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     REPORTAJES
NÚMERO 59 / MARZO / 2004

¡ESTAMOS TODOS ALTAMENTE CONTAMINADOS! (II)

 

El pasado mes explicamos a nuestros lectores hasta qué punto estamos todos contaminados con sustancias químicas tóxicas y cómo se nos oculta. Este mes les explicamos cómo para que el efecto de un producto sea tóxico no se precisan dosis altas, cómo influye el tiempo de exposición, si existe vulnerabilidad genética, etc. Porque debe usted saber que hay gran cantidad de tóxicos que producen efectos dañinos en dosis mucho más bajas de las que determina la ley como “tolerables”.

El pasado mes dimos a conocer a nuestros lectores las evidencias científicas de hasta qué punto estamos todos contaminados por tóxicos químicos. Y la pregunta es obvia: ¿cómo es eso posible con los controles que teóricamente ejercen los gobiernos? Pues bien, tal pregunta tiene respuesta sólo que no va a agradar precisamente a la opinión pública: la razón es que toda decisión que se toma a ese nivel está totalmente condicionada por los intereses del mercado. Es más, los mismos medios de comunicación –salvo muy contadas y honrosas excepciones- son víctimas de ello. El denominado “periodismo de mercado” es actualmente compañero de viaje de la intoxicación global.

Para hacernos una idea de hasta dónde llegan los tóxicos utilizados hoy basta conocer los análisis efectuados en la leche materna de las madres de la tribu esquimal inuit que habita en el círculo polar ártico. Porque a pesar de que hablamos de una zona que jamás ha sido fumigada la leche de esas madres tiene una de las concentraciones más altas de venenos químicos. Al punto de que si esa leche fuese analizada en cualquier laboratorio de referencia -americano o europeo- y se aplicasen los mismos criterios que a la leche de vaca -en lo que a presencia de residuos se refiere- sería considerada no apta para el consumo humano.

Y añadiré que análisis de ese tipo se han hecho en todo el mundo occidental en innumerables ocasiones. Incluso han sido motivo de tesis doctorales. Por lo que tal información se posee aunque se oculte a la opinión pública. De hecho, gracias a ello se sabe que casi todos los niños que nacen hoy tienen una gran carga tóxica acumulada que llega a ellos mientras se supone que están “seguros” en el útero materno. Las toxinas llegan hoy a ellos mientras se alimentan de su madre de forma muy superior a la de hace sólo 50 años. Toxinas que son causa muchas veces -se sabe fehacientemente- de defectos de nacimiento, retrasos en el aprendizaje, trastornos del comportamiento, hiperactividad, cáncer, etc. Es decir, una carga tóxica que supone una auténtica bomba de relojería capaz de estallar en cualquier momento con solo tocar el detonador apropiado.

UN INFORME ESTREMECEDOR

Para que nuestros lectores entiendan la gravedad de hasta qué punto estamos contaminados los seres humanos y el medio ambiente en general solo hace falta consultar las estadísticas de la Agencia de Protección Medioambiental Americana (EPA) de 1989, es decir, datos de hace ya tres lustros. Una época en la que la contaminación, siendo grave, era aún mucho menor ya que desde entonces se han estado introduciendo en el mercado una media de 1.000 compuestos químicos nuevos cada año. Piénsese que en estos momentos el número de xenobióticos (sustancias extrañas) conocidos actualmente es de unos 100.000 e incluye medicamentos, pesticidas, químicos industriales, aditivos alimentarios y contaminantes ambientales. Pues bien, el informe de la EPA ya adelantaba en 1989 que sólo en Estados Unidos:

-250.169.751 kilos de químicos industriales terminaron en las alcantarillas públicas.
-536.097.356 kilos de sustancias químicas se vertieron en la tierra afectando a los acuíferos.
-85.785.063 de kilos de sustancias químicas se vertieron en océanos, mares, lagos, ríos, embalses, etc. Y,
-1.101.886.105 kilos de sustancias químicas se emitieron a la atmósfera.

