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| LA CREDIBILIDAD DE LA INDUSTRIA
FARMACÉUTICA, BAJO MÍNIMOS |
La ya menguada credibilidad de la industria
farmacéutica está siendo socavada aún más a toda velocidad.
Recientes estudios de la Fundación Health Partners y
de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard
(EEUU) junto a las denuncias de Richard Smith -editor durante
25 años del Britsh Medical Journal- revelan cómo las
grandes corporaciones condicionan la investigación en su propio
beneficio. De manera paralela, la revista médica en Internet
PloS Medicine, con el objeto de conocer el alcance de
las prácticas irregulares de la industria, reunió por primera
vez en Washington a quienes, con sus denuncias durante los últimos
meses, se han convertido en una pesadilla para las grandes compañías
farmacéuticas. Y de los datos se extrae una rotunda conclusión:
no existen fallos aislados en el sistema. ¡Falla todo el sistema!
Al
igual que los malos estudiantes pasan más tiempo buscando la forma
de engañar al profesor que estudiando la industria farmacéutica
parece dedicar en estos momentos más tiempo y recursos a buscar
la forma de conseguir que sus productos sean recetados que a tratar
de solucionar los auténticos problemas de salud. Cada vez son
más los estudios independientes que revelan este comportamiento.
La fundación Health Partners, por ejemplo, ha desvelado
recientemente que el 33% de los científicos norteamericanos reconoce
haber modificado en alguna ocasión sus resultados para adecuarlos
a los intereses de la industria. Y casi al tiempo un equipo de
investigadores de la Escuela de Salud Pública de la Universidad
de Harvard (EEUU) ha publicado que los centros académicos
están dispuestos a permitir a la industria farmacéutica intervenir
de forma excesiva en los trabajos que desarrollan para no arriesgarse
a perder sus aportaciones económicas. Son piezas distintas de
un rompecabezas complejo en el que hay muchos elementos en juego:
industria, investigadores, instituciones, publicaciones, agencias
reguladoras, médicos... Evidentemente la intervención del Farmacartel
-es decir, de las grandes multinacionales- sobre una de las partes
podría considerarse un comportamiento puntual y aislado de escasa
trascendencia en el conjunto pero es que para conseguir sus objetivos
la industria ha tenido ya que intervenir en todo el proceso y
el actual sistema está tan profundamente contaminado y corrompido
que se necesita un cambio total. Tal es la conclusión que se extrae
de la suma de los estudios independientes y los testimonios de
testigos de primera línea recogidos en el encuentro mantenido
hace poco en Washington -promovido por la Public Library of
Science (PloS Medicine) y coordinado por la especialista en
temas médicos Jeanne Lenzer- al que acudieron profesionales de
distintos sectores que en los últimos meses han denunciado públicamente
distintas prácticas irregulares de la industria. En palabras del
propio editorial de la revista "el cuadro que surgió de este
encuentro -un cuadro de lazos impropios de la medicina americana
con la industria farmacéutica- fue profundamente preocupante".
LOS WHISTLEBOWERS
"Whistleblowing" -según se recoge
en la introducción de la ley norteamericana Sarbanes-Oxley
de 2002- es "revelar la información que un trabajador cree
es prueba de ilegalidad, pérdidas graves, fraude, mala administración,
abuso de poder o de un sustancial y específico peligro para la
salud, tanto en la esfera de lo público como de lo privado".
En la actualidad la figura del whistlebower (informador)
está protegida legalmente en Estados Unidos y organizaciones de
interés público y sin ánimo de lucro como el GAP (Government
Accountability Project o Proyecto para la Responsabilidad en el
Gobierno) llevan 25 años apoyando su papel con asesoramiento
legal y apoyo en los tribunales y ante los medios de comunicación.
Sin embargo, mientras en Estados Unidos se considera una figura
imprescindible a la hora de exigir responsabilidades a los poderes
públicos y privados en España ni siquiera se plantea. De hecho,
cuando hace seis años el gerente de un importante laboratorio
denunció -tras 20 años de trabajar en él- lo que consideró "prácticas
irregulares" de su empresa acabó abandonado por todos y sin apoyo
económico para poder seguir el procedimiento judicial logrando
sólo que se le cerraran todas las puertas del sector. No es de
extrañar que fuera la primera y la única vez que alguien se atrevió
a hacer una denuncia de ese tipo en nuestro país.
Afortunadamente no en todas partes pasa lo mismo y gracias a ello
Jeanne Lenzer consiguió en Washington sentar en la misma mesa
a cuatro testigos privilegiados del comportamiento de la industria
mientras otro científico -investigador de una de las principales
compañías farmacéuticas con quien Lenzer había mantenido contactos
durante los últimos meses- participaba de forma anónima vía telefónica.
