Biodescodificación: un nuevo paradigma de la salud

Según el paradigma médico dominante los humanos enfermamos principalmente porque nos agreden patógenos externos, nos alimentamos mal o se producen errores en los genes durante nuestra concepción. Sin embargo hace ya medio siglo Carl G. Jung planteó que a veces enfermamos porque somatizamos conflictos psicoemocionales. Pues bien, son varias desde entonces las disciplinas terapéuticas que han abordado el impacto de los traumas en el ser humano y cómo los mismos se somatizan en las llamadas «enfermedades» explicando que para afrontarlas con éxito es pues necesario a menudo abordar la causa que dio lugar a ellas. Impactos que se codifican en el cerebro y hay pues que descodificarlos para lo cual es preciso primero conocer su existencia y, luego, saber cómo disolverlos. Y en eso se basan tales terapias de una de las cuales nos hacemos eco en este número y responde al concepto genérico de Biodescodificación.

¿Por qué enfermamos? En la más remota antigüedad -y todavía hoy entre las culturas primitivas- la enfermedad se consideraba un «castigo divino» que sufría una persona o un pueblo entero por cometer actos antisociales o que contradecían los cánones y reglas establecidas. Así que si un pueblo sufría por ejemplo la peste solo cabía realizar sacrificios y rogativas para aplacar al dios -o dioses- contrariado. Sin embargo en paralelo con esas creencias oficiales -impuestas siempre por los sacerdotes o «intermediarios» entre Dios y los hombres- se desarrollaron a nivel familiar métodos terapéuticos que, con mayor sentido práctico, buscaban soluciones al dolor, la fiebre y todo tipo de malestares usando plantas medicinales, método sin duda aprendido observando a los animales. Prácticas curativas que se transmitieron a lo largo de los siglos principalmente por las mujeres ya que eran las responsables de preparar los alimentos y mantener el fuego además de cuidar del hogar y los niños. En pocas palabras, quienes ejercían en la antigüedad el «arte de curar» -la «medicina»- eran los sacerdotes. Hasta que en las culturas mediterráneas se produjo una doble revolución a partir de Hipócrates empezándose a abandonar el concepto religioso de la salud y asentándose las bases de la relación existente entre ésta y la nutrición, en buena parte como consecuencia de la acumulación de prácticas terapéuticas familiares y del intercambio de protocolos entre las culturas de la zona. Concepción que resumiría bien la máxima hipocrática «Que tu medicina sea tu alimento y el alimento tu medicina».

Por lo que se refiere al ámbito de las enfermedades infecciosas -es decir, las que no se pudieron relacionar con la alimentación- la explicación del «castigo divino» se sustituye por «algo» inmaterial que pasa a llamarse indistintamente “miasmas”, gases o vapores nocivos. Es decir, un agente externo que no hacía diferencias entre ricos y pobres, jóvenes y viejos, mujeres y hombres, personas bien o mal nutridas y gente honesta o deshonesta. Obviamente se ignoraba la existencia de los microbios así que durante siglos a nadie se le ocurrió relacionar una patología como la malaria con los mosquitos -por poner un ejemplo- atribuyéndose esta enfermedad en la Edad Media al “mal aire” que caracterizaba las zonas palustres poco habitadas o sus márgenes. Y así sería hasta que el holandés Anton van Leeuwenhoek descubrió a finales del siglo XVII el microscopio y con él los microbios dando lugar a un nuevo paradigma médico que es el que pervive hasta nuestros días donde aun se postula que la inmensa mayoría de las enfermedades -para muchos hasta el cáncer- las provocan microorganismos patógenos: priones, virus, bacterias, hongos y protozoos. De hecho a partir de Luis Pasteur la Medicina se transforma en una ciencia bélica que hace la guerra al enemigo -los microbios patógenos- buscando para ello armas que se agruparían en lo que hoy se llama arsenal terapéutico. Lo que explica que los actuales protocolos para tratar el cáncer se centren aún estúpidamente en destruir a cualquier precio las células tumorales incluso si ello implica dañar, destruir o aniquilar tejidos y órganos sanos y hasta el propio sistema inmune. Justificando, al igual que en una guerra, que se trata de «daños colaterales inevitables». Extirpando (cirugía), envenenando (quimioterapia) o quemando (radioterapia) tumores. Afortunadamente la vieja medicina natural -heredera del acervo de las prácticas familiares- se fue desarrollando asimismo en paralelo.

