Dos conceptos de salud: holismo frente a mecanicismo

Frente al concepto estático que considera salud y enfermedad como estados opuestos siendo el primero positivo y el segundo algo negativo a combatir, eliminar o sofocar las nuevas investigaciones -especialmente en Biología- están mostrando un concepto dinámico en el que salud y enfermedad son caras de la misma moneda, un fluir permanente que implica equilibrio, momentos de desequilibrio y procesos de reequilibrio. Una visión que supone otra concepción de la Medicina que en lugar de emplear un arsenal tóxico para acabar con microbios, combatir tumores o bloquear síntomas procura comprender globalmente la naturaleza y entender los procesos biológicos en lugar de interferir en ellos. Obviamente se trata de dos concepciones que conducen a diseños totalmente distintos del sistema sanitario y las políticas de salud enfrentándose una de ellas al modelo médico hegemónico, deshumanizado y controlado por la industria impulsando un modelo autosugestionado y holístico en el que la gente recupera el control sobre su salud a nivel individual y colectivo.

CONCEPTOS DE SALUD

En los últimos meses se han multiplicado en los medios de comunicación los ataques irracionales contra las llamadas “medicinas alternativas” llevados a cabo por asociaciones recién creadas tras las que nadie sabe quién está, grupos constituidos por personas que se autodenominan “escépticas” y postulan lo que es o no científico aun cuando la mayoría no son siquiera universitarias, conocidos testaferros al servicio de las grandes industrias sanitarias y hasta dos ministros que se han prestado a perseguir a los «herejes» de la medicina oficial. Todo ello mientras continúan apareciendo en el mundo supuestos “brotes” de enfermedades infecciosas que las autoridades y los médicos habían dado por «desaparecidas» y se usan para obligar a vacunar masivamente a la gente amenazando incluso a los padres con retirarles la custodia de sus hijos si se niegan a arriesgar la salud y vidas de sus vástagos en nombre del «bien común». Estrategia en la que afrontan el razonable miedo de los padres a vacunar a sus hijos dados sus potenciales -y constatados- efectos iatrogénicos con otro miedo demagógico e injustificado: el de que el riesgo de enfermar es mayor para ellos -y si no para ellos para la sociedad en su conjunto- que si no se les vacuna. Algo jamás demostrado que se apoya en meras especulaciones a las que ha querido darse apariencia de «evidencia científica» a pesar de basarse en meras estadísticas fácilmente manipulables y no controladas.

Pues bien, en este debate lo que realmente se están enfrentando son dos conceptos distintos e incluso opuestos de lo que es la salud, la enfermedad, la medicina y, en definitiva, la vida. Y es importante que la sociedad lo entienda porque cómo afrontar eficazmente de verdad una posible disfunción o dolencia -y no solo física- depende de ello.

En primer lugar debe saberse que el concepto de salud que ha servido para definir lo que entendemos por enfermedad determinando el modelo médico -es decir, el tipo de medicina al que acudir para afrontar un problema- y el tipo de sistema sanitario se ha basado en ciencias como la Biología, la Bioquímica, la Botánica, la Farmacología, la Hematología, la Fisiología, la Física newtoniana y cartesiana, la Psicología, la Psiquiatría y, sobre todo, la Estadística y la Epidemiología uniéndose más recientemente la Genética y la Proteómica; sin olvidar por supuesto el papel de la religión. Es todo ello lo que dio lugar al actual paradigma imperante basado en la secuencia ciencias-conceptos de salud y enfermedad-modelo médico-sistema sanitario.

