Irradiar la sangre con luz ultravioleta ayuda en numerosas patologías

Las propiedades terapéuticas de la luz ultravioleta se conocen desde hace un siglo y sin embargo una de sus técnicas más eficaces, la irradiación de la sangre, ha sido relegada al olvido. Siendo llamativo que a pesar de haber sido desarrollada en 1923 por un médico norteamericano en la actualidad apenas se utilice en aquel país y goce en cambio de gran popularidad en Alemania, Rusia y los países de Este europeo. Claro que al principio se coligió que solo servía para combatir infecciones bacterianas y víricas y hoy se sabe que es útil en una amplísima gama de patologías, desde las alergias y los problemas cardiovasculares hasta el cáncer.

La eficacia terapéutica de los rayos ultravioleta se conoce desde hace más de un siglo; de hecho el médico danés Niels Ryberg Finsen recibiría el Premio Nobel de Medicina en 1903 por curar con ellos a tres centenares de personas afectadas de Lupus vulgaris, enfermedad infecciosa de la piel causada por el bacilo de la tuberculosis. Y es que ya entonces se conocían las propiedades germicidas de los rayos ultravioleta habiéndose desarrollado varios aparatos que se usaban ¡hasta para esterilizar el instrumental quirúrgico!

Sería sin embargo el Dr. Emmett Knott quien en 1923 decidió utilizarlos en su consulta de Seattle (EEUU) para tratar a una paciente que estaba al borde la muerte a causa de una grave septicemia. ¿Cómo? Pues construyendo un sencillo aparato que permitía destruir todo de microbio patógeno presente en la sangre al exponerla unos segundos a luz ultravioleta. La paciente se salvaría y Knott decidió patentar el dispositivo que, una vez comercializado, empezó a ser aplicado por decenas de médicos estadounidenses para tratar todo tipo de infecciones víricas y bacterianas con un notable porcentaje de éxito. El aparato era sencillo pues constaba de una simple lámpara de luz ultravioleta de alta potencia que incidía en un tubo de cuarzo por cuyo interior se hacía circular la sangre del paciente -a una velocidad de 0,5 mililitros/segundo- en un circuito cerrado que funcionaba merced a una bomba peristáltica que llevaba de nuevo la sangre al interior del cuerpo; velocidad que permitía irradiar unos 250 mililitros de sangre –cantidad que se irradiaba en cada sesión- en escasos minutos. Eso era todo. La sangre no era sometida a otra filtración o manipulación salvo la de agregarle una pequeña cantidad de citrato para evitar que coagulara.

Apenas unos años después -a finales de la década de 1940- eran ya centenares los médicos norteamericanos que utilizaban con éxito el “aparato de Knott” en todo tipo de infecciones víricas y bacterianas: heridas infectadas, septicemias, neumonías, poliomielitis, botulismo, encefalitis, peritonitis, hepatitis y muchas otras patologías infecciosas. Empezando a experimentarse su uso en las afecciones inflamatorias de tipo autoinmune como el asma, la artritis, el lupus y varias más. Aunque los mayores interesados en el dispositivo serían obviamente los cirujanos, conscientes del peligro mortal de las infecciones postoperatorias como bien se refleja en las decenas de artículos publicados en aquella época en diversas  revistas científicas; como el American Journal of Surgery que denominaría la técnica de Knott como Biophotonic Therapy (Terapia Biofotónica). Siendo los médicos más entusiastas los dedicados a tratar las fiebres reumáticas que afectaban a los niños porque gracias a esta terapia muchos se curaron. Lo singular es que la posterior revisión de los resultados de Knott y sus colegas revelaría algunos casos extraordinarios de difícil explicación; por ejemplo, la rápida recuperación de personas con cianosis que se restablecían tras irradiar su sangre apenas 20-30 minutos. Infiriéndose por ello que tan rápida oxigenación de la sangre tenía que deberse a que la irradiación daba lugar a una clara vasodilatación… y así se observó que ocurría en el 75% de los pacientes tratados.