En suma, a principios del siglo XX podía hablarse de dos grandes escuelas médicas: la farmacológica y la natural. La primera, que se impuso mayoritariamente y es considerada como la medicina “oficial”, se basa en el origen microbiano de las enfermedades y recurre básicamente a los fármacos de síntesis química y a la cirugía, ignorando todo lo que es natural, incluso la importancia de una buena alimentación. La otra es la integral, holística o natural y se basa en el uso de las propiedades curativas de la naturaleza, desde el sol hasta una alimentación sana -con rechazo de todo lo artificial e industrial-, incluyendo las pautas de conducta próximas a la naturaleza. Concepción integral que se complementaría a partir de mediados del siglo XX con la Nutrición -incluida la Ortomolecular- tras el descubrimiento de las sustancias esenciales, aquellas que siendo imprescindibles para el organismo éste no sintetiza y por tanto deben ser aportadas por los alimentos: vitaminas, minerales, aminoácidos y azúcares esenciales, oligoelementos, antioxidantes, grasas de la serie omega… Disciplina que nace de la toma de conciencia de que el exceso y déficit de las mismas puede dar lugar a distintas patologías e incluso de que, usadas terapéuticamente, pueden ayudar a superar algunas. Añadiéndose en los albores del siglo XIX otra nueva disciplina desarrollada por Samuel Hahnemann al comprobar -como aseveraban los primitivos curanderos- que toda enfermedad es siempre dual y aparte de las manifestaciones materiales -como la inflamación, la infección, las hemorragias, las supuraciones, etc.- hay otras inmateriales pero detectables -dolor, náuseas, depresión, agitación, insomnio, etc.- asociadas al mismo cuadro patológico. Luego daría un paso más planteando que la personalidad es vital y hay formas de ser que predisponen al desarrollo de determinados tipos de enfermedades. Lo singular es que Hahnemann tenía una formación convencional y creía que cada patología puede ser afrontada por un fármaco solo que postula algo sorprendente incluso para muchos de sus colegas de hoy: que una enfermedad puede afrontarse dando al paciente una sustancia que provoque los mismos efectos de la enfermedad que padece pero en diluciones infinitesimales. Había nacido la Homeopatía a cuya base acabamos de dedicar en nuestra revista -en el nº 176– un extenso artículo titulado Fundamentos científicos de la Homeopatía que puede leerse en nuestra web: www.dsalud.com. En suma, desarrollaría una terapia que usa remedios homeopáticos que se caracterizan porque no queda en ellos resto químico alguno de la sustancia diluida pero sí su información a nivel energético; información que sin embargo es capaz de incidir a nivel material.

Ahora bien, si hay una cultura que posee milenariamente conocimientos de la energía que subyace en los organismos vivos -y por tanto en el ser humano- es la oriental. Destacando especialmente la Medicina Tradicional China que desarrolló diversas técnicas para manejarla; especialmente la Acupuntura, método terapéutico que permite desbloquear los canales energéticos -chacras, nadis y meridianos- cuando éstos se bloquean causando muy diversas patologías. Bloqueos producidos tanto por agentes externos como internos -incluidos traumas o tensiones psicoemocionales- que antes de somatizarse a nivel físico son detectables a nivel energético.