Un paradigma básicamente mecanicista que tiene como referencia el darwinismo, postula una genética determinista y cree que los psicólogos con sus consejos y los psiquiatras y médicos con sus vacunas y fármacos permiten prevenir, recuperar o afrontar todos los trastornos de salud humanos. Se trata pues de un concepto reduccionista y estático de la salud que considera ésta lo opuesto de la enfermedad y concibe el organismo como una máquina y de ahí que lo estudie por partes como si se tratara de un coche o una tostadora. Algo que en cualquier ser vivo es absurdo porque todo está interrelacionado. Esa es de hecho la razón de que sus métodos atenten tan a menudo contra nuestra propia naturaleza, contra nuestros procesos vitales utilizando fármacos que mientras quizás actúen positivamente en un tejido, órgano o sistema pueden hacerlo negativamente a su vez en otros. Porque nuestros tejidos, órganos y sistemas forman partes indivisibles de un mismo conjunto a diferencia de las piezas de un aparato mecánico: éste puede «estropearse» porque fallan una o varias piezas y basta sustituirlas sin que ello afecte negativamente a las demás pero eso no es posible en un ser vivo por mucho que tamaña falsedad se repita hasta el hartazgo. Y sin embargo es este paradigma carente de la más mínima lógica y el tipo de Medicina que propone el que se ha impuesto y preside los sistemas sanitarios públicos y privados. Paradigma que ha llevado a una alarmante ineficacia y de ahí que el sistema médico/sanitario se caracterice hoy por el autoritarismo -hay que imponer las «verdades» médicas oficiales y sus protocolos- y quienes la ejercen se hayan deshumanizado. Y es que es duro afrontar año tras año la muerte de millones de personas en los hospitales mientras son así tratadas.

Su contraparte es lo que conocemos como paradigma holístico. Recordemos que la palabra «holismo» proviene de la palabra griega hólos -que puede traducirse como «todo», «por entero» o «totalidad»- y define una posición metodológica y epistemológica que postula que todos los sistemas -físicos, biológicos, sociales, económicos, mentales, lingüísticos, etc.- y sus propiedades deben ser analizados en conjunto y no a través de las partes que los componen. Pueden obviamente considerarse separadamente pero deben luego analizarse como elementos de un todo integrado y global que es el que determina su comportamiento. En pocas palabras: el holismo considera que el ser humano es mucho más que la simple suma de sus elementos constituyentes y asume además que en todo ser vivo las partes funcionan siempre en sinergia y no aisladamente. El actual reduccionismo científico es pues absurdo, especialmente en Medicina.

Esta constatación es lo que de hecho ha dado lugar a la Nueva Biología -de la que ya hemos hablado en estas páginas- que contempla la vida de modo radicalmente distinto y postula que, contrariamente a lo que se ha afirmado hasta hace poco, la vida no ha evolucionado por competencia sino por cooperación. Hablamos pues de un nuevo paradigma según el cual todos los seres vivos estamos interconectados jugando en él un papel fundamental y vital los microbios por lo que es absurdo y contraproducente combatirlos. Y hablamos de Nueva Biología pero por parecida revisión de dogmas han surgido la Antipsiquiatría y otras formas de entender y afrontar los problemas emocionales y mentales.

Dicho esto conviene denunciar una vez más que es incorrecto y falaz referirse a la actual Medicina convencional alopática, farmacológica e industrial -que algunos llaman pomposamente científica pero solo es la «oficial» porque es la hegemónica y dominante- como “medicina tradicional”. La propia Organización Mundial de la Salud (OMS) explica que «la medicina tradicional es todo el conjunto de conocimientos, aptitudes y prácticas basados en teorías, creencias y experiencias indígenas de las diferentes culturas -sean o no explicables- usados para el mantenimiento de la salud, así como para la prevención, el diagnóstico, la mejora o el tratamiento de enfermedades físicas o mentales». Y se refiere básicamente a la Medicina Tradicional China, al Ayurveda o Medicina ayurvédica originada en la India, a la Medicina Egipcia, a la Medicina greco-árabe o Unani, a la Medicina Tradicional Andina y a la Medicina Kallawaya preincaica.