En suma, la técnica era claramente útil e inocua pero a partir de la segunda mitad del siglo XX los laboratorios empezaron a comercializar masivamente antibióticos, corticoesteroides y vacunas invirtiendo mucho dinero en promocionarlos y la novedad eclipsó rápidamente el método de irradiación ultravioleta. Sin duda porque la FDA –presionada por los grandes laboratorios- no autorizó la utilización facultativa del aparato ¡hasta 1975!, cuando los médicos habían optado ya en todo el mundo por los fármacos dado que era más cómodo recetarlos que irradiar sangre. Obviándose pues absurdamente la notable experiencia positiva obtenida hasta entonces, especialmente porque ninguno de los nuevos fármacos es útil en las infecciones víricas y la irradiación con luz ultravioleta sí había demostrado ser eficaz con los virus. En hepatitis, poliomielitis, encefalitis, osteomielitis, mononucleosis, herpes, parotiditis (paperas), sarampión y Sida. Y no solo eso: se constató que es asimismo beneficiosa en patologías tan distintas como la tromboflebitis, las ulceras diabéticas, la artritis reumatoide y hasta en la recuperación de fracturas óseas, incluidas las de difícil resolución.

El doctor Robert C. Olney contaría por ejemplo en varios trabajos publicados en American Journal of Surgery -entre 1930 y 1955- el éxito que obtuvo en hepatitis víricas, celulitis pélvica y patologías biliares. Y el doctor G. P. Miley publicaría por su parte -entre 1939 y 1948- en esa misma publicación así como en The Review of Gastroenterology y en Archives of Physical Therapy su éxito en casos de botulismo, asma –aseguraría que la irradiación de la sangre da lugar a una mejor vasodilatación y ventilación pulmonar- y varios tipos de infecciones bacterianas resistentes a la penicilina. El doctor A. Wolf y sus colegas publicarían asimismo en 1947 una reseña de los casos clínicos más destacados resueltos por ellos en el Journal of American Medical Asociation (JAMA) concluyendo que el método debía estudiarse a fondo para evaluar sus posibilidades en todo tipo de enfermedades, propuesta que no se tendría en cuenta dada la rápida adopción de los antibióticos y el erróneo convencimiento de que éstos constituían “la solución universal para todas las enfermedades infecciosas”. Evidentemente quienes pensaban así se equivocaron y por eso la irradiación de la sangre con luz ultravioleta vuelve hoy a plantearse como opción terapéutica. Especialmente por  tres razones:

1) Porque la gran mayoría de los antibióticos ha perdido -o está perdiendo- su eficacia debido al desarrollo de cepas bacterianas resistentes a los mismos.

2) Porque la irradiación permite neutralizar eficazmente los virus patógenos y los antivíricos modernos no. Y,

3) Porque la irradiación de la sangre con luz ultravioleta no altera la bioquímica elemental del organismo ya que hoy se sabe que su acción fundamental es la de estimular y potenciar nuestro propio sistema inmune. Por eso es útil en las enfermedades infecciosas pero también en otras muchas ¡incluyendo el cáncer!

Como muestra un botón: en junio de 1949 la revista Time daba cuenta del éxito logrado por los doctores G. P. Miley, V. P. Wasson y P. M. Dunning -de la Enfermería de Nueva York– en 22 niños con cardiopatía aguda asociada a fiebre reumática de los que 20 abandonaron el hospital sin síntoma alguno de la enfermedad ¡apenas una semana después del tratamiento con luz ultravioleta!

Agregaremos que un médico checo, K. Havlicek, constataría por su parte que la irradiación con luz ultravioleta es eficaz incluso si sólo se extraen 10 mililitros de sangre con una jeringuilla, se irradia ésta y se inyecta luego en el paciente intramuscularmente.

UTILIDAD EN LAS PATOLOGÍAS CARDIOVASCULARES

En España muchos médicos lo ignoran pero a partir de 1950 sus colegas alemanes comenzaron a utilizar también el “aparato de Knott” en las patologías cardiovasculares dejando luego testimonio de las indudables mejoras que la radiación ultravioleta produce y que puede constatarse analizando bioquímicamente la sangre tratada.  Mucho después, ya en 1986, el médico alemán G. Frick  informaría de los éxitos que había logrado en casos de migrañas, úlceras venosas y diabetes así como en la reducción de placas de ateroma (ateroesclerosis). Pero sería en 1992 cuando un grupo de médicos alemanes dirigidos por el doctor M. Paulitschke publicaría en Zentralblatt für die gesamte innere Medizin und ihre Grenzgebiete varios casos de sensibles mejoras en dolencias relacionadas con la circulación arterial periférica -como el Síndrome de Raynaud o la claudicación intermitente- al lograrse disminuir la viscosidad plasmática tras diez sesiones con el “aparato de Knott”.

