Carlos De Prada: «La inacción de las autoridades frente a algunos riesgos de los pesticidas es inaceptable»

Los miles de químicos presentes en todo tipo de productos que se comercializan sin haberse probado previamente su inocuidad constituyen ya un enorme problema de salud pública que no quiere afrontarse. Siendo especialmente grave el uso de los denominados disruptores endocrinos, compuestos químicos que afectan negativamente al sistema endocrino, conjunto de tejidos y glándulas encargadas de segregar las hormonas -adrenalina, noradrenalina, insulina, glucagón, melatonina, estrógenos, progesterona, testosterona, etc.- que establecen la red de intercomunicación celular encargada de controlar la intensidad de las funciones químicas de las células, regular el transporte de sustancias a través de sus membranas y, sobre todo, de lograr la homeostasis del organismo. Pues bien, acaba de aparecer un libro dedicado al tema y hemos conversado de él con su autor, Carlos de Prada.

PESTICIDAS

Comunicador especializado en temas ambientales Carlos de Prada es Presidente del Fondo para la Defensa de la Salud Ambiental (FODESAM) -entidad que pretende concienciarnos de los efectos de la creciente contaminación química a través de la web www.fondosaludambiental.orgy colaborador habitual de numerosos medios de comunicación en los últimos 25 años -desde la cadena Cope a El Mundo pasando por TVE- habiendo sido galardonado por la Organización de Naciones Unidas (ONU) con el Premio Global 500 por su labor en defensa de la naturaleza, con el Premio Nacional de Medio Ambiente, con el Premio Castilla y León de Conservación de la Naturaleza y con el Premio Internacional Vida Sana. Es asimismo autor de varios libros sobre el tema como Políticos y empresarios contra la naturaleza: el negocio verde, Manual de Aves de España y Europa, Anti-tóxico: vive una vida más sana, Paraísos perdidos, Tierra quemada, S.Q.M. Sensibilidad Química Múltiple: el riesgo tóxico diario, Hogar sin tóxicos, La Epidemia Química y, finalmente, Alimentos con residuos de pesticidas alteradores hormonales recientemente publicado por la Fundación Vivo Sano, razón por la que hemos querido hablar con él de nuevo (la anterior entrevista apareció en el reportaje que con el título Los tóxicos medioambientales, responsables de uno de cada cinco cánceres apareció en el nº 187 y puede leerse en nuestra web: www.dsalud.com).

Cabe añadir que Carlos de Prada dirige además la campaña internacional Hogar sin tóxicos puesta en marcha por la Fundación Vivo Sano, organización independiente de iniciativa privada sin ánimo de lucro orientada a promover hábitos saludables y a fomentar un nuevo modelo de atención sanitaria basado en la medicina integrativa que viene reclamando desde 2013 a las autoridades que se actualicen los criterios toxicológicos vigentes en función del conocimiento científico y se tenga de una vez en cuenta el «efecto cóctel» que produce la exposición múltiple a estas sustancias. En pocas palabras, su nueva obra se centra en el peligro que para la salud comportan los pesticidas masivamente utilizados en la agricultura, especialmente los que actúan como disruptores endocrinos alterando las hormonas. Grave problema al que hemos dedicado amplio espacio en la revista sin que nuestras denuncias -y las de otros- hayan hecho reaccionar a las autoridades sanitarias en años. Fuimos pues directos al grano:

-Hace ahora dos años nos dijo usted que las administraciones públicas saben perfectamente cuáles son los peligros de las sustancias químicas tóxicas que nos invaden y lo que hay que hacer pero que no mueven un dedo agregando que se trata de “una dejación de responsabilidades intolerable». Díganos para empezar: ¿ha mejorado a su juicio la situación?

-En absoluto. La situación sigue estando muy mal. Un ejemplo de ello es lo que sucede con los pesticidas. En un alto porcentaje de las frutas y verduras que consumimos hay residuos de esas sustancias, consecuencia del uso generalizado de insecticidas, fungicidas, herbicidas y otros venenos sintéticos en la agricultura convencional no ecológica. Las autoridades lo saben y no lo niegan pero presentan los resultados diciéndonos que no debe preocuparnos porque se hallan a concentraciones muy bajas y cumplen con los límites legales, los llamados Límites Máximos de Residuo. Niveles que según las autoridades sanitarias marcarían la frontera entre lo seguro y lo inseguro. Y como muchas personas creen lo que les dicen tales autoridades millones de ellas se siguen exponiendo cotidianamente a esas sustancias sin hacer nada por evitarlo. Pues bien, en el libro-informe que acabo de publicar mostramos una serie de hechos -muy evidentes y claros- que ponen en entredicho su aparente seguridad incluso a los niveles legales. Especialmente los pesticidas que actúan como disruptores endocrinos, esto es, sustancias capaces de alterar el equilibrio hormonal del organismo de los seres vivos.

