Los gritos del silencio

El acelerado mundo en el que vivimos está ocasionando en muchas personas un estrés tan intenso, tan intolerable a todos los niveles, que empieza a ser imprescindible que hagan alguna pausa en sus vidas que les permita recuperar un poco el sosiego y la paz interior. Sencillamente porque si no lo hacen puede llegar a peligrar su salud y hasta su vida.

 “No tengo tiempo ni de respirar” es una frase que repetimos con frecuencia pero, ¿nos damos cuenta realmente de lo que esas palabras significan? Porque la respiración está tan relacionada con la vida que en el fondo lo que estamos diciendo inconscientemente es que no tenemos tiempo de vivir.

Es verdad que en nuestros días todo el mundo está sometido a un cierto grado de estrés –se ha detectado incluso en niños pequeños- pero no es menos cierto que cuando éste rebasa determinados límites de tolerancia se convierte en un problema grave. Nada debe extrañarnos, pues, que cada vez haya más gente dispuesta a buscar lugares en los que retirarse a descansar e intentar hallar serenidad. Y da igual que se trate de un balneario, un hotelito rural, una experiencia de vida en la naturaleza, unas prácticas de yoga, zen, tai-chi, qi-gong o cualquier otra cosa. Los “retiros de silencio” comienzan a ser para muchas personas una necesidad, no un lujo. Unos retiros cuyo objetivo no es sino el de romper la inercia de actividad desenfrenada en la que uno está inmerso dejando en suspenso aspiraciones, proyectos, actividades, inquietudes, tensiones, ambiciones, expectativas, euforia… y demás manifestaciones de nuestra personalidad.

PERO, ¿QUÉ ES REALMENTE EL SILENCIO?  

Evidentemente, lograr estar en silencio no es sólo estar callado sino detener el “ruido” que nos rodea y el que subsiste en nuestro interior. Algo para lo cual hay que apoyarse en el silencio verbal, en la inactividad física, en la quietud y en la soledad. No esa soledad que nos angustia sino la soledad buscada que nos permite el reencuentro con nuestro interior. A fin de cuentas, ya decían los místicos que “nadie está tan solo como el que vive alejado de sí mismo”, refiriéndose a quienes no tienen espacio ni tiempo para quedarse a solas sin tareas, sin proyectos, sin trabajos, con lo que uno «es» y no con lo que «tiene».

¿Y QUÉ SE NECESITA PARA ENTRAR EN CONTACTO CON UNO MISMO?  

Pues, simplemente, tiempo y un lugar para mirar hacia dentro. Aunque lo normal es que uno caiga en la tentación de llevarse libros, cintas de relajación, música, material para escribir, etc., cosas que se han convertido casi en imprescindibles en nuestra vida. Sin embargo, ese equipaje no hace sino entorpecer la ruptura de nuestros hábitos. En suma, paravivir el silencio no hay más que quedarse a solas con uno mismo.

Y le aseguramos al lector que los beneficios terapéuticos de un retiro de silencio no sólo inciden en nuestro cuerpo físico (descanso de nuestros sistemas circulatorio, respiratorio, nervioso, digestivo, etc.) sino que ayuda al reequilibrio energético y a la serenidad mental al aquietar nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestros procesos en marcha.

El objetivo final, en suma, es identificar nuestro potencial y tomar consciencia de quiénes somos, cómo estamos y qué estamos haciendo merced a esa percepción que la Psicología llama estado alterado de consciencia y que permite al individuo darse cuenta de lo que está viviendo desde una perspectiva distinta.

Ahora bien, es importante no vivir esas horas con sensación de deber sino de vocación, sin forzar, recordando que el silencio es la expresión de nuestra libertad. Sabedores de que si logramos parar el mundo exterior se despertará nuestro interior.

¿CÓMO HACERLO? 

La mejor manera es practicar la meditación. Una técnica que, contra lo que mucha gente cree, consiste no en reflexionar sobre algo sino en dejar la mente completamente en blanco. Algo nada sencillo para quien no está acostumbrado. Y aunque son muchas las técnicas de meditación y cada uno puede seguir la que más le convenga, una vez decidido el lugar -donde esté seguro de que nadie va a interrumpirle- hay una serie de pautas que debe tener en cuenta. Resumidas, serían estas:

  • Siéntese equilibradamente.
  • Mantenga una postura de disponibilidad, de atención sin tensión.
  • Cuide de no caer en el apoltronamiento o adormecimiento.
  • Esté receptivo y abierto.
  • Mantenga la inmovilidad, la quietud. Al paralizar el cuerpo, se paraliza lo demás.
  • Mantenga los ojos entreabiertos ya que al cerrarlos se activa la imaginación. En cambio, si deja descansar la mirada un metro por delante resulta más fácil.
  • Las manos deben descansar sin tensión sobre los muslos o las paredes del vientre.
  • Comience a respirar lenta y profundamente.