Los profesionales que se atrevieron a denunciar el comportamiento
de sus jefes -públicos o privados- fueron:
David
Graham. Funcionario de seguridad de la FDA (la agencia
norteamericana reguladora de alimentos y medicamentos). Fue él
quien primero alertó de los graves efectos cardiovasculares del
rofecoxib (Vioxx) y otros inhibidores de Cox-2 siendo
sus advertencias ignoradas. Graham denunció la actitud de la propia
FDA ante un comité del Senado después del escándalo del Vioxx.
Asistió a la mesa redonda a nivel personal y no representando
a la FDA.
Allen
Jones. Investigador en la Pennsylvania Office of
the Inspector General. Condujo la investigación de una cuenta
paralela utilizada por ciertas compañías farmacéuticas y desde
la que se hicieron pagos a empleados estatales encargados de desarrollar
los protocolos de utilización de medicamentos para determinadas
patologías. Presentó un pleito civil de derechos contra su oficina
para proteger su derecho a difundir públicamente los resultados
de su investigación. Fue despedido de su trabajo por hablar con
la prensa.
Stefan
Kruszewski. Psiquiatra de Harvard fue contratado por
el Bureau of Program Integrity en el Pennsylvania Department
of Public Welfare (Departamento de Salud Pública) para vigilar
la Salud Mental en el estado y los programas sobre el mal uso
de medicamentos en ese área. La corte federal en Pennsylvania
falló a su favor reconociendo que fue despedido después de denunciar
abusos y fraudes en su oficina.
Kathleen
Slattery-Moschkau. Antigua representante comercial
de dos grandes compañías de medicamentos. Abandonó la industria
farmacéutica después de dar testimonio de prácticas de marketing
que encontró profundamente inquietantes.
El quinto participante, como adelantamos, lo hizo de forma anónima.
Es investigador en una de las principales compañías farmacéuticas
y tras diversos contactos con Lenzer durante los últimos meses
puso como condición mantener en secreto su identidad. Jeanne Lenzer
recogió lo más significativo de lo dicho en esa reunión en un
artículo titulado "¿Qué podemos aprender de los whistleblowers
médicos?. Las respuestas, a pesar de haber sido denunciadas
ya anteriormente en esta revista, adquieren especial relevancia
por los testimonios aportados, los estudios antes citados y muchos
otros recogidos ya en la revista.
¿QUÉ PODEMOS APRENDER?
1. La carrera para
aprobar nuevos medicamentos compromete la salud pública.
La sensación del "todo vale" para ser los primeros o hacer
rentable una inversión subyace en lo relatado por los invitados
al encuentro de Washington. De hecho, los problemas se detectan
ya en los primeros pasos de la investigación.
"Las compañías de medicamentos evitan de forma habitual obtener
información sobre los efectos colaterales -afirmaría el informante
anónimo-. No se realizan estudios de seguridad a menos que
sean requeridos por el regulador, algo que raramente pasa". Luego
añadiría nuevos datos sobre el inmoral comportamiento de la industria:
"Los pacientes de alto riesgo, los que podrían más fácilmente
tener alguna reacción adversa a un nuevo medicamento, se excluyen
sistemática y deliberadamente de los estudios a pesar de que si
el medicamento es aprobado son precisamente ellos quienes tomarán
esos fármacos".
También denunciaría que el tamaño de los estudios es insuficiente
para garantizar de verdad la seguridad. "Los estudios más grandes,
en los que se controla a varios miles de personas, son limitados
y duran sólo unos meses. Por tanto, si un fármaco provoca la muerte
de una sola persona entre varios miles... en el caso de un medicamento
superventas eso supone decenas de miles de muertes al año. Pero
eso nunca se desvela con el tipo de estudios que se realizan rutinariamente
y son la base para su aprobación".
"Para asegurarnos de que los problemas de seguridad pasan
inadvertidos -añadió el informante anónimo con honestidad-
realizamos pequeños estudios en los que para alcanzar problemas
de seguridad situamos un umbral estadístico tan alto que sabemos
de antemano que nunca llegará a ser alcanzado por ningún efecto
colateral serio. Como un infarto de miocardio. Es decir, esta
práctica asegura virtualmente que si aparece algún efecto colateral
negativo no alcanzará el nivel que llamamos 'significativamente
estadístico' y la compañía podrá así alegar que ha sido simplemente
un caso de 'mala suerte'"
Pero, ¿y si a pesar de todo los resultados no son los esperados
y aparecen efectos adversos claros? "Lo normal en esos casos
-añadiría- es que la compañía no publique de ninguna manera
el estudio. Aunque a veces lo hacen... pero omitiendo el resultado
negativo con la excusa de que no es 'estadísticamente significativo'
".
