que han sido ambos tipos de fármacos los responsables de la aparición de las llamadas inmunodeficiencias, de las enfermedades autoinmunes y de muchas de las consideradas hoy enfermedades «raras». Es más, alegar que han sido las vacunas y los antibióticos los principales responsables de que la gente esté actualmente más sana y vivamos más es una falacia que no sostiene un análisis serio.  Es hora de que se asuma y entienda: nuestros microbios endógenos, los que conviven con nosotros porque forman parte de la microbiota, nunca han producido enfermedades.

VIRUS

Llevo publicados muchos artículos, dictadas numerosas conferencias y escrito libros dedicados a explicar que la Teoría de la infección postulada por Luis Pasteur que nació tras el descubrimiento de las bacterias con el microscopio no se sostiene y que las vacunas, los antibióticos, los planes de prevención y demás parafernalia son una farsa que solo ha servido para la creación, crecimiento y enriquecimiento de las industrias sanitarias, muy especialmente de la farmacéutica. Se trata de un gigantesco fraude que dura ya más de un siglo y ha inducido a los ciudadanos a consumir grandes cantidades de productos químicos tóxicos que, a mi entender, son en gran medida responsables de la aparición de las llamadas inmunodeficiencias, de las enfermedades autoinmunes y de muchas de las consideradas hoy enfermedades «raras».

Y no hablamos de un asunto baladí porque el masivo uso y consumo de vacunas y antibacterianos ha llevado a contaminar ya todo el planeta -incluidas sus aguas y tierras- provocando una intoxicación general grave de plantas, animales y humanos. De hecho todo indica que son causa de la aparición de gran número de las nuevas patologías, especialmente de las que afectan a los nacidos en las cinco últimas décadas. Es más, son causa importante de que gran número de jóvenes y adolescentes sean hoy estériles.

Todo esto lo he denunciado de forma amplia, lo expliqué en mi obra Hijos de un dios terminal, lo he reiterado en mi último libro –Iatrogenia: la medicina de la bestia. El origen de las enfermedades raras y así lo reiteré en la entrevista que me hizo recientemente Jesús García Blanca y apareció en el nº 227 de Discovery DSALUD con el título Gran parte de las enfermedades las provocan los tratamientos médicos. Es más, publiqué junto a éste la obra Vacunas: una reflexión crítica en la que tras examinar la base biológica de las mismas dejamos claro que no previenen nada y encima son nocivas para la salud.

Obviamente soy consciente de que cuando afirmo esto la inmensa mayoría de quienes me oyen se harán  mentalmente una pregunta: Si no existen bacterias patógenas internas que den lugar a las enfermedades infectocontagiosas, ¿qué las causa? Pregunta lógica que llevo respondiendo casi tres décadas cuya respuesta exige ante todo explicitar que yo hablo de nuestras bacterias. Y subrayo y enfatizo lo de «nuestras» porque estoy refiriéndome a las bacterias que viven en nuestros cuerpos en perfecta simbiosis y forman parte de nuestro microbioma. Hablo pues de nuestras bacterias endógenas y niego que puedan ser responsables de las enfermedades que mis colegas les atribuyen.

En cuanto a los virus debo decir que nadie ha demostrado que provoquen enfermedades; ni los endógenos ni los exógenos. De hecho aun hoy se ignora qué es un «virus» pero lo que parece claro es que no es una entidad viva sino un fragmento de información genética envuelto en proteínas. Hay pues que saber qué es un virus con exactitud aunque ya se proponen tres posibilidades que parecen razonables: que tenga como función transportar información entre células, que se ocupe de eliminar fragmentos de información que la célula ya no necesita y que se ocupe de expulsar de las células la información genética alterada o dañada por los tóxicos u otros motivos. No descarto ninguna de las tres ni que haya otra explicación más pero lo que sí parece evidente es que un virus en un producto celular y no un patógeno con capacidad  infecciosa productor de enfermedad.