Tales son las medicinas «tradicionales» a las que hay que añadir las a veces mal llamadas medicinas «complementarias» y «alternativas» estando entre las que así se consideran la Medicina Holística, la Naturopatía, la Homeopatía, la Medicina Antroposófica, la Nutrición Ortomolecular, la Osteopatía, la Terapia Sacrocraneal, la Quiropráctica, la Reflexología, la Auriculomedicina, la Anatheóresis, las Flores de Bach, la Microinmunoterapia, la Gestalt, la Neuralterapia, la Quelación, la Apiterapia, la Aromaterapia, la Ayunoterapia, el Biomagnetismo, el Par Biomagnético, la Bioneuroemoción, la Biopuntura, la Cristaloterapia, la Cromoterapia, la Dianética, la Dieta alcalina, la Dieta Macrobiótica, el EMDR (desensibilización por medio de movimientos oculares), la Helioterapia, la Hidroterapia de Colon, la Hipnoterapia, la Iridología, la Homotoxicología, la Moxibuxtión, la Nueva Medicina Germánica, la Odontología Biológica y Neurofocal, la Oligoterapia, la Urinoterapia, la Ozonoterapia, la Programación Neurolingüística (PNL), el Psicoanálisis, la Psicología Transpersonal, el Reiki, el Shiatsu, la Radiónica, las “terapias láser”, las constelaciones familiares y otras muchas. Gran parte de las cuales, por cierto, apoya la propia OMS aunque algunos ignorantes sin conocimientos y muy pocos escrúpulos califiquen a todas ellas de “pseudociencias”, “pseudoterapias” e incluso “mágicas” o “esotéricas». Increíble papanatismo. 

LA OBSOLETA BIOLOGÍA MECANICISTA

Claro que no menos increíble es que la Biología que aún se estudia en los institutos y universidades -al menos en España- fue concebida en la primera mitad del siglo XIX bajo la influencia del economista Thomas Malthus y el naturalista Herbert Spencer, firmes defensores de la desigualdad, el racismo y la ley del más fuerte. Ideas que tanto Charles Darwin (1809-1882) como sus seguidores aplicarían luego a la Biología pretendiendo explicar la evolución como resultado de una lucha permanente entre especies e individuos de la misma especie en la que triunfaba «el más apto».

Lo grotesco es que todos ellos tergiversaron las ideas del naturalista francés Jean-Baptiste Pierre Antoine de Monet de Lamarck (1744-1829) que fue quien en su obra Filosofía Zoológica -publicada en 1809, cincuenta años antes de El origen de las especies de Darwin- expuso por primera vez una teoría integral de la evolución explicando los cambios orgánicos como el resultado de dos hechos: la necesidad biológica de adaptarse al medio ambiente y la constatación de que las formas sencillas terminan siendo con el tiempo más complejas. En pocas palabras: Darwin no fue quien postuló la teoría de la evolución de las especies y lo que hizo fue aprovecharse de lo planteado por este naturalista francés para dar apariencia de originalidad a lo que decía; algo que explica por qué el botánico, arqueólogo, geólogo, médico y sacerdote irlandés Samuel Haugton (1821-1897) dijo sobre la obra El origen de las especies que “todo lo que había en ella de nuevo era falso y todo que había de cierto era viejo”.

Hoy sabemos también que el libro de Darwin sirvió para dar refrendo científico a las ideas eugenésicas de su primo Francis Dalton y que sus hijos terminaran siendo líderes del movimiento eugenista llegando uno de ellos a ser presidente de la Eugenics Education Societys de Londres.

Hablamos en suma de planteamientos retrógrados que llegaron a inspirar en diversos países leyes de «mejoramiento de la raza» y culminaron con los horrores del nazismo al haberse asumido una concepción de la Biología que poco o nada tiene que ver con la vida y su maravillosa complejidad. 

LA GENÉTICA DETERMINISTA DE MENDEL

El otro pilar del paradigma mecanicista se debe a otro usurpador: George Mendel. Y es que hoy sabemos que las famosas Leyes de Mendel ni son suyas ni las descubrió haciendo experimentos con guisantes en 1866. Las postuló en 1916 el genetista estadounidense Thomas Hunt Morgan como argumento retórico en una discusión sobre transmisión de genes a pesar de lo cual Mendel ha pasado a la historia como arquetipo del científico ideal que llevó a cabo minuciosos y rigurosos experimentos para obtener sus conclusiones pero ni fue así ni, como acabamos de decir, formuló las leyes que llevan su nombre.