La influencia de la industria se nota también en la selección
de quién y cómo realizará la investigación, como
han demostrado dos estudios recientes. Según el trabajo dirigido
por Brian C. Martinson para la fundación Health Partners
sobre prácticas consideradas censurables por la Oficina de
Política Científica y Tecnológica (producción, falsificación
y plagio a la hora de proponer, realizar o revisar la investigación
o para dar a conocer los resultados), la situación no es precisamente
la ideal. "La evidencia -afirman los investigadores- muestra
que los comportamientos deshonestos más mundanos y que se dan
regularmente suponen una mayor amenaza para el campo científico
que aquellos causados por malas conductas de más alto nivel, como
el fraude".
De hecho, el 33% de los 3.000 investigadores encuestados reconoció
haber incurrido, al menos una vez en los tres años anteriores
a la encuesta, en conducta deshonesta. "Un 15,5% -se afirma
en el estudio publicado en Nature- varió la metodología
o los resultados de un estudio como respuesta a presiones de los
patrocinadores, un 12,5% supervisó el uso por otras personas de
datos incorrectos y el 7,6% se saltó algunos requisitos menores".
Es decir, la tercera parte de los investigadores puso su talento
al servicio del patrocinador anteponiéndolo al del interés público.
Es obvio que la presión económica no incide sólo en los investigadores.
Así lo demuestra el estudio de Michelle Mello -de la Harvard
School of Public Health- aparecido en el New England Journal
of Medicine. El estudio analiza el tipo de acuerdos que las
instituciones académicas realizan con el sector farmacéutico para
la realización de investigaciones a partir de las respuestas de
107 Facultades de Medicina norteamericanas. Y de nuevo la conclusión
es preocupante: "Nuestros hallazgos -dice el estudio- dan
un apoyo empírico a las preocupaciones que ya se habían expresado
sobre la amenaza que pueden suponer unas condiciones contractuales
restrictivas para la libertad académica".
El estudio pone de manifiesto que existen divergencias entre las
distintas instituciones sobre lo que es permisible y lo que no
lo es. Así, el 85% coincidía en que su centro no aprobaría cláusulas
que diesen al patrocinador la autoridad de revisar las conclusiones
que se envían a una revista médica pero las divergencias fueron
mayores en otros temas y resultan preocupantes. Así, el 47% no
permitiría al patrocinador introducir su propio análisis estadístico
de los resultados pero el 24% reconoció que sí lo haría. Asimismo,
la mitad permitiría a la compañía farmacéutica escribir un borrador
del artículo. Divergencias que, evidentemente, propician que los
ensayos se dirijan a las instituciones más permisivas con los
patrocinadores. "Mientras no exista una prohibición federal
expresa para ello -puede leerse en la revista- los centros académicos
médicos y demás organizaciones deberían desarrollar políticas
estrictas sobre el acceso a los datos y los derechos de publicación...
y adherirse a ellas. Si todos lo hicieran los patrocinadores no
podrían buscar situaciones' más favorables' entre unas y otras
instituciones".
La situación es lamentable. Jerome Kassirer, antiguo director
del New England Journal of Medicine, lo reconoce: "Los
resultados de este estudio son realmente preocupantes porque algunos
investigadores pueden estar aceptando restricciones sólo para
mantener buenas relaciones con la compañía que financia la investigación
".
2. La literatura
médica es manipulable.
Los defensores del actual sistema pretenden hacer creer
que los estudios son rigurosos porque de lo contrario no aparecerían
en las publicaciones científicas de prestigio. La verdad, sin
embargo, es muy otra.
"Los estudios que se publican -reconoció la fuente anónima-
no están muchas veces escritos por los científicos responsables
de la investigación, por los responsables de su diseño, sino por
algún médico escritor designado para ello con poca -cuando no
nula- experiencia en la investigación pero especializado en presentar
los resultados de la mejor manera posible para la compañía.
También denunciaría que "la documentación científica disponible
a nivel público es parcial y sólo se encuentra lo que las compañías
permiten que se de a conocer". Aunque quien más contundentemente
ha denunciado los conflictos de intereses entre las publicaciones
médicas y la industria ha sido Richard Smith, jefe ejecutivo
de United Health Europe y editor del British Medical
Journal durante 25 años. Así, en un reciente trabajo publicado
en PloS Medicine titulado "Los diarios médicos son una
extensión de la política de marketing de las compañías farmacéuticas"
señala que la principal perversión en las relaciones entre
las revistas y la industria no radica en los anuncios sino en
los ensayos publicados. "Lejos de desconfiar de éstos -escribe
Smith- los lectores ven los ensayos controlados aleatorizados
como una de las principales formas de evidencia. Un gran ensayo
publicado en un diario médico importante tiene el sello de aprobación
de la publicación (muy diferente a la publicidad), se distribuirá
alrededor del mundo y puede llegar a recibir cobertura por parte
de los medios de comunicación, particularmente si de manera simultánea
es apoyado por comunicados de prensa del periódico y de la empresa
de relaciones públicas contratada por la compañía farmacéutica
que patrocinó el ensayo. Para una compañía farmacéutica un ensayo
favorable tiene el mismo valor que miles de páginas de anuncios
por lo que una compañía es capaz de gastar más de un millón de
dólares en las reimpresiones del ensayo para su distribución mundial.
