Salomón Sellam y la Psicosomática Clínica

Fundada por el médico francés Salomón Sellam, la Psicosomática Clínica es una disciplina dada a conocer en su obra Orígenes y prevención de la enfermedad que si bien coincide con otras escuelas en que la enfermedad no es a menudo sino el reflejo orgánico de un conflicto psicoemocional interno que la persona no ha podido superar de forma natural -teniendo cada síntoma un significado específico- aporta a ese planteamiento una posibilidad singular para muchos insólita: que una persona puede somatizar en el presente -y enfermar por ello- un conflicto biológico sufrido ¡por un antepasado! Él mismo nos los explica en detalle.

El doctor Salomon Sellam defiende -como otros colegas antes- que buena parte de las llamadas “enfermedades” tienen a menudo origen en un conflicto psicoemocional, bien acaecido en el presente reciente, bien durante la infancia e, incluso, durante la gestación o el parto. Coincide pues en ello con otros expertos; como Joaquín Grau, cuya técnica terapéutica –Anatheóresis– recordamos en el pasado número de la revista (lea en nuestra web –www.dsaslud.com– el artículo que con el título Las claves de la enfermedad apareció en el nº 170). Sin embargo, un día acudió a su consulta el jefe de bomberos de la localidad llevando a su hija de 5 años, que sufría asma desde que nació y no mejoraba con medicamentos. Sellam averiguaría pronto que la niña no había sufrido ningún trauma en la infancia, que su parto había sido normal y, tras someterla a una profunda relajación, que durante su gestación no vivió ninguna situación traumática. Se preguntó Sellam entonces si la niña podría haber «heredado» la enfermedad. Así que a fin de averiguarlo pidió al padre que repasaran juntos las enfermedades y muertes no naturales de sus antepasados comprobando rápidamente un singular detalle: la niña había nacido el mismo día -obviamente en años distintos- que su abuelo; lo que Sellam interpretó como un claro «lazo transgeneracional». Entonces preguntaría al bombero cómo había fallecido su padre y éste, sin poder evitarlo, se vio de pronto invadido por una intensa emoción que le hizo llorar de forma tan desconsolada que su propia hija le preguntaría, angustiada, qué le pasaba. Contando éste al recuperarse que su padre se había suicidado inhalando gas cuando él apenas tenía 9 años. Una muerte que tenía que ver con el acto de respirar. Con lo que Sellam relacionó rápidamente el drama y el duelo bloqueado del padre con lo que le pasaba a la niña, infiriendo que aquel suicidio marcó la vida de ambos. No en vano, él se hizo bombero para evitar la muerte de personas en incendios que sobre todo perecen ahogadas por el humo, mientras la niña nacía con una patología que le impide respirar normalmente. Aun atónito, el padre admitiría tal posibilidad siendo en ese momento, según Sellam, cuando el inconsciente emocional de la familia se liberó, no necesitando ya ni él ni su hija manifestar el duelo bloqueado. Sin duda resulta algo difícil de admitir para nuestra cartesiana mentalidad, pero lo cierto es que a partir de ese momento la niña comenzó a mejorar, los medicamentos que tomaba empezaron a ayudarla y a los 8 meses ¡el asma había desaparecido! No habiendo duda para Sellam de que fue la liberación emocional del trauma reprimido por el padre lo que a su vez permitió, de modo inconsciente, liberar a la hija del asma.

Infiero que el lector se estará preguntando si algo así es posible, pues el hecho de que las emociones pueden somatizarse afectando a nuestra salud hoy no se pone ya en duda -nuestro cerebro segrega hormonas en respuesta a nuestros distintos estados emocionales que acaban provocando reacciones químicas y físicas- pero, ¿es posible que un conflicto familiar no resuelto de un antecesor nos afecte física o mentalmente a nosotros? Sellam cree que sí. De la misma forma que los conflictos sociales inciden en nosotros. Es imposible, por ejemplo, comprender la forma de ser y actuar de muchos españoles sin tener en cuenta la Guerra Civil -con el régimen resultante- y la II Guerra Mundial, porque todo ello influyó notablemente en el inconsciente colectivo e individual. Basta comprobar que el lenguaje bélico preside casi todas nuestras actuaciones y pensamientos. Para comprobarlo no tiene más que escuchar los argumentos de los laboratorios al hablar de sus fármacos, de los médicos al hablar con sus pacientes de salud o de los periodistas deportivos comentando un simple partido de fútbol: es puro lenguaje bélico. Todo esto es algo que comprenden muy bien, por ejemplo, los expertos en Programación Neurolingüística.

