¿Qué ingerimos realmente cuando compramos pan?

La mayor parte de los productos que compramos como “pan” –barras, baguettes, hogazas, chapatas, pan de molde, integral, etc- en panaderías, tiendas de ultramarinos, supermercados y gasolineras no sólo carecen de las propiedades nutritivas esperadas -son menos ricos en proteínas, minerales y vitaminas- sino que apenas contienen fibra por lo que provocan estreñimiento cuando no dañan los intestinos y el colon o causan problemas de intolerancia o alergia. Y es que buena parte se hace con levadura industrial refinada, blanqueantes -como el dióxido de cloro-, propilenglicol, aceite de coco –pura grasa saturada-, propionato de calcio -antibacteriano y fungicida que destruye enzimas-, aluminio –tóxico para el cerebro-, bromato de potasio –prohibido en Europa-, cloruro de amonio, tartrato, cloruro de amilasa, emulgentes, conservantes, potenciadores del sabor… Por eso a las pocas horas está duro y resulta indigerible.

La decisión de un empresario valenciano de Quart de Poblet de rebajar el precio de la barra de pan a 20 céntimos desató a finales de 2012 una auténtica guerra comercial en la comunidad valenciana que más allá de sus repercusiones económicas plantea una seria cuestión relacionada con la salud: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a sacrificar la calidad de un producto -en este caso el pan- por conseguir un precio más bajo? Porque es razonable que en tiempos de crisis haya quien esté dispuesto a asumir muchas cosas con tal de ahorrar en la cesta de la compra pero también parece claro -hoy como ayer- que nadie regala duros a pesetas y como reconocía Antonio Cuñat, presidente del gremio de panaderos de la localidad de Torrent, “los panes más baratos se hacen con los ingredientes de más baja calidad del mercado”. Y al hablar de alimentos calidad es siempre sinónimo de salud.
Solo que en el caso del pan el problema es mucho más grave ya que el llamado “pan blanco” que hoy se comercializa en establecimientos de todo tipo hace ya tiempo que dejó de tener las propiedades nutritivas del “pan de toda la vida”, del fabricado en las tahonas tradicionales con productos naturales. Lo que hoy ingerimos como “pan blanco” procede a menudo de un conglomerado de harina y productos químicos –entre ellos numerosos aditivos de todo tipo- cuyo consumo está dando lugar a problemas estomacales e intestinales así como a numerosos casos de intolerancia cuando no de alergia. Siendo encima su calidad nutritiva mucho peor al carecer de todos los nutrientes de la harina integral natural.

De ahí que la polémica de si el pan blanco engorda o no, de si su consumo fomenta o no la obesidad, sea un debate totalmente secundario y una manera de no afrontar lo que realmente debería preocuparnos: que la mayor parte del que se comercializa es insano.

UN PRODUCTO POCO NATURAL

Evidentemente nuestro aparato digestivo no está preparado para digerir los granos de los cereales -como sí lo están los de las aves y otros animales- pero la capacidad del hombre para manipularlos y hacerlos digeribles terminó convirtiéndolos en soporte básico de la alimentación humana. Y ello gracias a un proceso simple que consiste en moler esos granos hasta convertirlos en polvo o harina a la que luego se echa agua y sal para poder amasarla y dar forma así como levadura para que fermente y le proporcione volumen y esponjosidad (al fermentar se producen pequeñas burbujas de dióxido de carbono (CO2) que quedan en el interior de la masa) antes de meter la pieza en el horno. Algo no imprescindible pues el pan puede hacerse también sin levadura recibiendo entonces el nombre de pan ácimo. Se trata, en suma, de un proceso que permite conservar la totalidad de los nutrientes del cereal usado al hacer el pan al que no hay que añadir aditivo químico alguno.

