Miguel Ángel Martínez-González: «Lo que comemos determina nuestro estado físico pero también el anímico y el mental»

Que lo que ingerimos afecta de forma determinante al organismo es en general conocido pero no tanto que además afecta a nuestras emociones y pensamientos. Sin embargo así se infiere de un estudio de cohorte prospectivo que comenzó en 1999 en España y forma parte de los tres estudios internacionales que sobre el papel preventivo de la dieta mediterránea se están haciendo desde hace unos años: el Proyecto SUN, el PREDIMED (Prevención con dieta mediterránea) y el PREDIMED Plus. Trabajos que están permitiendo ya hacer recomendaciones para reducir la mortalidad por enfermedad y prevenir muy diversas patologías, desde las cardiovasculares hasta la depresión pasando por el síndrome metabólico. Nos lo explica el Dr. Miguel Ángel Martínez-González.

MIGUEL-ANGEL-GONZALEZ

Que una buena alimentación es la mejor manera de mantener la salud física, prevenir la enfermedad y en muchos casos ayudar a superarla se sabe desde hace siglos. Y ahora sabemos que también ayuda a prevenir y tratar trastornos emocionales -como la depresión- y a mejorar las funciones cognitivas. Se confirma estudio tras estudio que la combinación más adecuada para ello es la «dieta mediterránea tradicional». Así lo ha inferido un grupo de investigadores de la Universidad de Navarra coordinado por el Dr. Miguel Ángel Martínez-González -catedrático de Medicina Preventiva en Navarra y catedrático visitante de la Universidad de Harvard- que lleva publicados sobre la relación entre dieta y depresión nada menos que 19 trabajos.

Trabajos que forman parte de los 177 ya realizados en el marco del Proyecto SUN (Seguimiento Universidad de Navarra) que demuestran los beneficios de la dieta mediterránea tradicional caracterizada por ser rica en alimentos vegetales (verduras y frutas frescas, legumbres y frutos secos), pescado, aceite de oliva y vino tinto y baja en carbohidratos refinados, carnes rojas y/o procesadas, grasas animales saturadas, productos lácteos y dulces. Todo ello sin olvidar que no son buenos para la salud los azúcares, las bebidas gaseosas y azucaradas, los zumos industriales, las grasas «trans», las comidas en lata y ultraprocesadas, el tabaco y el déficit de micronutrientes.

Pues bien, uno de sus últimos trabajos acaba de aparecer en enero de 2018 en Preventive Medicine con el título Mediterranean diet, physical activity and their combined effect on all-cause mortality: The Seguimiento Universidad de Navarra (SUN) cohort (La dieta mediterránea, la actividad física y su efecto combinado sobre la mortalidad por cualquier causa: cohorte de Seguimiento de la Universidad de Navarra (SUN)– y según el mismo seguir la dieta mediterránea tradicional y hacer regularmente ejercicio físico reduce las posibilidades de enfermar y morir prematuramente. Trabajo que forma parte de uno de los tres estudios internacionales que sobre el papel preventivo de esa dieta se vienen haciendo desde hace unos años: el Proyecto SUN (Seguimiento Universidad de Navarra), el ensayo PREDIMED (Prevención con dieta mediterránea) y el nuevo ensayo PREDIMED Plus.

El Proyecto SUN es un estudio de cohorte -epidemiológico- que comenzó en 1999 en la Universidad de Navarra y valora cada dos años a 22.700 personas que contestan innumerables preguntas sobre su dieta, su salud y su estilo de vida y qué enfermedades y problemas padecen permitiendo así a los investigadores tener datos a lo largo del tiempo sobre sus hábitos dietéticos y cómo les influyen. Proyecto que ya ha confirmado los beneficios de la dieta mediterránea para prevenir y/o afrontar todo tipo de patologías, muy especialmente las cardiovasculares, el síndrome metabólico, la diabetes, el declive cognitivo y la depresión.