En pocas palabras: no se ha demostrado que existan enfermedades víricas. Lo único que se ha demostrado es que hay «virus» -sean lo que sean-  presentes en muy distintas patologías pero no que sean causa de las mismas; por eso hoy los microbiólogos hablan de virus que «se asocian a» o «pueden relacionarse con«. Pero alegar que si un virus está presente en una patología deber ser el responsable de la misma es una conclusión gratuita. Ninguna persona seria puede hacer esa extrapolación. Y si no está demostrado que sean patógenos y puedan infectar a alguien los antivíricos y las vacunas para prevenir su posible infección o contagio son una farsa.

En cuanto a la posibilidad de que bacterias exógenas -es decir, ajenas a nosotros- puedan hacernos enfermar lo admito; pero no porque nos infecten sino porque al tratarse de agentes extraños a nuestro organismo éste se apresta de inmediato a expulsarlos y de ahí los síntomas que se sufren. Es la misma reacción que tiene el sistema inmune cuando se introduce en nosotros cualquier elemento ajeno, lo que hoy conocemos como antígeno. Reacción que asimismo tiene si nuestras propias bacterias se introducen en algún lugar en el que no deben estar. Reacción que igualmente se produce si llegan a un lugar adecuado pero en demasía y rompen el equilibrio natural entre las bacterias del microbioma. No se trataría pues de una reacción «defensiva» sino de una reacción de reequilibrio, de homeostasis. Lo mismo que logran los mal llamados «antibióticos naturales» como el ajo, la cebolla y otros: no son «antibióticos» porque esta palabra significa anti-vida y nada natural en la dosis correcta va contra la vida.

Otra cosa es que se introduzca en nosotros una entidad viva ajena, sea un protozoo, un hongo, un gusano, un piojo o una garrapata. Nosotros no negamos las zoonosis producidas por parásitos pero sí -y de forma rotunda- que enfermedades como la difteria, la meningitis, las hepatitis, la tuberculosis, el SIDA, la gonorrea, las gastroenteritis, el cólera, las neumonías, los resfriados, las gripes o la tosferina -entre otras- sean enfermedades infecciosas causadas por microbios endógenos o virus como viene afirmándose desde hace décadas. Es más, no son contagiosas por lo que los antibióticos, los antivíricos y las vacunas para evitarlas carecen de sentido.

LA IMPORTANCIA DEL MEDIO INTERNO

Y no crea el lector que todo esto son elucubraciones nuestras. Buena parte de ello lo defendieron ya en su día los premios Nobel Rudolf Virchow -el padre de la teoría celular- y Linus Paulingmáximo exponente de la nutrición ortomolecular, el catedrático de Fisiología Claude Bernard -considerado el padre de la medicina experimental europea-, el Dr. Antoine Bechamp -biólogo, químico y doctor en Ciencias y Medicina- y muchos insignes médicos más. Todos ellos se enfrentaron de hecho al fraude de la entonces incipiente Teoría de la Infección con la siguiente sentencia: “En la salud y la enfermedad la presencia del microbio no es importante; lo decisivo es el estado de equilibrio o desequilibrio del medio interno. Lo importante es la homeostasis del medio interno”.

Y aclaro que homeostasis es un concepto que introdujo Claude Bernard y viene a significar el equilibrio de las funciones, sistemas y órganos del cuerpo; algo por cierto equivalente al concepto de la medicina hipocrática tradicional del «equilibrio de los humores». Y es que la enfermedad se consideró durante miles de años el resultado de la ruptura del equilibrio orgánico interno y la «curación» la restauración de ese equilibrio, es decir, de lograr de nuevo la homeostasis. Lo que implica que si una persona está sana y su sistema inmune funciona normalmente ningún microbio endógeno puede llevarlo a enfermar.

No somos pues algunos «herejes» despistados los que afirmamos que la Teoría de la Infección tal como se nos ha enseñado es una farsa. Simplemente nos adherimos y compartimos la opinión de esos ilustres médicos y premios Nobel porque lo que dicen lo avala además nuestra propia experiencia. En mi caso llevo ya 40 años ejerciendo la Medicina y sé muy bien que las presuntas “enfermedades infecciosas” que conocemos como gripe, difteria, meningitis, neumonía y muchas otras no las causan microbios endógenos porque son simple consecuencia de la pérdida de la homeostasis y, por consiguiente, es absurdo afrontarlas usando antibióticos, antivíricos o antisépticos altamente tóxicos que terminarán dañando a nuestros propios microbios y a nuestras células sanas sino tratando de devolver al enfermo el equilibrio orgánico, a su homeostasis interna.

