El lenguaje de la naturaleza

 Alfonso Díaz Granados no era el nombre de ningún noble español. Fue, durante muchos años, el curandero de los indígenas cunas en la región de Arquía, situada en ese corazón planetario conocido como tapón del Darién, al sur del canal de Panamá. Promediaba el decenio de los setenta cuando llegué, como médico rural, a esa región selvática donde convivía una extraordinaria amalgama de razas y culturas: indígenas, avanzadas de la colonización blanca y mestiza y grupos de negros ribereños. (1)

 Al contrario de lo que pudiera pensarse, había una convivencia armónica entre los diferentes grupos étnicos. Los blancos consultaban a los curanderos negros e indígenas. Negros e indígenas consultaban al boticario blanco. Un inmigrante puertorriqueño practicaba la santería; un mestizo tenía como especialidad el tratamiento de la mordedura de serpientes y era consultado por todos con mucha frecuencia. No era un comienzo muy halagador para un médico recién egresado de la facultad.

 En el puesto de salud -una pequeña choza con una camilla metálica oxidada-, dos practicantes empíricas de enfermería atendían ocasionalmente un parto. Recuerdo que durante los primeros días un barremontes -que así se llama el desbordamiento del río y la consiguiente inundación de todo el villorrio- se llevó la única banquita que en el corredor amoblaba una improvisada sala de espera; y después siguió una invasión de serpientes que podíamos encontrar en los lugares más inverosímiles.

 Todo era desbordante allí. La belleza de la selva, el río, la pesca, el agua, la lluvia inclemente. La Vía Láctea era un río desbocado de estrellas en el cielo más intenso que jamás vi. Todo estaba tan lejos de todo, era tan lento el gran río en su fluir al mar, tan impredecible el tiempo, que el tiempo mismo adquirió allí otra dimensión. No había prisa. No había pausa. Todo fluía y penetraba hasta empapar la vida, como el agua. Un año siguió a otro año; y a otro, otro. En ese tiempo lento y profundo del Chocó, el espacio más acogedor era la hamaca en casa del indio Alfonso. Era un hombre sin edad; no sabría decir si estaba en los 50 o en los 80. Había en él ese silencio misterioso del sabio. No eran sus palabras; era su silencio casi reverente, la expresión de sus pequeños ojos repletos de interrogantes, lo que me hacía sentir una especial curiosidad hacia este último auténtico heredero de la tradición cuna. Nunca hablaba sin que se le preguntara pero sus respuestas estaban siempre precedidas de un silencio prolongado. A veces uno pensaba que no había escuchado cuando, de repente, caía su respuesta como agua fresca. Fuimos juntos a la selva; recolectamos bejucos y raíces. Hablamos de su historia, de sus mitos, de sus creencias; de lo que un día pudieron llamarse sus sueños.

 Desde su ejemplo vivo, desde sus actitudes, comprendí que para Alfonso todo tenía vida: un árbol, una piedra, el camino, el río. Cada cosa tenía un espíritu. Todo tenía una esencia intangible, una mirada propia, un lugar inteligente en el concierto de las cosas; y era esa carga de las cosas lo que les permitía ayudar a curar. En el diálogo del universo, cada ser, cada silencio, ocupaba su lugar y su tiempo. La vida era la expresión de un río de conciencia; una continuidad de palabras y de pausas formaba el lenguaje de la naturaleza. Palabra la piedra, palabra el árbol, palabra sagrada el sol. En ese idioma de la convivencia entre los seres había un tiempo para cada diálogo. Un tiempo para que don Alfonso conversara en silencio desde la vida con la raíz que luego daría a sus pacientes para eliminar las lombrices -y esa raíz, arrancada cuidadosamente, como si quisiera evitar que algo se escapara de su forma- tenía un parecido increíble con el Ascaris lumbricoides, un conocido parásito intestinal.

 Era un ritual silencioso, una verdadera comunicación con la inteligencia oculta en la planta; y luego, con la misma paciente sapiencia del recolectar, nacía el alquimista.

 El sol, la luna, el sereno, la lenta decocción, las palabras sagradas pronunciadas con fervorosa devoción. Detrás de cada procedimiento se adivinaba una fuerza interior, una firme creencia, una actitud reverente. Allí empecé a conocer el profundo significado del ritual. Porque la vida de Alfonso era un ritual. Él no trabajaba; más bien laboraba, literalmente. Cada acto cotidiano era una oración, un diálogo con la vida escondida en cada cosa. Era la pausa, el ritmo, el tam-tam ancestral de su corazón.