El ensayo PREDIMED (predimed.es) fue por su parte un estudio multicéntrico que contó con 7.447 participantes y se inició años más tarde. En él participaron 11 centros de 8 comunidades autónomas españolas que junto con otros centros constituyeron la red conocida como CIBER-OBN (Centro Investigación Biomédica en Red de Fisiopatología de la obesidad y la nutrición). Y al igual que en el proyecto anterior se recogieron datos pero además en PREDIMED se intervino directamente en la dieta de los grupos cuyos integrantes se escogieron al azar. Luego se educó a dos grupos para seguir la dieta mediterránea tradicional dando a uno de ellos un litro de aceite de oliva virgen extra y al otro 30 gramos diarios de frutos secos mientras a los miembros de un tercer grupo se les recomendó que siguieran simplemente una dieta baja en grasas. Cinco años después se constató que en los dos grupos que siguieron la dieta mediterránea tradicional hubo un 66% menos de problemas de isquemia en sus miembros inferiores y un 30% menos de eventos cardiovasculares (infartos, accidentes cerebrales y muertes por tales causas). Resultado considerado tan transcendente -los tres grupos eran comparables- que la noticia ocupó las primeras páginas de los diarios norteamericanos durante 2013. De hecho se consideró un hito en la investigación biomédica porque hasta entonces todos los ensayos se habían centrado en elementos aislados de la dieta (reducción de grasa) y en simples marcadores intermedios de riesgo (como el del colesterol o la hipertensión) sin poder valorar ni cuantificar el número de infartos y muertes que podrían evitarse con una correcta alimentación. PREDIMED probablemente sea el ensayo de intervención nutricional más importante e influyente realizado hasta la fecha. De hecho durante varios años ha permanecido como la publicación con más citas e impacto social de todo lo que había publicado en su historia The New England Journal of Medicine, la revista más importante de medicina.

Es más, en PREDIMED se constató que la dieta mediterránea tradicional protege también del cáncer de mama -especialmente con el consumo de aceite de oliva virgen extra- y hay menos posibilidades de sufrir arritmias (fibrilación auricular).

El tercer estudio puesto en marcha fue el PREDIMED Plus. En él al grupo de control se le pidió que siguiera la dieta mediterránea tradicional tomando a diario aceite de oliva virgen extra y frutos secos y al segundo grupo que además hiciera ejercicio y perdiera peso restringiendo las calorías consumidas. Se inició en Pamplona en 2013 y después se fueron incorporando otros centros de toda la geografía española. Participan en él actualmente 23 centros que han reclutado entre 2013 y 2016 a 6.874 participantes (de ellos unos 1.000 navarros). Los participantes son hombres mayores de 55 años y mujeres mayores de 60 que tenían al inicio del estudio sobrepeso u obesidad. Fueron divididos en dos grupos al azar para valorar si al añadirle a la dieta mediterránea la pérdida intencional de peso, la reducción de calorías y el ejercicio físico se consigue todavía mayor protección cardiovascular. Los resultados respecto a infartos, accidentes cerebrales vasculares y mortalidad cardiovascular esperan conocerse en 2022. 

PREVENCIÓN FÍSICA Y EMOCIONAL

Pues bien, hemos tenido oportunidad de conversar de ello con el doctor Miguel Angel Martínez a quien pudimos interrogar ampliamente. Y fuimos directos al grano:

-Los datos sobre la dieta mediterránea tradicional de sus trabajos son espectaculares. ¿Ha ayudado ello a que más personas la sigan?

-La dieta mediterránea tradicional la seguían nuestros abuelos, no hoy. Hay que remontarse muy atrás en el tiempo, a mediados del pasado siglo XX, para encontrar a quienes la siguieron de forma correcta. Y fue sobre todo en las regiones pobres de Grecia, España e Italia. En cuanto a nuestros trabajos hemos demostrado sobradamente que es la mejor opción nutricional. Y está tomando cada vez más fuerza en Estados Unidos. Esperamos que desde allí se extienda a todo el planeta

-¿Cuál es la dieta mediterránea «tradicional»?

-La que se basa en el consumo de aceite de oliva virgen extra, frutas, verduras, legumbres, semillas, cereales integrales y frutos secos. Primando en ella el pescado sobre la carne roja grasa si bien incorpora la de aves y conejos. Se evita paralelamente consumir demasiados carbohidratos refinados, azúcares, sal y alcohol (aunque sí se incluye el vino tinto en pequeña cantidad y solo con las comidas). En su sentido más amplio la dieta mediterránea implica no llevar una vida sedentaria.

-¿Y sus datos indican que hoy no se hace así?

