La eficacia real de la mayor parte de los tratamientos médicos no se ha constatado ¡nunca!

El argumento más utilizado por los prebostes de la medicina alopática, convencional o farmacológica para descalificar las terapias naturales y alternativas es el de que “no existen evidencias científicas que avalen sus resultados”. La experiencia clínica de quienes trabajan con ellas no les vale. Y, sin embargo, ¿qué eficacia real tienen los tratamientos “médicos”? ¿Están “científicamente” avalados? En absoluto. El British Medical Journal acaba de publicar una investigación titulada Clinical Evidence según la cual de los casi 2.500 tratamientos analizados sólo el 13% son claramente beneficiosos, el 23% pueden ser algo beneficiosos, el 8% están entre beneficiosos y dañinos, el 6% es poco probable que sean beneficiosos y el 4% pueden ser ineficaces y/o dañinos. Del 46% restante no se sabe ¡nada!

Durante los últimos cincuenta años los guardianes de la ortodoxia médica han tratado de desacreditar, desmerecer, ridiculizar, atacar, vilipendiar, calumniar y/o ignorar los resultados clínicos de todos aquellos médicos y terapeutas que apostaron por caminos diferentes para intentar recuperar la salud de sus pacientes con el consabido latiguillo de “No existen evidencias científicas que avalen sus resultados”. Para ellos los testimonios de los pacientes eran simples anécdotas y su mejoría casualidades o milagros indemostrables. Y la capacidad clínica del médico que los atendía un atentado a la “buena práctica” cuando no directamente un delito por el que merecía la cárcel. Algo apoyado por la gran mayoría de la población -incluidos buena parte de los médicos, científicos e investigadores-, convencidos de que lo que los médicos convencionales hacen a diario sí está demostrado científicamente y es eso lo que les separa de los “charlatanes”. No es pues su sabiduría ni su práctica clínica. Lo que realmente da valor a sus tratamientos y prescripciones es su “aval científico”… solo que, hasta ahora, nadie se había molestado en averiguar la eficacia real de los mismos; sobre todo, de los sustentados en la farmacología.

Bueno, pues la respuesta -o al menos un primer acercamiento a la misma- ha llegado. Y no desde las terapias naturales, alternativas o complementarias sino desde uno de los puntales de la propia Medicina convencional, alopática o farmacológica, una de sus principales referencias científicas: el grupo de publicaciones British Medical Journal que, para tratar de responder a esa incómoda pregunta y en un alarde de honestidad, ha puesto en marcha una iniciativa denominada Clinical Evidence (http://clinicalevidence.bmj.com) que tiene como fin ayudar a las personas a tomar decisiones informadas sobre qué tratamientos seguir. “Para los médicos y pacientes –explican en su web- destacamos los tratamientos que funcionan, aquéllos en los que los beneficios superan a los daños; sobre todo los tratamientos que actualmente pueden estar infrautilizados. También queremos destacar los tratamientos que no funcionan o en los que los daños superan los beneficios”.

Las cuestiones a responder por el equipo de especialistas del grupo, sus editores, revisores y analistas son básicamente tres: ¿Qué proporción de tratamientos comúnmente utilizados están apoyados por evidencias de peso? ¿Qué porcentaje no debe de ser utilizado o utilizado sólo con precaución? ¿Cuáles son las grandes lagunas en el conocimiento científico? Bien, pues aunque no vamos a entrar en detalles pormenorizados de los análisis realizados para cada uno de los 2.500 tratamientos estudiados -número lo suficientemente amplio como para considerarlo representativo estadísticamente de los tratamientos médicos actuales- sí vamos a reflejar las conclusiones a las que British Medical Journal ha llegado.

Y éstas indican que de los 2.500 tratamientos analizados sólo el 13% pueden considerarse beneficiosos y tienen tras de sí lo que sus revisores y analistas consideran “evidencias contrastadas”. ¡Sólo el 13%! Es decir, sólo 325 tratamientos de los 2.500 analizados se han considerado claramente beneficiosos. Y un 4% ineficaces o, lisa y llanamente, perjudiciales para el paciente a pesar de lo cual se siguen utilizando. Aunque lo más sangrante es que ¡el 46%! de los tratamientos médicos se aplican sin que estén científicamente fundamentados sus beneficios o si, al menos, son inocuos y no perjudican la salud.

Y por si esto fuera poco el resto de los tratamientos son puramente especulativos. Los investigadores británicos afirman que un 23% pudieran ser beneficiosos pero no está contrastado del todo, un 8% no está claro si son beneficiosos o perjudiciales y el otro 6% restante entienden que es poco probable que sean beneficiosos.