Y, por cierto, el concepto de homeostasis introducido por Claude Bernard es idéntico al que siempre manejó la medicina tradicional o hipocrática practicada en Europa durante cientos de años solo que entonces se le llamaba -como antes he adelantado- “equilibrio de los cuatro humores”. Algo que proviene de la noche de los tiempos porque ya los médicos egipcios, caldeos y griegos afirmaban que el cuerpo humano está compuesto por los cuatro elementos que según postulaban constituyen el universo: aire, fuego, agua y tierra. De hecho consideraban que el organismo humano es un microcosmos con la misma composición que el macrocosmos, que en él rigen las mismas leyes y que es el desequilibrio entre esos cuatro elementos o «humores» lo que nos hace enfermar. Una convicción que, insisto, compartieron todas las medicinas tradicionales: la ayurvédica, la hindú, la china, la tibetana, la musulmana, las americanas… Todas estuvieron de acuerdo en eso hasta que apareció la contradictoria y falsa teoría de que nuestros propios  microbios pueden agredirnos.

¿Y tiene aún sentido hablar de «agua, tierra, fuego y aire»? Pues sí… porque los antiguos utilizaban simplemente la terminología propia de los conocimientos de su época. De hecho la biofísica y bioquímica actuales no han hecho sino confirmar y ratificar la existencia de esos elementos aunque los llamemos de forma diferente. Analicémoslo de forma muy breve:

-Los médicos tradicionales afirmaban que el elemento agua forma parte de nuestro organismo y ahora sabemos que, en efecto, entre el 70% y 80% de nuestro peso corporal es «agua».

-Hablaban del elemento fuego y hoy sabemos que nuestro organismo funciona merced al trillón de microscópicas chispas de fuego orgánico que resultan de la combustión de las moléculas de glucosa en el interior de las mitocondrias celulares; el «fuego orgánico» es una realidad innegable que mantiene nuestro organismo a una temperatura estable y constante de 36º y es el motor de los músculos.

-El elemento aire es obvio: es lo que nos hace vivir al respirar. Además los elementos de los gases recorren nuestras arterias y venas -oxígeno, nitrógeno, anhídrido carbónico…-, están disueltos en el líquido intersticial y expulsamos gases intestinales.

-En cuanto al elemento tierra está presente en forma de carbonatos y fosfatos en la estructura de nuestros huesos, en el oxalato cálcico que se deposita en nuestros riñones y arterias y en la gran cantidad de minerales -hierro, magnesio, sodio, potasio, etc.- que tenemos en todos los órganos sin los cuales la vida es imposible.

Pues bien, los antiguos sabios tenían razón: todas las «enfermedades» se deben al desequilibrio de esos cuatro elementos básicos porque todas se deben o cursan con aumento o disminución de temperatura (fiebre o hipotermia), aumento o disminución de los niveles de oxígeno y anhídrido carbónico, aparición de edemas, encharcamiento o deshidratación, inflamaciones secas o húmedas, desmineralización y osteoporosis, enfisema pulmonar o meteorismo digestivo, aumento o disminución de la presión y el volumen sanguíneo, dermatosis secas o húmedas, formación de cálculos (piedras) renales o hepáticos… Todas las patologías pueden traducirse y/o interpretarse en términos de desequilibrio de los «humores» orgánicos y por eso los médicos tradicionales afirmaban que la enfermedad es el resultado de la pérdida de armonía entre ellos. Algo que asumieron todos los grandes médicos hasta que tras la II Guerra Mundial la industria farmacéutica impuso su aberrante modelo a la sociedad obviando que la causa de cualquier enfermedad es la alteración de la homeostasis interna y no microbios endógenos.