-Por desgracia incluso en España, Italia y Grecia se consume demasiada carne de vaca y cerdo. Y un pan que se elabora con cereales refinados -el pan blanco- en lugar de con cereales integrales, con granos enteros. También se consumen demasiados productos lácteos y refrescos azucarados. Y cerveza en lugar de vino. Y licores destilados. Productos que no son propios de la dieta mediterránea tradicional. A ello cabe agregar que se está dejando de consumir fruta como postre sustituyéndola por dulces con gran carga de grasa saturada, calorías y azúcares; especialmente por la gente joven. Y por si fuera poco se ha disparado el consumo de hamburguesas, salchichas, kétchup, refrescos azucarados….

Se trata de un cóctel desastroso que está propiciando una epidemia de obesidad como nunca ha habido a lo largo de la Historia y que viene acompañada de otra en ciernes de diabetes. La forma de alimentarse de la sociedad actual está ya provocando tantos problemas que es una de las principales causas de la crisis del sistema sanitario a nivel mundial. Si no se contrarresta esta pandemia de sobrealimentación y obesidad los sistemas sanitarios no serán sostenibles. Porque no hay sistema sanitario que aguante a largo plazo las consecuencias del aumento de obesidad de estas tres últimas décadas ya que es la principal causa de diabetes y problemas cardiovasculares, entre otras patologías.

-Problemas físicos…y también emocionales y psíquicos según sus trabajos.

-En efecto. No cabe ya duda alguna de que lo que comemos también determina nuestro estado anímico y mental; ámbito en el que por cierto destaca un miembro de nuestro grupo: la profesora Almudena Sánchez-Villegas, actualmente Catedrática de Medicina Preventiva en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Ha sido quien ha liderado a nivel internacional las investigaciones sobre dieta y salud mental. Es ya una verdad asumida por la ciencia dominante que un correcto patrón dietético puede prevenir por ejemplo episodios de depresión mayor. De hecho ahora mismo lidera desde Las Palmas un proyecto en el que también participamos llamado PREDIDEP (Prevención con dieta de la depresión). Hablamos de personas que tuvieron alguna vez episodios de depresión y ahora están bien. Sobre ellos se está haciendo una intervención por dietistas para prevenir que recaigan en la depresión. Creo va a ser un trabajo importante a nivel mundial porque los ensayos de este tipo hechos hasta ahora eran de pequeño tamaño y no consideraban el patrón alimentario en su conjunto. PREDIDEP es un gran proyecto a nivel mundial que incluirá a muchos participantes y cuyos resultados tendremos en cuatro o cinco años. Es un proyecto que se basa en lo ya constatado en el Proyecto SUN, el estudio epidemiológico que más evidencia ha aportado de momento sobre la relación entre dieta y salud mental

-¿Puede asociarse entonces la sensación de felicidad a la dieta mediterránea y los estados emocionales alterados a las dietas calóricas?

-Sí. Hemos publicado varios artículos en los que se ve claramente que el riesgo de depresión se reduce con una dieta cardiosaludable, bien sea la dieta mediterránea tradicional, bien una pro-vegetariana; me refiero a la que no es totalmente vegetariana pero tiene más alimentos de origen vegetal que animal. O la dieta que recomienda en sus directrices (Dietary Guidelines for Americans) el Gobierno norteamericano y que se concreta en el llamado Alternative Healthy Eating Index. Todas ellas son patrones alimentarios globales cardiosaludables que también reducen considerablemente el riesgo de depresión.

También hemos trabajado sobre la calidad de vida y el grado de felicidad subjetiva percibida confirmando que cuanto más se sigue la dieta mediterránea tradicional mayor bienestar psicológico, mayor felicidad siente uno.

-Luego seguirla mejora la salud física en general pero también el estado emocional y psíquico…

En efecto. La depresión y las enfermedades cardiovasculares parecen compartir algunos mecanismos biológicos similares. Todo indica por ejemplo que los efectos adversos de los ácidos grasos «trans» en las enfermedades cardiovasculares están mediados por aumentos en las concentraciones plasmáticas del llamado colesterol “malo” (LDL), reducción del colesterol “bueno” (HDL), resistencia a la insulina y cambios proinflamatorios. Y, por otra parte, las citoquinas proinflamatorias pueden interferir con el metabolismo de los neurotransmisores, disminuir el nivel plasmático de triptófano, alterar el ARN mensajero de los neurotransmisores e inhibir la expresión del Factor Neurotrófico Derivado del Cerebro (BNDF), péptido crítico para el crecimiento axonal, la supervivencia neuronal, la plasticidad y la función sináptica.