Ya en 1936 se publicó en Annals of Science un artículo denunciando que «los datos de la mayoría de los experimentos de Mendel -si no de todos- habían sido falsificados para hacerlos coincidir fielmente con sus previsiones”. Y de hecho posteriores revisiones de los cuadernos de trabajo de Mendel demostraron que el 95% de sus observaciones no encajaban con el modelo estático del funcionamiento de la herencia que quería demostrar. Lo han puesto de manifiesto autores como Federico di Trocchio en su artículo Mendel´s experimenta: a reinterpretation (Los experimentos de Mendel, una reinterpretación) publicado en 1991 en Journal of the History of Biology, la bióloga Mae Wan-Ho -citada en el artículo de di Trocchio- y, más recientemente, el profesor Máximo Sandín en su artículo La falacia de los genes en el comportamiento humano publicado en el libro Orígenes, tipos y manifestaciones de la agresividad y la violencia editado en 1999 por la Junta de Extremadura. Según explica en él los descubrimientos de Mendel «fueron simplemente rechazados porque no eran reproducibles en su totalidad y porque no explicaban procesos más complejos que ya eran conocidos; pero también porque los científicos dedujeron, acertadamente, que Mendel había falsificado sus resultados”. Y añade: “Ahora sabemos que lo que los padres trasmiten a sus hijos no son genes individuales sino trozos de cromosoma (…), que la expresión de los genes está controlada y modificada por más de 20.000 proteínas que a su vez se autorregulan entre sí, que una gran parte de los genomas están formados por elementos móviles y que la mayoría de los caracteres biológicos están condicionados por varios conjuntos de genes que interactúan entre sí”.

Y si a esto le sumamos la recientísima investigación que ha acabado con el propio concepto de gen la conclusión es simple: lo que se dice que descubrió Mendel es tan falso como lo que postuló Darwin; y lo peor es que fue la visión reduccionista, egoísta, belicista y mecanicista de la vida derivadas de las ocurrencias de Darwin y las mentiras de Mendel lo que llevó a la visión que aún se tiene de los seres vivos y, por extensión, de la salud y la Medicina. Visión que se impuso definitivamente al descubrir en 1953 James Watson y Francis Crick la doble hélice de la molécula de ácido desoxirribonucleico (ADN) y afirmar que se trataba nada menos que ¡del manual de instrucciones de la vida! Aseveración asumida acríticamente que haría que a partir de ese momento la gran mayoría de la investigación se centrara en el núcleo de la célula y el ADN obviando tanto su enorme complejidad como la influencia del entorno.

LA SANIDAD CONTRA LA SALUD

Es pues aterrador que tal paradigma mecanicista impere hoy en todos los sistemas sanitarios del mundo reduciendo a los seres vivos a lo material, palpable y cuantificable. Aún más, es lamentable que haya llevado a una visión belicista de la vida y que los médicos «modernos» se empeñen en «luchar» contra la enfermedad y en «atacar«, «combatir» y «aniquilar» microbios y células «malignas» con todas sus «armas» ampliando cada vez más su «arsenal» terapéutico; estando siempre dispuestos a «abrasar» o «quemar» -es decir, a radiar- hasta los propios tejidos, algo asumible en las «guerras» como «inevitables efectos colaterales«.

¿El resultado? Obviaron afrontar los desequilibrios funcionales activando simplemente los procesos vitales que la naturaleza ha puesto a nuestra disposición para conservarlos o recuperarlos. Y de ahí la cantidad de fármacos “anti” que se recetan por cientos de millones en todos los sistemas sanitarios: antipiréticos, antitusígenos, antiálgicos, antihistamínicos, antiagregantes, antieméticos, antiinflamatorios y, por supuesto, viricidas y antibióticos. Palabra ésta última, por cierto, que en su propia denominación concentra la absurda lógica que criticamos ya que “anti-biótico” significa “anti-vida y cualquier persona debería hoy saber que los antibióticos bloquean procesos vitales y pueden tener consecuencias negativas muy graves aunque no se perciban de inmediato.

Claro que la hegemónica medicina farmacológica actúa desde sistemas sanitarios controlados por las grandes industrias sanitarias que están al servicio de poderosos grupos de poder económico, académico y político. 

