Sucralosa, ¿un dulce veneno?

La sucralosa es un edulcorante no cariogénico -no produce caries- que mayoritariamente se obtiene de la sacarosa o azúcar por halogenación selectiva reemplazando los tres grupos hidroxilo de la molécula por cloro dando así lugar a triclorogalactosacarosa (una especie de clorato de sacarosa). La FDA lo considera inocuo y la Unión Europea lo autorizó como aditivo (E955) por lo que se consume legalmente en más de noventa países como Splenda, Sucralin, Roxxel, Sucaryl, SucraPlus, Equal, Candys y Cukren pero lo cierto es que cada día surgen no ya sospechas sino datos que indican que su consumo habitual puede entrañar muy diversos problemas de salud: desde migrañas hasta cáncer.

Tate & Lyle es una empresa alimentaria británica resultante de la fusión en 1921 de otras dos –Tate y Lyle– que desde entonces se dedica principalmente al refinado y comercialización de azúcar (sacarosa) y cuyo laboratorio de investigación ha estado siempre a la vanguardia de los estudios sobre el azúcar y su uso en la nutrición humana y animal. Pues bien, una tarde del verano de 1976 estaban estudiando los efectos del cloro sobre el azúcar cuando uno de los ayudantes del doctor Leslie Hough, un joven becario hindú llamado Shashikant Phadnis, logró sintetizar una nueva sustancia blanca y se la mostró al doctor. Éste le dijo entonces ¡Test it!Analízala!) pero él entendió ¡Taste it!Pruébala!) así que éste se llevó algunas partículas del polvo a la boca comprobando así que era extraordinariamente dulce. Había nacido la sucralosa. La empresa patentó rápidamente el producto y a fin de que se autorizase para consumo humano lo sometió a una larga serie de ensayos con ratones y otros animales para constatar si era o no inocuo.

QUÉ ES LA SUCRALOSA

¿Y lo es? Pues antes de nada aclaremos que sucralose (sucralosa) es un término muy parecido en inglés a sucrose (sacarosa) y es obvio que se dio ese nombre a la nueva sustancia con la intención de hacer creer que se trata de sustancias similares cuando no es verdad. La sacarosa -el azúcar blanco común- es un carbohidrato natural que contiene dos moléculas -una de glucosa y otra de fructosa- que se obtiene bien por concentración y cristalización del jugo de la caña de azúcar, bien de la remolacha azucarera. La sucralosa en cambio es un organoclorado de síntesis química obtenido por medio de un complejo tratamiento de la sacarosa a la que se agrega cloro y cuya denominación química es triclorogalactosacarosa. No se trata por tanto de una sustancia natural.

En el mundo la sucralosa se consume legalmente ya en más de noventa países comercializándose como Splenda, Sucralín, Roxxel, Sucaryl, SucraPlus, Equal, Candys y Cukren estando incluso aprobada en  la Unión Europea como aditivo alimentario con el código E955. En estado puro es unas 600 veces más dulce que el azúcar -el doble de la sacarina- y de ahí que nunca se comercialice pura sino mezclada -en distintas proporciones- con otras sustancias; sobre todo con maltodextrina -polisacárido formado por cadenas de glucosa- y dextrosa -monosacárido presente en las frutas y la miel-. En cuanto a sus propiedades suele destacarse a fin de incentivar su consumo que al no metabolizarse por el organismo…

…se puede considerar un endulzante con 0 calorías.

…no puede transformase en grasa y es pues ideal para evitar o reducir el riesgo de obesidad.

…el páncreas no segrega insulina y no pasa como glucosa a la sangre por lo que la pueden consumir los diabéticos.

Pues bien, ¡ninguna de esas tres aseveraciones es cierta realmente! Luego la afirmación comercial de que es un edulcorante “más sano que el azúcar” debería considerarse sin más “publicidad engañosa”. Para empezar, como ya hemos adelantado, la sucralosa no se consume pura sino mezclada con otros carbohidratos que sí son metabolizados por el organismo. La maltodextrina, por ejemplo, se metaboliza rápidamente en moléculas de glucosa que pasan a la sangre; por tanto cuando van juntas el producto no tiene 0 calorías sino entre 2 y 5 por cucharadita.