Por tanto modificaciones biológicas perjudiciales causadas por los ácidos «trans» que aumentan el riesgo de fallos cardiovasculares también hemos visto que podrían ser responsables de un mayor riesgo de depresión. Y al contrario: los beneficios de la dieta mediterránea tradicional y del aceite de oliva virgen extra sobre la regulación de los factores citados podría ser que lo que explique su potencial para prevenir estados depresivos.

-¿Es cierto que están ustedes a un paso de demostrar el impacto beneficioso de la dieta mediterránea tradicional en algunas enfermedades crónico-degenerativas?

-Estamos a punto de publicar un trabajo sobre la demencia y el alzheimer que al final va a retrasarse unos meses y no puedo pues revelarle aún los resultados pero sí adelantarle que hay ya algunos estudios de SUN y PREDIMED según los cuales la dieta mediterránea tradicional mejora la función cognitiva incluso tras muchos años de seguimiento donde lo esperable hubiese sido ver cierto deterioro de la memoria. En vez de perderse con la edad capacidades -como la memoria- se ganan cuando se sigue una dieta sana. Lo hemos publicado ya en JAMA Internal Medicine y en otras revistas.

Y en esta misma dirección van los trabajos de la Dra. Elena Hernández Martínez de la Piscina -neuróloga y nº 1 del MIR de su promoción- que, después de casi siete años de seguimiento en Navarra sobre personas de PREDIMED que siguieron la dieta mediterránea tradicional rica en aceite de oliva virgen extra, presentaron una mejor función cognitiva que el grupo control en numerosos parámetros.

Nuestros resultados son asimismo consistentes con los estudios de la Dra. Martha Clare Morris -de la Universidad Rush de Chicago (EEUU)- con la que colaboramos y está desarrollando la Dieta Mind para prevenir el deterioro cognitivo. Es una mezcla de la dieta mediterránea tradicional y de la Dieta DASH creada para combatir la hipertensión.

A nuestro entender mejorar la dieta de la población evitaría tanto problemas cardiacos como cognitivos. 

LOS GRANDES MALES DE LA SOCIEDAD MODERNA 

-Hablemos de algunos alimentos concretos que provocan polémica a nivel social. Pan blanco: ¿sí o no?

-No. El pan blanco es, especialmente por la frecuencia y cantidad de su consumo, el principal problema nutricional que tenemos en España. Dada la situación de sobrepeso y obesidad que hay en nuestro país debería consumirse poquísimo. Las harinas refinadas -sin el grano entero- aguantan mejor el paso del tiempo y son muy útiles comercialmente, pero eliminan la parte más nutritiva y hacen que sus azúcares se absorban más rápidamente. Se le está dando a la gente con el pan blanco un combustible de rápida absorción. Y eso, especialmente cuando ya se tiene sobrepeso y/o cierta resistencia a la insulina, es una bomba. Habría que consumir menos y, preferiblemente, integral. Sólo las personas realmente delgadas y deportistas deberían consumirlo. Todos los demás deberían optar por el pan integral e ingerirlo solo de forma moderada.

-¿Y el azúcar?

-Hay cada vez hay mayor evidencia epidemiológica de que los azúcares añadidos se asocian a un mayor riesgo de obesidad y diabetes así como a mayor mortalidad cardiovascular. La consumimos en exceso. El terrón o la cucharada de azúcar que añadimos al café o a la infusión se une a la presente en los postres, los dulces, las galletas, la bollería, las colas, los refrescos, los alimentos procesados, las latas y envases de vidrio, el ketchup, la mostaza… El azúcar es hoy un producto omnipresente. Cuando un producto está azucarado se consume en mayor cantidad y eso le interesa a la industria alimentaria porque vende más pero hace que se sumen cada día unas calorías de más y las personas desarrollen sobrepeso y obesidad.

-¿Y los azúcares moreno e integral?

-Tampoco. Ni azúcar moreno, ni azúcar integral. Si alguien no es capaz de tomar cosas amargas -como el café por ejemplo- que añada un edulcorante artificial que en pequeña cantidad no tiene calorías y no representa problema alguno para la salud. También puede recurrirse a los edulcorantes vegetales. De hecho si alguien toma refrescos -que no es buena idea- más le vale optar al menos por los que no tienen calorías; como las bebidas «zero». Los hay con edulcorantes en lugar de con azúcar. Pero nada mejor que el agua para beber. Las bebidas con edulcorantes artificiales serían solo un puente para pasar a consumir agua. No son nutritivas. Consumirlas es un modo más caro de beber agua del grifo.

