La incomunicación

Resulta paradójico que en plena era de las comunicaciones, cuando el planeta se ha quedado tan pequeño que uno puede hablar con cualquier persona del otro lado del mundo casi instantáneamente, la incomunicación con quienes nos rodean sea un problema cada vez más grave. Incomunicación entre los miembros de la pareja, entre ésta y sus hijos, en las relaciones sociales con los amigos y compañeros de trabajo… ¿Qué está pasando?

Nadie lo discute: cada vez son más las personas que tienen problemas para comunicarse con su pareja, con los padres, con los hermanos, con los hijos, con los compañeros de trabajo, con los conocidos y hasta con los amigos. Y si es su caso, nadie mejor que usted sabe que la incomunicación es una barrera que nos coarta e impide desarrollarnos plenamente como personas. Con lo que a continuación se preguntará: ¿y qué podemos hacer para superar ese problema?

Pues, en primer lugar, cuestionarnos cuál es la causa. Es decir, por qué surge la incomunicación. Y en ese sentido hay que decir que, en términos generales, el origen hay que buscarlo en el interior de la persona que la sufre. Claro que es preciso también valorar aspectos externos que juegan un papel fundamental, entre los que en nuestros días destacan la televisión y -más recientemente- Internet. Y es que a nadie se le escapa ya -como dejan de manifiesto las encuestas- que la televisión y la red de redes cortocircuitan en buena medida la normal interrelación de los miembros de una familia. De hecho, la «caja tonta» es hoy para mucha gente no ya una necesidad sino una auténtica adicción al punto de que no sabrían vivir sin colocarse frente a ella varias horas al día aún sabiendo que eso les está aislando del resto de la familia.

En ese sentido está claro, pues, que buena parte de la responsabilidad de la incomunicación recae en la sociedad que todos -en mayor o menor medida- hemos ayudado a construir. Paralelamente, las personas estamos cada vez más ocupadas -sobre todo las que vivimos en las grandes ciudades- y tenemos menos tiempo para dedicar y compartir con los demás. Además, para agravar el panorama, desde los diferentes centros de poder se potencia cada vez más al individuo frente a la colectividad y a la familia haciendo creer que triunfar en la vida es lograr el éxito individual y no cuenta el grupal. Un sinsentido promovido por una cultura egóica y de culto a la personalidad.

Por otra parte, el ser humano está hoy tan ocupado en sus “cosas” que se olvida de que en la vida es mucho más importante comunicarse y relacionarse con las personas. Que antes de las cosas están siempre –SIEMPRE- las personas. Algo que quizá el ser humano no tiene en cuenta suficientemente al no ser consciente de que la incomunicación conduce a quien así actúa al alejamiento de las personas que le rodean, primero, a la falta de intercomunicación con ellas después, y, por último, al egoísmo en tanto en cuanto pasa de ser una persona que está con los demás a convertirse en un individuo que sólo se encuentra para él y para sus necesidades e intereses.

LOS PORQUÉS DE LA INCOMUNICACIÓN 

Las razones de la incomunicación, a nivel interno, suelen deberse a uno o varios de los siguientes factores.

El egoísmo. Es decir, cuando no se desea compartir algo que uno tiene al pensar que, en la medida en que se permite a los demás acceder a las cosas personales –no importa que sean objetos materiales o conceptos intelectuales-, se les está facilitando que obtengan beneficios similares a los de uno.

La soberbia. El ser humano raramente anota y asume sus errores, lo que le lleva casi siempre a no dar el paso necesario para continuar comunicándose cuando surge algún problema. Prefiere, generalmente, esperar a que sea el otro el que pida perdón.

El miedo a no hacer las cosas bien. Una situación que viven con enorme tensión algunas personas cuando tienen que manifestar que no saben hacer algo, no importa qué.

La falta de entrega. Darse a los demás es un esfuerzo desmedido para muchos individuos que prefieren por eso no asumir nunca compromiso alguno.

La ausencia de valoración personal. La baja autoestima hace que muchas personas prefieran callarse y no expresar lo que sienten ante la duda de meter la pata si lo hacen.