Es igualmente incierto que no se metabolice. Según un informe del doctor M. A. Friedman -presentado en 1998 en la propia FDA- al menos un 20% de la sucralosa se absorbe en el tracto intestinal, porcentaje del que un 25% pasa a la sangre. Y eso indica que al menos el 5% de la sucralosa ingerida se metaboliza. Además debemos agregar que ese 20% de sucralosa que se absorbe en el tracto intestinal no es más que una media estadística: la realidad es que algunas personas no absorben nada y otras lo metabolizan todo siendo la gama de posibilidades intermedias muy amplia. Diferencia que depende de nuestras bacterias intestinales ya que nadie tiene una flora intestinal igual a la de otra persona; ni siquiera los gemelos univitelinos homocigóticos. Y es que quien mayoritariamente metaboliza la sucralosa -como miles de moléculas químicas más- son las bacterias intestinales.

Así que siendo así es obvio que la afirmación de que no engorda y previene la obesidad al igual que la de que su consumo es apto para los diabéticos son igualmente inciertas. Aunque se trate de una pequeña parte la sucralosa -al igual que los otros azúcares con los que suele mezclarse- pueden pasar a sangre, transformarse en grasas y provocar picos de glucemia en los diabéticos.

Cabe añadir que a pesar de aceptarse para consumo humano por la Organización Mundial para la Salud (OMS), el Comité Científico sobre Alimentos de la Unión Europea y otras agencias nacionales con el fin de prevenir efectos adversos se marcó para la sucralosa un límite máximo de ingesta de 15 miligramos diarios por kilo de peso. Luego una persona de 80 kilos –por ejemplo- debería ingerir como máximo 1,2 gramos al día. Pues bien, si tenemos en cuenta que los productos que la comercializan no la venden pura sino mezclada con otros azúcares es factible calcular que un endulzante que la contenga tiene un poder endulzante “solo” 100 veces superior al del azúcar.

La aceptación para el consumo de este azúcar químico clorado por parte de la FDA se basó en los resultados de 110 estudios realizados con animales y humanos. Solo que los mismos no se programaron para detectar efectos tóxicos que pudiesen alterar los sistemas reproductor, nervioso o endocrino o considerarse directamente carcinogénicos sino esencialmente ¡para comprobar su inocuidad como cariogénico! Es decir, para certificar solo que la sucralosa no estimula el crecimiento de las colonias bacterianas de Streptococcus mutans -como sí hace el azúcar- y valorar su posible uso como endulzante por los diabéticos. Claro que la sucralosa no pretendía comercializarse como fármaco para tratar una determinada patología sino como complemento alimenticio y, como tal, el número de estudios y la duración de las sucesivas fases de aceptación para conseguir el visto bueno de la FDA son mucho más sencillos y rápidos.

Lo singular es que ahora que sí existen estudios recientes con ratones según los cuales la sucralosa puede provocar daños en la salud la FDA alega que su validez es relativa porque se basan en reacciones provocadas en animales y no en humanos; postura claramente hipócrita y acientífica puesto que en su momento autorizó su consumo mediante pruebas de inocuidad con ratones. Inocuidad de la sucralosa que, por otra parte, se basó en la mera opinión de algunos expertos que la consideran una molécula similar a la sacarosa -e incluso a la de la sal (cloruro de sodio)- cuando muchos otros difieren y la consideran un organoclorado, molécula característica de muchos pesticidas; expertos que aseveran que la sucralosa se obtiene por halogenación selectiva de la sacarosa reemplazando sus moléculas de agua (hidroxilos) por otras de cloro dando ello lugar a triclorogalactosacarosa (una especie de clorato de sacarosa).