En fin, para no alargar este texto más de lo conveniente diremos a modo de resumen que según los investigadores alemanes la irradiación de la sangre con luz ultravioleta…

…aumenta el número de eritrocitos o glóbulos rojos (aumento de la eritropoyesis).
…incrementa la movilidad de los glóbulos rojos y eleva la carga eléctrica de su membrana.
…disminuye el grado de adherencia de los glóbulos rojos (rouleaux eritrocitarios).
…aumenta el nivel de hemoglobina y, por tanto, el de oxígeno en sangre.
…aumenta el número de leucocitos o glóbulos blancos.
…disminuye la cantidad de trombocitos.
…disminuye la cantidad de fibrina.
…normaliza la fibrinólisis.
…disminuye la agregación plaquetaria.
…disminuye la viscosidad de la sangre y el plasma.
…aumenta el nivel de oxígeno tanto en la sangre venosa como en la arterial.
…aumenta el contenido de peróxidos.
…disminuye la acidez de la sangre.
…disminuye el contenido en piruvatos y lactatos.
…aumenta la tolerancia a la glucosa.
…aumenta el volumen de sangre en circulación.
…aumenta la fagocitosis.
…estimula el metabolismo mitocondrial.
…modula el sistema inmunitario.

Razones por las que esta terapia fue autorizada en Alemania en 2005 aprobándose poco después en otros países (como Austria, Suiza, Italia y Australia). De hecho se calcula que sólo en Europa hay ya unos 3.000 facultativos que la emplean de forma habitual en unos 300 centros.

EXPERIENCIAS EN RUSIA Y OTROS PAÍSES DE LA EUROPA DEL ESTE

Cabe añadir que entre 1960 y 1990 en Rusia y otros países del Este europeo que entonces  se encontraban agrupados bajo la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) se utilizó igualmente la terapia en el seno de otras técnicas basadas en la luz ultravioleta e infrarroja que denominarían Terapias Biofotónicas. Solo que los científicos soviéticos perfeccionaron el “aparato de Knott” y en lugar de hacer circular la sangre fuera del cuerpo para irradiarla lo que hacen es introducir en la vena del paciente un cable de fibra óptica que incluye un láser emisor de luz ultravioleta a baja intensidad que incide directamente en la sangre. De hecho se estima que desde 1980 este sistema se ha aplicado ya a más de 100.000 personas que sufrían de muy distintas dolencias si bien en la mayoría de los casos se utilizó como método auxiliar anti-infeccioso tras intervenciones quirúrgicas. Y es que los pacientes que han sufrido accidentes traumáticos con aplastamiento y ruptura de tejidos renales o sangrado excesivo que afecte a órganos internos o donde los tejidos óseo, muscular y otros han sido muy dañados suelen sufrir graves infecciones difícilmente controlables con antisépticos, antibióticos y antiinflamatorios, en especial si ha transcurrido mucho tiempo desde que la persona sufrió los daños. Un problema similar al que se da en los casos de grandes quemaduras donde los antibióticos no suelen ser demasiado eficaces.  Pues bien, es en tales casos -según explicarían en 1990 en Khirurgiia los cirujanos de San Petersburgo F. K. H. Kutushev y V. V. Chalenko- cuando la técnica de irradiación ultravioleta de la sangre es notablemente eficaz y permite reducir el número de complicaciones así como el uso de antibióticos. Según explicarían trataron 250 casos de infecciones que no respondían a los antibióticos -algunos de ellos con endocarditis (infección bacteriana de las válvulas del corazón)- y 43 pudieron evitar así que se les tuviese que someter a una intervención quirúrgica de reemplazo de válvulas.

En 1992 el doctor A. P. Kalinin publicaría en Problemy Endokrinologii los resultados obtenidos en 119 mujeres que sufrían  de ovarios poliquísticos siendo muy alto el porcentaje de mejora en cuanto a cefaleas, amenorreas, infertilidad e hirsutismo se refiere; de hecho las analíticas revelaron una normalización de la secreción de gonadotrofinas en la mayoría de las pacientes tratadas.

Dos años después -en 1994- el doctor K.V. Zvereva y sus colegas publicarían en Terapevticheskii un estudio con 148 pacientes que sufrían artritis observando que si bien la irradiación de la sangre con rayos ultravioleta parece exacerbar la gravedad de la enfermedad en los casos de artritis crónicas y alto grado de deformación produce en cambio mejoras sustanciales en las artritis moderadas y en las de reciente diagnostico. Ese mismo año se darían a conocer además los alentadores resultados conseguidos en la Academia Médica Estatal de Izhevsk (Rusia) con pacientes que sufrían cirrosis o hepatitis crónica y cuya microcirculación hepática mejoró notablemente.

