CARTAS AL DIRECTOR: NÚMERO 237 / MAYO / 2020

Hola: quería deciros que sigo desde hace tiempo la información que publicáis sobre los fraudes y abusos del sistema de salud imperante y he decidido escribiros porque he sido recientemente testigo presencial de uno de ellos relacionado con la llamada crisis del coronavirus. Hace un par de meses empecé a trabajar  como Personal de Servicios en una residencia pública de mayores de Valladolid hasta que el 2 de abril decidí presentar mi renuncia. Desde hacía un par de semanas las personas mayores llevaban ya tiempo sin poder salir de ella ni recibir visitas de los familiares. A los trabajadores se nos había obligado a utilizar todo tipo de EPIs (equipos de protección individual) que debían hacernos parecer extraterrestres a sus ojos (mascarillas, batas de papel o plástico, pantallas faciales, gorros para el pelo y guantes de látex). El caso es que la dirección del centro decidió encerrar a los residentes en sus habitaciones -en algunos casos bajo llave- desde el 30 de marzo. Ni siquiera se les dejaba asomarse al pasillo y si algún residente sugería a las auxiliares de enfermería la posibilidad de bajar al patio a tomar un poco el aire las contestaciones solían ser siempre de malas formas, con gritos e intimidaciones verbales. La medida provocó un caos total porque se debían subir todas las comidas a las habitaciones aumentando la carga de trabajo y alterando el horario habitual de las comidas lo que provocó un nerviosismo extra tanto entre trabajadores como entre residentes. Esa semana me tocó limpiar la tercera planta y tuve oportunidad de hablar con muchos residentes a los que pregunté qué les parecían las medidas adoptadas. La mayoría expresaron su desacuerdo así como la angustia que la situación les estaba provocando. Alguno incluso me llegó a decir que tenía muy claro que les habían encerrado allí para morir. Al tercer día de encierro en las habitaciones -el 1 de abril- se presentaron dos camiones de la Unidad Militar de Emergencias (UME) con la intención de «desinfectar» el centro, ¡vete tú a saber con qué! Me llamó la atención que todo estaba siendo grabado por cámaras de televisión -probablemente para difundirlo a través de los medios y generar más alarmismo- presentando la situación del centro como insostenible a pesar de que hasta principios de semana -cuando se decidió encerrar a los abuelos- no había nada extraño y yo veía a todos como siempre salvo por el nerviosismo creado. ¿Por qué fueron entonces los  militares? La excusa debió ser un grupo de 10 personas que habían traído una semana antes desde una residencia que habían cerrado en Burgos y estaban aislados en la primera planta. Personalmente no me parecen acertadas las medidas adoptadas por la mayoría de los gobiernos del mundo con la excusa del coronavirus -alarmismo institucional, confinamiento, distanciamiento social, tratamiento de los enfermos en hospitales sin las familias presentes…- pues nunca antes se le había ocurrido a nadie implantar tales medidas con la excusa de proteger la salud pública excepto a los nazis y otros regímenes totalitarios. Siempre me ha interesado la Sociología y el análisis de los mecanismos de poder y desde el principio tuve claro que todo esto no es más que una nueva fase de la doctrina del shock que desde hace décadas lleva utilizando el neoliberalismo para imponer sus intereses. El caso es que yo mismo empecé a sentirme un carcelero. Cuando entraba a hacer sus habitaciones muchos abuelos me preguntaban por qué no podían salir de ellas, que les parecía absurdo y yo les decía que tampoco lo entendía pero no podía hacer nada. Hablé con una responsable del centro para pedirle explicaciones y me dijo que los sindicatos les habían denunciado por no aplicar las medidas adecuadas y obedecían órdenes superiores. Luego me confesó que si a ella le encerraran en la habitación todo el día lo pasaría fatal pero que no podía hacer nada. Yo me había negado a ponerme la pantalla facial porque además de inútil como medida de protección me parecía que sólo servía para transmitir más pánico a los residentes pero la responsable me dijo que me la pusiera o podría perder el puesto de trabajo. Eso me hizo ver con mucha mayor claridad que los trabajadores estábamos siendo usados como una especie de arma de guerra psicológica contra los residentes. Estar encerrado en una pequeña habitación viendo el aspecto con el que los trabajadores se paseaban por los pasillos de la residencia