Los doctores que la reciban quizás no la lean pero quedarán impresionados
por el nombre de la publicación. La calidad del periódico bendecirá
la calidad del medicamento." Es obvio decir que las reimpresiones
suponen un extraordinario beneficio para las publicaciones. Y
no lo es menos decir que no se hacen reimpresiones de los ensayos
negativos.
La conclusión de Smith es que las compañías parecen conseguir
sus positivos resultados no a través de grandes fraudes -lo cual
resultaría demasiado grave y posiblemente detectable por la revisión
de sus pares- sino "haciendo las preguntas adecuadas".
En su opinión los principales métodos utilizados por las compañías
farmacéuticas para aparentar buenos "resultados" en los ensayos
clínicos son:
Efectuar
ensayos comparando su producto con otro ya conocido que se sepa
tiene inferiores resultados.
Comparar
los resultados de su producto con los de algún otro de la competencia..
pero utilizando dosis demasiado bajas de éste y asegurarse así
de que aparece como menos efectivo.
Comparar
los resultados de su producto con los de algún otro de la competencia..
pero utilizando dosis demasiado altas de éste y asegurarse así
de que el suyo aparece como menos tóxico.
Efectuar
ensayos comparativos con otros productos con una muestra suficientemente
pequeña como para que las diferencias sean significativas.
Usar
múltiples objetivos en el ensayo y seleccionar para la publicación
sólo aquellos que dan resultados favorables.
Hacer
los ensayos multicéntricos y seleccionar para la publicación los
resultados de los centros que son "favorables" (es decir, los
que permiten a los patrocinadores incidir en ellos)..
Presentar
sólo los resultados más llamativos; por ejemplo, la reducción
relativa del riesgo en lugar de la disminución absoluta.
Tales son las "argucias" que utiliza la industria farmacéutica
mencionadas por Richard Smith pero la verdad es que hay muchas
más y explicarlas sería interminable.
¿Y cómo podrían evitar las publicaciones científicas limitarse
a ser una extensión de los departamentos de marketing de las compañías
farmacéuticas? Después de reconocer que le costó 25 años de experiencia
darse cuenta de la telaraña en la que han quedado atrapadas las
publicaciones científicas Richard Smith opina que la única solución
real es ¡dejar de publicar ensayos! "Primeramente -ha escrito-
necesitamos ensayos realizados con fondos públicos, particularmente
grandes ensayos de todos los tratamientos disponibles para tratar
una patología. Y segundo, las medios deben dejar de publicar los
ensayos. En cambio, deben publicarse los protocolos y resultados
disponibles en sitios web regulados. Sólo un paso tan radical,
pienso, permitirá evitar que los medios caigan en el agradecimiento
a las compañías. En lugar de publicar los ensayos podrían concentrarse
en describirlos críticamente".
3. Los lazos entre
las agencias reguladoras de medicamentos y la industria influyen
en la nueva aprobación de medicamentos.
El ya mencionado David Graham -funcionario de seguridad
de la FDA- reconocería durante la reunión que la agencia norteamericana
mantiene una relación de "colaboración" con la industria.
Recordando que, a fin de cuentas, recibe dinero de las compañías
farmacéuticas a través de la Prescription Drug User Fee Act
de 1992 "para aprobar nuevos medicamentos y hacerlo lo más rápidamente
posible". La FDA tiene pues una consigna clara según Graham:
encontrar argumentos que permitan aprobar los medicamentos. Es
más, llegó a afirmar durante el encuentro que un importante dirigente
de la FDA le comentó en cierta ocasión: "Nuestro cliente es
la industria".
Graham añadiría que cuando la FDA es consciente de que hay
un problema serio con un nuevo medicamento lo afronta la mayoría
de las veces... limitándose a ordenar que se incluya la información
en el prospecto. Como si con eso se justificara que siga en el
mercado.
La conclusión de Graham es que no hay ninguna voz independiente
responsable de la seguridad de los medicamentos en Estados Unidos.