-¿Cuál es su opinión sobre la sal?

-El problema con ella no está tanto en la del salero, en la que utilizamos para añadir al huevo frito o la sopa; está sobre todo en los alimentos procesados y en los envases, especialmente en los que hay que calentar. A todos ellos se les añade muchísima sal y su exceso puede provocar hipertensión. Hemos comprobado en cerca de 15.000 participantes del proyecto SUN que los alimentos procesados incrementan el riesgo de desarrollar hipertensión. Lo publicamos el año pasado en American Journal of Hypertnesion. Las poblaciones que no tienen costumbre de añadir sal a los alimentos y toman alimentos sin procesar o solo mínimamente procesados no desarrollan hipertensión con la edad y tienen menor riesgo de enfermedad cardiovascular. Enriquecer sus productos con sal forma parte de la estrategia de la industria alimentaria para vender más. Son las patatas fritas y los frutos secos que contienen más sal los que más se consumen. En suma, los alimentos prefabricados, precocinados y ultraprocesados son los que tienen más sal y son pues los menos recomendables.

-¿Y qué puede decirnos sobre el consumo de lácteos?

-Durante mucho tiempo se ha equiparado de forma errónea dieta sana con dieta rica en leche. Y es hora de decirlo claro: la leche no es necesaria en una dieta sana. Además muchas personas tienen intolerancia a la leche porque no digieren la lactosa al tener déficit de lactasas y por tanto no les sienta bien.

El consumo de lácteos aumentó en todo el mundo cuando la industria hizo creer a la población que su ingesta disminuye el riesgo de osteoporosis pero no es cierto; es un mito.

Por otra parte, la leche entera, la mantequilla, los quesos semicurados y curados, los helados y la nata contienen grasa saturada y aunque existe interés por parte de algunos colectivos de negar sus riesgos para la salud su ingesta no es buena idea. Las grasas saturadas animales son insanas a diferencia de las insaturadas. La grasa del pescado, rica en omega 3, sí es sana pero esas otras no. Las grasas saturadas animales elevan el llamado colesterol “malo” o LDL y se asocian a mayores riesgos cardiovasculares.

En suma, en una dieta saludable los lácteos sobran pero si hubiera que salvar algún producto sería el yogur.

-¿Es usted partidario de la dieta vegana?

-En mi opinión los excesos siempre son malos. Los clásicos decían que la virtud está en el medio. Hay gente que por diversos motivos que nada tienen que ver con la alimentación sigue una dieta vegana; bien por razones de solidaridad medioambiental, bien por motivos éticos o religiosos. Hay por ejemplo comunidades cristianas -como la de los adventistas- a las que su religión les anima a ser veganos.

Pues bien, los veganos y vegetarianos puros pueden necesitar tomar suplementos para no padecer carencias. De vitaminas B12 y D, minerales como el zinc y el hierro y ácidos grasos omega 3. Es la única precaución porque por lo demás es una dieta fundamentalmente sana. Sin embargo, yo no animaría a la gente en general a adoptar una dieta tan extrema si no están habituados a ella ni viven en un entorno en el que todo el mundo la sigue, porque es fácil caer en déficits nutricionales. Y desde luego no es una dieta demasiado soportable a largo plazo. Es más sana la aproximación que proponemos, la dieta mediterránea tradicional o la que llamamos pro-vegetariana. Se trata de reducir la ingesta de comida animal pero sin prohibirla.

La carne roja (cerdo, vacuno, cordero…) por ejemplo puede consumirse de vez en cuando. Se trata de que no se consuma a diario ni varias veces a la semana sino una vez a la semana o incluso menos. El pescado tiene por su parte muchas ventajas y debería consumirse 3 ó 4 veces por semana. Los huevos son una excelente forma de consumir proteínas de gran calidad y micronutrientes a bajo precio. En cuanto a la carne de ave es pobre en grasas y forma parte de la dieta mediterránea tradicional. Siempre, obviamente, en cantidades moderadas. No pasa nada porque haya uno o dos días a la semana en que no se consuma carne. Eso es sano. Es un mito pensar que para alimentarse bien hay que tomar un plato de carne o embutido todos los días.

Así que no veo necesario, desde el punto de vista de la salud, llegar al extremo de las dietas vegana y vegetariana. 

LA INDUSTRIA NOS ENGAÑA 

-En las dos últimas décadas se han confirmado con cientos de estudios los beneficios para la salud de la dieta mediterránea tradicional. ¿Qué se ha hecho por parte del colectivo médico y de las autoridades sanitarias para promocionarla o implantarla en la sociedad?