LOS SISTEMAS SANITARIOS ESTÁN DOMINADOS POR LA MEDICINA INDUSTRIAL

El actual modelo médico tiene su origen en el siglo XVIII cuando la ciencia empezó a sustituir a la religión y la autoridad médica definió y clasificó las disfunciones como “enfermedades” adjudicándose la capacidad de actuar contra ellas. Posteriormente, durante el siglo XIX, el pensamiento mecanicista surgido de la Ilustración y la gestación de la industria farmacéutica impulsarían el triunfo de la Teoría Microbiana que, sin evidencias científico-médicas, se impuso iniciando primero la guerra contra las bacterias mediante el empleo sistemático de antibióticos, modelo que se consolidó en el siglo XX tras la II Guerra Mundial al lograr las multinacionales farmacéuticas hacerse con el control de la formación, la información, la investigación y los servicios sanitarios. De hecho la industria se introdujo en los principales medios de comunicación de masas, en las revistas sanitarias, en las instituciones académicas, en las universidades, en las asociaciones científicas, en los colegios médicos, en las asociaciones de usuarios y enfermos, en las agencias de regulación de vacunas y medicamentos, en los principales organismos nacionales e internacionales -incluida la Organización Mundial de la Salud (OMS)- y en los propios gobiernos de los países más influyentes.

Y lo insólito es que el dogma central de este tipo de medicina industrial es la Teoría Microbiana, basada en una hipótesis nunca confirmada: que la mayor parte de las llamadas enfermedades las causan bacterias y virus, grupo de «enemigos» que ampliarían luego a los protozoos, los hongos unicelulares y unas «proteínas mutadas» a las que llamarían priones. Paradigma que permitió que la sociedad -mayoritariamente lega en estos asuntos- aceptara luego que tales ataques de enemigos externos podían prevenirse -para lo cual inventaron las vacunas- o combatirse si «invadían nuestro territorio interior» y se comercializaran antibióticos, antivíricos, antifúngicos y antiprotozoarios (aun no han sacado presuntos «antipriónicos»). Todo lo cual contribuyó a la masiva industrialización de la medicina y a la creación de productos tóxicos cuyos principios activos invaden hoy nuestras aguas y tierras contaminando lo que bebemos e ingerimos.

Y decimos insólito porque ya hemos explicado en más de una ocasión que la teoría microbiana de las enfermedades postulada por Luis Pasteur y apoyada por el doctor Robert Koch no se sostiene. Así lo explicamos en el reportaje que con el título ¿Se justifica la Teoría Microbiana de la enfermedad? publicamos en el nº 129 -correspondiente a julio de 2010- y puede consultarse en nuestra web: www.dsalud.com. Y es que los trabajos científicos que apoyan la Teoría Microbiana de las enfermedades ¡no existen! Constátelo entrando en PubMed -motor de búsqueda que accede a 4.800 revistas de 70 países- y verá que no los hay. 

UN MODELO MÉDICO REPRESIVO

Los sistemas sanitarios dominados por este modelo médico-industrial colocaron además a los médicos en una posición de autoridad arrebatando a los enfermos su capacidad para decidir sobre su propia salud y su vida; de hecho si se les llama «pacientes» es porque deben tener infinita paciencia para no soliviantarse con los médicos que les atienden. Una posición de dominio y poder que últimamente se intentó modificar obligándose formalmente a los médicos a informar de todas las opciones de tratamiento a sus pacientes y a que firmen un «consentimiento informado» de que antes se les han explicado detalladamente todos sus potenciales riesgos. Solo que los médicos lo utilizan hoy para evadir cualquier responsabilidad legal y profesional y en muchas ocasiones lo usan incluso como «amenaza» diciendo al paciente que o lo firma o ya se está buscando otro médico.

Y si actúan así es porque se saben respaldados por sus colegios médicos, las autoridades sanitarias y hasta muchos jueces y magistrados. A fin de cuentas la práctica totalidad de los sistemas sanitarios del mundo obedece las consignas que marcan las agencias del Departamento de Salud estadounidense entre las que destacan la del medicamento –FDA por sus siglas en inglés- que autoriza los fármacos y alimentos que pueden comercializarse y los Centros para el Control de las Enfermedades (CDC por sus siglas en inglés) que marcan los criterios de definición, diagnóstico y tratamientos de las «enfermedades». Pero todo ello ya lo explicamos también en el artículo que apareció en el nº 128 -correspondiente a junio de 2010- con el título La política sanitaria mundial la determina un grupo de agencias estadounidenses y puede leerse en nuestra web: www.dsalud.com.