LA EXPLICACIÓN BIOQUÍMICA DE LA CONEXIÓN CUERPO-MENTE

Es en suma una época en la que la ciencia occidental se muestra reticente a aceptar que pueda existir conexión entre la mente y el cuerpo; es decir, que lo intangible -alma, mente, pensamientos, emociones…- pueda afectar al comportamiento de células y tejidos. No podían entender que un pensamiento o una emoción puedan dar lugar a reacciones bioquímicas. Es entonces cuando entran en escena los grandes descubrimientos de la Dra. Candace Pert (1946-2013) quien reveló la existencia de receptores a los neurotransmisores en prácticamente todas las células humanas y no solo en las neuronas del sistema nervioso; aunque su principal sorpresa se la llevó al comprobar que en las neuronas cerebrales hay ¡receptores para el opio! ¿Cómo era posible -se preguntó- que nuestras neuronas tengan receptores para una sustancia que fabrica un vegetal? Encontrando la respuesta al descubrirse las endorfinas (término derivado de morfina), sustancias químicamente similares al opio y la morfina que producen y segregan distintas células humanas. Aquello la intrigó y a lo largo de 20 años se dedicó a investigar en el laboratorio del National Institutes of Mental Health de Estados Unidos -tiempo durante el que obtuvo una cátedra en la Universidad de Georgetown– así como en un laboratorio privado de Biotecnología logrando identificar numerosos receptores celulares para una amplísima gama de neurotransmisores y neurohormonas. Es más, confirmó que se encuentran en la mayoría de las células de nuestro organismo; hasta los espermatozoides tienen receptores para las endorfinas -es decir, opioides internos cuyas funciones principales son analgésicas, sedantes y euforizantes- desconociéndose aún hoy el papel real que juegan.

Lo interesante en cualquier caso por lo que al contenido de este artículo se refiere es que en 1999 la Dra. C. Pert publicó una importante obra que tituló Moléculas de la emoción con el sugerente subtítulo de La ciencia detrás de la conexión cuerpo-mente, libro en el que explica las bases bioquímicas que relacionan la fisiología de las células ¡con las emociones y los pensamientos! Contando en él que hay más de 60 tipos distintos de neurotransmisores y hormonas que permiten a la mente modificar el comportamiento celular. Dicho de otra manera: las neuronas segregan neurotransmisores que pueden llegar a todos los tejidos y órganos a través de la sangre y provocar cambios celulares gracias a los receptores de las membranas. Y a la inversa: como casi todas las células humanas pueden segregar neurotransmisores cualquier tejido que haya sufrido un trauma puede enviarlos al cerebro para que éste lo sepa y promueva cambios en los circuitos neurosinápticos. Una acción que puede quedar grabada en él y activar incluso antiguos programas emocionales memorizados anteriormente.

Lo llamativo es que hoy se sabe que cualquier célula puede ejercer funciones que se consideraban reservadas a determinados tipo de células especializadas. Está constatado por ejemplo que las neuronas cerebrales son capaces de ¡segregar insulina!, algo que se creía reservado a las células pancreáticas. Y que las células del sistema inmune tienen receptores para la oxitocina, algo que parecía exclusivo de la hipófisis. La Dra. C. Pert estableció incluso que los linfocitos, además de segregar interferón anti-bacteriano, segregan endorfinas y ACTH (la hormona corticotropina que inicia la cascada de hormonas suprarrenales) y a la vez tienen receptores para ambas. De ahí que llegara a calificar al sistema inmune como «un sistema endocrino flotante que circula por todo el cuerpo». Y puesto que las endorfinas son básicamente producidas por el sistema límbico del encéfalo -la parte más primitiva o “reptiliana” del cerebro- cabe deducir que hay una íntima conexión bioquímica entre el sistema inmune y nuestros pensamientos y emociones.

Algo que en Occidente terminaría teniéndose en cuenta dando lugar a la Psiconeuroinmunología –término acuñado en 1975 por el psicólogo Robert Ader y el inmunólogo Nicholas Cohen-, disciplina que estudia la interacción entre los procesos psíquicos, el sistema nervioso central, el sistema inmune y el sistema endocrino. Algo que ambos constataron con diversos experimentos, entre ellos uno realizado en 1975 en el que tras dar a un grupo de ratones durante varios días agua con sacarina y una droga inmunodepresora les dieron luego solo el agua con sacarina -sin el fármaco- y a pesar de ello comprobaron que el sistema inmune se deprimía igualmente.