A partir del siglo XIX sin embargo una serie de empresarios decidió hacer negocio con el pan y fabricarlo de forma masiva creando fábricas en las que poder hacer a diario todo tipo de productos por millares: barras, baguettes, hogazas, chapatas, pan de molde, etc. El problema es que para lograrlo no vale el método tradicional ya que luego hay que almacenarlo cierto tiempo y además transportarlo a grandes distancias así que decidieron modificar el proceso y usar solo harina “refinada”; es decir, eliminando de ella el germen -en el que se encuentran las vitaminas y los ácidos grasos esenciales- y la cáscara -la que contiene los minerales y la fibra- a fin de lograr que se conserve más tiempo sin que se enrancie. Y ésa es la “harina industrial” con la que desde entonces se hace la mayoría del “pan blanco” que se vende de forma masiva en las grandes superficies; carente pues de casi todos sus nutrientes.

Un problema que se agravaría con el tiempo cuando la mayoría de los cereales -sobre todo el trigo- empezaron a cultivarse de forma intensiva –con lo que los cereales tienen menos nutrientes- y dar lugar a cereales híbridos poco parecidos a los granos originales; y luego a especies transgénicas que los organismos humanos no reconocen y rechazan. Siendo todo ello la razón de que a la ingesta de pan blanco muchos médicos le achaquen hoy tantos problemas: intolerancia, alergia, dificultades de digestión, fermentación con formación de gases, inflamación, estreñimiento o diarrea, dolor estomacal e intestinal…

Problemas que agravaría el hecho de que para ahorrar tiempo se empezó además a utilizar levadura industrial procedente de cultivos que contenían químicos; entre ellos, sulfatos y polifosfatos. Y por si fuera poco se empezaría posteriormente a utilizar una gran cantidad de sustancias químicas que “ayudaran” a la harina a fermentar, a dotar de mayor o menor esponjosidad a la masa, a conservarla más tiempo, a aromatizarla para que el olor se parezca al del auténtico pan, a blanquearla para hacerla más brillante y atractiva, a mejorar la estructura de la corteza, a darle sabor o a potenciarlo, etc. Hablamos de los denominados “aditivos alimentarios”, muchos de ellos productos químicos cuya total inocuidad a medio y largo plazo no está demostrada -aunque hayan sido legalizados- que pueden además provocar reacciones cruzadas y cuya respuesta a determinadas temperaturas sigue siendo una incógnita.

Ciertamente las autoridades han aprobado un consumo diario máximo de esos aditivos pero en realidad ni existe la seguridad de que a las cantidades autorizadas tales sustancias sean inocuas ni hay manera de controlar la cantidad que se ingiere dado que están presentes en muchísimos productos: el pan, los picos, las galletas, los bollos, las magdalenas, los cruasanes, las ensaimadas, los pasteles, las tartas…; la lista es interminable. Y nadie puede afirmar que tales productos consumidos durante años sean inocuos. De hecho algunas de las sustancias que en su momento fueron legales hoy están prohibidas (aunque aún no en todo el mundo porque en los países menos desarrollados los ciudadanos se defienden peor de la avaricia empresarial). Es el caso del bromato de potasio que durante décadas se utilizó para hacer más esponjosos algunos panes y que permitía usar menos harina al fabricarlos; se retiró de la lista de aditivos autorizados en 1992 por ser ¡cancerígeno! Luego, ¿quién puede asegurar con fundamento que no lo son también otros de los que actualmente son legales?

Todo esto debería haber llevado a aprobar una legislación que garantice la inocuidad de los productos químicos usados por quienes comercializan alimentos ¡pero no ha sido así! Lo que implica que todos deberíamos leer bien las etiquetas de lo que compramos para conocer al menos los ingredientes exactos. El problema es que eso, en el caso de las barras, baguetes, chapatas y demás no es posible. Usted puede hoy saber de dónde vienen los tomates que compra o cómo y dónde vivió la ternera cuyos filetes pondrá en su mesa pero las condiciones de fabricación y venta que rodean al pan son un misterio insondable para el consumidor: no puede conocer ni la naturaleza del cereal que consume, ni si cuando creció se usaron en él químicos, ni si el pan se fabricó con harina industrial, ni qué aditivos lleva… Nada de nada.