La EPA estima que sólo en aquel año de 1989 Estados Unidos contaminó el medio ambiente con 2.590.374.352 kilos de contaminantes químicos. Y para que se haga usted una idea de lo que supone esa cantidad de sustancias químicas tóxicas le diré que podríamos llenar los depósitos de tal cantidad de camiones de 20.000 kg. de capacidad cada uno como para que, puestos en fila uno detrás de otro, uniéramos Madrid y París. ¡Y esa cantidad es sólo la que contamina Estados Unidos cada año!

Puede usted tomarse a título de inventario –es decir, como un dato curioso- todo esto pero sepa que tales sustancias están envenenando su organismo –y el de su pareja, sus hijos, sus padres, sus hermanos, sus familiares, sus amigos, sus conocidos...- a través del aire que respiramos, los alimentos que consumimos, las sustancias que utilizamos sobre nuestra piel en la higiene o mediante el agua que bebemos. Es más,  los tóxicos también están en los medicamentos, el alcohol, el tabaco y otras drogas. Y si bien es verdad que el organismo está preparado para eliminar las toxinas que entran en él... no lo es menos que en las circunstancias actuales de saturación no siempre puede manejar correctamente la situación. Especialmente cuando las defensas del sistema inmune están bajas.

Para complicar aún más el panorama un trabajo publicado en The Lancet en 1991 estimaba que cada año se producen en el mundo alrededor de 220.000 muertes por intoxicaciones agudas causadas por los pesticidas agrícolas. Estimando que en Estados Unidos enferman cada año por esta causa entre 150.000 y 300.000 personas. En Europa no hay ningún estudio semejante pero todo indica que no deben diferir mucho las cifras de las expuestas ya que los productos que se utilizan son los mismos y las circunstancias en que se utilizan también.

¿ES SEGURA LA EXPOSICIÓN A ESTAS SUSTANCIAS A “DOSIS BAJAS”?

Debemos agregar que hace ya unas décadas se difundió la idea de que la exposición a estas sustancias cuando las dosis son “bajas” no dañan la salud. Sin embargo, no es cierto. Lo que sucede es que cada vez que las Agencias Oficiales de Control Medioambiental sacan a la luz el resultado de un análisis se ponen en marcha las agencias de “noticias” y los grupos de presión de la industria para contrarrestar y minimizar el efecto que esa información haya podido producir en la opinión pública.

Hay centenares de estudios que demuestran los efectos adversos sobre la salud que tiene en la población la exposición a “dosis bajas” de tóxicos como los PCB, el DDT, las dioxinas, los metales pesados, los contaminantes del aire y otras sustancias químicas. Entre ellos, muerte prematura, asma, cáncer, bronquitis crónica, reducción del coeficiente de inteligencia y de otras constantes de la función cerebral, nacimientos prematuros, infección del tracto respiratorio, enfermedades cardíacas, hipertensión, reducción de la capacidad pulmonar...

Es más, la literatura científica relaciona claramente que la exposición a “dosis bajas” de tóxicos en animales ejerce notables efectos sobre la salud que no se habían apreciado en los estudios con “dosis altas”. Y es que hoy se están usando técnicas de laboratorio sofisticadas para medir cambios sutiles -pero muy importantes- en el funcionamiento de los sistemas orgánicos que aparentemente no estaban afectados, incluyendo alteraciones del sistema inmune, la actividad enzimática, los niveles de hormonas, cambios celulares en los tejidos, parámetros del comportamiento, crecimiento de los órganos, alteraciones en los niveles de receptores hormonales y neurotransmisores... Y muchos de esos efectos observados con “dosis bajas” son detectados durante el desarrollo.

Tradicionalmente los análisis de peligrosidad se han hecho sobre animales estudiando lo que producen en ellos dosis altas y así catalogar la cantidad que convencionalmente se considera hoy “segura” para cada producto. Pero resulta que al utilizar los protocolos actuales se ha podido constatar que dosis mucho más pequeñas de las consideradas “seguras” pueden ser bastante más dañinas de lo que se creía (sirva de ejemplo el recuadro adjunto).