Pérdida de homeostasis que puede deberse a causas de origen interno -entre las que cabe mencionar la mala alimentación, el alcoholismo, las drogas, el estrés, la fatiga, el insomnio, los miedos, enfados, preocupaciones y disgustos, la ansiedad, los traumas psicológicos, las obsesiones…- o externas -la contaminación, la mala calidad del aire que respiramos y del agua que bebemos, las radiaciones electromagnéticas artificiales, los tóxicos y venenos que nos rodean, los climas extremos, los excesos de humedad o sequedad, los parásitos…

GRANDES EPIDEMIAS Y PESTES

Son muchas las personas que en mis charlas me preguntan también a qué se deben entonces las grandes epidemias y qué causó las  pestes que se dice ocasionaron en otras épocas millones de muertes. Y debo decir ante todo que a pesar de las explicaciones oficiales hay aun hoy más preguntas que respuestas. Faltan variables por estudiar y carecemos de experiencia propia porque solo sabemos de ellas lo que algunas personas que ya no viven dijeron al respecto. De hecho la experiencia clínica personal de los médicos actuales es casi nula -y me incluyo- porque no hemos vivido ni asistido a ningún caso. Lo que tenemos de ellas son meras referencias históricas con descripciones bastante imprecisas hechas con nomenclaturas y léxicos muy diferentes a los actuales que describen además cuadros de enfermedad muy variados y diferentes entre sí; algo que hace dudar a cualquier investigador serio de que las descripciones se refieran a la misma enfermedad. Además hay otras explicaciones para aquellas grandes epidemias.

Hablemos por ejemplo de la peste negra o peste bubónica que se dice asoló Europa en el siglo XIV afectando al sistema linfático y provocando inflamación y supuración de los ganglios linfáticos o bubones (de ahí su nombre). ¿Fue una enfermedad infecciosa? Porque todo parece indicar que debió tratarse de algo producido por un tóxico, por envenenamiento medioambiental, ya que el sistema linfático se encarga precisamente  de la limpieza del líquido intersticial. ¿Y qué tóxico o tóxicos? Obviamente no podemos saberlo aunque hace unos años un grupo de vulcanólogos que estudiaba las mayores erupciones volcánicas de la historia descubrió que en el siglo VI el volcán centroamericano Ilopango produjo una mega-erupción que enturbió el cielo de la parte central del Océano Atlántico y algo del Mediterráneo enfriando y humedeciendo mucho la zona; de hecho no hubo verano durante varios  años y las crónicas aseveran que el aire olía a podrido.  Pues bien, coincidió en el tiempo con la epidemia de peste negra que asoló el imperio bizantino y los países del mediterráneo.

Y lo mismo acaeció en el siglo XIV solo que esa vez se debió a la mega-erupción de un volcán islandés que provocó en toda Europa occidental una mini-glaciación con varios años sin verano, mucho frío, humedad excesiva y, en efecto, olor a podrido del aire; algo que hoy sabemos se debió a la presencia de gases sulfurosos. ¿Fueron pues el anhídrido y ácido sulfúricos que pudrieron las cosechas y el pasto lo que llevó a tanto hombres y bestias a enfermar o morir? Pues no cabe descartarlo porque en 1815 se produjo una nueva mega-erupción -esa vez a cargo del volcán indonesio Tambora- que igualmente dio lugar a varios años sin verano, a la pérdida de las cosechas y al envenenamiento del aire apareciendo hambruna y una epidemia de gastroenteritis a la que se llamaría cólera, enfermedad que 60 años después se achacaría sin embargo a un bacilo.

¿Fueron pues esas mega-erupciones las que causaron las epidemias? No puede asegurarse pero lo cierto es que coincidieron en el tiempo, luego…

¿TIENEN OTRA EXPLICACIÓN LAS GRIPES Y LAS INFECCIONES ALIMENTARIAS?

¿Y qué podemos decir de las llamadas “epidemias invernales de gripe”? La gripe la consideraron siempre los médicos tradicionales de todos los tiempos y culturas como una dolencia causada por el frío; por eso aparece normalmente en invierno… o en verano cuando se usa el aire acondicionado. ¿Por qué entonces se achaca hoy a un virus? Porque vamos a decirlo muy claro: no hay nada que avale tal pretensión.