Según denuncia, los ejecutivos de nivel superior en la Oficina
de la FDA de Seguridad del Medicamento -la FDA's Office of
Drug Safety- son designados por la Oficina de la FDA de Nuevos
Medicamentos -la FDA's Office of New Drugs- lo que convierte
a la Oficina de Seguridad en "cautiva" de la Oficina de
Nuevos Medicamentos. Sobre el comportamiento de la FDA también
intervino el investigador anónimo para señalar que el organismo
regulador exige simplemente dos estudios positivos para aprobar
un nuevo medicamento ¡sin que haya limitación alguna sobre el
número de estudios negativos que pueden haber aparecido antes
de que aparezcan los estudios positivos! Algo que puede llevar
a la aprobación de un medicamento incluso cuando existen estudios
negativos sobre el producto u otros estudios que, simplemente,
demuestran que no tiene efecto alguno.
Recordando su reciente testimonio ante el Comité de Finanzas del
Senado norteamericano Graham afirmó que "la FDA fue el mayor
obstáculo para hacer algo eficaz con el Vioxx. Como resultado
casi 60.000 personas murieron probablemente a consecuencia de
ese medicamento, tantos como el número de nuestros soldados muertos
en la guerra de Vietnam. La FDA tuvo la oportunidad, la responsabilidad
de evitarlo... y no lo hizo. De hecho, la FDA permitió que continuara
en el mercado. La FDA comparte pues la responsabilidad por esas
muertes y, a pesar de ello, aún no ha sido sustanciada su responsabilidad
por el Congreso".
Claro que también el Congreso norteamericano está "profundamente
agradecido" a la industria farmacéutica dado que, como bien explica
Graham, muchos "un porcentaje importante de las contribuciones
para sus campañas lo reciben... de la propia industria". En
otras palabras, también hay numerosos congresistas con la conciencia
alquilada.
4. Es más importante
para obtener beneficios el marketing que los resultados.
Llegado el momento de poner el producto en el mercado
es evidente que la industria no detiene su maquinaria en el tramo
final. El investigador anónimo reconoció que no siempre los resultados
eran lo realmente importante a la hora de colocar un producto.
"He visto -afirmó- medicamentos comercializados de tal
manera que se exageraban los beneficios y se ocultaban los riesgos".
Kathleen Slattery-Moschkau -también presente en la reunión y que,
como ya dijimos, fue representante comercial de dos grandes compañías
de medicamentos- aportó el punto de vista de quien conoce bien
las técnicas de marketing por su experiencia en ellas. Empezó
reconociendo que el único curso de Ciencias que había realizado
antes de trabajar para la primera compañía estaba relacionado...
con la Meteorología. "La ironía -dijo- es que años después
acabé trabajando para alguna de las compañías farmacéuticas más
importantes diciéndoles a los doctores qué medicamentos prescribir.
Lo hice durante 10 años y me avergüenzo de haberlo hecho durante
tanto tiempo".
Pues bien, más allá de las "gratificaciones" que reciben los médicos,
directas e indirectas -y a las que nos referiremos más adelante-,
Slattery-Moschkau explicó que las diversas técnicas que aprenden
los representantes están encaminadas a convencer a los médicos,
no a informarles. "Nos explicaban -afirma- lo que teníamos
que decir y lo que no teníamos que decir sobre los medicamentos"
Era el marketing, no la ciencia lo que dominaba. Una de las técnicas
utilizadas por las compañías farmacéuticas y denunciada por esta
ex representante comercial era comprar los archivos de prescripción
de los doctores para que sus representantes supieran "al detalle"
lo que los médicos prescribían y así poder "adaptar" a ellos
sus técnicas de marketing. Los visitadores desarrollaban "los
perfiles de personalidad" de los médicos y eran preparados
para realizar sus ventas de acuerdo a cada tipo de personalidad
específico. "Los representantes éramos recompensados -dijo
Slattery-Moschkau- en función del número de prescripciones
que podíamos conseguir que se realizaran".
5. Cuando el marketing no basta... siempre
quedan los "regalos".
Cuando las tácticas psicológicas no funcionan... se echa mano
de algo más material. Así, la aportación de Allen Jones durante
la reunión fue describir cómo las compañías farmacéuticas actúan
a nivel estatal para influir en la prescripción de medicamentos
psiquiátricos. "Empecé a investigar -recuerda- una cuenta
en la que las compañías farmacéuticas estaban depositando dinero
al que accedían empleados estatales. Adicionalmente encontré que
varias compañías farmacéuticas estaban pagando a empleados estatales
por medios indirectos: viajes, ganancias extras, comidas, transportes,
honorarios de 2.000 dólares por hablar en su calidad de profesionales
en los eventos de las farmacéuticas o se les concedían becas educativas
sin restricciones que se depositaban en alguna cuenta no registrada.
Literalmente, operaban fuera de control".
También denunció que los responsables de dictar la política clínica
y de escribir los protocolos para el tratamiento de pacientes
en el sistema estatal, es decir, los funcionarios que deciden
en Estados Unidos qué fármacos debe sufragar el estado ¡reciben
dinero de las compañías que tienen productos para esas patologías".