La ausencia de valores. Al hombre se le ha educado durante mucho tiempo -afortunadamente, ya no se hace así con nuestros pequeños- para que se sienta una individualidad, olvidándose de que es y forma parte de un mundo interrelacionado en el que el sentido de todo lo que hace está en el todo y no en la parte.

En suma, la incomunicación no se limita sólo a la ausencia de comunicación. Va más allá. Es el reflejo de la ausencia de los valores morales esenciales del ser humano, como la entrega y la confianza en los demás. Circunstancia que pone de manifiesto cómo la incomunicación está siendo la causa no sólo de muchos divorcios entre las parejas y de distanciamientos insalvables entre hijos y padres sino que es también la causa de muchos nacionalismos que están afectando a la normal convivencia de miles de personas en el mundo.

LA INCOMUNICACIÓN EN LA FAMILIA 

La mayoría de nuestros jóvenes se sienten distanciados de sus padres aun cuando buena parte de ellos aseguran tener una excelente relación con sus hijos. Sin embargo, lo cierto es que son una minoría los casos en los que esa aparente interrelación idílica se lleva a efecto. En la mayoría de los ocasiones lo que sucede es que se confunde la amistad con permisividad; o, mejor dicho, la comunicación con permisividad. Porque una cosa es entender y permitir que un hijo lleve a su novia a casa -o viceversa- y se vaya de vacaciones con él o ella y otra muy distinta que exista un flujo comunicativo padre-hijo sin cortapisas.

Hay que entender que la comunicación entre padres a hijos no se limita a que los primeros se comuniquen con los segundos cuando estos alcanzan la adolescencia o que se muestren permisivos a la hora de dejarles hacer su vida con más o menos libertad. Por otra parte, la comunicación se debe comenzar a establecer desde el mismo momento en que nace el niño porque si así se hace luego será más fácil mantenerla a lo largo de toda la vida. Y comunicarse significa siempre escuchar al otro, no sólo hablarle y contarle lo que pensamos y sentimos. La comunicación es siempre intercambio de información.

Por tanto, los padres deben ser conscientes de las necesidades afectivas y de conocimiento de sus hijos siendo necesario que exista entre ellos una armonía tal que les permita comunicarse sin traba alguna. Y si eso no se produce desde la infancia cuando el niño llegue a adolescente no sabrá cómo acercarse a sus padres y, por tanto, difícilmente podrá llegar a conectar con ellos. De hecho, lo que ocurrirá es que ocultará sus sentimientos y buscará, egoístamente, que sus progenitores le permitan hacer sin más lo que le interesa para satisfacer sus necesidades más inmediatas.

Para evitar que eso suceda es necesario hablar, saber escuchar y saber interpretar los silencios de los niños ya que esos silencios delatan muchas veces las omisiones y las carencias educacionales.

Es más, la comunicación no resulta fácil para aquellos adolescentes que no han vivido una infancia equilibrada en el terreno afectivo. Y eso no quiere decir que no hayan tenido el cariño necesario. En absoluto. Un hijo puede haber sido muy querido pero si le ha faltado comunicación, entrega, afianzamiento de sus necesidades psicológicas (afecto, valoración, sinceridad, ensalzamiento de lo que hace bien, etc.) y no se le enseñó que la vida no es fácil y que hay que luchar por lo que uno quiere sin arredrarse ante las dificultades no se habrá hecho lo correcto para que ese niño se sienta seguro a la vez que comunicativo. Por otra parte, es importante entender que los niños deben aprender a caminar de forma independiente de los padres, si bien sintiendo que son apoyados por ellos y que podrán contar con su asesoramiento.

Los padres han saber también que cuando el niño llegue a la pubertad necesitará sentirse comprendido, estimulado y aconsejado pero deben respetar su libre albedrío. Comunicarse bien con los hijos cuando son adolescentes es entregarse a ellos y hacerles saber que ahí están si les necesitan, pero no interfiriendo en su vida, en sus decisiones. El mayor error que puede cometer un padre con un hijo adolescente es hacerle sentir que no sabe hacer las cosas por sí mismo.