Es más, el «frío» es igualmente la causa de muchos de los casos que se achacan a infecciones alimentarias colectivas; eso sí, de un frío interior digestivo provocado por bebidas y alimentos extremadamente fríos o  helados. Y suelen darse en Occidente porque ¡somos los únicos habitantes del planeta que bebemos líquidos fríos al comer! Los orientales se cuidan muy mucho de ingerir bebidas frías durante las comidas porque -dicen- puede “apagar el fuego de la digestión”. De hecho suelen acompañar sus comidas con bebidas calientes o algún licor. Pues bien, la mayoría de las infecciones alimentarias colectivas se dan en celebraciones, en comidas y banquetes sobreabundantes que a menudo se acompañan ¡con grandes cantidades de bebidas muy frías y postres helados! Y los médicos sabemos bien que un frío digestivo agresivo puede provocar un corte de digestión que, en casos graves, lleva incluso a la muerte. ¿Microbios patógenos como causa? No: corte de digestión ocasionado por frío digestivo.

¿Y LAS ENFERMEDADES VENÉREAS?

Hoy se asume acríticamente que la proliferación de enfermedades venéreas se debe a infecciones pero, ¿es así o se trata de un fenómeno de “biorresonancia energética”?  A la gente puede sorprenderle pero hablo de algo que en realidad conocemos todos. Y pongo un ejemplo: el «contagio» del bostezo. ¿Quién no ha comprobado que si en una reunión alguien bosteza uno o varios de los presentes bosteza igualmente? Es un hecho constatado y podría decirse pues que el bostezo es «contagioso». Y sin embargo es muy dudoso que ese «contagio» pueda haberlo producido un microbio, una sustancia química o una corriente electromagnética. ¿Y entonces? Pues se habría transmitido por “resonancia”. Un fenómeno conocido que explica muchas reacciones físicas -especialmente en el ámbito del sonido-, químicas, electromagnéticas, psicológicas -como la empatía- y energéticas.

Trabajando como alumno interno en un hospital clínico de Valencia fui testigo de un caso muy curioso: un día se presentó un varón con un cuadro complejo ya que padecía náuseas, mareos, alteración de los sabores, hinchazón abdominal, sensación de inseguridad y llanto fácil que además sufría antojos y ginecomastia (aumento del tamaño de las mamas). Los típicos síntomas de una embarazada. Obviamente él no lo estaba pero sí su mujer y, de forma empática, estaba sufriendo los síntomas que ella. Y lo más sorprendente es que en los análisis le salían niveles altos de prolactina y progestágeno. Bueno, pues volví a ver dos casos similares posteriormente. Y hoy es algo conocido que se recoge en la literatura médica. ¿Cuál es la explicación médica o científica? Ninguna. Solo hay hipótesis. Y una de ellas es el fenómeno de biorresonancia.

Hoy sabemos de hecho que el entorno puede afectarnos fisiológicamente y producir cambios orgánicos, bioquímicos y hormonales en nuestros cuerpos. Y hablo de conflictos externos emocionales y mentales. Es más, la visualización de una simple película erótica puede provocar cambios orgánicos, viscerales y hormonales. Y es «contagioso» porque lo pueden vivir todos quienes la estén viendo. Luego el «contagio» no es exclusivo de los microbios. Éste y otros muchos casos son como mucho «contagios por biorresonancia».

Añádase a ello que vivimos en una sociedad erotizada donde se promueve la promiscuidad porque el sexo se ha banalizado y la publicidad machaca a la gente advirtiéndola de potenciales peligros microbianos y se la asusta con todo tipo de «enfermedades venéreas» y entenderemos lo que está pasando. Porque, ¿se contagian por transmisión de microbios endógenos o porque se transmiten químicos tóxicos? A fin de cuentas muchos espermicidas, lubricantes y excitantes son tóxicos. Y ello sin contar con la biorresonancia que, a nuestro entender, puede transmitir sentimientos de culpa, asco, depresión, frustraciones… ¿O cómo cree el público que se explica que los contactos sexuales sean cada vez más desordenados e insatisfactorios? He tratado a lo largo de mi vida a muchas mujeres que tras mantener relaciones sexuales promiscuas e insatisfactorias tienen tal sensación de suciedad y embrutecimiento que ello les impele a ducharse continuamente de manera obsesiva durante días. Y aseguro que esa sensación es de naturaleza psíquica y no producida por infección microbiana alguna. El sexo no es una actividad baladí porque remueve fuerzas atávicas que residen en el fondo de la psique humana. En fin, son numerosos los casos de «contagio» no microbianos.