La nueva sustancia pues no es un carbohidrato como se quiere hacer creer sino un organoclorado perteneciente a la misma familia que el DDT; de hecho son muchos los insecticidas y bactericidas que contienen organoclorados (como la clorhexidina o el triclosán). Como organoclorados son el gas mostaza usado durante la Primera Guerra Mundial y el famoso “agente naranja” de triste recuerdo utilizado durante la Guerra de Vietnam.

Podrá alegarse que la sucralosa lleva más de dos décadas consumiéndose -Canadá fue el primer país en autorizarlo en 1991 y Estados Unidos el segundo en 1998 mientras la Unión Europea no lo hizo hasta 2004- pero el tiempo transcurrido no es suficiente para valorar los potenciales problemas de salud que pueda estar provocando lentamente; especialmente entre los niños que la consumieron durante los primeros años y aún no han alcanzado la edad adulta. Y ello sin olvidar que en realidad puede estar provocando muchos problemas de salud que no se tienen en cuenta porque los médicos, al tratar a sus enfermos, descartan de antemano que la sucralosa pueda ser la causa de sus problemas en el erróneo convencimiento de que se trata de una sustancia inocua. Y que ello puede estar sucediendo de forma masiva parecen indicarlo los trabajos sobre ella que, por fin, han empezado a hacerse en los últimos años.

Citemos algunos; por ejemplo el efectuado en la Washington University School of Medicine (EEUU) por un equipo coordinado por el doctor M. Y. Pepino -el trabajo se publicó en 2013 en Diabetes Care- que contradice todo lo que se afirma desde hace casi 30 años respecto a que no contiene calorías y no perjudica a los diabéticos. El citado equipo de investigadores constató en primer lugar que los ratones sí metabolizan parcialmente la sucralosa –contra lo que se afirmaba- así que decidieron realizar luego estudios con humanos; concretamente con 17 personas obesas sensibles a la insulina pero que no sufrían ni Síndrome Metabólico ni diabetes tipo 2. Pues bien, tras varias pruebas comparando en ellos los efectos de ingerir solo agua, agua con glucosa y agua con sucralosa comprobaron que tanto entre quienes bebían agua con glucosa como agua con sucralosa se producían picos de insulina muy similares. Luego este trabajo echa por tierra la afirmación de que la sucralosa no se metaboliza en el cuerpo humano. Y no importa que sea un pequeño estudio preliminar: demuestra claramente que la sucralosa sí provoca la segregación de insulina por el páncreas y aumenta el nivel de glucosa en sangre al igual que pasa con la sacarosa o azúcar.

POSIBLES DAÑOS EN LOS RIÑONES Y EL TRACTO INTESTINAL

Pero vayamos hacia atrás: ya en 1990 los doctores G. H. Lord y P. M. Newberne -del Mallory Institute of Pathology de Boston (EEUU)- publicaron en Food and Chemical Toxicology un trabajo en el que se constató que cuando se alimenta a ratonas con sucralosa aparecen cálculos renales que casi siempre se acompañan de un alargamiento del tracto intestinal y anomalías en el epitelio pélvico.

Diez años después un equipo de investigación coordinado por el doctor S. W. Mann –el trabajo se publicó en 2000 en Food and Chemical Toxicology– amplió esos estudios utilizando dosis variadas de sucralosa en las dietas de los animalillos comprobando que las anomalías efectivamente existían… pero alegando que se debían a que las ratonas estuvieron sometidas demasiado tiempo a una dieta en la que los nutrientes esenciales se sustituyeron por sucralosa. Una explicación plausible y creíble si no fuera porque la investigación ¡la financió la empresa McNeil Specialty Products, el mayor fabricante mundial de sucralosa! y dueña de la marca Splenda.