Significativo experimento cuya realidad constatarían luego otros. De hecho Christian Flèche, creador de la Biodescodificación, cuenta un caso similar en su libro El cuerpo como herramienta de curación. Resulta que días después de un chequeo rutinario en un hospital un joven recibió en su aldea natal los resultados y según los mismos era seropositivo. Unos meses después, cuando había perdido ya varios kilos de peso, recibió otra carta del hospital en la que se disculpaban diciéndole que se trataba de un error de diagnóstico y estaba sano. Sin embargo, al igual que se deprimieron los ratones que solo tomaron agua con sacarina porque habían relacionado esa bebida con la inmunodepresión que les provocaba el fármaco que inicialmente se les daba con ella el joven había «codificado biológicamente» su enfermedad sufriendo los síntomas -que sin duda le explicaron iba a tener- aunque realmente no la tuviera.

El neurólogo Bruce Lipton, en su libro Biología de la creencia, iría más allá llegando a postular que a través de mecanismos epigenéticos las señales codificadas por los neurotransmisores pueden llegar a afectar incluso al núcleo celular ¡silenciando o activando genes! Y el Dr. Herbert Benson, cardiólogo y profesor en la Harvard Medical School que ha publicado sobre este tema casi 200 artículos en revistas científicas y 12 libros, realizó por su parte varios trabajos de investigación con grupos de pacientes y personas sanas -utilizando siempre controles dobles y placebo- demostrando cómo la relajación permite influir en la presión arterial, el ritmo cardiaco, la respiración y la actividad cerebral logrando incluso disminuir en sangre el nivel de cortisol -la hormona del estrés- y el metabolismo. Constatando en mayo de 2013 -junto a un equipo de otros siete investigadores de la famosa Universidad de Harvard- que la relajación, la meditación y el yoga tienen efectos epigenéticos al lograr alterar la expresión de los genes relacionados con la función inmune, el equilibrio metabólico y la secreción de insulina. En el estudio -publicado en PLOSone– participaron 26 adultos sanos a los que se extrajo sangre antes y después de escuchar un CD con 20 minutos de técnicas de relajación tras lo cual se analizaron y compararon unos 22.000 genes -principalmente los relacionados con la inflamación, el cáncer y el estrés- encontrándose que tras la audición algunos estaban “apagados” o “parcialmente inhibidos” en tanto que se sobreexpresaban los relacionados con el metabolismo energético, la función mitocondrial, la secreción de insulina y el mantenimiento de los telómeros.

LA IMPORTANCIA DE LOS TRAUMAS EMOCIONALES

Serían en todo caso los doctores T. Dethlefsen y R. Dahlke quienes en su conocida obra La enfermedad como camino -publicada en 1983- relacionarían la mayoría de las llamadas «enfermedades» con problemas psicoemocionales por entender que en casi todos los casos se trata de manifestaciones somáticas de los mismos; en gran parte, enquistados y ocultos en el subconsciente por lo que para resolver la enfermedad física es preciso resolver el trauma que lo provocó. ¿Cómo? Sofronizando a los enfermos -grado leve de hipnosis que permite que el terapeuta pueda bucear en el subconsciente del paciente sin que éste pierda la consciencia- y hacerle retroceder mentalmente hasta el momento del impacto traumático a fin de «disolverlo». La diferencia es que mientras R. Dahlke -médico y psiquiatra- entiende que el trauma se produce siempre en algún momento entre el nacimiento y el momento actual y refuerza su terapia regresiva con una dieta sana e incluso períodos de ayunos- el psicólogo T. Dethlefsen -que falleció en 2010- cree que el problema puede haber surgido en una vida anterior al creer en la reencarnación.