PAUTAS PARA UNA ADECUADA COMUNICACIÓN ENTRE PADRES E HIJOS 

En suma, los padres deben dar a sus hijos amor –por encima de todo-, lograr que exista confianza mutua (la desconfianza es un enemigo insalvable), sentirse mutuamente cerca, valorarlos, creer en sus posibilidades -haciéndoselo saber- y darles libertad tanto para manifestar lo que piensan y sienten como para callarse y no expresarlo. Es decir, el joven necesita el apoyo del mayor y sus consejos pero luego debe poder decidir libremente por sí mismo.

La comunicación, por tanto, se dará plenamente cuando padres e hijos comprendan que pueden caminar en paralelo, sin que exista una relación de control o dependencia sino de apoyo mutuo.

Algo no tan sencillo porque lo cierto es que hoy la incomunicación entre padres e hijos es un problema grave que lleva muchas veces a éstos a la anorexia, la bulimia y la drogadicción. Sin olvidar, por supuesto, los fracasos escolares. En fin, los progenitores deberían saber que de cómo sea la comunicación con sus hijos dependerá en buena medida el futuro de los mismos; y que, a veces, las cosas que no se hacen a tiempo dejan de ser útiles. Lo inteligente, pues, es hacer las cosas bien; de lo contrario sólo nos quedará lamentarnos y llevar los sinsabores y fracasos a cuestas. No lo olvidemos pues: la incomunicación afecta a la libre evolución del ser humano.

LA INCOMUNICACIÓN EN LA PAREJA 

La incomunicación en la pareja es la causa de la mayoría de los fracasos sentimentales, por delante incluso de la infidelidad y de la incompatibilidad de caracteres.

¿Y por qué se produce la incomunicación? Pues especialmente a causa de la monotonía ya que cuando ésta invade la relación de pareja se inicia un periodo de distanciamiento que conduce generalmente a la ausencia del deseo de compartir cosas y a perder las ganas de hablar.

¿Y qué debería hacer entonces una pareja para no llegar a la incomunicación? Pues las mejores pócimas son la sinceridad, conversar mucho y no ocultar ningún sentimiento. Es decir, ser sinceros, contar lo que cada uno siente y lo que dejan de sentir cuando están juntos. Eso es lo más importante para que la relación goce de salud y equilibrio. Además, por supuesto, de preguntarse a menudo por qué suceden las cosas.

Pero, claro, esto no siempre se hace. Y entonces, ¿qué ocurre? Pues que la pareja se distancia y la sensación inicial es que ya no se sienten a gusto el uno con el otro, al tiempo que no entienden qué les está sucediendo. Y el siguiente paso, como es lógico, es que el amor comienza a naufragar aunque el afecto siga vivo. Algo que, cuando sucede, suele ser el primer paso para la ruptura.

Cuando uno de los miembros de la pareja (o los dos) se comienza a sentir distanciado es cuando empieza a analizar situaciones y a ver los problemas que antes no veía. Llegado ese momento, la mayoría de las parejas, en lugar de reflexionar para intentar buscar una solución positiva, lo que hacen es –casi siempre- todo lo contrario: alejarse aún más si cabe. ¿Por qué? Pues sencillamente porque el orgullo muchas veces pesa más. Seguro que más de una vez ha escuchado a alguna persona cercana inmersa en esta experiencia decir: «Yo no voy a dar el primer paso…». Y todo porque piensa que no le va a servir de nada. Es más, esas personas dicen sentirse sin fuerzas para rehacer lo destruido y dudan de la reacción y respuesta de su pareja. ¿Y qué sucede? Que el distanciamiento termina convirtiéndose en una barrera infranqueable. Y, desgraciadamente, la única salida es entonces casi siempre la separación o el divorcio.

Pese a todo, los psicólogos especializados afirman que siempre se debe de intentar salvar la situación. ¿Cómo? Pues hablando, expresando los sentimientos y comiéndose el orgullo y la soberbia.