Todo ello explica por qué los médicos actúan con superioridad, paternalismo y condescendencia y procuran mantener apartada a la gente de los conocimientos básicos sobre salud molestándoles de forma visceral que algún paciente le comente lo que ha leído en Internet sobre lo que le pasa.

Como explica que la industria, para contrarrestar lo que postula la Psicología, creara la Psiquiatría a fin de asegurarse de que cualquier problema menor de comportamiento pasase a considerarse un problema «preocupante» que requiere ser tratado con fármacos (que encima son tan ineficaces como iatrogénicos).

Tal es, de forma resumida, el paradigma estático o mecanicista; abordemos pues ahora el paradigma dinámico.

«UNA NUEVA BIOLOGÍA PARA UNA NUEVA SOCIEDAD»

Así titula uno de sus artículos el biólogo y ecólogo Máximo Sandín, figura de referencia de la Nueva Biología que desde la década de los setenta del pasado siglo XX y retomando la visión de Lamarck comenzó a estudiar cómo se relacionan entre sí los componentes de la célula y ésta con su entorno sentando las bases de la Epigenética que impulsó un enfoque dinámico de la Genética que hizo saltar por los aires el viejo concepto mecanicista. Hasta el punto de que para ser correctos y honestos habría incluso que dejar de utilizar el término “genética” puesto que éste deriva de la palabra “gen”, un concepto que ha quedado obsoleto. A fin de cuentas la Nueva Biología nos muestra que los microbios no solo no son patógenos agresivos sino que son los protagonistas del origen y evolución de la vida así como de los procesos vitales y de equilibrio de nuestro medio interno y del planeta; lo explica en detalle en su web el profesor Máximo Sandín –www.somosbacteriasyvirus.com– que de hecho forma parte de un grupo de investigadores y científicos de todo el mundo que postula una tercera vía entre el Creacionismo y el Neodarwinismo al tener en cuenta cuestiones como la simbiogénesis, la transmisión horizontal de ADN, la acción de elementos móviles en el gnomo y las modificaciones epigenéticas (su fundamento puede consultarse en www.thethirdwayofevolution.com).

Una tercera vía que tiene en cuenta algo fundamental: son los microorganismos los que conectan el mundo orgánico y el inorgánico haciendo posible la vida. De hecho son bacterias las que purifican el agua, reciclan los productos de desecho y las sustancias tóxicas, regeneran los suelos y los ecosistemas marinos y terrestres, posibilitan la utilización del nitrógeno por las plantas… Más aún: todos los gases de la atmósfera son producidos por el metabolismo de diferentes tipos de bacterias. Podemos incluso decir que las bacterias “hablan” entre sí fabricando “palabras” químicas que reconocen y les sirven como consignas para llevar a cabo acciones de grupo.

Es más, en nuestro organismo viven al menos diez bacterias y cien virus por cada célula. Virus que según el profesor Sandín habrían tenido siempre un papel clave en la transferencia de información genética entre especies a lo largo de la evolución y se ocuparían aún hoy del mantenimiento del equilibrio entre las especies del plancton marino y muy posiblemente de los suelos terrestres al unirse a la multitud de pequeños seres vivos a los que llama «los ingenieros del ecosistema” -lombrices, termitas, hormigas y raíces vegetales- pues serían los que se encargan de producir los recursos que aprovechan los otros seres vivos. Formarían pues parte de la compleja cadena en la que estamos todos los seres vivos.

Sandín asegura asimismo que en nuestro microsistema interno los virus juegan un papel fundamental pues la inmensa mayoría de los genomas -tanto vegetales como animales- está formada por virus endógenos, elementos móviles y secuencias repetidas derivadas de virus; de hecho constituyen lo que hasta hace muy poco se consideraba ¡el ADN basura!