VACUNAS ABSURDAS

Otro ejemplo de enfermedades infecciosas consideradas peligrosas lo constituyen el sarampión y la varicela; algo manifiestamente ridículo. En mi infancia -y así se hizo durante siglos- cuando un niño padecía cualquiera de esas dos «enfermedades» atraía de inmediato la atención de todos los padres del entorno…. que querían llevar a sus hijos junto a él ¡para que se contagiaran! Los médicos les habían explicado que esos cuadros daban problemas siendo adultos y era mejor pasarlos de niños porque así se vacunaban naturalmente de por vida sin riesgo para su salud futura y los padres de los enfermos aceptaban que otros niños convivieran unas horas o unos días con ellos para «contagiarles».

Hablamos de dos enfermedades que ya entonces se achacaban a virus endógenos que se transmiten por vía aérea pero si fuera así, ¿por qué unos niños se contagiaban estando juntos y otros no? Porque en aquella época apenas se les vacunaba…  ¿Por qué estando en habitaciones cerradas conviviendo y estando éstas supuestamente llenas de virus no se contagiaban todos? ¿No será que el «contagio» se produce por biorresonancia y por eso solo «caían» los  más influenciables y/o receptivos?

¿Y qué decir de la difteria? En 2015 murió un niño en Olot cuyo caso apareció en todas las cadenas de televisión porque se achacó a la difteria, patología achacada a la infección de una bacteria presente en nosotros mismos ¡y hasta en la tierra! Pues bien, la vacuna para prevenirla -la triple vírica contra la difteria, el tétanos y la tosferina (DTP)- se introdujo en España con carácter obligatorio en 1945 aunque no fue hasta 1965 cuando se usó de forma  masiva y sistemática; y se alega que fue tan eficaz que los últimos casos de difteria se registraron en 1987. ¿Y fue así? En absoluto. Lo que pasa es que a partir del uso masivo de vacunas en 1965 empezó a dejar de registrarse como difteria y pasó a hacerse como «amigdalitis aguda» o como «anginas». El cuadro era el mismo y siguió habiendo el mismo número de casos pero ya no aparecían registrados como difteria. ¡Vaya eficacia la de la vacuna! Se cambió el léxico con la que se la definía y todo resuelto. Y diré algo más: el niño probablemente murió porque sus médicos «no habían tratado casos de difteria», ¡solo de anginas y amigdalitis agudas! ¡Como si fueran patologías demostradamente distintas! De hecho para confirmar que se trataba de «un caso de difteria» tuvieron que mandar las muestras  a ser analizadas al Instituto de Salud Carlos III de Madrid porque no hay ya ningún otro -o eso se dijo- que pueda corroborarlo. Y fue posible aplicando una técnica ¡que solo se tiene desde hace poco más de una década! Hecho ante el cual cabe preguntarse cómo fue posible entonces que se diagnosticaran antes casos de difteria ¡si no se tenían medios los medios técnicos actuales! Esperpéntico.

En fin, tengo la impresión de que la incapacidad de la Medicina para explicar las causas de las miles de presuntas enfermedades catalogadas -por eso alega que no pueden prevenirse ni curarse, algo manifiestamente falso en muchos casos- es lo que la llevó a aceptar -tras un inicial rechazo masivo generalizado de los médicos- que nuestros propios microbios pueden enfermarnos. Una falsedad que se convirtió en verdad oficial por imposición de una industria que vio en las vacunas, los antisépticos, los antibióticos, los antivíricos y posteriormente otros muchos «anti-…» un enorme y rentable negocio. Y uno, ingenuamente, no puede dejar de preguntarse cómo ha sobrevivido la humanidad decenas de miles de años en condiciones higiénicas mucho peores a tantas bacterias y virus peligrosos teniendo en cuenta que las vacunas y otros fármacos se inventaron hace apenas unas décadas. ¿Qué opina el lector?

Dr. Enrique Costa Vercher

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