-Poco. Lo único que se ha hecho es poner parches que llegan muy tarde en la evolución del proceso de enfermar; como tratar con fármacos el colesterol elevado o la hipertensión. No se va a la raíz del problema ni hay suficiente anticipación. Habría que haber puesto el énfasis principal en enseñar a la población a alimentarse bien y a ser más frugales ya que la dieta mediterránea clásica era baja en calorías. Es curioso que sistemáticamente se oculte esta característica fundamental de la dieta mediterránea: su frugalidad. Todo un síntoma de la cultura consumista de nuestra sociedad. Se ha demostrado en todos los modelos animales que para aumentar la longevidad, la expectativa de vida, basta con restringir las calorías ingeridas. Y la evidencia en humanos es que cuando se evita el sobreconsumo de alimentos se consigue más calidad y cantidad de vida. Se vive más y mejor y se mejora la función de nuestro sistema cardiovascular. De hecho, una baja calidad de vida se asocia a dietas insanas y a la sobrealimentación, a comer mucho más de lo que necesitamos. Especialmente a nivel cardiovascular pero también a nivel de funciones neuropsicológicas. Téngase en cuenta que las arterias están en todo el cuerpo, riegan también el cerebro y problemas en esas arterias causan daños cerebrales.

-Usted ha afirmado que tras la obesidad hay una crisis de pérdida de valores. ¿Por qué?

-Creo que las raíces antropológicas de este problema están en la falsa equivalencia entre felicidad y recompensa placentera inmediata. La alimentación se percibe como un recurso que proporciona recompensa inmediata y la aceptación social de esta conducta que prioriza el placer lleva a la sobrealimentación. Si nos gusta un pastel de nata con muchísimas calorías, grasas saturadas y azúcar nos preguntamos por qué no vamos a tomar varios más, si eso nos hace felices. Un planteamiento simplista y pobre que no tiene en cuenta con responsabilidad las consecuencias a largo plazo. Más importante que las recompensas placenteras inmediatas es el proyecto vital a largo plazo, la solidaridad, los vínculos, las amistades, el llegar a ser la mejor versión de uno mismo, etc. Tener un proyecto vital así implica ser capaz de controlar los impulsos más primarios, ejercer el autocontrol. Sin dejar de subrayar que hay aspectos estupendos en nuestra cultura actual hablamos de valores que la sociedad ha perdido. ¿Por qué? Pues por varias razones pero principalmente por el papel que ha jugado la industria alimentaria, por empresas poderosas que son el paradigma del capitalismo y basan su éxito en explotar los instintos básicos. Lo más lamentable es cuando el estatalismo se alía con el capitalismo para explotar esas mismas tendencias y engatusar a los ciudadanos con el sobreconsumo. Cuanto menos autocontrol tiene una persona más fácil es manipularla y convencerla de que compre más, de que consuma más. Pasó con el tabaco. Y pasa ahora con la industria de la pornografía y el sexo. Es una visión profundamente inhumana, una visión en la que prima el beneficio económico de las multinacionales y se posterga en cambio la felicidad humana a largo plazo que es lo realmente importante.

El ser humano es racional y libre. Esta racionalidad le permite dominar sus instintos primarios. En el momento en que se pierde la racionalidad que caracteriza al ser humano se pierde la libertad y el sentido de la responsabilidad con uno mismo pero también con el medio ambiente. Y así ocurre con el excesivo consumo de carne que es ecológicamente irresponsable. A todos nos gusta un buen solomillo o un chuletón pero no podemos seguir ignorando que la enorme cantidad de rebaños de ganado vacuno que se requieren para mantener el sobreconsumo humano es lo que más está deteriorando el medio ambiente con sus emisiones de metano. No podemos seguir manteniendo eso a largo plazo. «Es que me gusta», dirán algunos. Vale, pero no todo lo que apetece o gusta es bueno. Y a los niños y jóvenes hay que enseñarles desde pequeños que tienen pulsiones instintivas pero que son racionales y libres y las pueden controlar. No van a ser más felices por lograr todo lo que les apetece. Hay que consumir los alimentos en su justa medida -de acuerdo con lo que puede aguantar la naturaleza humana y medioambiental- y no seguir comportamientos antinaturales, que es lo que está ocurriendo. La industria alimentaria, una vez que constató que la población dejó de crecer al ritmo de antes, se propuso hacer crecer las raciones para que la gente consuma más. La consecuencia ha sido que ha crecido más que nunca el tamaño medio -sobre todo la cintura. de toda la humanidad.