es algo que volvería loco a cualquiera y más si tienes que permanecer allí todo el día, alejado de otros residentes y sin poder ver a tus familiares y amigos. La gota que colmó el vaso fue la citada llegada de los militares de la UME el 2 de abril. Mientras hacía una habitación vi por la ventana dos camiones de la UME y a muchos militares en el parking de la residencia, algunos custodiando la entrada. Con la excusa de tirar unas cajas de cartón bajé hasta el hall principal y pregunté a varios compañeros que estaban en recepción qué hacían allí los militares contestándome que habían venido para «fumigar» el centro. Me quedé un rato para escuchar la conversación que tres militares mantenían con una médico y varios responsables del centro. El militar que parecía tener el mando insistía mucho en la necesidad de mantener el centro desinfectado. Volví a pedir explicaciones a una responsable y me dijo que no sabía nada, que al parecer se había denunciado al centro por no aplicar las medidas adecuadas y venían ellos a ponerlas en práctica. Le pregunté si iban a desinfectarlo con los residentes y trabajadores dentro y con qué y con un tono que expresaba cierta molestia me respondió que «harían lo que tuviesen que hacer»; es decir, confianza ciega en los militares para combatir un supuesto problema de salud. Al parecer, según las noticias, ese día desinfectaron el centro con los residentes y trabajadores dentro; todo bajo la atenta mirada de las cámaras de televisión. Y digo «según las noticias» porque ante el tremendo abuso de autoridad por parte de los militares, la actitud negligente e irresponsable del centro y la pasividad total de mis compañeros -la mayoría estaban entusiasmados con la llegada de los militares-, cogí mis cosas y antes de que comenzaran a «desinfectar» me marché por una salida de emergencia que no tenían controlada ni los militares ni las cámaras. No estaba dispuesto a formar parte de toda esa locura ni un segundo más. Además debieron dar instrucciones de cómo seguir desinfectado a partir de ese día lo que implicaría la utilización diaria de una elevada cantidad de agentes químicos altamente tóxicos que el personal de limpieza debió verse obligado a utilizar y los residentes a inhalar (ellos no llevan mascarillas). Al día siguiente redacté un escrito expresando mi desacuerdo con las medidas adoptadas por el centro por entender que podían tener efectos mucho más negativos que positivos sobre la salud de los residentes y añadí que todo lo del coronavirus me parecía una excusa para imponer medidas totalitarias que sólo servirían para enfermar aún más a la población más vulnerable y no estaba dispuesto a colaborar con ello por lo que presentaba la renuncia a mi puesto de trabajo. Lo que está sucediendo me resulta casi imposible de creer. En la residencia me he llegado a sentir como el protagonista de la novela 1984. La aceptación acrítica por parte de todos mis compañeros de lo que estaba pasando y la hostilidad de muchos ante mis opiniones me recordaba todo lo que había leído sobre la actitud de las masas en la época del holocausto nazi. Sé que ante la brutal manipulación que está ejerciendo el poder sobre la población se puede hacer poco pero si creéis que mi testimonio puede ser de alguna utilidad para frenar mínimamente esta locura os animo a que lo publiquéis y, si queréis, contar conmigo para dar públicamente testimonio, Y por cierto, acabo de enterarme hoy -4 de abril- de que según Plural 21 en algunas residencias de mayores se ha empezado a administrar quimioterapia y otros fármacos bastante abrasivos como ¡tratamiento preventivo! lo que dado el estado en el que se encuentran los abuelos es letal. Ojalá despertemos de esta pesadilla antes de que sea demasiado tarde. Un saludo

Carlos Cuñado
(Valladolid) 

Ante todo gracias por su testimonio que hemos tenido que recortar dada su extensión y precisión. Lo cierto es que hemos recibido numerosos testimonios de personas que denuncian lo que ha estado pasando en residencias de mayores de toda España pero no las publicamos porque nadie quiere que aparezca su nombre y apellido y nosotros no publicamos «anónimos». Podemos poner un pseudónimo pero no si antes no nos pasa su DNI como ha hecho usted que además ha aportado su contrato de trabajo. Le agradecemos pues su carta y confiamos en que sirva para concienciar a otras personas de los dramas que mucha gente ha vivido en ellas.     

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