Algo que apoyó contando los pormenores de una de sus investigaciones:
"Un grupo de funcionarios desarrolló el protocolo que terminaría
llamándose ''Texas Medication Algorithm Project (TMAP)'
y que comenzó en Texas a mediados de los años 90. En él se perfilaron
las pautas detalladas de medicación para la esquizofrenia, la
depresión y el desorden bipolar. Pues bien, el TMAP recomienda
casi exclusivamente el uso del más novedoso, patentado y muy caro
antipsicótico SSRIs (inhibidores selectivos de la recaptación
de serotonina)". Una decisión que, según los miembros del
TMAP, estaba basada en "acuerdos de expertos" alcanzados en encuentros
propiciados por la propia industria.
Pues bien, Jones explicaría que cuando quiso investigar los resultados
fue inmediatamente bloqueado. "Me dijeron: 'Hasta aquí'.
Y añadieron: 'Mire, las compañías farmacéuticas firman
cheques para los políticos de ambos lados del pasillo'. Y agregaron:
'Para dejar de ser un salmón deje de nadar contra corriente'".
Jones, sin embargo, no cesó en su empeño de denunciar la situación...
así que fue apartado de sus funciones. El 22 de noviembre del
2002 iniciaría por ello un pleito por violación de derechos civiles
reclamando "conservar mi trabajo y mi derecho a hablar".
El quinto contertulio de la reunión que estamos comentando fue
el psiquiatra Stefan Kruszewski y planteó un pleito similar ante
una corte federal de Pennsylvania. Empezaría contando que había
manifestado a sus jefes del Departamento de Bienestar Público
de Pennsylvania su preocupación ante algunas prácticas de
prescripción que se seguían a nivel estatal porque no pensaba
que estuvieran basadas en evidencias científicas. Su papel en
la oficina era vigilar la Salud Mental en el estado y el posible
mal uso de sustancias a fin de proteger a los ciudadanos de posibles
fraudes y abusos. Sin embargo, en cuanto constató y dio a conocer
a sus superiores la existencia de efectos secundarios serios -incluidas
las muertes de varios niños bajo custodia del estado- que podían
deberse a la utilización de potentes medicamentos antipsicóticos
en usos no aprobados legalmente... le despidieron.
Sus esfuerzos por clarificar las causas de la muerte de cuatro
niños y un adulto bajo cuidado estatal fueron abortados al serle
negados los informes del juez y los archivos del hospital. Según
explica, algunos de los pacientes estaban tomando cinco medicamentos
antipsicóticos al mismo tiempo, algo que en palabras del psiquiatra
"es duro de justificar".
Kruszewski denunció que varias compañías farmacéuticas usaron
"amistades políticas, dinero y otras gratificaciones para lograr
influencia en el gobierno del Estado de Pennsylvania a fin de
promover el uso de sus productos en violación de la ley y los
derechos de los ciudadanos". En su opinión las prácticas corruptas,
propiciadas por las contribuciones políticas de las compañías,
terminaron en la utilización de medicamentos en usos no previstos
y, por tanto, en la muerte de niños bajo el cuidado de la Oficina
de Pennsylvania, la sobremedicación de adultos y niños, y una
facturación fraudulenta, entre otros delitos.
"Es evidente que la industria farmacéutica es el lobby más
poderoso en el Capitolio superando al del aceite y al de la banca
-agregaría Allan Jones-. No sería pues una sorpresa que
los lazos alcanzaran no sólo a los funcionarios del Departamento
de Salud Mental que escribieron los protocolos sino que se extendieran
a muchos de los políticos que, al final, permitieron que se pusiera
punto final a una investigación sobre la corrupción de los grupos
farmacéuticos y que un investigador como yo fuera despedido".
CREDIBILIDAD
Discovery DSALUD viene denunciando la corrupción
del sistema sanitario y de las prácticas de la industria farmacéutica
desde su nacimiento. Hemos publicado numerosos textos al respecto.
Instamos al lector a leerlos en las secciones de Reportajes,
Noticias y Caso
Bio-Bac de nuestra web. Siendo especialmente interesantes
los reportajes publicados en los números 46
y 50. Por
supuesto, volveremos en el futuro sobre este asunto. Porque la
situación es ya insostenible.
Antonio
F. Muro
Razones para desconfiar
Cuando hoy se aduce falta de "conformidad
científica" para rechazar un buen número de terapias alternativas
o se crítica todo ensayo que demuestra la eficacia de un producto
alegándose que no ha aparecido en una "publicación de prestigio"
lo que en realidad se está diciendo es que no se han ajustado
a las normas creadas por las propias multinacionales farmacéuticas
para controlar el sector de forma monopolística. Por ejemplo,
ocupándose de que no aparezcan en esas revistas o en los medios
de comunicación de masas aquellos ensayos que puedan perjudicarles.