-¿Diría usted que la industria alimentaria nos está engañando como en su día nos engañó la tabaquera?

-Sí. Y hay muchas analogías que así me lo hacen entender. Me parece una comparación muy adecuada. Afortunadamente, creo que lo que se ha conseguido en la lucha contra el tabaco merced a datos científicos rigurosos, con estudios a largo plazo elaborados pacientemente, se está empezando a conseguir también en la lucha contra la alimentación insana. Está pasando ya con una industria tan poderosa como la de las bebidas azucaradas que está perdiendo ventas porque los epidemiólogos hemos seguido el comportamiento de las personas viendo lo que les pasa con el consumo de azúcar y hemos denunciado su peligrosidad. Y eso no hay ya quien lo pare. Los epidemiólogos carecemos de la cantidad ingente de recursos económicos que tienen estas industrias pero tenemos algo que ellos no tienen: la razón. En ese aspecto pienso que debemos ser pues optimistas. Afortunadamente en las sociedades libres y democráticas sigue habiendo mucho lugar todavía para el discurso científico…

-Sin embargo no todo el discurso científico va en la misma dirección; de hecho existen evidentes conflictos de interés en muchos autores de artículos por sus relaciones -directas o indirectas- con la industria.

-Es evidente que hay que intervenir más en los conflictos de interés porque muchas de las recomendaciones que aparecen en revistas de nutrición -incluidas las españolas- están hechas por personas que tienen relaciones bien conocidas con la industria que se beneficia de las ventas de alimentos o bebidas insanos y eso es lamentable. Tales científicos usan un lenguaje muy complaciente con ellas y hablan siempre de “moderación” (nunca de evitar el consumo o siquiera de reducirlo) y de que todo se puede comer, de que hay que seguir una dieta variada y de que no hay alimentos malos y buenos… En fin, cosas que a la industria alimentaria le gusta oír. Y no puede ser, porque se está perjudicando la salud al primar los intereses económicos. Hay ya muchos científicos en el mundo -algunos muy prestigiosos- que hoy no tienen pelos en la lengua a la hora de denunciar estos conflictos de interés y sus desafortunadas consecuencias. Y de los riesgos del azúcar, las comidas procesadas, la comida rápida, el sobreconsumo, etc.

En 2013 publicamos en PLoS Medicine un trabajo en el que tras valorar la evidencia científica publicada en revisiones sistemáticas concluimos que es 5 veces más probable que los estudios financiados por la industria concluyan a favor de la misma. Y debo reconocer con pesar que en España ha habido congresos en los que hemos dado un espectáculo lamentable, a los que han venido científicos de medio mundo que han vuelto a sus países escandalizados de hasta qué punto hay connivencia entre investigadores españoles y grandes empresas alimentarias vendedoras de productos claramente insanos. Me consta que se ha escandalizado a figuras de gran relieve mundial en la nutrición.

-¿Y por qué no se denuncian con mayor contundencia esos conflictos de interés?

-Porque en España la forma más sencilla de conseguir recursos para congresos o reuniones científicas es ir de la mano de empresas del sector. Y éstas aceptan, porque para ellas ese dinero es calderilla. La alternativa es difícil. Organizar ese tipo de actos es muy costoso, así que es muy fuerte la tentación de recurrir a una empresa que ponga dinero a cambio de hacer publicidad de sus productos insanos y venderlos como sanos porque van «de la mano» de científicos. Sin embargo es un grave error que se está pagando, porque tal connivencia ha contribuido de manera decisiva a la actual epidemia de obesidad. Con el tiempo se verá que tal conflicto de interés es lo que más daño ha hecho en la lucha contra la plaga actual de obesidad. La población necesita oír un mensaje científico claro -sin ambigüedades- y saber qué alimentos hacen daño, sin que el mensaje quede enturbiado por intereses económicos de quienes tenemos la obligación ética de decir las cosas claras. 