Es todo. Normalmente se practican a lo largo del día treinta minutos de meditación, un breve descanso, otros treinta minutos de meditación, pausa para un paseo en silencio, ejercicios respiratorios y físicos… y así sucesivamente empezando una y otra vez un nuevo ciclo.

¿Le parece sencillo? Pues no lo es. Lo normal es que se pierda la atención, la concentración. La mente, normalmente dispersa y habituada a saltar de un pensamiento a otro, se suele «distraer» y comienza a divagar. Y en ese momento hay que regresar enseguida al “aquí y ahora”. Por otra parte, cuando se relaja la tensión física y descienden nuestros niveles de adrenalina hay una bajada general de temperatura, un aflojamiento muscular y es fácil caer en la somnolencia. Lo que hay que hacer entonces, en cuanto uno se da cuenta de que se está durmiendo, es regresar al momento presente y reanudar  de nuevo la práctica de la meditación apoyándose en la respiración.

¿QUÉ HACER CON NUESTRA ATENCIÓN? 

Para meditar es importante mantener la atención. Algo que se consigue fijándola en algo, concentrándonos en ello. Da igual cuál sea el objeto o pensamiento elegido. Lo importante es que esa atención permita a la persona estar dentro de sí misma porque si la atención está fuera, como quiera que el exterior se mueve constantemente la persona se perderá yendo de un estímulo a otro. Y estar atento a un pensamiento o a una emoción también es estar moviéndose ya que están en la frontera que nos conecta con la zona externa, con lo sensorial, donde sigue habiendo agitación.

De ahí que una de las formas más sencillas para mantener la atención sea atender a la propia respiración. Con ello no se incentiva la mente ni los sentidos y, por tanto, la conceptualización de pensamientos se va deteniendo poco a poco.

Otras personas prefieren estar atentos a una palabra, a un mantram que repiten continuamente, pero si no se tiene práctica también puede distraernos porque una palabra lleva a otra, ésta a una idea y la idea a la actividad mental.

Hay que aclarar que el silencio no es una excursión, un paseo por nuestra vida o nuestros recuerdos, aunque a veces sea lo primero que surge. Se trata más bien de una incursión, un adentrarse y para eso es imprescindible que todo el exterior se pare porque sólo así podremos internarnos en lo profundo de nuestro ser.

BENEFICIOS TERAPEÚRICOS DEL SILENCIO 

Nuestra personalidad externa o ego, la idea que tenemos de nosotros mismos, dificulta la mayoría de las veces nuestra relación personal con los demás. Es necesario pues estar abierto, disponible. Y el silencio tiene la virtud de abrirnos a otra dimensión. En la vida cotidiana, mientras permanecemos atentos a otras cosas, con nuestros centros de interés saturados por los estímulos externos, no dejamos espacio libre para que surjan del interior las propias inquietudes.

La salud, ya lo sabemos, está tremendamente relacionada con el equilibrio y para que éste exista es necesario que haya una correspondencia armónica entre nuestros deseos e impulsos internos y lo que vivimos en el exterior. Empero, nuestra actividad diaria nos impide percibir ese impulso y, al quedar a merced de las circunstancias, nuestra vida a veces nos parece una novela, algo irreal e ilusorio.

Los proyectos o impulsos internos son como una semilla. La semilla sólo debe ocuparse de sí misma, no del entorno. Su función es abrirse desde dentro y hacerlo en el momento preciso y con las pautas adecuadas. Sin embargo, muchas veces nos ocupamos más de lo de fuera y entonces no maduramos, no crecemos.

Cuando se vive la vida con tensión, como una lucha, uno se cansa mucho. En cambio, si fuéramos capaces de tomárnosla como un juego no nos fatigaríamos. La vida no es una lucha sino dejarse fluir inmerso en un proceso de consciencia. Y si se tiene más en cuenta al interior deja de ser tan duro vivir el exterior.

De hecho, aunque los acontecimientos giren a velocidad vertiginosa, cuando uno se sitúa en su centro, en el «ojo del huracán», siente de pronto la calma, la quietud. Es sólo aparente… pero ahí está. En ese punto nada se mueve. Es lo que los orientales llaman el TAO. Pues bien, la experiencia del silencio es similar: podemos encontrar en el exterior la máxima actividad y percibirla de otra manera si el foco lo ponemos en el interior, allí donde reina la plenitud y la paz.

Ahora bien, es importante conectar también con el silencio del cuerpo, no sólo de la mente. Y en nuestro cuerpo podemos encontrar dos tipos de silencio: silencio de muerte, aquel que se crea por tensión, por bloqueos energéticos, por enquistamiento… y silencio de vida, cuando fluye y circula la energía, cuando no hay tensión sino armonía y equilibrio entre lo de fuera y lo de dentro.

