Los peligros de chatear en Internet

A pesar de vivir en la era de las comunicaciones se observa con preocupación que nuestra sociedad adolece de la habilidad para relacionarse de una manera satisfactoria. Así, mientras los medios tecnológicos se desarrollan en progresión geométrica para facilitarla, la capacidad del ser humano para expresar sus ideas o sus sentimientos no va en consonancia con ellos.

Hoy día en las empresas se programan cursos de “escucha activa”, en los colegios se enseña a los estudiantes “habilidades sociales” entre las que ocupa un lugar preponderante la comunicación y en los medios de comunicación se ofrecen seminarios orientados a la co-escucha y la asertividad (ser capaz de ponerse en el lugar del otro). A pesar de todo ello, ¿está la tecnología uniendo a las personas o está aislándolas? Posiblemente la respuesta a esta cuestión no sea sencilla.

No cabe duda de que la informática ha puesto la información al alcance de todos a través de las redes de comunicación pero esto nos lleva a plantearnos si no estaremos creando un mundo de aislamiento personal en el que las relaciones se establecen a través de aparatos. Cada vez hace menos falta salir de casa pues el mundo entero viene a nosotros a través de la pantalla de nuestro ordenador personal. Podemos comprar, vender, viajar, invertir, informarnos, estudiar, satisfacer nuestra curiosidad, ver, oír… y muy pronto oler e, incluso, tener sensaciones gustativas y táctiles si atendemos a los avances de la tecnología que ya se anuncian.

Pero, ¿qué pasa con el tema que nos ocupa, la comunicación entre los seres humanos? Ahí, hoy por hoy, me temo que tenemos una asignatura pendiente porque si bien es cierto que a través de nuestro ordenador personal tenemos acceso a “comunicarnos” con otros seres humanos de cualquier lugar del planeta eso no quiere decir que esto se produzca realmente.

Un ejemplo de ello lo tenemos en los jóvenes. Ellos son los principales usuarios de los “chats” -conversaciones a través de Internet que se pueden desarrollar en privado (sólo con alguna persona) o abiertas a todo un grupo-. En esas “tertulias” uno tiene la oportunidad de expresarse con total libertad, puede contar de sí mismo aquello que quiere y puede ser sincero pero también puede mentir, manipular, deformar la realidad…; en definitiva, se puede crear una imagen ficticia adornando su personalidad con aquellos atributos que le apetecen. Y, al otro lado del “cable”, el resto de las personas pueden hacer lo mismo.

Esto tiene el grave riesgo de que el individuo se “identifique” hasta tal punto con la personalidad que ha creado que no sea capaz de reconocerse y pierda la noción de quién es realmente.

Se crea entonces una necesidad casi compulsiva de seguir alimentando esa “creación” para hacerla más real. Muchas personas tienen hoy una verdadera adicción y son capaces de pasarse muchas horas participando en varios “chats” a la vez, saltando de uno a otro y “haciendo amigos” o “encontrando amores”. No hay una adicción biológica puesto que no se ingiere ninguna substancia pero sí la hay de carácter psicológico porque el individuo alcanza tal estado de plenitud y gratificación –merced a la producción de endorfinas- que desea volver a reproducirlo una y otra vez.

Por otra parte, la persona que está involucrada en esas charlas siente que se abre totalmente a los demás, que está comunicándose y compartiendo; en definitiva, que está ampliando su mundo. Pero, ¿es así realmente?

Es difícil saberlo pero si observamos a alguien que está “chateando” nos damos cuenta de que no hay expresión en su rostro, que no hay intención en su mirada, no hay gestos que denoten sus sentimientos: lo único que se mueve a toda velocidad son sus dedos a través del teclado para evitar que otro se adelante en la respuesta. No hay estímulos, no siente la necesidad de responder con los ojos, no puede acercar su mano a la otra persona, no hay gestos, no tiene que cuidar que su tono de voz exprese lo que siente… En definitiva, no hay comunicación. Porque comunicación es compartir (partir-con), es poner en común (común-unión) y eso implica a la persona en todas sus facetas, algo que es imposible de hacer a través de un ordenador.

Sin embargo, aún nos quedan unos cuantos pasos que dar hasta que el péndulo se acerque al extremo de máximo alejamiento del punto de equilibrio, cuando la realidad virtual se extienda a los hogares y en lugar de teclear sólo tengamos que ponernos un casco o unas gafas que nos “coloquen” en el lugar del mundo que queramos, con las personas que deseemos y haciendo aquello que se nos antoje…; entonces sí que tendremos problemas para descubrir los límites del mundo real.

Si los medios que están a nuestro alcance para facilitarnos la comunicación se utilizan de forma indiscriminada estaremos haciéndonos un flaco favor porque el “chat” no puede sustituir nunca a un buen paseo con los amigos, porque no se puede comparar la energía que transmite una caricia con el simple hecho de escribirla en una pantalla de electrones, porque aunque podamos ver fotos maravillosas de lugares lejanos nunca podrán igualarse a la sensación de haber estado allí, de haber “respirado” allí, porque aunque “reconstruyamos un yo virtual a nuestra medida” la vida cotidiana nos mostrará realmente cómo somos.

Es fundamental que afrontemos el futuro usando los medios que el progreso pone a nuestro alcance pero sin esclavizarnos a ellos, sin “apegarnos” porque eso nos privará de libertad y nos hará renunciar a nuestras capacidades innatas.

Es estupendo mirar las ventanas que abrimos en nuestro ordenador pero no debemos olvidar que existen otras ventanas, las reales, que nos comunican con el mundo exterior, un mundo que es la auténtica pista de pruebas para nuestro aprendizaje como seres humanos. Tendremos que aprender a estar dentro del agua pero sin mojarnos, en el barro pero sin ensuciarnos, en el sistema pero sin dejarnos arrastrar por él. En definitiva, sin olvidar que el ser humano tiene un inmenso potencial por desarrollar y que sólo su mente es capaz de ponerle límites.

María Pinar Merino

Este reportaje aparece en
22
Noviembre 2000
Ver número
Última revista
Último número Julio-Agosto 2020 de la revista mensual Discovery DSalud
239 | Julio-Agosto 2020
Cartas al director Editorial Ver número