Buen, pues a pesar de que los trabajos publicados por los toxicólogos son impresionantes -tanto en número como en calidad- la industria química sigue declarando que la exposición a dosis bajas de miles de sustancias químicas es segura. Unas declaraciones basadas en la pura mentira consciente o en la falta de información científica. Aunque se alegue que hay “pruebas científicas” de su “seguridad”.

De hecho, los argumentos que utilizan los científicos gubernamentales para legislar sobre las “dosis seguras” de los productos químicos se basan en la creencia –errónea- de que experimentar con dosis altas sobre animales es suficiente para revelar las propiedades tóxicas de una sustancia. Y no es cierto.  Sin olvidar, además, que existen otros factores tan importantes o más que la dosis de exposición que apenas se tienen en cuenta. Por ejemplo:

-El tiempo de exposición. Tanto el momento en el que se produce la exposición a la sustancia química como la cantidad de tiempo que uno está expuesta a ella son determinantes. Hoy se sabe que si la exposición se produce en edad fetal o durante la infancia suelen producirse efectos sobre la salud mucho más serios que si la exposición la sufre un individuo ya adulto. Y hoy la mayor parte de los experimentos se hace con animales adultos y con periodos cortos de exposición.

-La vulnerabilidad genética. Hay constancia de que algunas personas son más susceptibles a los contaminantes químicos debido a ciertos factores genéticos. Por ejemplo, hay trabajos publicados por la EPA que revelan que existe una variación en la respuesta de los pulmones a la aspiración de partículas suspendidas en el aire -incluyendo medicamentos y alergenos- de 1 a 10.000. Esta gran variabilidad explica en parte, por ejemplo, por qué a pesar de que un grupo respire el mismo aire no a todos sus componentes les dan ataques de asma. Pues bien, si los experimentos en laboratorio se hacen sobre animales genéticamente uniformes no se pueden advertir los distintos efectos adversos que sí acaecen en un pequeño grupo de individuos de una población que no es genéticamente uniforme.

-La dosis. Se sabe que los efectos adversos de los tóxicos varían según la dosis. Algunos producen efectos negativos a dosis bajas y altas mientras otros no los provocan a dosis altas pero sí a dosis bajas.  Un ejemplo: el Dietilestilboestrol -un estrógeno sintético usado ampliamente por los médicos en el pasado reciente- estimula el crecimiento de la próstata a dosis de 0.02 y 2 mg/kg por día pero inhibe el crecimiento de la próstata a dosis diarias de 100 y 200 mg. Y lo mismo sucede con el perclorato (un contaminante presente en el agua de grifo). Sin embargo, los protocolos que exige la legislación no tienen en cuenta esta circunstancia.

Por tanto, afirmar -tal como se hace hoy, sobre todo cuando aparecen casos como el reciente del salmón- que las dosis bajas no son dañinas o que ingerir un alimento contaminado sólo 1 o 2 veces por semana no supone riesgo alguno... es falso. ¿Cómo puede decirse eso además si nunca se ha estudiado la toxicidad de una mezcla de sustancias ni se está teniendo en cuenta el efecto de su consumo a largo plazo?

Los estudios realizados con dosis altas de tóxicos en alimentos -como los que se hacen en el caso de los pesticidas- se hacen siempre con una sola sustancia purificada y simple cuando en el mundo real los individuos estamos expuestos a las mezclas de cientos de sustancias. Sin embargo, los científicos no conocen la toxicidad de esas mezclas –porque no las han estudiado- ni la sinergia que puede haber entre ellas. Salvo algunas honrosas y contadísimas excepciones eso no se investiga.