Y nada de lo que digo es una opinión personal. Lo que presento en el libro es lo que han constatado en los últimos años miles de investigadores a lo largo y ancho del planeta; yo me he limitado a agrupar las conclusiones de esos trabajos e informes y a hacerlas comprensibles para cualquiera. Las autoridades se están negando pues a asumir lo que dicen miles de investigaciones científicas sobre los riesgos de esas sustancias. Incluso llegan en ocasiones a afirmar, con un aplomo inaudito, que no hay riesgo alguno. Aparentando una certeza plena que no se corresponde con lo que dice la comunidad científica.

-¿Cita usted en el libro cuáles son los disruptores endocrinos más peligrosos?

-Doy los listados de pesticidas que son o pueden ser disruptores endocrinos según lo que ha publicado la comunidad científica. También resumo lo que se ha publicado sobre qué efectos podrían tener sobre la salud y los defectos de las normas y controles que deberían protegernos. Y, por supuesto, propongo una serie de medidas que deberían tomarse para proteger adecuadamente la salud de la población; desde la prohibición de esas sustancias a exigir que deje de darse sobre ellas información errónea que traslade una falsa sensación de seguridad. Propugno en definitiva dejar de usarlas cuanto antes e iniciar la transición hacía la agroecología.

-¿Cómo actúan en general los disruptores endocrinos?

-Nuestro sistema endocrino regula funciones básicas del organismo y funciona por los mensajes químicos de una serie de hormonas que actúan normalmente a niveles bajísimos de concentración. Por eso es un sistema extraordinariamente vulnerable ante la presencia de aquellas sustancias contaminantes que, como sucede con las disruptoras endocrinas, pueden imitar, bloquear o alterar de muy diversas maneras esos mensajes químicos hormonales. Los efectos pueden producirse aunque estas sustancias estén a concentraciones muy bajas y dada la gran cantidad de procesos del organismo que tienen que ver con las hormonas el número de posibles desarreglos que pueden provocar es enorme. Especialmente si la exposición a esas sustancias se produce durante momentos críticos del desarrollo como los que se dan durante el embarazo. Durante la gestación se están formando todos los órganos y cualquier perturbación puede causar una larga serie de problemas. Es especialmente importante destacar que la comunidad científica duda de que realmente pueda existir un umbral seguro, por baja que sea la concentración. Los disruptores endocrinos son más bien considerados sustancias sin umbral seguro claro, algo que choca abiertamente con que las autoridades establezcan niveles legales supuestamente «seguros».

-Pues los mensajes oficiales sobre su seguridad son constantes y reiterativos…

-Los métodos que se aplican oficialmente para evaluar el riesgo de las sustancias químicas -y es algo que dicen los informes sobre el tema de la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) haciéndose eco de lo que dice la comunidad científica- no sirven para evaluar adecuadamente los peligros de esas sustancias. Se está aplicando una toxicología oficial obsoleta -muy del gusto de la industria- que parte de presunciones de hace siglos como ésa tan simplona de que «a más dosis más efecto» cuando, por las peculiaridades del sistema endocrino, se ha visto que una sustancia puede incluso, en algún caso, para algunos tipos de efectos, tener mayores consecuencias a una dosis más baja que a una más alta. Además las concentraciones de esos contaminantes -por bajas que sean- vienen a sumarse a los niveles de hormonas naturales que ya tenemos en el cuerpo de modo que pueden activarse efectos a veces por la presencia de unas pocas moléculas.

-¿Por qué los sistemas de evaluación de riesgos que se usan no son adecuados hoy?