MUY POCA EVIDENCIA CIENTÍFICA

Obviamente nos gustaría explayarnos pero como no es legal reproducir sin permiso las conclusiones de las revisiones nos limitaremos a citar algunos extractos que nos parecen significativos y ayudarán al lector a entender la trascendencia de este informe. Así, por ejemplo, al hablar del cáncer colorrectal puede leerse: “No sabemos cuán eficaz es la colonoscopia en la detección de cáncer colorrectal en personas sanas aunque la intervención se asocia con morbilidades raras pero graves, incluyendo perforación y hemorragia.” Y al hablar del cáncer de próstata primario se dice: “La prostatectomía radical puede reducir la mortalidad en comparación con la espera vigilante en hombres con cáncer de próstata clínicamente localizado pero los beneficios en la calidad de vida ajustados en función de la esperanza parecen ser moderados”.

Por lo que respecta a los dolores de cabeza fruto de problemas de tensión crónicos el sumario podría ser: “No encontramos pruebas suficientes para juzgar la eficacia de las benzodiazepinas o los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina en su tratamiento aunque ambas se asocian con efectos adversos significativos”. Y un último ejemplo, referido esta vez a la rinitis alérgica estacional: “Los antihistamínicos intranasales pueden mejorar los síntomas en comparación con el placebo aunque los estudios han dado resultados contradictorios y no sabemos si son tan efectivos como los antihistamínicos orales. Ni sabemos si los descongestionantes orales reducen los síntomas en comparación con el placebo pero el tratamiento combinado con pseudoefedrina y antihistamínicos orales puede ser más eficaz comparativamente que el tratamiento solo”.

Y así una larguísima lista de recomendaciones avaladas con toda la documentación necesaria referida a distintos medicamentos y procedimientos terapéuticos. Los análisis concretos y pormenorizados -con todo tipo de referencias y detalles- de los 2.500 tratamientos están a disposición de los médicos y pacientes interesados que previamente se registren en la web de Clinical Evidence.

Resumiendo, como quiera que el 4% de los tratamientos analizados no sólo no son útiles sino perjudiciales, del 37% hay dudas razonables y del 46% ni siquiera hay suficientes datos como para pronunciarse podemos concluir que el 87% de los tratamientos médicos no están científicamente avalados. Y quienes los usan tienen la desfachatez de exigir a quienes practican a diario terapias naturales carentes de efectos secundarios que demuestren científicamente sus resultados si quieren tener credibilidad.

A esa desvergüenza cabe añadir que si la mayoría de los tratamientos alternativos o complementarios contaran con los miles de millones de euros para investigación con que cuentan los tratamientos convencionales tal exigencia quizás tuviera sentido pero al tratarse de tratamientos no patentables ese dinero no llegará nunca. Y quienes lo reclaman lo saben. Aunque cabe añadir que tampoco esto empieza ya a ser verdad porque cada vez más instituciones y empresas –públicas y privadas- investigan sobre sus posibilidades porque afortunadamente no todo el mundo se guía exclusivamente por el lucro.
El pasado 21 de febrero el doctor Damien Downing -Director Médico de Aliance Natural Health, una de las más importantes organizaciones europeas defensoras de los métodos naturales de tratamiento- fue invitado a hablar por PharmAware UK –una organización de estudiantes universitarios de Medicina que bajo el eslogan Creando médicos profesionales y éticos está interesada en un concepto global de la salud- y al ser preguntado por el significado de las cifras desveladas por British Medical Journal contestó: “El mercado mundial de productos farmacéuticos en el 2007 se estimó en 712.000 millones de dólares. Y Clinical Evidence, la web de British Medical Journal, documenta que sólo el 13% de los tratamientos médicos examinados ha demostrado tener un efecto beneficioso siendo la mayor proporción, el 46%, de eficacia desconocida. Los beneficios de algunas de las principales inversiones están pues lejos de ser impresionantes: La Quimioterapia (13.000 millones en todo el mundo) tiene un 2% de impacto sobre la supervivencia a 5 años. Las estatinas (30.000 millones) un 17% de disminución de eventos coronarios pero un 25% de síntomas musculares. La Terapia Antirretroviral Altamente Activa o HAART (10.000 millones) de 4 a12 años de retraso en la progresión del Sida en Estados Unidos y Europa pero de 4 a 12 meses en el África subsahariana Por tanto, existen pruebas de que los productos farmacéuticos trabajan en algunos casos pero a un alto coste”.

