¡También existen azúcares esenciales!

¡También existen azúcares esenciales!

Para poder funcionar adecuadamente nuestro organismo precisa de una serie de compuestos «esenciales», es decir, de productos imprescindibles para la salud que como no puede sintetizar es necesario ingerir con la alimentación. Bueno, pues también algunos azúcares son esenciales ya que son imprescindibles para la transmisión de la información intercelular y forman parte de los complejos de glicoproteínas y glicolípidos de las membranas celulares. Asunto de importancia que pocos médicos, biólogos, químicos y expertos en Nutrición conocen aun cuando su carencia puede ser causa de desequilibrios orgánicos. En pocas palabras, su déficit puede impedir el correcto funcionamiento de los ciclos metabólicos. Nos los explica J. L. Garcés, doctor en Ciencias Biológicas y profesor universitario de Microbiología y Biotecnología durante muchos años.

Todos hemos oído hablar de la existencia de compuestos «esenciales», es decir, de sustancias imprescindibles para la salud que nuestro cuerpo no fabrica y por tanto es necesario obtener con la alimentación. Déficit que lleva a lo que médicamente se denomina una “enfermedad carencial” y que puede deberse a dos razones: o nos falta alguna materia prima o sustrato esencial que en el organismo se transforma en otros productos o algún «activador» necesario para que se produzca esa transformación. Y es que considerando solo los elementos químicos hay unos ochenta que intervienen en el control de los procesos metabólicos humanos.

Materias primas o activadores que en realidad pueden existir en nuestro organismo pero no en la cantidad suficiente. O existir en la cantidad suficiente pero no estar “biodisponibles” lo que acaece si no han podido ser absorbidos o están retenidos en algún otro lugar o bloqueados por alguna otra sustancia. En suma, no están en condiciones de funcionar allí donde les corresponde, lugar al que los médicos llaman “diana”. Son casos en los que disponemos de los compuestos necesarios pero sin poder usarlos adecuadamente lo que igualmente lleva a un estado carencial o subcarencial.

Quizás el ejemplo mejor conocido sea el de las vitaminas cuyo déficit puede llevar en determinados casos a padecer enfermedades graves e, incluso, a la muerte. Problema que cuando se detecta a tiempo permite sin embargo detener el progreso de la patología subsecuente e incluso revertirla y sanar.

Lo singular es que la mayoría de tales sustancias se descubrieron durante el siglo XIX y principios del XX y se les llamó “vitaminas” tras comprobarse que eran esenciales (aunque la primera sustancia a la que se llamó vitamina resultó no ser tal). Luego se sabría que no todos los compuestos esenciales son vitaminas ni que todos los que lo son funcionan de la misma manera. En la actualidad se consideran vitaminas solo 12 de las 26 inicialmente así consideradas siendo solo ésas las que realmente actúan como biocatalizadores, es decir, como reguladores fisiológicos. Biocatalizadores naturales de diferentes orígenes y con múltiples modos de actuación cuyas dosis mínimas diarias hoy se conocen de modo razonable variando mucho de unas a otras ya que mientras de unas se requieren apenas unos microgramos al día de otras hacen falta cantidades muy superiores (cientos de miligramos).

Como resultado paralelo de los estudios sobre este tipo de compuestos se descubriría que también hay diez aminoácidos esenciales, es decir, que hay que conseguir con la alimentación ya que el organismo humano no los puede sintetizar. Estando los 10 -de los aproximadamente 500 aminoácidos conocidos- entre los 23 básicos que forman parte de las proteínas: valina, leucina, isoleucina, treonina, triptófano, lisina, metionina, fenilalanina, histidina y arginina.

Otro tanto ocurre con las sales minerales de las que hay muchas reconocidas como esenciales: azufre, calcio, cloro, cobalto, cobre, cromo, estaño, flúor, fósforo, hierro, magnesio, manganeso, molibdeno, níquel, potasio, selenio, silicio, sodio, vanadio, yodo y zinc. Aunque solo ocho forman las imprescindibles metal-proteínas: calcio, cobre, hierro, magnesio, níquel, potasio, sodio y zinc.

Y existen asimismo ácidos grasos esenciales… pero solo dos: los ácidos grasos poliinsaturados alfa-linolénico (de la serie omega-3) y linoleico (de la serie omega-6). A partir de ellos el organismo puede sintetizar todos los demás.

En fin, hasta aquí todo ello es bien conocido. Lo que no lo es tanto a nivel popular -e incluso médico- es que entre los más de 200 glúcidos -azúcares- ya identificados, existen también algunos esenciales. Claro que la Glicobiología –disciplina que estudia la estructura molecular y función biológica de los polisacáridos libres o presentes en glicoproteínas, glicolípidos y proteoglicanos así como de las proteínas que interactúan específicamente con los polisacáridos (incluyendo lectinas, glicosiltransferasas y glicosidadas) y su implicación causal en el desarrollo de patologías, diagnosis y terapia- se ha desarrollado sobre todo en el último cuarto de siglo y es por tanto una materia de conocimientos más recientes.