-Por varias razones pero una de las más claras es que no tienen en cuenta el llamado «efecto cóctel»; algo muy grave. Se está evaluando el riesgo de que nos expusiésemos a un solo pesticida aislado en un momento dado. Sin embargo en la vida cotidiana real no solemos exponernos a una sola sustancia aislada. La verdad es que es muy frecuente que en una sola pieza de fruta -como una pera, fresa, manzana…- pueda haber al mismo tiempo 5, 10 o más pesticidas diferentes. Es lo que muestran los propios informes oficiales que se publican regularmente acerca de la presencia de esos residuos de insecticidas, herbicidas y fungicidas en nuestros alimentos. Se sabe que pesticidas que aisladamente parecen no producir efectos pueden producirlos -sumando o incluso multiplicándolos- cuando actúan combinadamente. Es escandaloso que el riesgo que se evalúe -y tampoco demasiado bien por cierto- sea el de una situación que no suele darse en la vida real mientras no se evalúa el riesgo de aquello a lo que realmente se exponen millones de ciudadanos como es esa compleja y variable mezcla de sustancias. Pensemos además que no solo es que pueda haber varios pesticidas en una sola pieza fruta o verdura sino que una persona, a lo largo de un día, no va a ingerir una sola pieza de fruta o verdura sino una combinación de ellas y de otros alimentos cada uno de los cuales, a su vez, podrá tener sus respectivos residuos de otros pesticidas. Imagínese la cantidad de sustancias posibles que se van sumando al cóctel. Pero además en el cuerpo puede haber, al mismo tiempo, otra infinidad de sustancias contaminantes que no son pesticidas pero pueden también tener efectos combinados con ellos. Todo esto se obvia en las evaluaciones de riesgo trasladando con ello una falsa sensación de control.

Y ése es solo uno de los errores de los sistemas de evaluación. Hay otros, no menos importantes, que se desgranan en el libro. Por ejemplo, en lugar de analizar debidamente los posibles efectos -como los de disrupción endocrina, que se pueden dar a los niveles de concentración a los que de hecho se expone cotidianamente la mayor parte de la población- buena parte de los estudios se centran en evaluar otros efectos y a dosis mucho más altas de aquellas a las que normalmente solemos exponernos. Cuando la comunidad científica lleva años y años desgañitándose para advertir que este tipo de contaminantes puede tener efectos con frecuencia a concentraciones delirantemente bajas, muy inferiores a los niveles legales supuestamente «seguros» que se establecen.

Incluso se llegan a aplicar criterios abiertamente caprichosos y completamente aleatorios para evaluar los riesgos. Es el caso del llamado «factor de incertidumbre» por el que en lugar de comprobar con experimentos adecuados reales si una concentración baja de una sustancia causa o no una serie de efectos concretos simplemente se «supone» que no va a causarlos. Todo tras realizar una división de la concentración por una cifra caprichosamente escogida.

-¿Está diciendo que las autoridades sanitarias ignoran abiertamente las advertencias de los científicos?

-Así es. Prueba de ello son los diferentes llamamientos que infructuosamente ha hecho la comunidad científica; por ejemplo la Declaración de Berlaymont, la del prestigioso Collegium Ramazzini de Bolonia y las múltiples efectuadas por la Endocrine Society. Es más, en nuestro país las ha hecho la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria (SESPAS). Advertencias basadas en miles de estudios científicos realizados sobre el tema. Son numerosas las entidades científicas que llevan años intentando que las administraciones públicas tomen medidas ante los riesgos de los disruptores endocrinos. Una y otra vez. Insisten en que deben ser consideradas sustancias sin umbral seguro que, como dice el propio Reglamento Europeo sobre pesticidas, deben eliminarse. Pero nada. Ignorar lo que dice la comunidad científica es ya tradición cuando se interponen los intereses económicos de una serie de grandes industrias.

-Pero se apoyarán en algo para tomar tales decisiones…

-Fundamentalmente en los informes que elabora ¡la propia industria! Son ellas las que, al final, imponen lo que se debe tener o no en cuenta. Seleccionan a su antojo qué estudios sobre posibles riesgos deben ser considerados y cuáles no. Y los que «valen» al final son solo los realizados o pagados por ella que normalmente no constatan los efectos negativos. Aunque lo realmente alucinante es que muchos de los estudios en que se basan son secretos, confidenciales, «only for your eyes». No son sometidos al escrutinio de la sociedad ni al de la comunidad científica. No se puede comprobar cómo han sido hechos, si son sesgados o serios.