UNA VIEJA POLÉMICA

Lo singular es que aunque esta polémica pueda parecer nueva no lo es. Las dudas persisten desde el comienzo de la panificación industrial y vamos a dar algunos ejemplos que lo demuestran. En el Literary Digest de 26 de noviembre de 1898 se hacía referencia a la publicación en el British Medical Journal de un estudio –On the relative digestibility of white and brown bread– (Sobre la digestibilidad relativa del pan blanco y el pan moreno) realizado en el Hospital Saint Bartholomew por los doctores T. Lauder Brunton y F W Tunnicliffe en el que se compararon el pan refinado o “blanco” y el integral o “moreno”. Pues bien, en sus Conclusiones los médicos señalan entre otras cosas: “En el caso de las personas con intestinos perezosos el pan integral es preferible ya que tiende a mantener periódicamente la acción peristáltica y a asegurar la evacuación normal de los intestinos con todas sus ventajas concomitantes. En los casos en que la proporción de ingredientes minerales -en especial de sales de cal- en otros artículos de comida o bebida sea insuficiente el pan integral es igualmente preferible al blanco. Es además posible que en el caso de los trabajadores que viven principalmente de pan y té la preferencia por el pan blanco en las grandes ciudades pueda ser responsable, al menos en parte, de las caries tempranas de los dientes de las personas que viven de esa dieta”. En pocas palabras: hace ya más de un siglo que se relacionó el consumo de pan blanco con un peor funcionamiento de las funciones digestivas.

En 1911 el Journal of the American Medical Association (JAMA) -Diario de la Asociación Médica Americana- publicó una noticia fechada el 11 de febrero de su corresponsal en Londres en la que podía leerse: “El pan blanco, presentado como un lujo para los ricos, ha sido adoptado por todas las clases sociales solo que para obtener ese aspecto blanco más atractivo se eliminan valiosos contenidos de la cáscara interior y del germen de trigo: proteínas y sales. Cabiendo destacar entre los males atribuidos al consumo de pan blanco la caries dental, tan frecuente y grave hoy que puede ser definida como una catástrofe nacional. Y ante un mal tan grande como el de eliminar de los alimentos más importantes algunos de sus ingredientes más valiosos la profesión médica ha sido muy necia. Cierto que alguna vez han aparecido de forma puntual artículos en revistas médicas explicando los defectos del pan blanco pero no han tenido ningún efecto”.

En 1944 el doctor Melvin E. Page citaría en su libro Young Minds with Old Bodies (Mentes jóvenes en cuerpos viejos) el estudio de dos científicos que realizaron una investigación sobre el contenido de vitamina B del pan integral en comparación con el blanco en el que escribiría. “Su informe, según señala el British Medical Journal, no deja ninguna duda en cuanto a la superioridad de pan moreno sobre el blanco como fuente de vitamina B. Otros nutricionistas han publicado una comparación de las raciones de pan consumidos por los británicos durante cientos de años (…) Así, los miembros mejor alimentados de la población obtienen hoy día dos veces más vitamina B que las personas con bajo nivel de ingresos pero consumen menos que los pobres parroquianos del siglo XVIII”.

Y el lunes 15 de noviembre de 1948 Time publicaría un artículo titulado Medicine: Too-White Bread (Medicina: demasiado pan blanco) que alertaba sobre el uso de determinados aditivos químicos. “Durante 25 años –comenzaba diciendo el artículo- los molineros de Estados Unidos utilizaron en su harina un compuesto llamado tricloruro de nitrógeno porque blanquea la harina de trigo y ahorra meses en el proceso de envejecimiento. Y hoy se utiliza ya en el 80% de la harina blanca. Pues bien, Sir Edward Mellanby -del Medical Research Council de Gran Bretaña- alimentó con una dieta concentrada de pan altamente rica en tricloruro de nitrógeno a varios perros que utilizó en un experimento sobre nutrición publicando sus alarmantes resultados en el British Medical Journal hace dos años y la mayoría murió en 30 minutos”. Sepa el lector que el tricloruro de nitrógeno -líquido amarillo aceitoso- explota bruscamente cuando se calienta a más de 60º centígrados y sin embargo se utilizó sin como aditivo químico ¡en el pan!