Ese mismo año los doctores I. G. Alizade y N. T. Karaeva –el trabajo se publicó en Likarska Sprava en 1994- trataron a varios pacientes con hipertensión severa que no respondían al tratamiento farmacológico observándose que entre quienes fueron irradiados la tensión disminuyó en un 24% siendo muchos menos los episodios de cefaleas, dolores en el pecho y mareos; necesitando además un 40% menos de medicación y dos meses menos de recuperación.

Un año después –en 1995- un equipo dirigido por el doctor V. Z. Zhandov presentaría un trabajo en Problemy Tuberkuleza en el que se expondrían los resultados del tratamiento de 222 pacientes hospitalizados con tuberculosis destructiva de pulmón a los que se dividió en dos grupos; a unos se les trató mediante terapia antibiótica convencional consiguiéndose erradicar la enfermedad en el 58,8% de los casos a los tres meses de tratamiento y a otros se le sometió además a irradiación ultravioleta de la sangre consiguiéndose la curación ¡en todos los casos!

El equipo del doctor M. Tvaladze -de la Academia Estatal de Medicina de Georgia- publicaría por su parte en 2004 en Georgian Medical News los resultados de un experimento que se extendió durante 5 años con un grupo de 863 personas que habían sufrido graves traumatismos de los miembros superiores a los que en la fase post-operatoria se trató de dos maneras distintas. A unos se les trató siguiendo sólo el protocolo tradicional -antibióticos, antisépticos, antiinflamatorios, cicatrizantes, etc.- y a los demás también se les irradió la sangre con luz ultravioleta (entre cuatro y cinco sesiones). ¿El resultado? La recuperación de los segundos fue mejor y más rápida, especialmente por lo que a sus constantes cardiocirculatorias se refiere.

También el doctor V. N. Karol -de la Universidad Nacional Médica de Kiev en Ucrania- realizaría con notable éxito un gran número de tratamientos con distintos pacientes afectados de distintas enfermedades cutáneas. Y el doctor G. Frick -de la Universidad Ernst Moritz Arndt de la ciudad hanseática de Greifswald (Alemania)- presentó un resumen de varias experiencias rusas en relación al tratamiento de la candidiasis con un 80% de curaciones. Asimismo se obtuvieron buenos resultados en 128 casos de comatosis –se llama así a cualquier estado de inconsciencia profunda del que el paciente no puede salir ni con estímulos potentes- provocadas por intoxicaciones con organofosforados o drogas psicotrópicas.

Respecto a su empleo para resolver problemas cardiocirculatorios cabe decir que un equipo de médicos de San Petersburgo estudió el efecto en un grupo de 145 pacientes que habían sufrido al menos un ataque al corazón, mostraban un severo bloqueo de sus arterias coronarias y no respondían adecuadamente a los fármacos convencionales y 137 mostraron mejoras significativas con notable disminución del dolor; hasta el punto de ser innecesaria la administración de analgésicos y poderse reducir la medicación (betabloqueantes) en la mayoría de los casos. En sus Conclusiones el equipo médico señala que la mejoría se debió tanto a una dilatación o relajación de las arterias coronarias como a una mejora general de la captación de oxígeno por todas las células de los tejidos.

También un equipo dirigido por el doctor A. Levin estudiaría el efecto sobre el bloqueo de las arterias femorales –problema frecuente entre los diabéticos y los grandes fumadores- observando claras mejorías en 8 de los 11 casos analizados con disminución del dolor, rápida cicatrización de las úlceras y mejora general de los enfermos.

El equipo del doctor I. G. Dutkevich informaría por su parte de que a pesar de que las tromboflebitis y/o trombosis son habituales entre los pacientes sometidos a distintas cirugías no hubo un solo caso cuando antes se irradió con luz  ultravioleta la sangre de los pacientes.

UTILIDAD EN CÁNCER

En cuanto al cáncer se refiere aún hay poca experiencia. Se sabe que hacia 1950 el doctor Robert C. Olney presentó un artículo en el que describía la curación de cinco casos–un melanoma, un cáncer de pulmón, un cáncer metastático de colon, uno de tiroides y otro uterino- que fueron tratados con simples técnicas de detoxificación, cambios en la dieta, administración de suplementos nutricionales e irradiación con luz ultravioleta de su sangre… cuya publicación se rechazó en todas las revistas en las que lo presentó. Es más, dos años después JAMA publicó los resultados de los experimentos que efectuó un equipo dirigido por el doctor  S. Kaplan y éste no encontró mejora significativa alguna entre los pacientes cuya sangre fue irradiada. Obviamente no se les desintoxicó, no se les cambió la alimentación y no se les ofrecieron suplementos… pero ese trabajo sí mereció ser publicado. Años después -en 1970- la eficacia de irradiar la sangre con luz ultravioleta en casos de cáncer intentó de nuevo ridiculizarse con la publicación de un artículo en CA: A Cancer Journal for Clinicians. Hoy tales intentos solo producen risa porque la propia FDA ya ha aceptado su uso para tratar linfomas de células T; y por eso de momento solo se aplica para ese “tipo” de cáncer.