Eso sí, los científicos que constituyen esas honrosas excepciones y que sí han investigado el efecto de las mezclas han descubierto que pueden tener efectos muy perjudiciales. He aquí un ejemplo: en dos estudios recientes con animales se utilizó una mezcla de 16 pesticidas organoclorados -de los que cualquiera puede comprar en la tienda de la esquina-, plomo y cadmio aplicándolos en las dosis que la legislación considera “seguras”. Pues bien, los animales desarrollaron alteraciones del sistema inmune y de la función tiroidea, una glándula fundamental cuyo mal funcionamiento afecta considerablemente al organismo y es esencial en el desarrollo del cerebro.

Es decir, independientemente de que existan más de 20 revistas científicas especializadas en difundir la información relacionada con los efectos de estos tóxicos, los científicos no pueden aún responder cual es exactamente el efecto sobre la salud de la mezcla de los mismos. Y la razón es que legalmente a la industria no se la exige que haga las pruebas pertinentes antes de sacar una sustancia al mercado. En Estados Unidos, por ejemplo, a la industria se la permite que comercialice nuevos compuestos sin necesidad de que se efectúen pruebas suficientes que aseguren que no son tóxicos para la salud humana y ambiental. Los estudios exigidos suelen ser rudimentarios y más de la mitad de las solicitudes a la EPA carecen de datos toxicológicos. A pesar de lo cual la Administración norteamericana aprueba el 80% de las solicitudes que reciben... en menos de tres semanas. Muchas sustancias se aprueban presentando simplemente estudios virtuales en los que se demuestra que no dañan el medio ambiente. Y un año después esas sustancias ya se venden en Europa.

Es verdad que una vez que una sustancia está en el mercado la EPA puede solicitar mayor información a la empresa productora... pero sólo si se demuestra que dicha sustancia está produciendo algún daño lo que es prácticamente imposible pues los datos de investigación se encuentran en manos de la misma industria y se protegen como secreto industrial. Así que en la práctica esos estudios se requieren legalmente sólo cuando científicos independientes han acumulado datos suficientes que evidencien su riesgo potencial. Un proceso que puede tardar décadas. El caso del DDT es un buen ejemplo. Sólo cuando se presentan problemas importantes es cuando las autoridades empiezan a tomar medidas.

Algunos productos, como es el caso de los pesticidas domésticos y los cosméticos, deben llevar descrito en sus etiquetas información suficiente como para que el consumidor pueda hacer una elección consciente pero en general a la industria química no se la exige que especifique detalladamente la composición de la mayoría de los productos que llevamos a los hogares: productos de limpieza, pinturas, pegamentos, plásticos, componentes de tejidos, colchones, almohadas, papel de pared, sustancias para el tratamiento de la madera, componentes de material eléctrico, electrodomésticos, ordenadores, etc.

En suma, la industria va siempre por delante de los gobiernos. Ni siquiera se la exige que presente la metodología necesaria para determinar la presencia de las sustancias nuevas que ponen en el mercado, en el medio ambiente y, por ende, en los organismos humanos. Y como son sustancias nuevas y patentadas los gobiernos no conocen -ni tienen manera de determinar- qué es lo que hay que buscar ni cuáles son los métodos analíticos. Sin olvidar que las evaluaciones que hacen están limitadas por los medios de que disponen (infraestructuras, equipos, personal especializado, dinero, etc).

En Europa, por su parte, los Programas Nacionales de Investigación de Residuos (PNIR) se limitan a analizar en los alimentos de origen animal -y en algunos vegetales- sólo una pequeña proporción de las miles de sustancias presentes que hoy están contaminando a los seres humanos.

En definitiva, la legislación que regula la presencia de residuos en alimentos es en teoría bastante estricta pero lo cierto es que en las actuales circunstancias es prácticamente imposible de aplicar y va muy por detrás de lo que la industria utiliza. Obviamente, esta situación es inaceptable. Los ciudadanos tienen derecho a saber qué sustancias tienen acumuladas en su organismo y cuál es el riesgo potencial que pueden causar. Si se sabe perfectamente -por poner un ejemplo simple- que el cadmio es un metal tóxico y que entre sus múltiples características está la de producir cáncer de próstata la determinación de esta sustancia en tejidos (no sólo en sangre) debería incluirse en el protocolo de prevención de este tipo de afección. Y lo mismo podríamos decir de los pesticidas organoclorados y disruptores endocrinos (nos remitimos a los resultados analíticos del Mount Sinai –que publicamos el mes pasado- y de la EPA) y su incidencia en los cánceres de mama, próstata, ovarios, testículo, etc. Eso sería auténtica “prevención primaria”. La que se hace hoy día no es sino “prevención secundaria” porque no es otra cosa que “detección precoz”. Claro que es la más económica... De ahí que los médicos hoy, aunque quieran hacer lo mejor por sus pacientes, se encuentren inermes y sean una víctima más de este entramado.