No fue sin embargo a juicio de muchos hasta la publicación en 1987 de la Nueva Medicina Germánica desarrollada por el Dr. Ryke Geerd Hamer cuando se definieron de manera concreta y regulada los mecanismos de acción biológicos que permiten un tratamiento integral específico que ayude en la curación de la persona enferma a causa de un trauma psicoemocional. Hablamos de un médico alemán que, por mor de experiencias personales bien conocidas, llegó a la conclusión de que todos los cánceres son consecuencia de traumas psicoemocionales completamente inesperados -«que pillan a contrapié»– y se viven en soledad. Y, posteriormente, que no solo el cáncer sino toda patología grave está relacionada con algún trauma psicoemocional (lea en nuestra web –www.dalud.com– los artículos que con los títulos Importante avance hacia la curación del cáncer, El origen emocional del cáncer y la Nueva Medicina y ¿Se cura solo el cáncer? aparecieron en los números 11, 37 y 38 respectivamente).

En esos mismos años el terapeuta español Joaquín Grau postularía que la mayor parte de las enfermedades no son sino “reactivaciones” de traumas que -aunque no los recordemos- sufrimos durante el tiempo en que permanecimos en el vientre materno o durante los siete primeros años de vida y pueden resolverse «disolviéndolos», algo que explicaría en una voluminosa obra titulada Tratado teórico-práctico de Anatheóresis publicada en 1996. «He constatado después de 30 años de experiencia clínica que la mayor parte de las enfermedades ‑si no todas‑ son actualizaciones de daños originados cuando el ser humano aún no ha alcanzado la adolescencia», diría; añadiendo: «Sé que no he diseñado una terapia más; explico también que existe otra forma de percibir el mundo y la vida, otra forma de ser y de estar. La Medicina convencional entiende que toda enfermedad debe tener una causa que pueda ser objetivada, lo que lógicamente la lleva a buscar la causa de las enfermedades en algo ajeno a nosotros mismos y a establecer relaciones causales que puedan ser físicamente constatables mediante procesos lógicos. Y eso es un error». Agregando: «Anatheóresis es todo un cuerpo doctrinal científico basado en la experiencia clínica, no en digresiones mentales, y no incluye creencias ni doctrinas. Y si bien es cierto que utilizo en algunos casos una estrategia basada en vidas anteriores ello tiene una razón puramente escenográfica, no doctrinal» (puede leer los fundamentos de Anatheóresis en la entrevista que le hizo el director de esta revista y que apareció con el título Las claves de la enfermedad en el nº 170).

El Dr. Brian Weiss, psiquiatra norteamericano internacionalmente conocido -entre otras obras- por los best sellers mundiales Muchas vidas, muchos maestros y A través del tiempo considera por el contrario que lo fundamental en el desarrollo de la enfermedad son los eventos traumáticos que vivimos en «instancias de nuestras vidas en cuerpos anteriores». Quizás para destacar su convencimiento de que la reencarnación es una realidad indiscutible. Asegurando que su terapia funciona incluso si no se cree en ella. Así nos lo aseveraría personalmente cuando le entrevistamos: «En realidad no importa si la gente cree en la reencarnación y en si es posible acceder a las experiencias de vidas anteriores o se trata de una fabulación de la mente; la terapia regresiva funciona igualmente» (la entrevista con él apareció en el nº 43).

Bert Hellinger, exsacerdote y misionero alemán, desarrollaría por su parte tras pasar varios años en Sudáfrica empapándose de la cultura zulú y estudiar luego en Estados Unidos con Eric Berne Análisis Transaccional -sistema de psicoterapia individual y social que se engloba dentro de la Psicología Humanista- un método terapéutico conocido como Constelaciones Familiares cuyas bases explicaría en una obra titulada La caprichosa fortuna: concepto y práctica de la Psicoterapia Sistémica. Sistema terapéutico que se basa en la convicción de que los conflictos, preocupaciones familiares y comportamientos de nuestros antepasados pueden habérsenos transmitido codificados y ser la causa de problemas psicológicos actuales nuestros. Basándose en la existencia de que en toda familia hay una conciencia grupal o colectiva que influye en todos nosotros a nivel inconsciente. Lo que puede superarse con la terapia adecuada que propone.