En cualquier caso, lo más inteligente es combatir la incomunicación en la fase inicial, cuando se trata todavía sólo de distanciamiento y no ya cuando la relación es inexistente.

BASES PARA NO CAER EN LA INCOMUNICACIÓN 

En definitiva, para evitar la incomunicación en la pareja es preciso que ambos sean sinceros, exista entrega (compañerismo) y se mantenga el compromiso. Paralelamente, cada uno deberá intentar intuir lo que el otro siente, aprender a ponerse en su lugar, sorprenderle de vez en cuando, hacerle regalos (detalles que pueden ser sólo de palabra), recordar vivencias pasadas, compartir cosas y proyectos y no exigirse nada, sobre todo cosas que se sabe que el otro no va a hacer porque le suponen un esfuerzo muy grande.

LA INCOMUNICACIÓN EN LAS RELACIONES SOCIALES 

En general las personas mantenemos una comunicación aceptable con quienes nos relacionamos socialmente (de los compañeros de trabajo hablaremos más adelante), si bien es cierto que la timidez y la intolerancia a la hora de aceptar las opiniones ajenas impiden en muchas ocasiones una comunicación plena. Pero salvo cuando esa comunicación implica intromisión en los asuntos personales, que entonces sí produce rechazo, la relación suele ser fluida.

En cualquier caso, a veces surge la incomunicación. Y en esas ocasiones la relación pasa a convertirse en algo ficticio que sólo responde a unos intereses determinados. Incomunicación que puede evitarse si en las relaciones sociales procuramos ser nosotros mismos, no intentamos demostrar nada -es decir, no nos “vendemos”-, sabemos escuchar, somos sinceros -no decimos cosas que no hacemos o no sentimos- y honestos, ejercemos el compañerismo, estamos dispuestos a echar una mano a quien precisa ayuda y procuramos analizar las cosas.

LA INCOMUNICACIÓN EN EL TRABAJO 

¿Y qué sucede en el ámbito laboral? ¿Existe una comunicación saludable entre los compañeros de trabajo? Pues la verdad es que cuando se habla de esta parcela uno se encuentra de todo un poco aunque generalmente se polariza mucho; es decir, o se da una comunicación fluida o, por el contrario, existe incomunicación.

En cuanto a las razones, buena parte suele deberse al miedo a ser superado en el puesto profesional. En este sentido, muchos trabajadores no quieren que sus superiores conozcan sus carencias profesionales ni que sus inferiores -o demás compañeros- puedan llegar a averiguar sus miedos por si los utilizan para competir.

De ahí que los equipos de recursos humanos –sobre todo los de las grandes multinacionales- se esfuercen para que los trabajadores se relacionen entre sí con el fin de que creen vínculos afectivos que les impidan la competencia entre ellos. Saben que así se centrarán en su cometido profesional y, por tanto, en el bien de la empresa.

Esa es la razón de que, por lo general, la incomunicación sea más corriente entre las personas que trabajan en pequeñas empresas. Y es en ellas, por tanto, donde el papel del empresario es más determinante para que los empleados se abran en mayor o menor medida entre sí. Una buena relación entre empresario y trabajador desemboca en una comunicación armónica que hará que la gente se sienta más cómoda, con más ganas de trabajar y menos de competir. Es decir, se buscará más la colaboración con los compañeros y las relaciones serán mejores, más satisfactorias en lo personal y más productivas en lo profesional. Pero, claro, esto no es fácil de conseguir porque basta que un eslabón de la cadena no responda para que el objetivo se tuerza.

A nivel personal, pues, la manera de hacer que la comunicación sea la más adecuada es centrarse en el trabajo y ser consecuente con la responsabilidad asumida, no tener una ambición desmedida que conduzca a pisar a un compañero, respetar la labor de los demás, ser honesto en nuestras actuaciones, conocer las limitaciones propias y estar abierto a las sugerencias de los demás para poder aprender de las mismas.

Carmen Quintana

Este reportaje aparece en
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Junio 1999
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