Ahora bien, ¿realmente el trauma de un antepasado puede afectar físicamente a sus descendientes hasta el punto de llegar a ser causa de algunas de sus patologías? ¿Pueden los cambios epigenéticamente producidos en nuestros antepasados haber influido hasta ese punto en nuestra genética? ¿Tanto como para que sean la causa de problemas físicos, emocionales y psíquicos? Salomon Sellam así lo piensa, especialmente en los casos de las patologías más graves.

LA PSICOSOMÁTICA CLÍNICA

¿Y quién es Salomon Sellam? Pues hablamos de un médico convencional francés que durante ocho años practicó sólo la medicina más ortodoxa, hasta que empezó a intrigarle el papel que las emociones y la psique juegan en la salud; sin duda influido por la Homeopatía que empezó a estudiar esta disciplina médica desarrollada en el siglo XVIII por el médico sajón Samuel Hahnemann tiene muy en cuenta que las emociones y pensamientos así como lo que comemos inciden claramente en nuestro organismo. Tras lo cual, estudiaría Acupuntura, Medicina Psicosomática y Relajación hasta terminar formándose como psicoanalista. Siendo en 1996 cuando oyó hablar en Francia de la Descodificación Biológica, novedosa visión de la enfermedad según la cual todo malestar tiene un significado específico, porque la enfermedad -y sus síntomas- no son sino el reflejo orgánico de una problemática interna que no se pudo expresar de forma natural. Problemática que puede llegarse a «decodificar» -a averiguar- según demostraría la experiencia clínica de investigadores como Anne Schutzenberger, Marc Fréchet, Groddeck o Claude Sabbah quienes, entre otros, postulan que “toda enfermedad es un programa biológico cargado de sentido».

Es entonces cuando Salomon Sellam se forma en la Nueva Medicina Germánica de Ryke Geerd Hamer -quien piensa lo mismo-, la aprende, la práctica y la enseña durante 8 años hasta que llega a la conclusión de que con ella tampoco es posible explicar todos los casos que trata y decide dar un paso más incluyendo en sus planteamientos terapéuticos el funcionamiento freudiano del inconsciente así como la teoría energética de la Medicina Tradicional China. Conocimientos que, una vez integrados, refleja en el 2000 en un libro titulado Orígenes y prevención de la enfermedad en el que explica las bases de su Psicosomática Clínica. Pues bien, tuvimos oportunidad de charlar con él de todo esto y ésta es la entrevista que mantuvimos:

-Díganos, ¿realmente piensa que todas las enfermedades tienen un trasfondo psicológico?

-Sí; aunque no todas en la misma medida. Hay por ejemplo enfermedades de transmisión genética en las que la influencia de la mente puede ser mínima, pero hay otras como el asma o las úlceras, donde el factor emocional está ya admitido hasta por la medicina convencional como causa o agravante. Lo interesante en todo caso es que con la Psicosomática Clínica nos hemos dado cuenta de que en muchas patologías aparentemente incurables se pueden lograr notables mejorías; incluso en las crónicas y degenerativas. Porque en muchos de esos casos la enfermedad no es sino la manifestación a nivel celular, tisular u orgánica de una actividad psíquica conflictiva que un día sobrepasó el umbral de tolerancia. Y trabajar terapéuticamente sobre ello ayuda a esos enfermos.

-Hamer denomina conflicto biológico a la respuesta del organismo a todo trauma inesperado que pilla a uno desprevenido y pone en marcha los mecanismos atávicos de supervivencia de todo ser vivo; explicando que entender bien este concepto permite no sólo comprender la enfermedad en general -y el cáncer en particular- y situarnos en el contexto adecuado para poder abordar el problema.