Agregaremos que Marc Frechet desarrollaría la disciplina conocida como Ciclos celulares biológicos memorizados. Hablamos de un psicólogo francés que trabajó durante muchos años en hospitales con pacientes de cáncer -muchos terminales- siendo eso lo que según él le permitió descubrir la existencia de «ciclos» en las vidas de las personas, es decir, que hay acontecimientos emocionales que tienden a repetirse a intervalos de tiempo regulares siendo sencillo encontrar la conexión que une a todos ellos. Ciclo que se inicia en la infancia, cuando somos incapaces de gestionar un impacto emocional, por lo que al no resolverse queda «codificado» en nuestras células. Frechet se dedicaría pues a ayudar a sus pacientes a reconocer esas recurrencias y a romper el ciclo para liberarles del programa encadenante y repetido.

Terminamos indicando que además de los citados muchos otros investigadores han desarrollado sus propias disciplinas con bases parecidas; son los casos de la Medicina Sintergética del Dr. Jorge Carvajal, el Awareness Healing de la Dra. Nelie Johnson, la Meta-Medicina de Johannes R. Fisslinger y la Desprogramación Biológica del Dr. Claude Sabbah (discípulo éste de Hamer y maestro de Christian Flèche, creador de la Biodescodificación).

LA DESCODIFICACIÓN BIOLÓGICA ORIGINAL

Bueno, pues la Descodificación Biológica Original -obsérvese la similitud con la Desprogramación Biológica de Claude Sabbah- desarrollada por Cristian Flèche y que inicialmente denominaría Biodescodificación recoge básicamente la mayor parte de los conocimientos antes citados desarrollando un protocolo terapéutico que en realidad utiliza gran parte de las técnicas propuestas por todas esas disciplinas. Ideas y método terapéutico que se encuentran resumidos en la obra El cuerpo como herramienta de curación publicada en 2005. Es más, para Flèche toda enfermedad es una tentativa de autocuración, una reacción biológica de supervivencia ante un acontecimiento emocionalmente incontrolable (otra forma de decir lo que ya el Dr. Hamer postuló, que “la enfermedad es un programa inteligente de la naturaleza tendente a decirle al individuo que está viviendo una situación que no le conviene”. Definición que Flèche extrapolaría manteniendo que a su juicio “la enfermedad es la respuesta física exacta a una situación estresante, a un conflicto que ha sido vivido en soledad y que es emocionalmente desestabilizador”.

¿Y cómo llegó Flèche, Licenciado en Enfermería, a tales conclusiones? Pues a través de un acontecimiento luctuoso: en 1989 su madre sería diagnosticada de cáncer, fue tratada con Quimioterapia y dado el mal pronóstico un médico le animó a contactar con el Dr. Hamer. Lamentablemente antes de que pudiera hacerlo su madre murió pero él decidió aun así quedar con él y éste le explicaría detalladamente los principios de lo que entonces llamaba La Nueva Medicina, nombre al que años después añadiría el adjetivo de «Germánica«. Interesado por éste sobre la influencia de lo psicoemocional en las enfermedades Flèche estudiaría Programación Neurolingüística (PNL) e Hipnosis profundizando luego en los trabajos de Milton Hyland Erickson. De hecho Flèche reconoce abiertamente que a nivel ideológico y terapéutico era entonces ¨hijo de Hamer y Erickson». Años después -en 1994- conocería a Marc Fréchet -del que ya hemos hablado- quien postula que las enfermedades pueden tener además un componente cíclico y transgeneracional. En suma, viendo que Hamer no aceptaba las nuevas aportaciones de éstos decidió en 2000 tomar su propio camino y sintetizar los conocimientos adquiridos en una nueva disciplina que llamaría Biodescodificación e impartir cursos sobre ella difundiéndolos en varios países, especialmente Francia, Bélgica y España. Solo que no habiendo patentado el nombre de la disciplina alguien decidió hacerlo y terminó optando por cambiarlo y llamarla Descodificación Biológica Original (DBO) que es el nombre que hoy utilizan sus discípulos. Resta decir que la Escuela de Descodificación Original de Flèche está presente en Pamplona, Barcelona y Madrid y se caracteriza por no privilegiar la formación rápida y «acompañar a los estudiantes en una progresión adaptada para poder integrar y experimentar los principios del funcionamiento de la biología y de los síntomas».