Y si alguna vez aparecen usan a sus peones en ellos para desprestigiar
al producto, al fabricante o al investigador. Todo vale.
Claro que para entender cómo funciona el "sistema" es preciso
saber que el organismo encargado de determinar los criterios de
los estudios básicos, toxicológicos, animales y clínicos para
el desarrollo de nuevos fármacos es la llamada International
Conference on Harmonization (ICH) o Conferencia Internacional
sobre Armonización y que la misma fue fundada por la Federación
Internacional de Asociaciones de Fabricantes de Medicamentos (IFPMA).
Es decir, por la patronal farmacéutica que es la que ostenta el
poder de la Conferencia a través de su Secretariado. En suma,
ellos mismos elaboran las reglas por las que se rigen... y se
autocontrolan. Y sus normas tienen como fin último asegurarse
de que el pastel se lo reparten sólo ellos. Por supuesto, ejerciendo
un poder absoluto sobre el sector. ¿Cómo? Pues...
... controlando la investigación. Lo demuestra:
Que
más del 75% de los ensayos para conocer el perfil de eficacia
y seguridad de los fármacos son financiados directamente por los
laboratorios que los venden.
Que
ante la dura competencia que existe por hacerse con los fondos
de las farmacéuticas, las universidades y centros de investigación
"flexibilizan" a menudo sus protocolos con la industria facilitando
así la intervención de la misma en el diseño, ejecución y presentación
de los trabajos.
Que
los investigadores -incluso los independientes- son constantemente
presionados. Según el estudio de Health Partners el 33%
de los investigadores consultados reconoció haber incurrido por
ello en conductas deshonestas.
Que
los grandes ensayos en centros múltiples son enormemente más caros
que los ensayos en un único centro pequeño por lo que, por un
lado, sólo los pueden realizar los grandes laboratorios y, por
otro, se han convertido en fuentes de grandes ingresos para muchas
instituciones e investigadores que no desean por ello que la actual
estructura de ensayos se modifique.
Que
el alto coste de los grandes ensayos implica que raramente sean
financiados con dinero público o procedente de instituciones benéficas.
El resultado es que la gran industria sólo investiga en las dolencias
más extendidas a fin de asegurarse de que los fármacos son patentables
y rentables. Por eso el 90% de las "enfermedades" carecen de fármacos
útiles con que ser tratadas.
Que
los grandes ensayos restringen mucho el número de tratamientos
que pueden probarse. Es evidente que -en cualquier enfermedad-
el número de pacientes disponible para ensayos clínicos es restringido.
Y, consecuentemente, el número de terapias que pueden probarse
es reducido.
Se
controlan los parámetros de los ensayos para beneficiar el producto
propio frente al producto control. Así, muchos estudios incluyen
un número reducido de pacientes, se excluyen de él aquellos de
alto riesgo que podrían presentar reacciones adversas, se limita
su duración para que no aparezcan efectos secundarios...
Que
hay medicamentos que salen finalmente al mercado a pesar de haber
sobre ellos más estudios negativos que positivos. Y es que la
FDA exige para aprobar un producto dos ensayos "positivos"...
sin tener en cuenta el número de "negativos" que pueda haber habido
antes de conseguirlos.
En resumen:
"El diseño, ejecución y análisis de la investigación realizada
por las compañías farmacéuticas no son suficientemente supervisados
por organismos independientes de ellas. Y la falta de transparencia
en estas cuestiones introduce dudas sobre su credibilidad".
(Fundación Instituto Catalán de Farmacología).
...controlando la publicación de los resultados. Lo demuestra:
Que
las conclusiones de los trabajos son escritas en numerosas ocasiones
por "negros" de la propia industria -profesionales especializados
en presentar resultados- y no por los autores de las investigaciones.
Que
normalmente no se publican los ensayos con resultados negativos.
De los múltiples objetivos elegidos en el ensayo sólo se seleccionan
para la publicación aquellos que dan resultados favorables.
Que
para una compañía farmacéutica un ensayo favorable tiene el mismo
valor que miles de páginas de anuncios por lo que una compañía
es capaz de gastar más de un millón de dólares en las reimpresiones
del ensayo para su distribución mundial.
Que
son muchas las publicaciones que ingresan más por los anuncios
que por la cuota de sus suscriptores. Y mucho más aún por las
reimpresiones de monografías o separatas de resultados positivos
de las investigaciones.
Que
la revisión de los estudios más importantes publicados entre 1990
y 2003 en tres de las revistas científicas más influyentes -incluidos
45 estudios divulgados y que inicialmente se pronunciaban a favor
de la efectividad de un tratamiento- ha demostrado que casi un
tercio de los resultados originales cambian con nuevos estudios.