Un ejemplo más: en 1979 Roger Williams, bioquímico de la Universidad de Texas (EEUU), realizó un experimento para averiguar las diferencias nutricionales entre el pan blanco y el integral para lo cual dividió a sus ratas de laboratorio en dos grupos alimentando a unas sólo con pan blanco y a las otras con pan integral. ¿El resultado? Dos de cada tres de las alimentadas con pan blanco había muerto a los 90 días estando las demás muy enfermas mientras que las alimentadas con pan integral vivieron largo tiempo.

PLAGA DE ENFERMEDADES INTESTINALES

Es incomprensible por tanto que las advertencias sobre la negativa incidencia en la salud del consumo de pan industrial hayan sido tan escasas y timoratas; de hecho por eso un siglo después nada ha cambiado. “Llevo más de 25 años tratando pacientes en mi consulta –nos diría el doctor Santiago de la Rosa, presidente de la Comisión de Médicos Naturistas del Colegio Oficial de Médicos de Madrid y miembro del Consejo Asesor de Discovery DSALUD y me consta que cada vez es mayor el número de personas que sufren patologías digestivas, problemas estomacales e intestinales que cursan a menudo con dispepsias o malas digestiones, inflamación, hinchazón, flatulencia, estreñimiento o diarrea, calambres, dolores, mal olor de heces, reflujo, gastritis, úlceras pépticas y duodenales, mala absorción, enfermedad de Crohn, estomatitis, colon irritable, colitis ulcerosa, hemorroides, fisuras anales, problemas dermatológicos, problemas tiroideos, patologías autoinmunes… Pues bien, he comprobado que un simple cambio de pautas dietéticas -entre ellas la eliminación del pan- junto a una desintoxicación a fondo del organismo y una adecuada nutrición contribuye en la mayoría de los casos a mejoras sorprendentes en muy diversas patologías; muy en particular en los casos de patologías digestivas. E infiero por mi experiencia con los pacientes –continuaría diciéndonos- que el pan en concreto es una de las principales causas de tales problemas. Está hoy tan adulterado que el sistema inmune reacciona ante su contenido creando anticuerpos; lo que se nota rápidamente porque produce inflamación abdominal. Evidentemente si ello acaece pocas veces no pasa nada porque el cuerpo se recupera pero si se agrede al organismo de manera continuada –y quien consume pan blanco suele hacerlo a diario- uno acaba enfermando. De hecho yo mismo fui víctima de esa situación hasta que entendí qué pasaba; durante años sufrí rinitis, estornudos, fiebre, malestar general y problemas digestivos sin terminar de averiguar la causa hasta que eliminé el pan y todos los productos hechos con harinas refinadas y mi salud se recuperó por completo”.

De similar opinión es el doctor Félix López Elorza, presidente de la Sociedad Andaluza de Intolerancias Alimentarias (SAEIA), quien denuncia la falta de información adecuada al consumidor. “La actual presencia de componentes diferentes a los básicos en muchos alimentos –declararía a Discovery DSALUD- supone un serio problema para las personas con diferentes tipos de intolerancias. Un ejemplo frecuente es el de las personas que no pueden tomar leche e ingieren pan sin saber que en muchos casos éste contiene proteínas de leche. Y es que hoy, cuando compramos pan no envasado, no sabemos lo que realmente contiene; cuando lo razonable es que los ingredientes que lleva se coloquen en lugares bien visibles a fin de que el comprador esté informado y sepa a qué atenerse. Por otra parte, cuando está envasado uno sí puede saber qué se le ha echado pero suele venir en una letra tan pequeña que gran parte de la población es incapaz de leerla y además muchos de los aditivos vienen en nomenclaturas que la gente en general ignora a qué sustancias corresponden. Es frecuente asimismo encontrarse etiquetas en las que puede leerse “mejorantes panarios” o “complementos panarios” sin indicar cuáles son. Todos los productos de este tipo deberían fabricarse sólo con sus componentes básicos y prohibir que se les agreguen proteínas lácteas y aditivos”.