Pero entonces, ¿por qué no se cambia de una vez la orientación de la tan multimillonaria como en general inútil inversión realizada hasta ahora en fármacos sintéticos, especialmente tras los datos desvelados por el British Medical Journal y la denuncia de las publicaciones científicas que cada poco tiempo ponen en entredicho la honestidad de las investigaciones y ensayos clínicos de las multinacionales farmacéuticas? Y, sobre todo ¿por qué no se ponen en entredicho los protocolos que se siguen hoy día a pesar de que los mismos galenos que los aplican constatan una y otra vez su ineficacia? ¿Qué les pasa a los médicos para que no reaccionen? ¿Tanto miedo les han metido en el cuerpo?

Debemos explicar al lector no versado en Medicina que se llama “protocolo” a la base de actuación que los médicos deben seguir ante cada patología. Es decir, en cada especialidad se han aprobado protocolos concretos para cada “enfermedad” que todo médico debe seguir como base para tratar a los enfermos. Como si realmente existiesen “enfermedades” y no “enfermos”, como si cada caso no fuera todo un mundo, un caso único. Protocolos que, especialmente en los recintos hospitalarios, todo médico debe seguir si no quiere verse en problemas acosado por sus propios compañeros. Bueno, por quienes en cada especialidad se han arrogado la labor de defensores de la ortodoxia. ¡Y pobre del médico que intente ejercer según su leal saber y entender! Claro que esa posición se basaba en el hecho de que tales protocolos habían sido consensuados a nivel internacional por los mayores expertos de cada especialidad y eso les daba apariencia de fiabilidad. De ahí que los demás los siguiesen sin sospechar que lo que se conseguía con ellos no justificaba su aprobación y, lo que es más grave, que quienes los proponían no eran siempre independientes ya que muchos estaban al servicio de las grandes multinacionales. En otras palabras, la mayor parte de los protocolos médicos los ha impuesto la industria farmacéutica a través de sus peones. Pues bien, esto -que en la revista se ha denunciado a menudo- lo demuestra ahora la investigación de British Medical Journal al corroborar, como ya hemos dicho, que el 87% de los tratamientos médicos no están científicamente avalados.

EJEMPLO 1: LOS TRATAMIENTOS DEL CORAZÓN, BAJO SOSPECHA

Veamos ejemplos. Según un estudio de la norteamericana Universidad de Duke -publicado en el Journal of the American Medical Association (JAMA)- las evidencias científicas que justifican los protocolos o guías clínicas que los médicos utilizan para el tratamiento de las enfermedades del corazón –causa número uno de muerte en el mundo- son más bien escasas. Un análisis de 16 guías de práctica clínica (CPGs) -consideradas actuales por el American College of Cardiology (ACC) y la American Heart Association(AHA)- reveló que de las 2.711 recomendaciones para el diagnóstico y tratamiento de diversas formas de enfermedades del corazón sólo ¡el 11%! se basaban en múltiples ensayos clínicos aleatorios (el más alto nivel de pruebas científicas). Es más, casi la mitad se basan en el nivel de pruebas más bajo aceptable: las opiniones de los médicos que redactan las guías de tratamiento o protocolos.

Teniendo en cuenta el nivel actual de las directrices de presentación de informes de pruebas –señala el artículo-sólo 314 de las 2.711 recomendaciones (el 11%) se clasifican como nivel de evidencia A -el más alto-mientras 1.246 (el 48%) son pruebas de nivel C. El nivel de los datos varía significativamente entre las distintas categorías de las directrices (enfermedad, intervención o diagnóstico) y en las directrices individuales”.

Obsérvese la similitud de estas cifras con los resultados globales del British Medical Journal. Sólo el 11% de las recomendaciones estándar en problemas de corazón están avaladas científicamente; cifra que casi coincide con el 13% en el caso de los tratamientos globales científicamente contrastados por los británicos. Y el 48% de bajo nivel de constatación detectado por la Universidad de Duke en problemas cardiacos coincide casi con el 46% de la falta de evidencia de los tratamientos a nivel global.

Agregaremos que en algunas áreas comunes de la Cardiología la escasez de pruebas que avalen las recomendaciones es llamativa. La tercera parte -78 de 235- en el caso de una angina estable recibió un fuerte respaldo de las más recientes directrices de tratamiento publicadas en el 2002 cuando sólo 15 (el 6,4%) contaban con múltiples ensayos clínicos aleatorios que respaldaran esas conclusiones.