NULA PRESENCIA DE LA NUTRICIÓN EN LA EDUCACIÓN 

-Pues llama la atención que a los médicos no se les forme en nutrición durante la carrera de Medicina…

-Y es muy preocupante. Yo doy clases de Salud Pública y Medicina Preventiva en la Universidad de Navarra a unos 200 alumnos de sexto curso cada año –luego son ya casi médicos- y la única asignatura en la que han estudiado nutrición es Endocrinología y Nutrición… y la han tenido estando ya en quinto. Los profesores de esa asignatura son magníficos pero al igual que en las demás facultades de Medicina del mundo el 99% de la materia es sobre endocrinología ¡y sólo un 1% sobre nutrición!

Dedican por ejemplo una clase entera al Síndrome de Addison, patología que padece una sola persona por millón. ¿Qué sentido tiene tanta extensión de endocrinología en lugar de formarles en Nutrición? ¿Y por qué se dedica tanto tiempo a tumores raros de tipo endocrino cuando lo normal es que no vean un solo caso en toda su vida? Sin embargo apenas se dedica tiempo a conocer cuáles son las fuentes nutricionales de vitamina D, cuando prácticamente toda la población española es deficitaria.

Tiene usted razón: es un problema endémico que en las Facultades de Medicina -porque ocurre en todo el mundo- no se dé la importancia que tiene a la Nutrición cuando todos los días tenemos que tomar decisiones sobre qué comer. ¿Me tomo la magdalena o mejor una tostada? ¿De pan blanco o de pan integral? ¿Tomo té o café? ¿Con azúcar, solo o con edulcorante? ¿Tomo leche? ¿Desnatada o entera? ¿Mejor un yogur o una fruta? Son decisiones que tomamos todos los días de las que depende nuestra salud.

Y claro, los médicos terminan la carrera con un preocupante déficit de conocimientos sobre algo que es absolutamente trascendente para la salud de la población y sobre lo que sus futuros pacientes les van a preguntar una y otra vez.

-¿Y de quién es la culpa? Porque en la revista llevamos años denunciándolo…

-Pues buena parte de la industria ya que lo que quiere es vender remedios farmacológicos y productos quirúrgicos. No les interesa que se forme a los médicos en Nutrición porque eso llevaría a la prevención de enfermedades y no tanto a tratarlas. Y conste que no digo para la curación. No estoy diciendo que se cure una depresión o el cáncer con nutrición. Hablo de Medicina Preventiva y la nutrición es la base de la misma. Obviamente a los grandes laboratorios no les interesa una medicina preventiva basada en una adecuada alimentación en lugar de en fármacos.

-Pues llama la atención que tal sinsentido lo permitan la Administración y las autoridades académicas, sanitarias y médicas.

-Cierto. Es hora de reformar los planes de estudio de las facultades de Medicina y darle mucha más presencia a asignaturas de Nutrición. Es inadmisible que a la Nutrición se le dedique ahora tan poco tiempo. Es más, deberían impartirse no una sino varias asignaturas. No sólo de nutrición básica sino también de Epidemiología Nutricional y de Nutrición y Salud Pública. De hecho es increíble ver la cantidad de trabajos que se hacen y publican sobre Nutrición en las revistas médicas generales y que a los futuros médicos no se les enseñe casi nada. Al menos para que puedan entender lo que se dice en ellas. Y no solo en las facultades de Medicina, sino también en las de Farmacia, Odontología, Enfermería, Psicología y Fisioterapia. Es más, tendría que haber asignaturas de Nutrición en la enseñanza primaria y secundaria. La administración debería ocuparse cuanto antes de que así sea. Y además podría gravar los alimentos más insanos -como las bebidas azucaradas, el azúcar, la sal o la carne roja- y subvencionar con esos ingresos los más sanos: las frutas, las verduras, los frutos secos y el aceite de oliva virgen extra.

-Permítame una última pregunta: ¿cuánto podría ahorrarse el estado con la implantación de pautas dietéticas adecuadas?

-Es difícil de cuantificar pero yo diría que educando a la gente para seguir una alimentación sana podríamos ahorrarnos al menos la mitad de lo que ahora gasta el sistema sanitario. Y cuando hablo de alimentación sana hablo muy especialmente de frugalidad, de no comer tanto, de ingerir menos calorías. Mire, cada vez hay más personas obesas y eso no es normal. Y están creciendo en todo el mundo las enfermedades crónicas: cardiovasculares, cáncer, depresión, diabetes y demencia. Y las principales causas son una dieta deficiente, la contaminación y el sedentarismo. Lo que hay que hacer es prevenir en lugar de curar. Lo singular es que todo el mundo está de acuerdo pero casi nadie hace lo necesario para ello que sea así.

Antonio F. Muro

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