Una postura con la que Discovery DSALUD coincide plenamente; solo que no basta con erradicar las sustancias químicas utilizadas para fabricar el pan y otros productos. Es necesario acabar también con los productos que se les añade para alargar su conservación. Y con los productos tóxicos en los que se envuelven para comercializarlos. Como es necesario evitar los productos de degradación que se producen cuando se compran congelados y se calientan de golpe en el horno o el microondas sin esperar a que se descongelen lentamente.

EL PAN QUÍMICO

Pues bien, Mercedes Torre Roldán, especialista en química forense y en el tratamiento y análisis de muestras de interés medioambiental y alimentario así como investigadora principal de proyectos como Optimización de sistemas de detección de explosivos de uso militar y civil en muestras de suelo. Implicaciones medioambientales y de seguridad ciudadana o Determinación de metales y aniones en suelos para la evaluación medioambiental de la contaminación y cotejos de suelos en estudios criminalísticos -en los que participan la Universidad de Alcalá de Henares, la policía científica de Madrid y el laboratorio de criminalística de la Guardia Civil- ha estado investigando recientemente durante varios meses este problema y tuvo la gentileza de atendernos para hablar de ello.

-¿Podríamos antes de nada saber cómo surgió su interés por el pan?

-Pues fue a raíz de una conversación con el doctor Santiago De la Rosa. En la actualidad mi trabajo se centra en el análisis forense pero durante muchos años trabajé en el análisis de alimentos aunque he de decir que nunca con el pan. El caso es que el doctor me comentó un día que veía muchísimos pacientes con problemas digestivos y estaba convencido de que muchos casos se debían al consumo de pan blanco. El asunto me interesó porque hoy cada vez más establecimientos de todo tipo venden pan y es difícil saber de qué está hecho y en qué condiciones. Es más, por el precio al que se vende en algunos es obvio que no se debe utilizar materia prima de calidad. Por otra parte cada vez prolifera más el consumo de pan precocinado -parcialmente cocido- y congelado, el que se lleva a casa, se descongela y se acaba de cocer. Y el que directamente se calienta sin descongelar.
El caso es que tras comentar con él todo esto empecé a pensar sobre el asunto y un día se lo comenté a unos compañeros químicos de la guardia civil forense; y éstos me dijeron que tenían constancia de la presentación de denuncias por personas que sospechaban que el pan consumido les había provocado problemas de salud pero que es muy difícil obtener pruebas concluyentes de que el pan sea causa de ello.

-¿Por qué?

-Porque quien come pan suele ingerir con él otras cosas que también pueden ser la causa. Y analizar el pan es hoy realmente complicado dada la enorme cantidad de sustancias químicas que lleva. No sólo las que estaban presentes al empezar a elaborarlo sino las que aparecen durante el proceso de fabricación y evolucionan a otros productos químicos diferentes que no estaban al principio. De hecho es difícil saber lo que tenía un pan cuando se elaboró en origen. Los compañeros de criminalística de la Guardia Civil así me lo comentaron y por eso decidí investigarlo.

-¿Y podemos saber que ha descubierto?