 Cabe agregar que en 1988  -el artículo se publicaría en Meditsinskaia Tekhnika– un equipo dirigido por el doctor A. Arutiunov trató en el Centro de Cáncer de Krasnoyarsk (Rusia) a 22 pacientes con tumores malignos de colon o recto irradiando la sangre de la mitad de ellos con luz ultravioleta antes y después de ser operados constatando que éstos requerían un menor consumo de analgésicos, que no hubo entre ellos ningún caso de parálisis intestinal –algo frecuente entre las personas operadas de cáncer de colon- y que apenas hubo infecciones post-operatorias.

Es evidente en todo caso que en el ámbito del cáncer son necesarios muchos más estudios… que los oncólogos se resisten a hacer. ¿Por qué siendo rápido y económico su uso? Realmente inexplicable.

ACTUALIDAD

Terminamos indicando que la irradiación de la sangre con luz ultravioleta se aplica hoy en distintos procedimientos de hematología, inmunología y en los bancos de sangre. De hecho se utiliza a menudo para inactivar virus sin que pierdan su condición de antígenos en la elaboración de vacunas al admitirse que la radiación ultravioleta permite alterar el genoma viral sin afectar a los ligandos y mensajeros (proteínas, glucoproteínas, etc.) que se expresan en su membrana superficial y que son los que definen su carácter de antígeno ante el sistema inmune.

En 1989 el doctor S. Leitman constataría por su parte que irradiar con luz ultravioleta la sangre inhibe la reacción del sistema inmune cuando se recibe un órgano trasplantado al inactivarse los linfocitos sensibles a los antígenos HLA (alo-inmunización). Algo que corroboraría en 1992 el doctor N. Kapoor.

Cabe añadir que la Fundación para la Irradiación de la Sangre (Foundation for Blood Irradiation) fundada en 1947 por un grupo de médicos norteamericanos encabezados por el doctor L. Ripley se mantiene hoy activa estando dirigida por el doctor Carl Schleicher y mantiene las patentes tanto del “aparato de Knott” como de sus sucesivas versiones, más modernas. Y que el doctor William Campbell Douglas ha escrito un libro titulado In to the Light (Hacia la Luz) -aún no traducido al español- que resume tanto sus experiencias como las de otros colegas con la irradiación de la sangre con luz ultravioleta; información que proviene esencialmente de su experiencia de un año de trabajos clínicos junto a un grupo de facultativos del Instituto Pasteur de San Petersburgo donde se concentra la élite de los investigadores de este tipo de terapia.

Hoy lo más moderno es la UltravioletaNA -lámpara portátil que se utiliza para dirigir un haz de luz a la zona sublingual a fin de irradiar los vasos sanguíneos superficiales que irrigan la mucosa a una intensidad suficiente para que la energía radiante llegue a la sangre pero por debajo del máximo valor admisible: 500mW/cm2– y la Eumatron GmBh de una firma alemana de instrumental médico que recientemente ha salido al mercado por unos 5.000 € y viene equipada con los elementos auxiliares para su utilización (jeringas, cánulas, cubetas, etc.).

En todo caso la tendencia actual –así se hace ya en algunos sanatorios americanos y europeos- es extraer solo 50 mililitros de sangre al paciente, diluirla en 400 ml suero fisiológico para que sea más transparente y aumente así la absorción de los rayos ultravioleta, irradiarla y transfundirla.

En suma, hay suficientes evidencias científicas de la utilidad terapéutica de irradiar la sangre con luz ultravioleta. Por eso la terapia se usa desde hace más de 80 años con buenos resultados habiendo más de 150 referencias sobre ella en revistas médicas. Sin efectos secundarios, de forma económica y una eficacia global del 70% en más de 60 patologías distintas; especialmente en casos de fatiga crónica, fibromialgia, heridas tórpidas, problemas circulatorios y cardiovasculares, asma, alergias, artritis, hepatitis, herpes, lupus vulgaris, candidiasis y otras infecciones micológicas, infecciones respiratorias, MRSA (infección por el Staphylococcus Aureus resistente a la meticilina) e incluso cáncer.

Juan Carlos Mirre

Este reportaje aparece en
157
Febrero 2013
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