Cabe añadir que ni los fármacos para prevenir la presión arterial ni los que se recomiendan para reducir el colesterol obtienen mejores resultados. A pesar de la inversión masiva en ensayos clínicos realizada en ellos durante muchos años por la industria. En el 2006 la American College of Cardiology y la American Heart Associationhicieron 48 recomendaciones de las que 38 –es decir, casi el 80%- fueron ampliamente respaldadas. Y, sin embargo, sólo 11 de esas recomendaciones –el 23%- se basaban en múltiples ensayos clínicos mientras 33 -el 69%- se basaban en un único ensayo. Y lo habitual es que el fármaco recomendado sea el financiado por la compañía que en ese momento saca el medicamento al mercado.

Las recomendaciones formuladas en las actuales guías de práctica clínica por la American College of Cardiology y la American Heart Association –aseveran los expertos de la Universidad de Duke que han realizado el estudio- se han desarrollado en gran medida con bajos niveles de pruebas y/o simples opiniones de expertos. La proporción de recomendaciones para las que no existen pruebas concluyentes también va en aumento. Estas conclusiones destacan la necesidad de mejorar el proceso de redacción de las directrices y de ampliar la base de pruebas de las que se derivan las guías de práctica clínica”.

Añadiremos que en un editorial de Terrence M. Shaneyfelt y Robert M. Centor –miembros de la Facultad de Medicina de la Universidad de Alabama– que acompaña al estudio se aporta una explicación a por qué las guías de tratamiento reciben opiniones autorizadas a pesar de la debilidad de las pruebas. “Las directrices –afirman ambos médicos- se han convertido a menudo en herramientas de marketing para los fabricantes de dispositivos y fármacos. Los vínculos financieros entre los miembros del grupo del panel que elabora las directrices y la industria son habituales”. A juicio de los autores del editorial hay demasiados conflictos de intereses en torno a las directrices, tanto privados como gubernamentales. “Si todo lo que puede lograrse son declaraciones parciales de consenso mínimamente aplicables tal vez las directrices deberían ser evitadas por completo”, agregan.

Y estamos hablando de las “directrices que se encuentran tras el tratamiento de la primera causa de mortalidad en el mundo lo que supone miles de millones de inversión y gasto farmacéutico.
Sin comentarios.

EJEMPLO 2: ESTUDIOS FALSOS COMO BASE DE TRATAMIENTOS

Hace tan sólo unas semanas se supo que Scott Reuben, “prestigioso” anestesiólogo y profesor de la Universidad de Tufts en Massachusetts (EEUU), había falsificado al menos 21 de los 72 estudios de investigación publicados en revistas médicas entre 1996 y el 2008. Como la revista Scientific American publicó el trabajo de Reuben invariablemente parecía destinado a fomentar en los cirujanos el abandono de los analgésicos antiinflamatorios más antiguos y menos costosos en favor de los más nuevos y más caros, los conocidos COX-2 como Celebrex -de Pfizer- o Vioxx -de Merck-, medicamentos sospechosos de causar efectos secundarios tan graves como ataques cardíacos y accidentes cerebrovasculares. De hecho Vioxx fue retirado del mercado en el 2004 y se le considera responsable de la muerte sólo en Estados Unidos de miles de personas. Pues bien, Reuben llegó tan lejos como para publicar un estudio destinado a disipar las preocupaciones que tenían los cirujanos ortopédicos sobre el hecho de que los COX-2 pudieran inhibir el crecimiento del hueso. Los estudios en animales así parecían confirmarlo y ésa era la razón por la que muchos médicos ortopédicos desaconsejaban a sus pacientes tomar COX-2 tras las operaciones de cirugía de huesos así que Reuben salió al paso y publicó un estudio en Journal of Bone and Joint Surgery según el cual debía descartarse esa preocupación. Y dado su prestigio muchos cirujanos ortopédicos comenzaron entonces a utilizar los COX-2 con más frecuencia. Reuben se convirtió así en prolífico difusor de los “prodigios” obtenidos por esos medicamentos. Que ambos laboratorios se convirtieran luego en patrocinadores de la Orthopedic Anesthesia, Pain and Rehabilitation Society (OAPRS), entidad fundada por el propio Reuben con la intención de crear una subespecialidad desde la que poder definir probablemente nuevos tratamientos, fue por supuesto pura coincidencia.