ESTAR PRESENTES 

Es importante, en definitiva, aprender a estar presentes y a vivir con plenitud lo que nos sucede. Y eso significa ser capaz de captar la armonía, el equilibrio, el sosiego, la paz, la verdadera razón de la existencia, sean cuales sean las circunstancias. Porque aprender a vivir feliz tiene mucho que ver con dos cosas: la atención y la flexibilidad.

Si no disfrutamos lo suficiente de la vida es porque no estamos atentos sino divididos, desintegrados, fragmentados en cuerpo y mente, memoria y emociones, razón e imaginación, lógica y sentimientos… Fragmentación que provoca sufrimiento. Hay que aprender, pues, a integrar los innumerables opuestos de nuestra vida para que podamos apreciar la belleza de la existencia. La luz y la sombra están tan intrínsecamente unidas que se necesitan una a la otra para existir.

Entendamos pues que la verdadera felicidad consiste en disfrutar de lo que se tiene, no en tener más cosas. Por otra parte, si aprendemos a disfrutar con lo que estamos haciendo incluso las tareas más tediosas o repetitivas adquirirán sentido. A fin de cuentas, éstas se pueden asumir de dos maneras: quitándonoslas de encima cuanto antes o disfrutando del resultado y encontrándole sentido a lo que hacemos. Y sólo se disfruta de aquello de lo que somos conscientes. Por tanto, ser conscientes de cada gesto, de cada pisada, de cada mirada, de cada palabra o acción, estemos donde estemos, nos acerca a esa felicidad.

El segundo aspecto a tener en cuenta, como decíamos, es la flexibilidad, que tiene que ver con la capacidad de adaptarse a las circunstancias. Es decir, no tener expectativas especiales, no pretender poseer o dominar sino estar abierto. El junco tiene más probabilidades de sobrevivir que el roble cuando el viento sopla fuerte y son muchas las ocasiones en nuestra vida en que nos vemos zarandeados por los “huracanes externos”. De hecho, la naturaleza nos muestra cada día que lo rígido resulta más frágil y termina por romperse. Podríamos decir que la rigidez mental provoca esclerosis de pensamientos y eso, a su vez, resistencia al cambio; y en un mundo tan increíblemente cambiante como el de este final del siglo XX esa actitud sólo puede desembocar en enfermedad, ya sea física o psicológica.

De hecho, en las escuelas se mide ya el nivel de frustración que soportan los niños con el fin de que desarrollen lo que ha dado en llamarse “inteligencia emocional” y que no es sino el desarrollo de las habilidades sociales; es decir, el conocimiento de uno mismo y de los demás para lograr una mejor interrelación y formar parte de una sociedad más armónica.

No olvidemos que todo crecimiento implica desequilibrio (ansiedad, angustia, miedo, inseguridad…) pero a la vez es un ingrediente imprescindible en la vida y puede convertirse en un aliciente si somos conscientes del proceso. La inquietud por descubrir es lo que hace avanzar a nuestra especie.

Sólo que en nuestra cultura de acción nos resulta difícil no hacer nada. El propio silencio nos causa tensión porque pensamos que estamos perdiendo el tiempo y eso nos cuesta porque no toleramos bien la inactividad. Si no hacemos cosas parece que la vida no tiene sentido en este mundo enfocado hacia la producción y los resultados. Algo que, obviamente, no encaja con nuestra propuesta de detenerse para disfrutar del proceso. Y eso a pesar de que si observamos la naturaleza vemos que todo está plagado de pausas o intervalos: los poros de la piel, los parpadeos, los cambios de ritmo respiratorio, las arritmias del corazón, los periodos de sueño y vigilia…

¿CÓMO SEGUIR VIVIENDO EN MEDIO DEL RUIDO?  

Otra cuestión importante en la que a veces no caemos es que estamos más atados a nuestras emociones de lo que pensamos. Nuestros deseos, nuestras ideas y nuestras pasiones nos enganchan y encarcelan. Sin embargo, el silencio puede ser una puerta de entrada a otras dimensiones menos “egóicas”, más universales, un camino de autorresponsabilidad y solidaridad.

Y, tal como decimos en el titular, escuchar los gritos del silencio. Unos gritos altamente beneficiosos porque son desbloqueos, resquebrajamiento de viejas estructuras.

En definitiva, es saludable buscar un espacio en nuestra vida, un lugar y un tiempo para la inspiración, para estar con uno mismo, para encontrar el propio ritmo sin las imposiciones de una vida basada en la hiperactividad.

Este tipo de prácticas esporádicas permitirán, por un lado, que nuestra mente se vaya familiarizando con ellas; y, por otro, representarán momentos de equilibrio que iremos incorporando en nuestro vivir diario de forma progresiva, ayudándonos a mejorar notablemente nuestra calidad de vida.

María Pinar Merino

Este reportaje aparece en
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Junio 1999
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