LA HISTORIA DE BILL MCANALLEY

Doctor en Farmacología especializado en Toxicología y exprofesor de la Universidad de Dallas (Texas, EEUU) Bill McAnalley trabajó durante mucho tiempo evaluando medicamentos, especialmente con envolturas de hidrogeles para la recuperación de heridas en las que el Aloe vera -usado durante siglos para el tratamiento de heridas- es de uso común desde hace 25 años y eso le llevó a buscar en esta planta los principios activos responsables de tan positivos efectos. Fue así como encontraría el acemannan, sacárido polímero de la manosa que desde entonces se utiliza ampliamente en el tratamiento de las heridas bucales y corporales. Posteriormente elaboraría un antígeno coadyuvante para el desarrollo de una vacuna contra la Enfermedad de Marek (neuro-linfomatosis de las gallinas producida por un herpes-virus-α, patología muy contagiosa que causa neoplasias y parálisis en gallinas y pavos) y, luego, trabajando en la misma línea, un preparado inmunoestimulante para tratar el fibrosarcoma en perros y gatos. Por último, elaboró un producto para uso humano con uno de los principios activos del áloe vera -un polisacárido mucilaginoso Beta (1,4), polimanano acetilado de cadena larga- que se bautizaría como Manapol y que a partir de 1995 comercializaría Mannatech -empresa de la que McAnalley era Director Científico y Vicepresidente- para ayudar a elevar las defensas del sistema inmune y constatarse su utilidad en más un centenar de patologías. Solo un año después -en 1996- aparecía la 13ª edición de Bioquímica de Harper en la que se daba cuenta de la identificación de 8 monosacáridos esenciales -que no fabrica el organismo- y sin embargo son imprescindibles para la transmisión de información intercelular al formar parte de los complejos de glicoproteínas y glicolípidos de las membranas celulares. Descubrimiento relativamente reciente y de gran importancia. Este dato llevaría a McAnalley a buscar de inmediato fuentes naturales de esos 8 monosacáridos y combinarlos en un único producto que llamaría Ambrotose; nombre que, por cierto, es un acrónimo procedente de la unión de la palabra ambrosía (alimento de dioses) y el sufijo ose (osa en español), terminación genérica con la que se denomina a los azúcares. Cabe añadir que el Dr. McAnalley es autor de once libros y casi un centenar de publicaciones científicas, así como de varias decenas de patentes.

LOS OCHO AZÚCARES ESENCIALES

En suma, aunque durante mucho tiempo no fue así hoy se reconoce que los hidratos de carbono ayudan decisivamente al sistema inmune; son numerosas las publicaciones médicas y científicas que lo avalan. Y que tienen especial relevancia lo acredita, por ejemplo, el artículo que con el título Salvando vidas con azúcar se publicó no hace mucho nada menos que en Science.

Veamos pues cuáles son esos ocho monosacáridos que forman parte integrante de los glucocomplejos (glicoproteínas y glicolípidos) de la superficie de las membranas celulares, están implicados en los sistemas de comunicación intercelular y se encuentran básicamente en los vegetales de cultivos biológicos y en algas procedentes de aguas no contaminadas. Son éstos:

1. D-glucosa.. Es el monosacárido más común, abundante y fácil de conseguir en la naturaleza. En su forma simple se encuentra en las frutas y en la miel; como azúcares formados por dos glucosas unidas en la maltosa, la trehalosa y la celobiosa y, asimismo, en oligosacáridos y polímeros grandes como el glucógeno, el almidón o la celulosa. Todos los seres vivos utilizan glucosa como fuente principal de energía -por eso se conoce como «el combustible biológico universal”- y de hecho todos los azúcares pueden transformarse en glucosa. Cabe agregar que un gramo de glucosa produce aproximadamente 3,80 kcal.

2. D-galactosa. Es también una hexosa -es decir, que tiene seis carbonos- que forma parte de la lactosa o azúcar de la leche (integrada por la unión de glucosa y galactosa). Se le atribuyen propiedades en la curación de heridas y en la absorción de calcio.

3. L-fucosa. Hexosa presente en la leche materna muy frecuente en las membranas celulares se halla especialmente en algunas leguminosas y algas. Interviene en el sistema inmune y tiene efectos antiálgicos y antiinflamatorios.

4. D-manosa. Hexosa que forma parte de polisacáridos de plantas y glucoproteínas animales ayuda en heridas y quemaduras e interviene en el sistema inmune.

5. Xilosa. Pentosa muy abundante en los vegetales (literalmente significa «azúcar de la madera») si bien se encuentra también en el hígado y el páncreas. Suele usarse para realizar pruebas de absorción intestinal.