Y aún así cuando la Administración recibe los dosieres de la industria suele limitarse a darles luz verde sin poner demasiadas objeciones autorizando los pesticidas ¡Pero si en la Unión Europea ni siquiera era obligatorio hasta 2008 -y es la región del mundo donde se supone que más control existe- que la industria incluyese estudios de la ciencia académica en sus dosieres y bastaba solo con sus propios estudios! Desde entonces sí se exigen pero como es ella misma la que selecciona qué estudios deben ser considerados «válidos» desprecian los miles de trabajos efectuados en los centros de investigación académica más serios del planeta alegando sin más que «no son relevantes». Estudios que sí son públicos, que se han publicado en prestigiosas revistas científicas, que han sido sometidos a la crítica de otros investigadores y se hicieron con las tecnologías de vanguardia más exigentes.

-Está usted hablando de prevaricación pura y dura. ¿Y a su juicio no puede hacerse nada?

-Siempre se puede hacer algo; por ejemplo seguir presionando para que las administraciones, nacionales e internacionales tengan en cuenta lo que dice la comunidad científica. Y que se ponga fin a los flagrantes conflictos de interés que existen en los paneles de expertos de entidades como la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) que hasta han sido denunciados por el Tribunal Europeo de Auditores.

Cualquiera que profundice y rasque un poco en la superficie de apariencia de seguridad que trasmiten algunas entidades de nombres pomposos, grandes oficinas y técnicos de aspecto intimidante comprobará que en todo ello puede haber un tanto de farsa. Fuegos de artificio que convencen a muchas personas de que todo está perfectamente controlado y no hay riesgo alguno a fin de «no alarmar».

En suma, la mayor parte de la contaminación que sufre la sociedad, en este tema de los pesticidas y en otros, ha sido «oficialmente» considerada «normal». Y muchas personas creen que «no pasa nada», que «todo está controlado», en un simple acto de fe. Por eso al margen de lo que se consiga o no que hagan las autoridades es importante concienciar y abrir los ojos a la población. Que la gente tenga espíritu crítico.

-¿Puede decirnos brevemente qué efectos concretos pueden causar los disruptores endocrinos?

-Las sustancias disruptoras endocrinas han sido asociadas, con mayor o menor peso de la evidencia, a una larga serie de posibles problemas de salud. Los propios informes que sobre ello publicó la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 2012 indican que la exposición a estos contaminantes puede ser un importante factor de riesgo y explicar en parte el auge de muchos problemas de salud; como la mala calidad del semen de los varones, algunas malformaciones genitales en los niños, problemas de desarrollo del cerebro infantil, cánceres hormono-dependientes, obesidad, diabetes tipo 2…

Según un informe de la Endocrine Society cada año se pierden en la Unión Europea 13 millones de puntos de coeficiente intelectual entre los niños debido a la exposición a insecticidas organofosforados, en los que hay varias sustancias disruptoras endocrinas. Al parecer por alteración de los niveles de hormonas tiroideas, claves para el correcto desarrollo cerebral de los niños, especialmente durante el embarazo. Y es solo un ejemplo.

-¿Cuántos pesticidas son disruptores endocrinos?

-No hay inventarios cerrados. En un listado realizado para la Comisión Europea figuran 162 sustancias que tienen o podrían tener ese tipo de efectos. Otros entienden que son menos porque depende del grado y tipo de evidencia. Evidencias que proceden de estudios con cultivos celulares, de experimentos con animales, de datos epidemiológicos… También debemos darnos cuenta de que a medida que se vaya investigando más es probable que algunos pesticidas de los que hoy no hay datos pasen a considerarse disruptores endocrinos. En cualquier caso son muchos los pesticidas ya asociados a esos efectos y entre ellos figuran algunos de los más frecuentemente detectados en nuestros alimentos.

-¿Puede citar algunos en concreto?

-Pues entre las sustancias que han sido asociadas a este tipo de efectos están el glifosato -quizás el que más polémica ha generado-, el clorpirifos, el 2,4D, la cipermetrina, el dimetoato, el mancozeb, la deltametrina… En fin, son muchos.

-¿Y qué empresas químicas controlan el negocio de los pesticidas?