En cualquier caso lo grave de este asunto no fue que Reuben manipulara o se inventara datos sino que ¡se los publicaran! porque a raíz de ello se convirtió en un especialista ampliamente leído, difundido y citado en otras publicaciones. Por ejemplo, su publicación inventada sobre los beneficios de los COX-2 para los pacientes de cirugía de rodilla se citó en al menos otros 20 artículos. Y como en un círculo perverso su fama -adquirida fraudulentamente según se denuncia ahora- le llevó a participar en numerosos congresos médicos con lo que su nombre adquirió todavía mayor notoriedad convirtiéndose en un líder de opinión de su especialidad.

Como el lector ya habrá inferido el caso Reuben ha abierto muchas incógnitas. La primera cómo es posible que sus artículos inventados tuvieran coautores, es decir, colegas reales que accedían a firmar con él. Porque esos médicos e investigadores firmaron unas investigaciones repletas de fantasía que afectaban ¡a pacientes reales! Obviamente cabe preguntarse también qué vínculos económicos directos había entre esos individuos y las empresas farmacéuticas. Y por último -y quizás más importante aún- por qué los editores de varias revistas accedieron a su publicación sin plantear nunca ninguna objeción al hecho evidente de que la investigación de Reuben siempre mostraba resultados positivos para los COX-2. Desde luego las múltiples veces denunciadas relaciones perversas de la industria con médicos y publicaciones científicas no parecen ser ajenas al escándalo.

La agencia Associated Press asegura que las revistas implicadas ya han comenzado a retirar los escritos del doctor Reuben pero teniendo en cuenta que éste también ha sido revisor de artículos de otros investigadores presentados para su posible publicación en el Journal of Bone and Joint Surgery y en Arthroscopy.com es obvio que cualquier artículo revisado por él también debería ser reexaminado.

La conclusión es que las deshonrosas acciones de Reuben afectaron -y posiblemente pusieron en peligro- a millones de pacientes en todo el mundo. Como consecuencia de sus maniobras muchos médicos recetaron medicamentos probablemente eficaces para el dolor pero peligrosos y que pudieron afectar los mecanismos de fusión de sus huesos tras sufrir diferentes procedimientos quirúrgico-ortopédicos. Con Reuben la investigación médica, los procesos de publicación y las evidencias científicas que avalan los tratamientos han vuelto a quedar –por enésima vez- bajo sospecha.

EJEMPLO 3: UN 2,5% DE EFICACIA EN CÁNCER

Veamos un último ejemplo que avala las conclusiones del British Medical Journal. Esta vez sobre cáncer. En el 2005 se publicó en Clinical Oncology un artículo titulado The Contribution of Cytotoxic Chemotherapy to 5-year Survival in Adult Malignancies (Contribución de la Quimioterapia citotóxica a la supervivencia a 5 años en malignidades de adultos) que pretendía cuantificar el beneficio real de la quimioterapia en el tratamiento de adultos con tipos comunes de cáncer. Pues bien, la revisión fue realizada por tres oncólogos: Graeme Morgan -radiooncólogo del Royal North Shore Hospital de Sydney-, Michael Barton -radiooncólogo y miembro del Collaboration for Cancer Outcomes Research and Evaluation, Liverpool Health Service- y Robyn Ward -oncólogo en el St. Vincent’s Hospital de la Universidad de Nueva Gales del Sur (Australia) y miembro del Therapeutic Goods Authority del Departamento de Salud y Edad del Gobierno Federal, el organismo que aconseja al Gobierno sobre la conveniencia y eficacia de los medicamentos. Y aunque sus conclusiones fueron demoledoras el estudio apenas tuvo repercusión internacional porque ya se sabe que la industria farmacéutica controla todo lo que se publica en los grandes medios de comunicación.

Bueno, pues el estudio derribó otro de los mitos creados en torno al cáncer merced a las campañas el marketing de la gran industria farmacéutica. “Algunos médicos –afirman los autores del estudio- son aún optimistas respecto a que la quimioterapia citotóxica mejorará la supervivencia de cáncer significativamente (…) Sin embargo, a pesar del uso de nuevas y caras drogas, solas o en combinación para mejorar la tasa de respuesta, el impacto del uso de los nuevos tratamientos ha sido escaso”. Más claro, imposible. Pero donde el artículo resultaba demoledor era a la hora de valorar las frías cifras relacionadas con los cánceres más importantes y mortales. “(..) En el cáncer de pulmón –puede leerse– la supervivencia media ha aumentado en sólo 2 meses (durante los últimos 20 años) y sólo se ha logrado un beneficio de supervivencia global de menos del 5% en el tratamiento adyuvante de cánceres de mama, colon, cabeza y cuello”.