6. N-Acetilglucosamina (NAG). Derivado de la glucosa que contiene un grupo acetil-amino. Es un amino-azúcar que forma polímeros muy comunes en insectos, hongos y bacterias. En animales está en el tejido conjuntivo formando ácido hialurónico y en la esfingosina de las membranas celulares. Interviene en los grupos sanguíneos, el reconocimiento celular, la adhesión celular y la recepción de señales químicas.

7. N-Acetilgalactosamina. Es otro amino-azúcar, terminal del antígeno de grupo sanguíneo A. Interviene en la glicosilación de proteínas y en la comunicación intercelular.

8. Ácido N-Acetilneuramínico (NANA). Amino-azúcar del tipo de los ácidos siálicos, forma parte del mucus de las membranas mucosas (previene infecciones) y en la distribución de gangliósidos como mediador en estructuras cerebrales.

LAS GRANDES CUESTIONES

Tales son en suma los 8 azúcares esenciales que necesitamos conseguir con la alimentación ya que el organismo no los sintetiza. ¿Y cómo? ¿Tomando suplementos? Seamos claros: siempre que sea posible debemos proporcionar al organismo los nutrientes que necesita -esenciales o no- mediante la ingesta de alimentos. Y cuando una persona mantiene una dieta saludable, completa y equilibrada no suele precisarse ningún tipo de suplemento a excepción quizás de las vitaminas B12 y D (y ésta solo en los países en los que apenas hay sol). Caso distinto es que los hábitos alimentarios, el estrés, la sobreexplotación de cultivos, las contaminaciones exógenas, el procesado, los aditivos y otros factores medioambientales hayan impedido que los nutrientes estén en los alimentos que ingerimos -lo cual depende de cada lugar- porque entonces no llegarán a nosotros, nuestra nutrición será deficitaria y entonces sí que procedería ingerir suplementos.

La pregunta más compleja de responder en todo caso es si es verdad que su ingesta ayuda a tratar y superar diversas dolencias; especialmente hoy en que los fabricantes inundan el mercado con publicidad basada en testimonios personales y nunca -o casi nunca- ofrecen datos científicos rigurosos o sobre los casos en los que no ha funcionado. Está constatado que el consumo de estos gliconutrientes como coadyuvantes puede ser especialmente útil; basta con ver la bibliografía al respecto en publicaciones de gran prestigio en las que se recogen ensayos sobre cáncer, diabetes, infecciones, alteraciones metabólicas, potenciación del sistema inmune, etc.

En suma, es cierto que se han producido a veces mejorías sorprendentes -incluso en enfermedades raras, muy graves o de difícil tratamiento- con la ingesta de estos azúcares esenciales… pero no siempre. Y la razón es simple: solo funciona en los casos en los que el paciente tiene déficit de ellos, algo difícil de valorar. Ese es el problema. Además suele ser habitual que entre quienes hay carencias las haya de distinto tipo. Quien tiene déficit de azúcares esenciales puede tenerlo asimismo de vitaminas, minerales, ácidos grasos, aminoácidos… Y en tales casos la ingesta de un solo grupo de esos nutrientes no puede ayudar. Aun suponiendo una biodisponibilidad correcta habría que ingerirlos todos… con el riesgo de que el exceso sea perjudicial dando lugar a patologías tan graves como las que provocan los fármacos de síntesis. Téngalo en cuenta cuando lea los folletos y reclamos publicitarios de los fabricantes de productos dietéticos como suponemos hará con los de los medicamentos. Natural no es sinónimo de inocuo. Ni de eficacia. Como no es lo mismo ingerir la dosis precisa de un nutriente que hacerlo en exceso. Así que entienda que al igual que es desaconsejable medicarse es desaconsejable ingerir suplementos sin el control y seguimiento preciso de un profesional. Aunque le digan que los azúcares esenciales son muy eficientes y no tienen riesgos, ya que nadie puede asegurar eso con honestidad.

En suma, la función principal de los azúcares esenciales no es la de ser usados para generar energía -como ocurre con el resto de los hidratos de carbono- sino usar los glicoconjugados para posibilitar y/o mejorar la comunicación intercelular. Un problema porque está constatado que las frutas frescas y verduras que hoy día se comercializan -al menos en Occidente- tienen pocos de esos gliconutrientes esenciales debido a la sobrexplotación agrícola, a los fertilizantes químicos, a los plaguicidas que se les echan y a que casi siempre -algo muy importante- se cosechan antes de su maduración natural y frecuentemente se almacenan en cámaras durante días, semanas o meses para proceder luego a una maduración artificial. Por todo ello muchos pierden gran parte de sus nutrientes al cocinarse, procesarse o pasteurizarse.

J. L. Garcés

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Noviembre 2014
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