-Las principales se agrupan en tres grupos: Monsanto-Bayer, Syngenta-Chem China y Dupont-Dow Chemical. Un oligopolio que va camino de convertirse en monopolio y que no solo controla un alto porcentaje del negocio de los pesticidas sino también del mercado mundial de semillas. Algo que añade un elemento de enorme preocupación sobre el futuro de la alimentación. Las leyes favorecen que los agricultores solo puedan usar las semillas de las multinacionales que, por cierto, muchas veces vienen ya recubiertas de pesticidas para que las plantas los absorban en su interior al crecer (con independencia de que luego sean fumigadas con más pesticidas). Y la consecuencia es que están desapareciendo cientos de miles de variedades de plantas de cultivo que podrían ser claves para la alimentación. Ya se ha perdido más del 80% de las variedades que la humanidad había venido utilizando. Plantas cuya diversidad genética las permitiría adaptarse a los más diversos cambios medioambientales, capacidad de adaptación de la que carecen las semillas comerciales porque son «uniformes y estables». Depender solo de las semillas de los fabricantes de pesticidas -que son mucho más vulnerables- representa una grave amenaza para la seguridad alimentaria.

La verdad es que hemos llegado a una situación que hace unas décadas solo podría haber imaginado algún escritor de novelas de ciencia ficción, de esas que pintaban horizontes futuros de lo más negro. ¿Cómo estamos tolerando que unas industrias que se dedican a fabricar venenos sintéticos se estén adueñando de la alimentación mundial?

-Hace dos años Ecologistas en Acción encontró en las frutas y verduras que ingerimos en España 119 de los 483 plaguicidas autorizados en Europa. Y además 33 expresamente prohibidos por el Reglamento Europeo de Plaguicidas. Elaborado por Dolores Romano Mozo -ingeniera agrónoma- y Kistiñe García Cantero -licenciada en Ciencias Ambientales- se afirma en su informe que entre ellos hay asimismo 53 plaguicidas clasificados como disruptores por la propia Red Internacional de Plaguicidas. El informe se titulaba Directo a tus hormonas, se presentó el 4 de octubre de 2016 y dimos cuenta del mismo en el nº 199 de la revista. Una situación dantesca. ¿De verdad cree que hay aún solución?

-La inacción de las autoridades frente a algunos riesgos de los pesticidas es inaceptable. Es pues necesario presionarlas a fin de que reaccionen y apliquen el Principio de Precaución. Tenemos que proteger urgentemente tanto la salud como el medio ambiente prohibiendo los pesticidas con este tipo de efectos Se debe actuar tanto a nivel de las autoridades europeas -muy condicionadas a menudo por los lobbies instalados en Bruselas- como a nivel nacional, autonómico y local. Otro aspecto importante es exigir que se deje de trasladar a los consumidores una apariencia de seguridad que no se corresponde con los datos objetivos. Y en tercer lugar hay que impulsar la agroecología y convertirla en poco tiempo en la principal forma de producir alimentos en España; estableciendo porcentajes y calendarios concretos para lograr su expansión en pocos años. También se deben establecer objetivos concretos de reducción del uso de pesticidas, algo que hasta ahora no se ha hecho a pesar de que España es el país que más pesticidas usa en la Unión Europea. Debemos librarnos de esa toxicomanía agraria.

Es importante entender que la única forma viable de alimentar a los cerca de 10.000 millones de personas que puede haber en el planeta en 2050 es la agroecología. Multitud de estudios e informes -incluso de la propia ONU- dejan claro que la agricultura industrial de la agroquímica y los monocultivos e un absoluto fracaso. No ha acabado con el hambre en el mundo ni con las plagas -de hecho las ha favorecido-, destruye empleos, es menos rentable para los agricultores, empobrece los suelos, favorece el cambio climático, daña la biodiversidad, acaba con la polinización (clave para la producción mundial de alimentos), envenena los suelos y las aguas y produce unos daños sanitarios terribles. Es más, por cada euro que se paga por un producto convencional no ecológico la sociedad ha de pagar otro en daños a la salud y otro en daños al medio ambiente. La agricultura ecológica, por el contrario, es sobradamente productiva, más competitiva económicamente, beneficia a más personas y produce alimentos más sanos y nutritivos. Y, por supuesto, es la mejor forma de evitar exponerse a pesticidas disruptores endocrinos en los alimentos.

José Antonio Campoy

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Marzo 2018
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