En resumen:
"Los diarios deberían detener la publicación de ensayos y dedicarse
a criticarlos. En cambio, deben publicarse los protocolos y resultados
disponibles en sitios web regulados".
(Richard Smith, editor del British Medical Journal)
...controlando las instituciones reguladoras. Lo demuestra:
Que
la propia FDA colabora estrechamente con la industria y recibe
dinero de la misma. David Graham, alto ejecutivo de la FDA, denunciaría
recientemente ante el Congreso de Estados Unidos: "No hay ninguna
voz independiente responsable de la seguridad de los medicamentos
en Estados Unidos".
Que
la gran industria presiona de forma constante a todos los gobiernos
cada vez que éstos intentan recortar los gastos dedicados a los
fármacos con "advertencias" sobre las pérdidas de puestos de empleo
y la disminución de inversiones en Investigación y Desarrollo
que eso podría suponer.
Que
los responsables de descubrir y detener el fraude y los abusos
debido a conflictos de intereses no suelen ser funcionarios de
carrera sino nombramientos dependientes de la voluntad política.
Que
en la actualidad no existen criterios estrictos de incompatibilidad
que regulen el trasvase entre puestos de responsabilidad en las
agencias públicas y la industria privada.
Que
las grandes multinacionales farmacéuticas contribuyen en Estados
Unidos con millones de dólares a las campañas electorales tanto
del partido demócrata como del republicano. Y la industria farmacéutica
no hace nada gratuitamente...
Que
al mercado llegan continuamente medicamentos que no aportan novedades
terapéuticas y, sin embargo, son mucho más caros. Según un estudio
del The New England Journal of Medicine cerca del 80% de
los medicamentos son variaciones de otros ya existentes. Un auténtico
timo.
Que
muchos funcionarios públicos cobran de las grandes multinacionales.
Así lo ha denunciado hace poco sin tapujos Allen Jones,
miembro de la Oficina del Inspector General de Pennsylvania, como
explicamos en el texto central de este artículo.
Que
hay compañías farmacéuticas que usan su influencia para lograr
como sea sus objetivos. Sirva el caso del reputado psiquiatra
Stefan Kruszewski quien -junto al antes mencionado Allen
Jones- denunció cómo la industria utilizó "amistades políticas,
dinero y otras gratificaciones para lograr influencia en el Gobierno
del Estado de Pennsylvania a fin de promover el uso de sus productos
en violación de la ley y los derechos de los ciudadanos".
En resumen:
"El 'nuevo' modelo de agencias reguladoras de los años
noventa forma parte de la estrategia de control global de la industria
farmacéutica. A ésta le conviene más la regulación del mercado
que la búsqueda de una utilización óptima de los medicamentos".
(Joan Ramón Laporte, Director del Instituto Catalán de Farmacología)
...controlando a médicos y funcionarios para vender a toda
costa. Lo demuestra:
Que
diez compañías del sector farmacéutico se encuentran entre las
500 corporaciones estadounidenses más "ricas" según la lista que
elabora cada año la revista Fortune. Pues bien, éstas destinan
entre el 27% y el 30% de sus ingresos anuales a marketing, publicidad
y administración, el 18% a beneficios y sólo un 11% a la búsqueda
de nuevos productos. Es más, la gran mayoría de sus empleados
se dedican a tareas de "promoción".
Que
aunque la función principal de las compañías farmacéuticas se
supone que es desarrollar y comercializar medicamentos gastan
mucho tiempo y recursos en obtener información sobre el comportamiento
de los médicos para acoplar sus tácticas y potenciar sus ventas.
Que
la mayoría de los médicos recetan en función de lo que les cuentan
los representantes de la industria. En España hay estudios según
los cuales así lo hace el 60% mientras sólo un 30% se forma por
su cuenta. Además sólo un 15% acude a congresos médicos.
Que
los médicos "agradecen" a los laboratorios que les invitan a sus
congresos prescribiendo sus fármacos.
Que
algunos grandes laboratorios "agradecen" discretamente a los médicos
que receten sus productos. Algunos están respondiendo ante la
Justicia. Los "agradecimientos" se efectúan mediante viajes, becas,
cursos, libros, suscripciones a revistas científicas, "financiando"
los gastos personales de asistencia a "reuniones científicas",
ofreciendo costosos equipos informáticos, abonando en metálico
artículos o conferencias que ni se escriben ni se dictan, pagando
las primeras letras de automóviles de lujo... que continúan pagando
si los controles demuestran que el médico sigue recetando sus
productos... Los métodos son tan variados como ilegales.
En resumen:
"Muchos de nosotros creemos que el sistema actual se aproxima
a algo que podríamos denominar prostitución profesional de alto
nivel".
(Fuller Torry, director ejecutivo de la Fundación Stanley para
Programas de Investigación).
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