Cabe agregar que en España uno de los discípulos de Flèche, el psicólogo catalán Enric Corbera -quien con el tiempo se enfrentaría a una demanda judicial sobre el uso del término Biodescodificación y de hecho el caso está en los tribunales- la rebautizaría poniéndole el nombre de Bioneuroemoción. Disciplina casi idéntica con ligeros aderezos para darle entidad propia que él mismo define como «un método de investigación cuyo objetivo es encontrar las claves emocionales, identificar la emoción oculta que subyace detrás de todo comportamiento disonante que se expresa en formas de conductas antisociales, violencia, adicciones y síntomas físicos llamados enfermedades». Aseverando que trabaja sobre «el desaprendizaje y posterior aprendizaje» utilizando Programación Neurolingüística, la Hipnosis Ericksoniana, el Análisis Transgeneracional, el Proyecto Sentido y los Ciclos Biológicos Memorizados. Sistema terapéutico que asimismo tiene en cuenta los “engramas” o programas automáticos grabados en el subconsciente en el momento de una crisis emocional y que afloran al consciente cuando se repite una secuencia de eventos externos en una situación de total estabilidad emocional («Estoy muy nervioso y no sé por qué» o «Vuelvo a tener esas palpitaciones a pesar de que estoy relajado»). Otro aspecto importante es el concepto de la cuarentena que Corbera propone a sus pacientes. Según explica una vez identificada la impronta biológica de la enfermedad e identificado el conflicto o programa subconsciente que subyace en ella el paciente debe alejarse y aislarse del agente que lo provoca, sea éste una persona o una situación. La idea es constatar que basta hacer eso para que el enfermo mejore y entienda así que superará la enfermedad en cuanto logre romper con el foco del conflicto. Terminamos indicando que para la Bioneuroemoción el efecto negativo de los programas culturales coercitivos -los típicos «programas» que se nos imponen desde la más tierna infancia y dependen del entorno cultural y familiar- pueden ser tan graves como los impactos emocionales personales.

Lo singular de la Bioneuroemoción es que según quien la desarrolló, Enric Corbera, tiene su base original en su asistencia hace 20 años al llamado Curso de Milagros descrito en una obra del mismo nombre publicada en 1975 y basada en el perdón que escribió Helen Cohn Schucman -profesora estadounidense de Psicología Médica en la neoyorquina Universidad de Columbia (EEUU)- con ayuda de su colega William Thetford y que apareció sin nombre porque según su autora ella simplemente recogió lo que le dictaba una «voz interior» que se identificó como Jesús. Lo que no se supo, respetando su voluntad, hasta después de su fallecimiento en 1981.

En suma, tanto la Bioneuroemoción como la Descodificación Biológica Original (DBO) -disciplinas desarrolladas a partir de la Biodescodificación- ayudan al enfermo a descubrir el conflicto subconsciente que genera la respuesta biológica que se manifiesta como enfermedad mediante una serie de vías o hilos conductores que terapias anteriores no consideraban. Son, en suma, disciplinas que lo que han hecho es intentar integrar los conocimientos y métodos terapéuticos que otros expertos desarrollaron antes y hemos citado por ello a lo largo de este artículo.

Juan Carlos Mirre

Este reportaje aparece en
178
Enero 2015
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