Los autores concluyeron que la quimioterapia contribuía a alargar la supervivencia de los adultos en un 2.3% en Australia y en un 2,1% en Estados Unidos por lo que coligieron que el beneficio en los demás países desarrollados debía estar en el 2,5% en el mejor de los casos; es decir, siendo optimistas.

La primera consecuencia de una hipervaloración de los tratamientos actuales, como es fácil de entender, la sufren los propios pacientes. “El impacto mínimo sobre la supervivencia en los casos más comunes de cáncer –añaden Morgan, Barton y Ward- choca con las percepciones de muchos pacientes que sienten que están recibiendo un tratamiento que reforzará sus oportunidades de cura significativamente (…) En parte esto ocurre por la presentación de los datos como una reducción en el riesgo en lugar de como un beneficio de supervivencia absoluto”. Conviene explicar que el riesgo relativo es un medio estadístico que permite expresar el beneficio de recibir una intervención médica de modo que, sin ser técnicamente inexacto, tiene el efecto de presentar la intervención como algo mucho más beneficioso de lo que es en realidad. Así, si recibir un tratamiento permite reducir las posibilidades de recaída, enfermedad o riesgo de un paciente de un 4% a un 2% puede expresarse como una disminución del 50% sin que se esté mintiendo. Pero lo que el paciente no entiende es que ese tratamiento sólo le ofrece una reducción del 2% -no del 50%- en el riesgo absoluto. Claro que eso suena mucho menos convincente y la mayor parte de los pacientes no aceptarían el tratamiento.

No hay tampoco ninguna evidencia convincente –escriben- de que usando tratamientos con drogas más nuevas y más caras exista un beneficio superior a los tratamientos usados en los años setenta”. En resumen, los autores declaran: “La introducción de la quimioterapia citotóxica para los tumores sólidos y el establecimiento de la subespecialidad de oncología médica se ha aceptado como un adelanto en la dirección de un mejor control del cáncer. Sin embargo, a pesar de las afirmaciones de los primeros tiempos que presentaban la quimioterapia como la panacea para curar todos los cánceres el impacto de la quimioterapia citotóxica se limita a un subgrupo pequeño de pacientes y principalmente ocurre en las malignidades menos comunes”.

Lógicamente la publicación de este demoledor informe suscitó la reacción de algunos oncólogos. El periodista Norman Swan entrevistó por ejemplo para la Corporación de la Radiodifusión Australiana (ABC) al doctor Michael Boyer -Jefe de Oncología del Hospital Real Príncipe Alberto de Australia- y éste comenzó sugiriendo que la eficacia de la quimioterapia era en realidad más alta de lo que el estudio sugería pero cuando se le presionó para que dijera cuánto más añadió que “un 5 o 6%” en lugar del 2.5%.

Recordemos a efectos de valorar la realidad de los datos aportados por los investigadores australianos que un año antes, en el 2004, el epidemiólogo alemán Dieter Hoelzel -del Centro Clínico de la Universidad de Munich (Alemania)- afirmó con rotundidad que en los últimos 25 años no ha habido “ningún progreso” en la supervivencia de cáncer metástatico de colon, pecho, pulmón y próstata, causantes del 80% de las muertes por esta enfermedad en los países desarrollados y los más habituales destinatarios de la quimioterapia. En sus conclusiones Hoelzel no incluyó la quimioterapia aplicada al linfoma de Hodgkin y no Hodgkin, la leucemia, el sarcoma y el cáncer testicular. Ni tampoco a la quimioterapia utilizada para reducir los tumores antes de la intervención quirúrgica o destinada a destruir las células tumorales después de una operación.

En suma, quienes tras conocer todos estos datos -comenzando por las reveladoras cifras de Clinical Evidence- sigan utilizando como arma arrojadiza las famosas “evidencias científicas” mejor harían en revisar las bases de sus conocimientos médicos y de su práctica clínica. Y luego recordar que lo primero es “no dañar”.

Las cifras anteriores –escriben los autores de Clinical Evidenceindican que la comunidad científica tiene una gran tarea por delante y que la mayoría de las decisiones sobre los tratamientos recaen aún en los juicios clínicos y los pacientes”. En suma, del juicio clínico del médico, producto de su experiencia diaria y de la actitud del paciente. Dos axiomas que igual valen para los médicos convencionales que para los médicos naturistas y demás profesionales de la salud. Nadie lo olvide.

 Antonio F. Muro

Este reportaje aparece en
116
Mayo 2009
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