-Cierto. Hamer se centró en el nivel biológico explicando que todo trauma impacta el cerebro y ello puede dar lugar luego a un problema somático. Es lo que hace, por ejemplo, que la reacción arcaica de una perra que pierde a sus pequeños la lleve a desarrollar un cáncer de mama. Esa constatación se la debemos a él y fue de hecho lo que Sigmund Freud buscó durante 40 años: la relación entre el conflicto psíquico y la enfermedad. Hamer la encontró. Es la explicación exacta de lo que se entiende por psico-somático. Pero después de 8 años de asumir sus descubrimientos y trabajar con sus premisas entendí que nuestro cerebro trabaja a distintos niveles. El primer nivel es en efecto el biológico, el que Hamer descubrió y nos equipara en nuestras reacciones a los animales, ya que también tenemos conflictos biológicos básicos pero asimismo tenemos conflictos a otros dos niveles: energético y psíquico. Y ahora yo postulo que a un tercer nivel más que denomino de «incorporación emocional».

-¿Y en qué consiste lo que llama incorporación emocional?

-Al que procede ¡de la familia! Todos nosotros sufrimos la influencia de la familia de forma consciente o inconsciente y a menudo, lo creamos o no, acabamos manifestando situaciones ajenas en nuestro propio organismo. Todos los psicoanalistas que trabajan con la infancia conocen la facilidad con la que el niño absorbe y transforma una dificultad familiar, pero nunca se han planteado que pudieran ser los padres los que, por ayudar a su hijo, le provocaran los síntomas. Si yo tengo una hija enferma y deseo como cualquier buen padre que sane, puede llegar un momento en el que, inconscientemente, «absorba» su conflicto y lo somatice en mí mismo. Bueno, pues a eso es a lo que yo llamo «incorporación emocional». Enfermo… por tratar de ayudar a alguien querido.

-Pero eso no explica que alguien pueda somatizar un trauma que otra persona vivió muchos años antes…

-Verá, hasta hace poco se creía que nuestro cerebro venía «virgen», sin apenas información, y que lo íbamos «llenando» poco a poco a partir del nacimiento. Hoy sabemos que no es así. La realidad es que nacemos con toda una serie de programas arcaicos de supervivencia –de ellos se encarga el cerebro reptiliano- a los que hay que sumar otros programas de memoria emocional: transgeneracional familiar y gestacional. Y a éstos incorporamos luego otros a lo largo de la vida que dependen ya de nuestras experiencias vividas y sentidas, sean éstas positivas o negativas. Programas que se terminan poniendo en marcha en algún momento al vivir los inevitables conflictos a los que todos nos terminamos enfrentando, incluidos los que desencadenan una respuesta biológica automática como mecanismo de supervivencia. Por tanto a nivel terapéutico hay que buscar todo posible conflicto biológico desencadenante de una enfermedad en tres áreas temporales. Primero en nuestro presente, en algún acontecimiento vivido de forma emocionalmente intensa desde que nacemos hasta la aparición del problema. Después en el parto o durante algún momento de la gestación e, incluso, durante el período anterior, cuando se gestó en nuestros padres la idea de concebirnos. Esta etapa fue especialmente estudiada por Marc Fréchet quien la denominó Proyecto/Sentido porque todos los padres tienen proyectos específicos para sus futuros hijos -sean conscientes o no de ello- que luego expresan inconscientemente para dar sentido a la vida del recién nacido. Y, finalmente, hay que bucear a fondo en la historia de la familia durante varias generaciones, porque a menudo es ahí donde se hallan los conflictos que provocan las principales y más complejas patologías.

EL SÍNDROME DEL YACENTE

-A lo que llama usted «búsqueda transgeneracional de la enfermedad»…

-Eso es. Tras analizar bajo estos criterios más de un millar de árboles genealógicos, estoy persuadido de que el estudio transgeneracional es esencial para cualquier persona que quiera tener una visión general de los sucesos que experimenta en su presente. Porque la memoria generacional interfiere en nuestro presente -y por supuesto en nuestro futuro- y por tanto abre la puerta de la prevención psicosomática. El ejemplo más típico es la gestión de los muertos en el clan familiar. En todos los clanes hay muertes, unas asumibles y otras no tanto; es el caso, por ejemplo, del niño que muere inesperadamente atropellado por un coche, el joven que muere de leucemia…. En España existe de hecho una «reserva» increíble con la Guerra Civil porque hubo decenas de miles de personas que fueron secuestradas, vejadas, torturadas, fusiladas, etc.: muertes que generaron auténticos dramas familiares que, a nivel arcaico, se viven aún hoy de forma muy intensa al ser muertes inasumibles. Y esos traumas pueden transmitirse, ser heredados.