 Un ritual es un ritmo. Es como una danza. Luego lo comprendí mejor en sus hermosas danzas, durante las celebraciones que descubren a la tribu la transformación de una niña en una nueva mujer. Allí, como en un río humano, fluíamos todos, unos detrás de otros, en un ritmo aparentemente monótono pero que, al cabo de cierto tiempo, genera esa paz interior que proviene de un genuino sentimiento de unidad. Uno no es uno; es el de adelante y el de atrás; el flujo de una serpiente que se desliza sin esfuerzo sobre la tierra virgen. Nunca antes había experimentado ese sentimiento de fluidez que da el sentirse parte de un organismo mayor. Al cabo de una hora de danza ritual se siente desaparecer la propia identidad Y cuando esa conciencia de ser y estar separado desaparece, no hay fatiga. Alguien, infinitamente más resistente que uno, baila dentro de uno.

 Parecía un absurdo, a los ojos de un médico entrenado con todos los principios occidentales, la febril actividad desencadenada en la tribu para la celebración. Los cazadores iban por la carne al monte, las mujeres desgranaban las mazorcas de maíz y preparaban la chicha. Todos alistaban sus mejores trajes, collares y pinturas rituales. Era una fiesta de la vida. Una nueva mujer nacía; como si toda la Tierra renaciera con ella. Una ofrenda al milagro de la fertilidad, una preparación de la tierra húmeda para la gestación de la vida.

 Y así, al igual que la vida, en ese ombligo del mundo ecuatorial también la muerte tenía otro significado. Era un viaje, un auténtico viaje, con provisiones y comidas incluidas. La muerte en Arquía es la continuidad de la vida. No hay funerales, sólo una cordial despedida que encierra la certeza de volverse a encontrar. Al comienzo no lo podía comprender y me decía: ¿Cómo es posible semejante indolencia? Suponía una especie de resignación ancestral o de masoquismo étnico derivado de siglos de dolor. Pero no se adivinaba dolor escondido; simplemente la vida seguía su ritmo: la madre se ocupaba del resto de la familia, el padre trabajaba igual, los pequeños continuaban jugando en el río. Una nueva verdad comenzó a arañar mi corazón. Eso que llamamos la muerte no es distinto de la vida. Hay algo esencial que las une y las hace parte del mismo propósito. La vida es el río, pensé, la muerte es el mar… Tal vez todo en el universo sea como agua viva que viene y que va. Y el agua es el lenguaje; la gota, la palabra. Palabras de rocío, de lluvia, de hielo, de piedra, de árbol, palabras humanas, oraciones… Un cúmulo de ideas atropelladas sacudía mi ya resquebrajada visión del mundo.

LAS PIEDRAS AYUDAN A NACER

Un día, en uno de esos felices fines de semana que pasé en Arquía, llegó el acontecimiento que daría definitivamente otro rumbo a mi vida. Hoy podría asegurar que algo en mí lo esperaba pues hasta ese día no comprendí bien la extraña fascinación que ese universo mágico ejercía sobre la estructura de un sólido pensamiento científico, forjado pacientemente en los años de universidad. En Arquía, al igual que en otros pueblos indígenas del mundo, el nacimiento de un niño es un suceso íntimo y silencioso. La mujer sola, en cuclillas, da a luz a su hijo, lo lava con agua del río y regresa a casa. Parto y alumbramiento siguen el mismo curso de la naturaleza. Rara vez escuché hablar de complicaciones durante el proceso. Sin embargo, ese día temprano asistí a una excepción. Llegó a la casa de don Alfonso una mujer extenuada por un trabajo de parto que había comenzado desde la tarde anterior. Al examinarla, pude constatar que los latidos del corazón del feto eran peligrosamente lentos y el estado de las contracciones no permitía pensar siquiera en la posibilidad de un parto natural. Sugerí improvisar una cesárea con los escasos recursos de urgencia que siempre me acompañaban.

 Ya en otra ocasión, en condiciones críticas parecidas, había procedido exitosamente para salvar la vida del niño de un colono. Recuerdo que coloqué una ampolla de anestesia local en el canal raquídeo y en el primer intento, a pesar de la penumbra, pude llegar al líquido cefalorraquídeo. Mientras una improvisada ayudante comprimía con sábanas sucias la zona de la incisión yo procedía a las maniobras de resucitación de un hermoso varoncito que estaba casi muerto. Gracias a no sé qué fuerza prodigiosa, muy pronto madre e hijo estaban en perfectas condiciones. En muchas ocasiones después, cuando fui testigo de complicaciones quirúrgicas y posquirúrgicas terribles, en ambientes rodeados de todos los adelantos técnicos, volví a evocar esas cirugías de emergencia en el Chocó y su prodigiosa evolución. Desde entonces puedo estar seguro de que una energía superior nos acompaña en los momentos más críticos.

 Estaba decidido ahora a proceder de igual manera para salvar la vida de ese niño aun conociendo los riesgos que tal decisión implicaba para su madre. Así se lo expliqué también a don Alfonso, quien me miró con esa mirada transparente, imperturbable y una sonrisa que en ese momento consideré casi cínica.
-El problema -me explicó- es que al niño le falta peso.