RELACIÓN CON LAS ENFERMEDADES INFLAMATORIAS INTESTINALES Y LAS MIGRAÑAS

El doctor Xiaofa Qin -del New Jersey Medical School (EEUU)- publicó por su parte en 2011 en Canadian Journal of Gastroenterology un significativo artículo que llevaba como título una pregunta: ¿Por qué Canadá se ha vuelto el país con la mayor incidencia de Enfermedades Inflamatorias Intestinales? ¿Podría ser por culpa de la sucralosa? En ese trabajo el doctor Qin recalcaría que Canadá, que tenía uno de los menores porcentajes de incidencia de Enfermedades Inflamatorias Intestinales, pasó en pocos años a encabezar la lista mundial; concretamente desde que en 1991 se aprobó en el país el consumo de sucralosa -apenas 15 años después de su descubrimiento- y se incluyó en miles de alimentos procesados. Y es que la enfermedad de Crohn afectaba en 1972 en Quebec a 6,3 personas por cada 100.000 habitantes -porcentaje muy inferior al de Estados Unidos y otros países europeos- y en 2001 eran ya 283 por cada 100.000. ¡Un aumento de casi el 4.500%!

Y hablamos de alguien que fue el primero en constatar que las proteasas digestivas no se activan cuando se ingiere sacarina -otro endulzante químico- por inhibición de la flora intestinal-. Es más, en su trabajo -publicado en 2007 en Inflammatory Bowel Diseases- demostró que la sacarina degrada la mucosa intestinal, el epitelio y el endotelio, signos característicos de las enfermedades inflamatorias intestinales. Y de hecho tras la comercialización de la sacarina se produjo entre 1950 y 1970 un claro incremento de las enfermedades inflamatorias intestinales en Canadá, cantidad que se redujo drásticamente al publicarse en 1977 que había provocado tumores cancerígenos en las vejigas de ratonas y mucha gente dejó de tomarla.

Pues bien, en 2011 el doctor Qin publicaría otro trabajo en Journal of Crohn’s and Colitis en el que se asevera que, al igual que la sacarina, la sucralosa es un potente inhibidor de la flora intestinal y sus efectos pueden incluso ser mayores porque se absorbe menos, se elimina por el tracto intestinal y se consume actualmente en una proporción mucho mayor que la sacarina. Conclusiones que ampliaría al año siguiente con un trabajo de síntesis que publicaría en 2012 en World Journal of Gastroenterolgy achacando ya directamente a la ingesta masiva de sacarina y sucralosa la actual pandemia de enfermedades inflamatorias intestinales que los médicos consideran bien idiopáticas –es decir, de origen desconocido-, bien autoinmunes… pero, de forma inadmisible, sin especificar qué dispara esa reacción autoinmune.

Con respecto a la diferenciación que los médicos alópatas hacen entre enfermedad de crohn y colitis ulcerosa el doctor Qin asevera que no se trata más que de dos síndromes –conjuntos de síntomas- relacionados con el mismo proceso degenerativo y las dos la causa el debilitamiento de la pared intestinal. Debilitamiento que en el caso de la colitis ulcerosa se manifiesta en la formación de abscesos por la invasión de neutrófilos ante la filtración externa de bacterias enterales y la enfermedad de crohn en la formación de granulomas debido a la invasión de macrófagos. Recomendamos a quienes quieran profundizar en el tema la lectura de este completísimo trabajo que lleva el título de Hipótesis unificadora sobre la etiología de las enfermedades inflamatorias intestinales.

Y el doctor Qin no es el único investigador que sostiene que la sucralosa es la causa de las enfermedades inflamatorias intestinales. En 2008 un equipo de la Duke University Medical Center coordinado por el doctor M. B. Abou-Donia publicó en Journal of Toxicology and Environmental Health los resultados de una serie de ensayos murinos que demostraron la disminución de la flora bacteriana -en número y especies- de los ratones a los que se dio -junto a su dieta habitual- suplementos de sucralosa durante 12 semanas; y eso que eran dosis muy inferiores al límite aceptado por la FDA como “inocuo”; especialmente de las Phylum Bacteroidetes que se sabe son claves en la estabilidad bacteriana intestinal. Es más, junto a la clara disminución de las bacterias entéricas se observó un marcado incremento del pH fecal.