-Bueno, en la Universidad de Alcalá de Henares tenemos la suerte de poder acceder a fuentes bibliográficas muy importantes a nivel internacional así que comencé a indagar y me encontré con que la “mala química” actual del pan es evidente. El pan que se vende de forma masiva no se hace ya de la manera convencional, es decir, con harina de trigo de buena calidad y sin más aditivo que la levadura que hace que fermente sino que contiene todo tipo de productos químicos. Para que dure meses en un congelador, para que se pueda cocinar sin descongelar, para que sea más blanco y esponjoso, para que se desmigue menos, para que tenga un determinado sabor… Aditivos químicos que son los que muy probablemente están causando los daños a la salud.

-Pero hablamos de aditivos legales “debidamente aprobados”…

-Cierto. Muchos están debidamente aprobados solo que la Agencia Española de Seguridad Alimentaria asume que su adición al pan se hace respetando los adecuados controles de calidad y hoy eso no se puede garantizar porque cualquiera hace pan en cualquier sitio sin garantía sanitaria alguna; en las gasolineras, en tiendas pequeñas, en pastelerías… Lo que abre la puerta al posible uso de otros aditivos al margen de los aprobados que hagan el pan más rentable. Y lo cierto es que cada vez hay más casos de problemas estomacales, intestinales, úlceras, procesos inflamatorios, intolerancias, alergias… tras consumir pan. Además en el caso de las personas sensibles hasta los aditivos aprobados pueden ser dañinos.

ADITIVOS FUERA DE CONTROL

-¿Cuándo se produce la desnaturalización del pan?

-Desde el principio de su elaboración. Para empezar, cuando la harina se refina –es el caso del pan blanco- ésta pierde gran parte de sus nutrientes. Y encima a menudo se usa solo un mínimo porcentaje de la misma a la que luego se añade gelatina, almidón modificado y otras sustancias más baratas que terminan dando lugar a lo que parece harina pero que en gran parte no lo es. Se trata de harina –es un decir- artificial a la que se han añadido diversos productos químicos -normalmente sintéticos- para que su comportamiento se asemeje a la harina real. Y aún en el caso de que se usaran aditivos naturales lo cierto es que se trata de productos que no deberían estar en el pan. Aditivos cuyo consumo puede ser tóxico aunque eso tarde en saberse; como ya pasó con el bromato de potasio, producto cancerígeno que hasta 1992 -hace apenas 20 años- se añadía legalmente al pan. Así que es lógico inferir que si alguien vende pan a 20 céntimos la barra es difícil que use harina y la fabrique con los controles adecuados ya que éstos encarecen sin duda el producto.

-¿Hay al menos estudios sobre las posibles consecuencias de la acción cruzada de los aditivos aprobados?

-No. Las sinergias entre los distintos aditivos no se han estudiado; y si se ha hecho no se han dado a conocer. Y nadie puede negar que la mezcla de tantas sustancias químicas no pueda dar lugar a reacciones químicas capaces de originar productos tóxicos, especialmente al ser sometidas a altas temperaturas. Se aprobaron por separado sin estudiarse luego si los distintos aditivos son compatibles entre sí. En algunos casos se habla de proporciones individuales pero realmente se ignoran las consecuencias de mezclar distintas proporciones de esos aditivos químicos; incluidos los legalizados. No hay ninguna normativa que indique las cantidades en que se pueden mezclar. Ni estudios sobre la posible toxicidad.

Por otra parte, incluso si un día se estudiase y valorase todo ello y se acordasen las posibles mezclas y cantidades, ¿quién controlaría que se hiciese correctamente cuando cualquiera puede fabricar y vender eso que aún llamamos pan y que en la mayor parte de .los casos ya no lo es?

-¿Las cantidades aprobadas de los aditivos legales se valoraron pensando en adultos o en niños?

-Lo que plantea es una cuestión muy importante en la que no se suele reparar a pesar de que casi todo el mundo consume pan: adultos, niños y ancianos. Y el grado de posible toxicidad no es el mismo para un adulto de 1’70 y 70 kilos que para un niño de tres años o un anciano. Y lo cierto es que eso no se ha tenido en cuenta al valorarse los aditivos aprobados. Hay un total descontrol a ese respecto pero no solo por lo que se refiere al pan sino sobre todos los productos que contienen “harinas” en general.