Bueno, pues es liberando la conciencia y especialmente el subconsciente -ambos transgeneracionales- como pueden disolverse los traumas del pasado. He escrito sobre ello un libro traducido ya al español titulado El síndrome del yacente que hoy los terapeutas que ya he formado en esta disciplina utilizan a diario en sus consultas.

-Pero antes de buscar respuestas en traumas transgeneracionales usted descarta que el problema haya surgido durante la gestación, el parto o la infancia…

-Naturalmente. Y sólo cuando no hay nada relevante en esas etapas se buscan otras posibles causas. Es más, descarto antes también que el origen esté en el período previo, cuando los padres gestan la idea de tener un descendiente.

-Con nuestra concepción actual de la vida cuesta aceptar la posibilidad de que un duelo, un trauma familiar antiguo, pueda ser la causa de que sus descendientes enfermen por ello; y sobre todo que esa posibilidad se mantenga durante varias generaciones…

-El tiempo es un presente continuo. El caso del “niño de reemplazo”, el que se decide tener rápido para que “sustituya” a un hijo muerto prematura e inesperadamente, es en este sentido significativo. A Salvador Dalí le concibieron sus padres porque perdieron poco antes a un hijo y se le crió durante dos años con la misma ropa y juguetes de su hermano muerto; algo que podría explicar de algún modo su punto de originalidad, algo que él mismo reconoció. Pero a mi entender también existe el niño de reemplazo transgeneracional; de ahí que al que reemplaza a un hermano le llame yaciente horizontal y al que reemplaza a un tío, un abuelo o un tatarabuelo le denomine yaciente vertical.

Pues insisto en que si ya resulta difícil de aceptar que un conflicto con nuestro jefe pueda causarnos una enfermedad no le digo asumir que ésta pueda deberse a algo que le ocurrió a un antepasado; por ejemplo, a un tatarabuelo.

-Bueno, que un problema con el jefe se puede somatizar lo asume hoy cualquier profesional y es obvio que se puede afrontar porque el motivo es conocido, se es consciente de él, pero la problemática de un ancestro hay que resolverla de forma inconsciente y es evidentemente más difícil. Porque podemos tener consciencia de su drama y saber, por ejemplo, por qué y cómo murió pero no la importancia de la capa emocional bloqueada, del duelo bloqueado. Eso no lo sabemos y por eso es más difícil de resolver.

-Sigo sin entender por qué tal cosa es posible…

-Y sin embargo los resultados de nuestra práctica clínica constatan esa realidad, porque afrontando eso muchas patologías mejoran o desaparecen.

¿Podría quizás ese trauma ancestral transmitirse a nivel genético?

-Es una posibilidad. Hay investigaciones, sobre todo en Suecia, de los efectos de las emociones familiares en los cromosomas; dieron lugar a la actual Epigenética. Pero no puede asegurarse.

RESOLUCIÓN DE LOS CONFLICTOS

-Es de suponer, en cualquier, caso que no todos los conflictos que subyacen en las enfermedades se resuelvan igual; ¿o acaso su terapia sirve lo mismo en un caso de asma que en una esclerosis múltiple?