Agregaremos que la ingesta de sucralosa parece ser también causa de migrañas. Lo constató un grupo de científicos de la Mercer University Scholl of Medicine de Georgia (EEUU) dirigido por el doctor R. M. Patel cuyo trabajo se publicó en 2006 en Headache; migrañas que desaparecieron sin más en cuanto quienes las padecían dejaron de tomar sucralosa.

EL PELIGRO DE COCER ALIMENTOS CON SUCRALOSA

Otra de las falsedades que se ha desvelado recientemente es la de que la sucralosa no se ve afectada por el proceso de cocción. Un equipo de investigadores de la Chinese Academy of Sciences dirigido por el doctor S. Dong publicó en 2013 en China Food Control un trabajo que constataría que al calentarse aceites de cacahuete y oliva en presencia de sucralosa ¡se forman naftalenos policlorinados! En cantidad  muy baja pero suficiente para inferir que puede dar lugar a reacciones químicas de cloración que generen tóxicos volátiles. Unos meses después los mismos autores publicarían un nuevo trabajo en Science Reports según el cual si la sucralosa se calienta en recipientes metálicos que contengan cantidades residuales de óxidos de hierro, aluminio o cobre -algo habitual en las masivas cocciones industriales- se forman dioxinas (dibenzo-p-dioxinas y dibenzofuranos).

Lo singular es que los doctores A. Rahn y V. A. Taylayan -de la McGill University de Canadá- ya habían publicado en 2010 en Food Chemistry los resultados de unos estudios de laboratorio que demuestran que los productos de panadería con sucralosa cocidos a altas temperaturas (250º) pueden reaccionar con el glicerol (grasas de triglicéridos) dando lugar a cloropropanoles, sustancias tóxicas pertenecientes a un grupo de moléculas potencialmente carcinogénicas y genotóxicas.

Y a finales de 2013 salió a la luz un nuevo estudio según el cual calentar la sucralosa da lugar a la producción de otros tóxicos. El trabajo lo publicaron en Journal of Toxicology and Environmental Health las doctoras S. S. Schiffman -de la Universidad de Carolina del Norte (EEUU) y K. I. Rother -del National Institute of Health de Estados Unidos- tras realizar varios ensayos de laboratorio y comprobar que la cocción a altas temperaturas de alimentos que contienen sucralosa genera cloro-propanoles, moléculas tóxicas similares a las dioxinas. Denunciando en él asimismo que la sucralosa perturba el vital equilibrio glucosa-insulina-glucagón en el sistema digestivo humano pudiendo ello provocar patologías metabólicas.

CAUSA DE OBESIDAD

El doctor S. E. Swithers -de la Universidad de Purdue en West Lafayette (Indiana, EEUU)- publicó por su parte en 2013 en Trends in Endocrinology and Metabolism un trabajo según el cual los tres principales endulzantes sintéticos -la sucralosa, el aspartamo y la sacarina- interfieren en el metabolismo biológico del ser humano incrementando el riesgo de obesidad, síndrome metabólico, diabetes II y accidentes cardiovasculares.

En 2012 un equipo dirigido por el doctor J. C. de Ruyter publicó en New England Journal of Medicine un estudio con dos grupos de niños a uno de los cuales se le dio a beber durante 18 meses líquidos azucarados y a los del otro líquidos endulzados con sucralosa comprobándose trascurrido ese tiempo que quienes ingirieron azúcar apenas habían aumentado de peso un kilo -a pesar de que habían ingerido 46.600 calorías frente a las supuestas 0 calorías de los del grupo de la sucralosa- lo que se interpretó como el resultado de una mayor ingesta de alimentos al faltarles las calorías de la sacarosa. Algo discutible pero que en todo caso no apoya la idea de que ingerir endulzantes en lugar de azúcar disminuya realmente por sí mismo el riesgo de sufrir obesidad.