OTRAS FUENTES DE RIESGO

-Tenemos entendido que también son potencialmente peligrosos los envases en los que se envuelve el pan precocinado y congelado. ¿Es así?

-Sí. De ello ha empezado ya a alertarse en el extranjero, sobre todo en Estados Unidos. Los plásticos que envuelven el pan congelado suelen contener ftalatos -uno de los contaminantes conocidos más perniciosos- y otros químicos orgánicos que pueden pasar al pan al calentarse el envase. Además dudo que el control de envasado -que debe ser muy riguroso- se haga de la manera correcta en muchos sitios y que se controle adecuadamente la temperatura a la que se calienta posteriormente el que se vende.

-¿Y calentar pan precocinado o congelado en un horno o en un microondas no causa problemas?

-Puede causarlos. Cuando se calienta pan precocinado o congelado a alta temperatura y demasiado tiempo y éste se “tuesta” pueden aparecer acrilamidas y otras sustancias tóxicas potencialmente cancerígenas que también suelen estar presentes en el pescado ahumado, en la carne demasiado hecha y churruscada y en las patatas fritas. Además ignoramos qué efecto tienen las altas temperaturas en las sustancias que se añaden a la harina artificial así que el riesgo potencial es obvio.

-Hoy se fabrican todo tipo de panes: de trigo, centeno, avena o espelta, integral y blanco, con gluten y sin él, con corteza y sin ella, con y sin semillas, barras, baguettes, hogazas, chapatas, picos, colines, pan de molde… ¿No hay ante tanto producto demasiado descontrol?

-Sin duda. Cada vez hay más variedades de pan y más establecimientos que los fabrican y venden sin control suficiente. Hay panes de todo tipo de formas y sabores distintos así como de variada esponjosidad y cada variación supone el añadido de unos u otros aditivos combinados de forma diferente. Desde la plantación del cereal hasta la venta final del pan hay un gran número de procesos implicados cada uno de los cuales presenta riesgos potenciales que pueden acabar siendo una bomba para la salud por lo que si no hay control el problema se agrava. Y la realidad es que es muy difícil controlar tantos establecimientos algunos de los cuales igual ni siquiera tienen declarada la venta de pan.

-¿Qué soluciones podrían a su juicio plantearse? ¿Es cuestión de una mejor reglamentación?

-No creo que las soluciones pasen por nuevas leyes porque lo más importante está básicamente legislado. Obviamente habría que valorar más a fondo el uso de los aditivos autorizados pero a mi entender lo que sobre todo se necesitan son estudios sobre las posibles sinergias entre ellos, su proporción dependiendo de las mezclas y su presencia en función del peso de quien toma el pan. Y sin duda hay que mejorar también el control de calidad. Faltan inspectores que recojan muestras de pan para analizarlas en laboratorio y constatar que no hay microbios patógenos ni tóxicos, especialmente los cancerígenos. No estaría mal tampoco establecer un sello de calidad obligatorio para que todo establecimiento que quiera vender o fabricar pan lo obtenga sólo si pasa determinados controles.

-¿Y no es posible tomar alguna medida que permita al menos saber qué tipo de pan compramos cuando no viene envasado, saber su composición y si la harina es o no natural?

-Me consta que la Agencia Española de Seguridad Alimentaria, siguiendo planteamientos que se están haciendo en el seno de la Comisión Europea, ha barajado la posibilidad de que el pan se comercialice con un código de barras que permita conocer su trazabilidad alimentaria. Así podríamos conocer todo el proceso, desde la tierra en el que se cultivó el cereal hasta el momento en el que el pan se mete en la furgoneta para repartirlo y que incluyera todas las sustancias que se le han añadido, en qué cantidad exacta, qué maquinaría se usó, el tipo de horno, la temperatura a la que se hizo, la composición de los envases… Todo debería estar perfectamente detallado. Ello obligaría a quienes fabrican y venden pan a someterse a una serie de controles lo que llevaría a gran número de los establecimientos que hoy actúan de manera irregular -cuando no ilegal- a desaparecer.