LA SIMBIOSIS EN EL ORIGEN Y EVOLUCIÓN DE LA VIDA

Cabe agregar que en los años sesenta del pasado siglo XX la bióloga estadounidense Lynn Margulis dio un paso más en esta visión cooperativista de la vida al plantear que la clave de la evolución ¡no es la confrontación sino la simbiosis! La Simbiogénesis postula que hace unos cuatro mil millones de años se produjo una primera fusión de arqueobacterias fermentadas -que utilizaban azufre y el calor del sol como fuente de energía- con espiroquetas -unas bacterias nadadoras- siendo ello lo que dio lugar a la primera célula eucariota con núcleo, base de los hongos y de todas las células vegetales y animales.

Luego, en una segunda fusión, se incorporarían bacterias capaces de obtener la energía mediante el uso del oxígeno; bacterias que serían las antecesoras de las actuales mitocondrias que generan la energía en las células animales y humanas. Finalmente, en una tercera fusión, se agregarían las cianobacterias aportando la fotosíntesis y dando lugar a las plantas. Fusiones que se desarrollaron en un microentorno similar al océano primigenio en el que vivían las bacterias: nuestro «océano» interno.

Todo lo cual llevaría a Lynn Margulis a formular una llamativa tesis: todos los seres vivos estamos conectados por una red bacteriana. Una propuesta que podría explicar el hecho de que en 2008 se descubriera en la selva amazónica un pueblo de origen yanomami que no había tenido nunca contacto con el exterior cuya diversidad de especies bacterianas era el doble de la de los estadounidenses si bien lo más sorprendente fue que a pesar de su aislamiento y de que el dispensario médico más cercano se encontraba a dos semanas a pie entre montañas ¡sus bacterias habían desarrollado resistencia a antibióticos sintéticos de última generación con los que nunca habían estado en contacto!

El médico alemán Heinrich Kremer relacionaría por su parte la simbiogénesis con el papel clave de las mitocondrias y las funciones de nuestro océano interno con el erróneamente llamado “sistema inmunitario». Kremer recuerda que el fisiólogo alemán Otto Heinrich Warburg -Premio Nobel de Medicina en 1931 por el descubrimiento de la naturaleza y el modo de acción de la enzima respiratoria- ya explicó en su obra El metabolismo de los tumores que algunas células producen energía no en las mitocondrias sino en el citoplasma de la célula; y no utilizando oxígeno sino los productos de degradación de la glucosa. Es decir, que producen la energía del mismo modo en el que lo hacían nuestras antiguas bacterias. ¡Lo mismo que hacen las células cancerosas! De lo que cabe deducir que cuando se rompe la simbiosis celular, cuando se altera la convivencia interna, las células que no reciben suficiente oxígeno y nutrientes ponen en marcha un programa de supervivencia y proceden a dividirse rápidamente.

El mismo programa natural que las células utilizan cada vez que se dividen para proteger la información genética y el que utiliza el feto en formación reproduciendo todo el proceso de la evolución en pocos días. Algo que regula la información genética de las arqueas y bacterias integradas en el genoma celular.

Y aclaremos que cuando hablamos del “océano interno” nos referimos al líquido intersticial en el que flotan nuestras células cuya composición es similar a la del agua de mar. Líquido también conocido como «sistema básico de Pischinger» en honor del médico, histólogo y embriólogo austriaco considerado el «padre de la Histoquímica» Alfred Pischinger. Pues bien, este líquido intersticial -a través del cual se  eliminan los materiales de desecho, entre ellos los restos de cuatrocientos mil millones de células que se calcula mueren dentro nuestro cada día-, conecta todos los sistemas y órganos modulando las reacciones químicas y eléctricas y controla el pH. Es pues el principal encargado de mantener la homeostasis, el equilibrio dinámico de nuestro medio interno que hace posible las buenas relaciones entre todos los seres vivos que habitan en armonía en nosotros. Puede pues llamársele igualmente el Sistema de Regulación de la Simbiosis.

LA SIMBIOSIS EMPIEZA EN EL FETO

Hasta hace poco se creía que el feto era estéril y entraba por primera vez en contacto con microbios en el conducto vaginal durante el parto y, posteriormente, a través de la leche materna pero investigaciones publicadas en 2013 demuestran que la madre ya le transmite poblaciones microbianas estando en el útero. De hecho se han encontrado bacterias en la placenta, el cordón umbilical, el líquido amniótico, las membranas y el meconio.