 Algo se revolvió dentro de mí. Me rebelé interiormente contra tal barbaridad. No pude por menos de enmudecer en un sentimiento de impotencia. Era una impotencia ante los hechos, agravada por la no disimulada omnipotencia de mis conocimientos médicos. Yo pensaba lo contrario: que el problema era la desproporción entre el tamaño del feto y la pelvis de la madre. Aunque no traté de explicárselo en voz alta, desde mis adentros gritaba: ¡si algo tiene en exceso este niño es peso! Mi saber no me había permitido comprender. Le escuché desde mi razón… pero mi corazón estaba helado. Después me di cuenta de que el orgullo frente al maestro y amigo me había obnubilado. Supe que no tenía mi mente abierta, que seguía viendo el mundo con los anteojos oscuros de la memoria con la que me había programado durante los años de universidad. Reflexionando luego sobre el curso de los acontecimientos pude advertir, desde la vida, la diferencia entre escuchar y oír. Había oído a don Alfonso pero no lo había escuchado.

 En la cultura indígena, el verde es más que verde: es una gama infinita de colores. Una palabra siempre es una esencia. La palabra es un árbol de muchos frutos y la palabra peso, en el pensamiento de don Alfonso, tenía una connotación mucho más amplia de lo que yo jamás hubiera imaginado.

 Él tomó unas piedras redondas y pequeñas, las sumergió en agua -que creo era simplemente agua del río-, las agitó muchas veces vigorosamente, con la misma reverencial actitud con que preparaba sus medicamentos, y luego empezó a suministrarle este líquido a la madre, en pequeñas y frecuentes dosis. Nunca vi un efecto tan certero. Él le dio peso, aumentó la fuerza de la gravedad y le transmitió una información a través del agua. El niño nació una hora después -menos grande de lo que había pensado- y aunque estaba un poco deprimido por el sufrimiento de muchas horas en el canal del parto, al cabo de treinta minutos respiraba, lloraba y pataleaba normalmente.

 Se derritió toda la capa de hielo que pesaba sobre mi corazón. Mis ojos se encharcaron, rodaron lágrimas a mares, lágrimas silenciosas de alegría. Nunca viví tal sentimiento de paternidad y, por qué no decirlo, también de maternidad, como cuando acuné en mis brazos a ese pequeño milagro de carne y hueso. Por primera vez en la vida sentí lo que es la desnudez. La verdadera desnudez que nos hace humildes y grandes a la vez. Es una desnudez que va más allá de cualquier sentimiento como la vergüenza. Cuando cayó la hoja de parra de mi orgullo supe que uno es lo que es, y nada más. Aunque tengamos mil máscaras encima y nos digamos muchas mentiras no podemos ser ni más ni menos de lo que somos. Intuí en ese tiempo, vagamente, lo que es la transparencia. Comprendí también, desde el corazón, que hay una sabiduría que trasciende todo conocimiento. Es la sabiduría viva de quien sirve amorosamente; es el conocimiento que se ha encarnado en el corazón. Muchos años después, cuando meditaba sobre un aforismo de la sabiduría antigua que literalmente dice “Un hombre es lo que piensa en su corazón” comprendí que don Alfonso era un ejemplo vivo de esta enseñanza. En él no había ninguna discusión, ninguna afirmación; sólo hechos pausados y silencio humilde. Obras. No reivindicaba sus razones. Don Alfonso no tenía razones, no disfrazaba los hechos de argumentos.

 Como un árbol maduro, dejaba caer sus frutos y semillas a la demanda del viento y de la tierra. Un verdadero servidor. Con él aprendí que el que sirve olvida el trabajo realizado y renuncia a la recompensa. Para Alfonso Díaz Granados no existía el pequeño ego que aprisiona la vida en el compartimiento de un nombre. Él era todos los nombres de los que acudían a solicitar su ayuda. Él era todos ellos, un yo transpersonal. Un ciudadano planetario, indio cuna con nombre de español. Todos sus espíritus llevaban nombres de santos cristianos; sus tótemes tallados en madera vestían de frac y a la europea. Todo se adaptaba en su cultura a cada nueva cultura; fluía en él la misma corriente de una religión universal. En su lenguaje vital, el hombre no sólo era una parte del universo: el hombre era el universo.

 La convivencia con don Alfonso me enseñó a leer en el libro de la vida. A leer en la enciclopedia viva reflejada en los ojos del que sufre, a decodificar el sentido oculto de las palabras, a buscar los seres tras las apariencias. A sentir desde el silencio que cada ser, la esposa, los hijos, el conductor, el cielo que miramos y la tierra que inconscientemente pisamos, son todos una prolongación de nosotros mismos.

Jorge Carvajal

(1) Todos los acontecimientos narrados son casos reales sucedidos al autor. La mayoría se desarrollan en la región selvática del departamento de Chocó, en la costa pacífica colombiana.

Nota: este artículo pertenece al primer capítulo del libro de Jorge Carvajal “Por los caminos de la Bioenergética” (Editorial Luciérnaga).

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Septiembre 2003
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