Aquí radica la gran diferencia entre mi terapia y lo que plantea Hamer. Yo he detectado que unos conflictos son unifactoriales pero otros son plurifactoriales; no todas las enfermedades se generan por una sola causa. Durante años tuve la desgracia de atender casos muy duros: metástasis de hígado y pulmón, poliartritis reumatoide, parálisis, esclerosis en placas… y buscaba el problema según los planteamientos de Hamer y muchos no encajaban. De ahí que llegara a la conclusión de que sus postulados son válidos sólo en los casos unifactoriales pero no en los plurifactoriales. Y una esclerosis en placas, al igual que otras patologías degenerativas, es plurifactorial. Le cuento el caso de una mujer joven de 22 años con esclerosis. Su padre conocía mi terapia, me trajo su árbol genealógico y vi que un hermano suyo había muerto a los 28-29 años en un accidente y que dos hijos -de uno y dos años y medio- y un tío de su mujer murieron abrasados dentro del coche mientras sus padres hacían unas compras. Bueno, pues su hija nació el mismo día que uno de ellos aunque varios años después. Entendí así que ella arrastraba ese drama emocional y de alguna forma quería reemplazar tanto a los dos pequeños como al tío, aunque no los hubiera conocido. Una carga emocional muy fuerte. Al punto de que a mi entender vivía su vida como si no fuera la suya y por eso empezó a tener problemas: una neuritis retrobulbar. El caso es que vino a mi consulta con muletas porque tenía ya dificultades para andar, trabajamos sobre su historia familiar, integró rápidamente que aquello no era culpa suya y no tenía por qué somatizarlo y, un mes después, ya no las necesitaba.

-Bueno, eso puede deberse a muchas otras razones. ¿No habrá usted redescubierto simplemente el enorme valor terapéutico de las palabras?

-Soy consciente del valor e importancia de las palabras desde que comencé a estudiar Medicina. Especialmente de la importancia de transmitir lo que uno siente, piensa y vive y de que el médico escuche con atención al paciente. He comprobado que en las familias en las que apenas hay enfermedades graves las personas se expresan libremente aunque ello les lleve a pelearse; hablan mucho entre sí. En cambio hay otras que apenas se hablan y en las que aparentemente todo va bien y donde sin embargo no es raro encontrarse patologías graves porque bloquean sus emociones, sentimientos y pensamientos. No hay duda: hablar es terapéutico; nos desbloquea.

-Una última pregunta: ¿el tratamiento que usted propone es de carácter exclusivamente psicológico o lo apoya con productos naturales o fármacos?

-Solo psicológico. Primero averiguamos las causas del conflicto –o conflictos- y luego los afrontamos. Para lo cual hay ante todo que desvelar cuál es el conflicto oculto latente, tomar conciencia de él, descargarse emocionalmente para disolverlo e integrarlo. Hecho eso, la patología deja de progresar y con el tiempo puede hasta revertirse por completo. Precisándose a veces muy pocas sesiones y otras bastantes más. Hay quien resuelve su problema en una o dos y quien tarda 10 años. Depende del problema y de la persona. Por eso a veces hay que alternar la terapia con prácticas bioenergéticas o de relajación y visualización. Sin excluir, en casos necesarios, sugerir la ingesta de productos naturales si ello contribuye a mejorar su estado físico.

Hasta aquí la entrevista. Nosotros debemos indicar que lo propuesto por Salomón Sellam no se diferencia demasiado de lo postulado antes por Joaquín Grau en su obra Tratado teórico-práctico de Anatheóresis de la que se habló en la revista del pasado mes pues la principal y casi única diferencia es que él entiende que el trauma de un ancestro -bisabuelo, tatarabuelo u otro familiar cercano- se transmite en una familia entre personas de distintas generaciones y Grau asume que ese personaje puede haber sido simplemente una reencarnación anterior del paciente o, en último caso, una escenografía de la mente de éste para evitar reconocer que ese trauma lo vivió él al ser más fácil contarlo si le pasó a otra persona y en otra época; persona que puede escenificar como un antepasado o como un personaje inventado, famoso o no. Salomon Sellam, pues, se limita a aceptar que tuvo que ser un ancestro porque no asume la posibilidad de la reencarnación ni de que la mente del paciente haya recreado mentalmente su problema para no admitir que le pasó a él. Su «aportación» pues se limitaría a eso. El resto, especialmente la terapia, es similar con la diferencia de que los expertos en Anatheóresis no «dirigen» al paciente -como sí hacen los terapeutas formados por Sellam- al intentar ayudarle a disolver el bloqueo emocional.

Francisco San Martín

Este reportaje aparece en
172
Junio 2014
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