PERSONAS DE PRIMERA... Y DE TERCERA

Debemos añadir que una de las mayores sinvergonzonadas del polémico mundo de la industria química y farmacéutica -tanto americana como europea- es la de prohibir la venta de una sustancia en los países occidentales cuando queda claramente demostrado el daño que produce en personas, animales o el medio ambiente... pero hacer la vista gorda con su fabricación y venta en el Tercer Mundo o en aquellos países donde la legislación es más laxa. Porque lo hacen sabiendo perfectamente que esas sustancias volverán a nosotros ya sea porque contaminan los productos que importamos de allí o, sencillamente, a través de la lluvia y el viento. Como explicamos al principio de este artículo, los osos polares y las mujeres y hombres de la tribu inuit son también víctimas hoy. Y otro tanto ocurre en todos los pueblos del planeta.

Es increíble que cualquier persona –y de cualquier edad- pueda comprar pesticidas en el mercado sin cortapisa de ningún tipo. Los supermercados tienen hoy las estanterías llenas de sustancias tóxicas de uso doméstico que en muchos casos ni siquiera se describen en las etiquetas. Y la legislación sólo les exige que pongan una leyenda señalando que, en caso de intoxicación, el afectado debe ponerse en contacto -por teléfono- con el Servicio de Información Toxicológica.

Paradójicamente, hoy en Europa ningún médico o veterinario puede comprar ya –ni siquiera con receta- una simple tintura base de cualquier planta o mineral -usadas en Homeopatía desde hace cientos de años- porque las acaban de retirar del mercado. ¿Y se prohíbe porque pueden perjudicar la salud, como se alega? Es obvio que no. Se hace por razones exclusivamente comerciales, porque perjudican a la gran industria farmacéutica. Es cierto que hay tinturas peligrosas que si se utilizan mal pueden producir reacciones adversas pero todo depende de la dosis. Con lo que nos hallamos ante la paradoja legal de que un médico puede hoy recetar un estupefaciente mil veces más peligroso que una simple planta pero ya no podrá recetar ésta ni tampoco -por poner un ejemplo- la tintura de caléndula a pesar de que, diluida convenientemente, es uno de los mejores cicatrizantes que existe.

Es más, el que pueda haber interacciones entre determinados productos fitoterapéuticos y algunos medicamentos cuando se consumen conjuntamente no es argumento suficiente para retirar sustancias que llevan rindiendo servicio a la humanidad desde hace miles de años. Para tomar una medida como esa habría que haber hecho antes una valoración riesgo–beneficio... pero eso no se hace porque no le interesa a la industria. Además, en los casos en que así fuera, ¿por qué no se puede poner en la etiqueta de los productos fitoterapéuticos que como puede haber interacciones con algunos medicamentos debe consultarse antes con el médico o, en el peor de los casos, con el servicio de información toxicológica? No, la verdadera razón de todo esto es la de proteger los intereses comerciales de la industria farmacéutica a medio y largo plazo. Con la falacia de proteger nuestra salud se está legislando en contra del bien común. Basta para constatarlo comparar la manga ancha que se tiene con los venenos químicos y la rigurosidad con que se legisla en Europa sobre Fitoterapia, Homeopatía y suplementos nutricionales. No hay duda alguna de que el principio de proporcionalidad sigue sufriendo una violación tras otra.

 

Rudolph Hawkins 

 



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