Lo que parece corroborar el trabajo que un equipo de la Universidad de Colorado de Denver (EEUU) coordinado por el doctor G. K. Frank publicó antes -en 2008- en Neuroimage. En él se sometieron  los cerebros de 12 mujeres sanas a resonancias magnéticas mientras probaban alternativamente pequeñas dosis de sacarosa y sucralosa encontrándose con que mientras la sacarosa estimula las zonas de actividad dopaminérgica la sucralosa no lo hace. Así que aunque la mente consciente no distinga entre un azúcar natural y un endulzante químico artificial nuestro cerebro solo activa los neurotransmisores del placer y la satisfacción cuando detecta el azúcar ignorando la existencia de la sucralosa. Lo que parece indicar que para la amígdala cerebral un endulzante artificial no sacia.

Los trabajos del doctor K. Rudenga y sus colaboradores del John B. Pierce Laboratory de New Haven (Connecticut, EEUU) publicados en 2010 en Chemical Senses junto con los realizados por los doctores E. Green y C. Murphy -de la San Diego State University (EEUU) publicados en 2012 en Physiology and Behaviour permiten por su parte deducir que en el caso de individuos jóvenes que usan con mucha frecuencia edulcorantes sintéticos se altera la respuesta neuronal-hormonal que genera el sabor dulce como activador de los procesos digestivos y, en especial, la segregación de insulina por el páncreas. Lo que podría dar origen a serios desequilibrios fisiológicos.

Los estudios citados parecen evidenciar que cuando nuestro sistema nervioso detecta algo dulce que no se relaciona con el aporte de calorías o de nutrientes -como es el caso de la sucralosa y otros edulcorantes químicos- se desequilibra nuestro sistema endocrino y neuro-hormonal afectando a la homeostasis. Y es que millones de años de evolución han adaptado nuestro organismo para detectar alimentos sanos -y distinguirlos de los venenosos y/o carentes de nutrientes útiles- poniendo en marcha solo en el primer caso la complejísima y larga cascada de reacciones químicas e impulsos nerviosos en la que intervienen desde el sistema digestivo hasta el cerebro; incluyendo el sistema nervioso autónomo o simpático. Es más, ya hay expertos que entienden que intentar engañar al organismo de forma reiterada durante meses o años ofreciéndole dulces carentes de propiedades nutritivas puede terminar teniendo serias consecuencias para la salud.

Y si lo que le hemos contado no le parece suficiente para ser precavido sepa que otros sí lo piensan: a mediados de 2013 la influyente asociación estadounidense Washington Center for Science in the Public Interest anunció que su consideración sobre la sucralosa pasaba de “segura” a “sospechosa”. Medida que se tomó a raíz del tormentoso debate iniciado por un investigador italiano en 2012 que inundó los medios de comunicación y los blogs de internet. Nos referimos al doctor Morando Soffritti -director del Instituto Ramazzini de Bolonia (Italia)- quien en una conferencia que ofreció ese año en Londres con motivo de un congreso sobre cáncer infantil explicó que tras dar sucralosa a 843 ratones muchos contrajeron leucemia. Lo vergonzoso es que desde entonces han transcurrido dos años y aun estamos esperando a que alguna revista científica acepte publicar el trabajo. Lo sorprendente es que ni Soffritti ni la institución que dirige han formulado la más mínima protesta pública por ello y eso hace sospechar de la credibilidad de sus conclusiones; salvo que hayan recibido fuertes presiones para callar.

CONCLUSIÓN

En definitiva, hay cada vez más trabajos que sugieren que el consumo de sucralosa no es recomendable. Suficientes como para exigir a las autoridades sanitarias una investigación rápida y a fondo y que, mientras, se impida su utilización como aditivo alimentario -se halla en más de 4.000 productos elaborados- y como endulzante. Porque insistimos: se trata de un producto sintético organoclorado, industrial y no natural. Es evidente que el azúcar es insano -hasta la Organización Mundial de la Salud (OMS) admite ya que es la principal causa de la actual pandemia de enfermedades metabólicas- pero eso no justifica que se sustituya por sucedáneos aún más peligrosos.

Juan Carlos Mirre

Este reportaje aparece en
172
Junio 2014
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