Según publicaron en agosto de 2013 en PLOS Biology los investigadores L. J. Funkhouser y Seth Bordenstein la contribución microbiana materna a la información genética de un hijo es del 99%. Y de ahí que en su artículo Mom knows best: The Universality of Maternal Microbial Transmisión (Mami lo sabe mejor: la universalidad de la transmisión microbiana materna) digan que «la transmisión microbiana materna debería contemplarse como un mecanismos adicional de gran importancia en los cambios genéticos y funcionales de la evolución humana. De modo similar a las mutaciones nocivas en nuestro código genético las alteraciones de la adquisición microbiana materna durante la infancia podrían ‘mutar’ la composición de la comunidad microbiana provocando interacciones inadecuadas huésped-microbio que podrían ser perjudiciales durante el desarrollo. La transmisión materna es pues un factor clave en la conformación de la estructura del microbioma en las especies animales a lo largo de la evolución (…) Por tanto, las implicaciones de la transmisión microbiana materna tanto interna como externa representan un cambio de paradigma para las ciencias básicas y biomédicas”.

Y es que ahora sabemos que las primeras poblaciones de microbios llegan al feto a través de la sangre y proceden de la boca de la madre, del interior de sus mamas y del útero sumándose posteriormente las que se transmiten durante el parto vaginal -y de ahí los inconvenientes de una cesárea- y luego mediante el contacto con la piel de la madre y a través del calostro de la leche; de hecho ésta contiene más de 700 especies bacterianas cuyas funciones en muchos casos son aún desconocidas aunque probablemente tengan relación con los mecanismos de equilibrio y convivencia que caracterizan a la simbiosis. Es más, la leche materna es casi como un segundo cordón umbilical que estimula la maduración de los órganos desarrollados en el útero aportando hormonas, factores de crecimiento, células madre para emergencias, linfocitos T para su uso a largo plazo, compuestos antiinflamatorios naturales y factores neurotróficos -necesarios para la maduración de los sistemas nervioso y neuronal- así como todo lo necesario para la simbiosis de células, enzimas, citoquinas y prebióticos con las bacterias adquiridas. Simbiosis que viene a requerir unos dos años para ponerlos a punto mediante un entrenamiento que abarca a todos los sistemas; entre ellos el mal llamado “sistema inmunitario” que no es un ejército defensivo sino un regulador de la convivencia en el medio interno.

Entrenamiento que a veces da lugar a fiebre, molestias, dolor de cabeza y otros síntomas que los médicos consideran erróneamente “enfermedades bacterianas”. Grave error de apreciación que lleva al uso de antibióticos, vacunas, vitaminas sintéticas, fármacos y nutrición inadecuada a base de leches artificiales que alteran la homeostasis del bebé, obstaculizan su proceso de maduración interna y sientan a menudo las bases de futuros problemas: alergias, asma, inmunodeficiencias, autoinmunidad, enfermedades «raras»…

CULTIVAR LA SALUD: APRENDER Y DECIDIR

En suma, la Biología mecanicista y la Genética determinista dieron lugar a un concepto de salud estático que sostiene la actual medicina industrializada, reduccionista y fundamentalmente farmacológica que domina los actuales sistemas sanitarios, contraproducentes para la salud, deshumanizados y autoritarios.

La Nueva Biología y otras ciencias conectadas con ella han llevado en cambio a una revisión y transformación profunda de los conceptos de salud, enfermedad, genética, sistema inmune y otros muchos y propugna un nuevo enfoque de la Medicina que favorezca los procesos vitales naturales y respete y colabore con la naturaleza para cumplir la vieja máxima -lamentablemente olvidada- de Primum non noceré (Lo primero, no dañar). Esta concepción y el creciente protagonismo de colectivos ciudadanos más conscientes y mejor informados sobre salud -tanto la humana como la del planeta- favorecerá sin duda un cambio radical que permita a la gente adquirir hábitos de vida saludables y recurrir a tratamientos no medicalizados.

Jesús García Blanca

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