-Permítame una última pregunta: ¿lo dicho hasta ahora vale también para los demás productos fabricados con harina? Me refiero a las galletas, los cruasanes, las ensaimadas, las magdalenas, los suizos…?

-Sin duda. Y en el caso de la bollería con mucho mayor motivo porque a lo dicho se agrega el uso de aceites, grasas de todo tipo y azúcares. En España por ejemplo están prohibidos en esos productos la adición de ciertos aceites y grasas. Piénsese que muchos industriales hacen lo que sea para abaratar costes y eso se traduce en usar por ejemplo manteca de cerdo en lugar de una buena mantequilla; o aceites de menor calidad para no gastar en el de oliva. Además hay más control en los productos envasados por una marca que en lo que se vende a granel. Mire, un producto de calidad no puede ser tan barato como uno de baja calidad. La calidad, en esto como en todo, hay que pagarla. Solo que en el ámbito de la alimentación la mala calidad se paga con una peor salud e, incluso, con la enfermedad.

Antonio F. Muro
Recuadro:


Aditivos químicos en el pan

La lista de aditivos químicos que con un cometido u otro se pueden añadir legalmente a los alimentos industriales para la fabricación de numerosos productos es amplia pero a nuestro juicio resultan especialmente peligrosos en el caso que nos ocupa los siguientes:

-Como conservantes están el E-226 (sulfito cálcico), el E-227 (sulfito ácido de calcio) y el E-228 (sulfito ácido de potasio) al sospecharse que los tres pueden irritar el tubo digestivo y provocar dolores de cabeza, náuseas, vómitos, alergia, irritación de los bronquios y asma; asimismo se utiliza el E-236 (ácido fórmico), hoy prohibido en varios países por sospecharse que es tóxico para los riñones y cancerígeno.

-Como antioxidantes se usan el E 320 (butilhidroxianisol), sustancia sintética procedente del petróleo especialmente desaconsejada en niños, ancianos, embarazadas y mujeres en lactancia que se sospecha puede provocar hiperactividad, asma, urticaria, insomnio, aumento del colesterol en sangre, problemas de metabolismo en el hígado, adormecimiento y hasta tumores cancerígenos. También de origen petrolífero se usa el E -321 (Butilhidroxitolueno) que ha sido relacionado con reacciones cutáneas y problemas en el sistema reproductivo y sanguíneo.

-Como regulador de la acidez encontramos el E-341 (ortofosfato de calcio) que ha sido relacionado con problemas digestivos.

-Como estabilizadores se usan el E-450 (difosfato disódico) -se ha asociado a una mala asimilación de minerales y a problemas digestivos-, el E-516 (sulfato de calcio) -usado también para preparar escayolas, yeso, cemento e insecticidas puede provocar obstrucción intestinal-, el E-520 (sulfato de aluminio) y el E-541 (fosfato ácido de aluminio y sodio) –estos dos últimos productos contienen aluminio, conocido neurotóxico, el segundo de los cuales puede además provocar reacciones cutáneas e irritar las mucosas. Y,

-Como emulsionantes el E-442 (fosfátido de amonio) -derivado de grasas alimenticias que a veces procede de oleaginosas transgénicas-, el E-471 (mono y diglicéridos de ácidos grasos) que puede provocar una mala asimilación de ácidos grasos esenciales y afectar al hígado, los riñones, los testículos y el útero- y el E-510 (cloruro de amonio) -además de en levaduras se utiliza en la industria para la fabricación de pilas, barnices y explosivos y puede provocar náuseas, vómitos, reacciones cutáneas y efectos nocivos-.

 

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157
Febrero 2013
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