El mal de los hombres locos

Al salir del mar pasamos a ser reptiles con un cerebro de sangre fría que se limitaba a hacernos retroceder o atacar. Luego, el medio nos dotó de un cerebro emocional que hizo posible que nos mantuviéramos unidos en pequeñas manadas tribales. Simplemente, por aquello de que el pueblo unido jamás será vencido, ni siquiera por el más diplodocus de los patronos. Y todo eso estaba bien. Éramos, a fin de cuentas, los animales ajustados al medio que la Naturaleza quería. No había tiempo, el miedo a la muerte era un vago temblor físico y todo ocurría en un mundo interiorizado en el que cada individuo era el mundo. Pero, extrañamente, por aquello que el autor de la Biblia -a todas luces, del sexo masculino- atribuye a la manzana de Eva, súbitamente el cráneo se nos hinchó, los ritmos cerebrales dispararon su frecuencia y nos encontramos hechos nada menos que dioses. O, lo que es lo mismo, vimos que había algo fuera de nosotros y que el mundo ya no era yo, sino que yo simplemente estaba en el mundo, en un mundo que podía ya manipular porque yo estaba fuera y por encima del medio en que me encontraba.

Y así, con el cerebro reptil que agrede, con la afectividad tribal hecha familia de intereses y con un cerebro escindido en dos hemisferios que se mantienen en constante pugna, iniciamos nuestro maratón de incipientes hombres locos.

Pero la locura ya se sabe que no es estar enfermo sino no reconocer que algo no ajustado al medio nos está ocurriendo. Y de esto a que los más locos se erijan en dioses sólo hay un paso. Y así, algunos de esos más locos nos impusieron un catecismo con respuestas rígidas y, algo más tarde, otros de esos más locos -qué locura es escindir, segregar, enfrentar las partes sin ver el todo- se afiliaron al partido cartesiano y afirmaron que «cogito, ergo sum«, que es tanto como decir que el hemisferio cerebral izquierdo es el de la razón y que por eso tiene razón, en tanto que el hemisferio cerebral derecho, que es el de los sentimientos, no vale mucho porque es el del cuerpo y ya se sabe que el cuerpo -con sus sentidos y sensaciones- es malo porque no nos deja en paz con su obsesión por el sexo y así no hay quien razone.

Pero hubo más: el mismo Descartes afirmó que no sólo había que dudar de todo sino que, además, había que fragmentar y fragmentar para llegar a la verdad porque, como después confirmaría Newton, todo se reduce a piececitas que pueden desmontarse, Y así, la ciencia se segregó de la religión, que es tanto como decir que el cerebro izquierdo se segregó del derecho. Y definitivamente escindido el cerebro humano, el cerebro izquierdo dual se fue fragmentando más y más. Y de esta manera, la ciencia se troceó y formó una rama llamada medicina. Y este trocito llamado medicina pasó a ser medicina del bazo, medicina de los pulmones, medicina de las criadillas… y, por descontado, pasó a ser también medicina curativa y medicina preventiva y medicina de los humanos y medicina de los animales. Y todo esto a lo divino, al margen y en contra de la Naturaleza, porque ya se sabe que la Tierra es barro y nosotros tenemos la razón.

Y ahora nos encontramos con que, en contra de la Naturaleza, nosotros, los de la razón, damos carne a animales herbívoros y, lo que es peor, en contra de la Naturaleza, que nunca ha admitido la antropofagia, damos carne de vacuno, oveja, pollo…, y cualquier otra carne estropeada que caiga, a las propias vacas, ovejas y pollos.

Por otro lado, como hay una medicina para animales y otra para hombres, y como toda fragmentación es oposición, los médicos oficiales de hombres se desmarcan de las causas profundas del problema de las llamadas vacas locas porque ellos no tienen nada que ver con las vacas. Esto es cosa de los veterinarios. Y como hay una medicina curativa y otra preventiva, los médicos curadores se limitan a comprobar los efectos de la enfermedad en las personas ya afectadas. Afectadas, lógicamente -en lógica dual- de una enfermedad achacable a las vacas, no a los humanos que son quienes han originado el daño al ignorar, por soberbia, que sólo somos un producto de la Tierra y que la Naturaleza nos impone leyes que no podemos ignorar. Que si las ignoramos se vuelven contra nosotros.

¿Y la medicina preventiva? Porque cierto es que si alguna medicina debió ver que hay alimentos que son veneno esa medicina es la preventiva. ¿Por qué no nos previno? ¿Y por qué no nos previene de las muchas agresiones a la Naturaleza que desde hace un tiempo estamos perpetrando? Porque es mentira que estemos matando la Naturaleza -eso que llamamos el medio ambiente-, no: nos matamos nosotros porque la Naturaleza un día, harta de ese foco cancerígeno en que nos hemos convertido, utilizará alguno de sus muchos recursos para acabar con nosotros. Y si realmente fuera verdad que nuestro hemisferio razonador fuera más fuerte -no más razonable- que la Naturaleza eso también supondría nuestra extinción porque cuando un cáncer mata un cuerpo que ha invadido, el cáncer muere también.

Allá por el año 1980 entrevisté al doctor Manuel Domínguez Carmona, entonces catedrático de Medicina Preventiva y Social y Director del Instituto y de la Escuela Nacional de Medicina del Trabajo. Su diagnóstico fue: «Yo suelo decir que el cirujano tiene que resolver lo que la medicina interna no resuelve. Y que la medicina interna tiene que resolver lo que la medicina preventiva no resuelve. Y esto da una idea de lo importante de la medicina preventiva que, por otro lado, es la más humana; y la más económica».

Mi última pregunta al doctor Domínguez Carmona fue: «¿Cree que todos los médicos son conscientes del valor y eficacia de la medicina preventiva?

Y su respuesta: «A nivel de conciencia, creo que sí. En cambio, a nivel de actuación yo diría que no. Mire, yo diría que es frecuente que un médico esté curando, por ejemplo, unas fiebres tifoideas y no dé las normas para evitar que se contagien otras personas o que se contagie el medio. Esto, desgraciadamente, es lo habitual. Y es lamentable».

Sí, muy lamentable. Claro que el médico curativo responde que eso corresponde a otra fracción de la medicina que administra el Ministerio de Sanidad.

Y así, trocito a trocito, en su locura de espejos rotos, el hombre va inoculando su locura a los indefensos animales.

 Joaquín Grau

Este reportaje aparece en
26
Marzo 2001
Ver número